Sospecha

Mi error fue agacharme a mirar por el ojo de la cerradura. Sentía tanta curiosidad que bajé la guardia un segundo. Entonces, por la espalda, alguien me inmovilizó con una mano y me amordazó tan fuerte con la otra que me clavé los dientes en los labios. Intenté girar el cuerpo para defenderme, pero solo conseguí que mi codo golpeara la puerta con estrépito. El movimiento fue tan brusco que mi captor y yo perdimos el equilibrio. Caímos al suelo y ocurrieron varias cosas a la vez: la puerta empezó a abrirse, mi asaltante aprovechó el peso de su cuerpo sobre el mío para mantenerme inmóvil, se sentó sobre mi espalda, aprisionó mis brazos con sus piernas y me tapó los ojos con la mano que le había quedado libre. Intenté patearle la espalda, pero mis talones no alcanzaron a golpearle.

–¡No hable!

Pensé que el tipo se dirigía a mí, pero al escuchar las siguientes palabras comprendí que se lo debía de estar diciendo a quien hubiera abierto la puerta. Siguió hablando:

–Tranquilo. No ha podido ver nada. Ayúdeme a meterla dentro, pero antes traiga algo con que taparle los ojos.

Volví a retorcerme a sabiendas de que no serviría de nada. Si no había podido defenderme de uno, dos se convertían en misión imposible. Pero el miedo no me dejaba pensar. Un trapo sustituyó a la mano que tapaba mis ojos y me ataron las muñecas y los tobillos con algo más grueso que una cuerda, un tela rugosa y gruesa, un poco húmeda. Probablemente era una toalla que habrían cogido del baño. Me agarraron de los brazos y de las piernas y me levantaron del suelo. Traté de revolverme, pero fue inútil.

–¡Estese quieta de una vez! –Era la misma voz de antes–. No queremos hacerle daño, pero si sigue así se lastimará usted sola.

Me dejaron con suavidad encima de algo blando, creo que era un sofá, porque el lado derecho de mi cuerpo y mi espalda estaban en contacto con una superficie mullida.

–¡Socorroooo! –grité.

Escuché el sonido de una puerta que se cerraba y volví a gritar, aunque sabía que era en vano. Había seguido a mi marido hasta allí de una forma temeraria, con la única guía de las luces traseras de su coche mientras las del mío las mantenía apagadas. No sé cómo no me había salido de aquel camino sin asfaltar que parecía la ruta a ninguna parte. Y mis sospechas aumentaron cuando vi que aparcaba delante de un caserón con pinta de estar abandonado en el centro de kilómetros y kilómetros de campo solitario. Por eso esperé a que entrara, y por eso me acerqué a espiar con tan mala fortuna. Podía gritar todo lo que quisiera, pero estaba claro que nadie me escucharía.

Oí que la puerta se abría. Me amordazaron, volvieron a cogerme como si fuera un saco y me metieron en el asiento trasero de un coche. Escuché el click que bloqueaba las cerraduras de las puertas y empecé a llorar y a rezar en silencio. No supe calcular cuánto tiempo duró el trayecto. Cuando el coche se detuvo noté que liberaban mis tobillos. Escuché la misma voz.

–Ahora va a caminar conmigo y no le pasará nada, ¿de acuerdo?

El tono amigable me hizo asentir y, además, no se me ocurrió ninguna otra opción. Una mano me guio con suavidad cogiéndome del codo. Escuché abrirse una cerradura, dimos unos pocos pasos y me sentaron en una silla.

–Voy a aflojar los nudos de las muñecas, ¿vale? Espere un minuto para soltarse. Voy a salir de aquí caminando hacia atrás, de modo que si intenta quitarse la venda de los ojos antes de que me vaya me daré cuenta.

Asentí, aunque no pensaba desviarme ni un milímetro de sus instrucciones. No entendía nada. Conté hasta cien, por si acaso sesenta no era suficiente, y liberé mis manos con facilidad. Levanté la tela que me cubría los ojos y no di crédito a lo que veía. Estaba en el salón de mi casa, sentada en una de las sillas del comedor. Esperé hasta que las piernas dejaron de parecer gelatina y me puse de pie. Caminé como una convaleciente hasta la puerta de la calle y me asomé a la mirilla sin atreverme a abrirla. No había nadie en el porche. A punto de retirarme, algo me llamó la atención. Volví a mirar y mi sorpresa fue en aumento. ¡Mi coche estaba aparcado en la puerta! Comprendí que me habían traído en él, aunque el miedo y mi ceguera no me dejaron darme cuenta. Eché un vistazo a mi alrededor. En el mueble de la entrada reposaban mis llaves; seguramente se me habrían caído durante los forcejeos y el hombre misterioso las habría recuperado. Un vehículo se detuvo y aparcó detrás del mío. Me eché hacia atrás aterrorizada, aunque desde la calle no podían verme. Atisbé por una cortina. Vi bajar a mi marido de su coche y caminé de espaldas hasta tantear el sofá. Me dejé caer en él sin quitar los ojos de la puerta.

–Hola, Elena.

Aurelio encendió la luz. Parpadeé sin saber qué hacer o qué decir.

–Tenías razón, ¿sabes? –Me miró como se mira a una desconocida–. Tu intuición femenina, al final, tenía razón.

–¿Por…? –Tosí. Me costaba trabajo hablar–. ¿Por qué dices eso?

–Porque es verdad que nuestra relación lleva tiempo entre dos aguas, Elena. Hoy lo he visto claro.

Mi mente giraba como una noria sin control. ¿Qué sabía Aurelio? Era evidente que el otro hombre del caserón debía de haber sido él. Y, si lo era, ¿qué significaba todo esto? Pareció que me leía el pensamiento.

–Ya había notado que llevabas tiempo desconfiando de mí. Hasta ahí, llego. Miré en tu bolso y encontré la tarjeta del detective.

Guardé silencio. No supe qué responder. Miles de posibilidades irrumpieron en mi mente como las sucesivas olas de un temporal. Aurelio siguió hablando.

–No creí que llegarías a ese punto, y decidí pagarte con la misma moneda. Llamé a tu detective y te gané por la mano. Lo contraté antes de que tú te pusieras en contacto con él, y le dije que seguramente lo llamarías. Lo único que tenía que hacer era no contarte nada de nuestro trato y mantenerte vigilada.

Por los ojos de Aurelio pasó la sombra del sentimiento que un día compartimos. Duró tan poco que pensé que había sido un espejismo fruto de mi imaginación.

–Te estaba preparando una fiesta sorpresa para tu cumpleaños, ¿sabes? Así que te siguió cuando decidiste espiarme y… –Aurelio suspiró–. ¿Quieres que siga…?

Callé. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.

Mis miedos tocaron fondo. “Igual que mi matrimonio”, fue lo último que pensé.

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

4 comentarios en “Sospecha

  1. Adela Castañón dijo:

    ¡Muchas gracias, Margarita! Disculpa mi tardanza en contestar, pero estuve de viaje y con muy poco internet. Me alegra que te haya gustado; eso siempre motiva para seguir escribiendo. Un abrazo. :))

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  2. Curro Jimenez dijo:

    Querida Adela, ya se me han agotado los adjetivos admirativos, si me permites esta licencia. Eres buena, joia. Y consigues, además de tener al lector en tensión, saboreando cada linea en un intento de adivinar a donde lleva eso, unos finales sorprendentes, inesperados, pero lógicos, que nos hace parecer obtusos y torpes por no haber intuido lo que parece que estaba tan claro. Enhorabuena, de nuevo. Un beso

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  3. Adela Castañón dijo:

    Querido Curro: a mí todavía no se me han agotado los miles de gracias que te doy y te daré por animarme a tomar en serio esto de la escritura. Te debo un montón de buenos ratos…¡y los que me quedan aún mientras escribo! Gracias y un beso.

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