Los renglones torcidos del amor

—¿Cree usted en mi inocencia?

La pregunta de Humberto, mi cliente, me descolocó por la manera que tuvo de plantearla. A diferencia de otros a los que había defendido antes, el profesor me miraba de frente, sin ese arrepentimiento o ese falso orgullo que solían mostrar los acusados independientemente de su inocencia o culpabilidad. Antes de que se me ocurriera una respuesta, Humberto volvió a hablar.

—Si no es así, no quiero que me defienda. No soy un delincuente. No he hecho nada malo. El problema no es mío, ni de ella. El problema es del mundo. Nos amamos. No hay más.

—Profesor, soy abogado. La presunción de inocencia es siempre mi punto de partida.

El tono de mi respuesta debió de resultarle convincente. Una lágrima casi invisible se deslizó por la comisura de su ojo derecho y ni siquiera intentó secársela. Me miró y dijo solo una palabra:

—Adelante.

Saqué mi pequeña libreta y una grabadora y las puse sobre la mesa.

—¿Le importa? —pregunté. Él negó con la cabeza.

Miré al guardia de la puerta que interpretó mi gesto y salió de la habitación dejándonos a solas. Pulsé el botón de grabar, abrí la libreta y comencé a interrogarle.

—¿Cuándo conoció a la…? —rectifiqué. No hubiera sido un buen comienzo—. ¿Cuándo la conoció?

—A mediados de septiembre. Hace nueve meses. Cielito… —suspiró y rectificó—, María del Cielo destacaba entre todas las demás como una espiga de trigo entre la cizaña. Supe desde el principio que entre ella y yo habría algo especial. Y ella sintió lo mismo. Si no me cree, pregúnteselo. No la dejan verme, pero quizá le permitan a usted hablar con ella. —Echó el cuerpo sobre la mesa y me agarró la muñeca—. Inténtelo, por favor. Hágalo. Dígale que la quiero, que no dejo de pensar en ella y que…

Unos golpes en la puerta interrumpieron su frase. Seguramente el guardia, tras el cristal unidireccional, no nos quitaba la vista de encima a pesar de que el profesor era treinta años mayor que yo y pesaría unos veinte kilos menos. Humberto volvió a apoyarse en el respaldo de la silla, y vi cómo la nuez de Adán le subía y le bajaba un par de veces.

—¡Cómo la echo de menos! —suspiró.

Me entrevisté con Humberto en tres ocasiones más. Siempre me preguntaba por ella, y no quise contarle lo que había averiguado. La denuncia contra él no era la primera que había interpuesto Serena en nombre de su hija, María del Cielo. Las otras tres, cada una en una ciudad diferente, contra otros hombres que tenían en común solo unas saneadas cuentas bancarias, las habían ganado sin dificultad. Yo hubiera querido subir a las dos al estrado, pero Humberto solo consintió en que declarara Serena.

—No. Rotundamente, no. No puedo hacerle eso a Cielito —me dijo con la mirada borrosa—. Si usted la conociera… ¡ah! Entonces lo entendería.

Me preguntaba qué estrategia sería la mejor para tener alguna posibilidad de ganar. Podía alegar enajenación transitoria. De hecho, estaba convencido de que no sería solo un argumento, sino la pura realidad, pero Humberto también se opuso. No renegaría de su amor, me dijo.

Teníamos en contra a la opinión pública. Decidí que necesitaba una medida drástica si no quería que condenaran a Humberto y llamé por teléfono a Serena. Intentaría ofrecerles un trato. Habían ganado tres demandas similares antes, pero averigüé que había existido una cuarta y que la habían retirado. Supuse que el precio habría sido una importante compensación económica y decidí que ese sería el menor de los males para mi cliente. Serena aceptó y concertamos una cita en su casa.

Me sorprendió su aspecto. Era más joven de lo que esperaba, aunque tenía un aplomo propio de una mujer con bastante mundo. Me recibió en compañía de un hombre al que presentó como su abogado. Pasamos al salón y le expuse brevemente el motivo de mi visita. Al fin y al cabo, con otro letrado allí, no tenía sentido dar demasiados rodeos. Al escuchar la cifra de mi oferta, Serena se echó a reír y encendió un cigarrillo.

—¿Está de broma? —Exhaló despacio el humo, formando anillos perfectos—. Si ganamos, o mejor dicho, cuando ganemos, esa cantidad será calderilla. Y lo sabe.

—Puede. —Decidí jugar mi baza—. Pero puede ser también que el punto de vista del jurado se modifique si saben que esta es su tercera… —Fingí dudar—. No, su cuarta denuncia. O su quinta intentona, si profundizamos en lo que he averiguado sobre ustedes dos.

Ella debía de ser una actriz consumada. No hubo ni un solo parpadeo que denotara nerviosismo al darse cuenta de lo que yo sabía.

—Ha hecho bien los deberes, ¿verdad? —Se puso de pie—. Si me permite, voy a tener una breve conversación privada con mi abogado. Volvemos en seguida.

Salieron de la habitación y me quedé allí sentado. Pasaron menos de cinco minutos cuando se abrió la puerta que comunicaba el salón con el resto de la casa. Por ella entró una criatura que no parecía de este mundo. La melena rubia, con un color que parecía tan natural como sus rizos, le caía un poco por debajo de los hombros. Iba envuelta en una toalla de baño que la cubría púdicamente desde las axilas hasta las rodillas. La sorpresa me paralizó en ese momento y me aflojé el cuello de la camisa al notar que estaba empezando a sudar. Se acercó a la mesa y cogió un bote de esmalte de uñas de color rojo en el que yo no me había fijado.

—Vaya, me lo había dejado aquí —dijo por todo saludo.

Se sentó en el otro extremo del sofá y, sin decir ni una palabra, subió las piernas al asiento y empezó a pintarse una a una las uñas del pie izquierdo. Tragué saliva. Estaba claro que me había visto al entrar, pero no había vacilado en acercarse. Tosí un poco. Me sentía cada vez más incómodo por la situación. Ella terminó de pintarse la última uña y estiró la pierna. La planta del pie quedó a unos milímetros de mi muslo.

—¿Le gusta? —me preguntó.

Arrugué la frente. ¿Qué clase de pregunta era esa? Ella sonrió, y sus labios dejaron entrever una dentadura uniforme que no parecía haber necesitado jamás los cuidados de un dentista. Su brillo casi igualaba al del esmalte. En vista de mi silencio, volvió a hablar.

—El color de la pintura. ¿Le gusta?

—No está mal —contesté.

Arrastró el cuerpo por el asiento del sofá y se acercó más a mí. Su pie quedó encima de mis piernas y mis ojos se dirigieron a sus muslos sin poder evitarlo. Al moverse, la toalla se había arrugado y los había dejado expuestos. Dejó el esmalte en el suelo y clavó sus pupilas en las mías. Sentí que podría ahogarme en su azul. Se inclinó hacia mí, y sus manos reposaron en mi pecho.

—Yo prefiero el color rosa. Pero funcionaría peor. O eso dice ella.

—¿Ella?

—Mi madre.

La otra puerta, por la que habían salido minutos antes Serena y el abogado, se abrió, y los vi regresar caminando despacio. El hombre traía algo en la mano. Vi que era una cámara de fotos y empecé a exudar miedo por cada poro de mi piel. Caí en la cuenta de lo extraño que era el silencio de mi colega y me resultó raro que fuese ella la que había estado llevando la negociación. Esos pensamientos aumentaron mi intranquilidad. La pareja ni siquiera miró a la adolescente. Serena se sentó.

—La única negociación posible es que tire la toalla y deje que las cosas sigan su curso. Eso incluye, por supuesto, que ganaremos el caso. Creo que la opinión pública hasta se compadecerá de usted. Podrá seguir trabajando; a veces inspirar lástima puede convertirse en una ventaja.

Guardé silencio. Aquello no me podía estar pasando. Serena volvió a hablar.

—¿Se imagina lo que pensaría el jurado si viera que usted, todo un letrado, aparece en varias fotos junto a una menor cubierta solo por una toalla? ¿Ha pensado en todas las explicaciones que podríamos dar sobre eso?

Miré al abogado de arriba abajo, y permaneció impasible. Me dirigí a él y traté de apelar a la cordura y a la ética.

—Ningún letrado querría verse acusado de hacer lo que imagino que acaba de hacer. No soy el único que puede ver en peligro su carrera.

El tipo se echó a reír.

—¿Cómo se puede ser tan ingenuo? Creí que para sacarse un título haría falta ser más espabilado. ¡Letrado! ¿Tengo yo cara de picapleitos, amigo? —Miró a la mujer con sonrisa de tiburón— ¡Esta parte es la que más me gusta de todo, Serena! Ya que hablamos de carreras, la mía debería haber sido la de actor. —Clavó sus ojos en los míos—. Créame, soy el mejor en mi trabajo. Encontrará pocos fotógrafos que capturen imágenes como las mías. ¡Letrado, yo! —Soltó una carcajada—. Ni siquiera he pisado una facultad de audiovisuales en mi vida. Soy autodidacta, oiga.

Serena se puso de pie.

—Empiezo a aburrirme de esta conversación. Olvidaré su oferta. Usted, sin embargo, piense en la mía. Recuerde que Cielito tiene solo trece años.

Pensé en Humberto. Pensé en la acusación a la que se enfrentaba. Pensé en mí como acusado en potencia. Una garra invisible me agarró la garganta cuando me imaginé preguntándole a otro hipotético letrado si creía en mi inocencia.

—María del Cielo —Serena pareció reparar en su hija por primera vez—, acompaña al señor a la puerta. Ya se marcha.

Cielito, ajena a nuestra conversación, había terminado de pintarse las uñas del otro pie. Tapó el bote de pintauñas y lo dejó sobre la mesa. Se ajustó la toalla y me precedió hasta la puerta. Cuando ya casi estábamos, me miró con una sonrisa triste, como la de un niño que se compadece de otro al que han castigado sin motivo, y me dijo:

—Algunas veces sueño que el rojo de mis uñas no es pintura. —No supe qué decir, pero ella siguió sin esperar respuesta—. Si no fuera porque debe doler mucho, me las arrancaría. Así estarían siempre rojas y no tendría que volver a pintármelas jamás.

Adela Castañón

Imagen: tookapic en Pixabay 

11 comentarios en “Los renglones torcidos del amor

  1. Miguel Santolaria dijo:

    Genial. Como otras veces, me has dejado pensativo (encantado / encantamiento).
    Las obras buenas son las que hacen pensar.
    He dudado con lo de la ‘comisura (de los ojos)’, siempre había leído / oído ‘comisura de los labios’.
    Gracias, Adela.

    Le gusta a 1 persona

    • Adela Castañón dijo:

      Mi querida Carmen: has sabido ver la historia dentro de la historia y has acertado en lo que dices. Muchas gracias, amiga, por tu constante cariño y apoyo. Un abrazo.

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  2. Curro Jimenez dijo:

    Querida Adela: Ya no tengo palabras para ensalzar tus relatos. Más en este caso, que es de los míos. Americanizado, pero de los míos. Darte la enhorabuena, felicitarte, es quedarme corto. Ya no sé que decir. Por la sencilla razón que me cabe el honor de haber intuido, de haber tenido la seguridad de tu habilidad y tu calidad como escritora cuando sólo escribías recetas y correos electrónicos para mandar peliculillas graciosas. La escritora es ya una realidad que me sobrepasa. Cada relato tuyo es la sinopsis de una novela en potencia. Ahora me vas a permitir que te pida que vueles ya a otras latitudes. Pero por mucho que hayas aprendido no olvides nunca esa intuición, esa vena creadora tan tuya y sigue siempre tu instinto. Enhorabuena otra vez.

    Le gusta a 3 personas

    • Adela Castañón dijo:

      Querido Curro: tu comentario es un regalo precioso viniendo de un abogado, porque veo que la historia ha sabido interesarte hasta el punto de que ni me has nombrado los fallos legales, que seguro que habré metido la pata en más de una cosa, jeje. Pero si he sabido construir el armazón, y meter a un abogado y amigo estupendo en la trama de la ficción, quiere decir que puedo sonreír contenta. Gracias, gracias, miles y millones de gracias, porque por mucho que te lo diga nunca serán suficientes. Tengo contigo una deuda de gratitud que es impagable. Un beso grande, amigo. Te sigo queriendo.

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  3. Margarita del Brezo dijo:

    Admiro tu capacidad de escribir tan largo (para mí tu relato es inmenso) y captar la atención desde la primera línea y mantenerla (e incrementarla) hasta el final sin perder intensidad. Estoy deseando saber qué pasa en la línea siguiente.
    Y los diálogos… son tan creíbles que parece que estoy escuchando hablar a los personajes aquí mismo, delante de mí, como si estuviera en el teatro vestida de terciopelo y con el pelo recogido en un moño bajo, y mi habitación se llena de espectadores puestos en pie que no dejan de aplaudirte porque solo con el mío no sería suficiente.
    ¡Enhorabuena, Adela!
    Un abrazo

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    • Adela Castañón dijo:

      Querida Margarita: yo admiro tus microrelatos de manera incondicional. Jeje… es como lo del pelo: las de pelo liso quieren rizos, y las que lo tienen rizado se lo planchan. No, hablando en serio, creo que lo que más me gusta del ambiente “escritoril” en el que me muevo es ese clima precioso y adictivo de las lecturas y de los comentarios que tengo la suerte de recibir y que me animan y me aumentan esa adicción. Muchas gracias por leerme y por comentarme. Cuando todo esto del encierro sea historia (que espero que todo llegue) habrá que organizar una quedada literaria entre los más posibles, jeje, que el entusiasmo virtual ya echa chispas.
      Mil gracias de nuevo, enhorabuena también a ti por tus micro maravillas, y un abrazo grande.

      Le gusta a 2 personas

  4. Ana Martos dijo:

    Oh Adela! Me estoy acostumbrando a no sorprenderme con tus obras de arte!!!!pero poco!
    Este relato lo tiene “ todo”! Me acabo de quedar con la boca abierta. Me ha sorprendido tu manera de captar la atención desde el primer segundo al último.Tus personajes tienen un halo de credibilidad y misterio a dosis iguales!
    Me ha encantado!!!! Como siempre!!!!!😘😘

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    • Adela Castañón dijo:

      Querida Ana, y yo me estoy acostumbrando a que me mimes, lectora mía, y te lo agradezco de corazón, porque comentarios como el tuyo son la leña que alimenta el fuego de mis historias. ¡Muchas gracias y un abrazo enorme!

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