La leyenda de las mil luces

Alisha era la mejor danzarina de su poblado y vivía con sus padres en una casa construida sobre pilares altos, como todas las del pueblo, para protegerse así de las inundaciones frecuentes. Siguiendo una antigua tradición hindú, en las semanas en las que había luna llena todos los jóvenes se reunían para bailar en un claro del bosque y Alisha era la primera en llegar y la última en retirarse. Aquello, sin embargo, no le agradaba a su padre.

—Alisha, esto no puede seguir así —le dijo un día—. Volverás a casa a la misma hora que las demás muchachas, o llegará el día en que no podrás ayudarle a tu madre por haber malgastado toda tu energía en el baile. Tenemos que empezar a trabajar en cuanto que sale el sol, porque de noche no hay luz. Y, si regresas con el alba, apenas duermes.

—Pero, padre —respondió ella—, bailar no me cansa. Y es como si la luna me pidiera que no parase jamás.

—¡Respétame, niña! —insistió su padre—. Basta de tonterías. Si vuelves a hacerlo dejarás de pertenecer a esta familia.

La jovencita bajó la cabeza y se propuso no disgustar a su padre. Pero cuando llegó la siguiente luna llena, embriagada por la danza, no se dio cuenta del paso del tiempo y volvió a quedarse sola. Regresó a su casa y vio, con pena y sorpresa, que habían retirado la escalera colgante de cuerda para subir hasta ella. Llamó y suplicó, pero solo obtuvo silencio.

Se alejó sintiendo que el corazón le pesaba como si se hubiera convertido en piedra, se tendió sobre una roca musgosa para pasar allí la noche y miró al cielo rezando para que al día siguiente su familia la perdonara. Entonces le pareció ver en el firmamento una estrella mucho más brillante que las demás: era el carruaje de plata de Yamir, el Príncipe de las Estrellas, que, como todas las noches, realizaba su recorrido por el firmamento. Alisha suspiró y se dijo en silencio: “Ojalá pudiera subir al cielo y danzar entre las estrellas. Si mi familia no me vuelve a aceptar, por lo menos no me sentiré tan sola”.

Nada más pensarlo, vio descender del cielo una sillita de plata, como la de un columpio, con el respaldo y los apoyabrazos forrados de terciopelo brillante, que colgaba de unas cuerdas que parecían hechas con luz de luna. La joven vaciló, su casa tiraba de su mente como un imán, pero su corazón se impuso y ella se subió a la silla, que empezó a ascender. Al llegar a la altura de la puerta de la casa, la silla, como si conociera las dudas de la joven, se detuvo un momento. Alisha miró al interior y vio a su familia dormida. Recordó entonces las duras palabras de su padre, se agarró con fuerza a las cuerdas y, como si esa hubiera sido una señal, la silla empezó a elevarse. Ella no lo sabía, pero su danza era un motivo de admiración para todos los habitantes de las alturas, tanto en el Reino del Sol, gobernado por el Príncipe Pawan, como en el de las Estrellas, donde reinaba su hermano Yamir.

La muchacha cerró los ojos y, cuando los abrió, vio ante ella a un joven muy apuesto que emanaba una luz suave que la envolvió como una caricia. Era Yamir, y le habló con una voz que sonaba a música.

—Alisha —le dijo el príncipe mientras se inclinaba ante ella—, he admirado tu baile en el claro del bosque, y me sentía feliz pensando que, cuando danzabas la noche entera hasta la salida de los primeros rayos de sol, quizá lo hacías para mí. Hace mucho que te amo, presentía que algún día me llamarías y hoy, por fin, he podido reunirme contigo.

El corazón de Alisha comprendió entonces el motivo por el que no podía parar de bailar en las noches de luna. Sin saberlo, ella también se había enamorado de Yamir cuando miraba hacia el cielo, y él, en ese mismo instante, leyó en los ojos de la joven que su amor era correspondido.

Alisha aceptó casarse con Yamir y no hubo ni un habitante en el Reino que no participara en los preparativos de la ceremonia. La boda se celebró con todos los lujos celestiales y aquella noche, en la Tierra, todo el mundo se asombró al ver en el firmamento una cantidad de estrellas brillantes como no habían contemplado jamás.

La vida de los recién casados transcurría dichosa. Alisha danzaba entre las estrellas para deleite de sus súbditos y de su esposo, que seguía recorriendo el cielo las noches de luna llena para llevar a la tierra luz a las criaturas que lo necesitaban. La nueva princesa se ganó el cariño de las estrellas y disfrutaba al saber que no había quien pusiera límites a su baile, que tanto gustaba a todos.

Pero no todo era felicidad. Pawan, el Príncipe del Sol, también amaba a la mujer de su hermano. Solo pudo contemplar los festejos de la boda desde un lugar alejado, en la otra orilla del río Azul, que era la frontera entre el Reino del Sol y el Reino de las Estrellas, pues su cuerpo desprendía un calor mucho más intenso que el de su hermano y nadie podía acercarse demasiado a él si no quería morir abrasado. Además, los celos lo consumían al no poder disfrutar nada más que de unos segundos del baile de Alisha, que siempre se retiraba a su casa con los primeros rayos del alba.

Al cabo de un tiempo, Alisha empezó a echar de menos a su familia, pero no se lo quiso decir a Yamir para que él no se sintiera desgraciado. Y él, al viajar en su carro, escuchaba el llanto del padre de Alisha cuando sobrevolaba su poblado y comprendía que el pobre hombre añoraba a su hija, pero tampoco se lo decía a Alisha para no entristecerla.

Una noche en la que Yamir estaba ausente surcando el cielo, el baile de Alisha la llevó hasta la orilla del Río Azul. Maravillada ante la limpieza y la frescura del agua, la joven estuvo danzando y mojando sus pies en la orilla, hasta que el sueño la rindió.

Pawan, que estaba a punto de cruzar el cielo a bordo de su carro de fuego, tirado por cuatro caballos de oro líquido, divisó a la mujer de su hermano dormida al borde del agua, y su soledad encendió en él una sed de venganza que no pudo resistir. Tomó una flecha incandescente de su carcaj, la disparó con fuerza y vio cómo se clavaba en el corazón de la joven, que murió al instante. La última estrella de la mañana, que fue testigo de todo, corrió a avisar a su príncipe, que regresaba en ese momento, pero nada pudieron hacer por la bailarina.

Todas las estrellas lloraron a Alisha, porque habían aprendido a quererla cuando bailaban con ella, y Yamir, que notaba un hueco en mitad del pecho, lloró abrazado a su esposa. Cuando sus lágrimas tocaron la piel de Alisha, el cuerpo de ella se cubrió de un montón de estrellas que brillaban como la plata. Entonces, pensando en los astros que vivían en los confines de su reino y que apenas habían podido disfrutar de la compañía de Alisha, Yamir tomó en sus manos un puñado de esas nuevas estrellas y las lanzó con fuerza al firmamento. Y así, en la Tierra, los hombres que solo tenían luz en las noches de luna llena vieron nacer en el cielo un resplandor blanco y brillante, formado por constelaciones luminosas que no se ocultaban nunca y que les servían de guía en las noches que antes eran de total oscuridad.  

El príncipe suspiró y pensó que él tendría siempre el consuelo de la presencia de su esposa en las nuevas constelaciones que había creado, pero recordó con pena al padre de Alisha. Entonces tomó en su mano la última estrella que quedaba en el cuerpo de su mujer y la partió en miles de fragmentos muy pequeños. Los tomó en sus manos, sopló sobre ellos, y los dejó caer sobre la Tierra mientras pronunciaba unas palabras:

—¡Volad, pequeñas, volad y llevadle a los padres de mi amada la luz de su alma!

Los fragmentos de luz se posaron en el suelo y se convirtieron en pequeños insectos con luz propia que comenzaron a revolotear. Las amigas de Alisha, que bailaban en el claro del bosque, detuvieron su danza para observar mejor aquellas lucecitas.

—¡Qué hermosas son! —dijo una de ellas.

—¡Y con qué gracia se mueven! Su baile es único —dijo otra.

—Podríamos imitar sus movimientos —sugirió una tercera—, y aprender su danza. ¿No os recuerda a cómo bailaba Alisha?

El padre de Alisha, desde la altura de su casa, vio brillar luces en el bosque y, asombrado, comprobó que se movían y se juntaban formando la figura de su añorada hija. Comprendió que, de alguna manera, Alisha había vuelto a él y, después de tanto tiempo, su corazón encontró algo de consuelo.

Yamir, desde el cielo, sintió que el espíritu de Alisha le daba su bendición y, compadecido de su suegro y de los demás mortales, decidió dejar que aquellos pequeños mensajeros de luz, a los que llamó luciérnagas, se quedaran a vivir en la Tierra.

Pawan, arrepentido de su crimen, intentó acercarse a su hermano para pedirle perdón, pero Yamir, con el alma rota de dolor, le volvió la espalda en el instante en que murió Alisha.  Desde aquel día, el Príncipe del Sol se vio condenado a la soledad más absoluta porque, cuando subía a su carro, su hermano abandonaba el cielo para no coincidir con él. Solo muy de vez en cuando se cruzan los caminos de los príncipes y, cuando se enfrentan, la Tierra se oscurece durante unos minutos porque el dolor de Yamir es capaz de eclipsar al mismo sol por mucho que sea su brillo.

Y, desde entonces, cuando hay un eclipse o en algunas noches sin luna, podemos ver a las luciérnagas que iluminan la oscuridad para recordarnos que la luz volverá a brillar en nuestras vidas.

Adela Castañón

Imagen de Artie_Navarre en Pixabay 

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