Las acacias de El Fosal

Los recuerdos son como eslabones en una larga cadena que une el pasado con el presente y tienden un puente de plata por el que gustamos andar hasta confundir las dos orillas.

Bruno Gracia Sieso, Maestro de El Frago (1925-1931), “Recuerdos”

 

Cuando se edificaron las escuelas, don Bruno convirtió el antiguo Fosal de san Nicolás en un jardín, llamado desde entonces El Fosal, así, a secas, como si de un topónimo ancestral se tratara.

Nuestros padres arrancaron las viejas lápidas, allanaron el terreno con las yuntas y en un rincón apartado cavaron una fosa en la que iban echando los huesos y las calaveras que les iban saliendo. Los niños nos tomamos aquello como un juego y les ayudábamos a cargar las tibias y los cráneos, renegridos por el humus, en los carretillos.

–¿Te imaginas cómo van a crecer los rosales en una tierra tan abonada? –dijo mi madre una noche, mientras estábamos cenando.

–Mejor las acacias –respondió, mi padre–, que crecen muy deprisa. Ya hemos hablado con el alcalde y dice que va a trasplantar unas muy grandes que hay en la partida de La Fuente. Así que, si arraigan bien, este año ya tendrán flores y darán sombra.

–Sí, sí. ¡Qué bien! Podremos comer “pan de cuco” sin tener que ir hasta las arboledas del río –grité alborozado .

­Pero, ¿cómo vais a comer un “pan de cuco” alimentado por la podredumbre de los cadáveres?

–¡Qué dice usted, madre! Allí ya no hay podredumbre ni nada. Eso ya no es un cementerio. Hace más de cuarenta años que se entierra en el nuevo. Solo salen trozos de huesos mezclados con grandes terrones de tierra. Además, el maestro nos ha dicho que recojamos los que salgan más enteros que los emplearemos en clase –dije yo, haciéndome el valiente.

– “Pan de cuco”, todo el que queráis, pero hojas y semillas, ni hablar. Muchos de esos que estamos sacando se murieron intoxicados porque en momentos de escasez comían semillas de acacias en lugar de judías –intervino mi padre.

–Padre, ¡no será para tanto! A veces a usted le da por exagerar que no vea. El año pasado probamos las habichuelas de las acacias y solo nos dieron unas cagaleras muy fuertes. ¡Ustedes ni se enteraron!

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Tarjeta postal de El Fosal (El Frago, Zaragoza), 1929.

Cuando los hombres habían acabado de preparar la tierra, las mujeres comenzaron a plantar rosales, geranios, petunias, violetas y lirios. Nosotros les traíamos el agua desde la fuente en cántaros y regaderas.

En pocos meses lo convertimos en el lugar más alegre del pueblo. Nuestros gritos reverberaban en los sillares del muro de la iglesia y el eco se propagaba por las dos calles que bajaban hasta El Terrao.

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Un año, que ya habían crecido las acacias, íbamos a celebrar san Nicolás, patrón del pueblo y de los chicos de la escuela, por todo lo alto. Nuestras madres iban a guisar tres cazuelas de judías rojas y unos buenos gallos de corral. Iba a ser el seis de diciembre más sonado de toda la historia fragolina.

Un poco antes de mediodía, acudimos endomingados a ultimar los preparativos de la fiesta. Agrupamos los pupitres para hacer un cuadrado que nos sirviera de mesa. Y nos sentamos alrededor, delante de un gran ventanal desde el que se veía el esqueleto de una acacia, cuya sombra se proyectaba sobre la espesa capa de nieve del jardín.

Después de comer, sacamos una calavera de la fosa común y la utilizamos de pelota para hacer una bola de nieve. Aún no habíamos acabado el muñeco, cuando cinco de mis amigos comenzaron a vomitar con grandes espasmos. Las madres pensaron que era un castigo de los muertos por haber profanado su lugar sagrado. El médico pidió que le llevaran las cazuelas con los restos de alubias En una de ellas encontró semillas de acacias. Con sus remedios solo consiguió salvar a dos.

–En una de las cazuelas había una gran dosis de robinina capaz de matar a un rebaño de cabras –nos dijo el maestro al día siguiente.

Y nosotros nos quedamos mudos, con la muerte clavada en las entrañas.

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1929. Bruno Gracia Sieso. Escuela El Frago.jpg

Don Bruno en la Escuela de Niños. El Frago (Zaragoza), 1929.

Fotografías de Bruno Gracia Sieso. Conservadas por la familia Gracia Sieso. Existen copias en varias familias de El Frago.

Nota. En las Altas Cinco Villas, «pan de cuco» hace referencia a las flores dulzonas de las acacias, un manjar para los niños de las escuelas, que se peleaban por él.

Carmen Romeo Pemán

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Estatua blanca mármol

El abismo

“Jamás me casaré, jamás tendré hijos, jamás viviré la vida de otros, jamás renunciaré a mis sueños. Jamás, jamás”. Sin embargo, aquí estoy, con tres hijos, casada desde hace veinte años y viviendo la vida de otros. Amargada y convertida en todo lo que juré no ser jamás. No es extraño que esté sentada tan cerca del abismo, viendo resplandecer las luces de la ciudad. Desde el mirador todo se ve diferente. Adoro el silencio y la tranquilidad de la soledad, poder estar a solas con mis pensamientos, alejada de la rutina. Tentada de lanzarme al vacío.

¿Cuánto demoraría en caer? ¿Dolería? ¿Moriría realmente si lo hiciera? ¿Qué pasaría con mi familia, con mis hijos? Los problemas de su adolescencia me consumen. No fui muy inteligente al tener uno detrás de otro. Lidiar con la pubertad, con los quehaceres de la casa, con la oficina y estar hermosa, y con las piernas abiertas todas las noches para recibir a mi marido. Es agotador. Debí estudiar y conocer mundo antes de jugar a la casita. Al imaginar que puedo sumar más cosas a la lista se me retuercen las entrañas y siento que no tendría que pensarlo más. Terminaré lanzándome de una vez.

¿En qué estaría pensando cuando guardé mi mochila? Cuando cambié mi sueño de viajar por el mundo por tener una familia y me eché encima la responsabilidad de hacerla funcionar para siempre. Cuando tienes una familia, todo va antes que tú. No hay espacio para sentirte triste, cansada, aburrida o melancólica, y siempre tienes que estar dispuesta para todo. Aún recuerdo con claridad las palabras del sacerdote el día de mi matrimonio: “hasta que la muerte los separe”. De solo recordarlo siento escalofríos. ¿Quién puede ser tan ingenuo para decir “sí”? Y para toda la vida. Por eso estoy aquí, obviamente. A las ocho de la noche, al borde de este abismo. Tratando esta vez de tomar la decisión correcta. ¿Qué pensaría mi marido si supiera que quiero acabar con mi vida? ¿Qué pensaría mi madre? ¿Qué pasará cuando no esté? Es la primera vez en mi vida que tomo esta decisión, aunque aún no sé si es tan en serio. Antes de salir arreglé la casa y dejé la comida en el horno. ¡Todo dispuesto como si fuera a regresar! Llamé a mi esposo y le dije que no me esperara temprano porque tenía un compromiso. No podía decirle que iba a lanzarme desde un mirador, que está matándome la rutina y la frustración que me produce el haber abandonado mis sueños por miedo a dejar la zona de confort. Ni siquiera puedo imaginarme su cara al conocer mis intenciones.

¿Por qué no podemos vivir y alejar la angustia del pasado?, ¿de lo que ya hicimos y no podemos cambiar? y ¿de lo que dejamos de hacer y ya no podremos? ¿Por qué no solo vivimos sin pensar demasiado? No sé para qué me mortifico con estas preguntas sin sentido. Vine hasta aquí por una razón: para cambiar mi vida, alivianar la carga y volver a ser la que alguna vez fui. Lanzarme a lo desconocido y mandar todo a la mierda. En el fondo sé que aún no es el momento, porque antes hay algo que debo hacer.

Me alejo del abismo y subo al auto para regresar a casa. El trayecto parece más largo, pero no tengo prisa. Al entrar por la puerta, veo a mi esposo sentado en el sillón de la sala, leyendo un libro. Todos se acercan a darme un beso y abrazarme. Empieza el bombardeo de tareas que quieren que realice. Sonrío, dejo mi bolso sobre el perchero y empiezo a ayudarles como siempre. Llega la hora de dormir y me quito el vestido. Meto mi cuerpo desnudo entre las sabanas, me acurruco al lado de mi esposo y hacemos el amor. Es una delicia sentirme como una puta que ha tenido la suerte de conseguir un buen cliente. Disfruto cada centímetro de ese cuerpo egoísta que solo quiere satisfacer sus necesidades. Esta última vez, sin prejuicios, cumpliendo mis deseos más perversos. Mi esposo me mira sorprendido. Siempre he sido tan recatada, tan puesta en mi lugar, que la mujer de esta noche le resulta una completa desconocida. Detrás de esa cara de sorpresa puedo ver en sus ojos que está satisfecho, muy satisfecho. Dejo que se duerma y me visto con cuidado para no despertarlo. Entro en la habitación de cada uno de mis hijos y los beso en la frente. Se me hace un nudo en la garganta que no me deja respirar. El sentimiento de una madre por sus hijos es algo que no se puede explicar con facilidad.

Ahora estoy lista. No podía irme sin despedirme, sin ver sus rostros por última vez. Sin sentir el aroma que emana de sus cuerpecitos y la calidez de su piel adolescente. Aunque me enloquecen, la mayor parte del tiempo los adoro más que a nada en el mundo, pero nunca estuve preparada para ser madre, ni una fiel y abnegada esposa. No era mi destino, no era lo que quería hacer con mi vida. Tomo la libreta de notas que está pegada en la nevera y escribo unas líneas. Dejo la nota sobre la mesa para que la vean al despertar. Sé que un pedazo de papel no compensará mi ausencia, ni justificará mi decisión, pero ya han sido veinte años de vivir sus vidas y veinte años de vivir la vida de mis padres. Ahora es tiempo de vivir la mía. Tomo las llaves del auto y atravieso la puerta sin ningún remordimiento. Esta vez para no regresar.

Mónica Solano

Imagen de Jonny Lindner

La novela perfecta

Entreabrí los ojos. No veía nada. Hice ademán de tocarme la cara, pero no podía mover las manos. Fui consciente de dos cosas a la vez: una jaqueca que se me venía encima a la velocidad de la luz, y la certeza de que estaba esposado, amordazado y con una venda en los ojos. Una pregunta me sobresaltó.

–¿Ya estás despierto?

Era una voz femenina, pero no pude reconocer a su propietaria. Apreté los nudillos y la mandíbula e intenté moverme. Me hallaba tendido sobre algo blando.

–Siento mucho haber tenido que hacer esto, pero estoy segura de que lo comprenderás, Edward.

La voz se detuvo. ¿Qué puñetas había pasado? ¿Acaso creía que podría contestarle en ese estado? El bombeo en mi cabeza disparaba oleadas de miedo al resto de mi cuerpo. Oí un ladrido. Me pareció el de Killer. Pero, si era mi perro, ¿por qué demonios no hacía nada? ¿De qué me había servido gastar tanto dinero en su entrenamiento?

–Te estarás preguntando qué hacemos aquí.

Tragué saliva. La desconocida me había leído el pensamiento. Siguió hablando.

–Verás, cariño, no encontré otro modo de convencerte. Y mira que lo he intentado.

Un momento… esa voz… ¡Mierda! Había oído esa voz en alguna parte, pero era incapaz de asociarla a un rostro, a un lugar, a un acontecimiento. Escuché tratando de obtener alguna pista sobre lo que me estaba sucediendo.

–Tenías razón cuando me dijiste que en mis escritos faltaba acción. Que eran sosos y aburridos, y que así jamás conseguiría fama. Pero no debiste esperar a acostarte conmigo para desengañarme. Esas no son formas, Edward.

«¿Acostarme con ella? ¿Con quién?» Me esforcé en recordar las caras de las aspirantes a escritoras que habían acudido a mí para que fuera su editor. Buceé con desesperación en mi memoria, pero habían sido tantas mujeres a lo largo de los años que no lograba identificarla. Me arrepentí del poco caso que había hecho a mis conquistas. En el futuro prestaría más atención al tema.

–Pero eso ahora da igual, Edward. Voy a ser famosa. Y tú me vas a ayudar.

«¿Ayudarte?», pensé. «¡La llevas clara! Voy a seguirte la corriente hasta que me dejes salir de aquí. Luego me aseguraré de que nadie, nadie, en el mundo editorial te dirija la palabra. Eso suponiendo que des con un abogado que te saque de la cárcel, que lo dudo». Mi ritmo cardíaco empezaba a normalizarse. Le prometería cualquier cosa.

–Seré tan famosa como Amy Winehouse, Edward. Y, de paso, también crecerá tu fama. Porque los dos vamos a pasar juntos a la inmortalidad.

Empezó a tararear una melodía que me resultaba familiar, mientras yo me preguntaba qué habría querido decir. Otra vez pareció leer en mi mente y me sacó de la duda.

–He estado tantas horas en la sala de espera de tu despacho que al final me he hecho amiga de otra escritora, ¿sabes? Y a ella le contaste el mismo cuento. Bueno, a ella y a otras muchas. Y eso no está nada bien, Edward. No. No está nada bien. Como lo de acostarte con todas nosotras.

Oí el correteo nervioso de Killer. Comprendí que nos separaba una puerta cerrada.

–Verás, Edward, he escrito la novela perfecta –remarcó “la” de forma exagerada–. Y la he dejado en una empresa de mensajería para que se la lleven a mi amiga dentro de una semana. Es el tiempo que necesito para que todo se desarrolle sin complicaciones.

Seguía sin adivinar adónde quería llevarme esa loca. Algo en su tono hizo que se esfumara la frágil tranquilidad que había conseguido unos momentos antes.

–Te va a encantar el argumento, Edward. Una mujer con talento escribe una novela y la lleva a un editor. El editor es incapaz de apreciar su arte y le dice que la novela es anodina, que nadie pasaría del primer capítulo. Pero se lo dice después de haberle dado falsas esperanzas. Y todo para conseguir llevársela a la cama. La chica entonces escribe otra historia. Una basada en hechos reales, que todavía no se han producido, pero ella sabe que sucederán. Porque ha planeado todo lo que va a ocurrir. Y lo deja novelado para que le llegue a otra persona que se encargará de la publicación cuando todo acabe. ¿Verdad que es original, Edward?

Me dieron ganas de reír. ¿Original? Seguro que la novela era un topicazo de esos donde el secuestrado comprende que la secuestradora es el amor de su vida, o alguna gilipollez de ese estilo.

–Dentro de poco te quitaré la mordaza y la venda. Podrás gritar si quieres, pero no te oirá nadie. No hay ni un pueblo ni una casa cerca de aquí. Si giras un poco el cuello a tu derecha, podrás notar que hay algo. Es un bebedero. No quiero que te mueras de sed. Tienes agua para una semana, igual que tu perro. Siento no haber hecho lo mismo con la comida. Lo siento sobre todo por Killer –la mujer se puso a tararear otra vez la misma musiquilla mientras parecía moverse por la habitación Y ahora te voy a contar el final de la novela. La escritora secuestra al editor y planea un crimen perfecto. Lo encierra en un lugar solitario y lo deja atado sobre una cama. Su perro está en la habitación de al lado. A ella no le ha costado trabajo drogarlos para llevarlos a ese sitio tan alejado.

Sentí un tirón en la cara y me chupé los labios, libres de la mordaza. Unas manos desataron la tela que me cegaba.

–El final es mejor que lo veas por ti mismo. ¡Te va a encantar!

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Eso fue hace dos días. Sigo atado a la misma cama. A la derecha está esa especie de bebedero. A la izquierda, el tic-tac de un temporizador acompaña a mis nervios. Ella lo giró para que yo no pudiera ver los números, pero sé que cuando suene se desbloqueará la cerradura de la puerta. Encima de mí veo una hamaca colgada cerca del techo. En el suelo, al lado de la cama, están tirados la escalera de mano que ella usó para llegar allá arriba y el cuchillo con el que se abrió las venas. Estoy bañado en su sangre. No sé bien en qué momento exacto ha muerto, pero ya da lo mismo. Oigo gimotear a mi perro en el cuarto de al lado.

Cuando suene el temporizador, la puerta se abrirá. Los coágulos que bañan mi abdomen huelen a óxido. De golpe me viene a la memoria la melodía que tarareaba esa loca. Era la sintonía de Juego de Tronos. Y las idas y venidas de Killer, como siempre que tiene hambre, son cada vez más frenéticas.

Adela Castañón

Imagen de Steve Bidmead. Pixabay

De la alfarería de Biescas

De la tradición oral fragolina

Me hizo un alfarero de Biescas del siglo XVI, por eso tengo sólo tres asas y entre ellas me bajan unas trenzas como las de las vaqueras del Pirineo.

Hace más de un siglo que la abuela Engracia me trajo a esta casa, desde Ayerbe, entre los objetos más preciados de su dote. Durante muchos años conservé la mejor miel de las abejas, hasta que una epidemia acabó con los enjambres y me arrinconaron en una falsa con los trastos viejos.

Un día, Engracita, la nieta de Engracia, que estudiaba arqueología, me descubrió por azar y puso el grito en el cielo por la incultura de sus padres.

–¿Cómo habéis podido abandonar, así, una de las piezas más apreciadas de la cerámica del Pirineo?

Y yo me dije sonriendo:

–¡Ella sí que es inculta! No sabe que he sobrevivido tantos años gracias a que me abandonaron en un rincón y nadie se acordó de mí. Ni los ratones, que ya no guardaba nada que les gustara en mi panza. Gracias a que todos me olvidaron he podido ser testigo de todos los acontecimientos de la familia.

Engracita se emocionó tanto con mis orígenes que me llevó a una exposición del museo del Serrablo. Allí me limpiaron, me acariciaron y fui la reina por un año. A la vuelta, esa nieta intrépida no me envolvió bien, y en un bache de la carretera sufrí un gran golpe. No llegué a partirme del todo pero necesité muchas lañas para reparar las rajas de mis costados y perdí parte de mis trenzas.

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 Ahora que Engracita está muy mayor ha decidido deshacerse de mí. Ha llamado a un anticuario que le ofrece una fortuna. “¡Una pieza del siglo XVI y con lañas!”. Esta Engracita siempre ha sido un poco atolondrada. ¿Por qué no me ha donado a un museo para que me acaricie la gente?

Ya veo que me voy a pasar el resto de mi vida en casa de un coleccionista que no conocerá mi pasado. Ni sabrá que un famoso alfarero de Biescas nos dio vida a mí y a muchas de mis hermanas que todavía andan arrinconadas por las falsas de las casas del Pirineo.

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Fotografías: Víctor Arenzana Hernández. El Frago (Zaragoza), septiembre de 2016.

Una tinajica de la alfarería de Biescas sobre un toallón de lino en la terraza de Casa Melchor. El racimo de uva, de la viña de Barbé. Mi abuela Antonia (El Frago, 1885-1950) le compró la escudilla a un quincallero de la plaza, a cambio de unas herraduras viejas. El toallón fue tejido, a principios del siglo XX, por el Benito Ángel Biescas (El Frago, 1882-1956), de Casa el Tejedor. Continuarón el oficio sus hijos Julián y Alfredo. A todos ellos les dedico este relato.

Carmen Romeo Pemán

La casa de los dulces

Unos porrazos atronadores despertaron a Liese. Quienquiera que estuviera llamando a esas horas de la madrugada había dotado a su puño de mucha fuerza, suficiente como para que los golpes retumbaran en el tórax de la alquimista. Tenían una mezcla de potencia, urgencia y desesperación que hizo que Liese saliera al porche sin ni siquiera echarse una toquilla sobre los hombros.

—¿Qué pas…? —Empezó, pero se calló al ver la cara de Herrero— ¿Es Obara?

Herrero fue incapaz de decir ni una palabra. Asintió y se mordió los labios.

Liese volvió a su dormitorio, se calzó pisando con furia dentro de sus botas, cogió un tarro lleno de galletas y la metió en la bolsa con todo su instrumental.

El parto de su aprendiza se había adelantado casi dos meses. No era buena señal.

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La primera vez que Liese vio a Obara aún era una niña. La había pillado espiándola desde el otro lado de la ventana, parapetada tras una rama llena de flores que había cortado de su jardín. Por el gesto de su cara, Liese supo que la criatura se consideraba una maestra del disfraz, así que la dejó observar, aún sabiendo que las flores pronto acabarían regándola con su polen urticante. La alquimista esperó hasta que vio que los ojos de la niña estaban rojos como fresones, y salió por la puerta de atrás.

—Pronto necesitarás un colirio —le dijo a su espalda. Obara pegó un salto y se le cayó la rama de las manitas -. Anda, entra a casa.

—No puedo. Mis padres no me dejan.

—Ah, ¿no? ¿Y te dejan espiarme?

Los redondos mofletes de Obara se encendieron, más aún que las mucosas de sus ojos, y agachó la cabeza.

—No —susurró.

—Pues si ya te has saltado una prohibición, no veo por qué no puedes hacerlo con otra —Liese acarició el cabello de la niña, despeinándola un poco—. Venga, entra. Que como tus padres te vean con esa cara te va a caer una buena.

Incluso con los ojos vidriosos e hinchados, Obara no podía controlar su curiosidad. Su cabeza se movía con la rapidez de un látigo, temerosa de perderse algo. Más tarde, Liese supo que la niña creía que nunca más tendría la oportunidad de entrar en su cabaña, por lo que intentó empaparse de todo para contárselo a sus amigos.

La alquimista cogió un colirio de entre decenas de frascos que tenía sobre la alacena de la cocina y sentó a Obara en una de las sillas del comedor.

—Así que querías saber lo que estaba haciendo, ¿eh? —preguntó Liese con voz dulce mientras le aplicaba ungüento en los ojos—. ¿Crees que estaba preparando algún conjuro?

La niña se miró los pies como si en ellos estuviera toda la sabiduría del mundo.

—Quizá te decepcione un poco saber que yo no hago esas cosas. Preparo pócimas, pero no tienen magia. No me gusta jugar con ella.

—Entonces, ¿existe?

—Claro. Y, aunque tiene un precio, la humanidad la ha utilizado siempre. Y no solo las mujeres que viven solas en el bosque, por si te lo estás preguntando.

La niña volvió a ponerse colorada. Las dos sabían las historias que se contaban sobre Liese, pero la mujer no les daba tanta importancia como la niña.

—Para el no iniciado puede parecer que lo que hago es magia —Cogió de la encimera de la cocina un plato que siempre estaba lleno de galletas de mantequilla y le ofreció una a la niña—. ¿Te gustaría verlo?

Obara levantó la vista con una sonrisa tan grande que corría el riesgo de que su cráneo se desprendiera. Sin embargo, lo que más le gustó a Liese fue el brillo en los ojos que llevaba mucho tiempo buscando.

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De camino al pueblo, Herrero fue explicándole a Liese el estado de su antigua aprendiz. No era nada halagüeño y, aún así, lo que se encontró era peor.

Liese se arrodilló junto a Obara, que estaba entre acuclillada y derrumbada al lado de la cama, y acarició su cara con la ternura de una madre.

—¿Por qué no me has mandado llamar antes? —preguntó. No había ningún tono de reproche en su voz, solo curiosidad.

—Es que no… No quería preocuparte.

Obara jadeaba incluso cuando no tenía ninguna contracción. Su cara estaba demasiado roja, síntoma inequívoco de fiebre.

—Esto no me gusta, Liese.

—A mí tampoco, cariño. Vamos a ver qué puedo hacer —se arremangó la camisa y guiñó un ojo—. Sabes que puedes contar conmigo.

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La última vez que Liese le había dicho algo así a Obara había sido un año antes, cuando empezó a notar que su aprendiz estaba algo extraña. Al principio solo eran pequeños silencios nada propios de Obara. Después, contestaciones de malos modos. Por último, llantos descontrolados escondidos detrás de cualquier puerta. Liese no pudo más y, con preocupación genuina, la acorraló una tarde en la que ambas preparaban una medicación para el cabrero y su pie dolorido.

—Hasta ahora no había hecho falta que te preguntara qué te pasaba, así que no lo voy a hacer ahora. Solo te voy a decir que, si te puedo ayudar, espero que cuentes conmigo. Para lo que sea, ya lo sabes.

Obara la miró a los ojos unos instantes antes de echarse a sus brazos y romper a llorar. Liese le palmeó en la espalda y le besó la cabeza, igual que había hecho los últimos catorce años cada vez que la niña, ya mujer, había tenido algún problema.

Le dijo que llevaba un par de años intentando quedarse embarazada. Que primero habían dejado que la naturaleza siguiera su curso, y después de unos cuantos meses, intentó ayudarla con plantas, infusiones y otros ungüentos. Pero nada había funcionado, y no sabía si era cosa de él o de ella. Liese sabía que ella nunca había tenido ningún problema: de hecho, la primera vez que Obara había tenido la menstruación estaban juntas en la casita del bosque. A Liese le sorprendió que su madre nunca le hubiera contado nada, que ni siquiera le hubiera advertido de lo que iba a pasarle. Tuvo que explicarle absolutamente todo lo que sabía.

—¿Me dejas mirarte? —preguntó Liese. Obara asintió.

La última vez que Liese había hecho revisiones ginecológicas había sido mientras estudiaba con su maestro. Para él, un hombre de algún país de la cuenca del Mediterráneo, de piel aceitunada y barba larga y llena de canas, había sido toda una sorpresa que una muchacha se interesara por su ciencia. Solía ser territorio vetado para ellas. Pero también estaba mal visto, por aquellas latitudes, que un hombre mirara en los bajos de una mujer, por lo que él se ponía de espaldas mientras guiaba a Liese en lo que tenía que hacer. Había sido un tiempo muy feliz, y Liese había querido abrirle el mundo a Obara de la misma manera que su maestro había hecho con ella.

—Parece que está todo bien, cariño. Pero puede ser algo que a simple vista no se vea. O que Herrero tenga algún problema.

Las dos se quedaron calladas unos instantes, Obara asimilando lo que acababa de oír, cosa que ya había sospechado pero no quería creer, y Liese pensando en alguna posible solución.

Aunque Liese nunca quiso tener hijos, después de casi haber criado a Obara entendía que ella sí que lo deseara. Además, había visto cómo trataba a las parturientas que atendía y la manera anhelante que miraba a los recién nacidos, especialmente después de unirse a Herrero. No era un capricho pasajero, y a Liese le dolía que no pudiera cumplir ese sueño. Así que se levantó en busca de un libro que nunca le había enseñado a su aprendiz.

—Hace muchos años me preguntaste si la magia existía. Te he transmitido muchísimos conocimientos, tantos como para que no quieras practicarla, pero de vez en cuando necesitamos una ayudita.

Colocó el libro en las manos de Obara y lo abrió lentamente. Con cada página se desprendía un poco de polvo y olor a humedad. Se paró en una que contenía un dibujo de una estrella invertida de cinco puntas.

—Aquí encontrarás cosas que te ayudarán. Pero hay que mirarlo bien porque debemos analizar todas las consecuencias. Por eso, solo te voy a pedir que, antes de hacer algún hechizo, hables conmigo. ¿De acuerdo?

Pero eso nunca ocurrió. Unos meses después, Liese la encontró vomitando, apoyada con una mano contra la pared y sujetándose el pelo con la otra. La maestra se sintió tan decepcionada que, simplemente, le dejó un plato con galletas y bombones sobre la mesa y se encerró en su cuarto.

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—Viene de culo. Necesito darle la vuelta.

—Me siento una vaca—contestó Obara, intentando sonreír. Dar la vuelta a un ternero en el vientre de su madre era algo que habían hecho en multitud de ocasiones.

—Pues ya sabes cómo se portan ellas. Pero a ti te va a doler más —Se giró a Herrero e hizo una señal hacia su bolsa, para que se la trajera. Cogió un pequeño vial y lo acercó a los labios de la parturienta—. Bébelo sin miedo. No os va a hacer daño a ninguno de los dos.

Cuando creyó que el brebaje ya había hecho efecto, Liese se puso manos a la obra. Al meter la mano casi hasta el codo se dio cuenta de que casi no había espacio, y sospechó lo peor. Pero, aún así, fue capaz de girar a la criatura.

Entre Herrero y ella, pusieron a Obara en cuclillas y la sujetaron uno a cada lado para que pudiera dedicarse únicamente a apretar.

Una hora más tarde, Obara seguía sangrando. Primero nació Hansel, el niño, y después Gretel, la niña. Herrero había dejado que su mujer les pusiera los nombres de sus padres.

De los labios de Obara apenas salía un hilillo de voz.

—Estudiarán contigo, Liese. Cuando tengan la edad suficiente, irán a la casita del bosque y tú les enseñarás entre galleta y galleta, como a mí.

—Ellos han de quererlo, cariño. Ya lo sabes.

—Convéncelos.

—No hace falta. Ya los convencerás tú —Liese se mordió la mejilla por dentro para contener las lágrimas que amenazaban con escapar de un momento a otro y respiró hondo antes de ponerse en pie—. Déjame que vaya a lavar a los pequeños. Ahora te los devuelvo.

Obara sonrió, a modo de afirmación, y cerró los ojos mientras Herrero le apretaba fuertemente la mano. Liese cogió a los niños, que ya habían mamado suficiente, y los colocó sobre unas mantas junto al hogar. Con manos temblorosas desenvolvió a Hansel y lo giró, buscando algo que le había parecido ver en el momento del parto.

Una estrella invertida de cinco puntas bailaba al final de su espalda.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Casa de pan de Gengibre

Ciudad Leones

Ariana caminaba por el desierto. Cabizbaja, arrastraba sus pies descalzos y con cada paso dejaba una delgada línea sobre la arena. Los harapos que envolvían su cuerpo no eran suficientes para protegerla del viento cargado de polvo que le desgarraba la piel. Hacía algunas horas que se había escapado de casa. Llevaba meses planeando la fuga y, de nuevo, había llegado el momento de arriesgarse a partir.

Al cumplir los diez años, sus padres la vendieron a una familia de Ciudad Leones. Los Salek consiguieron a su nueva criada a cambio de una de sus vacas. Desde entonces, deseaba con todas sus fuerzas que la insufrible rutina de lavar pisos, fregar trastos y recibir azotes pasara a formar parte de su pasado. Kande, la criada de sus vecinos, le había hablado de un lugar en el que se podía jugar todo el tiempo, porque estaba prohibido que los niños trabajaran. Ariana se propuso abandonar Ciudad Leones para conocer ese paraíso en el que los niños tenían infancia.

Después de tres intentos fallidos, había logrado rebasar las murallas de la ciudad. La última vez fue atrapada por una patrulla de la policía cuando apenas llevaba medio kilómetro avanzado. La castigaron con un encierro de casi una semana, en el sótano de la casa, sin comida y sin agua. Pero esta vez había logrado llegar más lejos, estaba segura de que ya no la atraparían.

El horizonte se desvanecía y en cada parpadeo sentía que se le iba la vida. Tomó un sorbo de agua para calmar la sed y, en un instante de torpeza, sus manos temblorosas dejaron caer la vasija. El agua se derramó sobre la arena. Su provisión más valiosa se evaporó ante sus ojos. Por la última señal que había visto en el camino, sabía que le faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta. Pero el sol se alzaba imponente en el cielo y le arrebataba la poca cordura que le quedaba. No lograría atravesar la frontera.

Su cuerpo se fue haciendo cada vez más pesado, hasta que sus pies se quedaron anclados. Se desplomó sobre la arena y cerró los ojos, exhausta. Reunió las últimas fuerzas que tenía, se puso de rodillas casi sin aliento, jaló con fuerza sus andrajos y gritó. Observó una gigantesca sombra que venía a posarse sobre su cabeza. Al ver una figura que se elevaba ante ella, tan grande como una montaña, dio un salto y cayó de espaldas. Cuando logró enfocarla, distinguió una melena de fuego y unos ojos color carmesí que la miraban como si sus pupilas contuvieran todo el odio del mundo. En el rostro de la criatura se formaba una delgada línea de la que salían unos feroces colmillos. A Ariana se le secó la boca y sus ojos se clavaron inmóviles en la aparición. En un instante de lucidez, quiso salir corriendo. ¿Se alejaría lo suficiente? Quizá sería mejor enfrentarse al adversario, pero, ¿podría ganarle?

Revestida por una inesperada valentía, se puso de pie, decidida a desafiar a aquel demonio. Las fauces del enemigo se abrieron y dejaron ver el fuego en su interior. Los destellos de su melena ardiente, agitada por el viento, la retaban a una batalla. Aunque Ariana sentía un vacío en la boca del estómago y las rodillas le temblaban, el monstruo que se había cruzado en su camino no la hizo retroceder. En ese instante sintió que había escogido la ruta de la muerte cuando decidió fugarse. Un escalofrió la llenó de satisfacción, al pensar que su último aliento se lo arrebataría un digno adversario, y no los azotes de su amo.

Sacó de su bolsillo una navaja y amenazó al león en llamas. Era momento de iniciar la batalla. El animal se lanzó enfurecido y Ariana empezó a repartir golpes descontrolados para herirlo, pero cada corte de la navaja se desvanecía en una piel de fuego. Todos sus intentos eran inútiles y las garras del león estaban destrozándola, faltaba poco para que su alma enferma dejara de existir en aquel desierto.

Por delante de sus ojos, como recuerdos ajenos, pasaron las imágenes de sus últimos días. Todavía le dolía la piel por la paliza que había recibido la semana anterior. Las manos empezaron a sudarle. Sintió cómo se le cerraba la garganta y el aire entraba con dificultad en sus pulmones. Perdía la batalla, pero nada la haría retroceder. Si estaba destinada a morir ese día, lo haría luchando hasta el último minuto. Empuñó la navaja y miró fijamente a la bestia. Se llenó de valor y su cuerpo creció hasta llegar al tamaño de su atacante. Los intentos desesperados empezaron a surtir efecto y Ariana dejó al demonio sobre la arena, con una herida mortal en el pecho. El león en llamas se desvaneció en un fino polvo que el viento arrastró en una brisa.

Los ojos de Ariana se abrieron de golpe. Lo primero que divisó fue un buitre que le velaba el sueño. El viento soplaba inclemente. La mitad de su cuerpo estaba sepultado en la arena y el sol había lacerado su rostro, pero a su alrededor no había ninguna señal de la batalla. Dejando a un lado el dolor, se puso de pie con precaución y siguió adelante.

Después de caminar por unas horas más, el aire le volvió al pecho, como una bocanada de salvación, al leer un letrero a pocos metros que decía “Gracias por su visita a Ciudad Leones. Feliz viaje”. Había logrado abandonar su viejo hogar, el fin de su travesía estaba a unos pasos. Jamás regresaría.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco

La mirada equivocada

Ezequiel entró por tercer año consecutivo en el gran salón donde se iban a fallar los premios del concurso literario. Pensó que, con un poco de suerte, en la siguiente convocatoria podría encontrarse entre los finalistas si conseguía terminar de escribir su libro.

El acto comenzó como en las ediciones anteriores. El portavoz del jurado pronunció el nombre de la ganadora, y una mujer joven se levantó de un asiento de la fila posterior a la suya. Al pasar junto a él, que ocupaba una de las sillas que daban al pasillo, dejó un aroma a jazmín que parecía formar parte de aquel cuerpo encaramado sobre unos tacones de vértigo. Subió al estrado, y los focos se centraron en ella.

Ezequiel pensó que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. Algo en el rostro de la triunfadora le resultó familiar. Se puso las gafas y frunció las cejas inclinándose hacia delante en su asiento. No conseguía ubicarla. Apoyó el codo derecho sobre su pierna cruzada y se pasó los dedos por el mentón. La mujer empezó a hablar y, aunque la voz le temblaba, la sensación de déjà vu de Ezequiel se intensificó. ¿Dónde había oído antes ese timbre? Maldijo su supersticiosa costumbre de no leer nada sobre los libros ni sobre los autores que concursaban hasta el día después de la final. Se consoló pensando que a la salida compraría el libro. Esperaba que en la contraportada apareciera la consabida foto de la autora con algún dato biográfico. La mujer se había puesto unas gafas y hablaba mirando al público a pesar de que sostenía un papel entre los dedos.

–Me preguntan a veces por el título de mi libro –Se mojó los labios–. “La mirada equivocada” es la historia de una persona que, día tras día, se empeña en mirar al horizonte sin pensar que puede encontrar mucho más cerca lo que tanto anda buscando. La inspiración me vino justamente de ahí, de observar a la gente y darme cuenta de que muchos de nosotros equivocamos la dirección de nuestra mirada. A menudo no somos capaces de ver más allá de lo que tenemos delante. Desechamos muchas cosas y dejamos pasar oportunidades a las que no damos importancia, pero que otros, a veces, aprovechan y valoran. Por eso tuve claro que mi libro se llamaría así.

Ezequiel atendía a medias. Cuando terminó el evento, tenía las cejas fruncidas. ¡Vaya tarde desperdiciada! Al final no había logrado averiguar a quién le recordaba la ganadora. Y, al estar distraído pensando en eso, no había prestado atención a las palabras de la autora y se había perdido esa primera presentación en directo de los detalles de la obra. Decidió que, en cuanto saliera, iría al bar de siempre, se sentaría en su mesa del rincón y allí daría una primera ojeada al libro ganador. A ver si, de una vez por todas, las musas se decidían a hacerle una visita.

Compró un ejemplar antes de marcharse y ni siquiera esperó a que la autora se lo firmara. Al salir a la calle, una suave llovizna le hizo sonreír. Al menos el tiempo tenía el detalle de estar a tono con su estado de ánimo. Se subió el cuello del abrigo mientras la sonrisa se hacía más amplia y dejaba ver su dentadura. Hasta ahora, lo único que le gustaba de su futura novela era precisamente esa frase inicial: “Al salir a la calle una suave llovizna le hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Había perdido la cuenta de la cantidad de folios que acababan arrugados y llenos de tachones en la papelera que había junto a la mesa del bar. Todos comenzaban igual, pero las frases siguientes se le resistían. Ezequiel acudía allí convencido de que entre sus paredes se escondía su historia soñada. Al entrar en el local solía esperar la llegada de una desconocida rubia que entraba quitándose un sombrero pequeño y pasado de moda mientras sacudía su media melena. La observaba con disimulo y se inventaba historias sobre ella que luego intentaba trasladar al papel. Pero un día apareció acompañada de un mastodonte cubierto de tatuajes y, cuando la oyó hablar por primera vez, todo se fue al garete. Ezequiel tuvo que sujetarse las manos para no taparse los oídos ante esa voz chillona y desagradable que asesinaba sin piedad la gramática más elemental. Descartada la rubia como fuente de inspiración, tomó como segunda opción a otra de las habituales del local, pero las musas huyeron el día en que su nueva heroína se sentó en el suelo cuando iba camino al servicio después del cuarto o quinto whisky. El escritor insistía en buscar a esa desconocida que haría surgir su talento de escritor como un volcán en erupción, pero la suerte no dejaba de volverle la espalda y seguía sin encontrar su historia.

Perdido en sus meditaciones, Ezequiel llegó al bar. Ocupó su mesa habitual y sacó el libro de la bolsa para empezar a leerlo. La contraportada, en efecto, tenía una foto de la autora. Volvió a pasarse los dedos por el mentón, como siempre que algún recuerdo se le escapaba. Ahora estaba mucho más seguro de que conocía a esa mujer. Una sombra se interpuso entre él y la poca luz que entraba por la ventana. De reojo vio el delantal blanco de la camarera. Dejó de rascarse la barbilla para levantar la mano:

—Lo de siempre, por favor.

—¿Y qué es lo de siempre, oiga?

Ezequiel levantó los ojos. Una camarera a la que no recordaba haber visto antes, con un uniforme dos tallas más pequeñas que la que debería usar, mordía la punta del lápiz. Estaba tan acostumbrado a que le llevaran su cerveza que, por un momento, se quedó sin saber qué contestar. La chica llevaba un perfume tan intenso que le hizo estornudar y sacar un kleenex del bolsillo. Se sonó y miró alrededor buscando la papelera que solía dejar llena de hojas emborronadas cuando se iba. Al no encontrarla, se quedó con el pañuelo en la mano sin saber qué hacer con él.

—Una cerveza, por favor –Antes de que la chica se fuera, preguntó—. ¿Y la papelera?

—¿Papelera? ¿Qué papelera?

—La que suele estar aquí todos los días. —Vio que ella ponía cara de extrañeza e insistió—. En este rincón.

—Ni idea. Que yo sepa, en este bar no hay papeleras junto a las mesas. Ya ni siquiera ceniceros, desde que no se puede fumar dentro. ¿Quiere caña o botellín?

—Un botellín.

—Enseguida se lo traigo. ¿Algo de comer?

—No. Bueno, sí. Unas aceitunas para picar, ya sabe.

La camarera se fue encogiendo los hombros y Ezequiel se maldijo por su estupidez. Estaba claro que la mujer no tenía por qué saber que siempre tomaba lo mismo: un tercio de cerveza y aceitunas que hacía durar toda la tarde, hasta dejar los huesos tan pulidos que parecían canicas. Volvió a mirar la contraportada del libro y leyó la sinopsis muy por encima. La autora explicaba que la historia se le había ocurrido observando a un cliente que acudía a diario al sitio donde ella trabajaba. Día a día había empezado a imaginar peculiaridades, características y sentimientos, y les había ido dando vida sobre el papel. Ezequiel sonrió. Dicho así, parecía muy fácil. Seguro que el germen de la historia había nacido de otro modo, pero no querría confesar la receta. Abrió el libro, y la sonrisa se le quedó congelada con la primera frase: “Al salir a la calle una suave llovizna lo hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Le dio la vuelta al libro, y prestó más atención al resumen de la historia. No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Empezó a ojear los capítulos y a leer fragmentos al azar. El contenido era totalmente inédito para él, pero la primera frase lo había descolocado. Ni se dio cuenta de que el dueño del bar se acercaba a su mesa.

—Buenas tardes, señor. ¿Qué va a ser?

—¿Perdón? —Estaba tan concentrado que creyó que había oído mal. Dejó el libro boca abajo sobre la mesa—. Ya le he pedido una cerveza a su compañera.

El dueño miró a la camarera, que levantó las cejas con cara de circunstancias. Estaba claro que se había olvidado del pedido. El hombre se disculpó por el despiste de su trabajadora.

—Vaya, lo siento. Ahora mismo se la sirvo. Esa chica es nueva, y me parece que tiene menos experiencia de la que me dijo cuando se presentó para cubrir el puesto. —La mirada del hombre se posó en la contraportada del libro, y le guiñó un ojo—. ¡Vaya! Seguro que me comprende, ¿verdad?

—¿Comprenderlo? —Ezequiel no sabía de lo que hablaba el otro—. Pues, francamente, no sé a qué se refiere.

—¡Pero hombre! —Señaló la fotografía—. María se nos ha ido de la noche a la mañana. ¿No se ha fijado?

—¿María?

El mesero golpeó la foto de la contraportada del libro con el índice.

—María. Ninguno nos tomamos en serio esa manía que tenía de escribir a todas horas.

Ezequiel abrió la boca sin pronunciar palabra. ¡Claro que le sonaba la cara! Las gafas eran lo que lo habían despistado. Y los tacones. Y la falta del delantal. Y el peinado, tan distinto del moño que tenía siempre cuando lo servía. Sus fosas nasales se dilataron buscando ese perfume a jazmín que había echado en falta cuando se acercó la camarera nueva.

—A veces nos decía que quería ser como usted. ¡Si siempre era ella la que lo atendía, aunque no le tocara ese día esta zona del bar! ¡Anda que no le han gastado bromas los compañeros a costa suya, hombre! Que si hay que ver la prisa que se daba en traerle la cervecita, que si le ponía doble ración de aceitunas, que vaya trapicheo que se traía con los viajes que daba con la papelera arriba y abajo cuando llegaba la hora de verlo entrar por la puerta… —El hombre cabeceó—. Me parece que este es el único bar de la ciudad donde un cliente ha tenido una papelera de uso exclusivo.

Ezequiel había dejado de prestar atención. No podía dejar de leer la dedicatoria:

“Al escritor que me inspiró esta historia imaginaria, aunque sus ojos siempre buscaran otras historias mirando en la dirección equivocada”

Adela Castañón

Foto:   Jeff Sheldon.

El calentador de Maricastaña

De la tradición oral fragolina

La pequeña Nicolasa se escondía detrás de las sayas de su abuela y observaba cómo calentaba las camas con aquel cacharro.

–¿Cómo se llama eso, abuela?

–¿Qué? Esto, pues un calentador. ¿Cómo se iba a llamar, si no? No ves que sólo vale para calentar las camas.

–Un calentador, un calentador -repetía una y mil veces la pequeña Nicolasa para que se le quedara grabado el nombre de aquel trasto que volvía tan confortables las heladoras sábanas de lino.

El calentador era una especie de sartén de cobre, muy grande y muy profunda, con un mango largo, largo, y una tapadera agujereada. Se llenaba de brasa con un badil, se cerraba la tapa, se metía entre las sábanas por un lateral de la cama y se movía sin parar para que no se quemara la ropa. Aunque se tuviera mucho cuidado siempre había algún percance. Todas las sábanas de la casa tenían manchas negras, por el excesivo calor del suelo del calentador, y pequeños quemazos, como las camisas de los abuelos que fumaban tabaco de “Cuarterón”, por los chisporroteos de las brasas.

Durante todo el ritual Nicolasa seguía a la abuela con los ojos muy abiertos. Antes de cenar avivaba el fuego y ponía grandes tizones de carrasca para que hicieran buena brasa.

—Mira, Nicolasa, cuando seas mayor, nunca eches tizones de chopo ni leña de higuera, que, aunque de momento arden bien, las brasas que dejan no duran nada. Lo mejor es la carrasca, pero hay que tener cuidado porque chisporrotea mucho y si no estás atenta podrías causar un incendio —le decía sin mirarla, mientras agitaba con fuerza un renegrido soplillo.

Ese momento era un momento mágico: las dos juntas delante del fuego. Ella se sentaba en el halda y se acurrucaba, mientras la abuela le contaba historias antiguas. La abuela decía que todas eran verdaderas, que le habían pasado a fulano o a zutano, pero Nicolasa sabía que se las inventaba para ella.

–Madre, deje a la niña, que después sueña mucho y por la noche no para de llamar. Además como ella no distingue lo que es verdad de lo que es mentira, se pasa todo el día maquinando historias. Y lo peor es que se las cuenta a la gente y nos mete en unos líos tremendos” –le decía la madre de Nicolasa a su abuela.

La madre seguía rezongando mientras preparaba la cena.

–Si ya lo digo yo, a Nicolasica con tantos cuentos y consejas se le van a volver los sesos agua y cuando sea mayor ya no tendrá remedio.

Después de cenar la abuela llenaba el calentador con brasas muy vivas y se iban las dos a calentar las tres camas. La última era la de Nicolasa, porque así, al acabar, la abuela dejaba el calentador en el suelo y se metía un poco con ella en su cama. Le frotaba los sabañones, que le picaban mucho, y le contaba más historias. Porque, eso sí, a la abuela las historias no se le acaban nunca. Pero a Nicolasa estas delicias se le acabaron pronto.

El día de San Nicolás por la mañana, el mismo día que Nicolasa cumplía doce años, su abuela se murió de repente, de un cólico miserere que le devoró las entrañas. Desde ese día, Nicolasa cogía el calentador, lo llenaba de brasas mortecinas, lo pasaba un par de veces por las sábanas y remojaba la colcha con las lágrimas que se le escurrían por las mejillas. Desde ese día, nadie volvió a calentarle la cama, ni a frotarle los sabañones ni a contarle historias de los tiempos de Maricastaña.

Antes de un año decidió que ya no iba a llorar más, que se frotaría los sabañones con ajo, que se escondería debajo de las sábanas, que inventaría sus propias historias y que se las contaría a la abuela.

Cuando cumplió trece años les pidió a los Reyes una libreta gorda para escribir cosas que no fueran de la escuela. Porque su madre le compraba los cuadernos y los lapiceros que le decía la maestra, pero eso de caprichos, ni hablar. Por las noches, después de calentar la cama, se arrebujaba bien y escribía cuentos para la abuela en la libreta de tapas de hule negro que le habían traído los Reyes. Poco a poco, fue perdiendo la costumbre de escribir, pero cada vez que veía el calentador, echaba a correr, se escondía en un rincón de la alcoba y comenzaba a escribir en la libreta.

A los catorce años, cuando acabó la escuela, su madre le dijo: “Nicolasa, te noto un poco alelada. Siempre estás en el limbo y no te centras en nada. No vales para trabajar en la casa ni en el campo. Con estas dotes nadie te querrá ni siquiera para servir. Así que he pensado llevarte de fámula a un internado. Allí te enderezarán y te harán estudiar. De paso, a lo mejor sacas algo de provecho para la vida. Ya he hablado con don Leopoldo, el viudo de casa Fontabanas, y me ha dicho que él conoce a la madre superiora de un colegio de postín. Que sí él se lo pide todo se arreglará. A cambio de esto yo iré a hacerle las faenas de su casa y los favores que necesite”.

Ella no entendía por qué estaba triste su madre. En ese momento sólo alcanzaba a ver un amplio camino hacia la libertad.

Nicolasa aprovechó bien los años del colegio, consiguió becas para estudiar Medicina y, con el tiempo, llegó a ser una eminencia en medicina nuclear. Pero en su interior seguía sintiendo un escozor y un picor, como si nunca se le hubieran curado aquellos sabañones de antaño.

El día que se murió su madre volvió a la casa del pueblo y vio el calentador colgado en la chimenea. Entonces se sentó en un rincón de la alcoba, justo debajo de la percha donde la abuela colgaba sus sayas, y escribió un cuento de células que andaban vivas por los cuerpos de los hombres y se comían las ensundias como aquellos sacamantecas de los cuentos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

Imagen: Museo Etnográfico de Cabezamesada (Toledo). http://www.cabezamesada.com/etnografico1/page012.htm

Buenas intenciones

—Tía, qué ganas de que llegaras. ¡Felicidades! Qué calladito te lo tenías, cabrona. ¿Ya sabes qué es?

Melina, que llevaba un rato en la sala de café de la oficina concentrada en contactar sin éxito con su novio, guardó el móvil y miró a su compañera con el ceño fruncido.

—¿Qué dices? ¿Qué es el qué?

—Qué va a ser, tía. ¡Tu bebé!

A punto estuvo de soltar su taza de café, pero recordó que era su favorita. La dejó sobre la mesa, que hacía las veces de barra para comer y de cocina improvisada, y levantó las manos, casi como si quisiera protegerse con ellas.

—¿Cómo? No entiendo por qué me dices esto.

—Uy, tía, pues vas a flipar —Lucía cogió el móvil, abrió la aplicación de Facebook, toqueteó el teclado de la pantalla táctil y enarboló el resultado frente a la cara de su amiga—. Mira esto.

Había dos publicaciones recientes en el perfil de Melina. Una era suya, hecha el viernes por la tarde, en la que mostraba unos billetes de avión a Roma. Se iban a ir de fin de semana romántico. La otra era del sábado por la tarde, y la había hecho una amiga de su madre. Una sola frase que tenía más de doscientas reacciones y casi tantos comentarios: “Guapa, ya me ha contado tu madre que pronto sabréis si es niño o niña, ¡qué emoción!”

La última reacción era una cara de sorpresa de su jefe. De repente le sobraba la chaqueta, los pantalones y la piel entera.

—No. No, no, no, no. No me jodas —se llevó las manos a la cara y miró a un lado y a otro, buscando—. ¿Dónde está Pedro?

—No sé, acaba de salir. Hoy es lo de ENALEC —ese era el nombre corto que usaban para referirse a Entertainment and Leisure Corporation, el accionista mayoritario de la empresa de publicidad en la que trabajaban y a cuyos directivos sus jefes pasaban reporte.

—Mierda —Melina cerró los ojos, sintiendo cómo el desasosiego corría por su espina dorsal. Exhaló muy despacio, tal como le habían enseñado en hapkido—. Me voy. Si alguien me necesita que me mande un mail.

Melina había sabido desde que era niña que quería dedicarse a la publicidad. Debía tener unos seis años y estaba jugando en el suelo junto a su madre, que veía la tele desde el sofá. Al empezar los anuncios, Melina levantó la cabeza de sus bloques de construcción. Le había llamado la atención una música instrumental que le puso la piel de gallina. Una chica caminaba por las calles de París con tanta elegancia que parecía que no le afectaba la gravedad, y una voz de mujer hablaba en francés. Su madre se percató de lo anonadada que estaba y le acarició la cabeza.

—¿Te gusta, cariño?

—Mucho. ¿Qué es?

—Un anuncio de perfume.

—¿Un anuncio?

—Sirve para que sepamos qué cosas podemos comprar.

—Yo quiero hacer eso —contestó Melina, y siguió mirando el resto de anuncios.

Su madre pensó que se refería a la actriz. Ella, en cambio, empezó a imaginarse inventando espacios donde seres de luz bailaban al son de una música celestial.

Aunque la separaban doce pisos hasta la calle, coger el ascensor no era una opción. Sabía que, cuanta más prisa tuviera, en más plantas se pararía antes de llegar a la suya. Y Melina creía que aún podría pillar a su jefe así que echó a correr. Lo llamó mientras volaba escaleras abajo con los brazos levantados para evitar cercos en las axilas. No daba señal. Descendió otro piso y volvió a llamar. Seguía igual. Su esperanza era que estuviera aún en el parking y que no tuviera cobertura. Se quitó la chaqueta al llegar a la calle. ¿Por qué se habría puesto tacones? Sopesó la idea de ir descalza pero el suelo de Barcelona le parecía demasiado sucio. El de cualquier ciudad, en realidad. Mientras pensaba en el poco civismo de la gente, llegó hasta la caseta del guardia.

—Disculpe —dijo. El hombre seguía de espaldas, mirando una pantalla pequeña. Llamó al cristal con los nudillos haciendo una cadencia musical, una de sus manías— ¡Eh, disculpe! ¿Ha salido ya el coche de Pedro Acosta?

—Sí. Hace cinco minutos.

—¡Gracias! —gritó Melina a su espalda. Nunca supo si el guardia la había oído porque con el “sí” ya había empezado a correr hacia la calle en busca de un taxi.

Al llegar a ENALEC, Melina abrió la puerta antes de que el taxista parara del todo. Le tiró diez euros aunque la carrera había costado seis con veinte. Estaba tan nerviosa que sentía náuseas, pero no podía parar ahora. A la última directora creativa que se había quedado embarazada la habían relegado a copy. Ni siquiera había podido seguir con los proyectos más importantes. Y Melina no había trabajado tardes, noches y casi todos los fines de semana de los últimos doce años para que, por un malentendido, le pasara lo mismo.

Subió hasta la octava planta, donde estaba la sala de juntas y donde esperaba que estuviera Pedro. Sintió un alivio enorme cuando lo vio hablando con Helena, la secretaria de dirección.

—¡Melina! —exclamó su jefe cuando se percató de su presencia. Se palmeó los bolsillos y buscó con la mirada su portátil—. ¿Me he dejado algo?

—No, no. Es que quería hablar contigo. —En ese momento se volvió hacia la secretaria—. ¿Helena, cuánto queda para que reciban a Pedro?

—Tenéis cinco minutos, más o menos. Pero tranquilos. Meteos en este despacho y ya os llamaré.

Entraron en una sala pequeña en la que había una mesa redonda con seis sillas. Pedro tomó asiento. Melina escogió la silla de su derecha y la separó un poco para no estar tan cerca. Antes de que su jefe pudiera abrir la boca, ella le cogió del antebrazo.

—Mira, lo del embarazo… Es que es un malentendido. La que va a saber si lleva niño o niña es mi hermana, y esa mujer se ha debido de hacer un lío. No lo he visto hasta que me lo ha enseñado Lucía.

—Ay, Melina, ¿y no se te ha ocurrido llamarme?

—Sí, claro, pero…

No acabó la frase porque Pedro la hizo callar después de toquetear su móvil.

—Ah, que lo tengo apagado. Lo siento —Sonrió como un cachorrito que sabe que no lo van a castigar antes de volver a su habitual seriedad—. Mira, Melina. Aunque entiendo que puedas querer quedarte embarazada, que lo estuvieras ahora no me gustaría. Y sé que no se puede planear, pero necesito que estos seis meses estés por y para mí porque, si me dejas colgado, mi cabeza rodará. ¿Lo entiendes, verdad? Por eso te he sacado del organigrama del proyecto.

Melina se mordió la lengua con fuerza. Quizá el dolor le haría olvidar la rabia que sentía en ese momento por Pedro. Nunca había sido un mal jefe, más bien al contrario. Pero Melina sabía que tenía que presentar resultados, y que a veces debía ceder ante exigencias externas que no siempre compartía. O quizá sí lo hacía pero quedaba mejor si le echaba la culpa a otros.

—Pero está claro que ha sido un malentendido. Aún hay tiempo así que lo modifico otra vez y ya está.

Melina no sabía cómo reaccionar. Tenía ganas de gritar de alegría, pero también de pegarle un bofetón por haberla apartado con tanta rapidez. Ninguna de las dos cosas era correcta, así que eligió la tercera opción, que era darle las gracias y marcharse a la oficina.

Volvió a coger un taxi, y esta vez se quitó los zapatos para estirar los dedos de los pies, que los tenía muy hinchados. Navegó por los comentarios del estado de Facebook que había armado tanto revuelo, y vio a muchísima gente alegrándose por ella. No era un buen momento para quedarse embarazada, pero la sensación era agradable. Le entraron ganas de llorar.

“Sí que la ha liado esta señora”, pensó. La cara de su novio apareció de repente en su móvil. Por fin le devolvía todas las llamadas que le había hecho por la mañana.

—Cariño, perdona, que estaba reunido. ¿Te sigues encontrando mal? ¿Te ha dado tiempo de ir al médico esta mañana?

—No ha hecho falta —dijo, y palpó en el bolso el test de embarazo que había usado nada más llegar a la oficina—. En casa te cuento.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de WenPhotos

Pequeñas ideas

–Mamá, mamá, ¡MAMÁ! –Nico deja escapar un alarido y Leticia suelta el tazón con la harina, que queda derramada sobre el piso.

–¡Dios!, ¿qué es tan importante que no puedes esperar?

–Mamá, ¿por qué nos tenemos que morir?

Leticia mira a su hijo con el ceño fruncido y se agacha para recoger la harina.

–Qué sé yo, hijo, ¿por qué me preguntas esas cosas?

–Contéstame, mamá –exige Nico.

–Bueno, creo que porque es la ley de la vida.

–No, mamá, nos morimos porque nadie ha inventado algo para vivir eternamente.

–No lo sé, hijo. –Leticia sonríe–. Podría ser.

–Mira, mamá, he tomado una decisión. –Nico se arrodilla junto a su madre–. Quiero ser un inventor.

–¿Un inventor?

–Sí, mamá, quiero construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre. Claro, primero tendré que conseguir el elixir de la eterna juventud, pero eso no será un problema. Podré ir con papá en una expedición, como esas de la tele.

Leticia interrumpe a su hijo.

–Espera un segundo, explícame bien, por favor, ¿qué es lo que quieres hacer?­

Nico ha acaparado toda la atención de su madre. Los pequeños ojos verdes le brillan y una sonrisa, que muestra sus dientes torcidos, le ocupa toda la cara.

–Lo he pensado mucho, y con cuidado, ¡eh!, no creas que no he investigado.­

Leticia no puede reprimir la risa que le producen las palabras de su hijo. Esta historia le está haciendo olvidar su mal día.

–También he decidido no volver a la escuela. Desde mañana quiero empezar a construir mi invento. Como tú dices, debemos dedicarnos a las cosas que nos gustan. Además, no puedo dejar pasar un año más, en un año los adultos se hacen más viejos y los niños como yo nos volvemos adolescentes. No puedo perder tiempo. Y está la abuela, que ya tiene como mil años, y no quiero que se muera. Y tú, mami, que cada día estás más viejita, y no quiero que me dejes nunca.

Leticia deja de recoger la harina para escuchar con mayor atención a su hijo.

–Es muy fácil, mamá, cuando tenga el elixir solo necesitaré un reloj de arena, como el del juego de Cranium, podremos usar ese, porque hace tiempo no sirve para nada. También necesitaremos una cajita musical que dé vueltas. ¡Y ya!, con eso quedará listo y el tiempo se detendrá. ¿Qué piensas mamá?, ¿te gusta mi plan?

En ese momento se oye el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Es el padre de Nico que llega del trabajo.

–¡Papi! –Nico salta sobre él y lo envuelve con un abrazo.

–¡Hola, Nico!

–Amor, ¿qué haces sentada en el suelo? –Javier se agacha un poco para darle un beso en la frente a su esposa.

–Aquí, escuchando las historias de tu hijo y recogiendo la harina. –Leticia tuerce los ojos.

Javier sonríe y se sienta al lado de Leticia para ayudarla. Nico se deja caer sobre las piernas de su padre y juntos amontonan la harina con las manos.

–Cuéntame, Nico. Yo también quiero escuchar esas historias de las que habla tu mamá.

–Mira, papá, ya está decidido, no voy a volver a la escuela porque tengo un trabajo importante que hacer: voy a construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre, pero antes necesito que me ayudes.

Javier escucha a su hijo con atención, mientras observa de reojo a su mujer.

–¡Vaya, Nico!, tienes todo un plan montado. Pero quiero saber algo más, ¿cómo vas a construir tu máquina si todavía no has terminado la primaria? Para ser inventor tienes que estudiar.

–Pero, papá, la escuela es muy aburrida. Todo el tiempo te están poniendo tareas tontas y la profe Amalia ni siquiera me deja respirar. La escuela es para niños bobos.

–Eso no es verdad, Nico –interviene Leticia–. Mira a tu padre, él construye puentes, edificios, casas y, para eso, tuvo que ir primero al colegio y luego a la universidad.

–Mamá, eso no es verdad, ¿cierto, papi?

–Lo siento, Nico, pero es verdad lo que dice tu madre. Todos debemos ir al colegio para aprender. Puede que algunas cosas no nos gusten y otras nos gusten mucho, pero todas son importantes, si queremos cumplir algún día nuestros sueños, como este que me estás contando.

La boca de Nico se curva en una mueca y se queda pensando unos segundos. Javier cruza una mirada con su esposa.

–¡Ya tengo una idea mejor, papá! Antes construiré una máquina para que no tengamos que estudiar, y así podremos hacer realidad nuestros sueños sin tener que ir a la escuela.

Mónica Solano

Imagen de Geralt Altmann

EL FONENDO

Lucas Sotomayor encendió el ordenador de la consulta. Le dio a la opción de “Imprimir listado”, sin mirar siquiera la pantalla, y empezó a sacar objetos de su maletín: el sello con su nombre y número de colegiado, el bolígrafo, el otoscopio, el aparato de la tensión, la botella de agua que paseaba por insistencia de su mujer y que nunca se bebía. Revolvió entre los papeles de la cartera en busca de su fonendo, sin encontrarlo. Frunció el ceño. Abrió los cajones de la mesa con la esperanza de haberlo dejado olvidado allí. Se rascó la coronilla. No tenía ni idea de dónde podría estar el dichoso fonendo. “¡Mal empezamos!”, pensó.

Cogió el papel de la impresora y echó un vistazo a los nombres de los pacientes. “¡No me lo puedo creer! ¡María Antonia otra vez! ¿Pero, qué querrá esta mujer? ¡A ver cómo me la quito hoy de en medio!” Dejó el listado sobre la mesa y se agachó por si el fonendo se le hubiera caído al suelo el día anterior. En esa postura estaba, cuando se abrió la puerta de la consulta. Quiso incorporarse deprisa y se dio un coscorrón con el cajón que había dejado abierto. “No, si cuando un día viene torcido…”

—¿Se encuentra bien?

El que preguntaba, un desconocido con bata blanca y sin nada llamativo en su aspecto, dudaba entre quedarse en la puerta o entrar a la consulta. Lucas terminó de levantarse. “Se ha lucido éste con la preguntita. Me encuentro fantásticamente. No hay nada mejor que un porrazo en la crisma para sentirse genial. ¡No te jode!” Sin responder, se pasó la mano por la dolorida nuca. El otro volvió a hablar.

—Vaya, perdone. Le he hecho una pregunta tonta —A Lucas le sorprendió que el recién llegado pareciera haberle leído el pensamiento—. Vengo a hacer una sustitución de un día y estoy un poco nervioso. No sé a cuál consulta tengo que ir —Miró el cajón abierto—. ¿Ha perdido algo?

—Pues la verdad es que sí —“Éste va para adivino”, pensó Lucas con ironía—. Aunque no sé cómo. Siempre guardo el fonendo con el resto de mis cosas, pero ha desaparecido.

—Espere —El colega abrió el maletín que llevaba en la otra mano y sacó un fonendo para dejarlo en la mesa de Lucas—. Yo siempre llevo uno de más. Soy bastante despistado, y a veces se me queda olvidado en los avisos a domicilio.

Lucas miró el reloj de pared. Ya iba a empezar con retraso. El nuevo se dio cuenta y se despidió con un “hasta luego”. Salió y cerró la puerta. Lucas pensó que debería haberse ofrecido a acompañarlo, pero le pudo la prisa. Suspiró y cogió el listado para llamar al primer paciente. Menos mal que María Antonia era la cuarta y la podría despachar pronto. Si la hubiera tenido que ver al final de la mañana, seguro que habría necesitado un par de cápsulas de Nolotil, para sobrevivir. Miró el primer nombre.

—Adelante, Manuel. —Un hombre de campo entró quitándose el sombrero. Empezó a darle vueltas entre los dedos y esperó a que el médico se sentara, para hacerlo él también.

—Buenas, doctor.

—Usted dirá. ¿Qué le ocurre?

—Pues, verá, que me dice mi mujer que sigo tosiendo por la noche y no la dejo dormir. Yo no hubiera venido a molestar por eso. Le dije a Eloísa que le pidiera ella algún jarabe cuando viniera a por sus recetas, pero me dijo que no, que esa tos sonaba muy cogida al pecho. Que viniera yo, por si a usted le parecía bien echarme las gomas.

“Menos mal que el nuevo me ha dejado el fonendo. Que si no…”. Lucas se levantó y le indicó a Manuel con un gesto que se sentara en la camilla. Si no lo auscultaba, al día siguiente tendría a Eloísa en la consulta, posiblemente con Manuel a remolque, y al final sería peor.

—A ver, Manuel, respire por la boca, hondo y despacio —Manuel obedeció. Lucas se fijó en una cajetilla de tabaco que asomaba por el borde del bolsillo de la camisa. Le había dicho montones de veces que no debería fumar. Empezó a auscultarlo. Se quitó el fonendo y, antes de pensar en lo que hacía, le puso la mano en el hombro—. Manuel, ¿a ti te gustaría dejar de fumar, o no estás por la labor?

Manuel, que acababa de cerrar la boca, volvió a abrirla. Se quedó mirando al médico con ojos de búho. Que él recordara, era la primera vez que el médico lo tocaba de modo no profesional, y que se dirigía a él tuteándolo. Tragó saliva sin saber cómo responder.

—Los pulmones están bien, Manuel. ¿Toses también de día?

—No. Sí. No.

Lucas, en lugar de volver a su sillón, se sentó en la camilla junto a un Manuel cada vez más asombrado.

—¿Sí y no, a qué? ¿Te gustaría o no dejar de fumar? ¿Y toses tanto como dice Eloísa?

Lucas jugueteó un poco con el fonendo. Le sorprendió el tacto de la goma, más cálido de lo que esperaba. Un cosquilleo extraño y leve, muy leve, como el roce de una mariposa, empezó a subirle por los dedos. Manuel le estaba hablando, pero lo que oía no se correspondía con el movimiento de sus labios. En la cabeza del médico, la voz de su paciente entonaba una cantinela extraña. “A mí, la verdad, lo de fumar me da igual. Pero, desde que murió nuestro hijo, el bendito tabaco ha sido lo único que ha conseguido que Eloísa vuelva a preocuparse por mí. Y tampoco es que yo haya vuelto a fumar por eso. No debí pedirle aquel cigarro a mi compadre el día del entierro, pero no es de hombres llorar, y lo único que se me ocurrió fue aguantarme las lágrimas a fuerza de caladas. ¡Y mira que comprar un paquete al día siguiente, con lo que me costó dejar de fumar! Y andarme escondiendo de Eloísa, después de tantos años… ¡Dos semanas tardó en darse cuenta de que me había vuelto a enganchar! Pero el caso es que ha vuelto a hablarme, aunque solo sea para regañarme y para echarme la bronca”.

La voz de Manuel pareció desdoblarse. El cerebro de Lucas dejó de percibirla, pero sus oídos, por el contrario, detectaron un súbito aumento de volumen que hizo que el médico parpadeara al escuchar su nombre.

—¡Don Lucas! ¡Doctor! ¡Doctor! —Manuel lo miraba con la cara desencajada— ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a otro doctor?

Lucas parpadeó. “Me he debido distraer por llevar sueño atrasado. O eso, o me estoy haciendo viejo. Lo que me falta para tener un día perfecto, es empezar con alucinaciones”, pensó. “¡Vaya mañanita!” Restó importancia al episodio. Sin quitar la mano del hombro de Manuel lo acompañó a la silla. En lugar de rodear la mesa, se apoyó en ella. Tuvo la impresión de que el verdadero Lucas estaba en otra parte, como espectador de la escena donde un doble suyo representaba su papel. Se vio a sí mismo en esa postura desenfadada, nada acorde con su seriedad habitual. Y ese doble seguía hablando, como si no haberse enterado de lo que Manuel le había estado contando, no le importara nada.

—Manuel, yo estoy bien, y creo que usted… que tú también lo estás. Dile a Eloísa que se pase mañana por aquí. Si no hay cita, que venga sin número al final de la consulta. Tu mujer está muy asustada después de lo de vuestro hijo, pero tenemos que ayudarla a entender que la vida sigue. Y dile de mi parte que no se preocupe por tu tos.

Manuel se levantó y se rascó los ojos como si le picaran. Volvió a darle vueltas al sombrero, que no había soltado en ningún momento, y salió con una carraspera mucho más real que la supuesta tos que había sido el motivo de consulta.

El siguiente paciente era una adolescente muy delgada, de tez pálida y ojos de color desconocido porque nunca levantaba la mirada del suelo. La acompañaba su madre, como siempre, que era la que llevaba la voz cantante.

—Buenas, doctor. Otra vez le traigo a la niña. Que no come nada, y eso que le he dado ya dos botes de un jarabe para las ganas de comer. Ella dice que está bien, pero algo tendrá. Porque se deja más de la mitad de la comida en el plato, aunque le ponga por delante lo que más le gusta. Pero ni por esas. Y nunca ha sido delicada para comer.

—A ver… —Lucas miró la lista. No se acordaba del nombre de la niña— Lucía. Pasa ahí, detrás del biombo, y túmbate en la camilla.

La chiquilla obedeció sin levantar la mirada. Lucas se acercó, con el aliento de la madre a pocos centímetros de su cuello. “¡Qué desconfiada!”, pensó. Con la mujer al lado, empezó a palpar el vientre por encima del vestido. Al inclinarse, el fonendo rozó la ropa de Lucía, y Lucas volvió a notar una extraña sensación de déjà vu cuando los dedos empezaron a cosquillearle. De nuevo escuchó su voz como si no fuera él quien hablaba.

—¿Te duele aquí? —la niña, con los párpados tan bajos que parecía que tuviera los ojos cerrados, negó con la cabeza sin despegar los labios. Lucas siguió palpando el abdomen— ¿Y aquí? —nueva negación—. ¿Te duele en algún sitio? —otra vez el mismo gesto mudo. Lucas dejó de explorar—. Lucía, ¿cómo llevas la regla?

Lucas se dio cuenta de dos cosas a la vez. La primera, que Lucía había apretado los puños, y la segunda, que tenía los ojos como la morena piconera. Dos pozos demasiado profundos para tan pocos años. Porque Lucía, al escuchar la pregunta, había clavado la mirada en la de su madre como pidiendo instrucciones.

—¡Doctor! La niña lleva la regla estupendamente —la madre hablaba sin mirar a Lucas. Solo tenía ojos para Lucía—. ¿Verdad, hija? Venga, díselo al doctor —Se volvió hacia el médico—. La ha tenido hace unos días.

Los párpados volvieron a bajar como el telón de un escenario. Y Lucas, aunque no había oído hablar nunca a Lucía, reconoció al instante su tono de voz en su cerebro. “Me va a pegar en cuanto que entremos en casa. Estoy segura. Tenía que haber dicho en seguida que no. Y ojalá se quede tranquila con eso y no se lo cuente a papá. Igual puedo llamar a María para que me invite a dormir esta noche en su casa, y quitarme de en medio por si acaso. No quiero ni pensar en tener que aguantarlo otra noche más en mi cama, y menos si está enfadado. Ojalá mamá se calle la boca, o al menos le deje claro que yo no he soltado prenda. Con suerte la creerá y sabrá que mantengo su secreto a salvo”.

Lucas sintió como un bloque de hielo se instalaba en su estómago. Se volvió hacia la madre con la primera excusa que se le ocurrió.

—Ana, puede que lo de Lucía sea una infección de orina. Si no le importa, acérquese al mostrador de recepción y pida un bote de orina de mi parte.

La madre titubeó. Y su respuesta no sorprendió al médico.

—Bueno… doctor… —Sonrió con los labios apretados y parpadeó varias veces—. Si no le importa… suele haber cola. Y si me cuelo me van a llamar la atención. Si quiere me da el volante y mañana traigo yo la muestra a primera hora…

Lucas rellenó de forma mecánica una petición de analítica y se la entregó a Ana. No le extrañó comprobar que la madre no quería dejarlo a solas con su hija. Fuera cual fuera el resultado del análisis, iba a tener que tomar medidas. En cuanto acabara la consulta, tramitaría un parte judicial por sospecha de violencia de género por más que eso le trajera complicaciones a más de uno, empezando por él mismo. Pero no podía mirar hacia otro lado. Cualquier cosa sería mejor que cargar con ese bloque de hielo. Y esa carga no debía de ser nada en comparación con la piedra que, casi con seguridad, llevaba a cuestas Lucía.

El tercer nombre de la lista hizo que Lucas soltara un bufido. Engracia era casi tan pesada como María Antonia.

—Buenos días, Engracia.

—Pues no sé si pensará igual cuando le diga lo que tengo que decirle, doctor —Engracia, acostumbrada a que el médico no la dejase apenas hablar, se sorprendió ante el atento silencio del galeno. Dudó un momento antes de continuar—. Le voy a poner una reclamación —Lucas jugueteó con el fonendo y mantuvo la misma expresión neutra en su semblante. Engracia se encontraba cada vez más descolocada—. ¿Qué? ¿No va a preguntarme el motivo?

—Imagino que ha pedido cita hoy porque me lo quiere contar en persona. Si no, habría bastado una reclamación por escrito a la dirección. Pero ya que está aquí, ¡adelante!  Lo que me diga puede servirme para intentar no cometer el mismo error con otros pacientes. La escucho.

—Pues como no ha querido mandar al urólogo a mi marido, lo he llevado a uno de pago. Y le ha encontrado algo malo en la próstata, para que lo sepa.

—¿El adenoma? —Engracia abrió mucho los ojos. Lucas tecleó algo y giró el monitor para que la mujer pudiera verlo—. Su marido tiene esa cita pedida. Preferente. Y está pendiente de resultados de analítica y de ecografía que se han hecho ya.

El color de Engracia iba y venía del rojo al blanco.

—¿Y por qué no me dijo usted eso cuando se lo pregunté la semana pasada?

—Porque mi paciente es su marido, Engracia. Y, como médico, no puedo dar información a otras personas, ni siquiera a usted, aunque sea su mujer. Imagino que él no le habrá dicho nada por no preocuparla, pero eso es cosa de ustedes. ¿No le comentó él nada cuando fueron al urólogo privado?

—Pues… —Engracia levantó el mentón— pues no me dijo nada, porque la cita se la saqué yo por mi cuenta. Porque cuando le pregunté a él si le había contado a usted que de noche orina mucho, me dijo que lo dejara tranquilo. Que él ya es mayorcito para cuidarse. Así que pensé que no le habría dicho nada. Y como luego usted tampoco soltó prenda, me figuré que… yo que sé lo que me figuré. El caso es que pedí la cita y simplemente le dije que tenía que acompañarme a un sitio. Y como el médico nos recibió en seguida, ni tiempo tuvo de decir “esta boca es mía”.

Lucas sintió que el rostro le ardía. “Debería cantarle las cuarenta a esta sabihonda”. Nada más pensar eso, notó que el fonendo le pesaba en el cuello como si fuera de plomo y se tragó sus reproches.

—Bueno, Engracia…

—Don Lucas… Yo… Yo solo estaba preocupada por Andrés. Es que usted y él son tan reservados que me sacan de mis casillas —Engracia se tapó la boca con la mano. El médico sonrió, levantó las cejas e hizo un gesto, a medio camino entre la comprensión y la resignación, que hizo disminuir la tensión entre ambos. Engracia bajó los ojos—. Imagino que preferirá que yo me cambie de médico. A mi marido no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere del motivo. Y yo sé que Andrés va a querer seguir con usted, pero, claro, yo… —bajó los ojos.

—Engracia, puede usted cambiarse a otro cupo, o seguir en el mío. Decida con toda libertad. Para mí no es ningún problema lo que ha pasado. Es más, me gusta la gente que va de frente por la vida y dice las cosas a la cara.

La conversación se prolongó unos minutos, y cuando Engracia salió de la consulta, Lucas se frotó los ojos. “Debo estar incubando un resfriado. Parece que hoy no estoy del todo en mis cabales”. Nombró a la siguiente paciente, y entró María Antonia que notó que algo raro pasaba. Encogió los ojos y, en seguida, los abrió de par en par. ¡Don Lucas la estaba recibiendo con una sonrisa! Y la miraba de frente, en vez de estar con cara de prisa pendiente del ordenador. Al poco rato, por primera vez en su vida, al terminar la consulta, María Antonia salió sin un montón de recetas en la mano, pero sintiéndose mejor que nunca. El que la había atendido parecía, por el físico, don Lucas. Pero, por lo demás… ¡bien podría ser el gemelo bueno! A ella se le había ido el tiempo de su cita hablando de sus nietos, de sus hijos en paro, de cómo con su pensión comían seis personas, de que, con ese plan, no podía llevar del todo bien la dieta del azúcar, y por eso los análisis salían siempre como salían… ¡Señor, Señor! Y el mismo médico, desde la consulta, le había sacado cita con la trabajadora social y, además, le había hecho un informe que pensaba fotocopiar antes de entregarlo en el mostrador, para enseñárselo a sus vecinas.

Al final de la mañana, Lucas dejó las cosas sobre la mesa de la consulta. Cogió el fonendo, lo miró como si no supiera para lo que servía, y salió en busca del médico nuevo para devolvérselo. Pero, cuando le preguntó al celador que en qué consulta había pasado, el hombre puso cara de extrañado.

—¿Un médico nuevo, dice usted? Pero si hoy no ha faltado nadie, don Lucas—. Miró a los dos administrativos del mostrador de citas, que asintieron para darle la razón.

Lucas se dio media vuelta. Dejó el fonendo sobre la mesa y miró en el ordenador los listados de sus compañeros. Todas las consultas las habían pasado los habituales. Lucas empezó a guardarlo todo, y, cuando quiso coger el fonendo prestado, no logró encontrarlo. Como en un sueño, abrió el cajón. Allí estaba su fonendo, el de siempre, con su nombre en la etiqueta identificativa. Pero el fonendo nuevo, igual que su propietario, se había desvanecido.

Lucas recogió todo de forma mecánica. Tramitó el parte de Lucía. Fue a tirar el agua de la botella por el lavabo, pero lo pensó mejor y salió cinco minutos más tarde después de haberse bebido todo su contenido. Esa noche invitaría a cenar a su mujer. Hacía mucho tiempo que solo le contestaba con monosílabos cuando le preguntaba por su trabajo. Y tenía mucho que contarle.

Adela Castañón

Imagen de Parentingupstream

La Pata de Orés

De la tradición oral fragolina

–¡A la buena gente! ¡Una limosna para la Pata! –En lugar de tocar la aldaba, hacía sonar una tableta que llevaba en su faltriquera, como esas que decían que llevaban en los lazaretos. Al oírla todas las niñas echábamos a correr. Las mayores nos decían que era como el sacamantecas, que, aunque parecía una mendiga, venía a chuparnos la sangre. Que si nos cogía no volveríamos más a nuestras casas.

Si teníamos suerte y la veíamos subir por el camino del Corronchal, cuando ella llegaba al pueblo, nosotras ya estábamos buscando refugio en los regazos de nuestras madres. Nos daban miedo las pústulas que asomaban entre sus harapos. Un grupo de chicas la seguía desde lejos gritando: “¡Pedigüeña, pedigüeña!” y ella se defendía tirándoles piedras que llevaba escondidas debajo del delantal.

Un día bajaba las escaleras de mi casa y me la encontré en el patio llamando a mi abuela. No me pude contener y chillé como si me estuvieran matando. Me di la vuelta, subí las escaleras a gatas y me cobijé entre las sayas de mi abuela, que estaba cerrando la puerta del balcón para bajar a recibirla.

La abuela me cogió en sus brazos, me apretaba fuerte contra su pecho y me decía: “Nicolasa, no tengas miedo. La Pata es mi amiga y no es mala. Está muy enferma y solo viene a que le cure las heridas. Ahora no lo entiendes. Cuando seas mayor sabrás por qué no la quieren curar ni el médico ni el practicante. Pero no tengas miedo, que no nos va a pasar nada ni a ti ni a mí”. Yo quería creer a mi abuela, pero temblaba y me agarraba a su cuello. Y así estuvimos un rato, ella me acariciaba y yo la abrazaba cada vez con más fuerza. Fue un momento mágico, perpetuado en mi memoria como esas fotografías en blanco y negro que tantas veces miramos buscando un significado transcendente.

Con los años supe que la llamaban la Pata de Orés, porque vivía en un chamizo en los Urietes, cerca de Orés. Que nadie conocía ni su nombre ni su edad. Que era amiga de mi abuela desde que eran niñas. Que mi abuela se había pasado sus años mozos cuidando ovejas por los montes. Y debió ser entonces cuando la Pata se había ido a la paridera, aunque nadie estaba seguro de nada. Unos decían que era una bruja, que algunas noches la habían visto cómo se disputaba el aceite de las lamparillas de la ermita de Santa Ana con las lechuzas. Otros decían que, las noches de tormenta, se escondía en los nichos vacíos del cementerio, que allí estaba protegida y caliente.

El día que se murió nadie quiso enterrarla. Todos tenían miedo de que les contagiara la lepra. Mi abuela la envolvió en una sábana, cavó una fosa delante de la choza y encima colocó unos palos en forma de cruz. Y durante muchos años me contó historias de la Pata de Orés.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: José Ferraz de Almedia,  «A mendiga», 1889.

Cruz de palo. httpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.html.jpghttpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.htm

Orés

Orés (Zaragoza)

 

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Enlace al blog de Masticadores el 17 de noviembre de 2020.

Alimañas

—Han encontrado otra alimaña —dijo Jude mientras removía con brío su café. El sol le daba en la cara y no se había quitado las gafas de lentes redondas que la hacían parecer un insecto—. En tu edificio.

—¿En serio? —Ares puso los ojos en blanco. Llamaban alimañas a los niños nacidos fuera del Programa de Crecimiento Sostenible de la Población—. Me parece increíble que aún haya quien se arriesgue sabiendo lo que pasará si los pillan. Que siempre lo hacen, por cierto. Con el ruido que hace un crío… Y en este edificio, que solo te digo que me entero cada vez que mi vecino va el baño.

—Pues alucina, que no ha sido por eso. Ha sido por la comida. Parece que había pedido un aumento de las raciones, se lo concedieron y aun así, la mujer no paraba de adelgazar —se tomó su bebida de un trago y señaló la taza vacía de Ares—. ¿Quieres otro?

—Un chocolate, por favor. Con nata.

La cabeza de Jude cayó hacia un lado con tanta violencia que, en cualquier otro tiempo y lugar, habría significado un cuello roto. Luego volvió en sí.

—Ahora lo cargan —contestó, como si nada.

—Oye, se te ha vuelto a romper el SRV. Se ha desconectado durante un segundo.

—Ya, ya. Me lo dijo mi prima ayer. ¿Te puedes creer que es la segunda vez este mes? —Jude se llevó la mano a la sien donde, en el mundo real, tenía enchufado el conector del Sistema de Realidad Virtual—. Quizá sean paranoias mías pero antes, al enchufármelo, me ha parecido que chisporroteaba.

—Son paranoias tuyas —contestó Ares con sorna—. Venga, acaba de contarme eso.

Aparecieron dos tazas sobre la mesa redonda. Habían elegido para su encuentro la terraza de un café parisino de principios del siglo veinte y estaban rodeadas de parejas de todas las edades que hacían manitas a la vista de todo el mundo.

—Pues nada, que al ver que no había ningún motivo aparente para que perdiera peso, sospecharon que la comida no era solo para ella. Así que hicieron una redada sorpresa. Seis años tenía la niña.

—¡Qué barbaridad! —El avatar de Ares se estiró las comisuras de los ojos con el índice y el pulgar-. ¿Y el padre?

—Solo tienen sospechas de quién es. Parece ser que hace siete años tu vecina recibió el permiso para que la visitara un primo que… —calló repentinamente y se le torció la cabeza a un lado para volver a erguirse enseguida—. Guapa, tengo que cerrar aquí. Hablamos luego.

Jude desapareció. Dejó una silla vacía y un café a medio beber. Ares supuso que acabaría de conocer la historia cuando su compañera tuviera tiempo de publicarla. Su avatar suspiró, sorbió un poco de chocolate y se desvaneció.

Su madre siempre decía que la realidad virtual no había conseguido simular del todo el sabor del cacao, y que sospechaba que, por mucho que intentaran recuperar plantas y animales extintos, ni siquiera su hija podría probarlo algún día. Aun así, cuando Ares entraba en esa otra realidad donde todo era posible, seguía pidiendo una taza de chocolate caliente. Tenía la esperanza de que algún día conocería el sabor que su madre había adorado de niña, cuando la abuela lo conseguía pagando un sueldo entero.

Se colocó ante la ventana, que en ese momento mostraba el paisaje de una desaparecida isla tailandesa, de playas blancas y mar transparente, y con un gesto de la mano cambió ese fondo de pantalla por la interfaz del teléfono. Después de diez tonos dio por hecho que Max no lo cogería y colgó, dejando que apareciera de nuevo en la ventana la ciudad de Singapur. Los edificios eran tan altos y el espacio entre ellos tan estrecho que desde el piso 87 no se veía el cielo. Ares se preguntaba si los habitantes del ático veían algo, pero de su última incursión a la superficie sospechaba que, para lo que había que ver, era preferible tener la pantalla 24 horas conectada.

Otra de las cosas que su madre siempre decía era que el Gobierno invertía en lo que no debía. Que estaba muy bien que intentaran mejorar la realidad virtual, pero eso debía ser un parche para el problema, no la solución. Que la gente necesitaba poder salir de sus casas, respirar aire limpio y dejar de estar encerrada. Cuando empezaba con aquella perorata, Ares se encogía de hombros y le daba la razón, porque no hacerlo era peor. Y es que le daba igual. Ella no había conocido otra cosa. Solo había salido una vez de su casa, cuando le tocó pasar por el Programa de Análisis Reproductivo. Y no le había gustado.

Diez días después de que le viniera la regla, una luz roja inundó toda la casa. De los altavoces de la casa salió una voz demasiado aguda como para ser de hombre y demasiado grave como para ser de mujer, que advirtió que se abriría el compartimento de mascarillas y que la familia debía ponérselas de inmediato porque la puerta de entrada iba a abrirse en cinco minutos. Hacía años que el servicio auxiliar de climatización no funcionaba en los pasillos de los edificios: era un gasto en dinero y recursos que el gobierno no se podía permitir. Cuando las cuatro figuras entraron en casa tuvieron que esperar unos minutos para que el sistema de filtrado limpiara el aire contaminado que se había colado al abrirse la puerta y así poder prescindir de las mascarillas. Los visitantes, que resultaron ser tres mujeres y un hombre, se quitaron las escafandras y una de ellas dejó un paquete en el suelo. Después de las presentaciones, una mujer pelirroja con nariz aguileña y ojos vidriosos, que decía llamarse Margoux, se dirigió a su madre.

—Paola, agradecemos su comprensión. Sabemos que ustedes –hizo un gesto para señalar a los dos— no tuvieron que someterse al Programa y eso puede causarles algún temor, pero puedo prometerles que Ares no va a sufrir daño alguno. La llevaremos al hospital para realizar un análisis genético y otro ginecológico, y la traeremos de vuelta.

Su madre permaneció en silencio, mirándola como si fuera su némesis. La mujer ni se inmutó y volvió la atención a Ares.

—Mañana estarás en casa. Lauren, ayúdale a ponerse el traje.

Ares se dejó hacer. Era la primera vez que estaba en la misma sala con unas personas que no eran sus padres y se sentía demasiado aturdida como para responder.

Cuando volvió a su casa fue directa al baño y se encerró durante horas. Sus padres no la instigaron a hablar, y ella no lo hizo. En aquel momento esperaba no ser apta para concebir y no tener ningún contacto físico con nadie más. Pensar en eso le alegraba. Hasta que conoció a Max.

Volvió a llamarlo.

—Hola cariño, soy yo —dijo Ares cuando, al tercer tono, saltó el contestador—. Perdón por ser tan pesada, pero es que no puedo más. Por favor, no me tengas en ascuas. Llámame.

Se echó en el sofá cama y cambió con la mano la interfaz de la ventana para que le mostrara el diario. Primero fue a local, por si Jude había llegado a escribir la noticia que le había contado. Hablaban de otros niños, pero no de la de su edificio, y siempre con titulares jugosos: “La ciudad se llena de alimañas” o “Padre y abuelo de la misma alimaña. El gobierno recrudece las penas para quien se reproduzca sin permiso”.

Siempre conseguían encontrarlos: el ruido, el gasto de agua, la luz, deslices en la realidad virtual… Comida. Sin embargo, la gente seguía intentándolo. Y, aunque le sorprendía que hubiera gente que se atreviera a arriesgarse, podía entenderlo. Como decía su madre, por mucho que intentaran mejorarlo, nada se asemejaba al contacto real de otro ser humano, y, menos aún, al placer de tener entre tus brazos a un hijo. Podía hacer tanta falta como el aire limpio.

Siguió buceando por el periódico. Frunció el ceño. Hasta ese momento no había sido consciente de que nunca decían el nombre de la criatura, ni mostraban fotos, ni los trataban como niños. Eran alimañas. Animales. Como si no tuvieran manos regordetas y caras con chorretones de leche, igual que los avatares que veía en la realidad virtual. A veces se preguntaba qué se sentiría al cogerlos, apretarlos contra el pecho y olerles la cabeza. Su madre decía que no había perfume más delicioso que la piel de un bebé, y la curiosidad de Ares por saber cómo olía se había convertido en una necesidad.

El sonido de unas campanas la sacó de su ensimismamiento y vio cómo la pantalla se dividía en dos: a la izquierda el periódico y a la derecha la cara de Max, esperando a que su novia le cogiera la llamada.

—Ay, Dios, mi amor, ¡por fin! ¿Cómo ha ido?

—No muy bien.

Un calambrazo la asaeteó entre los ojos. Lo tendría que haber supuesto por la mueca de Max.

—¿Quieres contármelo ahora o prefieres que te deje tranquilo?

—No, no. Mejor ahora.

Max, al otro lado del teléfono, se sentó sobre la cama y se masajeó levemente la sien derecha antes de continuar.

—¿Te acuerdas de lo que nos contó Ciri del Tribunal? Se quedó muy corta. No puedo evitar pensar que tendrías que haber ido tú.

Ares miró aquella cara redonda, los ojos grises y su naricita pequeña como la de un niño, y no dudó en darle la razón mentalmente. Pero mintió.

—A mí no me habría ido mejor.

—No lo sé, la verdad. Ahora creo que no iba tan preparado como creía. Pero al menos escucharon todo mi alegato.

—Claro, mi amor —Ares colocó la palma de la mano en la pantalla, como si quisiera transmitirle ánimos cuando en realidad era ella la que necesitaba el contacto. Sonrió de medio lado, un gesto que a él le encantaba, y habló en tono bajo y suave—. ¿Han dicho que no?

—No exactamente. Sí que podemos vivir juntos.

La boca de Ares se abrió sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Toda la tensión que había ido creciendo desde que decidieron, meses atrás, pedir permiso para unirse desapareció de golpe. Se levantó, se volvió a sentar y se levantó de nuevo, sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Quería gritar, reír, llorar, abrazarle y darle un bofetón por hacérselo pasar tan mal.

—Pero Max, ¡me lo había creído! Con esto no se bromea…

—No, Ares, espera. Podemos vivir juntos, pero no nos dan permiso para tener un hijo.

—¿Cómo? ¿Por qué? —masculló. Sentía la misma confusión y dolor que si le hubiera dado un bofetón—. ¿No somos fértiles?

—Sí que lo somos. No lo he entendido muy bien, pero tiene algo que ver con enfermedades de nuestro árbol genealógico. Me han dado muchos datos, han usado un montón de nombres técnicos que ni su puta madre sabe qué son. —Se tapó la cara con una mano temblorosa—. Me han abrumado con información. No he sabido qué decir. Lo siento.

Ares se masajeó la frente con las yemas de los dedos. Mientras tanto, la cámara del teléfono captaba a Max paseando de un lado a otro en su diminuta sala de estar, intentando tranquilizarse. Ella sintió el deseo de colgar y encerrarse en el baño, pero sabía que él la necesitaba. Los dos se necesitaban. ¿Qué iban a hacer? Ares quería a Max, quería vivir con él hasta que el cuerpo se lo permitiera, pero también quería tener hijos. Se preguntaba si habría podría tenerlos en el caso de haberse enamorado de otra persona.

“El problema no es que no pueda”, pensó. “Es que no me dejan”.

—Entonces, ¿seguro que somos fértiles? —preguntó. Max, que se había movido hasta el fondo de la habitación, caminó de nuevo hacia la cámara, al lado de la pantalla.

—Sí. El problema es que no somos compatibles.

—Eso lo dirán ellos. Te llamo en un rato, ¿vale? Te quiero.

—Y yo a ti.

Al colgar, la interfaz del teléfono desapareció para dejar en la pantalla la última hoja del periódico que estaba leyendo. Mientras hablaba con Max habían publicado la noticia de Jude. El titular rezaba: “Proliferación de alimañas en el distrito 7” En el subtítulo se recogía la declaración de la policía, que amenazaba con encontrar a todo aquel que intentara esconder a una alimaña.

Ares entrelazó los dedos de las manos y los hizo crujir.

—Ya veremos.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen del Jardín junto a la Bahía, en Singapur.

Delirios de un amante imaginario

Soy un montón de líneas dibujadas en un pedazo de papel pegado a la pared. Tengo una supuesta vida entre los límites de una hoja vieja y desgastada. No decido aún si odiar a mi creador o amarlo. Es una decisión difícil que no puedo tomar a la ligera.

Ahí está ella. Encima de la repisa, tan callada, mirando fijamente a cualquier parte. Sus alas color rosa y el vestido ajustado me hacen alucinar. La envidio. Codicio su libertad, su gracia, su color de piel. Yo solo estoy aquí, encerrado en un mundo en blanco y negro. ¿Por qué soy un topo? Mi creador pudo haber dibujado un caballero de brillante armadura, un león, un castillo. Pero no, tenía que ser un maldito topo. Un animal subterráneo, con ojos diminutos cubiertos de piel, pequeñas patas, grandes uñas y un apetito insaciable. ¿Cómo puede alguien darle vida a un ser con semejantes características?

Revoloteando en mi cárcel de cuatro paredes, desespero por conocer el mundo más allá del papel, por mirar fijamente a mi amada y confesarle mi devoción. Escaparnos juntos de esta habitación de recuerdos inútiles y esperanzas perdidas. Soy un ser nacido en cautiverio, ¿cómo puede ser eso posible?

Quiero llamar su atención ¡Está tan lejos! Mis sonidos insignificantes son un eco en la habitación. Necesito que escuche mi voz para que pueda verme. Pero ¿cómo es posible ver el alma cuando los ojos se confunden con la piel? Creerá que estoy ciego, que soy nada. Eso soy: nada. Clay, el topo, atrapado por su creador desde el primer momento que lo concibió como su obra maestra. Un ser imaginario. Eso no es verdad, soy tan real que duele.

Heme aquí en el cuadro de honor, pegado como un recuerdo más. Confundido con la decoración, solitario, perdidamente enamorado de lo imposible, cautivo en múltiples deseos. Creado por un demente que destruye todo lo que su imaginación puede construir. Nadie sabe que vivo en este pedazo de papel inerte. No pueden imaginar que estoy aquí, ansiando salir por ella, deseando tocar una realidad diferente a la que soporto día tras día.

Todo en esta habitación es inútil. Si consiguiera ser algo más que un topo, saldría de mi cárcel y llegaría hasta ella para declararle mi absoluta devoción a todo lo que representa. ¿Qué puedo hacer? En el dilema de la existencia está mi escapatoria.

Ahí está él, dibujando de nuevo. Parece que solo yo seguiré sobreviviendo a sus incontrolables ataques de odio a su talento. Tengo que hacer que la traiga hacia mí, tan cerca que pueda tocarla. Ahora me mira. Es el momento de enviar una señal. Soy un dibujo, pero también soy un topo; puedo cavar muy profundo, llegar hasta su conciencia y sembrar una idea. “Mírame, Aidan. Mira fijamente a tu creación. Libérame de este castigo”. No ha funcionado. Solo soy una serie de puntos sin sentido. Quizá, ni siquiera soy un topo. Estoy alucinando, todo es producto de la imaginación de alguien más que juega conmigo, que quiere darme vida sin tener el poder. No existo, nada de esto existe. Soy un ente viviendo en un pedazo de papel, atrapado en el ataque repentino de locura de un desconocido. Seducido por el hada de la repisa.

Ahí estás, como todos los días a la misma hora. Caminando de lado a lado en tu cárcel de papel. Desearía estar contigo. Descubrir qué te inquieta. Todo es tan solitario en la repisa, tan inerte. Solo tú y yo tenemos vida en esta habitación denigrante. Somos tan iguales y a la vez tan distintos, compartiendo la insensatez de nuestro creador. Obras de arte exhibidas para el regocijo de un maniaco. ¿Cómo podríamos cambiar lo que somos? Resulta inútil pensarlo. Nada puede cambiar cuando eres una marioneta que tantos mueven a su antojo. Ninguno conoce lo que anhelas, quién eres, a qué estarías dispuesto. Solo juegan contigo.

Cuando eres un objeto inanimado todo pierde importancia. El tiempo es lento, veloz e impredecible. El polvo deja marcas imborrables. El encierro, delirios incontenibles. Los pensamientos vuelan sobre tu cabeza, ninguno parece tener sentido. Te envidio, Clay. Estás en el cuadro de honor, todos te admiran y respetan. Codicio tus pequeños ojos que difícilmente ven la crueldad del encierro al que estamos sometidos, tu piel peluda que te protege del frío implacable que inunda la habitación, tus largas uñas con las que podrías viajar a cualquier parte… No entiendo por qué aun no lo haces. Desearía estar a tu lado, declararte mi admiración insana y escaparme contigo. Estoy delirando. Solo somos objetos perdidos en una habitación, rodeados de recuerdos inservibles. El chiste de alguien sin corazón que nos dio vida para hacer menos miserable la suya.

Ahí está Aidan, dibujando de nuevo. Otro intento más que terminará en la basura. Solo Clay, el topo, sobrevive a sus incesantes ataques perfeccionistas. Ahora me mira. Soy un hada de madera, no importa el material, lo que soy es lo que me define. Quizá, podría desear que nos dibuje juntos. Es una tontería ¿o no? Llevo años en esta repisa, solitaria, esperando el momento para habitar un pedazo de papel, junto a él. Este puede ser el instante perfecto.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco

LA CIGÜEÑA

 A mi padre. El mejor del mundo

La casa de mi infancia era un edificio de dos plantas, majestuoso y solitario. Construida en un terreno elevado, estaba rodeada de una enorme terraza por donde solía corretear con mis hermanos. Aquel día, a pesar del frío, la tata Rosarito nos llevó a todos allí. Ellos paseaban en bici mientras yo vigilaba el balcón del dormitorio de mis padres. La tarde se me hizo eterna. Los ojos me dolían de tanto mirar al cielo, pero me mantuve alerta. No hacía mucho que había descubierto que los Reyes Magos eran los padres. Y el tema de la cigüeña también me planteaba bastantes dudas.

En el pueblo, en la década de los sesenta, aún no existía confianza entre padres e hijos para hablar de todo y sin tapujos. Hoy día cualquier niño hubiera abordado a su papi para acorralarlo en busca de una respuesta sobre el origen de los bebés, pero en mi infancia todavía no se había inscrito lo de «papi» en el diccionario. Papá era eso: Papá. Con mayúscula. Imponía respeto. Y no me quejo. Mis hermanos y yo nos sentíamos queridos por nuestro padre; en cambio, algunos amigos nuestros solo podían dirigirse a su progenitor con el solemne término, aún más estremecedor, de «Padre» (con la misma mayúscula inicial). Pensar en abordar a papá para preguntarle sobre el origen de los niños me hacía sudar en pleno invierno, así que preferí vigilar el sospechoso aumento del perímetro abdominal de mamá para ir sacando mis propias conclusiones. Y, por culpa de ese misterio sobre los nacimientos, yo estaba en el banco, muerta de frío, en vez de entrar en calor pedaleando como mis hermanos. ¡Si existía la cigüeña, ese día la pillaría in fraganti! Pero no pensaba bajar la guardia ni desfallecer en mi labor de vigilancia. A ratos me preguntaba si alguna vez podría bajar el cuello para volver a verme los pies.

Casi de noche, papá se asomó al balcón del dormitorio y nos llamó sonriente.

—¿Todo bien, don José? —preguntó la tata.

—Todo bien, Rosarito. ¡Otro niño!

Mis hermanos y yo subimos con la tata al dormitorio de mis padres. Yo tenía un mosqueo de campeonato. ¿Otro niño? ¿De dónde había salido aquel trocito de carne con ojos? Mamá estaba tapada en la cama, y el bulto de su barriga se había reducido a menos de la mitad. Entre los brazos tenía un bebé lo suficientemente grande como para que yo lo hubiera visto llegar en el pico de la cigüeña. Por no hablar de que el tamaño de aquellas aves no era el de los gorriones, y de que por el balcón no había entrado ni una mosca en esa tarde interminable. ¡Mucho menos un pajarraco con la envergadura y la fuerza necesarias para haber dejado aquel amasijo llorón en los brazos de mamá!

La desesperación es un buen combustible para el valor, y yo necesitaba salir de dudas. Cogí a papá en un aparte y le planteé la cuestión entre tartamudeos. Aunque hacía frío, los dos sudábamos. Papá se secó la frente y se quedó pensando durante unos segundos. De pronto se le iluminó la cara y me dijo que rezara el Avemaría. Aunque no entendía el motivo de su petición, obedecí. Empecé a recitar de forma mecánica, sin prestar atención al significado de las frases, con el mismo soniquete monótono de las tablas de multiplicar que aprendíamos con un ritmo parecido. Con esa entonación de cantinela, propia de niñas de colegio de monjas, llegué a la parte de: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Realmente, en aquella frase alusiva a la maternidad de María, lo que dije fue: «Y bendito es el fruto, de tu vientre Jesús» (siempre me acuerdo de esto cuando leo acerca de la importancia de la colocación de las comas). Aunque las palabras de mi plegaria eran perfectas, esa coma trastocada solo sirvió para confundir en lugar de ayudarme a dar sentido a la frase. Pero papá no debió pensar lo mismo y dio por supuesto que aquello lo aclaraba todo. Me sonrió muy ufano y me dijo:

—Ahí tienes la respuesta. Ese es el origen de los niños.

Sonreí como tonta y me quedé más confusa que al principio. No quise desilusionarlo diciéndole que seguía con el misterio sin resolver. ¡Me sorprendió que mi padre me inspirara una extraña ternura! Como si yo fuera la adulta y él un niño intentando explicar algo. Esa noche, al acostarme, decidí que no solo no tenía la respuesta, sino que lo único que había sacado en claro de aquella extraña tarde era un montón más de preguntas.

Los días que siguieron fueron reveladores para mí, gracias a mi tata Rosarito, que todavía no tenía ni veinte años, pero había escuchado las explicaciones de papá y se compadeció de mi desamparo. En pequeños apartes, y con aquella sencillez de muchacha sana de pueblo, me descubrió con cariño el misterio de la vida. Meses después fue mi cómplice y mi modelo cuando empecé a fijarme en los chicos y no sabía a quién plantearle las dudas que me acosaban y me robaban el sueño.

Recuerdo el misterio resuelto de la cigüeña como uno de los últimos pasos en el camino que me llevaba desde mi infancia hacia la nueva y emocionante aventura de la adolescencia. El nacimiento de mi hermano tuvo otra consecuencia: la mayúscula de Papá se transfiguró en minúscula, aunque no tuve el valor de compartir con nadie ese descubrimiento. Pero aquel clon de Dios, dueño de todas las respuestas y soluciones de nuestros problemas infantiles, me descubrió ese día que también tenía su talón de Aquiles. Mi padre, como médico, era genial, y había atendido los partos de mi madre y casi todos los de las mujeres del pueblo desde que llegamos allí. Y menos mal que se dedicó a ser médico generalista. Porque como psicólogo infantil, creo que no hubiera hecho carrera.

Adela Castañón

Foto: Flickr

El día que Nicolasa rompió el hielo del Arba

–Mira,  José, te he dicho que esta niña me tiene muy preocupada. Es de esas que se las campa sola y no hace caso a nadie –le dice Ana a su marido, cuando llega del campo. Viene sudoroso, cansado y con pocas ganas de hablar de estas cosas, que para él no tienen importancia.

–¡Anda, no será para tanto! Se nota que, como es la pequeña, la tienes muy mimada y ella, ¡claro!, quiere soltarse un poco de tus sayas.

–¡Es que no te enteras de nada! Te parece que con trabajar y taparnos la boca con un poco de pan ya está todo arreglado. ¡Pues, no, José, que las cosas no son así! No tendrías que ser tan cachazudo. Tendrías que esforzarte en conseguir un jornal mejor. Y tendrías que enterarte qué es lo que pasa en casa con nuestros hijos.

–¡Ya estamos como siempre! –gritando mientras le quita los aparejos al burro–. ¡Tendrías, tendrías! ¿Y tú? Más te valdría trabajar y dejarte de tantos remilgos con los críos. Mira, precisamente esta mañana me he enterado que los de casa Fontabanas están buscando una mujer que les lave la ropa en el Arba. Y dicen que en esa casa pagan bien.

–Pues aquí nos apretaremos el cinturón. Pero no pienso dejar a los críos solos todo el día. Y menos a Nicolasa. ¡Lo que le faltaba! Entre lo flaca que está, lo mal que come y esa tos perruna, si yo me pongo de lavandera, ella no pasará el invierno.

–Lo que tendría que hacer es dejar de una vez tantas fantasías. Anda que no ha dado que hablar con aquello que leyó el cura en misa el otro día –Y se planta delante de su mujer esperando que le conteste algo.

–¿A qué te refieres? ¿Al diario que le robó su amiga y se lo entregó al cura?

–A las cochinadas que se le ocurre poner por escrito. Que tenga cuidado y no me ponga nervioso que igual se me va la mano. ¡Y no es mi voluntad!

–José, ¡por favor!, que todo fue una mala intención del cura y la envidia de una niña que va peor que ella en la escuela.

–¡No la justifiques, Ana! Que esa será su perdición. Que no se puede escribir, ni siquiera para uno mismo, como tú dices, lo que anda haciendo Damiana por los pajares con otros chicos. Que eso es calumniar ¡y mucho!

–¡Pero si ella solo lo escribía para no caer en la tentación!

–¡Vale, ya! ¿Me oyes? Con eso nos ha deshonrado a todos. Así que tú, ¡a lavar y a recuperar la honra de la familia con el trabajo! –levantando el tono de voz.

–¡Joseee! Que lo estás mezclando todo.

–Yo no mezclo nada y sé muy bien lo que digo. A esta cría hay que ponerle las peras a cuarto. Lo mejor que podrías hacer es sacarla de la escuela y llevártela al río contigo. Seguro que todos saldríamos ganando.

–¡Buenas tardes, padre! ¿Qué tal el día? –dice Nicolasa, que en esos momentos llega sofocada de la calle.

–¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? Hace rato que tendrías que estar en casa ayudándole a tu madre.

–Es que se me ha hecho un poco tarde jugando en la plaza.

–No te digo nada porque es el último día –le contesta su padre, mientras se levanta la boina y se rasca la cabeza con unas uñas renegridas–. Desde mañana irás a lavar con tu madre para los de casa Fontabanas.

–¿Y la escuela, José? La niña tiene que ir a la escuela. Es menor de edad y, si no la llevamos, nos denunciarán.

–Pues que me vengan a mí con la denuncia –le contesta, a la vez que levanta una horca amenazante.

Nicolasa se acurruca detrás de las sayas de su madre, comienza a llorar. Su madre no mueve ni un músculo. Aprieta los dientes y dice con voz ronca:

–Vamos a cenar, que la sopa está caliente –y continua, volviéndose hacia Nicolasa–. Mañana nos levantaremos temprano y pondremos a hervir un caldero de agua para llevarlo al Arba. Así nos podremos calentar las manos cuando tengamos que romper el hielo antes de empezar a lavar

Carmen  Romeo

Imagen: El Arba a su paso por El Frago. Foto de María José Romeo Berges.

Lavandera. Harresi

Lavandera camino del río, “Cuando no había lavadoras”, publicada en Harresi Kulturala Elkartea, 28/04/2013.

Muralla de piel

Yago miró boquiabierto las molduras de los techos altos como los de una fábrica. A la derecha, tres escalones de piedra en forma de concha daban paso a un pequeño rellano que invitaba a subir por la escalera imperial hasta el entresuelo. Sintió la tentación de acariciar el desgastado cubre peldaños dorado, pero una huella marrón le hizo desechar la idea. ¿Y si subía a pie? Intuía que se sentiría como una novia llegando al altar. Sin embargo, el despacho de la vidente estaba en el cuarto piso, un quinto contando el entresuelo. No quería llegar sudado, aunque desde que había entrado en el portal sentía la punta de la nariz fría.

Al cerrar la puerta de madera, forja y cristal, también notó un olor a humedad, que se intensificó al dejar atrás la escalera y dirigirse al ascensor. Para llegar, debía cruzar un arco de piedra que imitaba las formas sinuosas y ajardinadas de la barandilla y la puerta, a juego con el alicatado de suelo y paredes. Los colores verdes de las baldosas, amplificados por la última luz de la tarde, se combinaban con el olor a tierra mojada. Se sentía como en una marisma. Sin duda, el edificio debía formar parte de la ruta modernista de Barcelona, y eso hizo que le temblaran un poco los bolsillos. Si aquella bruja podía permitirse un despacho ahí, posiblemente él dejaría de comer carne los siguientes tres meses.

Cerró la boca de un golpe al percatarse de la mujer que esperaba el elevador. Solo podía verle la melena oscura a media espalda; los brazos caían a los costados, el pulgar de la mano derecha frotando insistentemente las uñas del resto de dedos, y el abrigo de verano de manga francesa que acababa justo encima de sus rodillas desnudas. Estaba rematado por un fino encaje, en mangas y bajos, que había perdido lustre. Parecía una pieza muy usada, posiblemente por alguna generación anterior dado el corte y el estilo.

—Buenas tardes —saludó. La mujer ni se inmutó. Seguía acariciándose los dedos mientras miraba el agujero a través de la muralla de acero forjado que los protegía de caer por el hueco del ascensor. Frente a ella, el botón de llamada permanecía apagado. Yago musitó un «perdón» y pasó el brazo por delante de ella para llamar al ascensor. Un «clonc», seguido del ruido de engranajes del motor, anunció su funcionamiento, y no tardó en llegar.

Hizo un ademán para dejarla pasar, y ella no caminó, se deslizó al interior. Al moverse el aire, el hedor a tierra mojada y madera podrida se hizo más intenso, y Yago arrugó la nariz.

—¿A qué piso va? —preguntó, ya con la mano preparada para picar en el botón que le indicara. Sentía los dedos helados.

—¿A qué piso va usted? —contestó ella.

Era una voz profunda y, aunque sus oídos le decían que era armoniosa y juvenil, algo en el fondo de su cerebro, una parte animal y poco evolucionada, hizo que el vello de su nuca se erizara.

—Al cuarto.

—¿Va a ver a la señora Folch? —Yago asintió—. Yo también. Aunque ella no me atenderá si me ve, ¿sabe?

Se oyó un clic cuando Yago oprimió el botón del panel dorado y el movimiento brusco y seco del ascensor hizo que su campo de visión se llenara de destellos blancos. Cerró los ojos, deseando que no fuera el inicio de una de sus migrañas, y respiró hondo. Notó un aire húmedo y frío que llenaba sus pulmones y aguijoneaba su tráquea. Su cuerpo convulsionó una, dos veces.

El ascensor llegó al cuarto piso con otro parón repentino. Volvió a abrir los ojos y salió. Ante la puerta de la pitonisa, el dedo gordo de la mano derecha de Yago acarició sus uñas antes de llamar al timbre.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Casa Manuel Felip

El sabor del vuelo

Amelia soñaba con volar. Era su deseo más profundo, escondido en sus entrañas, junto a sus más grandes temores. Adoraba observar el vuelo de las aves, tan llenas de gracia, libres. El cielo la apasionaba, se imaginaba sumergida en ese azul vibrante, admirando su majestuosidad durante horas y horas. Llevaba años atesorando ese deseo, pero hasta ahora no había tenido la suficiente valentía para hacerlo realidad. Estaba escondido entre mil justificaciones sin sentido que le impedían alcanzarlo.

Un día, al despertar de un espléndido sueño, de esos que al abrir los ojos sientes el alma volver al cuerpo, tan real como un vago recuerdo, Amelia experimentó una sensación desconocida. Su corazón latía con fuerza, el aire le faltaba y respiraba con dificultad, sus manos temblaban y un escalofrío recorría su cuerpo. Esa reacción nerviosa la animaba a cumplir con su deseo, ese era el día y sabía que no habría otro igual. Se levantó de la cama, dejó que el agua de la ducha aclarara sus ideas, escogió ropa cómoda, agarró las llaves de su auto y salió de casa. En el camino llamó a su hermano para pedirle la dirección exacta del sitio donde hacía unos meses que había practicado parapente. Ese día Amelia iba a volar.

Fueron varios kilómetros rumbo a “Parapente Paraíso”. La ansiedad no logró ahuyentar el deseo, la expectativa superaba cualquier sentimiento de acrofobia. Mientras el auto se acercaba al lugar, su corazón se agitaba con más fuerza y las náuseas consumían su interior, desde el esófago hasta la boca. Se sentía un poco mareada pero nada la detendría en el cumplimiento de su misión. Bajó del auto y se acercó a la recepción donde una joven de cabello color morado la esperaba sonriente.

–Quiero volar –dijo Amelia con la voz entrecortada.

La recepcionista escribió los datos personales de Amelia en un papel y le indicó que esperase su turno en alguna de las mesas del hall o cerca de la zona de vuelo. Amelia respiró profundamente y salió de la cabaña. Al pisar el césped, sus ojos apreciaron un increíble paisaje verde y frondoso que le quitó el aliento. Pasó las manos por su cabello para apaciguar el asombro que sentía ante tal espectáculo. Había pocas personas en aquel lugar. Dedujo por el aspecto que solo unos cuantos eran aficionados como ella. Rodeada de profesionales del parapentismo sintió un poco de tranquilidad y la certeza de estar en el lugar adecuado. Estática, de pie, expectante, observaba ensimismada a las personas que sobrevolaban el lugar, sabía que solo debía esperar que la llamaran por su nombre y llegaría el anhelado momento. Un mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, pero, sin dudarlo, rechazó el amable ofrecimiento. Estaba segura de las consecuencias, cualquier tipo de comida en su estómago sería un detonante para convertir sus náuseas en un desastre ecológico de seguridad nacional.

Miraba su reloj con impaciencia, temía retractarse y, mientras disipaba su ansiedad en las manecillas, escuchó un eco que pronunciaba su nombre. Todo su cuerpo se sobresaltó al oír: “¡Amelia!”. Era el momento. Con timidez se acercó al instructor que la esperaba con un casco en la mano y una abultada maleta. Le hizo muchas preguntas. Amelia solo miraba con detenimiento el movimiento de sus labios y contestaba sí o no. El grado de estupefacción la tenía aletargada. Sin darse cuenta, en un instante ya tenía puesto el arnés y la mochila gigante, un casco color azul y sus lentes de sol. No faltaba nada en su indumentaria.

Al filo del abismo esperaron el viento propicio para emprender el vuelo. El paracaídas que colgaba de sus mochilas se alzaba lentamente con la fuerza del viento y tiraba sus cuerpos en sentido contrario; la respiración se hacía más difícil con cada tirón. Se movían de un lado a otro, danzando con el viento. En el momento perfecto, el paracaídas se alzó imponente en el cielo y a pasos agigantados se lanzaron al abismo. El vacío se apoderó del estómago de Amelia y las lágrimas inundaron sus ojos, estaba volando, suspendida como las aves, no era un sueño, era su cuerpo disfrutando del viento, del azul del cielo y del verde terreno bajo sus pies. Se perdió entre las nubes, en el eco de la brisa, en el aroma de la libertad. Fueron quince minutos mágicos, únicos, que perdurarían por siempre en su memoria.

El aterrizaje fue forzoso, sus manos perdieron la movilidad y su cuerpo estaba insensible al tacto. Cayó desplomada en el césped, casi sin aliento. Tumbada sobre la hierba admiró fascinada el cielo que había surcado como un ave rapaz. El éxtasis le duró hasta que recuperó la sensibilidad en sus extremidades. El hormigueo en la planta de los pies la trajo de vuelta a la realidad.

Con una enorme sonrisa que le atravesaba todo el rostro, entró de nuevo a la cabaña donde estaban el restaurante y la recepción. Pidió chocolate caliente con tostadas y, mientras disfrutaba del calor de la taza, ojeaba por la ventana cómo otros amantes del cielo se deleitaban. Allí sentada descubrió una frase escrita en un pedazo de tela, exhibido en una urna de cristal: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás sobre la tierra con la mirada levantada hacia el cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver. Da Vinci”. Era la descripción perfecta para un sentimiento inexplicable, para el momento que cambió su vida. Sus brazos se habían convertido en magnificas alas, había saboreado el cielo, era imposible no querer regresar.

Mónica Solano

Imagen. Municipio de Sopó, Colombia. Foto de Mónica Solano.

Las feriaban en Ayerbe

De las fragolinas de mis ayeres

Águeda estaba ensimismada mirando el camino que llevaba a Ayerbe y cayó en la cuenta de que la habían feriado por moza vieja y porque no tenía dote. Pero eso al bullanguero Nicolás, que también se estaba haciendo mozo viejo, no le importó, que a sus años se le estaba poniendo difícil conseguir una hembra paridora en El Frago.

Nicolás de Guillén, amigo de lifaras, había llegado a ser famoso en la feria de Ayerbe y en los pueblos de la redolada. Según contaban, este mozo jaranero, antes de comprar los botos de vino, pedía que le llenaran la bota para probar la nueva cosecha. Y la tabernera, que no, que echara un trago todo lo grande que quisiera, pero que llenar la bota no. Entonces él cogía un cántaro de cinco litros y se lo bebía de un trago. La tabernera se quedaba boquiabierta y le decía: “al año que viene le dejaré llenar la bota”. Pero al año siguiente Nicolás cambiaba de vinatera.

En esos ambientes, Nicolás oyó discutir a un grupo de hombres de Losanglis, un pueblo cercano. Hablaban de Águeda Oberé, una moza que pasaba la treintena, la hija de la casa más pobre de las veintiuna que en esos momentos tenía Losanglis. Otros decían que era hija de una madre soltera, porque no se sabía gran cosa de la familia y, además, que Oberé no era un apellido de la zona. A la mañana siguiente, una vecina le dijo  a Engracia que unos hombres del pueblo la habían prometido a un mozo viejo de El Frago. También le dijo que debían haber hecho un buen trato, porque lo celebraron tanto que volvieron todos borrachos a altas horas de la madrugada. Águeda no contestó y se encerró en su casa.

A Águeda se le secaron las entrañas el día que iba montada en una yegua, camino de El Frago, un pueblo del que nunca había oído hablar. Sólo sabía que estaba más allá de la muga de Huesca, pasada la Carbonera, a unas nueve leguas de Ayerbe. Cuando llegó, acompañada por uno de los criados de Nicolás, en el paso de Cervera, la estaban esperando las mujeres del pueblo. Al verla tan asustada, una de las más viejas le dio ánimos: “No tengas miedo que pronto serás una más. Aquí a todas nos espera lo mismo: parir, sufrir y sobrevivir en silencio”.

Por las noches, cuando Nicolás se quedaba dormido, se levantaba sin hacer ruido y se ponía emplastos de cebolla, que decían que se llevaban las pesadillas. “Nunca se lo perdonaré a mi madre. No los tenía que haber dejado que se me llevaran de casa. Ya no la nombraré más”. Poco a poco se fue metiendo en los afanes de la vida fragolina y se le fue desdibujando su pasado en Losanglis. Pero nunca pudo mirar de frente a los hombres bullangueros que cada año feriaban a las mujeres en Ayerbe.

Imagen. 1920. Plaza de la feria de Ayerbe. Foto de Ricardo Compairé.

Carmen Romeo