El gigante Degusoro

#relatofragolino

De las fragolinas de mis ayeres

Todas las vacaciones, desde muy pequeña, recorría las tres leguas que separaban El Frago de Biel. Iba con mi familia a pasar unos días a casa de mi abuelo, mis tíos y mis primos. Y todos esperábamos estos encuentros muy alborozados.

Hacíamos el camino andando, y nos turnábamos para montarnos a horcajadas en el lomo de Cascabela, que así se llamaba nuestra burra.

En particular, recuerdo el último viaje de Semana Santa. Como hicimos muchas paradas, tardamos más de medio día en llegar. Hacia la mitad del camino descansamos mucho rato en las tierras del gigante Degusoro. Mientras todos dormitaban a la sombra de un nogal, mi madre me contó la historia del gigante.

—Por el día duerme en su cueva y, cuando respira, le salen por la nariz unas burbujas de agua que van llenando este pozo. —Señaló con la mano donde bebía la burra.

—Pues eso no me lo contaste así el año pasado —repliqué con cara enfurruñada.

—Sí, Alodia, sí que te lo conté así, pero igual estabas distraída cogiendo margaritas. —Me sujetó por los brazos y me asomó al agua—. Mira, ¿ves las burbujas? Suben como cuando echamos polvos en un vaso de agua para hacer una gaseosa.

—Sí, sí, lo veo muy bien. —Y me volví a mi madre—. Pues sí que respira deprisa.

Me apoyé la mano en la barbilla y me quedé pensativa. Al poco le contesté:

—Degusoro debe ser muy grande.

Entonces me dijo que en las montañas había muchos gigantes como él haciendo pozos en los que bebían los rebaños. Y que la gente los llamaba ibones.

—Pues a este lo llamaremos el ibón de Degusoro —dije y vi que mi madre se sonreía.

Seguimos hablando del gigante bueno y de que algunas veces salía a regar los prados y hacía crecer las violetas. Aún no habíamos acabado nuestra cháchara, cuando se acercó mi padre:

—Venga, que ya llevamos aquí más de media hora. Si no nos damos prisa, se nos hará de noche antes de llegar.

—Pues yo no me quiero ir tan pronto.

—¡Calla y no protestes! Enseguida nos pararemos a coger manzanetas de pastor en Valdemanzana,

—¡Bien! ¿Veremos el árbol donde se escondía la madrastra de Blancanieves?

—Y la cueva de los enanitos —me contestó mi madre.

—Pero si el año pasado me dijiste que la cueva estaba en la fuente de Arbisuelo —protesté contra la mala memoria de mi madre.

—Es que se suelen cambiar de sitio para que la madrastra no encuentre a Blancanieves.

Me di cuenta de que burra levantaba las orejas y escuchaba con atención. Entonces me acerqué corriendo, me abracé a su cuello y le di montones de besos.

Llegamos a la Plaza Nueva de Biel justo en el momento en que la luna aparecía por detrás de torre del castillo. La luz de la luna atravesaba las ventanas y dibujaba grandes sombras que llegaban hasta nosotros. En cualquier momento podría salir un ogro, como en los castillos encantados de los cuentos. Entonces me eché a temblar y,  para que no me lo notaran, me agarré muy fuerte a Cascabela.

Ya llevábamos varios días en Biel, cuando una noche, a eso de las tres de la mañana, oí muchos pasos por la casa y la voz del veterinario. Me acerqué a escuchar detrás de la puerta. No oía bien lo que decían, pero la burra bramaba fuerte, como si le doliera algo o estuviera muy enfadada. Y además no dejaba de dar coces contra las paredes.

Me puse de rodillas al lado de la mesilla y le recé a san Antón. Pero solo me salía: “Glorioso San Antón haz que Cascabela vomite toda el agua que el otro día bebió en el ibón de Degusoro. Glorioso San Antón, cura a mi Cascabela como curaste a los hijos de una jabalina”. Y no paré de repetirlo en toda la noche.

Como no podía dormir y nadie venía a contarme qué pasaba, en cuanto se hizo de día salí al pasillo y escuché algunas frases de los hombres que estaban en la cuadra.

—Ha sido una pena, pero no he podido hacer nada. Llevaba varios días con el cólico. Me han llamado demasiado tarde —dijo el veterinario.

Siguió un murmullo de voces apesadumbradas entre las que distinguí la de mi padre:

—La llevaremos al muladar antes de que se despierte Alodia.

Entonces me metí en la cama, me tapé hasta la cabeza, y lloré y lloré.

Hicimos el viaje de vuelta con el burro de tío Esteban de Avellanas. Yo no consentí en montarme y volví todo el camino sin levantar la mirada del suelo y sin hablar con nadie. Solo me paraba de vez en cuando a coger  flores. Cuando llegamos a casa llevaba los bolsillos llenos de violetas. Las saqué en un puñado y se las di a tío Esteban.

—Usted que sabe dónde está la burra, échele estas violetas encima.

—Descuida, se las llevaré mañana por la mañana. Tu Cascabela duerme Detrás del Cerro.

Ese día se secó la fuente de Arbisuelo y los enanitos ya no encontraron refugio. Y el gigante Degusoro se disfrazó de buitre, se comió a la burra y abandonó el ibón para siempre.

rayaaaaa

01.Con el burro de tio Esteban

El Frago, junio de 1950. Autor, Jesús Pemán Marco (Biel, 1918-Madrid, 1991). En El Peñazal, junto a las Eras Badías. El burro de tío Esteban  de Avellanas preparado para emprender el viaje.

Encima del burro. Detrás, asoma la cabeza, Maruja Romeo Pemán (Ejea, 1944), y delante Conchita Pemán Dieste (Biel, 1942). Alrededor del burro: de izquierda a derecha. Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Mari Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017), Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969) Lorenza Berges Laguarta (El Frago, 1931), Martín Esteban Biesa Solana (Biel, 1892 -1977), conocido como Esteban de Avellanas, por ser de casa Avellanas de Biel.

Carmen Romeo Pemán

Jacinta del Esquilador

De las fragolinas de mis ayeres

Por las tardes Ramón trababa las caballerías en la arboleda de la fuente y se sentaba en la orilla del Arba hasta que oía las risas de Jacinta. La veía cómo escondía el cántaro entre los juncos y se acercaba hasta él dando saltos. Entonces se acariciaban hasta el anochecer. Cuando asomaba Venus, el lucero de la tarde lo llamaban ellos, Jacinta se arreglaba los pelos y llenaba el cántaro. Ramón se remetía la camisa, soltaba las patas de los animales y los abrevaba en el río. Después emprendían la subida al pueblo entre miradas furtivas y algún beso de escapadizo que Ramón le robaba. Se gustaban desde niños y no recordaban cuándo habían comenzado sus escarceos. Jacinta echaba cuentas: “Si ahora tengo veinte años, seguro que llevamos más de cinco”.

—¿Se puede saber qué te pasa hoy? —Preguntó Jacinta. Ramón miró al suelo y no le contestó.

—Pues, chico, te noto muy raro. —Siguió unos pasos en silencio—. Mira, hoy no me has hecho ni una caricia. Ni siquiera me has cogido de la mano.

—Anda, déjalo —le contestó sin levantar la mirada.

—¿Cómo quieres que lo deje? —Con voz entrecortada

Intentó besarlo en la mejilla, pero él apartó la cara. Y, al cabo de un rato, le contestó:

—Te he dicho que lo dejes. —Tiró del ronzal de la yegua que andaba rezagada—. Y no le des vueltas, por favor. Será que me ha atontado el aire de la tormenta que asoma por San Jorge. Que las tronadas de agosto son las peores.

—Mira, Ramón, no solo no lo voy a dejar, sino que quiero que me expliques algunas cosas que va contando la gente.

—¿Qué dices ahora? No entiendo nada. De verdad.

—¡Eres un cínico! Eso es lo que eres. Y además un mentiroso.

—Jacinta, por favor.

—Ni por favor, ni por nada. Vas a desembuchar todo ahora mismo. Ya sé que me la has pegado con otras, pero esta vez te estás pasando de la raya.

Ramón bajó aún más la cabeza. Jacinta dio un traspié, se le cayó el cántaro y se remojó entera.

—Bueno, pues con esta mojadura me tengo que ir corriendo no vaya a pillar una pulmonía. —Lo cogió por el brazo para darle un beso, pero él la apartó con un movimiento brusco.

Esa noche Jacinta no pegó ojo. Soñaba que lo tenía entre sus brazos, que se reían, que hablaban del futuro, que se casarían y tendrían hijos. Sabía que Ramón había tenido algún desliz con otras chicas. Eso no le importaba, estaba muy segura de que a ninguna le daba los besos como a ella. Que con ninguna le temblaban las entrañas. Pero esa tarde lo había notado arisco, como si se hubiera tragado un solimán.

Los días siguientes Ramón ya no volvió a abrevar las caballerías y Jacinta subía de la fuente por un atajo, así se alejaba las habladurías de las mozas y no tenía que dar explicaciones.

Antes de la sanmiguelada, el primer domingo de septiembre, los que fueron a la misa mayor oyeron las amonestaciones. Cuando el cura dejo de hablar se hizo un silencio general. La gente se acababa de enterar de que Ramón se casaba con la hija de Rocaforte, el cacique más poderoso de la redolada. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.

Pero Jacinta no se enteró, que ese día había ido a la misa a las seis de la mañana. Así le dio tiempo a soltar el rebaño. Además, desde última vez que estuvo con Ramón, no quería encontrarse con nadie.

Por la tarde, cuando volvía al pueblo, una vecina que estaba mirando al río, se volvió y se hizo se hizo la encontradiza.

—Seguro que eres la única del pueblo que no se ha enterado —le dijo a bocajarro.

—Mala pécora, no me vengas a revolver las tripas.

Jacinta intentó deshacerse de ella y se arrimó a la pared, pero la vecina se le cruzó delante.

—Es que lo tienes que saber, Jacinta. No se habla de otra cosa en el pueblo.

—Pues no me interesan las habladurías de las chismosas como tú.

—Pero esto es una campanada muy gorda. Esta mañana han amonestado a Ramón.

Jacinta la miró con un rictus severo y aceleró el paso. Entonces la vecina la siguió y, levantando la voz cada vez más, le decía:

—Mira, es que estabas muy ciega. Tú dale que te pego con mi Ramón. Y se notaba mucho que él buscaba algo más. Has de saber que tú no eres de casa rica ni tienes las carnes prietas.

—¡Alcahuetaaaaa! —Jacinta se metió en su casa, dio un portazo y echó la tranca.

—Pues entérate de una vez. No es lo mismo ser Jacinta del Esquilador que la heredera de casa Rocaforte —gritó la vecina. Y el eco se fue metiendo en todas las cocinas.

A la mañana siguiente Jacinta del Esquilador se levantó temprano y, en lugar de coger el camino del corral de Vadarrey, donde encerraba las cabras, se fue andando por los ruejos del río. Y emprendió el camino Arba arriba.

Las noches serenas de agosto, cuando se esconde el lucero de la tarde, llega el eco de un canto hasta el Terrao. Dicen que baja por el Arba desde la fuente de Vallangosta, mientras Ramón abreva a las mulas.

Carmen Romeo Pemán

María del Socarrau

Nadie había cruzado nunca el umbral de casa el Socarrau. Si alguien les llevaba algún recado voceaba desde la calle y Nicolás se asomaba a la ventana. Ni siquiera dejó entrar a la partera el día que María malparió. A las pocas horas, Nicolás bajó a casa del carpintero y le contó que el niño había nacido muerto. Volvió con una caja, lo envolvió en una sábana blanca y lo metió dentro. Que la criatura era inocente, que no le había atado el ombligo porque no estaba muy seguro de que fuera su hijo. Qué él se pasaba la vida en el monte y, aunque cerraba la puerta, cualquier mozo podría haber subido por la ventana. Que María aún tenía las carnes prietas.

El carpintero se puso la caja en la cabeza y Nicolás lo siguió con la azada en una mano y la boina en la otra. María los despidió desde la ventana. Cuando llegaron al cerro de Santa Ana, cavaron una fosa junto a la pared del cementerio, que, como el recién nacido no estaba bautizado, no lo podían enterrar en sagrado.

Ese día María abandonó el lecho conyugal y se fue a dormir a la sala de las alcobas, la que reservaban para los huéspedes. Y, aunque Nicolás se lo rogara, no pensaba volver a la cama de matrimonio, que ella sabía que la pobre criatura se había desangrado por su culpa, y no se lo perdonaría nunca. Y que no le viniera con el cuento de que tenía urgencias de hombre, que no, que no lo pensaba complacer. Antes de acostarse, le rezó una oración a santa Librada, la patrona de los partos, para que sacara a su hijo del Limbo.

Se metió en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. Lo intentó varias veces. En cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, veía al niño que se apretaba la tripa con las manos para que no se le salieran los intestinos, y a su padre que lo perseguía con una hoz levantada. Con los gritos acudía Nicolás desde la otra punta de la casa.

—¡Joder, María! No me dejas pegar ojo. Mira a ver si te callas de una puta vez. No vaya a ser que también te tenga que cortar el ombligo con la navaja.

rayaaaaa

 Aún no habían pasado dos años de la muerte del niño, cuando un buen día oyó la voz de una vecina que la llamaba a gritos desde la calle:

—¡Maríaaaaaa, corre, baja! Han encontrado a tu marido muerto en el campo. Dicen que le ha dado un cólico miserere.

De repente, María se encontró viuda, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y empezó sacarse algún jornal lavando en río para los ricachones. Un día oyó que los del Ayuntamiento estaban buscaban alojamiento para la nueva maestra y se presentó a ofrecerles su casa. Salió contenta cuando le dijeron que sí y frotándose las manos pensó: “No me vendrán mal unas perrillas solo por tener una alcoba ocupada”.

rayaaaaa

A los pocos días llegó la nueva maestra, a lomos de una yegua blanca. A Pascuala, que así se llamaba, la acompañaba el alguacil, que la había ido a buscar a Ayerbe. Pascuala hizo todo el trayecto con la cabeza caída hacia un lado, como si estuviera dormida. Estaba tan nerviosa que no tenía ganas de hablar. Que una cosa era la ilusión de enseñar y otra lo que se podía encontrar en el pueblo. Que ya le había dicho su profesora de Pedagogía que tendría que enfrentarse con los caciques y con los hombres del pueblo que sus hijas fueran a la escuela. También le advirtió que tendría que ponerse de parte de las madres que no querían que las chicas se quedaran en casa, como ellas, a esperar un matrimonio sin amor y a llorar en silencio la muerte de muchos hijos recién nacidos. Y que anduviera con ojo, que era mejor quedarse soltera que caer en las redes de algún montaraz.

Como el viaje fue largo, le dio tiempo a hacer un repaso de su vida. No sabía muy bien adónde la llevaba su tozudez por enseñar y, cuando vio pueblo encima de una roca, pensó que era un lugar para almas solitarias y no para una chica joven y activa,. También pensó en el mundo que había dejado atrás y sintió una punzada en la boca del estómago. Se acordó del bullicio de su barrio de San Pablo de Zaragoza. En sus oídos todavía resonaban los gritos de los tenderos mezclados con el tañido de las campanas. Ella, que estaba hecha al bullicio de la ciudad, no sabía cómo iba a soportar aquel silencio. Pero  por nada del mudo se echaría atrás. Nunca más dependería de su tío.

—Bueno, pues ya estamos. —El alguacil le ayudó a descabalgar en la puerta del Ayuntamiento.

Allí estaba el alcalde esperándolos. La hizo pasar dentro. Después de la bienvenida, le dijo que se instalara en su nueva casa y que descansara un rato. Que por la tarde se verían en la reunión de la Junta de Enseñanza para darle la bienvenida. Que también asistirían los concejales y el médico, por eso de cuidar la salud en la escuela. Además, como estaba un poco solo, se pasaba a menudo a ver si podía echar una mano en algo.

Salieron del Ayuntamiento, el alguacil cogió los baúles y la acompañó hasta una casa con las paredes renegridas.

—Esta es la casa. En el pueblo todos la llamamos casa del Socarrau y, a la que va a ser su casera, señora María del Socarrau.

En la puerta los esperaba una vieja, con una toca negra anudada debajo de un moño. Al verlos, se adelantó a besar a Pascuala, pero antes se limpió las manos en un delantal parduzco que le tapaba unas sayas marrones de arpillera.

—¿Qué tal, señora maestra? ¡Bienvenida a mi casa! Ya le habrán dicho que vivo sola. Así que me vendrá muy bien su compañía.

Pascuala venció el asco, le acercó la mejilla y se dijo para sus adentros: “Más que compañía le harán falta los duros que le voy a pagar. Me parece que no tendremos muchas cosas que contarnos”. Cuando notó las babas de una boca desdentada, sintió que le bajaba un escalofrío por la espalda.

A continuación, subieron unas escaleras de piedra empinadas y llegaron a una cocina llena de humo en la que se adivinaba un hogar, rodeado por dos cadieras cubiertas con pieles de cabras. En la pared del fondo, junto a un ventanuco sin cristales, estaba la puerta que daba paso a una sala.

Antes de entrar, Pascuala se quedó un poco rezagada. Le entraron ganas de escaparse y bajar corriendo las escaleras. Carraspeó un poco, como si le molestara el humo en la garganta. En realidad se tragó las lágrimas y siguió a la señora María.

—Ninguna casa del pueblo tiene una sala tan limpia como esta —le comentó la señora María señalando las baldosas de cuadros que brillaban con el único rayo de sol que entraba por un ventanuco.

En la pared de la izquierda, como si fueran capillas de una iglesia, se abrían dos alcobas sin ventilación. Cada una estaba cerrada por una cortina de flores. Pascuala se asomó y en las dos encontró lo mismo. Una cama de hierro pegada contra la pared.

En el lado del cabecero, una estampa grande con la figura de un santo, un crucifijo, una mesilla con una palmatoria y una silla de anea. En los pies de la cama, una percha y una jofaina para lavarse las manos. Por debajo de las colchas de ganchillo se adivinaban las asas de los orinales. En la pared de la derecha, enfrente de las alcobas se alineaban los baúles de la casa en los que se guardaban los ajuares y las ropas de domingo.

Después de enseñarle la habitación, colocaron los baúles de Pascuala enfrente de su alcoba.

—¡Es la hora de comer! —exclamó la señora María, cuando oyó que el reloj de la torre daba la una.

—¿Tan pronto? —le preguntó Pascuala incorporándose.

—A esta hora comemos todos los del pueblo.

—Pues en Zaragoza a la una solo comen los obreros.

La señora María se mordió los labios y colocó bien recto el cuadro de santa Librada:

—Hoy la invitaré, pero ya sabe que en adelante tendrá que prepararse usted la comida, que yo por el día me saco un jornal lavando en el río. —le contestó con voz pausada.

Cuando se sentaron junto al fuego, Pascuala se ensimismó mirando las llamas y le volvieron más imágenes de su vida pasada. Se acordó de los días que había comido sola desde que se quedó huérfana. De las pocas caricias que recibió de su tío, el canónigo. De las noches que había pasado desvelada, contemplando los tapices bordados en oro fino que decoraban su habitación. De los reflejos de las velas que movían las carnes de un Eros juguetón. Se acordó de que todas las noches soñaba con las aventuras amorosas campestres del día que llegara a ser maestra de un pueblo.

—¿Qué le pasa? ¿Le ha dado algún mareo? —La señora María se acercó y le tocó la frente—. ¿No ve que ya tiene la sopa en la escudilla?

—Es que creo que estoy muy cansada del viaje. Se me pasará.

Mientras tomaban la sopa de ajo, la señora María le contó su vida. Y cuando notó que Pascuala se limpiaba una lágrima con el puño de la rebeca le dijo.

—Me da a mí que usted va a tener más suerte que yo con mi Nicolás, que en paz descanse. —Se santiguó—. Mire, hace poco que llegó un médico muy joven, don Valero Arbigosta se llama. Y lo veo todo el día buscando compañía por estos andurriales. Nunca se sabe.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. En el Pirineo a principios del siglo XX. Autor y lugar desconocidos. Publicada en Facebook por Lorién La Hoz.

Un viaje al pasado aragonés. Francisca Vilella y sus objetos con historia

De mi baúl de lecturas

  • Que por mí vayan todos
  • los que no las conocen, a las cosas.
  • Que por mí vayan todos
  • los que las olvidan, a las cosas;
  • Que por mí vayan todos
  • los mismos que las aman, a las cosas. Juan Ramón Jiménez, 1918.

Solo lo que ha muerto es nuestro. Solo es nuestro lo que perdimos. “Posesión del Ayer”. Jorge Luis Borges, 1985.

Estos objetos y los años en que eran de uso cotidiano ya se han ido. En estas páginas está mi vida. La mía, la de mi madre y la de mis abuelos. Francisca Vilella, 2018.

Cepillera (1)

Antiguo cepillero bordado a mano. Se colocaba en una de las paredes de la sala que estaba junto a la alcoba. Colección particular de la autora.

Juan Ramón nos devuelve el sentido de la vida a través de las cosas. Borges, un hacedor de sueños, nos devuelve la vida que nos robó el tiempo. En la misma línea, Francisca Vilella recupera un tiempo que se fue en su reciente libro Objetos con historia. En estas páginas selecciona unos objetos que llevan adheridas sus raíces. Y las nuestras, porque muchos de ellos también estuvieron presentes en la vida de otros pueblos de Aragón.

La autora, con sus objetos debajo del brazo, como cuando las mujeres de antaño llevaban las cestas, recorre la vida rural a partir de una casa de su Mequinenza natal. De su mano conocemos el pasado con sus grandezas y sinsabores, pero sobre todo con las prisas y los olvidos de la gente que tuvo que abandonar sus casas cuando, en 1971, comenzó a invadirlas el agua del pantano de Ribarroja.

Tres libros nacidos de las aguas

El libro que hoy comentamos es el tercero de una serie que, como las viejas norias, intenta sacar agua del Ebro. Cada libro es un momento significativo en un mundo que Francisca Vilella, una historiadora de raza, siempre metida entre legajos, se ha empeñado en rescatar.

En el año 2007, en su primer libro, La lleuda de Tortosa en el siglo XV, recogía el trasiego comercial por el Ebro, y las aduanas y aranceles que lo controlaban.

Desde Tortosa, con embarcaciones fluviales, se trasportaba fibra de esparto y artículos ya elaborados a Mequinenza y otras localidades ribereñas del Ebro. También, desde el puerto fluvial de Tortosa, con embarcaciones marítimas se destinaban importantes partidas de esparto a otros puntos del Mediterráneo Occidental. A partir de la documentación de los libros de cuentas de la lleuda de Tortosa se ha podido hacer un estudio de los útiles domésticos.

Unos años más tarde publicó el segundo libro, Cocina con Historia, que era una consecuencia natural de su gran conocimiento de los productos que subían y bajaban por el Ebro. Las recetas fueron una excusa para contar toda la vida de las mujeres de su pueblo en torno a los fogones.

En ese libro recogí relatos, dichos y curiosidades, como la forma tradicional de hacer el dulce de membrillo, y seguí con la idea de escribir algo centrado en los objetos.

El tercer libro, Objetos con historia, el que acaba de ver la luz hace unos meses, se desprende de los dos anteriores. De los fogones a la casa entera. De las recetas a los objetos que se utilizaban en las faenas rurales. En esta nueva publicación, concibe la casa como un elemento espacial y temporal alrededor del que se articula todo el contenido. La autora nos invita a visitar una vivienda y nos da la mano para ayudarnos a profundizar en la historia cotidiana que duerme bajo las aguas del pantano. Así lo contaba en una entrevista del Heraldo de Aragón:

Los “Objetos con historia” en realidad nacieron cuando inicié la investigación de mi tesis doctoral sobre el comercio terrestre, fluvial y marítimo en la Corona de Aragón el siglo XV. Ahí vi que ya en aquella época había un ingente comercio de artesanía, que se exportaba desde Tortosa o que llegaba allí procedente de otros puntos del Mediterráneo. Y me quedé con las ganas de poner cara a esos útiles que transitaban de un punto a otro.

En el espacio de lo doméstico

Casa final.1

Recreación de una vivienda de Mequinenza en 3D. Dibujo propiedad de la autora.

Nunca me habían invitado a una casa del Bajo Aragón. Vamos a recorrerla juntos en un viaje virtual y recrearemos la vida que se esconde detrás de cada detalle.

Accedemos por la parte baja al recibidor. La puerta está abierta. Allí puede entrar la gente del pueblo con cierta libertad. Nos sentamos un poco junto a la cantarera y vemos las puertas que llevan a la despensa y a la cuadra.

Subimos a la primera planta, a la intimidad de la casa, adonde solo se podía llegar si te invitaban. Entramos en la cocina, que encierra todo un mundo. Y pasamos a la alcoba, donde tenían lugar los acontecimientos más importantes de la vida. Allí se nacía, se moría, y se celebraban las comidas de las comuniones y las bodas. Abrimos los baúles y nos sorprende la riqueza de los vestidos tradicionales y de los ajuares de la novia.

Seguimos subiendo hasta la algorfa donde se guardaban pequeñas cantidades de grano y alimentos. También hay habitaciones con camas.

En la algorfa se solían guardar barriles, cajas, cajones, la máquina de embutir carne y la artesa de la matanza (…) También los calderos de cobre, de hierro y las cazuelas mondongueras.

Y acabamos nuestra visita en la falsa, un espacio abierto que se solía emplear de secadero.

Toda la complejidad del mundo cabía entre estas cuatro paredes. Y todo tenía su sentido y su porqué. Un botijo no era cualquier cosa. Se hacía con una arcilla porosa especial para que el agua estuviera más fresca.

Botijos

Los botijos se colocaban en una esquina de la cocina, próxima a la ventana. Se han utilizado durante siglos para mantener el agua hasta diez grados centígrados por debajo de la temperatura ambiente. Colección particular de la autora.

La casa aragonesa ha sido una empresa autosuficiente y con pocos cambios a lo largo de la historia. Por ejemplo, la portadora, que se empleó hasta el siglo XX para transportar las uvas, aparecía en documentos del siglo XV, pero todo se perdió casi de repente como nos lo cuentan estas palabras de la autora:

En Mequinenza, cuando comenzaron a inundar el pueblo, las personas que se habían resistido a salir salieron corriendo de casa. Con las prisas no tuvieron tiempo para llevarse todo lo que les hubiera gustado. Y se quedaron muchas cosas en el camino, sobre todo estos objetos a los que ya no se les daba valor.

Me he propuesto recuperarlos por justicia histórica. Porque son los testimonios de un tipo de vida que ha desparecido. Ha cambiado más la vida en cincuenta años que antes en quinientos. Y las nuevas generaciones ya no los conocen ni saben de qué estoy hablando.

Y no solo pretende eso. También aspira a conocer los secretos de las personas que les dieron la vida y los tuvieron en sus manos.

He querido valorar a unas personas que hicieron historia y que han desaparecido. Detrás de cada objeto hay muchas vidas, una gran lucha por salir adelante, unas veces con éxito y otras con frustraciones. Y llegar a imaginarme esas vidas ha sido una aventura apasionante, a veces imaginativa, pero siempre emotiva.

Portadora

Con este tipo de portadoras se transportaba la uva.  Colección particular de la autora.

Para terminar

Con unos cuantos objetos que se salvaron de las aguas del pantano que inundó su pueblo, Francisca ha recuperado algo más. Ha convertido aquella vida gris, en blanco y negro, como las fotografías del NO-DO, en un recuerdo lleno de colores. Con las descripciones minuciosas y precisas, y con las fotografías modernas, nos transporta a una Mequinenza en la que, a través de los brillos del agua, podemos oír el trajín de sus gentes, y los objetos desperdigados van cobrando sentido en todas las estancias de la casa. De repente nos encontramos en medio de un parto, hablamos con las mujeres que hacen pan, nos vestimos con los ropajes antiguos y nos sentamos cerca de los novios en su banquete de bodas.

El día 21 de junio de 2018, en Los portadores de sueños, una librería zaragozana, Francisca nos ayudó a atravesar el espejo. Con ella nos paseamos por el pueblo que duerme bajo las aguas. De su mano volvimos a recorrer el Camino de Sirga que en 1988 habíamos transitado con Jesús Moncada, otro mequinenzano. Una aventura apasionante. ¡De verdad!

Ficha técnica

Francisca Vilella Vila, Mequinenza, Zaragoza (1950). En 1974 se licenció en Historia en la Universidad de Zaragoza, donde se doctoró en 1995. Se jubiló como catedrática de Educación Secundaria en el Instituto Virgen del Pilar de Zaragoza. Lleva escritos tres libros en los que combina un meticuloso rigor histórico, basado directamente en las fuentes documentales, con la tradición oral de su familia y de sus vecinos.

La lleuda de Tortosa en el siglo XV: aportación al conocimiento del comercio interior y exterior de la Corona de Aragón. Arxiu Històric Comarcal de les Terres de l’Ebre, 2007

Cocina con Historia. Recetas, dichos y saberes populares de Mequinenza. Editorial Círculo Rojo, 2014. Óleo de la portada de Mariano Montori Supervía.

Objetos con historia La vida cotidiana en la antigua villa de Mequinenza. Editorial Círculo Rojo, 2018. Óleo de la portada de Mariano Montori Supervía.

Sin leña para la escuela

De las fragolinas de mis ayeres

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana. Angelita estaba atizando el fuego de la cocina, que se había apagado mientras había bajado al corral a limpiar el orinal y la jofaina en la que se había lavado un poco la cara.

¡Qué diferencia con su casa de Zaragoza! Allí corría el agua por los grifos y no tenía que soportar ese tufo de los animales que le llegaba hasta las entrañas. ¿Quién le mandaría meterse en ese berenjenal de enseñar a las niñas? Si hubiera seguido con su trabajo de dependienta, seguro que ya se habría casado y llevaría una vida tranquila, como sus amigas. Ellas no tenían un sueldo, pero total, para lo que le servía en ese pueblo, igual le daba.

La señora María del Socarrao, su patrona, había madrugado para ir a soltar el rebaño y ella se había quedado sola. En ese momento acababa de desayunar y estaba alisando las pieles de cabra que cubrían las dos cadieras del hogar, antes de que llegaran las niñas. Bien pensado, no estaba mal dar las clases allí. Los días que habían estado en la herrería o en los patios de las casas se habían quedado heladas. Aquí lo malo era la señora María. Se había empeñado en que cada niña trajera un tizón. Decía que ya era muy vieja para traer la leña del monte encima de la cabeza.

En esas estaba cuando la sobresaltaron unos golpes en la puerta. Sin darle tiempo a responder, el padre de Nicolasa se presentó en medio de la cocina. Llevaba las botas de sacar fiemo y una horca oxidada en la mano.

—¡Buenos días, señora maestra! Ya era hora de que diera señales de vida. Llevaba un rato plantado en medio de la calle esperando a que abriera la ventana. No he querido llamar antes porque he visto salir a la señora María y no era caso de pillarla en la cama —A Angelita le pareció un saludo picarón. Intentó tomárselo a broma.

—Y, ¿qué se le ha perdido tan temprano por esta casa? —le respondió en el mismo tono.

—No se haga la tonta ni la melindrosa, que no tengo tiempo que perder. ¡Y menos con usted! —le contestó, a la vez que golpeaba el suelo con la horca.

—¡Bueno, pues usted me dirá a qué ha venido! —le replicó. Y cruzó los brazos, como si le doliera el estómago.

—Pues, verá. Nicolasa me ha dicho que tiene que traer un tronco para avivar este fuego tan mortecino —mientras hablaba revolvía las brasas del hogar con la punta de la horca.

—¡Nicolasa y todas las niñas! Yo no tengo leña y no le podemos hacer tanto gasto a la señora María. Como usted ya sabe, es viuda y no tiene ningún hombre que gane un jornal.

—¡Escuche bien! Vengo a decirle que Nicolasa se ha quedado llorando en casa, porque le he dicho que no traerá ningún tizón para que se caliente la maestra.

—Pues, con este frío, no podremos dar clase sin fuego.

—¿Qué se ha creído usted? ¡Postinera! Mire, si hoy no da clase con buen fuego, mañana vendré con esta horca y la ensartaré por los riñones.

El padre de Nicolasa hizo ademán de marcharse, pero se paró en la puerta juntando el entrecejo y mirando a la maestra. Ente tanto pensaba para sus adentros que Angelita era la culpable de todo el mal que había llegado al pueblo. Que las mujeres modernas que querían poner todo patas arriba eran peor que la peste. Que con eso de enseñar a las niñas no iban a ganar nada, sino al revés. Que hasta esa mañana nunca le habían levantado la voz las mujeres. Que él no lo permitiría y que estaba dispuesto a cualquier cosa.

Angelita le dio la espalda y se asomó a la ventana a ver si llegaban sus alumnas. No sabía cómo iba a arreglar el problema de la leña, pero ya se le ocurría algo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada: Cocina antigua. Foto colgada por Miguel Manuel Bravo Mata en el grupo de Facebook, “Fotos antiguas de Aragón”.

De reinas y princesas

A mis compañeros de la escuela de El Frago

Acabábamos de salir de la escuela cuando nos llamó el alguacil para que fuéramos al Ayuntamiento. Allí nos esperaban nuestros padres y todas las autoridades. Al verlos reunidos nos asustamos. No sabíamos qué nos iba a pasar y no entendíamos cómo había llegado tan lejos el susto de Lucía. En esa aventura nos habíamos juntado todos: los mayores y los pequeños, los chicos y las chicas.

–¿De quién fue la idea? –preguntó uno de los dos guardias civiles, a la vez que recorría nuestros rostros con su mirada.

Ninguno de nosotros contestó. Cuando el otro guardia civil repitió la pregunta, se le mojaron los pantalones a Nicolás, el más pequeño de todos. El maestro, que presidía el interrogatorio, se levantó, le hizo una caricia en el hombro y le dijo: “Vete a orinar a la calle, pero luego vuelve”. Tuvo que salir a empellones porque la puerta estaba abarrotada. La gente del pueblo se había apiñado intentando escuchar lo que pasaba dentro. También estaban fuera los mayores y todas las madres. No los habían dejado entrar por miedo a que se montara demasiado guirigay. Al ver a Nicolás, todos se le echaron encima. Él rompió a llorar, orinó y, sin decir nada, volvió al salón de plenos como le había ordenado el maestro.

–Bueno, pues si no nos vais a contar a quién se le ocurrió, por lo menos decidnos cómo pasó –intervino el secretario.

Formábamos un semicírculo alrededor de una mesa en la que estaban sentados el maestro, la maestra, el cura, el secretario, el alcalde y la pareja de la guardia civil. Detrás de nosotros, de pie y apoyados contra la pared, los concejales con algunos de nuestros padres, porque los que trabajaban no habían podido venir.

En ese momento la maestra se levantó, se acercó hasta mí y me dijo al oído:

–Estoy segura que tú has estado en el ajo. Va a ser mejor que nos lo contéis todo. Si no habláis, este lío tan gordo se os va a complicar más.

Antes de contestar vi cómo mis amigas bajaban la cabeza y se miraban las zapatillas. No sé de dónde me salió aquel hilillo de voz: “Hemos sido todos. No queremos que castiguen al que lo cuente”. Y de pronto, se me desató la lengua.

–Es que Lucía siempre quería ser la reina, y si no la dejábamos se iba llorando a su casa y decía que le pegábamos. Y, como no queríamos que su madre nos persiguiera otra vez con la escoba por toda la calle, pensamos que si la coronábamos reina ya no volvería con más cuentos a su casa. Y, como no podíamos hacerlo solas, pedimos ayuda a los chicos. Pero los mayores no nos escucharon y pasaron de nosotras.

–¿Y vosotros cómo os dejasteis convencer? –preguntó el maestro a los chicos.

De nuevo un silencio absoluto. Nosotras sabíamos que no los habíamos convencido. Que los habíamos forzado, porque les dijimos que, si no nos ayudaban en lo del castillo, le íbamos a contar a la maestra que ellos habían volcado por un terraplén el isocarro del hombre que venía a vender sardinas. Sabíamos eso porque aquel día los habíamos espiado desde el mirador de El Terrao.

Los chicos decidieron ayudarnos y lo planearon todo. Ellos se encargaron de hacer un castillo con la paja que recogieron en las eras. Nosotras buscamos un vestido de princesa, largo, bien largo, hasta los pies, para que no se notara que la reina no llevaba chapines. También recogimos espigas de centeno y trenzamos una corona. Lo de la corona nos resultó fácil porque estábamos aprendiendo a hacer trenzas y cestas de paja de centeno en la escuela.

–Pues yo sé que algunas le pedisteis el vestido de novia a Jacinta -terció el cura-. Hace unos días, cuando pasé por la puerta de su casa, estaba barriendo la calle y me dijo que erais unos demonios. Que estabais erre que erre con que os dejara el vestido de novia para hacer comedias. Y le contesté que no fuera tan mal pensada. Que os lo dejara, que hacer comedias no era malo y que se lo cuidaríais bien porque sabíais que lo tenía en mucho aprecio.

Pero no había sido tan fácil como lo contaba el cura. Tuvimos que darle mucha lata para que nos lo dejara. Queríamos el vestido de Jacinta porque era la primera novia que se había casado de blanco y con un velo de tul que acababa en una cola muy larga. Ese sí que era el vestido de una princesa de verdad, y no los de los cuentos de hadas. Hasta entonces todas las novias del pueblo se habían casado de negro.

En menos de una semana lo tuvimos todo dispuesto: la paja para el castillo, el vestido para la novia y las espigas para la corona. Pero nos faltaba lo más difícil: un lugar un poco alejado para que nadie nos viera ni sospechara nada.

–¿Quién os dio permiso para ir a la era del Cura? –dijo un abuelo que tenía muy malas pulgas y era el mandamás del pueblo.

–No necesitábamos permiso porque esa era está abandonada –contestó una voz que salía del grupo de los chicos.

Como nos estábamos poniendo cada vez más nerviosos y los chicos no hacían más que pedir permiso para salir a mear, me armé de valor, me puse enfrente de la mesa y de un tirón lo conté todo de pe a pa.

–¡Pero si la culpa ha sido de Lucía! Ya les he dicho que estábamos hartas de que siempre se empeñara en ser la reina. Solo queríamos que nos dejara en paz. Y les pedimos ayuda a los chicos porque nosotras no sabíamos hacer un castillo tan grande.

Me paré un momento para coger aire y sentí las miradas de los chicos clavadas en mi nuca. Pero ya no podía dar marcha atrás.

–Le pusimos el vestido blanco con la corona y gritamos: “¡Viva nuestra reina!” Y, de pronto, se nos ocurrió lo de prenderle fuego al castillo. De verdad que no lo habíamos pensado antes. Además creíamos que no iba a arder porque había llovido y la paja estaba mojada. Solo queríamos hacer mucho humo para que Lucía tuviera que salir tosiendo en medio de una nube negra. Cuando estábamos encendiendo las cerillas volvimos a gritar: “¡A ver si escarmientas de una vez!”

En ese momento, un frío de metal en la garganta me cortó la respiración. Pero enseguida continué entre hipidos.

–Esperamos un poco y en lugar de humo comenzaron a salir llamas por la puerta. Tuvimos suerte porque los chicos cogieron unas palas y las apagaron en seguida. Pero, como no salía, entraron corriendo y la encontraron en el fondo, acurrucada y tosiendo. Tenía el pelo y el vestido chamuscados.

Cuando acabé de hablar se armó tanto jaleo que no pude oír lo que dijeron. Sólo sé que después estuvimos castigados muchos días sin recreo.

Unos años más tarde, oí a Jacinta que, mientras barría la calle, le decía a una vecina:

–Yo fui la primera novia que se casó de blanco en este pueblo pero ninguno me cree, porque entonces no había máquinas de fotos y las chicas de la escuela me quemaron el vestido jugando a reinas y princesas.

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Este relato está basado en uno episodios que sucedieron en la Escuela de El Frago en los años 60. Los personajes son inventadosseparador2

Los dibujos son inéditos de Inmaculada Martín.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Carmen Romeo Pemán

 

Santa Águeda bendita, trialará-lará

Doña Pascuala hablaba con otra profesora en la puerta de un aula del Pabellón del Instituo Goya. Estaban esperando a que acabáramos de entrar todos. Y yo, que soy de natural cotilla, me quedé rezagada para escuchar. En ese momento oí que le contestaba:

–¡Cómo iba a pensar santa Águeda que su fiesta se iba a hacer tan famosa!

Mi nombre, Gadea, no me gustaba. Hasta ese día no lo había relacionado con  santa Águeda. Pero la fiesta de esta santa siempre me había caído simpática. Quizá porque en El Frago le hacíamos una hoguera muy grande y el panadero nos regalaba unos panecillos redondos para merendar. Las tetillas de santa Águeda que solo podíamos comer las chicas. Y los chicos, con aire picarón, reclamaban sus panecillos. Tanto me impresionaba la historia de la pobre santa a la que le cortaron las tetas que empecé a investigar por mi cuenta.

Así que ese día, después de lo que había oído en la puerta del aula, me atreví a preguntarle a doña Pascuala por la santa. ¡Menuda perorata nos soltó!

–Águeda en realidad se llamaba Ágata. Si pensáis bien en este segundo nombre podréis adivinar que llevaba un nombre parlante. Como muchas santas y muchos héroes –continuó, a la vez que se acercaba a mi mesa.

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Santa Águeda en las crónicas de Navarra

–¿Qué es eso de nombres parlantes, doña Pascuala? –le pregunté haciéndome la interesada.

En ese momento mis compañeros también comenzaron a atender. Y levantó la mano Teófilo, un chico que siempre estaba despistado.

–¡Vaya por Dios, Teófilo se ha despertado! Como el tuyo también es parlante te lo voy a explicar y nunca lo olvidarás. Mira, –siguió doña Pascuala apuntándole con el bolígrafo que llevaba en la mano–, se llaman así porque, cuando los oímos, nos imaginamos todas las virtudes y defectos del personaje. Es lo que nos pasa con Blancanieves, Caperucita o Supermán.

–Sí, sí, pero, no es lo mismo. Yo veo por qué llamaban así a Supermán. Pero lo de Ágata no lo adivino ni por el forro –a Teófilo se le ponían los carrillos rojos, a la vez que contestaba.

–Muy bien Teófilo –le contestó doña Pascuala acercándose hasta su mesa–. Tu nombre significa “el amado de Dios”.

–Pues, ¿quién lo diría? –contestó Amadeo, un chico pelirrojo que estaba detrás–. Si nunca va a misa.

–Vamos a ver –respondió doña Pascuala levantando la voz, como si no hubiera oído a Amadeo–. Lo importante es que entendáis que algunos nombres, con el tiempo, dejan de ser parlantes.

–¡Ah! Así a lo mejor lo entiendo un poco. Pero sigo sin ver lo de Ágata –insistió Teófilo.

–Por eso es importante que conozcáis la historia de los nombres –A la vez que se paseaba entre los pupitres iba subiendo la voz, dirigiéndose a todo el grupo– Y que atendáis en clase.

Nunca había pensado que mi nombre pudiera ser eso de parlante. Y me sentí orgullosa, aunque tampoco acababa de entenderlo bien. Así que me volví, les hice un gesto a mis compañeros para que dejaran de mandarse papelitos y me cogí la cara con las manos, como siempre que quiero escuchar sin que me molesten.

–Agathe era un adjetivo clásico. Cuando los griegos decían que una chica era agathe, todo el mundo sabía que era buena, bondadosa y virtuosa.

La cosa se ponía interesante y el griterío iba bajando de volumen.

–Ágata, en español, se convirtió Águeda. Pero como eso de La Águeda no sonaba muy bien, todo el mundo llamaba Gadeas a las Águedas. Como la santa Gadea del Cid. Total que, con tantos cambios, el nombre dejó de ser parlante.

Al oír eso se callaron los murmullos del fondo y todos me miraron a mí. Al cabo de unos minutos se montó un revuelo con lo de mi nombre y yo me puse colorada. Pero doña Pascuala no se dio por vencida y alargó su rollo.

–A los que se os den bien las lenguas, sabréis que en francés y en inglés se mantiene el nombre antiguo.

–¡Anda! Pues sí que es verdad–dijo Benito, un rubiales que se sentaba la primera fila–. La novia del chico francés con el que hago intercambio se llama Agathe.

–Y mi amiga inglesa se llama Agatha –le contestó el de atrás.

Entonces pensé que una cosa era que la santa me cayera simpática y otra que doña Pascuala se enrollara. Y, ni corta ni perezosa, para cortar con lo de los nombres, le pregunté por qué santa Águeda era la patrona de las mujeres. Entonces ella se puso muy seria y comenzó una explicación, como si estuviera hablando de La Celestina.

–Tenemos que empezar por entender que la celebración de muchas fiestas populares tiene su origen en ritos anteriores al cristianismo.

–¡Vaya tostón que nos espera! –dijo Valentina, que se sentaba a mi lado. Y yo le di un codazo para que se callara.

Pero doña Pascuala iba a lo suyo, como si no hubiera oído nada.

–En España unas fiestas venían desde los celtas y otras desde los romanos. En la Edad Media, la Iglesia cogió mucha fuerza y quiso suprimir las paganas. Pero las gentes seguían celebrándolas.

Valentina no paraba de moverse, como hacía con todos los profesores cuando se ponían a explicar. Y yo, como de costumbre, le di un pellizco para que se estuviera quieta, que aquello de la santa me interesaba más que lo de los nombres.

–Entonces, ¿qué pasó? Pues muy fácil, que les dio un significado cristiano –continúo, sin inmutarse–. Y eso es lo que hizo con santa Águeda. Parece que se celebra el día de la santa, pero, en realidad, se mantiene una fiesta pagana, de esas que ponen el mundo al revés. Un poco como en los carnavales.

Aunque ya faltaba poco para que tocara el timbre, no nos movíamos. La clase se estaba poniendo interesante. Y doña Pascuala se iba creciendo.

–Estas fiestas eran necesarias para respetar el orden. Se daba el poder a los subordinados, por un día. Ese día se les permitía hacer sátiras y burlas para que se desahogaran. La de santa Águeda era una de estas fiestas en las que la gente se liberaba y luego seguía sometida sin protestar. Las mujeres casadas cogían el mando. Pero los hombres insistían en que solo era por un día, que después todo volvía a la rutina.

–¿Por qué no hacemos un debate? –preguntó una chica de la última fila.

–Hoy no nos da tiempo, que va a tocar el timbre. El año que viene os explicaré cómo se unieron las fiestas de santa Águeda, patrona de las casadas, y la de santa Apolonia, patrona de las solteras. De momento basta con que entendáis que, al juntarse las dos santas en el mismo día, la fiesta se convirtió en la de todas las mujeres. Y que os quede bien claro, que nos dan el mando un día para tenernos contentas.

A los chicos esto de santa Águeda ni les iba ni les venía. Así que, antes de que tocara el timbre, ya habían cogido las carteras y salían de estampida, sin esperar a que el bedel viniera a decir que la clase había terminado.

En cambio, las chicas aplaudimos, porque nos gustaba tener una tarde de fiesta para nosotras solas. Mientras nos poníamos los abrigos, hablábamos de la chocolatada que doña Pascuala nos había preparado en el microbar del Goya. Y comenzamos a cantar eso de Santa Águeda Bendita, trialará-lará, patrona de las mujeres, trialará-lará.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Partitura del canto de Santa Águeda en el País Vasco.

Evaristo Sancharrén, alcalde de Las Cheblas

A las maestras fragolinas y a todas las que entregaron lo mejor de sus vidas a las niñas de los pueblos de España.

Cuando se desató la tormenta, justo antes del anochecer, Evaristo Sancharrén ya había encerrado el ganado y estaba camino de casa. Sabía que no podía refugiarse debajo de ningún árbol, que así había matado un rayo a su padre un día que no soportó el aguacero. Se echó la zamarra por encima de la cabeza y aceleró el paso. Solo pensaba en llegar pronto para calentarse en el hogar. Su mujer siempre lo esperaba con unas buenas sopas de ajo y una gran fogata.

Evaristo empujó la puerta, encendió el candil y llamó a Filomena, pero no le respondió. Un poco extrañado de que no estuviera en casa a esas horas, se sentó junto al hogar y se quitó las abarcas mojadas. Se tumbó en la cadiera y pensó que, antes de acostarse, tendría que ir a ver qué le contaba el secretario. Aunque él era el alcalde, don Benjamín se ocupaba de todo. Él solo tenía que firmar los papeles y asistir a los plenos, que los celebraban en domingo para no perder el jornal.

Mientras esperaba a su mujer, repasaba los hechos de los últimos días al calor de las llamas: “Desde que ha llegado la nueva maestra, con eso de que se ha negado a entrar en la escuela, se están poniendo las cosas muy revueltas. La anterior nunca se nos quejó, ¡y hasta dormía allí! Como era muy mañosa, hizo una cortina de arpillera que tapaba el rincón con el camastro de paja. Pero esta es una señoritinga muy postinera. Ya lo noté cuando la vi por primera vez. Porque, ¡mira que venir al pueblo con zapatos de charol y falda de tubo! ¡Provocadora! ¿Y qué es eso de que las niñas no pueden faltar a la escuela?”

Se levantó a atizar el fuego y siguió cavilando: “Le tendremos que explicar que a los diez años los chicos tienen que ir a ayudar a los pastores y el maestro no rechista, porque comprende que todas las manos son pocas. Y, si las chicas no ayudan en casa y no cuidaban a sus hermanos, sus madres no pueden ir a lavar al río ni a cultivar los huertos”.

En esas estaba cuando llegó su mujer muy alborotada.

–Mira, Evaristo, tienes que hacer algo. Si no, todo el pueblo va a pensar que eres un calzonazos.

–¿Ahora qué ha pasado? –le preguntó, a la vez que se incorporaba.

–Pues nada. ¿Qué ha de pasar? Que doña Matilde se ha puesto a dar clase en la puerta de la escuela. Y se ha montado mucho revuelo.

–¡Déjala, mujer! Ella misma se convencerá de que está en un error.

–Pues tú andas en lenguas. Quieren que pongas orden.

–¿Sabes qué te digo? Que hoy no voy a salir ni siquiera a ver al secretario. Que le estamos dando mucha importancia y eso es lo que ella quiere.

–¡Tienes que hacer algo! –Filomena levantó la voz mientras servía la sopa.

Cuando Evaristo acabó de cenar, se fue a la cama sin dejar de pensar en las medias de seda y en los encajes de la combinación que enseñaba la maestra.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. La cadiera de casa Lucas

El menú de Santa Lucía



De la tradición oral fragolina

Después de muchos preparativos, el día trece de diciembre celebrábamos santa Lucía con una comida que cocinaban nuestras madres y que siempre tenía el mismo menú.

Al principio no sabíamos por qué era nuestra patrona. Por casualidad, nos enteramos un día que estábamos limpiando la escuela. Curioseando el cajón de doña Angelita,  encontramos su libreta y nos detuvimos en esta anotación.

Los festejos tienen su origen en una fiesta romana del solsticio de invierno dedicada a la diosa Juno, la gran madre, la que protegió el nacimiento del sol de invierno. Era una antigua fiesta de fertilidad y de iniciación a la menarquía. En los pueblos rurales se convirtió en la fiesta de las niñas de las escuelas. En la Edad Media se olvidó el significado romano y santa Lucía pasó a ser la patrona de la vista.

La víspera, delante de la maestra, las chicas mayores hacían un sorteo para saber quién era la afortunada que iba a llevar el plato con los ojos de un cordero recién degollado. Después venía la procesión por las calles. Y las pequeñas las acompañábamos cantando a pleno pulmón.

Santa Lucía los ojos perdió. Cristo en un plato los recogió. ¡Gloriosa santa Lucía! Por Dios, os pido limosna, p’astas pobres estudiantas, que van muy flojas de bolsa. ¡Viva santa Lucía!

Las bellotas, las almendras y las nueces, que íbamos recogiendo, se mezclaban en un capazo con el brillo de algunas monedas y con el de las primeras mandarinas que un vendedor ambulante solía traer por esas fechas.

Al acabar, guardábamos la colecta en un armario de la escuela, lo cerrábamos con llave y nos íbamos a buscar ontinas para la hoguera de la noche. No cogíamos aliagas, aunque sabíamos que ardían mejor y con llamas más altas. Pero pinchaban demasiado y no conseguíamos enristrarlas en una soga, de la que teníamos que tirar para bajarlas por el camino pedregoso que iba desde el cerro de Santa Ana hasta la plaza.

Las ontinas, como el incensario de la iglesia, atufaban el ambiente con un humo bajo y denso. Desde alguna ventana, siempre se asomaba una tos asmática que acababa con nuestra hoguera al grito de ¡agua va! Con el consiguiente alborozo de los chicos, que, justo una semana antes, habían hecho otra hoguera con aliagas en honor a su patrón. Ellos, como nosotras, habían ido pidiendo limosna por las casas cantando:

San Nicolás ha coronado cuatro gallinas y un gallo, cuatrocientos a caballo…

Al día siguiente, vestidas de domingo y con las enaguas almidonadas, nos sentábamos alrededor de una gran mesa, que habíamos hecho juntando los pupitres.

Comenzábamos con un plato de boliches. Criados junto al nacimiento del Arba y regados con agua de manantial, se convertían en los más finos de la redolada. Estas judías blancas, pequeñas y redondas, se cocían la víspera en unos pucheros grandes de barro. Por la mañana temprano se arrimaban a los tizones del fuego y se dejaban hervir lentamente durante todo el día. De vez en cuando había que asustarlas, cortándoles el hervor con agua fría, para que no quedaran pellejudas. A media tarde se echaban unas cabezas de ajo. Por la noche, cuando ya estaban cocidas se añadía la sal, el aceite de oliva y un caldillo espeso que se había hecho machacando en un almirez unas cuantas judías reblandecidas con un poco de azafrán. Cuando el guiso y la casa estaban bien aromatizados se apartaban del fuego.

Para segundo plato, nos habían preparado unos buenos gallos de corral. Eran unos gallos exquisitos, cebados con trigo y maíz durante más de medio año. Cuando destapaban las cacerolas, el olor intenso del estofado se colaba por las calles y llegaba hasta el río. Este guiso requería mucha paciencia. Había que ir añadiendo agua y vino rancio poco a poco, mientras duraba la cocción, para evitar que la carne se quedara seca y para que el caldo estuviera en su punto. Estos platos se acompañaban con largos tragos de agua fresca del botijo de la ventana.

Después venía el arroz con leche, cocido con la leche de las cabras de casa Carcaños y condimentado con abundante canela y vainilla. Ese momento era muy emocionante porque invitábamos a los chicos. En el entrechocar de las jícaras se adivinaban miradas de iniciación a la vida y al amor.

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En mis años de la escuela, la ancestral rivalidad entre santa Lucía y san Nicolás fue en aumento. Venció el santo. Y nosotras aceptamos la derrota. Cambiamos la comida por una merienda de chocolate y tortas con la forma de la santa, que nuestras madres cocían en los hornos del lugar.

Al acabar untábamos las manos en las chocolateras y manchábamos las caras de los chicos, que habían acudido a compartir los frutos secos y las mandarinas.

El cambio de menú y estos juegos atrevidos nos permitieron llegar a las primeras caricias. Doña Angelita nos vigilaba con una amplia sonrisa, como si estuviera recordando la nota de su libreta.

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Hablar san Nicolás y santa Lucía en El Frago es hablar de las tradiciones escolares y de sus maestros. Doña Simona, doña Angelita, doña Isabel, doña Asunción, y muchas más, mantuvieron encendida la vela de esta tradición hasta que se cerraron las escuelas.

He ambientado el relato en la época de doña Angelita García Alegre, la maestra de nuestras madres, esas mujeres fragolinas que con tanto esmero guisaban las judías y los gallos de corral para las comidas escolares.

Quiero dedicar este emocionado recuerdo  a los hijos de doña Angelita,  Blanca, Carlos y Miguel Angel, y a todos sus nietos y bisnietos.

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Imagen destacada. Doña Angelita García Alegre en la escuela de El Frago (1929). Foto de Bruno Gracia Sieso.

Carmen Romeo Pemán

De la alfarería de Biescas

De la tradición oral fragolina

Me hizo un alfarero de Biescas del siglo XVI, por eso tengo sólo tres asas y entre ellas me bajan unas trenzas como las de las vaqueras del Pirineo.

Hace más de un siglo que la abuela Engracia me trajo a esta casa, desde Ayerbe, entre los objetos más preciados de su dote. Durante muchos años conservé la mejor miel de las abejas, hasta que una epidemia acabó con los enjambres y me arrinconaron en una falsa con los trastos viejos.

Un día, Engracita, la nieta de Engracia, que estudiaba arqueología, me descubrió por azar y puso el grito en el cielo por la incultura de sus padres.

–¿Cómo habéis podido abandonar, así, una de las piezas más apreciadas de la cerámica del Pirineo?

Y yo me dije sonriendo:

–¡Ella sí que es inculta! No sabe que he sobrevivido tantos años gracias a que me abandonaron en un rincón y nadie se acordó de mí. Ni los ratones, que ya no guardaba nada que les gustara en mi panza. Gracias a que todos me olvidaron he podido ser testigo de todos los acontecimientos de la familia.

Engracita se emocionó tanto con mis orígenes que me llevó a una exposición del museo del Serrablo. Allí me limpiaron, me acariciaron y fui la reina por un año. A la vuelta, esa nieta intrépida no me envolvió bien, y en un bache de la carretera sufrí un gran golpe. No llegué a partirme del todo pero necesité muchas lañas para reparar las rajas de mis costados y perdí parte de mis trenzas.

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 Ahora que Engracita está muy mayor ha decidido deshacerse de mí. Ha llamado a un anticuario que le ofrece una fortuna. “¡Una pieza del siglo XVI y con lañas!”. Esta Engracita siempre ha sido un poco atolondrada. ¿Por qué no me ha donado a un museo para que me acaricie la gente?

Ya veo que me voy a pasar el resto de mi vida en casa de un coleccionista que no conocerá mi pasado. Ni sabrá que un famoso alfarero de Biescas nos dio vida a mí y a muchas de mis hermanas que todavía andan arrinconadas por las falsas de las casas del Pirineo.

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Fotografías: Víctor Arenzana Hernández. El Frago (Zaragoza), septiembre de 2016.

Una tinajica de la alfarería de Biescas sobre un toallón de lino en la terraza de Casa Melchor. El racimo de uva, de la viña de Barbé. Mi abuela Antonia (El Frago, 1885-1950) le compró la escudilla a un quincallero de la plaza, a cambio de unas herraduras viejas. El toallón fue tejido, a principios del siglo XX, por el Benito Ángel Biescas (El Frago, 1882-1956), de Casa el Tejedor. Continuarón el oficio sus hijos Julián y Alfredo. A todos ellos les dedico este relato.

Carmen Romeo Pemán