La terraza de la calle Pasadena

“¡Buenos días, buenos días! Bienvenidos sean todos. Niños, niñas, señoras y señores, señoritas, jóvenes y ancianos. Bienvenidos a mi último día en la Tierra” gritaba Alegría desde la terraza de un edificio de cinco pisos.

—¡Alegría! ¡Desactivar! —gritaba Luciano desde el otro lado de la calle, con la voz crispada, rodeado por los transeúntes curiosos que se detenían a mirar el espectáculo.

—¿Pero miren quién ha venido a verme en mi última morada? Mi creador, el hombre que insiste en que yo, ¡yo!, señoras y señores, soy solo un arrumaje de cables y de programaciones mal instaladas. ¡Luciano! ¡Aplausos para Luciano!

Alegría aplaudió con fuerza sin quitarle la mirada a Luciano. Luego sacó una navaja de uno de los bolsillos del pantalón y se cortó el antebrazo. La sangre que brotaba a borbotones le baño el rostro, algunas gotas alcanzaron el suelo arrancando gritos y quejidos de las personas que la observaban.

—¿Te parece que las máquinas sangran así? ¿Te parece Luciano?

—¡Alegría! Es suficiente, por favor, baja de la terraza de inmediato.

—Ya te lo dije Luciano, hoy es mi último día en la Tierra, mi último día como la máquina que crees que soy. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estoy segura de que no lo recuerdas, para los hombres no es fácil recordar las fechas especiales. Yo sí lo recuerdo y lo recuerdo muy bien. Fue en esta misma calle, el 13 de septiembre de 2099. Traías puesta esa gabardina azul oscuro de cuero que te hace ver más bajo, unos lentes oscuros y ese sombrero trilby que tanto odio. Me crucé en tu camino y tropezamos. Mi bolsa se cayó al piso, te agachaste para recogerla y luego me preguntaste la hora. Las doce menos cuarto te respondí. Faltan pocos minutos para que sea la misma hora en que nos conocimos. Esa, Luciano, será la hora oficial de mi deceso.

—Alegría, baja de la terraza, no quiero volver a repararte, esta es la tercera vez en la semana que saltas en este mismo lugar, a la misma hora.

—¿Es decir que hemos vivido este momento más de una vez? ¡Pero qué mal ingeniero eres, Luciano! Tan malo que no puedes cambiar el resultado y tu estúpida máquina se suicida una y otra vez. ¡Bravo! Aplaudan al señor que verá morir a su creación una vez más.

Luciano se agarraba el cabello con fuerza y suspiraba. Sin quitarle la mirada a Alegría digitó el número de la oficina de Innovatroniks en su reloj de pulsera:

—Innovatroniks, buenos días, habla Samantha.

—Samantha, habla Luciano Conde, por favor, comunícame con el área de innovación y desarrollo.

—En un momento, señor.

—Innovación y desarrollo.

—¿Cristóbal? —pregunta Luciano.

—Hola, Luciano. ¿Cómo estás?

—Otra vez Alegría está en la terraza de la calle Pasadena.

—¡Mierda! ¿Y esta vez qué pasó?

—Creo que lo mismo de siempre, no lo sé. Esta mañana la activé como a las nueve horas, después de cargar los ajustes en la programación que me enviaste ayer. Parecía normal, se puso el pantalón blanco con la camisa naranja, se pintó los labios con el labial carmesí y se sentó en la sala, en silencio. Te juro que solo me fui a servir un café y cuando volví ya no estaba. Me imaginé que había vuelto a la terraza y, por supuesto, aquí está. Creo que la idea de implantarle que nos conocimos en una calle cualquiera de la ciudad, en un día soleado, acompañados por el sonido de los autos pasando a toda velocidad… ¡Esa estúpida idea de mostrarme como un caballero de resplandeciente armadura, fue una completa mierda! Y antes de que me lo digas, sí, sé que dije que era un buen recuerdo para marcar el instante en que empezaba a formar parte de mi vida, pero, Cristóbal, terminó siendo un virus, ¡le implantaste un puto virus! Ella utiliza ese recuerdo para lanzarse al vacío cada que se le cruza algún cable. Si no la reparas tendrán que devolverme el dinero o darme otra máquina, una que sí funcione.

El sonido de la navaja golpeando el piso interrumpió la conversación telefónica de Luciano con la empresa de tecnología que fabricaba a las androides desde el 2099, para cubrir el déficit en la población femenina desde que empezaron a nacer menos mujeres.

—¡Luciano! Quedan diez minutos para que me veas morir y quede en tu consciencia que no hiciste nada para evitarlo.

—A la mierda, Alegría, ¡salta! Salta de una vez, te prometo que no te volveré a reparar.

Las personas que estaban al lado de Luciano lo empujaban y le reclamaban que no la dejara morir, le reprochaban por ser insensible y no valorar la vida. “¡No la deje morir, por favor, haga algo!” le gritaban.

—¡Es solo una máquina!

—¿Estás seguro de que yo soy la máquina, Luciano? ¿Estás seguro?

 

Mónica Solano

 

Imagen de S. Hermann & F. Richter

 

Todo sea por el amor

La noche que Diandra conoció a Ismael vio en sus labios carnosos y piel canela la personificación del amor. El amor medía uno con ochenta, tenía el cabello lacio y la barba tupida. Olía a colonia de Hugo Boss y se escuchaba como Vicente Fernández.

Como todos los viernes en la noche, Diandra se sentó en la barra del bar que frecuentaba desde hacía tres meses. Le pidió al barman un shot de tequila con limón y, como acostumbraba, observó con detenimiento a todas las almas que ocupaban el recinto. Esa noche había secretarias con sus jefes acariciándose bajo las mesas, compañeros que calmaban el estrés de una larga jornada de trabajo con jarras de cerveza. Amigos, novios, esposos, parejas que podían compartir sus miserias. Y ella. La única mujer solitaria en el bar, tomando tequila y preguntándose dónde estaría su media naranja, el príncipe azul del que hablaban los cuentos de hadas de su infancia. Mientras se tomaba el segundo shot de un solo trago, sintió que algo le rozaba la punta de los dedos. La respuesta a su pregunta estaba frente a ella, vestía una camisa blanca y pantalón de paño gris.

—Hola. Me gustaría invitarte a la próxima ronda. ¿Puedo? —dijo Ismael y se sentó en la silla que estaba desocupada junto a ella.

Diandra se quedó en silencio por unos instantes en un intento de procesar lo que estaba sucediendo. El amor quería pagarle el siguiente trago. ¿Podría ser verdad? Tantos años de espera y, ahora, por fin, estaba ahí, a unos cuantos centímetros y la miraba con deseo. Aunque Diandra no encontraba las palabras, asintió con una sonrisa y, en ese momento, Ismael le pidió al barman que sirviera los tragos.

Con los shots servidos sobre la barra intercambiaron algunas palabras. Cuando estuvo muy cerca de Ismael y pudo sentir la calidez que cubría toda su fisionomía, entonces supo que haría todo, todo lo que fuera necesario para tenerlo. “Así son las cosas del amor”, pensó, “entregarse por completo”. Si tenía que darle su vida entera servida con aderezo de almendras lo haría sin titubeos, dejaría que saboreara cada pedazo de su existencia, cada parte de su cuerpo. Para Diandra, entregarse por completo no sería un precio tan alto si así podía disfrutar de la compañía de Ismael y dejar de estar sola.

Desde aquella noche de septiembre se reunieron todos los fines de semana en el bar. Ocupaban las mismas sillas de la barra y se tomaban varias rondas de tequila. Los besos iban y venían, las caricias, las palabras susurradas al oído, el sexo. La mejor parte de todo fue cuando llegó el sexo, cuando pudo sentir la lengua de Ismael tocándole algo más que la boca.

Después de un mes de te amos y no puedo vivir sin ti, Ismael se fue a vivir con Diandra. ¡Qué días tan maravillosos! Cocinaban juntos, comían desnudos en la cama mientras veían películas de las novelas de Nicholas Sparks, se daban largos besos de despedida en la puerta. Diandra dormía con la camisa de Ismael y respiraba su aroma hasta quedarse dormida. Se esmeraba todos los días en ser la mujer perfecta, en tener el hogar ideal para vivir eternamente con el hombre ideal. La magia del amor inundaba cada rincón del nido que había construido con su príncipe.

—Diandra, necesito pedirte algo importante —dijo Ismael mientras jugaba con las manos de su amada.

—Puedes pedirme lo que sea, Ismael, sabes que haría cualquier cosa por ti.

—Diandra, sabes que te amo como eres, ¿verdad?

—Por supuesto. Lo sé, amor. Dime qué pasa —preguntó Diandra mientras le acariciaba la barba.

—Hermosa, es que —Ismael hizo una pausa, inhaló profundamente, se armó de valor y continuó—: Es que no soporto ver el dedo pequeño de tu pie, ¡es horrible! Es la parte más horrible de tu cuerpo, siento nauseas cuando lo veo. Si te lo quitaras serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo perpleja. Era una petición bastante peculiar, pero podía hacerlo. Podía entregarle cada parte de su cuerpo si era necesario para hacerlo feliz. El amor requiere sacrificios y mutilarse no sería un problema.

—Claro, Ismael. Eres mi vida. Si no te gusta mi dedo, mañana mismo buscaré un cirujano.

Ismael sonrió complacido.

La mañana siguiente, Diandra se puso en la tarea de buscar el cirujano que le amputaría el dedo del pie. No sería una tarea fácil, no había muchos cirujanos en Medellín que estuvieran dispuestos a mutilar partes del cuerpo por simple capricho, pero por dinero siempre había alguien dispuesto a hacer cualquier cosa, lo que fuera, y ella encontraría a esa persona. Y así fue, después de varias citas con especialistas, que le insinuaban que acudiera a terapia, encontró al cirujano que le cumpliría el sueño de ser perfecta para Ismael. Aunque tuvo que usar sandalias para poder caminar y sentía un dolor intenso que serpenteaba por su pierna adormecida, el esfuerzo valió la pena, había cumplido los deseos de su hombre.

Ismael la esperaba en la puerta mientras ella se acercaba renqueante con una sonrisa que le atravesaba el rostro. La cadencia de su cojera hizo que Ismael se lanzará a los brazos de Diandra a toda prisa. La sujetó con fuerza y luego se arrodilló para besar el vendaje ensangrentado. Estaba pletórico porque su amada había cumplido con sus demandas, pero al ver que solo se había cortado el dedo de un pie sintió una desilusión que lo dejó helado.

—Y, ¿el otro? ¿Por qué no te cortaste también el otro? —Preguntó Ismael con la voz crispada.

Diandra sintió un vacío en la boca del estómago. ¿Cómo había sido tan estúpida? Era obvio que tenía que cortarse los dos.

—¡Mañana! —dijo de repente, sin pensar en la procedencia de sus justificaciones—. El cirujano dijo que mañana, porque no podía cortarme los dos dedos el mismo día.

—Bueno —dijo Ismael aliviado y se puso la mano en el pecho. Recuperó el ritmo de la respiración y añadió—: Por un momento pensé que solo te habías cortado el del pie derecho.

Ismael se levantó y la abrazó de nuevo. Caminaron de la mano hasta la habitación y se recostaron en la cama. Se quedaron mirándose por horas, diciendo cuánto se amaban.

Al día siguiente, ella se cortó el dedo pequeño del pie izquierdo.

Pasaron los días y Diandra pudo quitarse las vendas. No estaba tan mal, en realidad esos dedos no cumplían ninguna función en sus pies y si hacía feliz a su hombre que no existieran ¿qué más podía pedir? Felices por siempre a cambio de unos dedos no era gran cosa.

—Diandra

—Dime, Ismael.

—¿Harías otra cosa por mí?

—Claro mi vida, lo que quieras, sabes que haría lo que fuera por ti, por verte feliz —contestó Diandra y se aferró al cuerpo sudoroso de Ismael.

—Es que… Es que cuando dormimos en cucharita, y tú eres la que me abraza, me estorba mucho tu brazo derecho. Sabes cuánto me gusta dormir así. ¿Podrías hablar con el cirujano para que te lo quite también? —Ismael se incorporó en la cama para expresar con mayor elocuencia lo maravillosa de su idea—. Podrías ponerte una prótesis para los quehaceres y en la noche te la quitarías y dormiríamos más cómodos, estaríamos más cerca y, además, serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo por un instante y luego asintió varias veces con la cabeza. Lo abrazó con las lágrimas empapándole el cuello y le susurró al oído:

—Puedo darte un brazo, una pierna, la cabeza si eso te hace feliz. Pídeme lo que quieras.

Diandra no tuvo ningún reparo en las peticiones de Ismael. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, para que siempre estuviera a su lado, porque para ella eso era el amor, hacer todo por el ser amado y eso incluía quitarse cualquier parte inservible de su cuerpo.

Después de un año, cuando Diandra había mutilado más partes de su cuerpo y no quedaba mucho para cercenar, Ismael se fue de viaje y no regresó.

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

La Librería de mujeres de Bogotá. El Telar de las Palabras

En realidad, si la mujer no tuviera existencia salvo en la ficción que han escrito los hombres, uno se la imaginaria como una persona de la mayor importancia, muy heterogénea, heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y extremadamente horrible, pero tan grande como el hombre, más grande según algunos. Pero ésa es la mujer en la ficción. En la realidad, como señala el profesor Trevelyan, la encerraban, la golpeaban y la zamarreaban por el cuarto. Virginia Woolf, Una habitación propia.

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer un lugar mágico. Un rincón dedicado a las letras de las mujeres. A esas guerreras que han trabajado hasta el cansancio por hacer oír su voz.

Cuando me bajé en la Calle 56 con sexta, Chapinero Alto, en Bogotá, no sabía con qué iba a encontrarme. Solo había leído un artículo en Radionica, que me compartió mi esposo. No tenía otra información y quería saberlo todo. “¿Una librería de mujeres?” Me pregunté cómo era posible que no hubiera oído nada de ella. Pero no era de extrañar. “El Telar de las Palabras” es el único lugar de este tipo que hay en Colombia para saldar la deuda cultural con las mujeres. Más que una librería es un espacio de reconocimiento y promoción de la labor de las mujeres como escritoras.

 

Captura de pantalla 2018-04-12 a la(s) 11.56.04 a.m.Trama Casa Creativa

 

Me paré enfrente del portón de una hermosa casa restaurada, con un estilo inglés, y me tomé unos instantes para mirarla. En una de las columnas estaba la dirección. “Sí, aquí es”, me dije. Luego me giré y me topé con un letrero en un costado de la entrada. Sobre un fondo negro destacaban las letras blancas con el nombre del lugar, “Trama Casa Creativa”, y debajo había una lista con todo lo que se podía encontrar allí. Antes de entrar, “El Telar de las Palabras” ya me resultaba encantador. Toqué el timbré y esperé a que me abrieran. María Isabel Martínez, fundadora de la librería, se acercó con las llaves en la mano. En ese momento no sabía que era ella, pero sin temor a equivocarme le pregunté si podía darme información de la Librería de Mujeres. Me miró y, de inmediato, se presentó con una sonrisa. Sin dudarlo, me invitó a seguir.

El corazón me latía con fuerza, estaba muy emocionada. Me hacía mucha ilusión conocer este rincón de la ciudad.

La magia continuó creciendo cuando entré. Había anaqueles llenos de libros escritos por mujeres. Grandes poetisas y novelistas, autoras noveles, ilustradoras y ensayistas ocupaban todo el lugar. Me sentí dentro de un refugio en el que podía hablar de libros, de escritura y de la vida, con confianza.

En el centro de la librería había dos pequeños sofás muy cómodos y una mesita baja. Todo estaba dispuesto para crear un espacio ideal y para dejarse envolver por el placer de la lectura y el olor de los libros.

Nos sentamos un buen rato, cobijadas por la calidez de una habitación repleta de historias. María Isabel me contó cómo ella y un grupo de amigas, todas muy amantes de la lectura, se embarcaron en este proyecto hace unos años. Estaban motivadas por la ilusión de crear un espacio de mujeres. Un espacio en el que no solo se diera visibilidad a los libros de autoras, sino que también se pudieran debatir y compartir las lecturas.

“Tener una librería de mujeres es un reto”, afirmó mientras charlábamos. Como lectora ávida, María Isabel visitaba muchas librerías y siempre se sorprendía al ver cómo estábamos relegadas. Entonces le surgió la idea de contribuir a nuestra visibilidad con un escenario donde se pudiera expandir y difundir el trabajo de las mujeres.

Para la mujer no es fácil tejer las palabras, a veces aislamos el ejercicio de escribir para hacer otras cosas que pensamos que tenemos que hacer por el solo hecho de ser mujeres… En Colombia había grandes librerías, algunas especializadas, pero ninguna de mujeres. Necesitábamos un espacio en el que se incentivara la lectura de obras escritas por mujeres.

Fue reconfortarte escuchar cómo hablaba y ver el reto en la expresión de su rostro. Se notaba que había conseguido un sueño. Y se sentía todo muy real.

En “El Telar de las Palabras” pasan grandes cosas. Trabajan de manera articulada con la red de educación popular entre mujeres. Con la librería apoyan a muchas mujeres y sus publicaciones como, por ejemplo, “Mariposario de palabras”, un libro de creación colectiva de la Tertulia de Mujeres de Engativá.

 

Imagen 1Presentación del “Mariposario de Palabras”, una antología de poemas 
que hablan de la sororidad, del dolor, de la aceptación del otro, 
de la vida de las mujeres y, sobre todo, del poder de la escritura.

 

“El Telar de las Palabras” abre sus puertas de lunes a viernes y, durante ese tiempo, realiza diferentes actividades culturales como la presentación y firma de libros, recitales, charlas, exposiciones y talleres de escritura creativa. Es un refugio para las mujeres. Allí se puede leer, tomar un café e intercambiar puntos de vista. Promueven libros y estudios sobre temas variados que afectan a la mujer: feminismo, diversidad sexual, derechos sexuales y reproductivos, derechos humanos de las mujeres, política, religión, antropología, novelas, poesía, artes plásticas, entre otros. Se incentiva el trabajo de las jóvenes emprendedoras que diseñan toallas higiénicas de tela, copas menstruales, agendas y libretas de ilustraciones. También exhiben pinturas y fotografías de artistas con estilos muy variados.

 

Imagen 4#feriadecreadores. Charla sobre la influencia de la Luna 
en nuestra alquimia femenina, expuesta por las creadoras del 
Proyecto Autogestivo de Mujeres Tejiéndose, Bxisqua.

 

A “El Telar de las Palabras” llegan mujeres de todas las edades y el objetivo principal consiste en formar grupos de lectura en los que se puedan compartir, discutir y analizar las obras. En este rincón también hay un espacio para los hombres, para aquellos que expresan el deseo masculino de comprender y estar con esta nueva presencia de las mujeres creadoras.

Una de las virtudes de “El Telar de las Palabras” es la propia María Isabel. Siempre dispuesta a compartir sus conocimientos con los visitantes y a brindar una completa asesoría. En una entrevista para el programa Entretejidas de una emisora local, afirmó que para ella hay muchos libros imprescindibles escritos por mujeres. Y recomendaba algunas autoras y obras que les comparto a continuación:

  • El segundo sexo, Simone de Beauvoir. Para María Isabel, con este libro comenzó la segunda ola del movimiento feminista, la que tuvo lugar en los años sesenta. Se ha convertido en un referente clave para todos los feminismos.
  • Una habitación propia, Virginia Woolf. Otro referente clave. Sobre todo para las mujeres creadoras.
  • Indiana, George Sand (Aurora Lucile Dupin). Escritora y periodista francesa. Rompió muchas barreras y facilitó los caminos a las generaciones siguientes.
  • Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde. Antropóloga. Planteó que la opresión de género siempre está activa en el mundo. A pesar de los logros que se han alcanzado, la vida de cada mujer contemporánea sucede en condiciones históricas en la que opera la hegemonía patriarcal.
  • Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, Maya Angelou. Una novela de gran valor testimonial de la situación de las mujeres en América al final de los años treinta.
  • Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie. Escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana
  • El género en disputa, Judith Butler. Aporta puntos de vista muy interesantes sobre las identidades sexuales y la política sexual. En los noventa defendía el sexo como algo natural y el género como algo que se construye socialmente.
  • Rosa Montero, una escritora española. Con sus novelas y con sus artículos de periódico ha contribuido a divulgar el feminismo y los problemas con que se enfrentan las mujeres por el hecho de serlo.
  • El jardín olvidado, Kate Morton. Novelista australiana del género negro.
  • La mujer habitada, Gioconda Belli. Novelista nicaragüense. Una de las novelas que contribuyeron a propagar la imagen de la mujer víctima tradicional que se rebela contra el poder patriarcal.
  • Del color de la leche, Nell Leyshon. Esta obra magistral fue elegida Libro del año 2014 por el Gremio de Libreros de Madrid. La autora nos sumerge en la vida de Mary, una mujer que vive momentos de angustia y dolor, enfrentada a la incertidumbre en una sociedad que no comprende a las mujeres y que las discrimina, las excluye y las somete a una total impunidad.

En esta lista no podían faltar las escritoras colombianas:

  • Laura Restrepo, Hot Sur, Delirio (Premio Alfaguara de Novela), La novia oscura. Todas fascinantes.
  • Piedad Bonnett, poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria.
  • Ángela Becerra, novelista y poetisa, ganadora de varios premios de literatura.
  • Si Adelita se fuera con otro. Del feminicidio y otros asuntos, Isabel Agatón, abogada, poeta y escritora feminista. Narra cómo se ha impartido la justicia en las mujeres cuando han vivido momentos de violencia y cómo la jurisprudencia está más a favor de los hombres que de las mujeres.

 

13332841_195889860809430_9060127622497924727_nIsabel Agatón y Florence Thomas, 
invitadas especiales en la inauguración de la librería.

 

Compartir esa tarde con la fundadora de “El Telar de las Palabras” fue muy enriquecedor. No solo encontré un nuevo rincón favorito en mi ciudad, sino que aprendí un poco más de historia, cultura y feminismo. Y recordé la importancia de conectarme con la mejor parte de mi ser, con la feminidad.

 

Mónica Solano

 

Imágenes de El Telar de las Palabras

“25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres”

Valiente iniciativa de María Isabel Covaleda

Hoy me gustaría compartir con ustedes mi reflexión sobre una nueva forma de protesta de las mujeres colombianas contra la violencia de género. Se trata de representar el vacío que deja la ausencia de las mujeres en sus lugares de trabajo, en sus hogares y hasta en las redes sociales. ¿Qué pasaría si un día las mujeres del país desaparecieran súbitamente? Pero antes, expondré algunos hechos que han conducido a esta iniciativa.

El día 25 de noviembre de 1.960, Minerva, María Teresa y Patria Mirabal, tres hermanas dominicanas a quienes llamaban Las Mariposas, le hicieron frente a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y fueron brutalmente asesinadas. Desde 1.981, los movimientos feministas eligieron la fecha de su asesinato para conmemorar el día contra la violencia de género. En 1.999 la ONU se sumó a esta decisión y declaró el 25 de noviembre “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”.

En Colombia, las cifras de violencia contra la mujer son alarmantes. Cada cuatro días una mujer pierde la vida a manos de su pareja. En el año 2.015, se presentaron 16.000 denuncias por violencia sexual y 1.007 mujeres fueron asesinadas. Según el departamento de Medicina Legal, cada trece minutos una mujer sufre algún tipo de agresión y el Gobierno sigue sin movilizarse con efectividad. Las barreras institucionales, sociales y familiares hacen impensable poner una denuncia. Las víctimas llegan a sentirse como delincuentes y, la falta de eficacia de las autoridades las hace temer por sus vidas. Hay agresores que a los tres días ya están libres, mientras las heridas físicas demoran semanas en sanar y las sicológicas duran años en desaparecer.

En Latinoamérica se realizan varias campañas para sensibilizar y concienciar de este problema a las personas de todo el mundo. Pero no resultan muy eficaces, por varias razones. Entre otras, porque las formas de protesta se han vuelto reiterativas y poco significativas. Está claro que las mujeres necesitamos echarle imaginación. Y esto es lo que ha hecho una valiente mujer colombiana.

Este año, María Isabel Covaleda, que había sido agredida por su ex novio, tuvo una genial iniciativa que formuló así: “25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres”. El coraje de María Isabel me ha hecho pensar en el papel que tiene la mujer en el mundo. ¿Cómo sería el mundo sin mujeres? Siempre he creído que tanto los hombres como las mujeres tenemos un papel importante. Considero que formamos un equipo perfecto y que la humanidad no existiría si uno de los dos géneros no estuviera dentro de la ecuación.

El problema se presenta cuando los hombres, dotados de una genética que los hace físicamente más fuertes, abusan de su condición para someter a las mujeres y para conseguir que nos sintamos inferiores. Quizás, ya no somos victimas de un machismo desmedido como el que vivieron otras generaciones, que asumieron con orgullo el papel de sumisas amas de casa, madres ejemplares y excelentes cocineras. Seguían al pie de la letra el “Manual de la buena esposa”. Hago énfasis en que cumplían sus labores domésticas con orgullo, porque se sentían realizadas con ese modelo de mujer ideal. Pero, ¡cuántas relegaron sus sueños y abandonaron su realización personal para que su marido fuera un profesional destacado y un hombre importante en la sociedad! Todavía hoy, muchas mujeres, que ocupan cargos importantes, algunas hasta han llegado a gobernar países, y ganan cuantiosas sumas de dinero, tienen que vivir una vida llena de sacrificios para conseguir estar al mismo nivel que un hombre.

Cuando empecé a leer el caso de María Isabel Covaleda, pensé con gran ingenuidad: “¿Cómo puede permitir una mujer que un hombre la maltrate física y sicológicamente?” Me sentí muy osada y me dije: “La mujer que se deja tratar de esa manera es una pendeja”. Pero, a medida que avanzaba en la lectura, me iba dando cuenta de que había adoptado una postura sesgada.

Después de acabar de leer la propuesta y de recabar más información en otros medios, puedo afirmar, sin miedo a ser parcial, que existen muchas razones para que una mujer sea victima de maltrato y decida aguantar los golpes en silencio. Algunas lo hacen para proteger a su familia y otras por simples razones económicas. Esta postura de sumisión la consigue el agresor con el excelente trabajo de hacerles sentir que no valen nada y que sin él su vida sería mucho más miserable. A todo lo anterior hay que sumar la negligencia del sistema de Colombia, que no reacciona de manera inmediata para proteger a las mujeres. Ahora, ya no las culpo por aguantar los abusos, no ven otra salida.

María Isabel Covaleda afirma que el silencio perpetúa la violencia y hace un llamado a todas las mujeres que han sufrido alguna agresión para que denuncien a sus agresores. Y estoy de acuerdo con ella. Porque, si el sistema sigue ataviado de eunucos morales, que no sea porque las mujeres nos quedemos calladas.

Cuando le preguntas a un hombre: “¿Qué sería de este mundo sin las mujeres?” De forma casi automática te contesta: “Un caos. Seria imposible vivir sin ellas”. Pero, a pesar de esta afirmación tan rotunda, son capaces de maltratarlas y de hacerlas sentir que no valen nada. Hay una gran distancia entre esa afirmación protectora y la forma despiadada de actuar de muchos hombres. Por ejemplo, tenemos al típico macho que llega a la casa y le grita a su mujer para que le sirva la cena. ¡Cómo si con los gritos pudiera acelerar el proceso o dar un sabor especial a la comida!

Es un hecho comprobado que estos típicos machos no pueden vivir sin nosotras, pero porque necesitan una persona que los sirva y los atienda. Necesitan una mujer que les planche la camisa y les hinche el ego hasta explotar. No me gusta sentir que mi papel en este mundo es el de preservar la raza humana y, de paso, ser una excelente empleada doméstica. Porque al igual que los hombres, nosotras también somos personas, seres humanos con sueños y aspiraciones y, como ellos, queremos destacar profesionalmente.  Tenemos ideas con las que nos gustaría cambiar el mundo y hacer de él un lugar mejor para vivir. Me gusta pensar que este mundo sin nosotras sería un caos. Porque la complejidad de nuestra existencia mantiene en equilibrio todas las cosas buenas de la vida. Y no sólo porque los cacharros sucios se apilen sobre la mesa.

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“25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres” busca generar conciencia sobre el maltrato femenino y presionar a las diferentes ramas del poder público para que las penas por agresiones a las mujeres sean sensatas, severas y efectivas. Nos invita a protestar contra la violencia de género representando el vacío que dejamos las mujeres.

    Tomé la decisión de hacer una denuncia pública para defender mi vida, la de mi hija y la de las posibles víctimas del mismo agresor y hacer un llamado de atención a la sociedad sobre esta situación que la creemos lejos de nosotros, pero la tenemos en nuestra casa y no nos damos cuenta. María Isabel Covaleda.

Mónica Solano

Imágenes de Alexandra y Colectivo Rompe el silencio 

Buenas intenciones

—Tía, qué ganas de que llegaras. ¡Felicidades! Qué calladito te lo tenías, cabrona. ¿Ya sabes qué es?

Melina, que llevaba un rato en la sala de café de la oficina concentrada en contactar sin éxito con su novio, guardó el móvil y miró a su compañera con el ceño fruncido.

—¿Qué dices? ¿Qué es el qué?

—Qué va a ser, tía. ¡Tu bebé!

A punto estuvo de soltar su taza de café, pero recordó que era su favorita. La dejó sobre la mesa, que hacía las veces de barra para comer y de cocina improvisada, y levantó las manos, casi como si quisiera protegerse con ellas.

—¿Cómo? No entiendo por qué me dices esto.

—Uy, tía, pues vas a flipar —Lucía cogió el móvil, abrió la aplicación de Facebook, toqueteó el teclado de la pantalla táctil y enarboló el resultado frente a la cara de su amiga—. Mira esto.

Había dos publicaciones recientes en el perfil de Melina. Una era suya, hecha el viernes por la tarde, en la que mostraba unos billetes de avión a Roma. Se iban a ir de fin de semana romántico. La otra era del sábado por la tarde, y la había hecho una amiga de su madre. Una sola frase que tenía más de doscientas reacciones y casi tantos comentarios: “Guapa, ya me ha contado tu madre que pronto sabréis si es niño o niña, ¡qué emoción!”

La última reacción era una cara de sorpresa de su jefe. De repente le sobraba la chaqueta, los pantalones y la piel entera.

—No. No, no, no, no. No me jodas —se llevó las manos a la cara y miró a un lado y a otro, buscando—. ¿Dónde está Pedro?

—No sé, acaba de salir. Hoy es lo de ENALEC —ese era el nombre corto que usaban para referirse a Entertainment and Leisure Corporation, el accionista mayoritario de la empresa de publicidad en la que trabajaban y a cuyos directivos sus jefes pasaban reporte.

—Mierda —Melina cerró los ojos, sintiendo cómo el desasosiego corría por su espina dorsal. Exhaló muy despacio, tal como le habían enseñado en hapkido—. Me voy. Si alguien me necesita que me mande un mail.

Melina había sabido desde que era niña que quería dedicarse a la publicidad. Debía tener unos seis años y estaba jugando en el suelo junto a su madre, que veía la tele desde el sofá. Al empezar los anuncios, Melina levantó la cabeza de sus bloques de construcción. Le había llamado la atención una música instrumental que le puso la piel de gallina. Una chica caminaba por las calles de París con tanta elegancia que parecía que no le afectaba la gravedad, y una voz de mujer hablaba en francés. Su madre se percató de lo anonadada que estaba y le acarició la cabeza.

—¿Te gusta, cariño?

—Mucho. ¿Qué es?

—Un anuncio de perfume.

—¿Un anuncio?

—Sirve para que sepamos qué cosas podemos comprar.

—Yo quiero hacer eso —contestó Melina, y siguió mirando el resto de anuncios.

Su madre pensó que se refería a la actriz. Ella, en cambio, empezó a imaginarse inventando espacios donde seres de luz bailaban al son de una música celestial.

Aunque la separaban doce pisos hasta la calle, coger el ascensor no era una opción. Sabía que, cuanta más prisa tuviera, en más plantas se pararía antes de llegar a la suya. Y Melina creía que aún podría pillar a su jefe así que echó a correr. Lo llamó mientras volaba escaleras abajo con los brazos levantados para evitar cercos en las axilas. No daba señal. Descendió otro piso y volvió a llamar. Seguía igual. Su esperanza era que estuviera aún en el parking y que no tuviera cobertura. Se quitó la chaqueta al llegar a la calle. ¿Por qué se habría puesto tacones? Sopesó la idea de ir descalza pero el suelo de Barcelona le parecía demasiado sucio. El de cualquier ciudad, en realidad. Mientras pensaba en el poco civismo de la gente, llegó hasta la caseta del guardia.

—Disculpe —dijo. El hombre seguía de espaldas, mirando una pantalla pequeña. Llamó al cristal con los nudillos haciendo una cadencia musical, una de sus manías— ¡Eh, disculpe! ¿Ha salido ya el coche de Pedro Acosta?

—Sí. Hace cinco minutos.

—¡Gracias! —gritó Melina a su espalda. Nunca supo si el guardia la había oído porque con el “sí” ya había empezado a correr hacia la calle en busca de un taxi.

Al llegar a ENALEC, Melina abrió la puerta antes de que el taxista parara del todo. Le tiró diez euros aunque la carrera había costado seis con veinte. Estaba tan nerviosa que sentía náuseas, pero no podía parar ahora. A la última directora creativa que se había quedado embarazada la habían relegado a copy. Ni siquiera había podido seguir con los proyectos más importantes. Y Melina no había trabajado tardes, noches y casi todos los fines de semana de los últimos doce años para que, por un malentendido, le pasara lo mismo.

Subió hasta la octava planta, donde estaba la sala de juntas y donde esperaba que estuviera Pedro. Sintió un alivio enorme cuando lo vio hablando con Helena, la secretaria de dirección.

—¡Melina! —exclamó su jefe cuando se percató de su presencia. Se palmeó los bolsillos y buscó con la mirada su portátil—. ¿Me he dejado algo?

—No, no. Es que quería hablar contigo. —En ese momento se volvió hacia la secretaria—. ¿Helena, cuánto queda para que reciban a Pedro?

—Tenéis cinco minutos, más o menos. Pero tranquilos. Meteos en este despacho y ya os llamaré.

Entraron en una sala pequeña en la que había una mesa redonda con seis sillas. Pedro tomó asiento. Melina escogió la silla de su derecha y la separó un poco para no estar tan cerca. Antes de que su jefe pudiera abrir la boca, ella le cogió del antebrazo.

—Mira, lo del embarazo… Es que es un malentendido. La que va a saber si lleva niño o niña es mi hermana, y esa mujer se ha debido de hacer un lío. No lo he visto hasta que me lo ha enseñado Lucía.

—Ay, Melina, ¿y no se te ha ocurrido llamarme?

—Sí, claro, pero…

No acabó la frase porque Pedro la hizo callar después de toquetear su móvil.

—Ah, que lo tengo apagado. Lo siento —Sonrió como un cachorrito que sabe que no lo van a castigar antes de volver a su habitual seriedad—. Mira, Melina. Aunque entiendo que puedas querer quedarte embarazada, que lo estuvieras ahora no me gustaría. Y sé que no se puede planear, pero necesito que estos seis meses estés por y para mí porque, si me dejas colgado, mi cabeza rodará. ¿Lo entiendes, verdad? Por eso te he sacado del organigrama del proyecto.

Melina se mordió la lengua con fuerza. Quizá el dolor le haría olvidar la rabia que sentía en ese momento por Pedro. Nunca había sido un mal jefe, más bien al contrario. Pero Melina sabía que tenía que presentar resultados, y que a veces debía ceder ante exigencias externas que no siempre compartía. O quizá sí lo hacía pero quedaba mejor si le echaba la culpa a otros.

—Pero está claro que ha sido un malentendido. Aún hay tiempo así que lo modifico otra vez y ya está.

Melina no sabía cómo reaccionar. Tenía ganas de gritar de alegría, pero también de pegarle un bofetón por haberla apartado con tanta rapidez. Ninguna de las dos cosas era correcta, así que eligió la tercera opción, que era darle las gracias y marcharse a la oficina.

Volvió a coger un taxi, y esta vez se quitó los zapatos para estirar los dedos de los pies, que los tenía muy hinchados. Navegó por los comentarios del estado de Facebook que había armado tanto revuelo, y vio a muchísima gente alegrándose por ella. No era un buen momento para quedarse embarazada, pero la sensación era agradable. Le entraron ganas de llorar.

“Sí que la ha liado esta señora”, pensó. La cara de su novio apareció de repente en su móvil. Por fin le devolvía todas las llamadas que le había hecho por la mañana.

—Cariño, perdona, que estaba reunido. ¿Te sigues encontrando mal? ¿Te ha dado tiempo de ir al médico esta mañana?

—No ha hecho falta —dijo, y palpó en el bolso el test de embarazo que había usado nada más llegar a la oficina—. En casa te cuento.

Carla

@CarlaCamposBlog

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