El lienzo de Claudia

Claudia sintió cómo le temblaban las rodillas y trastabilló, pero logró sujetarse al mueble del lavabo. Era un baño anexo a su dormitorio, tan pequeño que podría ducharse y, a la vez, escupir la pasta de dientes en la pila. Con los ojos cerrados, se sentó donde sabía que estaba la taza. No podía controlar la agitación de su cuerpo. Tomó aire antes de volver a levantarse y a enfrentarse con el espejo medio empañado.

Su cara. Su cara no estaba. Su boca era una línea que se abría y se cerraba. La nariz se intuía por los dos agujeros en medio del óvalo de piel, tan solos e inquietantes como los puntitos negros que habían sido sus ojos. Quiso gritar, pero tenía miedo a que también le hubiera desaparecido la voz.

Se dejó caer sobre el suelo del baño y apoyó la espalda contra la puerta. Intentó recordar cuándo había tenido cara por última vez. Suponía que la noche anterior, pero no le sonaba habérsela visto. Había llegado demasiado decepcionada y dolida a casa después de discutir con Sophie, su mejor amiga. Ni siquiera cenó antes de quitarse la ropa, poner en hora los despertadores y meterse en la cama.

Fue la segunda alarma la que le recordó que, con o sin cara, era hora de vestirse. Tuvo la tentación de apagarla y volver a meterse en la cama, pero nunca había huido de sus problemas. Mientras pensaba en qué podía hacer, se dio una ducha rápida, porque no quería sumar la peste a su cara ausente. Por inercia, sacó su neceser de maquillaje y, al darse cuenta de lo que hacía, se echó a reír. Pero eso le dio una idea.

Rebuscó en el armario de los trastos, un espacio que habría enorgullecido a Diógenes, y sacó el maletín con los tubos, la paleta y los pinceles de pintura sobre lienzo.

Usó de modelo una foto del móvil y empezó a trabajar en su cara. Como tenía buen color, no era necesario que se empleara en el fondo. Aprovechó para engordar un poco los labios, hacer su nariz más fina y dibujar pestañas espesas. Pero, al mirarse, sintió que faltaba algo. Tenía una expresión demasiado anodina, demasiado débil para la reunión de proveedores. De ella dependía el presupuesto anual. Y era la primera vez que su jefe le encargaba que la liderara, así que Claudia le había prometido que sería una negociadora tenaz como el hierro. Meditó unos instantes. Volvió a coger los pinceles para hacerse unos ojos que parecieran no confiar ni en su madre, y unas cejas gruesas que le dieran aspecto de enfadada. La boca dura, de la que no se pudieran esperar palabras amables.

Metió el disolvente, las pinturas y los pinceles dentro de su maletín y salió de casa.

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Julien, su jefe, la felicitó al acabar la reunión. Después, se la quedó mirando unos instantes y le preguntó si se encontraba bien.

Estaban en la sala de reuniones, un espacio rectangular con una mesa ovalada en la que cabían veinte personas. Claudia hizo crujir sus dedos entrelazándolos, aún nerviosa y emocionada. Se sentía pletórica. Su exterior había contagiado a su interior, y durante el encuentro se había mostrado firme y no cedió ni un centímetro, para sorpresa de todos.

Intentó sonreír con su boca repintada y notó que su jefe se controlaba para dominar la cara de disgusto. Sin embargo, Julien no pudo evitar echarse hacia atrás en el asiento, como si huyera de ella. Claudia pensó que quizá su expresión era demasiado agresiva para estar con sus compañeros de oficina. Se levantó, a la vez que se disculpaba, y se encerró en el baño.

Sacó el disolvente y se pintó una cara más amable. Se dibujó una sonrisa profesional y unos ojos serios que inspiraran confianza. Se pobló un poco más las pestañas, y salió con la intención de encantarlos.

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Poco después de las tres y media apareció su compañero con un par de cafés. Compartían teléfono y chascarrillos en un despacho con dos escritorios enfrentados en el centro, estanterías desde el suelo hasta el techo y paredes de cristal. Claudia, que simulaba concentración ante su ordenador, lo miró por el rabillo del ojo. Estaba junto a su silla, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada, de niño a punto de hacer una travesura.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia.

—No sé. Dímelo tú. Hoy tienes una mirada diferente.

Claudia sintió temblar de nuevo las rodillas. Las cruzó bajo la mesa.

—No sé qué quieres decir.

—Venga, no te cortes. Ayer saliste con Ron, ¿no? ¿Y? ¿Pasó ya…?

—Al final no nos vimos —cortó ella —. Anda, siéntate, que se me enfría el café.

Se había olvidado de Ron por completo. Se suponía que el día anterior tendrían que haber ido a cenar pero, un par de horas antes de su cita, Ron le había enviado un mensaje. Le decía que no podía quedar y que si lo cambiaban para el día siguiente. El plan iba a seguir en pie: la recogería en el trabajo para ir a un japonés que estaba de moda y, si después seguían con ganas, irían a tomar un copa. Claudia se masajeó el entrecejo mientras pensaba en su mala suerte. Primero, su novio la había dejado medio plantada. Después, había aprovechado el plantón para quedar con Sophie, que había acabado diciéndole que, desde que estaba tan ocupada, no sabía comportarse como una buena amiga. Y por último, había perdido su cara.

Pero aún podía darle la vuelta. Al fin y al cabo, la reunión había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Durante el resto de la tarde estuvo pensando en la cara que se pintaría. Pensó en los gustos de Ron. Sabía que él prefería mujeres fuertes y decididas, pero a la vez sensibles y con vocación de amar. Así que, antes de que dieran las seis, se metió en el baño, disolvente en mano, con la intención de encontrar una cara que hiciera que la relación funcionara. Se arreboló las mejillas y, con mucho blanco y plata, consiguió que su mirada brillara. Se alargó las pestañas, que nunca estaba de más, y se dibujó una boca que pedía tantos mordiscos como una manzana embrujada.

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En el restaurante, Claudia notaba cómo sus labios embelesaban a los hombres y el recelo de las mujeres cuando la miraban a los ojos. Pero Ron estaba centrado en disolver el wasabi en la soja. Se alegró de llevar pintada la cara para que su chico no notara su desconcierto. Y fue aún mejor cuando por fin retiraron los platillos y Ron no pudo seguir removiendo la salsa. Claudia pensó que debía estar nervioso.

—¿Te apetece un mochi? —preguntó Claudia. La forma esférica y el tacto gomoso del postre le recordaban a un pecho, y pensó que igual a Ron también. Y una cosa podía llevar a la otra.

—No, gracias.

—Bueno, dicen que todos los postres están buenísimos. Te prometo que solo te cogeré un poquito de lo que pidas.

Ron observaba la carta, pero cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no la estaba leyendo. Claudia pensó que estudiaba el menú a conciencia. Él la miró a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Tengo que decirte algo.

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Claudia bajó del taxi y, ante la puerta de sus padres, se borró la cara. Le daba vergüenza que su madre la viera. Se sentó en el suelo, a los pies de los tres escalones que subían al porche de la casa de estilo victoriano, apoyó el móvil en el bolso para usarlo como linterna y preparó todo el material.

Y ahí estuvo, con el pincel en la mano, inmóvil, durante unos minutos. No sabía qué dibujar. No le servía la cara agresiva de la reunión, ni la profesional del trabajo. Y mucho menos la que pretendía ser sexy y que tan poco resultado había dado. Solo quería una cara, su cara. La que su madre reconociera.

Pero no sabía cuál era.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Lia Leslie Photography

La casa de los dulces

Unos porrazos atronadores despertaron a Liese. Quienquiera que estuviera llamando a esas horas de la madrugada había dotado a su puño de mucha fuerza, suficiente como para que los golpes retumbaran en el tórax de la alquimista. Tenían una mezcla de potencia, urgencia y desesperación que hizo que Liese saliera al porche sin ni siquiera echarse una toquilla sobre los hombros.

—¿Qué pas…? —Empezó, pero se calló al ver la cara de Herrero— ¿Es Obara?

Herrero fue incapaz de decir ni una palabra. Asintió y se mordió los labios.

Liese volvió a su dormitorio, se calzó pisando con furia dentro de sus botas, cogió un tarro lleno de galletas y la metió en la bolsa con todo su instrumental.

El parto de su aprendiza se había adelantado casi dos meses. No era buena señal.

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La primera vez que Liese vio a Obara aún era una niña. La había pillado espiándola desde el otro lado de la ventana, parapetada tras una rama llena de flores que había cortado de su jardín. Por el gesto de su cara, Liese supo que la criatura se consideraba una maestra del disfraz, así que la dejó observar, aún sabiendo que las flores pronto acabarían regándola con su polen urticante. La alquimista esperó hasta que vio que los ojos de la niña estaban rojos como fresones, y salió por la puerta de atrás.

—Pronto necesitarás un colirio —le dijo a su espalda. Obara pegó un salto y se le cayó la rama de las manitas -. Anda, entra a casa.

—No puedo. Mis padres no me dejan.

—Ah, ¿no? ¿Y te dejan espiarme?

Los redondos mofletes de Obara se encendieron, más aún que las mucosas de sus ojos, y agachó la cabeza.

—No —susurró.

—Pues si ya te has saltado una prohibición, no veo por qué no puedes hacerlo con otra —Liese acarició el cabello de la niña, despeinándola un poco—. Venga, entra. Que como tus padres te vean con esa cara te va a caer una buena.

Incluso con los ojos vidriosos e hinchados, Obara no podía controlar su curiosidad. Su cabeza se movía con la rapidez de un látigo, temerosa de perderse algo. Más tarde, Liese supo que la niña creía que nunca más tendría la oportunidad de entrar en su cabaña, por lo que intentó empaparse de todo para contárselo a sus amigos.

La alquimista cogió un colirio de entre decenas de frascos que tenía sobre la alacena de la cocina y sentó a Obara en una de las sillas del comedor.

—Así que querías saber lo que estaba haciendo, ¿eh? —preguntó Liese con voz dulce mientras le aplicaba ungüento en los ojos—. ¿Crees que estaba preparando algún conjuro?

La niña se miró los pies como si en ellos estuviera toda la sabiduría del mundo.

—Quizá te decepcione un poco saber que yo no hago esas cosas. Preparo pócimas, pero no tienen magia. No me gusta jugar con ella.

—Entonces, ¿existe?

—Claro. Y, aunque tiene un precio, la humanidad la ha utilizado siempre. Y no solo las mujeres que viven solas en el bosque, por si te lo estás preguntando.

La niña volvió a ponerse colorada. Las dos sabían las historias que se contaban sobre Liese, pero la mujer no les daba tanta importancia como la niña.

—Para el no iniciado puede parecer que lo que hago es magia —Cogió de la encimera de la cocina un plato que siempre estaba lleno de galletas de mantequilla y le ofreció una a la niña—. ¿Te gustaría verlo?

Obara levantó la vista con una sonrisa tan grande que corría el riesgo de que su cráneo se desprendiera. Sin embargo, lo que más le gustó a Liese fue el brillo en los ojos que llevaba mucho tiempo buscando.

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De camino al pueblo, Herrero fue explicándole a Liese el estado de su antigua aprendiz. No era nada halagüeño y, aún así, lo que se encontró era peor.

Liese se arrodilló junto a Obara, que estaba entre acuclillada y derrumbada al lado de la cama, y acarició su cara con la ternura de una madre.

—¿Por qué no me has mandado llamar antes? —preguntó. No había ningún tono de reproche en su voz, solo curiosidad.

—Es que no… No quería preocuparte.

Obara jadeaba incluso cuando no tenía ninguna contracción. Su cara estaba demasiado roja, síntoma inequívoco de fiebre.

—Esto no me gusta, Liese.

—A mí tampoco, cariño. Vamos a ver qué puedo hacer —se arremangó la camisa y guiñó un ojo—. Sabes que puedes contar conmigo.

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La última vez que Liese le había dicho algo así a Obara había sido un año antes, cuando empezó a notar que su aprendiz estaba algo extraña. Al principio solo eran pequeños silencios nada propios de Obara. Después, contestaciones de malos modos. Por último, llantos descontrolados escondidos detrás de cualquier puerta. Liese no pudo más y, con preocupación genuina, la acorraló una tarde en la que ambas preparaban una medicación para el cabrero y su pie dolorido.

—Hasta ahora no había hecho falta que te preguntara qué te pasaba, así que no lo voy a hacer ahora. Solo te voy a decir que, si te puedo ayudar, espero que cuentes conmigo. Para lo que sea, ya lo sabes.

Obara la miró a los ojos unos instantes antes de echarse a sus brazos y romper a llorar. Liese le palmeó en la espalda y le besó la cabeza, igual que había hecho los últimos catorce años cada vez que la niña, ya mujer, había tenido algún problema.

Le dijo que llevaba un par de años intentando quedarse embarazada. Que primero habían dejado que la naturaleza siguiera su curso, y después de unos cuantos meses, intentó ayudarla con plantas, infusiones y otros ungüentos. Pero nada había funcionado, y no sabía si era cosa de él o de ella. Liese sabía que ella nunca había tenido ningún problema: de hecho, la primera vez que Obara había tenido la menstruación estaban juntas en la casita del bosque. A Liese le sorprendió que su madre nunca le hubiera contado nada, que ni siquiera le hubiera advertido de lo que iba a pasarle. Tuvo que explicarle absolutamente todo lo que sabía.

—¿Me dejas mirarte? —preguntó Liese. Obara asintió.

La última vez que Liese había hecho revisiones ginecológicas había sido mientras estudiaba con su maestro. Para él, un hombre de algún país de la cuenca del Mediterráneo, de piel aceitunada y barba larga y llena de canas, había sido toda una sorpresa que una muchacha se interesara por su ciencia. Solía ser territorio vetado para ellas. Pero también estaba mal visto, por aquellas latitudes, que un hombre mirara en los bajos de una mujer, por lo que él se ponía de espaldas mientras guiaba a Liese en lo que tenía que hacer. Había sido un tiempo muy feliz, y Liese había querido abrirle el mundo a Obara de la misma manera que su maestro había hecho con ella.

—Parece que está todo bien, cariño. Pero puede ser algo que a simple vista no se vea. O que Herrero tenga algún problema.

Las dos se quedaron calladas unos instantes, Obara asimilando lo que acababa de oír, cosa que ya había sospechado pero no quería creer, y Liese pensando en alguna posible solución.

Aunque Liese nunca quiso tener hijos, después de casi haber criado a Obara entendía que ella sí que lo deseara. Además, había visto cómo trataba a las parturientas que atendía y la manera anhelante que miraba a los recién nacidos, especialmente después de unirse a Herrero. No era un capricho pasajero, y a Liese le dolía que no pudiera cumplir ese sueño. Así que se levantó en busca de un libro que nunca le había enseñado a su aprendiz.

—Hace muchos años me preguntaste si la magia existía. Te he transmitido muchísimos conocimientos, tantos como para que no quieras practicarla, pero de vez en cuando necesitamos una ayudita.

Colocó el libro en las manos de Obara y lo abrió lentamente. Con cada página se desprendía un poco de polvo y olor a humedad. Se paró en una que contenía un dibujo de una estrella invertida de cinco puntas.

—Aquí encontrarás cosas que te ayudarán. Pero hay que mirarlo bien porque debemos analizar todas las consecuencias. Por eso, solo te voy a pedir que, antes de hacer algún hechizo, hables conmigo. ¿De acuerdo?

Pero eso nunca ocurrió. Unos meses después, Liese la encontró vomitando, apoyada con una mano contra la pared y sujetándose el pelo con la otra. La maestra se sintió tan decepcionada que, simplemente, le dejó un plato con galletas y bombones sobre la mesa y se encerró en su cuarto.

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—Viene de culo. Necesito darle la vuelta.

—Me siento una vaca—contestó Obara, intentando sonreír. Dar la vuelta a un ternero en el vientre de su madre era algo que habían hecho en multitud de ocasiones.

—Pues ya sabes cómo se portan ellas. Pero a ti te va a doler más —Se giró a Herrero e hizo una señal hacia su bolsa, para que se la trajera. Cogió un pequeño vial y lo acercó a los labios de la parturienta—. Bébelo sin miedo. No os va a hacer daño a ninguno de los dos.

Cuando creyó que el brebaje ya había hecho efecto, Liese se puso manos a la obra. Al meter la mano casi hasta el codo se dio cuenta de que casi no había espacio, y sospechó lo peor. Pero, aún así, fue capaz de girar a la criatura.

Entre Herrero y ella, pusieron a Obara en cuclillas y la sujetaron uno a cada lado para que pudiera dedicarse únicamente a apretar.

Una hora más tarde, Obara seguía sangrando. Primero nació Hansel, el niño, y después Gretel, la niña. Herrero había dejado que su mujer les pusiera los nombres de sus padres.

De los labios de Obara apenas salía un hilillo de voz.

—Estudiarán contigo, Liese. Cuando tengan la edad suficiente, irán a la casita del bosque y tú les enseñarás entre galleta y galleta, como a mí.

—Ellos han de quererlo, cariño. Ya lo sabes.

—Convéncelos.

—No hace falta. Ya los convencerás tú —Liese se mordió la mejilla por dentro para contener las lágrimas que amenazaban con escapar de un momento a otro y respiró hondo antes de ponerse en pie—. Déjame que vaya a lavar a los pequeños. Ahora te los devuelvo.

Obara sonrió, a modo de afirmación, y cerró los ojos mientras Herrero le apretaba fuertemente la mano. Liese cogió a los niños, que ya habían mamado suficiente, y los colocó sobre unas mantas junto al hogar. Con manos temblorosas desenvolvió a Hansel y lo giró, buscando algo que le había parecido ver en el momento del parto.

Una estrella invertida de cinco puntas bailaba al final de su espalda.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Casa de pan de Gengibre

Ciudad Leones

Ariana caminaba por el desierto. Cabizbaja, arrastraba sus pies descalzos y con cada paso dejaba una delgada línea sobre la arena. Los harapos que envolvían su cuerpo no eran suficientes para protegerla del viento cargado de polvo que le desgarraba la piel. Hacía algunas horas que se había escapado de casa. Llevaba meses planeando la fuga y, de nuevo, había llegado el momento de arriesgarse a partir.

Al cumplir los diez años, sus padres la vendieron a una familia de Ciudad Leones. Los Salek consiguieron a su nueva criada a cambio de una de sus vacas. Desde entonces, deseaba con todas sus fuerzas que la insufrible rutina de lavar pisos, fregar trastos y recibir azotes pasara a formar parte de su pasado. Kande, la criada de sus vecinos, le había hablado de un lugar en el que se podía jugar todo el tiempo, porque estaba prohibido que los niños trabajaran. Ariana se propuso abandonar Ciudad Leones para conocer ese paraíso en el que los niños tenían infancia.

Después de tres intentos fallidos, había logrado rebasar las murallas de la ciudad. La última vez fue atrapada por una patrulla de la policía cuando apenas llevaba medio kilómetro avanzado. La castigaron con un encierro de casi una semana, en el sótano de la casa, sin comida y sin agua. Pero esta vez había logrado llegar más lejos, estaba segura de que ya no la atraparían.

El horizonte se desvanecía y en cada parpadeo sentía que se le iba la vida. Tomó un sorbo de agua para calmar la sed y, en un instante de torpeza, sus manos temblorosas dejaron caer la vasija. El agua se derramó sobre la arena. Su provisión más valiosa se evaporó ante sus ojos. Por la última señal que había visto en el camino, sabía que le faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta. Pero el sol se alzaba imponente en el cielo y le arrebataba la poca cordura que le quedaba. No lograría atravesar la frontera.

Su cuerpo se fue haciendo cada vez más pesado, hasta que sus pies se quedaron anclados. Se desplomó sobre la arena y cerró los ojos, exhausta. Reunió las últimas fuerzas que tenía, se puso de rodillas casi sin aliento, jaló con fuerza sus andrajos y gritó. Observó una gigantesca sombra que venía a posarse sobre su cabeza. Al ver una figura que se elevaba ante ella, tan grande como una montaña, dio un salto y cayó de espaldas. Cuando logró enfocarla, distinguió una melena de fuego y unos ojos color carmesí que la miraban como si sus pupilas contuvieran todo el odio del mundo. En el rostro de la criatura se formaba una delgada línea de la que salían unos feroces colmillos. A Ariana se le secó la boca y sus ojos se clavaron inmóviles en la aparición. En un instante de lucidez, quiso salir corriendo. ¿Se alejaría lo suficiente? Quizá sería mejor enfrentarse al adversario, pero, ¿podría ganarle?

Revestida por una inesperada valentía, se puso de pie, decidida a desafiar a aquel demonio. Las fauces del enemigo se abrieron y dejaron ver el fuego en su interior. Los destellos de su melena ardiente, agitada por el viento, la retaban a una batalla. Aunque Ariana sentía un vacío en la boca del estómago y las rodillas le temblaban, el monstruo que se había cruzado en su camino no la hizo retroceder. En ese instante sintió que había escogido la ruta de la muerte cuando decidió fugarse. Un escalofrió la llenó de satisfacción, al pensar que su último aliento se lo arrebataría un digno adversario, y no los azotes de su amo.

Sacó de su bolsillo una navaja y amenazó al león en llamas. Era momento de iniciar la batalla. El animal se lanzó enfurecido y Ariana empezó a repartir golpes descontrolados para herirlo, pero cada corte de la navaja se desvanecía en una piel de fuego. Todos sus intentos eran inútiles y las garras del león estaban destrozándola, faltaba poco para que su alma enferma dejara de existir en aquel desierto.

Por delante de sus ojos, como recuerdos ajenos, pasaron las imágenes de sus últimos días. Todavía le dolía la piel por la paliza que había recibido la semana anterior. Las manos empezaron a sudarle. Sintió cómo se le cerraba la garganta y el aire entraba con dificultad en sus pulmones. Perdía la batalla, pero nada la haría retroceder. Si estaba destinada a morir ese día, lo haría luchando hasta el último minuto. Empuñó la navaja y miró fijamente a la bestia. Se llenó de valor y su cuerpo creció hasta llegar al tamaño de su atacante. Los intentos desesperados empezaron a surtir efecto y Ariana dejó al demonio sobre la arena, con una herida mortal en el pecho. El león en llamas se desvaneció en un fino polvo que el viento arrastró en una brisa.

Los ojos de Ariana se abrieron de golpe. Lo primero que divisó fue un buitre que le velaba el sueño. El viento soplaba inclemente. La mitad de su cuerpo estaba sepultado en la arena y el sol había lacerado su rostro, pero a su alrededor no había ninguna señal de la batalla. Dejando a un lado el dolor, se puso de pie con precaución y siguió adelante.

Después de caminar por unas horas más, el aire le volvió al pecho, como una bocanada de salvación, al leer un letrero a pocos metros que decía “Gracias por su visita a Ciudad Leones. Feliz viaje”. Había logrado abandonar su viejo hogar, el fin de su travesía estaba a unos pasos. Jamás regresaría.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco

Buenas intenciones

—Tía, qué ganas de que llegaras. ¡Felicidades! Qué calladito te lo tenías, cabrona. ¿Ya sabes qué es?

Melina, que llevaba un rato en la sala de café de la oficina concentrada en contactar sin éxito con su novio, guardó el móvil y miró a su compañera con el ceño fruncido.

—¿Qué dices? ¿Qué es el qué?

—Qué va a ser, tía. ¡Tu bebé!

A punto estuvo de soltar su taza de café, pero recordó que era su favorita. La dejó sobre la mesa, que hacía las veces de barra para comer y de cocina improvisada, y levantó las manos, casi como si quisiera protegerse con ellas.

—¿Cómo? No entiendo por qué me dices esto.

—Uy, tía, pues vas a flipar —Lucía cogió el móvil, abrió la aplicación de Facebook, toqueteó el teclado de la pantalla táctil y enarboló el resultado frente a la cara de su amiga—. Mira esto.

Había dos publicaciones recientes en el perfil de Melina. Una era suya, hecha el viernes por la tarde, en la que mostraba unos billetes de avión a Roma. Se iban a ir de fin de semana romántico. La otra era del sábado por la tarde, y la había hecho una amiga de su madre. Una sola frase que tenía más de doscientas reacciones y casi tantos comentarios: “Guapa, ya me ha contado tu madre que pronto sabréis si es niño o niña, ¡qué emoción!”

La última reacción era una cara de sorpresa de su jefe. De repente le sobraba la chaqueta, los pantalones y la piel entera.

—No. No, no, no, no. No me jodas —se llevó las manos a la cara y miró a un lado y a otro, buscando—. ¿Dónde está Pedro?

—No sé, acaba de salir. Hoy es lo de ENALEC —ese era el nombre corto que usaban para referirse a Entertainment and Leisure Corporation, el accionista mayoritario de la empresa de publicidad en la que trabajaban y a cuyos directivos sus jefes pasaban reporte.

—Mierda —Melina cerró los ojos, sintiendo cómo el desasosiego corría por su espina dorsal. Exhaló muy despacio, tal como le habían enseñado en hapkido—. Me voy. Si alguien me necesita que me mande un mail.

Melina había sabido desde que era niña que quería dedicarse a la publicidad. Debía tener unos seis años y estaba jugando en el suelo junto a su madre, que veía la tele desde el sofá. Al empezar los anuncios, Melina levantó la cabeza de sus bloques de construcción. Le había llamado la atención una música instrumental que le puso la piel de gallina. Una chica caminaba por las calles de París con tanta elegancia que parecía que no le afectaba la gravedad, y una voz de mujer hablaba en francés. Su madre se percató de lo anonadada que estaba y le acarició la cabeza.

—¿Te gusta, cariño?

—Mucho. ¿Qué es?

—Un anuncio de perfume.

—¿Un anuncio?

—Sirve para que sepamos qué cosas podemos comprar.

—Yo quiero hacer eso —contestó Melina, y siguió mirando el resto de anuncios.

Su madre pensó que se refería a la actriz. Ella, en cambio, empezó a imaginarse inventando espacios donde seres de luz bailaban al son de una música celestial.

Aunque la separaban doce pisos hasta la calle, coger el ascensor no era una opción. Sabía que, cuanta más prisa tuviera, en más plantas se pararía antes de llegar a la suya. Y Melina creía que aún podría pillar a su jefe así que echó a correr. Lo llamó mientras volaba escaleras abajo con los brazos levantados para evitar cercos en las axilas. No daba señal. Descendió otro piso y volvió a llamar. Seguía igual. Su esperanza era que estuviera aún en el parking y que no tuviera cobertura. Se quitó la chaqueta al llegar a la calle. ¿Por qué se habría puesto tacones? Sopesó la idea de ir descalza pero el suelo de Barcelona le parecía demasiado sucio. El de cualquier ciudad, en realidad. Mientras pensaba en el poco civismo de la gente, llegó hasta la caseta del guardia.

—Disculpe —dijo. El hombre seguía de espaldas, mirando una pantalla pequeña. Llamó al cristal con los nudillos haciendo una cadencia musical, una de sus manías— ¡Eh, disculpe! ¿Ha salido ya el coche de Pedro Acosta?

—Sí. Hace cinco minutos.

—¡Gracias! —gritó Melina a su espalda. Nunca supo si el guardia la había oído porque con el “sí” ya había empezado a correr hacia la calle en busca de un taxi.

Al llegar a ENALEC, Melina abrió la puerta antes de que el taxista parara del todo. Le tiró diez euros aunque la carrera había costado seis con veinte. Estaba tan nerviosa que sentía náuseas, pero no podía parar ahora. A la última directora creativa que se había quedado embarazada la habían relegado a copy. Ni siquiera había podido seguir con los proyectos más importantes. Y Melina no había trabajado tardes, noches y casi todos los fines de semana de los últimos doce años para que, por un malentendido, le pasara lo mismo.

Subió hasta la octava planta, donde estaba la sala de juntas y donde esperaba que estuviera Pedro. Sintió un alivio enorme cuando lo vio hablando con Helena, la secretaria de dirección.

—¡Melina! —exclamó su jefe cuando se percató de su presencia. Se palmeó los bolsillos y buscó con la mirada su portátil—. ¿Me he dejado algo?

—No, no. Es que quería hablar contigo. —En ese momento se volvió hacia la secretaria—. ¿Helena, cuánto queda para que reciban a Pedro?

—Tenéis cinco minutos, más o menos. Pero tranquilos. Meteos en este despacho y ya os llamaré.

Entraron en una sala pequeña en la que había una mesa redonda con seis sillas. Pedro tomó asiento. Melina escogió la silla de su derecha y la separó un poco para no estar tan cerca. Antes de que su jefe pudiera abrir la boca, ella le cogió del antebrazo.

—Mira, lo del embarazo… Es que es un malentendido. La que va a saber si lleva niño o niña es mi hermana, y esa mujer se ha debido de hacer un lío. No lo he visto hasta que me lo ha enseñado Lucía.

—Ay, Melina, ¿y no se te ha ocurrido llamarme?

—Sí, claro, pero…

No acabó la frase porque Pedro la hizo callar después de toquetear su móvil.

—Ah, que lo tengo apagado. Lo siento —Sonrió como un cachorrito que sabe que no lo van a castigar antes de volver a su habitual seriedad—. Mira, Melina. Aunque entiendo que puedas querer quedarte embarazada, que lo estuvieras ahora no me gustaría. Y sé que no se puede planear, pero necesito que estos seis meses estés por y para mí porque, si me dejas colgado, mi cabeza rodará. ¿Lo entiendes, verdad? Por eso te he sacado del organigrama del proyecto.

Melina se mordió la lengua con fuerza. Quizá el dolor le haría olvidar la rabia que sentía en ese momento por Pedro. Nunca había sido un mal jefe, más bien al contrario. Pero Melina sabía que tenía que presentar resultados, y que a veces debía ceder ante exigencias externas que no siempre compartía. O quizá sí lo hacía pero quedaba mejor si le echaba la culpa a otros.

—Pero está claro que ha sido un malentendido. Aún hay tiempo así que lo modifico otra vez y ya está.

Melina no sabía cómo reaccionar. Tenía ganas de gritar de alegría, pero también de pegarle un bofetón por haberla apartado con tanta rapidez. Ninguna de las dos cosas era correcta, así que eligió la tercera opción, que era darle las gracias y marcharse a la oficina.

Volvió a coger un taxi, y esta vez se quitó los zapatos para estirar los dedos de los pies, que los tenía muy hinchados. Navegó por los comentarios del estado de Facebook que había armado tanto revuelo, y vio a muchísima gente alegrándose por ella. No era un buen momento para quedarse embarazada, pero la sensación era agradable. Le entraron ganas de llorar.

“Sí que la ha liado esta señora”, pensó. La cara de su novio apareció de repente en su móvil. Por fin le devolvía todas las llamadas que le había hecho por la mañana.

—Cariño, perdona, que estaba reunido. ¿Te sigues encontrando mal? ¿Te ha dado tiempo de ir al médico esta mañana?

—No ha hecho falta —dijo, y palpó en el bolso el test de embarazo que había usado nada más llegar a la oficina—. En casa te cuento.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de WenPhotos

Pequeñas ideas

–Mamá, mamá, ¡MAMÁ! –Nico deja escapar un alarido y Leticia suelta el tazón con la harina, que queda derramada sobre el piso.

–¡Dios!, ¿qué es tan importante que no puedes esperar?

–Mamá, ¿por qué nos tenemos que morir?

Leticia mira a su hijo con el ceño fruncido y se agacha para recoger la harina.

–Qué sé yo, hijo, ¿por qué me preguntas esas cosas?

–Contéstame, mamá –exige Nico.

–Bueno, creo que porque es la ley de la vida.

–No, mamá, nos morimos porque nadie ha inventado algo para vivir eternamente.

–No lo sé, hijo. –Leticia sonríe–. Podría ser.

–Mira, mamá, he tomado una decisión. –Nico se arrodilla junto a su madre–. Quiero ser un inventor.

–¿Un inventor?

–Sí, mamá, quiero construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre. Claro, primero tendré que conseguir el elixir de la eterna juventud, pero eso no será un problema. Podré ir con papá en una expedición, como esas de la tele.

Leticia interrumpe a su hijo.

–Espera un segundo, explícame bien, por favor, ¿qué es lo que quieres hacer?­

Nico ha acaparado toda la atención de su madre. Los pequeños ojos verdes le brillan y una sonrisa, que muestra sus dientes torcidos, le ocupa toda la cara.

–Lo he pensado mucho, y con cuidado, ¡eh!, no creas que no he investigado.­

Leticia no puede reprimir la risa que le producen las palabras de su hijo. Esta historia le está haciendo olvidar su mal día.

–También he decidido no volver a la escuela. Desde mañana quiero empezar a construir mi invento. Como tú dices, debemos dedicarnos a las cosas que nos gustan. Además, no puedo dejar pasar un año más, en un año los adultos se hacen más viejos y los niños como yo nos volvemos adolescentes. No puedo perder tiempo. Y está la abuela, que ya tiene como mil años, y no quiero que se muera. Y tú, mami, que cada día estás más viejita, y no quiero que me dejes nunca.

Leticia deja de recoger la harina para escuchar con mayor atención a su hijo.

–Es muy fácil, mamá, cuando tenga el elixir solo necesitaré un reloj de arena, como el del juego de Cranium, podremos usar ese, porque hace tiempo no sirve para nada. También necesitaremos una cajita musical que dé vueltas. ¡Y ya!, con eso quedará listo y el tiempo se detendrá. ¿Qué piensas mamá?, ¿te gusta mi plan?

En ese momento se oye el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Es el padre de Nico que llega del trabajo.

–¡Papi! –Nico salta sobre él y lo envuelve con un abrazo.

–¡Hola, Nico!

–Amor, ¿qué haces sentada en el suelo? –Javier se agacha un poco para darle un beso en la frente a su esposa.

–Aquí, escuchando las historias de tu hijo y recogiendo la harina. –Leticia tuerce los ojos.

Javier sonríe y se sienta al lado de Leticia para ayudarla. Nico se deja caer sobre las piernas de su padre y juntos amontonan la harina con las manos.

–Cuéntame, Nico. Yo también quiero escuchar esas historias de las que habla tu mamá.

–Mira, papá, ya está decidido, no voy a volver a la escuela porque tengo un trabajo importante que hacer: voy a construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre, pero antes necesito que me ayudes.

Javier escucha a su hijo con atención, mientras observa de reojo a su mujer.

–¡Vaya, Nico!, tienes todo un plan montado. Pero quiero saber algo más, ¿cómo vas a construir tu máquina si todavía no has terminado la primaria? Para ser inventor tienes que estudiar.

–Pero, papá, la escuela es muy aburrida. Todo el tiempo te están poniendo tareas tontas y la profe Amalia ni siquiera me deja respirar. La escuela es para niños bobos.

–Eso no es verdad, Nico –interviene Leticia–. Mira a tu padre, él construye puentes, edificios, casas y, para eso, tuvo que ir primero al colegio y luego a la universidad.

–Mamá, eso no es verdad, ¿cierto, papi?

–Lo siento, Nico, pero es verdad lo que dice tu madre. Todos debemos ir al colegio para aprender. Puede que algunas cosas no nos gusten y otras nos gusten mucho, pero todas son importantes, si queremos cumplir algún día nuestros sueños, como este que me estás contando.

La boca de Nico se curva en una mueca y se queda pensando unos segundos. Javier cruza una mirada con su esposa.

–¡Ya tengo una idea mejor, papá! Antes construiré una máquina para que no tengamos que estudiar, y así podremos hacer realidad nuestros sueños sin tener que ir a la escuela.

Mónica Solano

Imagen de Geralt Altmann

La Pata de Orés

De la tradición oral fragolina

–¡A la buena gente! ¡Una limosna para la Pata! –En lugar de tocar la aldaba, hacía sonar una tableta que llevaba en su faltriquera, como esas que decían que llevaban en los lazaretos. Al oírla todas las niñas echábamos a correr. Las mayores nos decían que era como el sacamantecas, que, aunque parecía una mendiga, venía a chuparnos la sangre. Que si nos cogía no volveríamos más a nuestras casas.

Si teníamos suerte y la veíamos subir por el camino del Corronchal, cuando ella llegaba al pueblo, nosotras ya estábamos buscando refugio en los regazos de nuestras madres. Nos daban miedo las pústulas que asomaban entre sus harapos. Un grupo de chicas la seguía desde lejos gritando: “¡Pedigüeña, pedigüeña!” y ella se defendía tirándoles piedras que llevaba escondidas debajo del delantal.

Un día bajaba las escaleras de mi casa y me la encontré en el patio llamando a mi abuela. No me pude contener y chillé como si me estuvieran matando. Me di la vuelta, subí las escaleras a gatas y me cobijé entre las sayas de mi abuela, que estaba cerrando la puerta del balcón para bajar a recibirla.

La abuela me cogió en sus brazos, me apretaba fuerte contra su pecho y me decía: “Nicolasa, no tengas miedo. La Pata es mi amiga y no es mala. Está muy enferma y solo viene a que le cure las heridas. Ahora no lo entiendes. Cuando seas mayor sabrás por qué no la quieren curar ni el médico ni el practicante. Pero no tengas miedo, que no nos va a pasar nada ni a ti ni a mí”. Yo quería creer a mi abuela, pero temblaba y me agarraba a su cuello. Y así estuvimos un rato, ella me acariciaba y yo la abrazaba cada vez con más fuerza. Fue un momento mágico, perpetuado en mi memoria como esas fotografías en blanco y negro que tantas veces miramos buscando un significado transcendente.

Con los años supe que la llamaban la Pata de Orés, porque vivía en un chamizo en los Urietes, cerca de Orés. Que nadie conocía ni su nombre ni su edad. Que era amiga de mi abuela desde que eran niñas. Que mi abuela se había pasado sus años mozos cuidando ovejas por los montes. Y debió ser entonces cuando la Pata se había ido a la paridera, aunque nadie estaba seguro de nada. Unos decían que era una bruja, que algunas noches la habían visto cómo se disputaba el aceite de las lamparillas de la ermita de Santa Ana con las lechuzas. Otros decían que, las noches de tormenta, se escondía en los nichos vacíos del cementerio, que allí estaba protegida y caliente.

El día que se murió nadie quiso enterrarla. Todos tenían miedo de que les contagiara la lepra. Mi abuela la envolvió en una sábana, cavó una fosa delante de la choza y encima colocó unos palos en forma de cruz. Y durante muchos años me contó historias de la Pata de Orés.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: José Ferraz de Almedia,  «A mendiga», 1889.

Cruz de palo. httpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.html.jpghttpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.htm

Orés

Orés (Zaragoza)

 

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Enlace al blog de Masticadores el 17 de noviembre de 2020.

Alimañas

—Han encontrado otra alimaña —dijo Jude mientras removía con brío su café. El sol le daba en la cara y no se había quitado las gafas de lentes redondas que la hacían parecer un insecto—. En tu edificio.

—¿En serio? —Ares puso los ojos en blanco. Llamaban alimañas a los niños nacidos fuera del Programa de Crecimiento Sostenible de la Población—. Me parece increíble que aún haya quien se arriesgue sabiendo lo que pasará si los pillan. Que siempre lo hacen, por cierto. Con el ruido que hace un crío… Y en este edificio, que solo te digo que me entero cada vez que mi vecino va el baño.

—Pues alucina, que no ha sido por eso. Ha sido por la comida. Parece que había pedido un aumento de las raciones, se lo concedieron y aun así, la mujer no paraba de adelgazar —se tomó su bebida de un trago y señaló la taza vacía de Ares—. ¿Quieres otro?

—Un chocolate, por favor. Con nata.

La cabeza de Jude cayó hacia un lado con tanta violencia que, en cualquier otro tiempo y lugar, habría significado un cuello roto. Luego volvió en sí.

—Ahora lo cargan —contestó, como si nada.

—Oye, se te ha vuelto a romper el SRV. Se ha desconectado durante un segundo.

—Ya, ya. Me lo dijo mi prima ayer. ¿Te puedes creer que es la segunda vez este mes? —Jude se llevó la mano a la sien donde, en el mundo real, tenía enchufado el conector del Sistema de Realidad Virtual—. Quizá sean paranoias mías pero antes, al enchufármelo, me ha parecido que chisporroteaba.

—Son paranoias tuyas —contestó Ares con sorna—. Venga, acaba de contarme eso.

Aparecieron dos tazas sobre la mesa redonda. Habían elegido para su encuentro la terraza de un café parisino de principios del siglo veinte y estaban rodeadas de parejas de todas las edades que hacían manitas a la vista de todo el mundo.

—Pues nada, que al ver que no había ningún motivo aparente para que perdiera peso, sospecharon que la comida no era solo para ella. Así que hicieron una redada sorpresa. Seis años tenía la niña.

—¡Qué barbaridad! —El avatar de Ares se estiró las comisuras de los ojos con el índice y el pulgar-. ¿Y el padre?

—Solo tienen sospechas de quién es. Parece ser que hace siete años tu vecina recibió el permiso para que la visitara un primo que… —calló repentinamente y se le torció la cabeza a un lado para volver a erguirse enseguida—. Guapa, tengo que cerrar aquí. Hablamos luego.

Jude desapareció. Dejó una silla vacía y un café a medio beber. Ares supuso que acabaría de conocer la historia cuando su compañera tuviera tiempo de publicarla. Su avatar suspiró, sorbió un poco de chocolate y se desvaneció.

Su madre siempre decía que la realidad virtual no había conseguido simular del todo el sabor del cacao, y que sospechaba que, por mucho que intentaran recuperar plantas y animales extintos, ni siquiera su hija podría probarlo algún día. Aun así, cuando Ares entraba en esa otra realidad donde todo era posible, seguía pidiendo una taza de chocolate caliente. Tenía la esperanza de que algún día conocería el sabor que su madre había adorado de niña, cuando la abuela lo conseguía pagando un sueldo entero.

Se colocó ante la ventana, que en ese momento mostraba el paisaje de una desaparecida isla tailandesa, de playas blancas y mar transparente, y con un gesto de la mano cambió ese fondo de pantalla por la interfaz del teléfono. Después de diez tonos dio por hecho que Max no lo cogería y colgó, dejando que apareciera de nuevo en la ventana la ciudad de Singapur. Los edificios eran tan altos y el espacio entre ellos tan estrecho que desde el piso 87 no se veía el cielo. Ares se preguntaba si los habitantes del ático veían algo, pero de su última incursión a la superficie sospechaba que, para lo que había que ver, era preferible tener la pantalla 24 horas conectada.

Otra de las cosas que su madre siempre decía era que el Gobierno invertía en lo que no debía. Que estaba muy bien que intentaran mejorar la realidad virtual, pero eso debía ser un parche para el problema, no la solución. Que la gente necesitaba poder salir de sus casas, respirar aire limpio y dejar de estar encerrada. Cuando empezaba con aquella perorata, Ares se encogía de hombros y le daba la razón, porque no hacerlo era peor. Y es que le daba igual. Ella no había conocido otra cosa. Solo había salido una vez de su casa, cuando le tocó pasar por el Programa de Análisis Reproductivo. Y no le había gustado.

Diez días después de que le viniera la regla, una luz roja inundó toda la casa. De los altavoces de la casa salió una voz demasiado aguda como para ser de hombre y demasiado grave como para ser de mujer, que advirtió que se abriría el compartimento de mascarillas y que la familia debía ponérselas de inmediato porque la puerta de entrada iba a abrirse en cinco minutos. Hacía años que el servicio auxiliar de climatización no funcionaba en los pasillos de los edificios: era un gasto en dinero y recursos que el gobierno no se podía permitir. Cuando las cuatro figuras entraron en casa tuvieron que esperar unos minutos para que el sistema de filtrado limpiara el aire contaminado que se había colado al abrirse la puerta y así poder prescindir de las mascarillas. Los visitantes, que resultaron ser tres mujeres y un hombre, se quitaron las escafandras y una de ellas dejó un paquete en el suelo. Después de las presentaciones, una mujer pelirroja con nariz aguileña y ojos vidriosos, que decía llamarse Margoux, se dirigió a su madre.

—Paola, agradecemos su comprensión. Sabemos que ustedes –hizo un gesto para señalar a los dos— no tuvieron que someterse al Programa y eso puede causarles algún temor, pero puedo prometerles que Ares no va a sufrir daño alguno. La llevaremos al hospital para realizar un análisis genético y otro ginecológico, y la traeremos de vuelta.

Su madre permaneció en silencio, mirándola como si fuera su némesis. La mujer ni se inmutó y volvió la atención a Ares.

—Mañana estarás en casa. Lauren, ayúdale a ponerse el traje.

Ares se dejó hacer. Era la primera vez que estaba en la misma sala con unas personas que no eran sus padres y se sentía demasiado aturdida como para responder.

Cuando volvió a su casa fue directa al baño y se encerró durante horas. Sus padres no la instigaron a hablar, y ella no lo hizo. En aquel momento esperaba no ser apta para concebir y no tener ningún contacto físico con nadie más. Pensar en eso le alegraba. Hasta que conoció a Max.

Volvió a llamarlo.

—Hola cariño, soy yo —dijo Ares cuando, al tercer tono, saltó el contestador—. Perdón por ser tan pesada, pero es que no puedo más. Por favor, no me tengas en ascuas. Llámame.

Se echó en el sofá cama y cambió con la mano la interfaz de la ventana para que le mostrara el diario. Primero fue a local, por si Jude había llegado a escribir la noticia que le había contado. Hablaban de otros niños, pero no de la de su edificio, y siempre con titulares jugosos: “La ciudad se llena de alimañas” o “Padre y abuelo de la misma alimaña. El gobierno recrudece las penas para quien se reproduzca sin permiso”.

Siempre conseguían encontrarlos: el ruido, el gasto de agua, la luz, deslices en la realidad virtual… Comida. Sin embargo, la gente seguía intentándolo. Y, aunque le sorprendía que hubiera gente que se atreviera a arriesgarse, podía entenderlo. Como decía su madre, por mucho que intentaran mejorarlo, nada se asemejaba al contacto real de otro ser humano, y, menos aún, al placer de tener entre tus brazos a un hijo. Podía hacer tanta falta como el aire limpio.

Siguió buceando por el periódico. Frunció el ceño. Hasta ese momento no había sido consciente de que nunca decían el nombre de la criatura, ni mostraban fotos, ni los trataban como niños. Eran alimañas. Animales. Como si no tuvieran manos regordetas y caras con chorretones de leche, igual que los avatares que veía en la realidad virtual. A veces se preguntaba qué se sentiría al cogerlos, apretarlos contra el pecho y olerles la cabeza. Su madre decía que no había perfume más delicioso que la piel de un bebé, y la curiosidad de Ares por saber cómo olía se había convertido en una necesidad.

El sonido de unas campanas la sacó de su ensimismamiento y vio cómo la pantalla se dividía en dos: a la izquierda el periódico y a la derecha la cara de Max, esperando a que su novia le cogiera la llamada.

—Ay, Dios, mi amor, ¡por fin! ¿Cómo ha ido?

—No muy bien.

Un calambrazo la asaeteó entre los ojos. Lo tendría que haber supuesto por la mueca de Max.

—¿Quieres contármelo ahora o prefieres que te deje tranquilo?

—No, no. Mejor ahora.

Max, al otro lado del teléfono, se sentó sobre la cama y se masajeó levemente la sien derecha antes de continuar.

—¿Te acuerdas de lo que nos contó Ciri del Tribunal? Se quedó muy corta. No puedo evitar pensar que tendrías que haber ido tú.

Ares miró aquella cara redonda, los ojos grises y su naricita pequeña como la de un niño, y no dudó en darle la razón mentalmente. Pero mintió.

—A mí no me habría ido mejor.

—No lo sé, la verdad. Ahora creo que no iba tan preparado como creía. Pero al menos escucharon todo mi alegato.

—Claro, mi amor —Ares colocó la palma de la mano en la pantalla, como si quisiera transmitirle ánimos cuando en realidad era ella la que necesitaba el contacto. Sonrió de medio lado, un gesto que a él le encantaba, y habló en tono bajo y suave—. ¿Han dicho que no?

—No exactamente. Sí que podemos vivir juntos.

La boca de Ares se abrió sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Toda la tensión que había ido creciendo desde que decidieron, meses atrás, pedir permiso para unirse desapareció de golpe. Se levantó, se volvió a sentar y se levantó de nuevo, sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Quería gritar, reír, llorar, abrazarle y darle un bofetón por hacérselo pasar tan mal.

—Pero Max, ¡me lo había creído! Con esto no se bromea…

—No, Ares, espera. Podemos vivir juntos, pero no nos dan permiso para tener un hijo.

—¿Cómo? ¿Por qué? —masculló. Sentía la misma confusión y dolor que si le hubiera dado un bofetón—. ¿No somos fértiles?

—Sí que lo somos. No lo he entendido muy bien, pero tiene algo que ver con enfermedades de nuestro árbol genealógico. Me han dado muchos datos, han usado un montón de nombres técnicos que ni su puta madre sabe qué son. —Se tapó la cara con una mano temblorosa—. Me han abrumado con información. No he sabido qué decir. Lo siento.

Ares se masajeó la frente con las yemas de los dedos. Mientras tanto, la cámara del teléfono captaba a Max paseando de un lado a otro en su diminuta sala de estar, intentando tranquilizarse. Ella sintió el deseo de colgar y encerrarse en el baño, pero sabía que él la necesitaba. Los dos se necesitaban. ¿Qué iban a hacer? Ares quería a Max, quería vivir con él hasta que el cuerpo se lo permitiera, pero también quería tener hijos. Se preguntaba si habría podría tenerlos en el caso de haberse enamorado de otra persona.

“El problema no es que no pueda”, pensó. “Es que no me dejan”.

—Entonces, ¿seguro que somos fértiles? —preguntó. Max, que se había movido hasta el fondo de la habitación, caminó de nuevo hacia la cámara, al lado de la pantalla.

—Sí. El problema es que no somos compatibles.

—Eso lo dirán ellos. Te llamo en un rato, ¿vale? Te quiero.

—Y yo a ti.

Al colgar, la interfaz del teléfono desapareció para dejar en la pantalla la última hoja del periódico que estaba leyendo. Mientras hablaba con Max habían publicado la noticia de Jude. El titular rezaba: “Proliferación de alimañas en el distrito 7” En el subtítulo se recogía la declaración de la policía, que amenazaba con encontrar a todo aquel que intentara esconder a una alimaña.

Ares entrelazó los dedos de las manos y los hizo crujir.

—Ya veremos.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen del Jardín junto a la Bahía, en Singapur.

Delirios de un amante imaginario

Soy un montón de líneas dibujadas en un pedazo de papel pegado a la pared. Tengo una supuesta vida entre los límites de una hoja vieja y desgastada. No decido aún si odiar a mi creador o amarlo. Es una decisión difícil que no puedo tomar a la ligera.

Ahí está ella. Encima de la repisa, tan callada, mirando fijamente a cualquier parte. Sus alas color rosa y el vestido ajustado me hacen alucinar. La envidio. Codicio su libertad, su gracia, su color de piel. Yo solo estoy aquí, encerrado en un mundo en blanco y negro. ¿Por qué soy un topo? Mi creador pudo haber dibujado un caballero de brillante armadura, un león, un castillo. Pero no, tenía que ser un maldito topo. Un animal subterráneo, con ojos diminutos cubiertos de piel, pequeñas patas, grandes uñas y un apetito insaciable. ¿Cómo puede alguien darle vida a un ser con semejantes características?

Revoloteando en mi cárcel de cuatro paredes, desespero por conocer el mundo más allá del papel, por mirar fijamente a mi amada y confesarle mi devoción. Escaparnos juntos de esta habitación de recuerdos inútiles y esperanzas perdidas. Soy un ser nacido en cautiverio, ¿cómo puede ser eso posible?

Quiero llamar su atención ¡Está tan lejos! Mis sonidos insignificantes son un eco en la habitación. Necesito que escuche mi voz para que pueda verme. Pero ¿cómo es posible ver el alma cuando los ojos se confunden con la piel? Creerá que estoy ciego, que soy nada. Eso soy: nada. Clay, el topo, atrapado por su creador desde el primer momento que lo concibió como su obra maestra. Un ser imaginario. Eso no es verdad, soy tan real que duele.

Heme aquí en el cuadro de honor, pegado como un recuerdo más. Confundido con la decoración, solitario, perdidamente enamorado de lo imposible, cautivo en múltiples deseos. Creado por un demente que destruye todo lo que su imaginación puede construir. Nadie sabe que vivo en este pedazo de papel inerte. No pueden imaginar que estoy aquí, ansiando salir por ella, deseando tocar una realidad diferente a la que soporto día tras día.

Todo en esta habitación es inútil. Si consiguiera ser algo más que un topo, saldría de mi cárcel y llegaría hasta ella para declararle mi absoluta devoción a todo lo que representa. ¿Qué puedo hacer? En el dilema de la existencia está mi escapatoria.

Ahí está él, dibujando de nuevo. Parece que solo yo seguiré sobreviviendo a sus incontrolables ataques de odio a su talento. Tengo que hacer que la traiga hacia mí, tan cerca que pueda tocarla. Ahora me mira. Es el momento de enviar una señal. Soy un dibujo, pero también soy un topo; puedo cavar muy profundo, llegar hasta su conciencia y sembrar una idea. “Mírame, Aidan. Mira fijamente a tu creación. Libérame de este castigo”. No ha funcionado. Solo soy una serie de puntos sin sentido. Quizá, ni siquiera soy un topo. Estoy alucinando, todo es producto de la imaginación de alguien más que juega conmigo, que quiere darme vida sin tener el poder. No existo, nada de esto existe. Soy un ente viviendo en un pedazo de papel, atrapado en el ataque repentino de locura de un desconocido. Seducido por el hada de la repisa.

Ahí estás, como todos los días a la misma hora. Caminando de lado a lado en tu cárcel de papel. Desearía estar contigo. Descubrir qué te inquieta. Todo es tan solitario en la repisa, tan inerte. Solo tú y yo tenemos vida en esta habitación denigrante. Somos tan iguales y a la vez tan distintos, compartiendo la insensatez de nuestro creador. Obras de arte exhibidas para el regocijo de un maniaco. ¿Cómo podríamos cambiar lo que somos? Resulta inútil pensarlo. Nada puede cambiar cuando eres una marioneta que tantos mueven a su antojo. Ninguno conoce lo que anhelas, quién eres, a qué estarías dispuesto. Solo juegan contigo.

Cuando eres un objeto inanimado todo pierde importancia. El tiempo es lento, veloz e impredecible. El polvo deja marcas imborrables. El encierro, delirios incontenibles. Los pensamientos vuelan sobre tu cabeza, ninguno parece tener sentido. Te envidio, Clay. Estás en el cuadro de honor, todos te admiran y respetan. Codicio tus pequeños ojos que difícilmente ven la crueldad del encierro al que estamos sometidos, tu piel peluda que te protege del frío implacable que inunda la habitación, tus largas uñas con las que podrías viajar a cualquier parte… No entiendo por qué aun no lo haces. Desearía estar a tu lado, declararte mi admiración insana y escaparme contigo. Estoy delirando. Solo somos objetos perdidos en una habitación, rodeados de recuerdos inservibles. El chiste de alguien sin corazón que nos dio vida para hacer menos miserable la suya.

Ahí está Aidan, dibujando de nuevo. Otro intento más que terminará en la basura. Solo Clay, el topo, sobrevive a sus incesantes ataques perfeccionistas. Ahora me mira. Soy un hada de madera, no importa el material, lo que soy es lo que me define. Quizá, podría desear que nos dibuje juntos. Es una tontería ¿o no? Llevo años en esta repisa, solitaria, esperando el momento para habitar un pedazo de papel, junto a él. Este puede ser el instante perfecto.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco

LA CIGÜEÑA

 A mi padre. El mejor del mundo

La casa de mi infancia era un edificio de dos plantas, majestuoso y solitario. Construida en un terreno elevado, estaba rodeada de una enorme terraza por donde solía corretear con mis hermanos. Aquel día, a pesar del frío, la tata Rosarito nos llevó a todos allí. Ellos paseaban en bici mientras yo vigilaba el balcón del dormitorio de mis padres. La tarde se me hizo eterna. Los ojos me dolían de tanto mirar al cielo, pero me mantuve alerta. No hacía mucho que había descubierto que los Reyes Magos eran los padres. Y el tema de la cigüeña también me planteaba bastantes dudas.

En el pueblo, en la década de los sesenta, aún no existía confianza entre padres e hijos para hablar de todo y sin tapujos. Hoy día cualquier niño hubiera abordado a su papi para acorralarlo en busca de una respuesta sobre el origen de los bebés, pero en mi infancia todavía no se había inscrito lo de «papi» en el diccionario. Papá era eso: Papá. Con mayúscula. Imponía respeto. Y no me quejo. Mis hermanos y yo nos sentíamos queridos por nuestro padre; en cambio, algunos amigos nuestros solo podían dirigirse a su progenitor con el solemne término, aún más estremecedor, de «Padre» (con la misma mayúscula inicial). Pensar en abordar a papá para preguntarle sobre el origen de los niños me hacía sudar en pleno invierno, así que preferí vigilar el sospechoso aumento del perímetro abdominal de mamá para ir sacando mis propias conclusiones. Y, por culpa de ese misterio sobre los nacimientos, yo estaba en el banco, muerta de frío, en vez de entrar en calor pedaleando como mis hermanos. ¡Si existía la cigüeña, ese día la pillaría in fraganti! Pero no pensaba bajar la guardia ni desfallecer en mi labor de vigilancia. A ratos me preguntaba si alguna vez podría bajar el cuello para volver a verme los pies.

Casi de noche, papá se asomó al balcón del dormitorio y nos llamó sonriente.

—¿Todo bien, don José? —preguntó la tata.

—Todo bien, Rosarito. ¡Otro niño!

Mis hermanos y yo subimos con la tata al dormitorio de mis padres. Yo tenía un mosqueo de campeonato. ¿Otro niño? ¿De dónde había salido aquel trocito de carne con ojos? Mamá estaba tapada en la cama, y el bulto de su barriga se había reducido a menos de la mitad. Entre los brazos tenía un bebé lo suficientemente grande como para que yo lo hubiera visto llegar en el pico de la cigüeña. Por no hablar de que el tamaño de aquellas aves no era el de los gorriones, y de que por el balcón no había entrado ni una mosca en esa tarde interminable. ¡Mucho menos un pajarraco con la envergadura y la fuerza necesarias para haber dejado aquel amasijo llorón en los brazos de mamá!

La desesperación es un buen combustible para el valor, y yo necesitaba salir de dudas. Cogí a papá en un aparte y le planteé la cuestión entre tartamudeos. Aunque hacía frío, los dos sudábamos. Papá se secó la frente y se quedó pensando durante unos segundos. De pronto se le iluminó la cara y me dijo que rezara el Avemaría. Aunque no entendía el motivo de su petición, obedecí. Empecé a recitar de forma mecánica, sin prestar atención al significado de las frases, con el mismo soniquete monótono de las tablas de multiplicar que aprendíamos con un ritmo parecido. Con esa entonación de cantinela, propia de niñas de colegio de monjas, llegué a la parte de: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Realmente, en aquella frase alusiva a la maternidad de María, lo que dije fue: «Y bendito es el fruto, de tu vientre Jesús» (siempre me acuerdo de esto cuando leo acerca de la importancia de la colocación de las comas). Aunque las palabras de mi plegaria eran perfectas, esa coma trastocada solo sirvió para confundir en lugar de ayudarme a dar sentido a la frase. Pero papá no debió pensar lo mismo y dio por supuesto que aquello lo aclaraba todo. Me sonrió muy ufano y me dijo:

—Ahí tienes la respuesta. Ese es el origen de los niños.

Sonreí como tonta y me quedé más confusa que al principio. No quise desilusionarlo diciéndole que seguía con el misterio sin resolver. ¡Me sorprendió que mi padre me inspirara una extraña ternura! Como si yo fuera la adulta y él un niño intentando explicar algo. Esa noche, al acostarme, decidí que no solo no tenía la respuesta, sino que lo único que había sacado en claro de aquella extraña tarde era un montón más de preguntas.

Los días que siguieron fueron reveladores para mí, gracias a mi tata Rosarito, que todavía no tenía ni veinte años, pero había escuchado las explicaciones de papá y se compadeció de mi desamparo. En pequeños apartes, y con aquella sencillez de muchacha sana de pueblo, me descubrió con cariño el misterio de la vida. Meses después fue mi cómplice y mi modelo cuando empecé a fijarme en los chicos y no sabía a quién plantearle las dudas que me acosaban y me robaban el sueño.

Recuerdo el misterio resuelto de la cigüeña como uno de los últimos pasos en el camino que me llevaba desde mi infancia hacia la nueva y emocionante aventura de la adolescencia. El nacimiento de mi hermano tuvo otra consecuencia: la mayúscula de Papá se transfiguró en minúscula, aunque no tuve el valor de compartir con nadie ese descubrimiento. Pero aquel clon de Dios, dueño de todas las respuestas y soluciones de nuestros problemas infantiles, me descubrió ese día que también tenía su talón de Aquiles. Mi padre, como médico, era genial, y había atendido los partos de mi madre y casi todos los de las mujeres del pueblo desde que llegamos allí. Y menos mal que se dedicó a ser médico generalista. Porque como psicólogo infantil, creo que no hubiera hecho carrera.

Adela Castañón

Foto: Flickr

Muralla de piel

Yago miró boquiabierto las molduras de los techos altos como los de una fábrica. A la derecha, tres escalones de piedra en forma de concha daban paso a un pequeño rellano que invitaba a subir por la escalera imperial hasta el entresuelo. Sintió la tentación de acariciar el desgastado cubre peldaños dorado, pero una huella marrón le hizo desechar la idea. ¿Y si subía a pie? Intuía que se sentiría como una novia llegando al altar. Sin embargo, el despacho de la vidente estaba en el cuarto piso, un quinto contando el entresuelo. No quería llegar sudado, aunque desde que había entrado en el portal sentía la punta de la nariz fría.

Al cerrar la puerta de madera, forja y cristal, también notó un olor a humedad, que se intensificó al dejar atrás la escalera y dirigirse al ascensor. Para llegar, debía cruzar un arco de piedra que imitaba las formas sinuosas y ajardinadas de la barandilla y la puerta, a juego con el alicatado de suelo y paredes. Los colores verdes de las baldosas, amplificados por la última luz de la tarde, se combinaban con el olor a tierra mojada. Se sentía como en una marisma. Sin duda, el edificio debía formar parte de la ruta modernista de Barcelona, y eso hizo que le temblaran un poco los bolsillos. Si aquella bruja podía permitirse un despacho ahí, posiblemente él dejaría de comer carne los siguientes tres meses.

Cerró la boca de un golpe al percatarse de la mujer que esperaba el elevador. Solo podía verle la melena oscura a media espalda; los brazos caían a los costados, el pulgar de la mano derecha frotando insistentemente las uñas del resto de dedos, y el abrigo de verano de manga francesa que acababa justo encima de sus rodillas desnudas. Estaba rematado por un fino encaje, en mangas y bajos, que había perdido lustre. Parecía una pieza muy usada, posiblemente por alguna generación anterior dado el corte y el estilo.

—Buenas tardes —saludó. La mujer ni se inmutó. Seguía acariciándose los dedos mientras miraba el agujero a través de la muralla de acero forjado que los protegía de caer por el hueco del ascensor. Frente a ella, el botón de llamada permanecía apagado. Yago musitó un «perdón» y pasó el brazo por delante de ella para llamar al ascensor. Un «clonc», seguido del ruido de engranajes del motor, anunció su funcionamiento, y no tardó en llegar.

Hizo un ademán para dejarla pasar, y ella no caminó, se deslizó al interior. Al moverse el aire, el hedor a tierra mojada y madera podrida se hizo más intenso, y Yago arrugó la nariz.

—¿A qué piso va? —preguntó, ya con la mano preparada para picar en el botón que le indicara. Sentía los dedos helados.

—¿A qué piso va usted? —contestó ella.

Era una voz profunda y, aunque sus oídos le decían que era armoniosa y juvenil, algo en el fondo de su cerebro, una parte animal y poco evolucionada, hizo que el vello de su nuca se erizara.

—Al cuarto.

—¿Va a ver a la señora Folch? —Yago asintió—. Yo también. Aunque ella no me atenderá si me ve, ¿sabe?

Se oyó un clic cuando Yago oprimió el botón del panel dorado y el movimiento brusco y seco del ascensor hizo que su campo de visión se llenara de destellos blancos. Cerró los ojos, deseando que no fuera el inicio de una de sus migrañas, y respiró hondo. Notó un aire húmedo y frío que llenaba sus pulmones y aguijoneaba su tráquea. Su cuerpo convulsionó una, dos veces.

El ascensor llegó al cuarto piso con otro parón repentino. Volvió a abrir los ojos y salió. Ante la puerta de la pitonisa, el dedo gordo de la mano derecha de Yago acarició sus uñas antes de llamar al timbre.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Casa Manuel Felip