Poema travieso

Al querer retomar algún poema

que dejé inacabado

me ocurre algo terrible en ocasiones:

¡las ideas se han fugado!

Entonces considero mis opciones:

¿dejarlo en tal estado?

¿estrujarme la mente hasta que duela?

¿tirar para otro lado?

Y me pasa una cosa bien curiosa:

si programo mi estado

de adulta natural, seria y juiciosa,

y le doy a “apagado”

consigo que se encienda mi otra parte,

la de espíritu libre y alocado.

Entonces la razón se va a dormir,

el corazón se siente afortunado

y derrama en mis dedos lo perdido

y la emoción se vuelca en el teclado.

Y así, como quien no quiere la cosa,

ya está el poema acabado,

y la autora, dichosa

por haberlo logrado. 

Adela Castañón

Imagen: Eric Dunham en Pixabay 

La historia de un súper héroe

Escuché los pasos de mamá por la escalera mientras gritaba su frase favorita. Me estiré en la cama y me tapé las orejas con los puños, pero sus pulmones son capaces de despertarnos a mi hermano y a mí, aunque nos llame desde la cocina.

–¡Pedrooooo! ¡Levanta, dormilóóóón!

Abrí los ojos y noté algo raro. Al principio, como todavía estaba un poco dormido, no supe bien qué ocurría. Pero cuando mamá empujó la puerta y entró, di un bote. Tenía el tamaño de un globo aerostático y estaba muy lejos de mí. Miré hacia los pies de la cama y vi que la sábana era tan larga que no llegaba a verle la punta. Chillé con todas mis fuerzas y ella, en lugar de contestarme, se puso a hablar sola, como si yo no estuviera allí.

–¿Dónde se habrá metido este crío?

Pasó de largo junto a mi cama sin hacer caso de mis gritos y abrió la puerta del baño. Asomó la cabeza, dio media vuelta, se agachó a mirar debajo del colchón. Me mosqueé. ¡El que suele esconderse debajo de la cama para no ir al colegio es mi hermano! Yo soy demasiado mayor y nunca he hecho esas tonterías. Vi apoyarse su mano de giganta en el filo de la cama y su cabeza apareció en mi campo de visión como si fuera una enorme nave espacial. Suspiré aliviado al ver que me miraba, pero se puso en pie de un salto y gritó. Antes de que yo pudiera hacer o decir algo, cogió la sábana por las esquinas y se acercó a la ventana.

–¡Maldito bicho! ¿Cómo habrá entrado?

La tela me tapó los ojos y me agarré a ella sin comprender por qué no me caía. Noté unas sacudidas peores que las de la montaña rusa de la feria, perdí mi asidero y empecé a caer. Pensé que me estrellaría contra el suelo del jardín y cerré los ojos, pero los entreabrí intrigado por lo mucho que tardaba en chocar. Entonces, de golpe, los abrí de par en par.

Mi cuerpo caía despacio, casi como si flotara. El aire me llevó hasta el borde de la piscina, toqué tierra junto a una gota de agua que tenía el tamaño de una pecera y entonces me vi reflejado. Di un salto hacia atrás y la bola peluda con ocho patas hizo lo mismo.

Algo se movió a mis espaldas. Me volví con rapidez y me encontré frente a un grillo de mi tamaño, con levita, chistera y un paraguas en la ¿mano? ¿pata? delantera derecha.

–Hola, criatura. –Con la otra extremidad levantó la chistera para saludarme–. ¿Necesitas ayuda?

Cerré la boca y descubrí que controlaba bien mi cuerpo arácnido porque me rasqué la cabeza sin problemas con una de mis manos. Bueno, con una de mis patas. El tamaño del grillo imponía, pero no parecía tener malas intenciones. Probé a hablar.

–Ejem… –La cosa no pintaba tan mal–. Pues la verdad es que sí. –Me acordé de las lecciones de mamá sobre ser educado–. Soy… me llamo Pedro. ¿Y usted es…?

–Grillo. Don José Grillo, a tu disposición.

Recordé mis primeros cuentos, que ahora eran de mi hermano pequeño. Parpadeé y me fijé más en la chistera y el paraguas.

–¿Usted es Pepito Grillo? ¿El de…?

–¡No!

Levantó la mano. Yo me encogí y guardé silencio. Él suspiró y habló alargando las frases.

–Sieeeempre la misma historia, Señor. ¡Qué aburridoooo! –Volvió a suspirar–. Dejé que usaran mi imagen en el cuento, sí, pero el personaje no es más que una mala copia mía. Pero vamos al grano.

Cogió un monóculo que yo no había visto hasta entonces y se lo puso delante de un ojo. Se inclinó y aproximó su cara a la mía. Yo retrocedí. No tenía miedo, pero me impresionaba el tamaño del ojo a dos palmos de mi nariz. Levantó una ceja y volvió a hablar:

–Supuse que te encontraría aquí, Pedro.

–¿Qué? ¿Por qué…?

–No disimules, mozalbete –me interrumpió–. Eso no te valdrá conmigo. Regalar lo que no quieres o lo que te sobra no tiene mérito. Por supuesto que eres ya muy grande para historias como la de Pinocho, pero ¿no se te ha ocurrido pensar que tu hermano también crece? A ver, ¿por qué no quisiste regalarle los comics de súper héroes que hace meses que no lees? ¿Eh?

–Yo… –callé y miré al suelo.

–Escucha, Pedro. Todavía puedes arreglar esto.

–Quiero arreglarlo, palabra –dije. Y no mentía. Haría cualquier cosa por salir del lío en el que me había metido–. Si me ayuda a volver a casa se los regalaré. Todos.

–Bien, bien, muy bien. Hazlo, y te recompensaré. Mmm… A ver… –Se rascó la barbilla con la mano–. ¡Lo tengo! Te convertiré en alguien tan famoso como yo. Serás un nuevo súper héroe. Y para que no te pase igual que a mí, cambiaremos un poco tu nombre. Pedrito no me parece apropiado, así que el protagonista se llamará Peter. Peter Parker. ¿Te gusta?

–Suena bien –contesté.

–Pues así será. Aunque modificaremos un poco los hechos, ya sabes cómo va esto.

–Claro. No hay problema.

Todo eso estaba muy bien, pero la idea de ser una araña eternamente no me gustaba nada. José Grillo supo lo que yo pensaba y sonrió.

–Toma. –Me entregó su paraguas y lo abrió–. Cierra los ojos y déjate llevar.

Obedecí y noté que me elevaba en el aire. Cuando sentí que me posaba sobre algo blando abrí los ojos. ¡Estaba en mi cama y había recuperado mi tamaño y mi forma de niño!

Al día siguiente le regalé mis comics a mi hermano y mamá, como premio, me compró uno nuevo que acababan de publicar. Se llamaba Spiderman. Iba sobre un chico que se convertía en araña.

Sonreí y empecé a leer.

Adela Castañón

Imagen de macrotiff en Pixabay

Sinfonías del universo

El universo me susurra secretos al oído. Besa mis manos y bendice mi voz cada vez que me preparo para salir a escena. Puedo sentir los latidos del corazón en la garganta. Pero no estoy asustada, por el contrario, me siento pletórica.

Falta poco para presentarme en un escenario diferente. Nunca había estado aquí, en esta ciudad, en este país.

Sé que no hay rostros conocidos entre los asistentes y aun así puedo sentir su efervescencia tras las bambalinas. Demandan mi versión de carne y hueso.

Respiro profundo. Inhalo, exhalo. Me miro en el espejo del camerino y deslizo los dedos por mi cabello suelto. Estoy lista.

A unos pasos de la tarima elevo una plegaría al cielo y me lanzo a la escena. Las luces me encandilan, pero no son un impedimento para abrazar el instante perfecto en el que los aplausos disipan el silencio.

Sonrío al horizonte y me pongo de rodillas sobre el tapete de flores que forma parte de la escenografía. Agarro mi guitarra y suspiro. Me siento segura. Es mi talismán, mi amuleto de buena suerte, mi cable a tierra. Mi conexión con la mejor versión de mi misma.

Ajusto las clavijas y toco algunas notas para saber si mi compañera de viaje está afinada. El sonido es perfecto.

Las luces disminuyen su intensidad. Ha llegado la hora de entregarme.

Me llevo un mechón de cabello detrás de la oreja y en el momento en que mis manos tocan las cuerdas de la guitarra el universo expande a través de mi sus alegrías y desventuras.

Cierro los ojos y lo escucho. Me estremezco con la tibieza de su voz. No me detengo. Me dejo llevar. Canto mientras me rodea con sus brazos y me acaricia los labios con su aliento.

Todo a mi alrededor desaparece con su toque. Solo somos el universo y yo en una danza de alabanzas y mimos.

Aunque el tiempo se ha desvanecido ante el cortejo, la tercera estrofa llega para desgarrarme la garganta. Me duele el pecho y ahora el silencio me embriaga. Es el momento de cantar la última canción. Nunca quiero llegar hasta ella. Quiero cantar por siempre, en este escenario o en cualquier otro, en la calle, en la ducha, en el metro, en el tranvía, en la puerta de mi casa o en el parque de la esquina. El lugar no es esencial. Solo cantar. Cantar aferrada a algo más poderoso que mi voz. Abrazada al universo.

Respiro profundo.

El último acorde sale de mi guitarra. No es más por esta noche.

Abro lo ojos y todos los asistentes siguen ahí. Están sentados y me miran absortos como si les hubiera hablado en lenguas, como si hubieran presenciado un acto de magia. Sonrío y mi expresión descongela el silencio. Se deshacen en aplausos, se ponen de pie y dejan que las lágrimas salgan a raudales. ¡Nada importa! Lo puedo sentir. Se miran los unos a los otros y aplauden con más fuerza.

Piden una canción más, ¡están eufóricos!

¡Ellos tampoco quieren que el momento termine! Ansían extenderlo todo lo que sea posible.

Miro al productor y las luces se disipan de nuevo.

Tomo mi guitarra y la pongo sobre mi regazo. Cierro los ojos y me entrego una vez más a los caprichos del universo.

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

Crisálida

12 de febrero

No sé por dónde empezar. Bueno, supongo que por lo que ha pasado hoy, lo que ha hecho que tenga que escribir en esta mierda de diario.

Me he peleado en el colegio. Con Rubén. Ha venido el profe de gimnasia y nos ha separado. A mí me ha agarrado del hombro y me ha llevado al despacho de mi tutor. Rubén se ha quedado ahí, riéndose, rodeado del resto de la clase y presumiendo de haberme pegado cuando era yo quien le estaba metiendo una paliza.

Pablo ha querido saber por qué nos peleábamos. Si no fuera un imbécil me daría ternura por creer que se lo iba a contar a él. Me he quedado callado y cuando por fin se ha dado cuenta de que no iba a decir nada, ha tirado sobre la mesa esta liberta y me ha soltado: “pues lo vas a contar aquí”. Le he contestado que no me da la gana, pero me ha dicho que si quiero ir a la excursión del Barça tengo que escribir en esta mierda de diario cómo me siento o al menos qué ha ido pasando. Que no sea tonto y que aproveche esta oportunidad.

Es un hijo de puta. Según él, no va a leer lo que escriba. Pero espero que lo haga. Así que esto es para ti, Pablo: eres un hijo de la gran puta sarnosa y ojalá venga tu padre y te reviente la puta cara de gilipollas que tienes.

Lo de Rubén es lo de siempre. Lo hace para joderme. Me busca. Hoy le he dicho que la próxima vez no me quedaré solo en romperle la cara.

6 de marzo

Hoy he vuelto al despacho del tutor. Me ha preguntado si estaba escribiendo en el diario. Me ha recordado que si no lo ve en junio con al menos diez entradas, no voy al Barça.

Pablo, eres un cabrón.

Me he vuelto a pelear. Esta vez ha sido con Oriol, un chaval un par de años mayor que yo. Está acabando el bachillerato social. Sí, hace ese porque no llega a más. Dicen que si no lo suspenden ni repite es porque su padre ha pagado la renovación del laboratorio.

Como decía, es tan tonto que me ha pillado fumando en el baño y, en vez de callarse o pedirme un piti, me ha amenazado con contárselo a los profes. Si en casa se enteran de que me han pillado fumando… No, no, ni de coña, así que he hecho que se comiera el váter. Pablo me ha preguntado si lo volvería a hacer. Le he mentido y le he dicho que no.

Pero ahora tengo que concentrarme en mi misión. Diez entradas en este diario. Solo me quedan ocho. No le voy a dar una excusa a ese cabrón para dejarme sin visitar el Camp Nou.

10 de marzo

Blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá blablablá.

Tiene que haber diez entradas y se supone que ese gilipollas no lo va a leer, ¿no? Pues bien que va a valer esto.

27 de marzo

Hace un huevo que no escribo. No es que no haya visitado el despacho de Pablo o que no me haya peleado, es que no me he acordado de escribirlo en el diario. Pero hoy lo he encontrado al abrir la caja del costo y me he dado cuenta de que el tiempo pasa, y no quiero que me jodan.

Me estoy empezando a alegrar de que Oriol sea tonto del culo y de que su padre haya palmado pasta en el colegio renovando las instalaciones. La primera práctica de Química ha molado un montón. Y he visto a Montse sorprendida de que supiera hacer el experimento. Menuda profe de mierda, qué manera de mostrar los favoritismos que tiene. La muy zorra no se ha separado de mi lado, supongo que pensando que la iba a cagar en cualquier momento, y al final me ha tenido que felicitar por haberlo hecho bien y a la primera. Y eso que solo he seguido las instrucciones. Eso sí, que solo me haya salido a mí y no al resto de la clase me demuestra que los demás son imbéciles, porque mira que es fácil. Si hasta yo lo puedo hacer, joder.

10 de Abril

Ya llevamos tres prácticas de Química en el laboratorio y esto mola cada vez más. Montse me ha dicho que si quiero apuntarme al grupo de las tardes. Hasta ahora pensaba que eran clases de refuerzo así que me han entrado ganas de pegarle una hostia al ofrecérmelo. Pero pegar a una profe significaría la expulsión del colegio, aunque me estuviera llamando tonto, así que me he contenido, y entonces me ha explicado que no, que es para las personas que tienen un don con la ciencia. Un don. En fin.

Solo tengo que conseguir la pasta para pagar las clases extra, pero no creo que tenga problema.

12 de abril

Estoy hasta las pelotas de todo. Cuando cumpla los dieciocho se acabará el colegio, me piraré de esta puta casa y los mandaré a todos a tomar por culo.

14 de Abril

Mi madre ha ido hoy al colegio. Con lo que me había costado interceptar la carta del tutor pidiendo la reunión… Pero no pensé en que Pablo llamaría ayer a casa para concertar la cita, así que al final solo he conseguido retrasarlo un mes y medio. Quería estar con ella para controlar qué decía de mí o de mi padre, pero no me han dejado estar dentro. Cuando ha salido, lo ha hecho lloriqueando como una mocosa.

—¿Por qué no me habías dicho que se te daba tan bien la Química? —me ha preguntado.

Yo me he limitado a encogerme de hombros.

 —¿Y lo de las peleas?

Ahí sí que me la he quedado mirando sin poder creerme lo que estaba diciendo y ha debido notar que me estaba conteniendo porque el resto del camino hasta casa lo ha hecho en silencio.

Me había prometido que no se lo contaría a mi padre, pero él nos ha visto llegar juntos y la ha presionado hasta que se ha derrumbado. Al final se lo ha acabado explicando todo.

La odio.

20 de Abril

Ana me ha pedido que le dé clases. Al principio pensaba que se estaba riendo de mí y me he puesto a la defensiva, pero no. Dice que quiere hacer el bachillerato científico, como yo, pero que no lo conseguirá si no saca una notaza en Química, y que yo soy el mejor de la clase. La verdad es que me he quedado un poco cortado y se ha pensado que me había enfadado, pero por fin he reaccionado y le he dicho que sí. Hasta final de curso haremos tres clases a la semana.

Quería hacerlas en mi casa pero me he negado. Que mejor en el colegio, que en mi casa no estaremos cómodos. No sabe hasta qué punto no lo estaremos. Esto cada día es peor.

23 de Abril

Hoy me he vuelto a pelear. De verdad que esta vez lo quería evitar, pero el gilipollas de Nacho me ha llamado hijo de puta y ha empezado a gritar que mi padre es un borracho. Ha dicho que el suyo lo ve cada día bebiendo en el bar hasta la hora de cenar. Joder, como si yo no lo supiera.

Pero lo peor no ha sido eso. Lo peor es que Ana estaba por ahí y me ha mirado con cara de pena al oír a Nacho. He perdido la cabeza. Me he ido directo a él y le he dado tan fuerte que le he roto un diente.

Pablo nos ha llamado a su despacho. Nos ha pegado la bronca a los dos, y después ha querido quedarse solo conmigo. Me ha dicho que llevaba mucho tiempo sin meterme en líos y que se sentía muy orgulloso de mí, especialmente por mis progresos en todas las asignaturas, no solo en Química. Me ha dolido verle tan decepcionado.

Me han expulsado tres días, y a Nacho uno.

Mierda, son las ocho y media. Debería de irme de casa antes de que llegue mi padre. Con suerte, cuando vuelva, él ya estará durmiendo la mona.

29 de abril

Nacho me ha pedido perdón. Ha venido a la hora del patio, con la cabeza gacha y arrastrando los pies. Yo, la verdad, ni siquiera tenía ganas de ponerme en guardia, tengo el cuerpo completamente magullado y dolorido, especialmente la espalda. Así que me he sentado en el suelo con la cabeza apoyada en el muro y él me ha imitado. Me ha dicho que si su padre había visto al mío es porque beben juntos. Por eso lo sabía. Y que, cuando se metió conmigo, estaba muy enfadado porque su padre le había dado una paliza la noche anterior estando muy borracho y necesitaba pagarlo con alguien.

Se ha puesto a llorar y, asegurándome de que no me veía nadie, le he pasado un brazo por los hombros. Joder, cómo no iba a hacerlo.

Igual nos vamos a tomar algo una tarde de estas nosotros también, como nuestros padres.

2 de Mayo

Ayer, Nacho y yo nos encontramos a Ana al salir del bar. Es un gran tío, Nacho. Estuvimos hablando durante horas, y solo bebimos una birra cada uno. Llegamos a la conclusión de que nuestros padres deberían aprender de nosotros.

6 de Mayo

He convencido a Montse de que le ofrezca a Ana acudir a las clases de Biología de las tardes. Ella aprende rápido, realmente solo necesitaba que le explicaran las cosas de otra manera. Creo que podría sacarle provecho a las lecciones, y así compartiríamos algo más. Espero que diga que sí, aunque el padre de Ana trabaja en la misma fábrica que el mío así que supongo que no le sobrará el dinero. Y yo ya no puedo mangarle más a mi madre porque cada vez que lo hago ella sufre las consecuencias.

Y mamá no es tonta, así que debe saber que no es ella la que lo pierde sino que soy yo, que se lo cojo del monedero. Pero no se lo dice a papá. A veces me da la sensación de que me quiere más de lo que creo, pero no puedo olvidar todo lo demás y se me pasa.

21 de Mayo

Ya hace dos semanas que Ana viene conmigo a la extraescolar. Siempre somos los primeros en acabar los experimentos, así que Montse nos envía antes a casa. Y hoy me he ofrecido a acompañarla a la suya. Nos hemos despedido del profe de gimnasia, que también es el que vigila la puerta, y ha deslizado su mano dentro de la mía. La tiene tan pequeña… Toda ella lo es. Creo que no llega ni al metro sesenta, y yo supero de largo el metro ochenta. Su mano es cálida y estaba seca. Yo temía que la mía se pusiera a sudar, pero aún así he entrelazado mis dedos con los suyos y nos hemos quedado un rato en silencio, caminando muy despacio. Creo que ninguno de los dos tenía ganas de llegar a casa. Pero hemos llegado, y no sé cómo, después de una charla un poco estúpida, nos hemos despedido. Me ha ido a dar un beso en la mejilla pero la he cogido de la cintura para acercarla más a mí y la he besado en la boca. Sin lengua, claro. Es pronto, y quiero que vaya despacio porque con Rebeca o con Núria me lié demasiado rápido y la cosa no acabó bien. Claro que ella es… No sé, Ana es dulce e inteligente. Y guapa. Me recuerda a un elfo, con ese pelo rubio y los ojos grandes y rasgados.

Sabe muy bien, aún sin abrir la boca. Y cuando me he separado ella estaba súper roja, pero se ha reído, me ha dicho adiós con la mano y ha entrado en el rellano de su casa.

Joder, esto se lo tengo que contar a Nacho. Ese hijoputa no se lo va a creer.

13 de junio

Mañana es la excursión al Camp Nou y Pablo me ha llamado a su despacho. La conversación ha ido más o menos así:

—Ya sabes lo que pasa mañana.

Yo callado. Hasta ahora, que las he contado antes de ponerme a escribir, no sabía cuántas entradas tenía el diario. Y no sé cuándo ha dejado de hacerme gracia la idea de que lo lea. Prometió que no lo haría pero nunca te puedes fiar de los adultos. “Prometer hasta meter”, que dice mi madre.

—¿Sabes por qué te pedí que lo escribieras?

“Para tocarme los cojones”, he pensado. Pero en vez de eso he dicho:

—No sé.

Entonces se ha levantado de la mesa y se ha puesto a mirar por la ventana con las manos en la espalda.

—Este tema es recurrente entre nosotros desde que soy tu tutor, e incluso antes. La violencia es tu válvula de escape, y necesitaba que tuvieras otra manera de desfogarte. No te puedo obligar a que me cuentes lo que te pasa y, como no sé qué relación tienes con tus amigos, pensé que lo mejor sería que te lo contaras a ti mismo. Que sacaras algunas cosas de tu subconsciente. ¿Sabes lo que es el subconsciente?

—Coño, claro.

—Ya lo suponía. ¿Y crees que ha funcionado?

Me he encogido de hombros. La verdad es que no he sabido qué contestarle. Está claro que me he ido acostumbrando a escribir aquí y que en parte es agradable.

—Yo creo que sí. ¿Has escrito las diez entradas que te pedí?

También me he quedado callado, pero entonces me ha empezado a entrar un calor tremendo desde la barriga hasta la punta del pelo. No sé cuándo dejó de ser un deber para convertirse en algo que quería hacer y, sobre todo, cuándo dejé de pensar en el diario como una obligación. Además, me daría mogollón de vergüenza que Pablo leyera lo que he escrito. No es mal tío, pero joder, son cosas personales.

—No hace falta que me lo traigas. Pero mañana no te olvides de traer la camiseta del Barça, que si no no te la podrán firmar.

Y me he ido sin decir una palabra. Cuando se lo he contado a Ana me ha dado un beso, contenta de que mañana podamos ir juntos a la excursión.

14 de Junio

Hoy ha sido un día cojonudo. Ha sido muy, muy molón poder darle la mano a Messi. Hijoputa, qué chiquitillo es. No me extraña que se mueva por el campo como una pulga, si es poco más alto que Ana. Ella ha estado todo el rato a mi lado, cogiéndome de la mano. La verdad es que a ella el fútbol le da igual porque es más de waterpolo, pero ha disfrutado de la visita conmigo. Le encanta que le explique cosas. Dice que lo hago muy bien, y me pregunta de todo. Me hace sentir bien. Como que valgo.

Quizá por eso, esta noche, he llegado a casa tan contento, sin preocuparme por tener que ver a mi padre. Mi madre no me ha oído llegar porque estaba concentrada haciendo la cena, así que he caminado en silencio hasta ella para pillarla por sorpresa. La he abrazado por la cintura y la he levantado. Ella ha soltado un gritito agudo. No pesa nada, solo algo más que Ana. Me he dado cuenta de que podría destrozarla solo con apretar un poco más los brazos, así que la he dejado de nuevo en el suelo. Ella se ha dado la vuelta y me ha abrazado.

Mi padre ha llegado poco después y ella y yo ya estábamos a la mesa, cenando. Venía haciendo eses, el muy cabrón. Se ha debido de beber medio sueldo esta tarde a juzgar por su cara y el pestazo a whisky.

No sé qué ha sido esta vez: si que no le habíamos esperado para cenar, que prefería macarrones a espaguetis o, como siempre, que odia mi existencia. En cualquier caso, no ha tardado mucho en quitarse el cinturón e intentar pegarme con él.

Lo mejor ha sido la cara de sorpresa que ha puesto cuando le he cogido por la muñeca. Mi madre también se ha llevado las manos a la boca. Ninguno de los dos se lo esperaba. Ninguno de los tres, en realidad.

Sin levantar la voz, le he mirado a los ojos y le he dicho:

—Pégame otra vez. Pégame otra vez, a mí o a mamá, y te mato.

Le he soltado la mano, pero es tan orgulloso que incluso sabiendo que no estaba en condiciones, ha ido a por mí. Solo he tenido que darle un puñetazo y ha caído al suelo, medio inconsciente. No sé cuándo me he hecho más fuerte que él.

—Mamá, llama a la policía.

Y acabamos de venir de la comisaría. Cuando han llegado los agentes, habíamos encerrado a mi padre en el cuarto y nosotros los esperábamos en el salón. He tenido hasta entonces para convencer a mamá de que debíamos denunciarle y, aunque me ha costado, lo he conseguido. Le he contado a la poli lo que había pasado. Nos han llevado primero al hospital, para que nos revisaran a los dos, y luego a poner la denuncia. Dicen que con el historial de abusos comprobables gracias a nuestras visitas al médico, como mínimo le van a poner una orden de alejamiento.

Aún así, no creo que sea muy difícil que papá se mantenga alejado de nosotros. Desde luego, si intenta acercarse, le daré razones suficientes para que deje de hacerlo.

Qué ganas tengo de contárselo a Ana.

Carla Campos

@CarlaCamplosBlog

Imagen de Cynthia del Río en Unsplash

Pies de barro

—Bueno —empecé ante el micrófono, mientras colocaba sobre el atril el diario del abuelo.

De entre sus hojas extraje un papel manoseado y lo alisé todo lo que el temblor de mis manos me permitió. Respiré hondo y me enfrenté a la audiencia.

—Quiero daros las gracias, de mi parte y de parte de toda la familia, por haber venido a despedir a mi abuelo. Él me pidió que hablara ante todos vosotros. Estaría agradecido de veros hoy aquí.

En la primera fila, mi madre se sonó la nariz y mi padre la estrechó con un abrazo. Me concentré en el papel.

—Abuelo, te echamos de menos.

Hice una pausa y expulsé aire por la boca, intentando contener la emoción que amenazaba con paralizarme.

—Esta familia no hubiera podido salir adelante sin ti y, la verdad, no me imagino qué va a ser de nosotros a partir de ahora. Supongo que seguiremos tu ejemplo, y nos preguntaremos qué harías cuando tengamos algún problema. Siempre encontrabas una solución, aunque no solía ser la más elegante. Recuerdo aquella vez en la que te olvidaste de comprar un árbol de Navidad y acabamos decorando una palmera, o cuando usaste mantequilla para desatascar la cabeza de Mateo, que se había quedado enganchado en los barrotes de la escalera.

Con esos recuerdos provoqué un cambio en el ambiente de la sala. Seguía siendo un mar de caras enrojecidas pero habían dejado de oírse los hipidos y el resonar de narices.

—La abuela decía que eras muy cabezón y que, cuando querías algo, no parabas hasta conseguirlo. También decía que esa fue la razón por la que pudiste empezar una nueva vida aquí, en Argentina, cuando dejaste atrás tu país natal, asolado por la guerra. No hablabas mucho de aquella época y, cuando te preguntábamos, solías responder con evasivas. Cambiabas hábilmente de tema y nos explicabas cómo te habías plantado ante la puerta del bisabuelo al enterarte de que era médico. No te moviste hasta que accedió a aceptarte como su pupilo.

Aclaré mi garganta con un carraspeo.

—¿Sabéis? —dije, y volví a levantar la cabeza para dirigirme al público.

Busqué a mis compañeros de trabajo, médicos y enfermeras que se habían colocado respetuosamente en la parte de atrás.

—En el hospital, cuando los más mayores se enteran de que soy su nieto, me cuentan anécdotas de aquella época. Parece ser que era corriente ver a mi bisabuelo intentando enseñarle cosas que mi abuelo ya sabía. Y más habitual aún ver al pupilo dando lecciones a los maestros. En fin— Suspiré y volví a mi hoja, pero antes lancé una mirada al ataúd negro que estaba cerrado y cubierto de flores rojas y blancas—. También te aceptó, el bisabuelo se entiende, como su yerno cuando le pediste la mano de la abuela. Os regalasteis once hijos a los que amasteis con locura, y ellos os dieron veintiséis nietos, a quienes cuidasteis mejor incluso que a vuestros propios niños.

Me volví hacia mis hermanos, mis tíos y mis primos.

—Todos, hijos y nietos, esperamos que os hayáis vuelto a encontrar allá donde estéis, para que no os tengáis que separar nunca más.

Tragué saliva e hice una pequeña pausa. Llevaba un rato balanceándome de un pie a otro y no había sido consciente hasta ese momento.

—Abuelo, me había sentido muy orgulloso por haber seguido tus pasos. Tuve la suerte de conocer las que creía que eran todas tus facetas: la de esposo, padre, abuelo y médico. Yo, y tantos otros, te hemos admirado toda la vida, aunque nunca te gustó que te lo hiciéramos saber. Fruncías el ceño y hacías gestos con la mano, como si no te lo merecieras. Te ofendías si alguien insistía, incluso, hasta llegar a enfadarte. Siempre hemos pensado que no había nadie más modesto que tú.

De pronto, lo que llevaba escrito en la hoja me parecía absurdo, así que la arrugué e hice una bola. Cuando abrí los ojos, decidí que fueran los demás los que sentenciaran a mi abuelo por sus actos de juventud. Sin llegar a dar la espalda al público, giré sobre mí mismo para hablar directamente a los restos mortales de mi abuelo.

—Dicen que los actos hacen a los hombres y tus actos, desde que llegaste al Mar del Plata, te hicieron el mejor hombre del mundo. —Cerré los ojos y respiré hondo. —Ojalá pudiera decir lo mismo de tu vida anterior, aquella que llevaste en Alemania. Tenías un potencial enorme como médico y, cuando  te dieron a elegir entre la investigación médica y el ejército, apostaste por la primera. Pones en tu diario que pensabas que así podrías ayudar a los demás, aunque sabías que ibas a hacer daño a algunas personas. Pero eras joven, y cumplías órdenes. O eso quiero creer.

Mi madre y mis tíos me miraban extrañados, sin saber qué era lo que estaba haciendo. La verdad es que yo tampoco estaba seguro. Solo sabía que debía continuar.

—Abuelo, no sé si lo entiendo. Tampoco quiero juzgarte, aunque tú me lo pediste. Me diste tu diario y me rogaste que lo hiciera público, porque era la única manera que tenías de irte en paz. Te lo juré antes de leer tus memorias escritas de tu puño y letra, y no sabes cuántas veces me he arrepentido desde entonces.

Abrí su diario por la página que él había marcado y que exponía, demasiado bien, todo lo que le atormentaba de su pasado en la Alemania nazi.

—Abuelo… Ojalá no me hubieras pedido que hiciera esto.

Y, con voz temblorosa, empecé a leer.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Mark Duffel en Unsplash.

Y, ¿si es una niña?

—Mami, ¿mi hermanito cuándo va a salir de ahí? —preguntó Mariano y acarició la barriga de Alicia.

—¿Hermanito? ¿Por qué crees que será un niño?

—No va a ser una niña mamá. ¡A ver! —el tono de voz de Mariano aumentó ligeramente.

—Pero, ¿y si es una niña?

—Mira mamá, no va a ser una niña, porque yo le pedí al Niño Dios que, para navidad, me trajera un hermanito. Un hermanito con el que voy a jugar fútbol y nos va a gustar lo mismo. Por eso no va a ser una niña.

—Bueno, pero, ¿y si es una niña?

—Una niña no, mamá. ¡Qué asco! Las niñas son aburridas, lloronas y fastidiosas. No, no, no. ¡Es un niño!

—Muy bien, pero deberías pensar qué pasaría si fuera una hermosa niñita.

—¡Sería horrible!

Mariano dio media vuelta y caminó hasta su habitación. Alicia se quedó pensativa en medio del corredor. Su hijo estaba empecinado en que tendría un hermanito, pero la última ecografía había confirmado que sería una niña. ¿Y ahora? ¿Cómo se lo iba a decir? Y, sobre todo, se preguntó cómo le haría entender que, hiciera lo que hiciera, no dejaría de ser una niña.

Pasaron los días y Mariano seguía con los planes para la llegada de su hermanito. Tenía preparada una bolsa de juguetes con carros, balones, figuras de acción y juegos de hombres, como solía llamar a todo lo que, según él, solo les gusta jugar a los niños. Detrás de la puerta tenía pegado un calendario, que le había regalado su padre, en el que marcaba los días que iban pasando. Una tarde se paró enfrente de él y se dio cuenta de que había muchos días marcados.

—¿Cuántos días faltan, mami? He marcado muchos, muchos días y mi hermanito nada que sale de ahí —afirmó Mariano señalando la prominente barriga de Alicia.

—Falta poco. No te preocupes —respondió Alicia y le sacudió los cabellos dorados.

El veintitrés de diciembre, por la mañana, Alicia sintió una fuerte punzada en el vientre bajo. Caminó hasta la cocina, donde había dejado su celular y le marcó a Julián.

—Ya es hora. Corre que me duele mucho.

Julián salió del trabajo sin fijarse en todos los pendientes que tenía que resolver, se subió al auto y transitó por la avenida a más de cien kilómetros por hora. Recogió a Alicia en la casa y la llevo a la clínica. Antes de entrar al quirófano, llamó a su madre para que recogiera a Mariano en el jardín de niños.

Cuando Mariano llegó a la clínica, Alicia ya había dado a luz y estaba en una habitación, llena de flores, globos y osos de felpa. Mariano se acercó a su madre y vio que entre sus brazos había un pequeño bebé que tenía en la cabeza un gorro rosado.

—Mamá, ¿por qué mi hermanito tiene un gorro rosado?

—Porque no es un niño, es una niña. Acércate para que conozcas a tu hermanita.

Mariano retrocedió unos pasos.

—No mamá, ese no es mi hermanito. Recuerda que te dije que el Niño Dios me iba a traer un hermanito.

Julián miró a Alicia, antes de que ella pronunciara alguna palabra y con la mirada le dejó claro que él se haría cargo de la situación.

—Mariano, tener una hermanita también es genial, también podrán hacer muchas cosas juntos. Yo tengo una hermana y es la mejor del mundo. O ¿no te parece genial tu tía Aida?

—No papá, es que… —Mariano se detuvo y empezó a llorar— es que las niñas son horribles. Lloran por todo, ponen quejas… En el jardín… tú no sabes cómo son de fastidiosas.

—Pero esta niña es tu hermana, eso la hace la niña más especial de todas las niñas del mundo. También podrán jugar las cosas que te gustan, compartir secretos y hacer pijamadas. Y cuando seas más grande descubrirás que las mujeres son maravillosas.

Mariano se limpió la nariz con la manga de la camisa, hizo un esfuerzo por contener los sollozos y miró de reojo a la bebé. Julián lo tomó de la mano y se acercaron a la cama donde estaba Alicia. Julian cargó a su hija y se sentó en el sofá que estaba a un lado de la cama. Mariano se acercó con cautela y miró a su hermanita. Cuando sus miradas se encontraron una sonrisa se dibujó en el rostro de la bebé. En ese momento Mariano pensó que no estaba tan mal tener una hermanita.

—Papi, ¿puedo escoger el nombre?

 

Mónica Solano 

 

Imagen de Virvoreanu Laurentiu

El circo espacial

El 25 de julio, a las trece horas de la Tierra, el ingeniero biomédico Toulouse arribó a la estación espacial Ícaro. Después de veinte años de trabajo en el laboratorio de genética de la NASA le habían asignado su primera misión. Una de las que se clasificaban en el rango más alto de confidencialidad. En plena euforia, decidió embriagarse con su esposa y no leyó el Manual de Contacto Kyvos que le había entregado la teniente Smith. “Ya tendré tiempo para leerlo cuando esté en la estación”, pensó.

El estómago se le retorcía en una ruidosa sinfonía. El dolor era tan intenso que el sudor se le escurría por la frente. Cuando la cápsula espacial tocó la superficie del planeta se tomó unos minutos. Respiró hondo, se ajustó el traje y armado de valor descendió por las escaleras. Cuando pisó el terreno arenoso con sus botas espaciales sintió que la bilis le destrozaba la garganta.

Al principio no estaba seguro de si lo que veía era una alucinación por el alcohol, de la noche anterior, o si de verdad estaba enfrente de una comunidad circense, a miles de millones de kilómetros de la Tierra. En ese momento se arrepintió de haber aceptado la misión sin conocer más detalles.

Movió la cabeza de un lado a otro, pero la imagen no se desvaneció. Fijó la mirada y vio con claridad las carpas puntiagudas, con rayas rojas y blancas, que se alzaban en el horizonte. Banderines de colores rojo y azul se agitaban en lo alto de los toldos. Estaba en un planeta habitado por un circo espacial. “De tantas especies que hay en el universo, por qué tengo que recolectar muestras de un maldito circo”, pensó. Y renegó una vez más por su mala suerte. Regresó a la cápsula, organizó el maletín con el equipo de recolección y se acomodó el traje. Con la mirada fija en el tablero de la manga derecha revisó la provisión de oxígeno. En el panel titilaba una cifra: siete horas.

—Tiempo suficiente para recoger las muestras y abandonar el planeta —dijo mientras cerraba el casco y oprimía el botón para liberar el oxígeno. Activó la grabadora en su cuello y emprendió la caminata.

—Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos arribé al planeta Kyvos. Lo primero que vi fue una estación espacial con la forma de un espectáculo de circo. Espero no encontrarme con un maldito payaso. ¡Juro que no volveré a beber! ¡Maldición! Borrar. Borrar. Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos que arribé a la estación espacial Ícaro. Estoy listo para recolectar las muestras de tejidos. Según la teniente Smith, los kyvosi tienen propiedades que facilitarán el desarrollo de órganos artificiales para preservar la raza humana. A las trece horas con cincuenta y cinco minutos de la Tierra no he visto ningún habitante. Caminaré hasta la carpa principal del circo. Nuevo reporte a las catorce horas con treinta minutos. Grabar.

De repente, mientras desactivaba la grabadora, Toulouse vio una figura mediana que se aproximaba hacía él. Una vez más sintió que la bilis se le atoraba en la garganta. Con una respiración controlada reprimió las náuseas, no quería vomitar en el traje. Contó de diez hasta uno y juró, por milésima vez, no volver a beber.

El pequeño ser se detuvo frente a él. Toulouse parpadeó un par de veces para observarlo mejor. Un tejido metálico lo cubría. Aunque estaba desnudo, a simple vista, parecía un ser asexuado. Dos cuernos que formaban un sombrero de arlequín le salían de la cabeza. Hacían juego con las marcas que le adornaban el rostro por debajo y por encima de las cuencas vacías. Alrededor de la boca unas líneas negras dibujaban una sonrisa perpetua. Aunque no tenía ojos, Toulouse podía sentir que el kyvosi lo miraba fijamente. ¿Cómo podrá verme?, pensó.

El pequeño arlequín extendió el brazo derecho y uno de los dedos de metal dibujó símbolos en el aire. Una luz roja formó la frase “Bienvenido al planeta Kyvos, terrícola”. Toulouse comprendió que el kyvosi conocía el lenguaje de la Tierra y podía comunicarse con él. Sacó el láser del maletín y escribió en el aire “Gracias. Soy el ingeniero biomédico Toulouse, encargado de recoger las muestras”. El kyvosi le indicó que lo siguiera. Mientras caminaban, mantuvieron una corta charla técnica, en la que le indicó la zona de trabajo, horarios y todo lo referente a la expedición. Al final del recorrido le invitó a una cena especial de bienvenida.

Toulouse, complacido por la invitación, hizo una reverencia como una muestra de gratitud. Cuando se incorporó, una tropa de soldados con lanzas de fuego lo tenían rodeado. En ese momento sintió que todo se movía a su alrededor y que el aire le faltaba. Maldijo entre dientes y recordó la advertencia de la doctora Smith “no entres a la cápsula sin leer el manual”.

“Manual de contacto Kyvos. Doctora Alied Smith. Inciso uno. Las reverencias son consideradas una falta grave en la comunidad kyvosi. Absténganse de realizarlas si no quiere morir desintegrado”.

 

Mónica Solano

Imagen de Rheo

La primera guardiana de la tribu Chartam

El sonido de los tambores y los cantos de la tribu Chartam calentaban uno de los inviernos más fríos que habían azotado la región. Reunidos alrededor del árbol de Nimue, los herederos se preparaban para la ceremonia del guardián. Desde una esquina, Kane miraba cómo la trenza dorada de Aru se agitaba con el viento. Recuerdos de una infancia feliz junto a su hermana revolvieron las entrañas de Kane. Con la cabeza agachada, Aru le rezaba a la diosa Nimue. Rogaba por salir victoriosa y ser la primera mujer de la historia en proteger a su tribu.

El precio para mantener a salvo la comunidad de los Chartman era que el cacique perdiera a uno de sus hijos. Por otra parte, las leyes eran sagradas y los dos hermanos, que tenían el derecho a portar la insignia del guardián, debían pelear hasta la muerte para conseguirla. Si rechazaban el mandato, toda la población sufriría la ira de la diosa y quedarían a merced de Andras.

Cuando el chamán alzó su báculo al cielo, los hermanos juntaron las manos en posición de oración. Hicieron una reverencia, extendieron el brazo derecho hacía el árbol y, con la palma abierta, tocaron el tronco verdoso. Una savia caliente viajó por sus dedos hasta que sus ojos se tornaron de color esmeralda. Los hermanos se tocaron la frente y el mentón, como señal de estar preparados para la batalla. El chamán les recordó que el vencedor obtendría el poder de la diosa Nimue y se convertiría en un guerrero invencible. Sería el guardián de la tribu hasta su último aliento.

De repente, el suelo bajo sus pies emitió un crujido que apagó los cantos y el sonido de los tambores. El cielo se llenó de nubes negras y la oscuridad se posó sobre la llanura. Aru miró a Kane y extendió su mano hacía el suelo. Cuando agitó los dedos, una hiedra viscosa brotó de la tierra. Sin tocarla, la lanzó con fuerza hacía su hermano. Kane saltó como si pudiera volar y esquivó los latigazos, que raudos se acercaban hasta él. En un giro, elevó su mano al cielo y atrapó un relámpago con el que golpeó el rostro de Aru y le cortó la mejilla. Aru cayó al suelo. Se pasó la mano por la herida, limpió la sangre y miró a Kane que flotaba sobre el manto de nieve.

El corazón de Aru latió con fuerza, los ojos centelleantes de su hermano le hicieron temer lo peor. Pero Kane dudo unos instantes antes de lanzar un nuevo relámpago y Aru logró esquivarlo con una destreza inesperada. Y fue en ese momento cuando agitó de nuevo los dedos y otra rama de hiedra creció bajo los pies de Kane. Las raíces lo sujetaron de un brazo y lo arrojaron contra el suelo. El golpe hizo temblar la nieve que cubría la llanura. Kane no pudo reaccionar a tiempo después de la caída y la enredadera le aprisionó las manos, ya no podía realizar ningún hechizo. Las ramas subieron con velocidad hasta rodearle el cuello. Aru sintió un ardor que le subía por la garganta al ver a su hermano tan cerca de la muerte. Cerró los ojos, apretó los puños con fuerza y, cuando los puso sobre el pecho, Kane expiró su último aliento. La tribu se quedó en silencio mientras observaba como el cuerpo del heredero se desvanecía entre la hiedra y sus cenizas retornaban a los cimientos del árbol de Nimue.

Los rayos del sol se abrieron paso entre las nubes. La hoja dorada se iluminó en la copa del árbol. Aru se quitó la túnica y trepó desnuda por las ramas más gruesas. Cortó la hoja y la conectó a su sistema circulatorio desde su muñeca. La savia dorada le recorrió las venas y el color de sus ojos cambió de esmeralda a dorado. El brazalete de la diosa se formó alrededor de su antebrazo y un manto de seda le cubrió el cuerpo. Aru descendió del árbol por el camino que formaron las ramas. Mientras avanzaba, las miradas vibrantes de sus adeptos calmaron el dolor por la pérdida de su hermano. La tribu Chartam recibió con júbilo a su nueva guardiana.

Mónica Solano

 

Imagen de Henryk Niestrój

A las 6:14 PM

Sentada en los primeros escalones de acceso a su casa, Antonia se fumaba un cigarrillo. En cada bocanada de humo gotas de sangre le chorreaban de sus manos. Se miraba los dedos con detenimiento y examinaba cada una de las líneas que la sangre seca había dibujado en algunas de las coyunturas. Las ideas viajaban con rapidez en su cabeza. Faltaba poco para que llegara la policía. Sabía que no tenía una coartada. Sonreía y se daba cuenta de que, por más que tratara de sentir un ápice de arrepentimiento, nada le había producido más placer.

El sonido de las sirenas hizo que se perdiera aún más en sus pensamientos. Aunque observaba con claridad cómo corrían los hombres uniformados hasta su puerta, en un parpadeo viajó en el tiempo. Estaba de nuevo con las llaves en la mano, lista para entrar en la casa.

6:14 p.m. Antonia llegó a su casa más temprano de lo acordado. Llevaba varios días fuera de la ciudad en un viaje de negocios y había dedicado algunos minutos libres para idear un plan y sorprender a su esposo.

Aunque, a los ojos de los demás, el matrimonio de Antonia era como un cuento de fantasía, siempre había pensado que sus esfuerzos no eran suficientes para tener un matrimonio feliz y estaba convencida de que no era la mujer que se merecía su esposo. Tobías era de esas personas que provocaba tener sexo todo el tiempo. Sus pestañas largas, su cabello sedoso y su cuerpo atlético eran suficientes para sentir un cosquilleo por la piel. Era el hombre con el que toda mujer soñaba. Siempre estaba pendiente de los pormenores del hogar. Mantenía la nevera llena de comida gourmet y decoraba con mimo todos los rincones de la casa. En los cinco años que llevaban casados, Antonia creía que nada había estado fuera de lugar. Bueno, sí había algo: ella. Hacía semanas que no se tocaban. Cruzaban palabras cordiales cuando se encontraban en el pasillo. Dormían en la misma cama, pero estaban ausentes. Antonia tenía todo lo que deseaba, menos a su esposo.

Abrió la puerta de la casa, se quitó el vestido y se quedó solo con las botas negras de caña alta. Sacó una botella de vino del bolso y subió las escaleras con cuidado para no alertar a Tobías. Cerca de la habitación oyó unas voces, en realidad unos susurros. Frunció el ceño y pensó detenerse, pero decidió continuar. Cuando llegó a la puerta se le resbaló la botella de la mano al ver a su esposo. El ruido de los cristales chocando contra el piso llamó la atención de Tobías, que estaba tendido sobre la cama, vestido con un corpiño de cuero, mientras disfrutaba del placer que le producía su amante. Antonia se agarró con fuerza al marco de la puerta. Todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Las tripas se le retorcían en el vientre. Se tapó la boca con la mano para ahuyentar las náuseas. Tobías se acercó con prisa y trató de auxiliarla. Antonia ya estaba a pocos centímetros del suelo.

La espiral de emociones le nubló el juicio. Con una mano cerca del piso sintió el pico de la botella quebrada, se aferró a él con fuerza y sin pensarlo se lo enterró a su esposo en la garganta. Se cayeron al suelo entre los gritos desgarrados del amante que se levantaba de la cama para ayudar a Tobías. Con la sangre brotando en cascada por el cuello, entre unos dedos que trataban de estancarla, Tobías exhalaba su último aliento. El amante se aferraba al cadáver, horrorizado. Sus ojos enrojecidos se encontraron con los de Antonia. Se abalanzó sobre ella e intentó estrangularla. Antonia apretó el pedazo de botella en su mano y le cortó la cara. El hombre la empujó y salió dando un traspié. Antonia se levantó del suelo y lo hirió en la espalda, varias veces. El hombre logró salir de la habitación. Gritaba sin parar mientras descendía hacia la puerta de la casa. Salía en busca de ayuda y a la mitad de la cuadra se cayó y murió desangrado. Antonia bajó por la escalera, sin prisa, contando los pasos. Cogió el bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió y se sentó en el segundo escalón. Se miró las manos aún temblorosas y pensó: “¡Un hombre, Tobías! Ahora entiendo por qué nada era suficiente para ti”. Expulsó con fuerza el humo de sus pulmones y cerró los ojos. 

La mano del oficial sobre el hombro la apartó de sus pensamientos. Pronunció unas palabras que se perdieron entre el eco de los murmullos de los vecinos, entre el sonido de las sirenas y entre el pitido de sus oídos. Para Antonia ya nada tenía importancia. No podía volver en el tiempo aunque, si fuera posible, los volvería a asesinar. La sangre en sus manos le daba un nuevo sentido a su vida.

Se puso de pie con ayuda. Todavía desnuda y con las botas negras que le había regalado su esposo en su último aniversario. El oficial la cubrió con su abrigo y la escoltó hasta la patrulla. Antonia dibujó algunos círculos con los dedos en la ventana del automóvil y se despidió de su casa. Era una asesina.

Lunes 6:14 p.m. Llegó el momento de conocer el veredicto. Se oyó como un eco en la sala: “Pena de muerte”. Antonia sonrió y se contempló las manos una vez más.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Julia Bilyk

El lienzo de Claudia

Claudia sintió cómo le temblaban las rodillas y trastabilló, pero logró sujetarse al mueble del lavabo. Era un baño anexo a su dormitorio, tan pequeño que podría ducharse y, a la vez, escupir la pasta de dientes en la pila. Con los ojos cerrados, se sentó donde sabía que estaba la taza. No podía controlar la agitación de su cuerpo. Tomó aire antes de volver a levantarse y a enfrentarse con el espejo medio empañado.

Su cara. Su cara no estaba. Su boca era una línea que se abría y se cerraba. La nariz se intuía por los dos agujeros en medio del óvalo de piel, tan solos e inquietantes como los puntitos negros que habían sido sus ojos. Quiso gritar, pero tenía miedo a que también le hubiera desaparecido la voz.

Se dejó caer sobre el suelo del baño y apoyó la espalda contra la puerta. Intentó recordar cuándo había tenido cara por última vez. Suponía que la noche anterior, pero no le sonaba habérsela visto. Había llegado demasiado decepcionada y dolida a casa después de discutir con Sophie, su mejor amiga. Ni siquiera cenó antes de quitarse la ropa, poner en hora los despertadores y meterse en la cama.

Fue la segunda alarma la que le recordó que, con o sin cara, era hora de vestirse. Tuvo la tentación de apagarla y volver a meterse en la cama, pero nunca había huido de sus problemas. Mientras pensaba en qué podía hacer, se dio una ducha rápida, porque no quería sumar la peste a su cara ausente. Por inercia, sacó su neceser de maquillaje y, al darse cuenta de lo que hacía, se echó a reír. Pero eso le dio una idea.

Rebuscó en el armario de los trastos, un espacio que habría enorgullecido a Diógenes, y sacó el maletín con los tubos, la paleta y los pinceles de pintura sobre lienzo.

Usó de modelo una foto del móvil y empezó a trabajar en su cara. Como tenía buen color, no era necesario que se empleara en el fondo. Aprovechó para engordar un poco los labios, hacer su nariz más fina y dibujar pestañas espesas. Pero, al mirarse, sintió que faltaba algo. Tenía una expresión demasiado anodina, demasiado débil para la reunión de proveedores. De ella dependía el presupuesto anual. Y era la primera vez que su jefe le encargaba que la liderara, así que Claudia le había prometido que sería una negociadora tenaz como el hierro. Meditó unos instantes. Volvió a coger los pinceles para hacerse unos ojos que parecieran no confiar ni en su madre, y unas cejas gruesas que le dieran aspecto de enfadada. La boca dura, de la que no se pudieran esperar palabras amables.

Metió el disolvente, las pinturas y los pinceles dentro de su maletín y salió de casa.

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Julien, su jefe, la felicitó al acabar la reunión. Después, se la quedó mirando unos instantes y le preguntó si se encontraba bien.

Estaban en la sala de reuniones, un espacio rectangular con una mesa ovalada en la que cabían veinte personas. Claudia hizo crujir sus dedos entrelazándolos, aún nerviosa y emocionada. Se sentía pletórica. Su exterior había contagiado a su interior, y durante el encuentro se había mostrado firme y no cedió ni un centímetro, para sorpresa de todos.

Intentó sonreír con su boca repintada y notó que su jefe se controlaba para dominar la cara de disgusto. Sin embargo, Julien no pudo evitar echarse hacia atrás en el asiento, como si huyera de ella. Claudia pensó que quizá su expresión era demasiado agresiva para estar con sus compañeros de oficina. Se levantó, a la vez que se disculpaba, y se encerró en el baño.

Sacó el disolvente y se pintó una cara más amable. Se dibujó una sonrisa profesional y unos ojos serios que inspiraran confianza. Se pobló un poco más las pestañas, y salió con la intención de encantarlos.

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Poco después de las tres y media apareció su compañero con un par de cafés. Compartían teléfono y chascarrillos en un despacho con dos escritorios enfrentados en el centro, estanterías desde el suelo hasta el techo y paredes de cristal. Claudia, que simulaba concentración ante su ordenador, lo miró por el rabillo del ojo. Estaba junto a su silla, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada, de niño a punto de hacer una travesura.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia.

—No sé. Dímelo tú. Hoy tienes una mirada diferente.

Claudia sintió temblar de nuevo las rodillas. Las cruzó bajo la mesa.

—No sé qué quieres decir.

—Venga, no te cortes. Ayer saliste con Ron, ¿no? ¿Y? ¿Pasó ya…?

—Al final no nos vimos —cortó ella —. Anda, siéntate, que se me enfría el café.

Se había olvidado de Ron por completo. Se suponía que el día anterior tendrían que haber ido a cenar pero, un par de horas antes de su cita, Ron le había enviado un mensaje. Le decía que no podía quedar y que si lo cambiaban para el día siguiente. El plan iba a seguir en pie: la recogería en el trabajo para ir a un japonés que estaba de moda y, si después seguían con ganas, irían a tomar un copa. Claudia se masajeó el entrecejo mientras pensaba en su mala suerte. Primero, su novio la había dejado medio plantada. Después, había aprovechado el plantón para quedar con Sophie, que había acabado diciéndole que, desde que estaba tan ocupada, no sabía comportarse como una buena amiga. Y por último, había perdido su cara.

Pero aún podía darle la vuelta. Al fin y al cabo, la reunión había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Durante el resto de la tarde estuvo pensando en la cara que se pintaría. Pensó en los gustos de Ron. Sabía que él prefería mujeres fuertes y decididas, pero a la vez sensibles y con vocación de amar. Así que, antes de que dieran las seis, se metió en el baño, disolvente en mano, con la intención de encontrar una cara que hiciera que la relación funcionara. Se arreboló las mejillas y, con mucho blanco y plata, consiguió que su mirada brillara. Se alargó las pestañas, que nunca estaba de más, y se dibujó una boca que pedía tantos mordiscos como una manzana embrujada.

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En el restaurante, Claudia notaba cómo sus labios embelesaban a los hombres y el recelo de las mujeres cuando la miraban a los ojos. Pero Ron estaba centrado en disolver el wasabi en la soja. Se alegró de llevar pintada la cara para que su chico no notara su desconcierto. Y fue aún mejor cuando por fin retiraron los platillos y Ron no pudo seguir removiendo la salsa. Claudia pensó que debía estar nervioso.

—¿Te apetece un mochi? —preguntó Claudia. La forma esférica y el tacto gomoso del postre le recordaban a un pecho, y pensó que igual a Ron también. Y una cosa podía llevar a la otra.

—No, gracias.

—Bueno, dicen que todos los postres están buenísimos. Te prometo que solo te cogeré un poquito de lo que pidas.

Ron observaba la carta, pero cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no la estaba leyendo. Claudia pensó que estudiaba el menú a conciencia. Él la miró a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Tengo que decirte algo.

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Claudia bajó del taxi y, ante la puerta de sus padres, se borró la cara. Le daba vergüenza que su madre la viera. Se sentó en el suelo, a los pies de los tres escalones que subían al porche de la casa de estilo victoriano, apoyó el móvil en el bolso para usarlo como linterna y preparó todo el material.

Y ahí estuvo, con el pincel en la mano, inmóvil, durante unos minutos. No sabía qué dibujar. No le servía la cara agresiva de la reunión, ni la profesional del trabajo. Y mucho menos la que pretendía ser sexy y que tan poco resultado había dado. Solo quería una cara, su cara. La que su madre reconociera.

Pero no sabía cuál era.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Lia Leslie Photography