El arte de hacer jabón

Las fragolinas de mis ayeres

Un día que estaba haciendo jabón en el fuego, llegó Andrés con un fajo de aliagas que había cogido cerca del cementerio. Como se pasaba el día holgazaneando por las calles, yo solía mandarlo a que me hiciera recados.

—Señora María, creo que, con estas matas que están bien secas, podrá hacer una buena fogata y el agua del caldero empezará a hervir enseguida.

—Muchas gracias. —Me acabé de ajustar la toca—. Si me ayudas a dar vueltas, te prepararé un poco de sopa caliente.

—Es que con esta leña verde solo consigue hacer mucho humo y llenar las calles de olor a chamusquina—me dijo Andrés. Y me dejó las aliagas al lado del hogar.

Mientras me limpiaba las manos en el delantal y atizaba el fuego, pensaba que no había ningún joven en el pueblo tan atento como él.

Cuando conseguí que prendieran las aliagas, mientras se calentaba la sopa, nos sentamos y nos quedamos los dos embobados, mirando las llamas y los borbotones que hacía la sosa al mezclarse con el sebo.

Siempre que Andrés se quedaba callado, le rezumaba una especie de espumilla por las comisuras del labio de abajo y, de vez en cuando, se la limpiaba con el revés de la mano. Con voz babeante me dijo:

—Oiga, señora María, ¿ha pensado lo fácil que sería matar a un hombre y hacer desaparecer el cuerpo con la sosa? Y, si al final quedara algo, rematarlo con cal.

Me revolví como una lagarta y lo miré a los ojos. Pero él seguía hablando sin inmutarse.

—Si matas a uno y lo metes en este caldero no se entera nadie.

—¡Andrééés….! ¿No habrás pensado matar a un hombre?

—No, mujer, no. No se asuste. Desde el primer día que la vi hacer jabón no hago más que darle vueltas a eso de que la sosa se lo come todo. Y se me vuelven los sesos agua.

—Por Dios, Andrés, ¡qué cosas dices!

—¿Se cree que no noto que las mozas me hacen momos cuando paso por delante de ellas?

—Eso te parecerá a ti. —Le dejé en la mesa de la cadiera una escudilla con caldo de gallina—. Anda, tómate esto y no pienses en esas cosas.

—Pues es verdad. —Se levantó a coger el palo con el que yo removía el caldero—. Es que me ha venido a la memoria mi padre. Y, ¿sabe lo que le digo? Que desde hace tiempo pienso que él sí que fue tonto. Que todo habría sido más fácil si hubiera empleado la sosa.

Andrés comenzó a dar vueltas a la pasta blanca y cuando tropezaba con algún hueso, me lo enseñaba como un trofeo.

—Mire qué blanquecino está. Nadie puede saber si es de un hombre o de un animal. Y si ahora lo tiramos al muladar del Soto, se mezclará con restos de carroña que dejan los buitres. Y sanseacabó.

—Y a ti, ¿cómo se te ocurren estas cosas?

—¡Ande, no se haga la tonta! Que lo de mi tío Pedro lo saben hasta en Madrid.

—No me vengas con más enredos —le contesté.

—¡Que esto no es mentira!—Se santiguó—. Hace dos años el forestal nos trajo unos papeles de un periódico. Mientras él se los leía a mi madre, yo abría bien las orejas y me lo iba grabando todo aquí, en la mollera. —Con la mano que le quedaba libre se tocaba la frente.

—¿Dónde están esos papeles?

—Pues, ¿dónde han de estar? En casa, debajo de un ladrillo, con el dinero. Yo sí que sé en qué ladrillo están, pero mi madre no, que cada día los cambia de sitio, por si las moscas, y luego no se acuerda dónde los ha puesto.

—A ver, Andrés. Tu madre nunca me ha nombrado nada de lo que dices.

—Es que dice que esto no hay que mentarlo, que trae mala suerte.

Entonces se levantó y me espetó:

—Como usted sabe leer, le voy a traer un papel. —Se rascó la cabeza—. Pero tiene que quedar entre nosotros, que si mi madre se entera que los he tocado igual me manda otra vez al hospicio.

Ni corto ni perezoso, se fue a su casa y en un santiamén volvió con un recorte de periódico amarillento, lleno de manchas negruzcas, como cagadas de mosca. Las letras estaban desdibujadas y no se podía leer todo.

Un hermano mata a otro. En día… en el pueblo de…, riñeron los hermanos Pedro y Juan Vadanuez, solteros, de… años de… El primero, y primogénito, le dio una puñalada al segundo y lo dejó muerto… en la cocina de Macario, que es el hermano mediano… delante de su mujer y de su hijo de pocos años… unos creen que… por la herencia de unos campos y otros… Juan sacó a bailar a la novia de Pedro. El fratricida fue detenido por el juez de paz. (Febus).

En el pueblo, todos sabíamos que Pedro dijo muchas marrullerías, que se las arregló para echarle la culpa al muerto y así lo sacaron del calabozo en pocos meses.

rayaaaaa

Entonces me quedé pensando que una desdicha siempre trae cola. Y la muerte de Juan trajo más desgracias. La primera, la noche que Pedro salió de la cárcel. Esa noche sin luna se presentó otra vez en casa de Macario con gritos y amenazas para que no se fuera de la lengua. Todo eso lo vi desde el ventano de la escalera. Al oír que Pedro llamaba de malos modos, asomé un poco la cabeza. Como la calle era muy estrecha, no me perdí ni una sola palabra. Así se lo conté al juez el día que me llamaron a declarar.

Que Pedro le dijo a Macario que volvería para matarlo y violaría a su mujer si contaba a alguien que le había mentido al juez. Total, como Juan estaba muerto, ya no le iba a importar que hubiera desvirgado a su novia. Y que Macario gritó: “¡Bastaaa yaaa! ¡Esto es demasiadoooo!

Y sin pensárselo dos veces, se levantó, cogió el cuchillo de matar las ovejas y le asestó dos cuchilladas a Pedro por la espalda, delante de su hijo que acababa de cumplir cinco años. Mientras su mujer intentaba esconder el cuchillo lleno de sangre debajo de un ladrillo, él bajó las escaleras y se fue a entregar al juez. Y se lo llevaron al penal de San José.

Como su mujer estaba un poco alunada, un día me preguntó si podía ir yo a llevarle un macuto con las mudas limpias y un poco de comida. Y no pude contener una llorera cuando Macario soltó las manos de la reja del locutorio y farfulló:

—María, algunos de los que han venido a verme me han contado que se han llevado a mi hijo al hospicio y que mi mujer anda por los pinares como si estuviera alelada.

rayaaaaa

Cuando salí de mis cavilaciones, Andrés seguía de pie con el papel de periódico en la mano.

—Señora María, también sé que mi padre mató a mi tío Pedro. De eso me acuerdo muy bien.

Miró las llamas del hogar y dejó el palo de revolver el caldero. Se dio la vuelta y enfiló escaleras abajo arrastrando los pies y rezongando:

—Si mi padre hubiera sabido hacer jabón como la señora María no se hubiera pasado toda la vida en el penal y a mí no me hubieran tenido tantos años en el hospicio.

Carmen Romeo Pemán

Escaleras de casa

Escalera y patio de casa Melchor. El Frago, Zaragoza. Foto de Carmen Romeo Pemán.

Imagen destacada. https://www.directodelolivar.com/hacer-jabon-casero/

6 comentarios en “El arte de hacer jabón

  1. Adela Castañón dijo:

    Carmen, me quedo sin palabras. Deberían ponerle tu nombre a la mejor calle de El Frago. Nunca un pueblo, un entorno, una cultura, tuvo tan buena representante. Eres admirable. Y magnífica. Y conste que no lo digo por darte jabón… jeje… sino porque me sale del corazón.

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    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Adela, graciaaaaas… nunca unos relatos tuvieron una acogida tan cariñosa. La mejor calle la tengo aquí, en el país de Mocade, al lado de las de mis amigas: Adela, Carla y Mónica.

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  2. Inmaculada Martin Catalan dijo:

    Yo no soy del Frago…pero con todas tus historias me estoy familiarizando con su entorno y sus costumbres. Como dice Adela te tenían que poner una calle por lo menos. me encantan Carmen.

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    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Inmaculada, estos relatos salen muy enriquecidos con tus ilustraciones. Porque estás familiarizada y llegas al meollo. A ti te voy a tener que hacer un monumento.

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