Para toda la vida

Juan está sentado en una mesa de la cafetería y la ve venir a lo lejos. Al principio duda si es ella o alguien que se le parece. Achica los ojos para enfocar. Sí, es Laura, pero está distinta. Parece un poco mayor, como si de repente hubiera envejecido. Y, a la vez, tiene el aire familiar de toda la vida. Se ha cambiado el corte de pelo por uno más clásico y se ha quitado esas mechas azules que tanto lo encandilaron cuando se conocieron. Sin embargo, mantiene la misma sonrisa. Laura se inclina a saludarlo antes de sentarse. Y su beso, ese beso descarado que siempre le da, sin importarle quién haya alrededor, vuela hasta la boca de Juan. El camarero se espera hasta el final del beso para retirarle la silla. Laura aprovecha y pide un café mientras se sienta frente a su novio, que en ese momento saca un papel de su bolsillo.

–Mira, Lauri, lo que te conté. –El chico le coge una mano y con la otra le muestra la carta–. ¡Varsovia! Todavía no me creo. ¡Si eché la solicitud por probar, pensando que me darían la patada…! ¡Uf! Menos mal que lo hice. Va a ser un cambio increíble.

Juan se inclina y la mira a los ojos. También los ve un poco distintos, enmarcados por un flequillo castaño donde antes había unas guedejas azules. Ahora el pelo, todo del mismo color, no le llega a los hombros. Laura sonríe. Su mirada va y viene de la carta a su novio, y al revés. No dice nada. Juan se da cuenta de que no ha dicho nada sobre el aspecto de su chica y suelta lo primero que se le ocurre:

–Estás guapa.

–Gracias. Se me ocurrió que un cambio como este merecía celebrarse con otro cambio.

Juan intenta añadir algo, pero no se le ocurre nada. Además, está nervioso por la buena noticia.

–Puedo empezar en septiembre. Es una oportunidad increíble. –Respira hondo.

–¡Enhorabuena, cariño! ¡Me alegro tanto por ti!

–Esto lo cambia todo. ¿Te das cuenta? Ahora mi padre no tendrá que pedir favores a nadie del Ayuntamiento para lo del trabajo. Es un alivio, ¿sabes? Mamá dice que no le importa, pero yo sé que a mi viejo se le hacía cuesta arriba, y que iba a hacerlo por no tener que escucharla todo el día dale que te pego. ¡Pobrecillos! Pero es que son muy mayores y sólo me tienen a mí. –Juan le suelta la mano y cruza los dedos como si rezara–. ¡Dime que vendrás conmigo! En todas partes hacen falta secretarias. Y si no encuentras trabajo nos achuchamos un poco y vivimos los dos con mi sueldo, Laura. ¡Varsovia! ¡Uf!

–¿Se lo has dicho ya a tus padres?

–Todavía no, mi vida. En cuanto vi la carta y la leí, la guardé para que tú fueras la primera en enterarte. Se la enseñaré cuando vuelva a casa.

Mientras mira a Laura, Juan intenta reconciliarse con la nueva imagen de su novia. No es que la melena castaña y el flequillo le sienten mal, pero él adoraba sus mechas…

 –¡Vamos a salir de España, cariño! Escaparemos de la rutina, podremos ver mundo, ¿te das cuenta? ¿Te das realmente cuenta de lo que eso significa? –Juan mira a Laura, y le viene a la mente un recuerdo que no logra atrapar–. También va a ser un descanso económico para mis padres. España es la tierra de los parados y de los mediocres, y yo no quiero ser ni lo uno ni lo otro.

–Van a estar muy orgullosos de ti, Juan. Aunque tu madre te echará mucho de menos si te vas.

–¿Si me voy? –Juan recuerda que Laura no le ha contestado antes–. ¡Si nos vamos! ¿No? Porque supongo que vendrás conmigo, cariño. Ya sé que mi madre echará sus lagrimitas, pero no voy a estar siempre con ella. Igual con la pena discute un poco menos con mi padre, ¿quién sabe?

–Claro que iré. Es que todavía estoy impresionada. –Los ojos abiertos de par en par parecen más grandes, aunque no brillan tanto como antes–. Podrías ir tú primero para tantear el terreno, y volver en unos meses. Entonces podríamos irnos los dos juntos. Allí son bastante conservadores, ¿no? Igual no les parece bien que unos novios vivan juntos. Que conste que lo digo sobre todo por ti, Juan. Ya sabes que cuando se ha tratado de hacer escapadas me he apuntado a todas, cielo. Pero ¿no te parece que seríamos tontos si no aprovechamos esta oportunidad a tope? Me lo he estado pensando toda la noche.

Juan la escucha a medias. Por un momento piensa que le está hablando otra persona. ¿Dónde se esconde su loca novia bohemia? Laura, que no se da cuenta, sigue con lo suyo.

–Sé que no soy precisamente santo de la devoción de tu madre. –Juan sonríe. Eso le consta–. Y no creas que no me importa. Todavía me entran temblores cuando me acuerdo de la mirada que me echó la primera vez que nos vio juntos. Si yo tuviera un hijo a lo mejor me pasaría igual, pero seguro que no tendría tantos prejuicios solo por las pintas de una persona. Ahora que, si me voy a vivir contigo de modo tan, no sé cómo decirlo, tan definitivo, seguro que ya me echa la cruz del todo.

–No exageres, mi vida. Cuando hemos viajado juntos no se lo he ocultado. Lo sabes bien. Ya sé que vive para mí, pero también tiene claro que soy mayorcito y que estoy contigo. No sé dónde ves el problema.

–Porque eres hombre, Juan. Por eso no lo ves. Que las mujeres hilamos muy largo, y ya te digo que no estoy criticando a tu madre. Al revés, estoy pensando en ella.

–¡Pues por eso! Evidentemente ella no puede venirse conmigo, y se quedará más tranquila sabiendo que no estoy solo allí. –Laura aprieta los labios y levanta las cejas. Juan traga saliva–. ¿O es que no quieres venir? Cada vez que hemos hablado de ver mundo, de conocer juntos otros lugares, otras culturas, otra forma de vivir, siempre has estado de acuerdo. Y siempre te han parecido bien nuestras escapadas.

–A ver, Juan. No te he dicho que no vaya a ir.

Algo cambia en el interior de Juan. Si no fuera por lo contento que está, diría que lo que siente es enfado. Las siguientes palabras de Laura le caen como un jarro de agua fría.

–Imagínate, por decir algo, que me quedo embarazada. Suponte que allí los anticonceptivos tengan otra composición, qué se yo…

–¡Pero, mujer! Eso es una bobada. –Juan se rasca el cuello y arruga la frente–. ¿O es una excusa? De verdad, no te entiendo. No pareces tú.

–¡Que no, Juan! Siempre te lo he dicho, ayer te lo repetí y hoy te lo digo otra vez. –Laura le acaricia la cara igual que lo hace su madre por las noches–: Con lo que yo te quiero, cariño, voy contigo al fin del mundo.

Laura extiende un poco más la mano, agarra el cuello de Juan por donde se lo ha rascado y acerca la cara para estamparle otro beso. Juan se lo devuelve de modo maquinal. Se separa, suelta el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta y deja brotar las palabras que se estaban atropellando en su boca, pisándose unas a otras en sus ansias por salir. Habla de Varsovia, de las condiciones de trabajo, de mil cosas. Laura escucha, sonríe, asiente y besa. Juan sigue hablando. Laura sigue asintiendo, pero apenas suelta algún que otro monosílabo. El café de los dos se enfría. Juan se da cuenta de que ha monopolizado la conversación.

–Entonces, ¿no te vas a echar atrás? –Laura levanta las cejas. A Juan le parece que también se las ha teñido un poco más claras–. En lo de acompañarme, digo…

–¡Que no, chiquillo! ¡Que no! ¿Tú te crees que te voy a dejar solo, con la de polacas rubias y guapas que debe haber por allí? Pero tendríamos que empezar a pensar en hacer las cosas como Dios manda.

Laura ríe. Son las mismas carcajadas cristalinas de siempre, ¡menos mal, algo familiar!, pero no tranquilizan demasiado a Juan, que no entiende por qué le pasa eso. Siempre ha adorado la alegría de su novia, su frescura y ese sentido del humor tan suyo. Ahora es Laura la que le coge las manos.

–No voy a mentirte, Juan. Desde que me llamaste ayer, lo he estado pensando mucho. Al principio me quedé tan pillada que por eso se me ocurrió decirte que te fueras tú primero. Es verdad que los dos aquí parados no íbamos a conseguir nunca nada. Y llevas razón en lo que dices: si me voy contigo –Juan traga saliva. Otra vez el condicional–, puedo buscar allí un trabajo. Y si lo encuentro –no dice cuando lo encuentre y Juan lo nota–, podemos vivir con un sueldo y ahorrar el otro para la entrada de una casa. Si te vas solo y yo me quedo aquí… eso puede ser eterno –Laura le da el enésimo beso de la tarde–. ¡Ea! ¡Nos vamos los dos!

Juan la mira como se mira a alguien que es a la vez extraño y familiar. Supone que es por la ausencia de sus mechas azules. Se da cuenta de que los labios de Laura llevan un brillo rosado, distinto de su rojo habitual. Ahora es ella la que habla, y Juan el que parece que ha perdido la lengua. A mitad de una frase, su novio se estremece como si le rozara una corriente de aire. De nuevo le quiere acudir una imagen a la mente, y esta vez atrapa el recuerdo. Juan se bebe de un sorbo el café, que ya está helado, y se pone de pie. Laura ni siquiera termina lo que está diciendo.

–Laura… –Juan mira el reloj–. Perdona, tengo que irme.

La boca de Laura se abre tanto como sus ojos en una muda pregunta.

–Verás… tienes razón. Será mejor que lo pensemos, sí. Tampoco vamos a precipitarnos. Y a ver también lo que dicen mis padres. Te llamo mañana ¿vale?

Juan se levanta, da media vuelta, y se marcha sin mirar atrás. Camino de su casa piensa qué noticia le dará primero a su madre: si la de la oferta de Varsovia, o la de que piensa romper con Laura. Sabe que su madre se sentirá más feliz por lo segundo que por lo primero. Sonríe para sus adentros por la paradoja. Si su madre viera ahora a Laura, igual hasta habría puesto buena cara. Pero no cree que las dos mujeres se vuelvan a ver.

Abre la puerta de casa con su llave. Mamá sale a su encuentro. Por una vez no le mira con descaro los labios ni la mejilla buscando huellas; por lo que se ve, la nueva barra de labios de Laura, con el mismo rosa de la de su madre, no le ha dejado ninguna marca delatora. Mamá se aparta el flequillo de la cara, y mueve su melena, que nunca deja crecer demasiado. Bajo las cejas castañas, los ojos de la mujer parecen leer en la cara de su hijo, igual que hicieron un rato antes los de su novia. Juan siente que no tiene nada que decirle, se siente como se debe sentir su padre, después de cuarenta años de matrimonio. Esa tarde ha podido entenderlo por fin.

Irá solo a Varsovia. Él quiere llenar de mil cosas los próximos cuarenta años. Allí cabrá todo, menos la rutina. No piensa reescribir la vida de sus mayores. Su futuro todavía es una hoja en blanco. Sonríe a su madre, y empieza a hablar.

Adela Castañón

Imagen: Martha Dominguez en Unsplash

4 comentarios en “Para toda la vida

  1. Carmen Romeo Pemán dijo:

    Adela, eres una maga, sabes sacar el jugo literario de cualquier situación. Muy bien esta nueva vesión de la rutina que destruye el amor. Porque la literatura es novedad en el decir y diálogo entre las obras. Y este relato me ha evocado el “Vals de aniversario” de Jaime Gil de Biedma, uno de mis poemas favoritos.

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  2. Adela Castañón dijo:

    ¡Mil gracias, Carmen! Por tu incansable ayuda. De no ser por ti, por Mocade, este relato habría sido una monótona sucesión de explicaciones. Tus palabras son un regalo porque con ellas me muestras, sin tener que decírmelo, que por fin voy aprendiendo un poquito a mostrar más y contar menos. ¡Y ese regalo no tiene precio, amiga mía! Muchos besos.

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  3. Curro Jimenez dijo:

    Querida Adela: Una maravilla de relato, como acostumbras. Me he metido tanto en él que ahora soy Laura y no entiendo porque me va a dejar Juan. Si no tenemos ni rutinas. Unos pocos viajes juntos de fin de semana. Unos besos apretados. Quizás es que esta Laura normal, con el pelo normal, sin pelos azules, que a veces parece hasta que piensa, no es la que conoce y le gusta. Los hombres son caprichosos. Les da miedo una mujer que tiene personalidad propia, o eso parece. Ya soy Curro otra vez: Enhorabuena porque haces una literatura preciosa, atrayente, que te engancha. Enhorabuena. Un beso

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  4. Adela Castañón dijo:

    Querido Curro: Fuiste la primera persona en leerme con cariño y dedicación a toneladas. Y sigues. No sabes cómo me alegra y me estimula tu comentario, amigo, porque esa era la idea. Cómo algo tan simple como una carta puede provocar un giro en la relación de dos personas. Mi Laura bohemia empieza a tener ganas de sentar cabeza al ver la oportunidad, y mi Juan quiere seguir teniendo todavía un poco de vida loca… que hubiera sido con ella… peeeroooo… En fin, millones de gracias y millones de besos.

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