Pedid y se os dará

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

Ella asiente con los ojos bajos. Sabe muchas cosas. Sabe que a él no le gusta que lo mire de frente. Nota la mano de su marido en el hombro, inclina el mentón un poco más para que no la vea tragar saliva y consigue mantener el control de su cuerpo. Cuando la mano asciende y le roza la mejilla, no se estremece ni mueve un músculo. Vuelve a escucharlo:

—La próxima vez, si el pediatra del niño va con tanto retraso, te vuelves a casa. Antes paras en la farmacia, le compras cualquier cosa para la fiebre, y sacas cita para otro día. Tienes que usar la cabeza para algo más que para ponerte los rulos, mujer, que no es tan difícil. Así el niño cena a su hora y su padre, que soy yo, también. Y todos contentos.

El silencio dura un segundo. Dos. Tres. Ella cuenta mentalmente. Eso significa que le toca responder. Abre la boca, esperando acertar.

—Tienes razón. Eso haré.

El roce de los dedos en su mejilla se repite. Menos mal. En su cerebro, una bombilla imaginaria, como la de algunos concursos de la tele, se pone en verde. “¡Respuesta correcta!” Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—Ea, para que veas que no pasa nada llama por teléfono y encarga una pizza, anda. Que si te pones ahora a preparar algo, en lugar de cenar vamos a desayunar.

Siente que la mano deja de rozar su piel. Por fin. Él se tumba en el sofá y aprieta un botón del mando de la tele. El partido de futbol está a punto de empezar. Gira el cuello un poco para gritarle dos palabras antes de prestar atención a la pantalla:

—¡De pepperoni!

Ella descuelga el teléfono fijo. Marca lo más despacio que puede, intentando mantener una cadencia constante, a la vez que cuenta mentalmente: “uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Cuando llega al seis, aprieta el botón que tiene dibujado un minúsculo teléfono rojo, para colgar. Se esfuerza en abrir un poco más el ojo derecho y una gota de sudor le cae por el párpado izquierdo. Menos mal, porque ese lado de la cara es lo que tiene peor y así el ojo no le escuece. El párpado está tan hinchado por el hematoma que por ese lado no ve, y el sudor ni siquiera atraviesa las pestañas. Manteniendo el ritmo intenta que los dedos no le tiemblen al marcar los tres últimos números. Sabe que él es capaz de estar escuchando el click cada vez que pulsa una tecla, y que lleva la cuenta de las veces que ha marcado. Pero ya es tarde para volver atrás. Su ojo bueno se concentra en el teclado, y su dedo teclea como un metrónomo los tres últimos números: 112. Contiene la respiración mientras escucha como se repiten los tonos de llamada. Cuando alguien descuelga, suelta el aire procurando no hacer ruido.

—112. Le atiende Jose. —la voz pone el acento en la primera sílaba. Suena cercano—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas noches. —Ella se sorprende de la firmeza de su voz. Se escucha hablar como si se hubiera desdoblado en dos, y su otro yo estuviera observándola—. Por favor, quería encargar una pizza a domicilio.

—Disculpe, se ha equivocado. Ha llamado al 112.

—Espere un momento, por favor, que voy a preguntar. —Gira el cuello y eleva el volumen para que su marido la escuche. Mantiene el auricular cerca de su boca—. ¿Mediana o familiar?

Su marido le contesta sin apartar la vista de la imagen de la tele. “¡Familiar! Me muero de hambre, joder”. Ella siente deslizarse una lágrima por debajo del párpado derecho, el único que está medio abierto, y se pone de espaldas al salón, aunque sabe que su marido no puede verla desde donde está. Pero toda precaución es poca. Aprieta tanto el auricular que los nudillos despellejados se le abren y el del meñique empieza a sangrar.

—Sí. Familiar. Por favor.

—Señora, está hablando con un servicio de emergencias.

—Sí. Vale. —Traga saliva. Se arrepiente de lo que está haciendo. Esto no puede salir bien. Piensa en su hijo, encerrado en su dormitorio—. Por favor, con doble de tomate.

Al otro lado del hilo, el teleoperador siente como si alguien hubiera bajado varios grados la temperatura del aire acondicionado de la sala.

—¿Está sola en su casa?

—No. —¡Por favor, por favor! Su cerebro empieza a salmodiar ese mantra mientras su voz continúa hablando por libre—. No hace falta ningún otro extra.

—¿Está en peligro? Diga solamente sí o no, si no puede darme más información.

—Sí. —Los dientes empiezan a castañear. Aprieta con fuerza la mandíbula. ¡No puede echar a perder todo ahora! Consigue controlar el temblor y recuerda la contestación que le ha dado su marido—. Nos vamos a morir de hambre. ¿Tardará mucho?

—Deme la dirección. No se preocupe. Voy a mandarle ayuda. Tranquila. No la pondrán en más peligro, se lo aseguro.

Ella le da la dirección, y cuelga. Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—¿Cuánto van a tardar?

La mujer se queda bloqueada. Los dientes vuelven a sonar como castañuelas. El volumen de la tele funciona como una barrera de seguridad de doble dirección. Él cree que ella no lo ha oído, y ella siente el alivio de que él no escuche el tableteo de su pánico.

—¿Estás sorda, o qué? ¿Para cuándo la dichosa pizza?

—Media hora. —Ha dicho lo primero que se le ha ocurrido—. Tienen muchos pedidos.

—Claro. El puto futbol. Pon más cerveza a enfriar.

*****

Dos semanas después suena el timbre de la puerta y ella se levanta del sofá de un salto, completamente desorientada. Ha cambiado de sitio los muebles del salón. Ha comprado una funda nueva para el sofá, y ya hasta se recuesta allí por la noche, con la cabeza de su hijo apoyada sobre sus muslos. Los dos se alimentan del contacto físico. Desde hace dos semanas no hay nadie en la casa que le diga al pequeño que su madre lo va a convertir en maricón con tanto sobeteo. Posiblemente el hombre siga gritando, pero el sonido de la cárcel no llega hasta el refugio que son ahora las cuatro paredes. La mujer se pone de pie y se acerca a la puerta. Abre una rendija, sin quitar la cadena de seguridad. Al otro lado de una caja de cartón con publicidad de Tele Pizza, un hombre joven sonríe. De la caja emana un olor que la hace salivar. Se relame sin darse cuenta. El hombre piensa que nunca ha visto un gesto que le resulte a la vez tan erótico como tierno.

—Buenas tardes.

Ella no contesta. Se muerde el labio inferior con los incisivos superiores. Sus ojos se mueven a toda velocidad. Van desde el suelo hasta la barbilla del supuesto pizzero, sin atreverse a mirar más allá de su nariz. El de la pizza se ruboriza, aunque sabe que él no tiene la culpa de que ella esté tan asustada. Baja un poco la caja hacia su cintura y da un paso atrás. Para evitar que esa mujer, a la que ahora le pone cara después de imaginarla dos semanas, se asuste más, sigue hablando:

—Me temo que hace quince días dejé medio pedido sin atender.

Ella abre mucho los ojos. No va maquillada, aunque uno de los párpados todavía luce una sombra malva que le embellece el iris. La mujer parpadea muy deprisa, pero no puede evitar que sus mejillas se humedezcan. Sube una mano a la cadena de seguridad despacio, muy despacio, armándose de valor para ordenarles a sus dedos que descorran el cerrojo. El olor de la pizza es una tentación añadida. Y la voz del hombre suena aún más hermosa que por teléfono.

—Veo que le llegó la ayuda. Pero me temo que lo de la pizza se me olvidó. —Adelanta la caja con las dos manos como una ofrenda—. Tenga. Familiar.

A ella vuelve a llegarle el aroma. Piensa que la felicidad huele a Pepperoni, y sonríe.

 

Adela Castañón

Imagen: La voz del muro

 

6 comentarios en “Pedid y se os dará

    • Adela Castañón dijo:

      Querido Curro: no sé si soy grande o pequeña, pero lo que sé es que sin tus consejos y tu apoyo no habría llegado ni de lejos a escribir como escribo. Jamás podré agradecértelo como mereces. Un beso, amigo.

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