Gadea Castán, amanuense de Hildegarda de Bingen

#relato

Subí la cuesta del monasterio de Rupertsberg, así llamado porque se asienta en el promontorio rocoso donde está enterrado san Ruperto. Al llegar me quité las alpargatas mojadas, las puse a secar al sol, me ajusté la toca y me senté en un banco de piedra junto a otros que también estaban esperando entrar.

—No intentes colarte —me dijo un fraile, al que debajo de los hábitos le asomaba una pata de palo—. Todos hemos hecho largas jornadas por caminos embarrados. Todos confiamos en las profecías y los poderes de la abadesa Hildegarda. Ha curado a la mismísima Leonor de Aquitania.

—Yo no vengo a buscar ningún favor. Solo quiero entrar en el servicio.

—Pues más vale que te vayas. Ese es un privilegio reservado a personas nobles con dotes excepcionales. Hace años que no entra ninguna monja. Solo viven las veinte que vinieron a fundar con la madre superiora —contestó una mujer desdentada.

Me callé e intenté dormir un poco entre los suspiros y los olores purulentos de las llagas de esos mendigos harapientos. Se pasaron la noche hablando de los peligros de sus viajes y de la fama de santa curandera que había adquirido la abadesa.

Yo me aparté un poco para recuperarme de la última visión, la que me había llevado hasta allí. Durante varios días había visto cómo caían del cielo lenguas de fuego que incendiaban el promontorio del monasterio y sus gentes. Solo se salvaba la abadesa y una joven amanuense recién llegada.

No les dije que era una de las muchas hijas bastardas de don Castán de Biel. Ni que mi abuela había sido una camarera de la reina Felicia. Ni que yo me crié en las calles de Biel a la sombra de un castillo rocoso, en cuyas cuevas se reunían las brujas de la redolada. De esto les habría podido dar noticias ciertas. Que las brujas me visitaron desde que, a los tres años, comencé con las visiones, como le pasó a Hildegarda de Bingen, que se había convertido en la abadesa más famosa de toda la cristiandad. Tendría unos trece años cuando las brujas del castillo me subieron a un aquelarre a Monte Alto, justo en la explanada de la ermita de Santo Domingo. Nunca había visto tantas juntas. Y eso que solo acudieron las del Sobrepuerto.

Al acabar el aquelarre, les conté mis visiones. Según ellas, tenía que aprovechar ese don que tenía muy poca gente. Todas coincidieron en que era urgente que me enseñaran a leer y a escribir, y que contara por escrito mis profecías.

Me advirtieron que las mantuviera en secreto y que las escribiera yo, sin acudir a ningún amanuense. Que los hombres lo trastocaban todo. En realidad, se aprovechaban de que estaba prohibido que las mujeres leyeran y escribieran. Esa era una tarea plebeya estaba reservada a los secretarios y amanuenses, hombres que cambiaban adaptaban los escritos a sus gustos e intereses. Además, estaba penalizado que las mujeres nobles aprendieran a leer y a escribir, por eso las reinas exhibían su analfabetismo como señal de verdadera nobleza.

El día que me vino la regla mi padre me prometió al señor de El Frago, un rudo caballero, con pintas de forajido, al que solo le interesaban los arneses, los cascos y las espuelas. Esa misma noche me fui a la cueva del castillo e invoqué a mis amigas para que me sacaran de las garras de un matrimonio que no deseaba. Con ellas crucé los Pirineos y los Alpes. Y me dejaron en la orilla del Rin, cerca del monasterio de Hildegarda de Bingen.

—No es bueno que te llevemos hasta el monasterio. Tienes que acudir como una mendiga y conseguir ver a la abadesa con tus habilidades.

Hildegarda era famosa por sus visiones, pero nunca confesó que la visitaban las brujas. Y a mí me habían elegido para liberarla de unos amanuenses que no lograban entrar en los secretos de su corazón.

Hildegarda, una abadesa mística, médica, poeta y compositora musical, entre otras cosas, fue conocida más allá de las fronteras del Rin. Llegó a ser consejera de príncipes y reyes y la primera mujer que compartió con los frailes la predicación de la reforma del clero. No era usual ver en el púlpito de un pueblo a una abadesa con hábitos blancos y negros que había llegado a lomos de una burra.

Cuando me tocó el turno, me acerqué a la hermana tornera, me saqué de los refajos un trozo de cuero escrito y firmado con mi puño. Se lo entregué para que se lo hiciera llegar a la madre abadesa.

“Soy Gadea Castán, hija de un noble español. Desearía abrazar la regla benedictina y me gustaría entrar en Rupertsberg. Aceptaré las condiciones y trabajos que imponga la regla. Además me ofrezco como amanuense, porque tengo noticias de que ninguna de sus monjas sabe escribir”.

Esa noche dormí en el poyo de piedra con nuevos peregrinos igual de bullangueros y malolientes que los de la noche anterior. Al día siguiente la hermana tornera me hizo pasar. La abadesa estaba interesada en mis servicios y le había dado el beneplácito el abad de Disibodenberg, de quien dependían las monjas. Así fue como me inicié en la vida monacal y en la tarea de amanuense. Los otros frailes me miraban de reojo cuando entraba en la biblioteca. A través de sus hábitos se adivinaban los movimientos de reproche. Pero enseguida bajaban las cabezas y solo se veían capuchas inclinadas sobre las mesas y plumas que se movían con lentitud por los pergaminos.

A los pocos meses, Hildegarda quería que comenzáramos con su libro más querido: el Scivias, abreviatura de Scito vías Domini o Conoce los caminos del Señor. Allí pensaba contar sus visiones y quería escribirlo ella a solas conmigo. Me adjudicó una celda junto a la suya. Hacíamos el trabajo en su celda entre las horas de los rezos nocturnos. Aunque tratamos de no levantar sospechas, pronto aparecieron los celos y las envidias.

Los otros amanuenses hicieron públicos algunos fragmentos de los que íbamos escribiendo. Y les parecieron provocadores aquellos en los que defendía que la mujer disfruta en el ayuntamiento sexual tanto como el hombre. Causaron tal escándalo que me acusaron a mí. Según ellos la mente de Hildegarda no podía concebir semejante dislate. Decidieron apartarme de ella y someterme a  juicios de los prelados. A los pocos días iban a trasladarme a un monasterio lejano en el que había celdas de castigo.

Una tarde le pedí permiso a la abadesa para bajar con otras novicias a buscar agua al Rin. Y en un momento de barullo desaparecí por el camino que había llegado.

Invoqué a mis amigas, pero no acudieron. Emprendí una peregrinación de regreso que me costó casi dos años llenos de incidentes y peripecias. Cuando llegué a Biel nadie me esperaba, así que me alojé en casa de unos antiguos lacayos de mi padre. No tardé en enterarme que ya iba para un año que se había roturado la explanada de la ermita donde las brujas celebraban sus bacanales. Las busqué en la cueva, pero no las encontré. Si ellas no me daban señales yo no podría saber qué había pasado.

Me encerré en casa, en una habitación desde la que se veía el torreón el castillo. Solo salía para ir al guarnicionero a buscar los trozos de cuero que le sobraban cuando hacía los aparejos de las caballerías. En esos retazos fui escribiendo visiones y recuerdos hasta que me fallaron la vista y el oído. Y los metí todos en un talego que guardo en la falsa.

Ahora me siento en el banquero de la puerta y les cuento a los niños mis aventuras. Ellos se ríen a carcajadas y creen que son patrañas de vieja. Ya nadie sabrá nada de las brujas sabias que vivían en las peñas del castillo. Nadie recordará a Gadea Castán, una hija bastarda de don Gastón de Biel que llegó a ser secretaria personal de Hildegarda de Bingen, la mujer más poderosa del segundo siglo del primer milenio.

Carmen Romeo Pemán

11 comentarios en “Gadea Castán, amanuense de Hildegarda de Bingen

    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Qué bien me sienta este comentario. Qué más le puedo.padir a una lectora?.
      Gracias a ti María P. Por leerme con pasión y por tomarte la molestia de comentar. Gracias y un abrazo.

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    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Gracias. Josefina, tus altas capacidades lectoras y de buena crítica literaria te llevan a dar en la clave profunda que mueve los textos.
      Es un lujo contar con lectoras, y además amigas, de tu nivel. Es un lujo contar con tus comentarios. Una manifestación más de nuestra amistad.
      Un abrazo.

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    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Marisol, te propongo un viaje con Adela. Vamos a invocar a las brujas para que nos lleven por esos caminos de la Edad Media por los que circulan tantas leyendas y cuentos en bocas de peregrinos.
      Y luego nosotras los reescribimos a tres voces.
      Abrazote.

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