A Clara Fuertes por su Agua de limón

–¡Camarero, por favor, otro vaso de agua de limón, cuando pueda!

–Querrá decir otra Fanta, ¿no? –me contestó mientras limpiaba la mesa con un paño y echaba una ojeada al libro que tenía allí, junto a mi café–. Perdone que me meta donde no me llaman, pero ha debido de confundirse con el título de ese libro.

Su repuesta me devolvió a la realidad. Acababa de leer Agua de limón, una novela de Clara Fuertes, que me había dejado un regustillo ácido y la cabeza un poco revuelta.

–Quería decir un botellín de agua del tiempo –le respondí.

Vi cómo se alejaba, pero dejé de prestarle atención porque seguía con mi pensamiento en la novela. Al cabo de un rato anoté en mi cuaderno:

“En Agua de limón, Clara, el alter ego de su autora, de adulta escribe las memorias que le contó su abuela Magui cuando ella tenía once años. Y las completa con lo que investigó por su cuenta y con lo que les oyó a su otra abuela y a su madre. Este libro, además de unas memorias, es la saga de una familia y la historia de un gran amor. Los amores de Magui y Agustín, en una Zaragoza sacudida por la Guerra Civil, nos recuerdan a los de Agustín y María en la Zaragoza de Galdós».

Las memorias de una niña

Mientras me disponía a escribir este artículo y elucubraba sobre cómo puede reconstruir sus memorias una niña pequeña, me vinieron a la mente los casos de tres de mis alumnas.  Natalia Sanmartín, una niña de la guerra, que a los setenta y siete años escribió sobre su infancia. Su hija, Consuelo Peláez, que matizaba las palabras de su madre. Y Clara Fuertes, que en una novela suya evoca unas conversaciones con su abuela a los once años.

La clave me la dio Natalia: “Dado lo pequeña que yo era cuando ocurrieron los sucesos, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo”. A lo que Consuelo apostillaba: “Los recuerdos de mi madre están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años. Y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, puso para que algunos episodios permanecieran vivos en su memoria”.

He traído a colación a Natalia y a Consuelo porque comparten vivencias y puntos de vista con Clara. En las primeras páginas de Agua de limón leemos: “Con la madurez intenté poner sobre el papel su memoria y unirla a otros retazos que había escuchado a Francis, mi otra abuela, que fue de gran longevidad. Y, con todo ello, recuerdos, preguntas, la ayuda de mi madre y una gran dosis de imaginación pude, por fin, entender sus susurradas palabras” (p. 21). Y en una entrevista decía: “Cuento las vivencias de mis abuelas maternas, a través de su memoria personal y de la memoria histórica colectiva. El pasado volvió y se hizo presente”.

Agua de limón, como las memorias de Natalia, también podríamos inscribirla en el programa de amarga memoria,  por la recuperación de la memoria histórica. Y en el de maternidades robadas, por esas mujeres solteras, tías-madres, tías-abuelas, que Unamuno inmortalizó en La tía Tula. “Tu madre nunca me llamó mamá. Para ella fui siempre Magui, como lo soy para ti y para todos tus hermanos. Un apéndice, siempre a la sombra en la vida de tu abuela Francis, alguien con quien ha tenido que compartir el amor de los suyos. No tuve el título oficial de madre, ni lo tengo ahora de abuela” (p. 270).

Desde el punto de vista de las criadas

A partir de unas conversaciones entre una abuela y su nieta, se va desentrañando una tormentosa historia, familiar y personal, desde los comienzos del siglo XX hasta la posguerra. “El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva. (p. 95). Clara Fuertes, con gran habilidad narrativa, va tejiendo un complejo tapiz en el que las historias de los personajes se mezclan con la de Sabinas de Ebro, un pueblo ficticio en la ribera baja del Ebro, Zaragoza, Aragón, España y Europa. “Sabinas era un lugar irreal, como el viento que pasa silbando entre las ramas, me evoca un desgarro silencioso, la felicidad de un instante que todavía sueña con palabras eternas… no me hagas mucho caso, cariño, son desvaríos del corazón, encendidos por la nostalgia” (p. 37). Es una búsqueda de la verdad colectiva y de la verdad personal. Y se sirve de los recursos y géneros que le permiten alcanzar su objetivo con mayor acierto.

Todo está expresado desde el punto de vista de unas mujeres que estaban condenadas a salir de los pueblos para trabajar como criadas en las casas de los ricos que vivían en las ciudades. “Madre, recomendadas por el cura del pueblo, don Emilio, tuvo que colocar a mis dos hermanas mayores en el servicio, en la capital: Zaragoza. Tuvieron mucha suerte: bonitas, trabajadoras, no tardaron en encontrar familias acomodadas que las acogieran. Fátima se convirtió en la cocinera de una familia que vivía en el paseo de la Independencia, un matrimonio sin hijos, dueños de una empresa floreciente de corsés en Zaragoza, y Francis pasó a ser la sirvienta de una familia con varios hijos” (p. 43). Y, más adelante, declara con amargura: “Madre decidió que yo debía ocupar su lugar de sirvienta en la ciudad. Su determinación me dejó sin palabras; fue tajante. No tuve argumentos para rebatir” (p. 82).

El discurso de una mujer rota

La novela está planteada como un diálogo entre Magui y Clara. Pero pronto percibimos que la presencia de la niña es una excusa para llegar a una confesión liberadora. “Solo son memorias de una anciana que ha olvidado por un momento que eres una niña” (p. 147). Magui necesita contar su verdad para poder morir en paz. “Vine solo porque necesitaba saber que lo nuestro había sido de verdad… ¡Ahora puedo partir tranquila!” (p. 295). Necesita reconstruir y dignificar su pasado, que se ha convertido en una pesadilla: “Mi familia se estaba deshaciendo como el incienso recién encendido, lentamente, dejando a su paso solo cenizas” (p. 133).

Sabe que su discurso está roto: “De nada sirve revolver el pasado… Nunca termina de irse el ayer, y la reconstrucción de los pasajes de tu vida es un reflejo imperfecto de ella, una sensación incómoda de entender lo incomprensible, sobre todo cuando la travesía ha sido al revés. ¡Pero nada! El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva (…) Un recuerdo se manifiesta de forma diferente cada vez que lo evocas. Entonces, si ya ocurrió, ¿por qué continúa poniéndolo todo patas arriba?, ¿por qué te atraviesa de arriba abajo el revoltijo de tu vida” (p. 95). Pero insiste: “Mi puzzle hacía tiempo que no encajaba, las piezas se estaban perdiendo por el camino y no conseguía reunir fuerzas para recomponerlo” (p. 139)

Toda la novela es un diálogo que brota desde las entrañas. “Comencé a escribir un diario. En él hablaba de mi infancia, de la huella fantasiosa que se forma en los primeros años de tu vida, de cómo marca el territorio en el que te ha tocado vivir, los juegos que han alimentado tus tardes; recuerdo que para padre yo era la niña de sus ojos… Escribí también sobre Sabinas, mi río y mis olvidadas amigas, ¿acaso habían existido alguna vez? Escribía porque no quería olvidar nada, porque la nada me acompañaba demasiado pegada al cuerpo y solo anhelaba ahuyentarla, vivir, sentir” (p. 145).

La confesión, como en las tragedias, solo llega al final: “Hasta este verano no creí que sería capaz de contarle a nadie mi historia como lo estoy haciendo contigo. Es mejor que escribir un diario, Clara, mucho más liberador. Sé que no entiendes ahora mismo muchas de las cosas que te cuento, pero todas ellas se quedarán grabadas en tu mente, y cuando menos te lo esperes, algún día, saldrán a la luz». (p. 223).

Con una trama trepidante

Clara Fuertes se revela como una gran prestidigitadora en el arte de la composición narrativa. Responde a los patrones de las novelas clásicas en los que un personaje testigo recupera los acontecimientos. Clara, un heterónimo de Clara autora, reconstruye los acontecimientos después de la muerte de su abuela. Recuerda las conversaciones que mantuvieron durante las siestas de un verano, en las que la abuela se esforzó en organizar los hechos de forma cronológica. Pero la escritora se encarga de introducir los puntos de giro y las tramas secundarias que atraen la atención y el interés del lector.

Desde el principio hasta el final, mantiene la intriga, que no decae en ningún momento. Y ahí radica su gran habilidad, en saber mantener atrapado al lector hasta el último párrafo.

Cuando acabamos la lectura, el ritmo vertiginoso nos ha dejado exhaustos y con la garganta seca. Es el momento de recobrar el ánimo con un vaso de agua de limón bien azucarada.

Clara Fuertes (2014): Agua de limón (Basada en una historia real), primera edición, Éride ediciones. Desde la segunda edición de 2015, está disponible solo en Amazon.

Imágenes de la autora.

Carmen Romeo Pemán

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Santa Águeda bendita, trialará-lará

Doña Pascuala hablaba con otra profesora en la puerta de un aula del Pabellón del Instituo Goya. Estaban esperando a que acabáramos de entrar todos. Y yo, que soy de natural cotilla, me quedé rezagada para escuchar. En ese momento oí que le contestaba:

–¡Cómo iba a pensar santa Águeda que su fiesta se iba a hacer tan famosa!

Mi nombre, Gadea, no me gustaba. Hasta ese día no lo había relacionado con  santa Águeda. Pero la fiesta de esta santa siempre me había caído simpática. Quizá porque en El Frago le hacíamos una hoguera muy grande y el panadero nos regalaba unos panecillos redondos para merendar. Las tetillas de santa Águeda que solo podíamos comer las chicas. Y los chicos, con aire picarón, reclamaban sus panecillos. Tanto me impresionaba la historia de la pobre santa a la que le cortaron las tetas que empecé a investigar por mi cuenta.

Así que ese día, después de lo que había oído en la puerta del aula, me atreví a preguntarle a doña Pascuala por la santa. ¡Menuda perorata nos soltó!

–Águeda en realidad se llamaba Ágata. Si pensáis bien en este segundo nombre podréis adivinar que llevaba un nombre parlante. Como muchas santas y muchos héroes –continuó, a la vez que se acercaba a mi mesa.

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Santa Águeda en las crónicas de Navarra

–¿Qué es eso de nombres parlantes, doña Pascuala? –le pregunté haciéndome la interesada.

En ese momento mis compañeros también comenzaron a atender. Y levantó la mano Teófilo, un chico que siempre estaba despistado.

–¡Vaya por Dios, Teófilo se ha despertado! Como el tuyo también es parlante te lo voy a explicar y nunca lo olvidarás. Mira, –siguió doña Pascuala apuntándole con el bolígrafo que llevaba en la mano–, se llaman así porque, cuando los oímos, nos imaginamos todas las virtudes y defectos del personaje. Es lo que nos pasa con Blancanieves, Caperucita o Supermán.

–Sí, sí, pero, no es lo mismo. Yo veo por qué llamaban así a Supermán. Pero lo de Ágata no lo adivino ni por el forro –a Teófilo se le ponían los carrillos rojos, a la vez que contestaba.

–Muy bien Teófilo –le contestó doña Pascuala acercándose hasta su mesa–. Tu nombre significa “el amado de Dios”.

–Pues, ¿quién lo diría? –contestó Amadeo, un chico pelirrojo que estaba detrás–. Si nunca va a misa.

–Vamos a ver –respondió doña Pascuala levantando la voz, como si no hubiera oído a Amadeo–. Lo importante es que entendáis que algunos nombres, con el tiempo, dejan de ser parlantes.

–¡Ah! Así a lo mejor lo entiendo un poco. Pero sigo sin ver lo de Ágata –insistió Teófilo.

–Por eso es importante que conozcáis la historia de los nombres –A la vez que se paseaba entre los pupitres iba subiendo la voz, dirigiéndose a todo el grupo– Y que atendáis en clase.

Nunca había pensado que mi nombre pudiera ser eso de parlante. Y me sentí orgullosa, aunque tampoco acababa de entenderlo bien. Así que me volví, les hice un gesto a mis compañeros para que dejaran de mandarse papelitos y me cogí la cara con las manos, como siempre que quiero escuchar sin que me molesten.

–Agathe era un adjetivo clásico. Cuando los griegos decían que una chica era agathe, todo el mundo sabía que era buena, bondadosa y virtuosa.

La cosa se ponía interesante y el griterío iba bajando de volumen.

–Ágata, en español, se convirtió Águeda. Pero como eso de La Águeda no sonaba muy bien, todo el mundo llamaba Gadeas a las Águedas. Como la santa Gadea del Cid. Total que, con tantos cambios, el nombre dejó de ser parlante.

Al oír eso se callaron los murmullos del fondo y todos me miraron a mí. Al cabo de unos minutos se montó un revuelo con lo de mi nombre y yo me puse colorada. Pero doña Pascuala no se dio por vencida y alargó su rollo.

–A los que se os den bien las lenguas, sabréis que en francés y en inglés se mantiene el nombre antiguo.

–¡Anda! Pues sí que es verdad–dijo Benito, un rubiales que se sentaba la primera fila–. La novia del chico francés con el que hago intercambio se llama Agathe.

–Y mi amiga inglesa se llama Agatha –le contestó el de atrás.

Entonces pensé que una cosa era que la santa me cayera simpática y otra que doña Pascuala se enrollara. Y, ni corta ni perezosa, para cortar con lo de los nombres, le pregunté por qué santa Águeda era la patrona de las mujeres. Entonces ella se puso muy seria y comenzó una explicación, como si estuviera hablando de La Celestina.

–Tenemos que empezar por entender que la celebración de muchas fiestas populares tiene su origen en ritos anteriores al cristianismo.

–¡Vaya tostón que nos espera! –dijo Valentina, que se sentaba a mi lado. Y yo le di un codazo para que se callara.

Pero doña Pascuala iba a lo suyo, como si no hubiera oído nada.

–En España unas fiestas venían desde los celtas y otras desde los romanos. En la Edad Media, la Iglesia cogió mucha fuerza y quiso suprimir las paganas. Pero las gentes seguían celebrándolas.

Valentina no paraba de moverse, como hacía con todos los profesores cuando se ponían a explicar. Y yo, como de costumbre, le di un pellizco para que se estuviera quieta, que aquello de la santa me interesaba más que lo de los nombres.

–Entonces, ¿qué pasó? Pues muy fácil, que les dio un significado cristiano –continúo, sin inmutarse–. Y eso es lo que hizo con santa Águeda. Parece que se celebra el día de la santa, pero, en realidad, se mantiene una fiesta pagana, de esas que ponen el mundo al revés. Un poco como en los carnavales.

Aunque ya faltaba poco para que tocara el timbre, no nos movíamos. La clase se estaba poniendo interesante. Y doña Pascuala se iba creciendo.

–Estas fiestas eran necesarias para respetar el orden. Se daba el poder a los subordinados, por un día. Ese día se les permitía hacer sátiras y burlas para que se desahogaran. La de santa Águeda era una de estas fiestas en las que la gente se liberaba y luego seguía sometida sin protestar. Las mujeres casadas cogían el mando. Pero los hombres insistían en que solo era por un día, que después todo volvía a la rutina.

–¿Por qué no hacemos un debate? –preguntó una chica de la última fila.

–Hoy no nos da tiempo, que va a tocar el timbre. El año que viene os explicaré cómo se unieron las fiestas de santa Águeda, patrona de las casadas, y la de santa Apolonia, patrona de las solteras. De momento basta con que entendáis que, al juntarse las dos santas en el mismo día, la fiesta se convirtió en la de todas las mujeres. Y que os quede bien claro, que nos dan el mando un día para tenernos contentas.

A los chicos esto de santa Águeda ni les iba ni les venía. Así que, antes de que tocara el timbre, ya habían cogido las carteras y salían de estampida, sin esperar a que el bedel viniera a decir que la clase había terminado.

En cambio, las chicas aplaudimos, porque nos gustaba tener una tarde de fiesta para nosotras solas. Mientras nos poníamos los abrigos, hablábamos de la chocolatada que doña Pascuala nos había preparado en el microbar del Goya. Y comenzamos a cantar eso de Santa Águeda Bendita, trialará-lará, patrona de las mujeres, trialará-lará.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Partitura del canto de Santa Águeda en el País Vasco.

Evaristo Sancharrén, alcalde de Las Cheblas

A las maestras fragolinas y a todas las que entregaron lo mejor de sus vidas a las niñas de los pueblos de España.

Cuando se desató la tormenta, justo antes del anochecer, Evaristo Sancharrén ya había encerrado el ganado y estaba camino de casa. Sabía que no podía refugiarse debajo de ningún árbol, que así había matado un rayo a su padre un día que no soportó el aguacero. Se echó la zamarra por encima de la cabeza y aceleró el paso. Solo pensaba en llegar pronto para calentarse en el hogar. Su mujer siempre lo esperaba con unas buenas sopas de ajo y una gran fogata.

Evaristo empujó la puerta, encendió el candil y llamó a Filomena, pero no le respondió. Un poco extrañado de que no estuviera en casa a esas horas, se sentó junto al hogar y se quitó las abarcas mojadas. Se tumbó en la cadiera y pensó que, antes de acostarse, tendría que ir a ver qué le contaba el secretario. Aunque él era el alcalde, don Benjamín se ocupaba de todo. Él solo tenía que firmar los papeles y asistir a los plenos, que los celebraban en domingo para no perder el jornal.

Mientras esperaba a su mujer, repasaba los hechos de los últimos días al calor de las llamas: “Desde que ha llegado la nueva maestra, con eso de que se ha negado a entrar en la escuela, se están poniendo las cosas muy revueltas. La anterior nunca se nos quejó, ¡y hasta dormía allí! Como era muy mañosa, hizo una cortina de arpillera que tapaba el rincón con el camastro de paja. Pero esta es una señoritinga muy postinera. Ya lo noté cuando la vi por primera vez. Porque, ¡mira que venir al pueblo con zapatos de charol y falda de tubo! ¡Provocadora! ¿Y qué es eso de que las niñas no pueden faltar a la escuela?”

Se levantó a atizar el fuego y siguió cavilando: “Le tendremos que explicar que a los diez años los chicos tienen que ir a ayudar a los pastores y el maestro no rechista, porque comprende que todas las manos son pocas. Y, si las chicas no ayudan en casa y no cuidaban a sus hermanos, sus madres no pueden ir a lavar al río ni a cultivar los huertos”.

En esas estaba cuando llegó su mujer muy alborotada.

–Mira, Evaristo, tienes que hacer algo. Si no, todo el pueblo va a pensar que eres un calzonazos.

–¿Ahora qué ha pasado? –le preguntó, a la vez que se incorporaba.

–Pues nada. ¿Qué ha de pasar? Que doña Matilde se ha puesto a dar clase en la puerta de la escuela. Y se ha montado mucho revuelo.

–¡Déjala, mujer! Ella misma se convencerá de que está en un error.

–Pues tú andas en lenguas. Quieren que pongas orden.

–¿Sabes qué te digo? Que hoy no voy a salir ni siquiera a ver al secretario. Que le estamos dando mucha importancia y eso es lo que ella quiere.

–¡Tienes que hacer algo! –Filomena levantó la voz mientras servía la sopa.

Cuando Evaristo acabó de cenar, se fue a la cama sin dejar de pensar en las medias de seda y en los encajes de la combinación que enseñaba la maestra.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. La cadiera de casa Lucas

A Natalia Sanmartín Polo, una niña de la guerra, en sus ochenta y seis años

Dentro de un mes va a ser el cumpleaños de Natalia Sanmartín Polo y me gustaría hacerle un regalo, pero lo tengo difícil. Pronto vais a descubrir por qué.

–¿Conocéis a Natalia?

Pero, ¡qué cosas digo! Si Natalia es mi amiga, y los amigos de una no tienen por qué ser famosos. ¡Bueno! Pero ella sí que lo es. Y, si no, debería serlo.

Comenzó siendo una de mis alumnas y, con el tiempo, se ha convertido en la gran maestra de mi vida. Cuando cumpla sus años, yo querré ser como ella. Aunque, pensándolo bien, no sé si podré, porque a su sabiduría solo se llega con una vida como la suya.

Conocí a Natalia en 1972, cuando se matriculó como alumna del Colegio Universitario de Teruel, y nunca olvidaré sus primeras palabras: “Soy maestra y quiero cursar una Licenciatura en Historia para poder recuperar, con rigor, las figuras de mis padres: Arturo Sanmartín y Sofía Polo, dos maestros asesinados en los comienzos de la Guerra Civil”. Hoy puedo decir que con el tesón que la caracteriza lo ha conseguido.

Cuarenta y cuatro años después, le quiero confesar que ese día yo me propuse recuperarla a ella, a aquella niña que se quedó huérfana a los cinco años, en julio de 1936, cuando mataron a sus padres por maestros y por rojos. A aquella adolescente que llevó el sambenito de ser hija de rojos, como me contaba tantas veces y como volvió a repetir en una entrevista que el diario.es publicó el día veinte de noviembre pasado. Y, siempre que la oigo decir eso, al acabar, se queda pensativa y apostilla: “Mis padres solo fueron unos grandes maestros afiliados al PSOE”.

¿Cómo ha reconstruido sus memorias de niña?

Desde nuestro primer encuentro he mantenido una relación constante con Natalia. Al principio, como alumna mía. Después, a medida que me contaba los pormenores de su vida, pasamos a la amistad, y las charlas de mi despacho se trasladaron a la mesa camilla de su casa. Y allí, a lo largo de muchas tardes, recordó conmigo los atropellos que se cometieron con sus padres y las consecuencias que aquellas atrocidades tuvieron para ella, para sus hermanos, Arturo y Adolfo, y para su tía Consuelo, que se hizo cargo de ellos.

A la hija de Natalia, Consuelo Peláez, que, durante muchos años, había oído los hechos de labios de la tía Consuelo, a quien llamaba yaya y le debía el nombre, no se le escapa el importante papel que jugó esta hermana de su abuelo. Y así lo expresa:

“Mi madre tenía en aquel verano cinco años y sus recuerdos están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años de obligado silencio y represión, y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, hermana pequeña de su padre, puso para que algunos episodios de su vida permanecieran vivos en su memoria”.

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Portada de las memorias de Natalia.

Todo aquello de lo que tanto habíamos hablado, y mucho más, lo reflejó Natalia en unas memorias que escribió a los setenta y siete años. Eran las memorias de una niña de la guerra, con un punto de vista muy entrañable. Afortunadamente, podemos leerlas completas en la red: La enseñanza, una pasión compartida, Sofía Polo y Arturo Sanmartín.

“Muy allá, en el cuarto de atrás de la memoria tengo una época y unos días muy felices. En los carnavales de 1936 yo iba toda orgullosa disfrazada de gitanilla, reproduciendo en los volantes de la falda los colores de la bandera republicana: encarnado, amarillo y morado”.

Un poco más adelante insistía: “Dado lo pequeña que era cuando ocurrieron los sucesos que cuento, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo: mi tía Consuelo, mis hermanos, Arturo y Adolfo, mi prima Pili, y Antonia”-

A mí me pasa un poco como a ella. Le he escuchado y he leído tantas veces la historia de su vida, que ya no distingo si mis citas provienen de sus escritos o de esas voces tan familiares que llevo dentro. En cualquier caso, solo pretendo dar testimonio de una vida, la de Natalia, siempre fiel a su verdad

A sus ochenta y cinco años, ha conseguido ampliar y modificar el primer relato con nuevos datos que ha ido recopilando en una tenaz tarea de investigación. Su mente de historiadora le ha ayudado a ordenar los acontecimientos y las razones que los provocaron. Y su memoria prodigiosa le permite citar de carrerilla, y sin pestañear, las fechas, los lugares, los nombres, los apellidos y los cargos de las personas que determinaron su infancia y su adolescencia. Para que os hagáis una idea, sintetizaré algunos hechos por orden cronológico.

Los días que siguieron a los asesinatos

La muerte de sus padres cogió a los tres hermanos de vacaciones en San Sebastián. Así lo contaba Natalia en una conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza:

“Precisamente, en el verano de 1936, cuando fusilaron a mis padres, sus tres niños estábamos con mi tía Consuelo en San Sebastián. Mi padre se quedó en Palencia porque presidía el tribunal de oposiciones de los Cursillos del 36. Y mi madre no se quedó para acompañar a mi padre, sino para dirigir las Colonias Pedagógicas de El Monte Viejo, de la Institución Libre de Enseñanza”..

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Arturo, Adolfo y Natalia Sanmartín, antes de la Guerra Civil

Y un poco más adelante continuaba: “El 13 de julio de 1936 salíamos de la estación del ferrocarril de Palencia en dirección a San Sebastián y ya nunca volvería a ver a mis padres. Con la rebelión de los militares mi vida cambió por completo. Julio de 1936 fue un vendaval que se llevó por delante toda nuestra vida, fue un vendaval que cambió y destrozó nuestras vidas por completo”

 

Primera salida a Francia y regreso a Calaceite

Los acontecimientos se precipitaron. Gracias a que su tía Consuelo reaccionó con rapidez, se salvaron y comenzaron un periplo que iba a durar muchos años.

“Con un pasaporte de Cruz Roja, que había gestionado tía Consuelo, pasamos a Francia. Después de hacer un viaje por el Sur de Francia, entramos otra vez a España por Port-Bou y llegamos a Calaceite (Teruel)”.

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Natalia en su casa de Calaceite, verano de 2016.

Allí, rodeados por los familiares y amigos, sus tías creían que los niños no se enteraban de la tragedia. Pero esta niña perspicaz, que ya se sabía muchas canciones que le había cantado su madre, tenía recuerdos imperecederos.

“En ese ambiente yo sentía que a nuestro alrededor hablaban de mamá y papá en voz baja, como si no quisieran que nos enterásemos. Y toda la familia empezó a venir a visitar a mis tías por algo que les había sucedido a mis padres”.

Antonia, la niñera de Calaceite, se había quedado en Palencia con sus padres y volvió al pueblo a principios de 1937. Ese reencuentro es uno de los momentos que Natalia revive con mayor emoción y siempre con las mismas palabras: “Debió traer malas noticias porque lloró mucho la primera vez que nos vio, y nos abrazó muy fuerte. A partir de la llegada de Antonia, fui dejando, poco a poco, de preguntar por mi madre”.

De Calaceite a las colonias

¡Cuántas veces hemos recorrido juntas el camino que ella siguió en 1938 en la evacuación que la llevó de Calaceite a Tortosa! En cada recodo de la carretera quedó sepultada una parte de la historia de una niña de siete años, y nacieron otros recuerdos que cada vez iban cobrando más cuerpo. En los veranos solemos frecuentar juntas esos parajes, siguiendo el camino de Miravet, y se le escapan las palabras, como si fueran las de un sonsonete que no puede evitar: “El frente seguía empujándonos, las bombas seguían cayendo a nuestro alrededor y nosotros seguíamos huyendo”.

Los recuerdos de los bombardeos, el constante miedo a ser aniquilada por las pavas de los sublevados y la llegada a las colonias catalanas son unas de las páginas más estremecedoras de sus memorias. Cuando las leáis os sorprenderéis. Están contadas sin acritud, con el punto de vista de una niña que no acababa de comprender lo que estaba viviendo.

En las colonias de Cataluña

El verano del 38, con el constante cambio de una colonia a otra, le resultó muy agitado. En la colonia de Teya, conoció a la Pasionaria: “Era alta, recia, con el pelo recogido en un moño y vestida completamente de negro. Una figura que nos impresionó mucho a los niños”. Después estuvo en La Garriga y Vilatorta. Y finalmente les esperaba el camino a la frontera: “Formábamos parte de esas largas hileras que, en pleno invierno, emprendieron el camino del exilio. Una hilera en la que íbamos mezclados con soldados derrotados y destrozados”.

En su libro sigue contando los episodios del camino con un tono ingenuo y con una gran paz, como si las palabras la fueran liberando. Pero, a pesar de que ella quiere quitar hierro, a nosotros nos sigue sobrecogiendo el gesto heroico de su tía Pilar, una de las hermanas de su padre. Cuando vio que se llevaban a los niños Sanmartín Polo, sin pensárselo dos veces, echó al camión a su hija Pili, que ya era adolescente, y le dijo: “No les quites la vista de encima y no te separes nunca de ellos, que no queremos perderlos”.

La experiencia francesa

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En Saint-Étienne, Sur de Francia. Curso 1939-1940

“Desolación, tristeza y desorden en los primeros meses en Francia”, así comienza esta parte de sus memorias. El agotamiento de la niña y la falta de referencias, lo reduce todo a unos vagos recuerdos en un tren que los llevaba hacia el Norte y a la experiencia en un campo de refugiados, cerca de París. En cambio, recrea con muchos detalles de su liberación, gracias a las listas cruzadas de la Cruz Roja. Esta primera etapa acabó con un final feliz en el Sur de Francia. Pero, cuando entraron los alemanes, volvió el conocido rostro de la guerra y regresaron a España a finales de 1941. Se acababa una pesadilla y comenzaba otra.

Vuelta a España. La represión, el miedo, el silencio y el olvido

En esta parte, ya van apareciendo detalles y reflexiones de una niña de diez años, muy madura para su edad. Con el miedo en el cuerpo y con un temperamento bondadoso, se esfuerza por encontrar su lugar sin llamar la atención. Nos impresiona cómo, después de tantas ofensas, es capaz de valorar cualquier mano tendida:

“No todo fueron rechazos, porque en el año 1942, a la vuelta de Francia, el consejo de don Pedro Arnal Cavero, amigo de mi padre, cambió el rumbo de mi vida”.

Una maestra ejemplar

Esta hija y nieta de maestros nacionales, también estudió Magisterio, y dedicó su vida a la enseñanza hasta su jubilación. Fue una maestra vocacional y cumplió exquisitamente con todos los deberes que le exigió el nuevo régimen. En el fondo, sabía que siempre iba a estar estrechamente vigilada por ser hija de quien era.

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Natalial en el salón de actos de la Facultad de Educación de Zaragoza. Mesa redonda del día 8 de marzo de 2011

Todavía conservo una libreta con las notas manuscritas de la conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza.  Y tengo subrayada esta frase: “Como os podréis imaginar, la vida y el testimonio de mis padres, además de en lo personal y emotivo, han condicionado mi vida profesional. Yo ya no podía ser otra cosa más que maestra. Y maestra nacional para mantener viva la memoria y el testimonio ideológico y pedagógico de mis padres”.

Su mejor lección: una vida de trabajo, en silencio y sin alharacas

Como os he dicho al principio, tenía difícil hablar de Natalia, porque ella misma ha contado su vida mejor de lo que pueda hacerlo yo. Y porque es imposible llegar hasta la profundidad de unos sentimientos en los que se adivinan un gran dolor, una generosidad sin límites y un tremendo afán por recordar. Su frase preferida sigue siendo: “Perdonar sí, pero olvidar, jamás”.

Yo tampoco podría olvidar si mi padre se hubiera tenido que esconder en las carboneras de la escuela y se hubiera desplomado al oír que habían engañado a mi madre y que la habían sacado de su casa para matarla en una cuneta. Es muy duro enterarte de los verdaderos acontecimientos muchos años después. Natalia, a raíz de escribir su libro, descubrió los detalles de los últimos días de sus padres. Que lo protegía doña Ubaldina, la directora de un grupo escolar, que no tenía nada que ver con su ideología. Que protegió a Arturo porque era un hombre bueno. Y que también la fusilaron a ella por eso. Que su padre se entregó cuando supo cómo habían matado a su madre, que lo pasearon como un eccehomo por las calles de la ciudad y que lo hicieron desaparecer.

Y no olvidare el mareo que sufrió Natalia el día que, en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, encontramos la noticia del fallecimiento de sus padres en La Vanguardia del 5 de marzo de 1937. Hasta entonces, las únicas noticias ciertas que tenía eran los recortes de unos periódicos, sin fecha ni nombre, que su tía le había cosido dentro del dobladillo del abrigo que llevó en las colonias y en Francia. En uno de ellos, en el artículo “El martirio de nuestros compañeros”, podemos leer: “Sanmartín befado y paseándolo arrastrado por una camioneta por las calles de Palencia. Sofía Polo, su mujer, madre de tres pequeñuelos, abandonado su cuerpo en la vía pública para pasto de los perros”. En otro se describe de forma espeluznante cómo vieron a unos perros que se comían los pechos de Sofía Polo. Nunca encontraron sus cuerpos y en los documentos oficiales consta que desaparecieron “a causa de los acontecimientos de la Guerra Civil”.

Natalia quiere hacer justicia a con la memoria de sus padres, y contar los abusos que sufrieron ellos y sus hijos, para que nunca se repitan. “El ensañamiento que siempre he percibido en la desaparición de mis padres, me ha dejado en muchas ocasiones con el corazón y con el ánimo estremecidos. Sobre todo me ha sobrecogido el odio tan tremendo que les tuvieron por ser personas libres, amantes de la justicia, de la igualdad y de la democracia”.

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Natalia en Miami Playa (Tarragona), verano de 2016.

Es muy fácil querer esta mujer coherente, íntegra y cariñosa, con deseos de justicia, pero no de venganza. A los ochenta y cinco años todavía mantiene la coquetería de la juventud, rezuma alegría y contagia las ganas de vivir.

Por eso hoy quiero hacerle este regalo y decirle: “¡Natalia, eres muy grande! Con tu ejemplo nos has hecho un poco mejores a los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de ti.

¡Felices fiestas! ¡Feliz cumpleaños!

Carmen Romeo Pemán

Fotografías. Cedidas por Natalia Sanmartín.

Natalia a sus 89 años sigue siendo la única niña de la guerra. La única que con su lucidez y serenidad nos sigue contando las aventuras de aquellos niños huérfanos que, arrancados de su familias, viajaron en trenes con destino a colonias, en realidad a campos de concentración para niños.

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Teruel, 31 de mayo de 2020. Natalia Sanmartín Polo (Madrid, 1931).

En el año 2021, confinada en su casa de Teruel por la pandemia, sigue los acontecimientos con lucidez. «Nunca pensé que viviría 90 años, y menos, que me tocaría volver a estar aislada de los míos como en la Guerra del 36. Y es que la gente no se ha enterado de que esta pandemia es una guerra sin bombas. Todo es igual. Los mismos discursos, los mismos miedos, todos en refugios. La diferencia es que no es lo mismo dormir en tu casa que en el metro de Barcelona esperando las bombas». Y continuamos hablando. «Toda mi vida he escrito un diario. Ya llevo unos días sin escribir. Es tan triste la situación que mejor no contarla».

¡Felicidades, Natalia! Espero que esta entrada vaya creciendo durante muchos años.

«Teruel, 31 de mayo de 2020. Natalia Sanmartín Polo (Madrid, 1931).

A sus 90 años, Natalia pudo contemplar la placa de una calle dedicada a su madre. Esperemos que no tarde en llegar la de su padre, dos figuras vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza. No olvidemos que Natalia lleva el mismo nombre que la hija de Bartolomé Cossío. ¡Enhorabuena, Natalia!

Carta a Irene Vallejo y Lina Vila

Hoy voy a compartir con vosotros una carta que les he escrito a estas dos alumnas por su libro La leyenda de las mareas mansas, inspirada en Ceix y Alcione, una fábula de Ovidio. He sido testigo de la evolución de las autoras desde sus comienzos y, además, me siento muy orgullosa de haber sido su profesora.

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A veces los profesores pensamos que hemos dejado alguna huella importante en nuestros alumnos. Pero yo no estoy muy segura. En cambio, ellos han dejado profundas huellas en mí. Por eso puedo describir a Lina y a Irene en sus respectivas aulas del Instituto Goya de Zaragoza. Y lo mismo podría hacer con sus compañeros de clase y con los de otras promociones.

Queridas Lina e Irene:

Con Las mareas mansas me habéis emocionado, ¡y mucho! Es la primera vez que me encuentro con un libro realizado por dos de mis alumnas a cuatro manos. ¡Sí, por las dos! Irene escribe y Lina dibuja y pinta.

La primera fuiste tú, Lina

Allá por 1986. Te recuerdo en el Instituto Goya, en el aula del fondo del pasillo de arriba, a la derecha, siempre dibujando.

En tus apuntes, que no sé si los conservas, alternabas la escritura con sugerentes dibujos. Cualquier papel que cayera en tus manos acababa repleto de dibujos. Tampoco perdías oportunidad para ilustrar tus libros de texto y los de tus compañeros: una verdadera primicia del arte que hoy haces realidad en Las mareas mansas. Sé que no te consideras ilustradora, pero en el instituto ya apuntabas maneras. También recuerdo a tu profesor de Dibujo diciéndome: “Carmen, a ver si me la tratas bien, que esta chica va a ser una figura en Bellas Artes.” ¡Y no se equivocaba!

Irene, tú llegaste más tarde

Yo te conocí en 1998, en tu año de COU. Tus profesores anteriores me habían hablado mucho de ti, sobre todo los de Lenguas Clásicas. Aún puedo oír a Pilar Iranzo: “Carmen, Irene va a estudiar Clásicas. Así que colabora y no te la lleves a Hispánicas”.

Cuando llegaste a mis manos ya estabas enamorada de la cultura griega. Por eso me sorprendió tanto el día que me dijiste que tenías escrito un cuento sobre la Guerra Civil en Zaragoza. A los pocos días me trajiste el manuscrito de La fisonomía del soldado. Me quedé muda. Tu prosa, con un tono seguro y un gran pulso narrativo, era de gran madurez.

Decidiste mandarlo al Quinto Certamen de los Nuevos de Alfaguara, que se convocaba para los alumnos de bachillerato de toda España. Pero tenía que presentarlo e informarlo tu profesora de literatura. Y así lo hice. Tú lo maquillaste y yo lo mandé. ¡Qué alegría el día que me comunicaron que estabas entre los diez jóvenes ganadores! Teníamos que ir juntas a recoger el premio a Madrid. El viaje resultó inolvidable. En el tren de vuelta, se me ocurrió comentarte: “Este relato es de gran potencia narrativa. Tiene que ser el germen de una novela”. Como acostumbrabas, me miraste con los ojos muy abiertos y no me contestaste nada. En el año 2011, cuando publicaste La luz sepultada, me dijiste: “Esta novela tiene su origen en La fisonomía del soldado”. Volví a sentir una alegría inmensa. Aunque me había limitado a apoyarte en tus comienzos, yo ya me sentía parte de tu trayectoria narrativa.

Alfaguara publicó los diez relatos. Presidía el jurado José María Merino. Fanny Rubio elogió el ritmo poético de tu prosa. Tu relato no dejó a nadie indiferente.

Aquellas dos promesas del pasado sois las artistas de hoy

Vosotras, mis queridas alumnas, sois las autoras de esta doble joya que tengo en mis manos. ¡Doble joya, sí! Por el valor poético de la palabra de Irene y por las ilustraciones de Lina. Cada una de ellas es una obra de arte. Y todas merecerían estar colgadas en un lugar especial de nuestras casas.mareas-mansas-11

Hay premoniciones que, como los sueños que tejen los dioses, siempre se cumplen. Una tarde que estaba preparando las clases del día siguiente, la fábula de Ceix y Alcione, me trajo a la memoria Siete años con las aves, un libro de Ricardo Vila sobre los pájaros de El Frago. Por un momento, dejé a Ovidio y contemplé las fotos de Ricardo. El corazón me aleteó en el pecho cuando identifiqué a los martines pescadores fragolinos con los alciones clásicos. Es decir, Ovidio, en esta metamorfosis, hablaba de los mismos pájaros que habían poblado los paisajes de mi infancia.

Esa misma tarde, como siempre que leo a los autores griegos y romanos, pensé en ti, Irene. En tu facilidad para allanarnos el camino hacia la literatura antigua. Creí que serías la persona indicada para devolvernos esa hermosa historia de amor en un lenguaje moderno.

¿Cómo os habéis compenetrado tanto?

Cada vez que veo la imagen de la portada que acompaña al nuevo título, La leyenda de las mareas mansas, estoy más convencida de que esta maravilla ha sido posible gracias a que os habéis juntado dos autoras de fina sensibilidad. Entre las dos habéis sintetizado en una imagen, simple y bella, el sentido transcendente de la fábula de Ovidio en la que los dioses metamorfosearon a Ceix y Alcione en martines pescadores, o alciones, para que pudieran prolongar su amor eternamente.mareas-mansas-7

Vuestra leyenda acaba, de forma cíclica, explicando la ilustración de la portada: Estas aves de pecho cobrizo anidan siempre al borde del agua. En los siete días anteriores y los siete posteriores al solsticio de invierno incuban sus huevos. Durante esas dos semanas las olas se calman y las mareas son mansas, porque el dios del Viento serena el mar para sus nietos los alciones.

Pero, no temáis, que no he contado el meollo de la historia. Irene, solo he seguido tus estrategias narrativas. En el capítulo cuatro, en un momento en el que parece que adelantas el desenlace final, dejas hablar a un narrador amable para que nos tranquilice: Este es un cuento diferente. Lo que va a suceder es inesperado y maravilloso. Sigue adelante, abre bien los ojos, presta atención.

Mis tres lecturas

Os confieso que he hecho tres lecturas para poder valoraros a cada una por separado.

La primera. Mirando las ilustraciones y prescindiendo del texto literario. Son unas imágenes tan expresivas, con tanta fuerza narrativa, que no he necesitado ninguna explicación escrita para reconocer la fábula de Ceix y Alcione. Además, a través de ellas, te veía el alma, Lina.mareas-mansas-5

La segunda. Leyéndote a ti, Irene, sin mirar las ilustraciones de Lina. Entonces me ha parecido que nos estabas contando un cuento del folclore tradicional. No sé cómo te las arreglas, pero desde el primer momento me has hechizado. Me has aislado en la lectura y me has hecho olvidar del mundo exterior. ¡Hasta el Ovidio, en el que te has inspirado!

La tercera. A la vez que leía el texto, miraba las imágenes. Esta lectura me ha llevado a una historia nueva y diferente. He apreciado que vuestros dos lenguajes caminan en equilibrio. Ninguno se apodera del otro. Se nota que las imágenes y el texto han nacido de un trabajo conjunto y armonioso. El lector puede cruzar, sin prisa y con calma, los puentes que tendéis de un lenguaje a otro.

Y ahora, ¿cómo sintetizo ese mundo tan rico que me habéis transmitido?

Lina, no es casualidad que utilices la acuarela para un libro tan acuático. Con unos formatos muy pequeños, has conseguido despertarme unas sensaciones vibrantes. Además, has elegido los colores con muy buen tino. Los oscuros para los momentos de dolor y ausencia. Y los brillantes para los del amor y el renacer a la vida. He apreciado tu gran sutileza en el capítulo de la gran tragedia: con un fundido en negro evitas representar a la muerte.

Irene, me ha gustado cómo juntas lo popular y lo culto. Cómo rescatas la oralidad de los cuentos maravillosos y la magia del arte de contar. Me ha encantado ese narrador que nos acompaña para que no desfallezcamos. Un narrador pensado, sobre todo, para acompañar a los niños.

Queridas Irene y Lina:

Ha sido un placer recuperaros a través de esta leyenda. Y una experiencia muy gozosa haber tenido la oportunidad de presenciar cómo la literatura y el arte han hecho confluir vuestros caminos para crear una obra tan espléndida.

Carmen Romeo Pemán

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El menú de Santa Lucía



De la tradición oral fragolina

Después de muchos preparativos, el día trece de diciembre celebrábamos santa Lucía con una comida que cocinaban nuestras madres y que siempre tenía el mismo menú.

Al principio no sabíamos por qué era nuestra patrona. Por casualidad, nos enteramos un día que estábamos limpiando la escuela. Curioseando el cajón de doña Angelita,  encontramos su libreta y nos detuvimos en esta anotación.

Los festejos tienen su origen en una fiesta romana del solsticio de invierno dedicada a la diosa Juno, la gran madre, la que protegió el nacimiento del sol de invierno. Era una antigua fiesta de fertilidad y de iniciación a la menarquía. En los pueblos rurales se convirtió en la fiesta de las niñas de las escuelas. En la Edad Media se olvidó el significado romano y santa Lucía pasó a ser la patrona de la vista.

La víspera, delante de la maestra, las chicas mayores hacían un sorteo para saber quién era la afortunada que iba a llevar el plato con los ojos de un cordero recién degollado. Después venía la procesión por las calles. Y las pequeñas las acompañábamos cantando a pleno pulmón.

Santa Lucía los ojos perdió. Cristo en un plato los recogió. ¡Gloriosa santa Lucía! Por Dios, os pido limosna, p’astas pobres estudiantas, que van muy flojas de bolsa. ¡Viva santa Lucía!

Las bellotas, las almendras y las nueces, que íbamos recogiendo, se mezclaban en un capazo con el brillo de algunas monedas y con el de las primeras mandarinas que un vendedor ambulante solía traer por esas fechas.

Al acabar, guardábamos la colecta en un armario de la escuela, lo cerrábamos con llave y nos íbamos a buscar ontinas para la hoguera de la noche. No cogíamos aliagas, aunque sabíamos que ardían mejor y con llamas más altas. Pero pinchaban demasiado y no conseguíamos enristrarlas en una soga, de la que teníamos que tirar para bajarlas por el camino pedregoso que iba desde el cerro de Santa Ana hasta la plaza.

Las ontinas, como el incensario de la iglesia, atufaban el ambiente con un humo bajo y denso. Desde alguna ventana, siempre se asomaba una tos asmática que acababa con nuestra hoguera al grito de ¡agua va! Con el consiguiente alborozo de los chicos, que, justo una semana antes, habían hecho otra hoguera con aliagas en honor a su patrón. Ellos, como nosotras, habían ido pidiendo limosna por las casas cantando:

San Nicolás ha coronado cuatro gallinas y un gallo, cuatrocientos a caballo…

Al día siguiente, vestidas de domingo y con las enaguas almidonadas, nos sentábamos alrededor de una gran mesa, que habíamos hecho juntando los pupitres.

Comenzábamos con un plato de boliches. Criados junto al nacimiento del Arba y regados con agua de manantial, se convertían en los más finos de la redolada. Estas judías blancas, pequeñas y redondas, se cocían la víspera en unos pucheros grandes de barro. Por la mañana temprano se arrimaban a los tizones del fuego y se dejaban hervir lentamente durante todo el día. De vez en cuando había que asustarlas, cortándoles el hervor con agua fría, para que no quedaran pellejudas. A media tarde se echaban unas cabezas de ajo. Por la noche, cuando ya estaban cocidas se añadía la sal, el aceite de oliva y un caldillo espeso que se había hecho machacando en un almirez unas cuantas judías reblandecidas con un poco de azafrán. Cuando el guiso y la casa estaban bien aromatizados se apartaban del fuego.

Para segundo plato, nos habían preparado unos buenos gallos de corral. Eran unos gallos exquisitos, cebados con trigo y maíz durante más de medio año. Cuando destapaban las cacerolas, el olor intenso del estofado se colaba por las calles y llegaba hasta el río. Este guiso requería mucha paciencia. Había que ir añadiendo agua y vino rancio poco a poco, mientras duraba la cocción, para evitar que la carne se quedara seca y para que el caldo estuviera en su punto. Estos platos se acompañaban con largos tragos de agua fresca del botijo de la ventana.

Después venía el arroz con leche, cocido con la leche de las cabras de casa Carcaños y condimentado con abundante canela y vainilla. Ese momento era muy emocionante porque invitábamos a los chicos. En el entrechocar de las jícaras se adivinaban miradas de iniciación a la vida y al amor.

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En mis años de la escuela, la ancestral rivalidad entre santa Lucía y san Nicolás fue en aumento. Venció el santo. Y nosotras aceptamos la derrota. Cambiamos la comida por una merienda de chocolate y tortas con la forma de la santa, que nuestras madres cocían en los hornos del lugar.

Al acabar untábamos las manos en las chocolateras y manchábamos las caras de los chicos, que habían acudido a compartir los frutos secos y las mandarinas.

El cambio de menú y estos juegos atrevidos nos permitieron llegar a las primeras caricias. Doña Angelita nos vigilaba con una amplia sonrisa, como si estuviera recordando la nota de su libreta.

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Hablar san Nicolás y santa Lucía en El Frago es hablar de las tradiciones escolares y de sus maestros. Doña Simona, doña Angelita, doña Isabel, doña Asunción, y muchas más, mantuvieron encendida la vela de esta tradición hasta que se cerraron las escuelas.

He ambientado el relato en la época de doña Angelita García Alegre, la maestra de nuestras madres, esas mujeres fragolinas que con tanto esmero guisaban las judías y los gallos de corral para las comidas escolares.

Quiero dedicar este emocionado recuerdo  a los hijos de doña Angelita,  Blanca, Carlos y Miguel Angel, y a todos sus nietos y bisnietos.

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Imagen destacada. Doña Angelita García Alegre en la escuela de El Frago (1929). Foto de Bruno Gracia Sieso.

Carmen Romeo Pemán

Las acacias de El Fosal

Los recuerdos son como eslabones en una larga cadena que une el pasado con el presente y tienden un puente de plata por el que gustamos andar hasta confundir las dos orillas.

Bruno Gracia Sieso, Maestro de El Frago (1925-1931), “Recuerdos”

 

Cuando se edificaron las escuelas, don Bruno convirtió el antiguo Fosal de san Nicolás en un jardín, llamado desde entonces El Fosal, así, a secas, como si de un topónimo ancestral se tratara.

Nuestros padres arrancaron las viejas lápidas, allanaron el terreno con las yuntas y en un rincón apartado cavaron una fosa en la que iban echando los huesos y las calaveras que les iban saliendo. Los niños nos tomamos aquello como un juego y les ayudábamos a cargar las tibias y los cráneos, renegridos por el humus, en los carretillos.

–¿Te imaginas cómo van a crecer los rosales en una tierra tan abonada? –dijo mi madre una noche, mientras estábamos cenando.

–Mejor las acacias –respondió, mi padre–, que crecen muy deprisa. Ya hemos hablado con el alcalde y dice que va a trasplantar unas muy grandes que hay en la partida de La Fuente. Así que, si arraigan bien, este año ya tendrán flores y darán sombra.

–Sí, sí. ¡Qué bien! Podremos comer “pan de cuco” sin tener que ir hasta las arboledas del río –grité alborozado .

­Pero, ¿cómo vais a comer un “pan de cuco” alimentado por la podredumbre de los cadáveres?

–¡Qué dice usted, madre! Allí ya no hay podredumbre ni nada. Eso ya no es un cementerio. Hace más de cuarenta años que se entierra en el nuevo. Solo salen trozos de huesos mezclados con grandes terrones de tierra. Además, el maestro nos ha dicho que recojamos los que salgan más enteros que los emplearemos en clase –dije yo, haciéndome el valiente.

– “Pan de cuco”, todo el que queráis, pero hojas y semillas, ni hablar. Muchos de esos que estamos sacando se murieron intoxicados porque en momentos de escasez comían semillas de acacias en lugar de judías –intervino mi padre.

–Padre, ¡no será para tanto! A veces a usted le da por exagerar que no vea. El año pasado probamos las habichuelas de las acacias y solo nos dieron unas cagaleras muy fuertes. ¡Ustedes ni se enteraron!

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Tarjeta postal de El Fosal (El Frago, Zaragoza), 1929.

Cuando los hombres habían acabado de preparar la tierra, las mujeres comenzaron a plantar rosales, geranios, petunias, violetas y lirios. Nosotros les traíamos el agua desde la fuente en cántaros y regaderas.

En pocos meses lo convertimos en el lugar más alegre del pueblo. Nuestros gritos reverberaban en los sillares del muro de la iglesia y el eco se propagaba por las dos calles que bajaban hasta El Terrao.

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Un año, que ya habían crecido las acacias, íbamos a celebrar san Nicolás, patrón del pueblo y de los chicos de la escuela, por todo lo alto. Nuestras madres iban a guisar tres cazuelas de judías rojas y unos buenos gallos de corral. Iba a ser el seis de diciembre más sonado de toda la historia fragolina.

Un poco antes de mediodía, acudimos endomingados a ultimar los preparativos de la fiesta. Agrupamos los pupitres para hacer un cuadrado que nos sirviera de mesa. Y nos sentamos alrededor, delante de un gran ventanal desde el que se veía el esqueleto de una acacia, cuya sombra se proyectaba sobre la espesa capa de nieve del jardín.

Después de comer, sacamos una calavera de la fosa común y la utilizamos de pelota para hacer una bola de nieve. Aún no habíamos acabado el muñeco, cuando cinco de mis amigos comenzaron a vomitar con grandes espasmos. Las madres pensaron que era un castigo de los muertos por haber profanado su lugar sagrado. El médico pidió que le llevaran las cazuelas con los restos de alubias En una de ellas encontró semillas de acacias. Con sus remedios solo consiguió salvar a dos.

–En una de las cazuelas había una gran dosis de robinina capaz de matar a un rebaño de cabras –nos dijo el maestro al día siguiente.

Y nosotros nos quedamos mudos, con la muerte clavada en las entrañas.

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Don Bruno en la Escuela de Niños. El Frago (Zaragoza), 1929.

Fotografías de Bruno Gracia Sieso. Conservadas por la familia Gracia Sieso. Existen copias en varias familias de El Frago.

Nota. En las Altas Cinco Villas, «pan de cuco» hace referencia a las flores dulzonas de las acacias, un manjar para los niños de las escuelas, que se peleaban por él.

Carmen Romeo Pemán

Sanadoras y mediadoras en las guerras

Precursoras de la Cruz Roja

Es piedad apropiarse de los muertos, pero el que está en el poder jamás quiere que se viole su poder. Antígona.

Mientras saboreo un aromático café, veo con horror las condiciones en que los refugiados sirios llegan a las islas del Egeo. Oigo el llamamiento de emergencia de la Cruz Roja para dar respuesta a las necesidades humanitarias de los que, huyendo de las zonas de conflicto, solicitan asilo en Europa. Pienso que en Lesbos, donde ahora hay un campo de refugiados, floreció una comunidad de mujeres. Y que, frente a las costas del Egeo, el hijo de un traficante de armas escribió una tragedia contra las guerras fratricidas.

Busco más noticias sobre los refugiados. Voy cambiando de canales. Me paro en el que están cantando la jota de La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa. Josefa Amar y Borbón repartiendo cuencos de sopa caliente entre los heridos del hospital llena la pantalla. Y me pregunto: “¿Por qué no está reconocido el papel antibelicista que hemos desempeñado la mujeres? ¿Por qué no se habla más de nuestra labor de mediadoras y de nuestro pacifismo?” De pronto me doy cuenta de que tengo la respuesta: “Esa parte de la historia tenemos que reescribirla las mujeres”. ¡Pues que no se diga! Apago la televisión. Enciendo el ordenador y comienzo a escribir.separador2

Antes de que se fundara la Cruz Roja, hace algo más de ciento cincuenta años, el voluntariado femenino alcanzó cotas muy altas en la Zaragoza de los Sitios. Pero tuvo que llegar la nueva institución para canalizar y organizar unas actividades que se perdían en la noche de los tiempos. En la Grecia Clásica, el papel de las mediadoras en las batallas, las que atendían a los heridos y enterraban a los muertos de todos bandos, se había convertido en un mito tan fecundo que hasta Sófocles lo inmortalizó en una de sus tragedias.

En 1870, seis años después de la fundación de la Cruz Roja, se creó la “Sección de Señoras”. Su nacimiento coincidió con el auge general del asociacionismo y con la proliferación de las asambleas de damas aristocráticas dedicadas a la beneficencia. Estas Señoras estaban llamadas a ser unas mediadoras importantes.

Unos años más tarde, Bertha von Suttner publicó ¡Abajo las armas!, donde  recogía el ambiente que había conducido a la fundación de la Cruz Roja. La baronesa von Suttner describía los mismos horrores que las mujeres italianas habían presenciado en la batalla de Solferino. Esta novela es un canto al pacifismo y al papel mediador de las mujeres en los conflictos bélicos.

Antígona de Sófocles

Interrumpo la escritura y me levanto a buscar alguna de las ediciones de Antígona que pululan por mis estanterías. Me interesa esta tragedia para poder argumentar sobre unas raíces antibelicistas que nos vienen de lejos. Porque, desde que Antígona se enfrentó al poder político de Creonte y reclamó el derecho natural del fallecido a ser enterrado, y del vivo a ser atendido, las mujeres, “antígonas”, hemos seguido asistiendo a los heridos y enterrando a los muertos en las batallas.

Creo que podría citar de memoria, pero tengo miedo a que mi memoria me traicione. Así que busco entre los clásicos y saco, como un trofeo, el ejemplar de Antígona más manoseado. El que tengo lleno de anotaciones. Enseguida encuentro los pasajes que me interesan.

CREONTE. Eh, tú, la que inclinas la cabeza hacia el suelo ¿confirmas o niegas haberlo hecho?

ANTÍGONA. Digo que lo he hecho y no lo niego.

CREONTE. ¿Sabías que había sido decretado por un edicto que no se podía hacer esto? ¿Y, a pesar de ello, te atreviste a transgredir estos decretos?

ANTÍGONA. No fue Zeus el que los ha mandado publicar, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Estas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de los dioses por miedo a la intención de hombre alguno.

Sonrío para mis adentros. Esta mujer, con tantos siglos a sus espaldas, me parece que está tan viva como yo. Me entran ganas de felicitarla por haber sido la primera voluntaria neutral que recogió el cadáver de un enemigo.

ANTÍGONA. No considero nada vergonzoso honrar a los hermanos.

CREONTE. ¿No era también hermano el que murió del otro lado?

ANTÍGONA. Hermano de la misma madre y del mismo padre.

CREONTE. ¿Y cómo es que honras a éste con impío agradecimiento para aquél?

ANTÍGONA. No confirmará eso el que ha muerto.

CREONTE. Sí, si le das honra por igual que al impío.

ANTÍGONA. No era un siervo, sino su hermano, el que murió

Las heroínas de los Sitios de Zaragoza

Me he quedado abstraída. Mi mente ha viajado, no sé cómo, desde Grecia hasta Zaragoza. Las heroínas de mi ciudad me reclaman su puesto en esta historia. ¡Vaya salto! La culpa ha sido de la dichosa televisión. De todas las formas, en un artículo breve no me cabrían todas, porque las mujeres nos hemos unido en muchos momentos de la historia para mediar en las guerras y asistir a los heridos. ¡Bueno, a lo que iba!

En los dos asedios de la Guerra de la Independencia (1808 y 1809), los zaragozanos se volcaron para defender la ciudad. Su actuación fue ejemplar y eficaz, gracias al gran protagonismo de las heroínas para organizar la atención a sus habitantes.

En 1870, cuando se fundó la Asamblea de la Cruz Roja de Zaragoza, las aragonesas se integraron con facilidad en un organismo que encauzaba sus experiencias y sus deseos de ayudar a los heridos de las Guerras Carlistas. Los ejemplos de la Condesa de Bureta y Josefa Amar y Borbón fueron estimulantes para formar el primer Comité de Damas en Zaragoza.

Josefa Amar y Borbón (1749-1833), antes de la invasión francesa ya colaboraba con la Hermandad de la Sopa. Todas las mañanas, a las seis en punto, servía un plato de sopa caliente a los enfermos del hospital. Cuando llegaron los franceses, se puso al servicio de la Madre Rafols. Después del Primer Sitio, actuó de mediadora en Pamplona entre las tropas francesas y las de Palafox.

Casta Álvarez, Agustina de Aragón, María Agustín, Juliana Larena, María Lostal y Manuela Sancho atendieron a los heridos, suministraron víveres y municiones a los soldados, colaboraron como “enfermeras populares” con las tareas del hospital, y organizaron grupos de mujeres que participaron activamente en la defensa de la ciudad. Todas ellas fueron ejemplos vivos para otras mujeres que comprometieron sus vidas en conflictos bélicos posteriores.

A la Madre Rafols (1781-1853), en un acta de 1945, la Asamblea Nacional, la Cruz Roja la declaró una de sus precursoras. Entre las balas y las ruinas, expuso su vida para salvar a los enfermos, atendió a los prisioneros e intercedió por ellos, y consiguió que la recibiera el mariscal Lannes, en pleno asedio de la ciudad. Fue al campo de batalla a pedirle víveres o cualquier cosa con la que alimentar a sus heridos. Su caridad en la guerra llegó a límites insospechados cuando los franceses incendiaron y bombardearon el hospital.

La Madre Rafols organizó los cuidados de manera muy eficaz y exigió una actuación profesional a las Hermanas de la Caridad de Sana Ana, que ella misma había fundado. Las monjas de Santa Ana fueron unas de las primeras que sustituyeron a los hombres en las tareas de enfermería.

¡Abajo las armas!

¡Un nuevo salto! Ya sé que algunos os estaréis preguntando por qué desordeno los acontecimientos. Es más, yo también me pregunto, ¿por qué guardaba ¡Abajo las armas! junto a Antígona? ¿Por qué se me ocurre hablar ahora de esta novela? Simplemente, porque fueron dos lecturas que marcaron mi espíritu pacifista cuando era joven. Y porque en la novela de Bertha von Suttner se recogen el clima y los acontecimientos que favorecieron la fundación de la Cruz Roja.

Su autora, además de secretaria de Alfred Nobel y Premio Nobel de la Paz, había sido enfermera voluntaria en los hospitales de campaña de la guerra ruso-turca (1877-1878), al poco tiempo de crearse la Cruz Roja.

Movida por el rechazo a los conflictos armados y a sus consecuencias, publicó ¡Abajo las armas! (1889). Esta novela, escrita como las memorias de una mujer, se convirtió en un catalizador de las ideas antibelicistas y destacó el papel decisivo de las mujeres para aliviar el dolor en las contiendas bélicas

La protagonista, Martha Althaus, se cuestionaba las costumbres que rodeaban la guerra y lo militar. Fue una de las primeras figuras literarias que recreó, participó y sintetizó el espíritu que animó a las mujeres a preparar ropa blanca y paños, y a hacer hilas para curar a los heridos.

Tuve que pasar frente al edificio de la Sociedad Patriótica de Socorros para los Heridos. Entonces no existían ni la Convención de Ginebra ni la Cruz Roja. La Sociedad a que me refiero recibía donativos de toda especie: dinero, ropa blanca, hilas, vendas, etc., y los expedía al teatro de la guerra. Llegaban donativos en abundancia: disponía la Sociedad de inmensos almacenes, que se vaciaban y llenaban sin cesar. Tuve ocasión de ver, alineados sobre mesas larguísimas, innumerables bultos de ropa blanca, paquetes de vendas, cigarros, tabaco… pero, sobre todo, montañas de hilas.

Soy un antiguo soldado, y estoy en condiciones de apreciar el valor inmenso que tienen los esfuerzos hechos a favor de los infelices que se baten en Italia. Hice las campañas de 1809 y de 1813. No se conocían las sociedades patrióticas. Nadie cuidaba de enviar cajas repletas de hilas y vendas a los infelices heridos. Cuando se agotaban los repuestos de los botiquines, se dejaba morir a los hombres sin prestarles el menor socorro. Ustedes realizan una obra santa… ¡Ah, no saben ustedes… no pueden saber todo el bien que hacen! (pp. 27 y 28).

Las mujeres italianas de Castiglioni

Las páginas de ¡Adiós a las armas! me han llevado hasta la batalla de Solferino, el 24 de junio de 1859, en la que los ejércitos de Napoleón III de Francia y Víctor Manuel II de Italia derrotaron al de Francisco José I de Austria.

Ese día, vecinos de Castiglioni, el pueblo más cercano, en su mayoría mujeres, recogieron a los heridos y montaron un improvisado hospital en la iglesia. Por primera vez, un grupo de civiles, convertidos en sanitarios improvisados, atendieron a los heridos de guerra.

Henri Dunant, que supo ver la importancia del trabajo de estos voluntarios para aliviar los sufrimientos de los soldados de los dos bandos, creó el Comité Internacional de Socorros a los Militares Heridos. En 1880 pasó a llamarse se Comité Internacional de Cruz Roja.

El espíritu de Antígona, las heroínas, Bertha von Suttner y las mujeres italianas en la Cruz Roja

Con esos cuatro ejemplos quiero deciros que en la historia nunca partimos de cero. Que las mujeres siempre nos hemos unido para restañar las heridas de las guerras. Que la Cruz Roja tampoco nació de la nada. Y que el espíritu de las primeras socias sigue vivo en los conflictos actuales. Entre los equipos de salvamento y ayuda a los refugiados sirios vemos cómo muchas voluntarias de la Cruz Roja siguen arriesgando sus vidas.

En 1864 se fundó la Cruz Roja Española, impulsada por la Reina. Isabel II no tuvo tiempo para dedicarse a ella, porque los estatutos no se aprobaron hasta 1868, año en que ella fue destronada. En cambio, sí que muchas de sus camareras se comprometieron con la nueva institución.

El 6 de diciembre de 1870, nacía la Asamblea de Zaragoza en un terreno abonado por las defensoras de los Sitios. Ese mismo año, se creó la “Sección de Señoras”, en toda España, como auxilio a las “Comisiones de los Caballeros”.

Las aristócratas aragonesas apoyaron a la nueva institución y entraron en una fase muy activa durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). No estuvieron en el frente de batalla ni en las tareas hospitalarias, pero su labor resultó clave en el canje de prisioneros, en la solicitud de indultos y en la organización de las primeras ambulancias. Recaudaban fondos, preparaban hilas y vendajes, recogían lienzos, ropa de cama y de vestir. Y todo lo que fuera útil para las ambulancias y para los hospitales de campaña. Asentaron las bases de lo que posteriormente sería el trabajo organizado de las mujeres en la Cruz Roja.

La “Sección de Zaragoza” se puso a las órdenes de su primera presidenta, Paula Orué (Vitoria, 1802-1880), condesa de Montenegrón, que recogía el testigo de las heroínas. Las primeras socias colaboraron en el socorro a los heridos de las campañas del Norte y en 1874 solicitaron el indulto para militares liberales y para carlistas.

En 1924, la “Sección de las Señoras”, organizada en “Juntas de Damas”, se independizó de la “Sección de Caballeros”. La primera presidenta zaragozana de esta nueva etapa fue la marquesa de Montemuzo, una descendiente de la Condesa de Bureta.

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María Asunción López de Heredia y Fernández de Navarrete (1859-1922), marquesa de Montemuzo. Retrato de la Sede de la Cruz Roja de Zaragoza. En Reinas, Señoras y Damas Enfermeras

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Antes de leer lo que he escrito, me asalta la duda de cómo se trata en la web a las primeras socias de la Cruz Roja. Busco a Concepción Arenal. ¡No puede ser! Faltan las referencias a sus trabajos más humanitarios. Otra vez han se olvidado de nuestro papel antibelicista. Escribo una nota y la envío a Wikipedia.

Concepción Arenal (1820-1893), secretaria general de la Cruz Roja Española en los comienzos, diseñó el funcionamiento de los hospitales, administrados por la “Sección de Señoras”, y, en 1870, puso su revista, La voz de la caridad, al servicio de esta sección.

Si hay crueles que se ensañan, / si hay seres que se pervierten, / si hay manos que sangre vierten, / hay manos que la restañan.

Estos versos del comienzo de “La caridad en la guerra”, nos devuelven la imagen de aquella Antígona inmortalizada en una tragedia del año 442 a. C.

Me arrellano en el sillón y me dispongo a ver el reportaje de los Sitios de Zaragoza. En mi mesilla me esperan “¡Abajo las armas! y la tragedia de Sófocles.

Notas

¡Abajo las armas!, Ramón Sopena, Barcelona, 1934. La modernización de la traducción es responsabilidad mía.

Fotografías

Imagen principal: Foto de Consuelo Peláez Sanmartín. Enfermera atendiendo a un soldado, 1925.  Grupo escultórico colocado en la entrada del Hospital de la Cruz Roja San José y Santa Adela, avenida Reina Victoria, Madrid. Está dedicado a la duquesa de la Victoria, pero fue concebido como un homenaje a todas las enfermeras de la Cruz Roja.

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Le dedico este artículo a Consuelo Peláez Sanmartín, Secretaria Provincial de Zaragoza (1991-2001 y 2003-1013), Secretaria Autonómica de Aragón (1991-2000), Delegada de la Cruz Roja Española en Guatemala (2001-2003) y Responsable de Comunicación (2009-2011), sin cuyo empeño no hubiera visto la luz el libro, La Cruz Roja y Zaragoza: 140 años conviviendo (CRE, 2011), en el que tuve el honor de participar, junto a Gloria Álvarez, con el capítulo, Reinas, Señoras y Damas enfermeras en la Cruz Roja de Zaragoza (1870-1986).

Carmen Romeo Pemán

De la alfarería de Biescas

De la tradición oral fragolina

Me hizo un alfarero de Biescas del siglo XVI, por eso tengo sólo tres asas y entre ellas me bajan unas trenzas como las de las vaqueras del Pirineo.

Hace más de un siglo que la abuela Engracia me trajo a esta casa, desde Ayerbe, entre los objetos más preciados de su dote. Durante muchos años conservé la mejor miel de las abejas, hasta que una epidemia acabó con los enjambres y me arrinconaron en una falsa con los trastos viejos.

Un día, Engracita, la nieta de Engracia, que estudiaba arqueología, me descubrió por azar y puso el grito en el cielo por la incultura de sus padres.

–¿Cómo habéis podido abandonar, así, una de las piezas más apreciadas de la cerámica del Pirineo?

Y yo me dije sonriendo:

–¡Ella sí que es inculta! No sabe que he sobrevivido tantos años gracias a que me abandonaron en un rincón y nadie se acordó de mí. Ni los ratones, que ya no guardaba nada que les gustara en mi panza. Gracias a que todos me olvidaron he podido ser testigo de todos los acontecimientos de la familia.

Engracita se emocionó tanto con mis orígenes que me llevó a una exposición del museo del Serrablo. Allí me limpiaron, me acariciaron y fui la reina por un año. A la vuelta, esa nieta intrépida no me envolvió bien, y en un bache de la carretera sufrí un gran golpe. No llegué a partirme del todo pero necesité muchas lañas para reparar las rajas de mis costados y perdí parte de mis trenzas.

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 Ahora que Engracita está muy mayor ha decidido deshacerse de mí. Ha llamado a un anticuario que le ofrece una fortuna. “¡Una pieza del siglo XVI y con lañas!”. Esta Engracita siempre ha sido un poco atolondrada. ¿Por qué no me ha donado a un museo para que me acaricie la gente?

Ya veo que me voy a pasar el resto de mi vida en casa de un coleccionista que no conocerá mi pasado. Ni sabrá que un famoso alfarero de Biescas nos dio vida a mí y a muchas de mis hermanas que todavía andan arrinconadas por las falsas de las casas del Pirineo.

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Fotografías: Víctor Arenzana Hernández. El Frago (Zaragoza), septiembre de 2016.

Una tinajica de la alfarería de Biescas sobre un toallón de lino en la terraza de Casa Melchor. El racimo de uva, de la viña de Barbé. Mi abuela Antonia (El Frago, 1885-1950) le compró la escudilla a un quincallero de la plaza, a cambio de unas herraduras viejas. El toallón fue tejido, a principios del siglo XX, por el Benito Ángel Biescas (El Frago, 1882-1956), de Casa el Tejedor. Continuarón el oficio sus hijos Julián y Alfredo. A todos ellos les dedico este relato.

Carmen Romeo Pemán

La Zaragoza de las mujeres

La Zaragoza de las mujeres es un recorrido en clave femenina por las calles y la historia de nuestra ciudad. Es un estudio de cómo las mujeres hemos ido entrando en el callejero, es decir, del lento camino que hemos tenido que recorrer para conquistar pequeñas parcelas del espacio público.

¿Cuántas calles tenemos dedicadas a mujeres?

Cuando viajo por otras ciudades, siento la curiosidad de mirar y reflexionar sobre los nombres de las calles por las que voy pasando. Os puedo asegurar que Zaragoza es una ciudad muy moderna en eso de elegir nombres. A los zaragozanos nos enorgullece que uno de nuestros barrios, Valdespartera, tenga calles de películas; que otro, Arcosur, las tenga de videojuegos; y que las del Parque de Goya se refieran a cuadros de Goya. También os puedo asegurar que las aragonesas hemos sido pioneras en ocupar nuestras plazas y calles.

No obstante, lo de los topónimos urbanos dedicados a mujeres es una asignatura pendiente en todas las ciudades españolas y europeas. Por ejemplo, en Madrid, de sus 7.000 calles, no llegan a 1.000 las que tienen rótulos femeninos. En Zaragoza, de sus 3.200, 1.300 llevan nombre de personas. Y de esas, solo 170 están dedicadas a mujeres.

Con esta simple observación podríamos llegar a pensar que las mujeres hemos sido poco originales, poco creativas y poco trabajadoras. ¡Pero no, no ha sido así!

Estos datos me permiten afirmar que no se está haciendo justicia con nuestra presencia en la realidad social.

Un callejero hecho por mujeres

Las autoras de La Zaragoza de las mujeres queríamos incluir la historia de las calles y dar nuevos puntos de vista a las biografías. Considerábamos importante estudiar el desarrollo urbano para conocer en qué momentos habían ido apareciendo los nombres femeninos.

Al comienzo, nos pareció un trabajo sencillo, pero pronto nos encontramos con obstáculos inesperados. El primero tuvo que ver con las grandes lagunas de la documentación.

Mujeres sepultadas en las iniciales de sus nombres

Al comenzar el nomenclátor, o lista de las calles, nos encontramos con el primer reto: descubrir a las mujeres que estaban ocultas en las iniciales de los nombres propios. En los callejeros tradicionales, sin perspectiva de género, había calles dedicadas a personas, en las que el nombre propio aparecía, y aparece, sólo con la inicial. La tendencia general era atribuir esas iniciales a varones, pero a nosotras esa interpretación nos resultaba sospechosa, sobre todo, desde que descubrimos que la calle de Pilar Lapuente en algunos callejeros aparecía como P. Lapuente y en otros como Pedro Lapuente.

Si a esto sumamos que algunas calles estaban rotuladas sólo con un apellido, rescatar los nombres se volvía cada vez más complicado. Nos costó llegar a saber que La Bozada era el segundo apellido de la señora Gutiérrez de La Bozada: una propietaria cuyo nombre ignoramos todavía. Y lo mismo con la desaparecida calle de Margarita Peco, conservada en algunos documentos como «calle del Peco».

Reescribiendo biografías

A las mujeres muy biografiadas, reinas, santas y mujeres famosas, llegamos con facilidad, pero el punto de vista no hacía justicia a sus vivencias como mujeres. Así que decidimos reescribir sus vidas desde una perspectiva no androcéntrica.

Sumando dificultades

De otras mujeres no había rastro. Para reconstruir sus vidas entrevistamos a juntas de vecinos, a familiares y amigos. Algunas se nos resistían; otras se nos han resistido del todo.

Nuestros problemas fueron en aumento cuando llegamos a las calles desaparecidas. En muchos casos no pudimos biografiar a unas mujeres, cuya memoria se perdió cuando quitaron sus nombres de las calles que tenían dedicadas.

¿Por qué La Zaragoza de las mujeres?

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Porque aspira a parecerse a La ciudad de las damas de Cristina de Pizan, que concibió una ciudad con lo que hoy llamaríamos “perspectiva de género”. Nosotras, como había hecho ella en el París de 1405, soñamos con espacios urbanos para mujeres, reclamamos nuestro peso simbólico en la ciudad, aspiramos a tener nombres en las placas y luchamos por conquistar el espacio público.

Las calles son de las personas que las habitamos y las recorremos cada día. Son como nuestra segunda casa, o mejor, como una parte de ella. Por eso las cuidamos y les ponemos nombres de personas a las que admiramos y queremos honrar.

Una ciudadela de mujeres en El Actur

 

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La ciudadela de La ciudad de las damas

En los años ochenta, cuando se construyó El Actur, se reservó un sector para mujeres escritoras y feministas. Este barrio poblado por mujeres nos recuerda a la ciudadela de La ciudad de las damas, donde las mujeres intervenían por derecho propio y eran consideradas ciudadanas.

Cristina de Pizan se adelantó a los enfoques de urbanismo que se promueven cuando las mujeres arquitectas y urbanistas acceden a los centros de poder ciudadano. Y sus ideas se hacen realidad cuando las mujeres participamos de forma activa en las políticas de los ayuntamientos. O cuando escribimos y hablamos sobre esa participación.

En La ciudad de las damas, desaparecía la cronología de la narración y todas las mujeres, las del pasado y las del presente, las ficticias y las reales, convivían en un mismo plano espacial. En Zaragoza convive la Reina Ester, una mujer de las Sagradas Escrituras, con Pilar Lapuente, una joven profesora de la Universidad. Y son vecinas de barrio, Cleopatra, el título de una película, y Pilar Miró, una directora de cine de carne y hueso.

Costumbre de dar nombres de personas a las calles

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Publicado por el IES Goya de Zaragoza

La costumbre de bautizar a las calles con nombres de personas comenzó en el siglo XV, pero no se usó de forma sistemática. Hasta entonces, todos los topónimos eran descriptivos o funcionales. Teresa Gil, el primer nombre propio de una calle zaragozana, sustituyó a Castellana, de la que partía el camino que llevaba a Castilla: un nombre descriptivo muy útil para los ganaderos de la Mesta.

La rotulación se normalizó entre 1846 y 1861, con la publicación de cinco Reales Órdenes. Con ellas, las calles se convirtieron en un lugar privilegiado para contar la historia y conservar la memoria de sus protagonistas.

En esas Reales Órdenes, se decidió que en las placas de las calles se honraría a los mártires del cristianismo, a los héroes de la historia y a los personajes célebres fallecidos, como se reflejaba en el Callejero Zaragozano de 1863.

Una Real Orden de 1989, modificada en los años 1993 y 2000, daba entrada a personas vivas célebres.

Mirando a las mujeres en el espejo de los callejeros

Si nos asomamos a los callejeros, podemos comprender cómo se ha considerado a la mujer a lo largo de la historia. En el callejero de Zaragoza se exaltan los orígenes del reino de Aragón y su expansión. Ligadas a esos momentos están las calles de la Reina Petronila, reina por derecho propio, y de las reinas consortes: Ermesinda de Aragón, Felicia, Inés de Poitiers, Constanza de Sicilia y Violante de Hungría. Unas reinas importantes en la política de alianzas matrimoniales de Aragón.

Las heroínas de Los Sitios

Los Sitios de Zaragoza están recogidos con tal profusión que podríamos hablar de un Callejero de los Sitios.

La heroica ciudad de Zaragoza quiso mantener vivas estas gestas y se apresuró a rotular calles con nombres de sus héroes. Nuestras heroínas fueron las primeras mujeres del callejero con nombres y apellidos en 1863: Agustina de Aragón, Casta Álvarez, la Condesa de Bureta y Manuela Sancho.

No hace falta ser de Zaragoza para suponer que en alguna parte tiene que haber una placa y una escultura que recuerden a Agustina de Aragón apuntando un cañón contra la tropa francesa. O a Manuela Sancho empuñando un fusil desde lo alto de las murallas.

El callejero inmortaliza oficios de mujeres que se han perdido

Era muy frecuente que una calle cambiara de nombre cuando desaparecía el oficio al que hacía referencia. En la calle de la Galera estaba “La galera”, que así se llamaban las cárceles de mujeres. Y conocemos algunos oficios porque milagrosamente perviven en algunas calles: La Mosquetera o La Camisera.

Las mujeres, como los hombres, fueron propietarias de corrales, hornos y mesones. En la calle Marigaita estaba el Corral de la Marigaita, donde se fundió la campana de la Torrenueva. Y, en su época, fueron muy famosas la calle del Forno de Margarita Peco y la calle del Mesón de la Dama.

Los listados y apéndices

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Los listados reflejan de forma meridiana las ausencias. Bien se hubieran merecido una calle Aurora Miret o María Liria, las primeras concejalas del Ayuntamiento de Zaragoza, allá por el año 1927.

Los apéndices finales sugieren cómo se ha ido creando el tejido social urbano. Pretenden ser una radiografía, clara y sencilla, de nuestra conquista del espacio.

Gracias a estos apéndices, sabemos que hay más nombres femeninos en los barrios que en el centro. Y que las mujeres del centro son casi todas santas y heroínas. No convenía que los grandes burgueses vivieran en una calle con nombre de jota. Así que todas las joteras fueron desterradas al Arrabal, donde se creó el Barrio de la Jota. Que eso de cantar la jota está bien para las Fiestas del Pilar y para que nos conozcan los turistas. Pero de ahí a recibir una carta en la calle de Pascuala Perié hay un abismo.

Con una simple ojeada, podemos comprobar que en los barrios, sobre todo en los rurales, hay muchas calles dedicadas a maestras, reivindicadas por sus alumnos y por las juntas de vecinos sensibilizadas con la recuperación de la memoria de las mujeres.

En los apéndices por fechas, podemos ver en qué momentos políticos se nombró a más mujeres. Durante el franquismo le dedicaron una avenida a Isabel la Católica y otra a Germana de Foix, la segunda mujer de Fernando el Católico. Con ellas también llegaron un gran número de abadesas y santas.

En los años ochenta, con los primeros ayuntamientos democráticos, un grupo de escritoras y feministas poblaron El Actur. Rosalía de Castro, Gertrudis Gómez de Avellaneda, María Zambrano, Clara Campoamor, Victoria Kent, Flora Tristán, Rigoberta Menchú, Pilar Miró o Virginia Woolf, entre otras.

En el año 2007 volvieron a entrar muchas mujeres: Amparo Poch, Ana María Navales, Juana Francés, Pilar Sinués, Marie Curie, Penélope Cruz, Pilar Aranda, Andrea de Casamayor y María Domínguez. En el año 2009, más de cuarenta mujeres, procedentes de un amplio espectro social, ocuparon nuevas calles o sustituyeron a viejos nombres del callejero franquista.

Nuestro callejero

Quiere ser una objetivación de la memoria y del olvido de las mujeres. Memoria para las que están, cuyas figuras hemos podido recuperar. Olvido para las que tuvieron dedicada una calle, pero se la quitaron, como le sucedió a la Baronesa de Purroy. Y olvido, también, para las que nunca la tuvieron.

La Zaragoza de las mujeres es un peldaño más en la larga lucha por el espacio público que comenzó hace varios siglos y que todavía no ha terminado.

Pretendemos que, además de ser una herramienta útil para conocer nuestra ciudad, nos ayude a entender que el pensamiento del ser humano corre parejo a las condiciones y estilos de vida de cada época. Y que la igualdad de las mujeres se logrará cuando esas condiciones y estilos de vida sean para ellas más igualitarios.

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Ficha técnica: Carmen Romeo Pemán (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó (2011): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Editorial: Ayuntamiento de Zaragoza.

Fotos y maquetación: Aurora Verón.

Carmen Romeo Pemán

El calentador de Maricastaña

De la tradición oral fragolina

La pequeña Nicolasa se escondía detrás de las sayas de su abuela y observaba cómo calentaba las camas con aquel cacharro.

–¿Cómo se llama eso, abuela?

–¿Qué? Esto, pues un calentador. ¿Cómo se iba a llamar, si no? No ves que sólo vale para calentar las camas.

–Un calentador, un calentador -repetía una y mil veces la pequeña Nicolasa para que se le quedara grabado el nombre de aquel trasto que volvía tan confortables las heladoras sábanas de lino.

El calentador era una especie de sartén de cobre, muy grande y muy profunda, con un mango largo, largo, y una tapadera agujereada. Se llenaba de brasa con un badil, se cerraba la tapa, se metía entre las sábanas por un lateral de la cama y se movía sin parar para que no se quemara la ropa. Aunque se tuviera mucho cuidado siempre había algún percance. Todas las sábanas de la casa tenían manchas negras, por el excesivo calor del suelo del calentador, y pequeños quemazos, como las camisas de los abuelos que fumaban tabaco de “Cuarterón”, por los chisporroteos de las brasas.

Durante todo el ritual Nicolasa seguía a la abuela con los ojos muy abiertos. Antes de cenar avivaba el fuego y ponía grandes tizones de carrasca para que hicieran buena brasa.

—Mira, Nicolasa, cuando seas mayor, nunca eches tizones de chopo ni leña de higuera, que, aunque de momento arden bien, las brasas que dejan no duran nada. Lo mejor es la carrasca, pero hay que tener cuidado porque chisporrotea mucho y si no estás atenta podrías causar un incendio —le decía sin mirarla, mientras agitaba con fuerza un renegrido soplillo.

Ese momento era un momento mágico: las dos juntas delante del fuego. Ella se sentaba en el halda y se acurrucaba, mientras la abuela le contaba historias antiguas. La abuela decía que todas eran verdaderas, que le habían pasado a fulano o a zutano, pero Nicolasa sabía que se las inventaba para ella.

–Madre, deje a la niña, que después sueña mucho y por la noche no para de llamar. Además como ella no distingue lo que es verdad de lo que es mentira, se pasa todo el día maquinando historias. Y lo peor es que se las cuenta a la gente y nos mete en unos líos tremendos” –le decía la madre de Nicolasa a su abuela.

La madre seguía rezongando mientras preparaba la cena.

–Si ya lo digo yo, a Nicolasica con tantos cuentos y consejas se le van a volver los sesos agua y cuando sea mayor ya no tendrá remedio.

Después de cenar la abuela llenaba el calentador con brasas muy vivas y se iban las dos a calentar las tres camas. La última era la de Nicolasa, porque así, al acabar, la abuela dejaba el calentador en el suelo y se metía un poco con ella en su cama. Le frotaba los sabañones, que le picaban mucho, y le contaba más historias. Porque, eso sí, a la abuela las historias no se le acaban nunca. Pero a Nicolasa estas delicias se le acabaron pronto.

El día de San Nicolás por la mañana, el mismo día que Nicolasa cumplía doce años, su abuela se murió de repente, de un cólico miserere que le devoró las entrañas. Desde ese día, Nicolasa cogía el calentador, lo llenaba de brasas mortecinas, lo pasaba un par de veces por las sábanas y remojaba la colcha con las lágrimas que se le escurrían por las mejillas. Desde ese día, nadie volvió a calentarle la cama, ni a frotarle los sabañones ni a contarle historias de los tiempos de Maricastaña.

Antes de un año decidió que ya no iba a llorar más, que se frotaría los sabañones con ajo, que se escondería debajo de las sábanas, que inventaría sus propias historias y que se las contaría a la abuela.

Cuando cumplió trece años les pidió a los Reyes una libreta gorda para escribir cosas que no fueran de la escuela. Porque su madre le compraba los cuadernos y los lapiceros que le decía la maestra, pero eso de caprichos, ni hablar. Por las noches, después de calentar la cama, se arrebujaba bien y escribía cuentos para la abuela en la libreta de tapas de hule negro que le habían traído los Reyes. Poco a poco, fue perdiendo la costumbre de escribir, pero cada vez que veía el calentador, echaba a correr, se escondía en un rincón de la alcoba y comenzaba a escribir en la libreta.

A los catorce años, cuando acabó la escuela, su madre le dijo: “Nicolasa, te noto un poco alelada. Siempre estás en el limbo y no te centras en nada. No vales para trabajar en la casa ni en el campo. Con estas dotes nadie te querrá ni siquiera para servir. Así que he pensado llevarte de fámula a un internado. Allí te enderezarán y te harán estudiar. De paso, a lo mejor sacas algo de provecho para la vida. Ya he hablado con don Leopoldo, el viudo de casa Fontabanas, y me ha dicho que él conoce a la madre superiora de un colegio de postín. Que sí él se lo pide todo se arreglará. A cambio de esto yo iré a hacerle las faenas de su casa y los favores que necesite”.

Ella no entendía por qué estaba triste su madre. En ese momento sólo alcanzaba a ver un amplio camino hacia la libertad.

Nicolasa aprovechó bien los años del colegio, consiguió becas para estudiar Medicina y, con el tiempo, llegó a ser una eminencia en medicina nuclear. Pero en su interior seguía sintiendo un escozor y un picor, como si nunca se le hubieran curado aquellos sabañones de antaño.

El día que se murió su madre volvió a la casa del pueblo y vio el calentador colgado en la chimenea. Entonces se sentó en un rincón de la alcoba, justo debajo de la percha donde la abuela colgaba sus sayas, y escribió un cuento de células que andaban vivas por los cuerpos de los hombres y se comían las ensundias como aquellos sacamantecas de los cuentos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

Imagen: Museo Etnográfico de Cabezamesada (Toledo). http://www.cabezamesada.com/etnografico1/page012.htm

Sakkara de Teresa Garbi. Un viaje hacia el conocimiento y la trascendencia

Teresa Garbi es una de esas personas que tienen gran capacidad para sorprendernos. A pesar de que hace muchos años que la conozco, cada uno de sus libros es una grata sorpresa. ¡Y ya llevo leídos quince títulos suyos!

Teresa empezó a escribir pronto, pero no publicó hasta 1981. Como muchas escritoras, no quiso dar a conocer sus escritos hasta que no estuvo segura de ofrecer frutos maduros.

Hoy voy a hablar de Sakkara, su último libro, en el que reúne diecisiete relatos. Cada uno tiene su brillo propio, como las facetas de un diamante. Y entre todos contribuyen al esplendor del conjunto. Sakkara no es un libro fácil de leer por dos razones fundamentales. Una, por su gran complejidad narrativa. Y otra, por la gran profundidad filosófica.

En cada relato, Teresa ensaya una forma de contar. Precisamente, por esa riqueza narrativa, podemos perder el hilo que engarza los diecisiete relatos. Pero, si leemos con atención, apreciamos cómo la autora va diseminando los indicios que nos permiten ver la totalidad.

Los más importantes son los símbolos que se repiten. Desde el principio hasta el final nos encontramos con la sombra, la arena y la rutina, que todo lo igualan. Y estos tres símbolos básicos vienen acompañados por unos temas recurrentes, como por ejemplo: el frustrado deseo de eternidad o el destructivo paso del tiempo.

A mí la luz me vino leyendo el relato La vía. La narradora ve a un hombre atropellado en un trozo de una vía antigua por la que ya no pasa ninguno. Al principio el suceso me pareció absurdo, incluso pensé en el realismo mágico. Pero ¡no! Con este relato, es decir, con la palabra escrita, intenta recuperar una escena que fue cotidiana en el pasado y que ya ha dejado de suceder. Es una escena que solo pueden conocerla bien los que han vivido junto a una vía de tren. En La vía, se sirve de un recuerdo para reconstruir lo que era habitual en el pasado. La literatura nos devuelve lo que habíamos olvidado por el efecto demoledor de la rutina. En la página 127 leemos: Siempre deberían dejar un recuerdo de lo que hemos sido de niños. Y yo he nacido oyendo el ruido del tren. He visto muchos accidentes como este. Son todos iguales. Tal vez nos hayamos encontrado allí, en uno de ellos. Y en la 128: ¿Qué más da que nos haya ocurrido si mañana lo habremos olvidado?

Líneas en la puerta es otro relato que nos ayuda a entender el resto del libro. Las líneas de la puerta se convierten en una nueva metáfora del pasado que queremos recuperar. Esas líneas son las marcas que hizo una madre para comprobar cómo crecía su hijo. En realidad, son las huellas que quedan en el alma de la madre. Funcionan como el clavo de Rosalía de Castro o la espina de Antonio Machado, como metáforas del dolor de la ausencia que da sentido a la vida posterior.

En Sakkara encontramos un conjunto de relatos con mucha anécdota. Son historias muy bien contadas, en espacios reconocibles para el lector. Por ejemplo: el primer relato, el que da nombre al libro, transcurre en Egipto, Pobreza sucede en Colombia y Acoso en el Pirineo. Otros reescriben la historia: Caín y Abel está ambientado en la Guerra Civil, con un punto de vista muy original. Estos relatos con anécdota tienen las tramas muy elaboradas, como sucede en: Tortura, Villamediana y El color de las grosellas. Son un puñado de historias de denuncia y de protesta que podrían ser el anticipo de futuras novelas. Algunos parecen el resultado de viajes de la autora, en los que lo exótico nos lleva a temas transcendentes. Estos viajes funcionan como metáforas del gran viaje que es el libro y del viaje de la vida.

Los relatos de mucha trama van alternando con otros sin anécdota. Son verdaderos momentos poéticos, cuyas claves están en los relatos con anécdota. Parada en blanco es una reflexión sobre el tiempo detenido. En La masa gris, acompañamos a la narradora, una especie de muerta viva, como las voces de los mejores poemas de Juan Ramón. Palabras para una piedra, Sombras y Al otro lado más que relatos son poemas en prosa que sintetizan la esencia del libro.

Este breve recorrido por el mundo de Teresa Garbi nos lleva a una reflexión sobre la sombra. En el primer relato, Alí, el niño protagonista, dice que la pirámide Sakkara se está cayendo, cuando ve que los escalones se borran, derrumbados unos sobre otros. Entonces el amo le señala un montículo de arena, sombra de lo que pudo ser otra pirámide. El penúltimo se llama Sombras y carece de anécdota narrativa. Pero nos aclara el símbolo que nos ha venido persiguiendo en las 142 páginas anteriores. Estas sombras de Teresa me han asombrado como la negra sombra que asombraba a Rosalía de Castro. Hasta aquí el libro es un anhelo de eternidad que ve frustrado con las sombras y con el dolor de este lado de la vida.

Pero el libro se cierra con Al otro lado, un relato de luz y color. Al acabar su lectura, nos damos cuenta de que, como en San Juan, las sombras se han quedado en esta ladera, en el trajinar de la vida cotidiana. Y en la otra ladera, al otro lado, nos espera la luz.

Cuando llegamos al final, intuimos que los relatos han sido diecisiete escalones en un viaje hacia el conocimiento del ser humano y de su trascendencia.

Sakkara me ha llevado a releer Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, otro viaje hacia el conocimiento y la trascendencia. Y al juntar estas voces, con otras que vienen de la tradición literaria, todo cobra un nuevo significado.

Carmen Romeo Pemán

Presentación de Sakkara en el Paraninfo. 2 de junio de 2016

Teresa Garbí y Carmen Romeo. Presentación de Sakkara en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, dentro de los actos de la Feria del Libro. Zaragoza, 2/06/2016.

La Pata de Orés

De la tradición oral fragolina

–¡A la buena gente! ¡Una limosna para la Pata! –En lugar de tocar la aldaba, hacía sonar una tableta que llevaba en su faltriquera, como esas que decían que llevaban en los lazaretos. Al oírla todas las niñas echábamos a correr. Las mayores nos decían que era como el sacamantecas, que, aunque parecía una mendiga, venía a chuparnos la sangre. Que si nos cogía no volveríamos más a nuestras casas.

Si teníamos suerte y la veíamos subir por el camino del Corronchal, cuando ella llegaba al pueblo, nosotras ya estábamos buscando refugio en los regazos de nuestras madres. Nos daban miedo las pústulas que asomaban entre sus harapos. Un grupo de chicas la seguía desde lejos gritando: “¡Pedigüeña, pedigüeña!” y ella se defendía tirándoles piedras que llevaba escondidas debajo del delantal.

Un día bajaba las escaleras de mi casa y me la encontré en el patio llamando a mi abuela. No me pude contener y chillé como si me estuvieran matando. Me di la vuelta, subí las escaleras a gatas y me cobijé entre las sayas de mi abuela, que estaba cerrando la puerta del balcón para bajar a recibirla.

La abuela me cogió en sus brazos, me apretaba fuerte contra su pecho y me decía: “Nicolasa, no tengas miedo. La Pata es mi amiga y no es mala. Está muy enferma y solo viene a que le cure las heridas. Ahora no lo entiendes. Cuando seas mayor sabrás por qué no la quieren curar ni el médico ni el practicante. Pero no tengas miedo, que no nos va a pasar nada ni a ti ni a mí”. Yo quería creer a mi abuela, pero temblaba y me agarraba a su cuello. Y así estuvimos un rato, ella me acariciaba y yo la abrazaba cada vez con más fuerza. Fue un momento mágico, perpetuado en mi memoria como esas fotografías en blanco y negro que tantas veces miramos buscando un significado transcendente.

Con los años supe que la llamaban la Pata de Orés, porque vivía en un chamizo en los Urietes, cerca de Orés. Que nadie conocía ni su nombre ni su edad. Que era amiga de mi abuela desde que eran niñas. Que mi abuela se había pasado sus años mozos cuidando ovejas por los montes. Y debió ser entonces cuando la Pata se había ido a la paridera, aunque nadie estaba seguro de nada. Unos decían que era una bruja, que algunas noches la habían visto cómo se disputaba el aceite de las lamparillas de la ermita de Santa Ana con las lechuzas. Otros decían que, las noches de tormenta, se escondía en los nichos vacíos del cementerio, que allí estaba protegida y caliente.

El día que se murió nadie quiso enterrarla. Todos tenían miedo de que les contagiara la lepra. Mi abuela la envolvió en una sábana, cavó una fosa delante de la choza y encima colocó unos palos en forma de cruz. Y durante muchos años me contó historias de la Pata de Orés.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: José Ferraz de Almedia,  «A mendiga», 1889.

Cruz de palo. httpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.html.jpghttpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.htm

Orés

Orés (Zaragoza)

 

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Enlace al blog de Masticadores el 17 de noviembre de 2020.

Que de imposturas se trata

Yo nací de la impostura. José Saramago

Pascuala Castán notaba que, con los años, sus clases se habían vuelto muy aburridas. “¡Basta ya de rollos! Desde mañana practicaré la creación literaria. Lo más eficaz será que mis alumnos piensen que soy experta en eso de los relatos”. Aunque todos se darían cuenta de la mentira, porque era sabido que doña Pascuala carecía de la imaginación necesaria para elaborar un relato.

Comenzó por inventarse la personalidad que habría deseado tener. Por la noche, mientras preparaba la clase del día siguiente, iba escribiendo su nueva biografía y la iba adaptando a lo que le habría gustado ser. Comenzó cambiando los datos de su DNI: la fecha y lugar de nacimiento, el nombre de sus padres, su estado civil y la dirección de su domicilio. Al llegar al apartado de los estudios cambió el colegio de monjas, donde había estado interna más de nueve años, por un instituto; la licenciatura en historia, por un doctorado en filología; y sus verdaderos gustos literarios por otros que estaban de moda. Se inventó una larga lista de publicaciones en las que firmaba con pseudónimos, para evitar que sus compañeros descubrieran sus imposturas.

Este apartado fue el más engorroso. Consultó muchas páginas de internet para hacerlo creíble. Buscaba títulos de críticos famosos y les introducía pequeños cambios, los suficientes para que no la acusaran de plagio. Después llegaba lo más difícil: encajar el nuevo título en una editorial real. Como no encontraba solución, decidió inventarse los nombres de las editoriales, pero como no tenía imaginación no le salía ninguno.

Doña Pascuala, que era un poco supersticiosa, cuando llegaba a la sala de profesores, se sentaba en un rincón, abría el periódico por la página del horóscopo y se ensimismaba soñando en aquellas predicciones. De repente pensó que si deformaba un poco los signos del zodiaco sonarían bien para nombres de editoriales eruditas. Así fue como comenzó a llenar páginas y páginas de bibliografía personal inventada: Florentina del Mar, “Por el camino sin mirar las orillas”, editorial Ariete, Murcia. María Barbeito, “Fiestas populares en la literatura gallega”, editorial Virginal, Padrón (La Coruña). Juana Abarca de Bolea, “Octavas de las horas místicas”, editorial Promesa, Huesca. Cuando acabó, imprimió su nueva biografía, y la miró con regocijo. ¡Así, sí! Así le gustaba más.

Una noche se puso muy nerviosa porque acababan de traerle una lavadora nueva. Una de esas que llevan programación electrónica y que no hay quién las entienda. Para colmo de males, tenía la ropa de una semana sin lavar y las clases del día siguiente sin preparar. “Bueno, iremos por orden. Primero la lavadora y mientras lava, la clase. Pero antes tengo que leerme las instrucciones”. Miró el reloj. Ya eran las doce. “No me da tiempo. Mañana tengo clase a las ocho. Bueno, pues aprovecharé las instrucciones de la lavadora para las clases. En el fondo tiene que ser lo mismo lavar los trapos sucios que escribir un relato”. Y comenzó a copiar las instrucciones de la lavadora. Después, igual que había hecho con el apartado de las publicaciones, iba cambiando los tecnicismos mecánicos por tecnicismos literarios. Al acabar, imprimió sus nuevos apuntes, los leyó y pensó: “Bueno, pues no están tan mal, pueden dar el pego”. Al día siguiente, leyó sus “instrucciones para escribir un relato” y, cuando acabó la clase, todos sus alumnos estaban convencidos de que doña Pascuala Castán era una escritora famosa.

A partir de ese momento, decidió abandonar sus textos basados en imposturas. Se matriculó en cursos de creación literaria, participó en tertulias de escritores y comenzó a escribir de forma compulsiva. Lo más sorprendente fue que aquellas primeras imposturas habían sido el origen del cambio. En ellas estaba el germen de sus mejores relatos.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Francisco de Goya, Aún aprendo. Hacia 1826. Lápiz negro, Lápiz litográfico sobre papel verjurado, agrisado, 192 x 145 mm. Era la imagen que doña Pascuala tenía colgada encima de la mesa de su despacho.

 

Alumnos  en la clase de un instituto

El día que Nicolasa rompió el hielo del Arba

–Mira,  José, te he dicho que esta niña me tiene muy preocupada. Es de esas que se las campa sola y no hace caso a nadie –le dice Ana a su marido, cuando llega del campo. Viene sudoroso, cansado y con pocas ganas de hablar de estas cosas, que para él no tienen importancia.

–¡Anda, no será para tanto! Se nota que, como es la pequeña, la tienes muy mimada y ella, ¡claro!, quiere soltarse un poco de tus sayas.

–¡Es que no te enteras de nada! Te parece que con trabajar y taparnos la boca con un poco de pan ya está todo arreglado. ¡Pues, no, José, que las cosas no son así! No tendrías que ser tan cachazudo. Tendrías que esforzarte en conseguir un jornal mejor. Y tendrías que enterarte qué es lo que pasa en casa con nuestros hijos.

–¡Ya estamos como siempre! –gritando mientras le quita los aparejos al burro–. ¡Tendrías, tendrías! ¿Y tú? Más te valdría trabajar y dejarte de tantos remilgos con los críos. Mira, precisamente esta mañana me he enterado que los de casa Fontabanas están buscando una mujer que les lave la ropa en el Arba. Y dicen que en esa casa pagan bien.

–Pues aquí nos apretaremos el cinturón. Pero no pienso dejar a los críos solos todo el día. Y menos a Nicolasa. ¡Lo que le faltaba! Entre lo flaca que está, lo mal que come y esa tos perruna, si yo me pongo de lavandera, ella no pasará el invierno.

–Lo que tendría que hacer es dejar de una vez tantas fantasías. Anda que no ha dado que hablar con aquello que leyó el cura en misa el otro día –Y se planta delante de su mujer esperando que le conteste algo.

–¿A qué te refieres? ¿Al diario que le robó su amiga y se lo entregó al cura?

–A las cochinadas que se le ocurre poner por escrito. Que tenga cuidado y no me ponga nervioso que igual se me va la mano. ¡Y no es mi voluntad!

–José, ¡por favor!, que todo fue una mala intención del cura y la envidia de una niña que va peor que ella en la escuela.

–¡No la justifiques, Ana! Que esa será su perdición. Que no se puede escribir, ni siquiera para uno mismo, como tú dices, lo que anda haciendo Damiana por los pajares con otros chicos. Que eso es calumniar ¡y mucho!

–¡Pero si ella solo lo escribía para no caer en la tentación!

–¡Vale, ya! ¿Me oyes? Con eso nos ha deshonrado a todos. Así que tú, ¡a lavar y a recuperar la honra de la familia con el trabajo! –levantando el tono de voz.

–¡Joseee! Que lo estás mezclando todo.

–Yo no mezclo nada y sé muy bien lo que digo. A esta cría hay que ponerle las peras a cuarto. Lo mejor que podrías hacer es sacarla de la escuela y llevártela al río contigo. Seguro que todos saldríamos ganando.

–¡Buenas tardes, padre! ¿Qué tal el día? –dice Nicolasa, que en esos momentos llega sofocada de la calle.

–¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? Hace rato que tendrías que estar en casa ayudándole a tu madre.

–Es que se me ha hecho un poco tarde jugando en la plaza.

–No te digo nada porque es el último día –le contesta su padre, mientras se levanta la boina y se rasca la cabeza con unas uñas renegridas–. Desde mañana irás a lavar con tu madre para los de casa Fontabanas.

–¿Y la escuela, José? La niña tiene que ir a la escuela. Es menor de edad y, si no la llevamos, nos denunciarán.

–Pues que me vengan a mí con la denuncia –le contesta, a la vez que levanta una horca amenazante.

Nicolasa se acurruca detrás de las sayas de su madre, comienza a llorar. Su madre no mueve ni un músculo. Aprieta los dientes y dice con voz ronca:

–Vamos a cenar, que la sopa está caliente –y continua, volviéndose hacia Nicolasa–. Mañana nos levantaremos temprano y pondremos a hervir un caldero de agua para llevarlo al Arba. Así nos podremos calentar las manos cuando tengamos que romper el hielo antes de empezar a lavar

Carmen  Romeo

Imagen: El Arba a su paso por El Frago. Foto de María José Romeo Berges.

Lavandera. Harresi

Lavandera camino del río, “Cuando no había lavadoras”, publicada en Harresi Kulturala Elkartea, 28/04/2013.

Voces dormidas

Donde se impuso el silencio, que la memoria florezca

Colectivo Arias Montano

 Me subían las pulsaciones a medida que iba desempolvando los papeles del archivo del ayuntamiento fragolino. Cuando abrí la carpeta de los expedientes se me escapó un grito: “¡Serán cabrones!”. A este secretario, solo por haber cumplido escrupulosamente sus tareas de funcionario con el alcalde del Frente Popular. A esta maestra, por no anunciar, el día uno de abril de 1939, el final del Glorioso Alzamiento Nacional desde la ventana de su escuela que daba a la plaza del pueblo. A un hombre, que un domingo había llevado sus mulas a abrevar al río, lo multaron por no santificar las fiestas. A la mujer del médico le cortaron el pelo y la hicieron dar vueltas al pueblo gritando “Viva España”, porque había desaparecido su marido. Y, por si volvía, lo expedientaron. Y todo era obra de aquellos que cada día acababan el noticiario hablado gritando: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! “Cabrones” –repetí con la voz quebrada–. Sobre los documentos había caído una espesa capa de polvo que los condenaba al olvido.

Aquella noche no pude dormir. Tenía que volver al archivo. Las voces de mis antepasados me pedían que siguiera buscando hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, porque los crímenes de la Guerra Civil habían enterrado a los anteriores. Hacia adelante, porque en la posguerra se libraron batallas más importantes que las de las trincheras. Y así, unos les quitaban la palabra a los otros y montaban tal algarabía que todo me llegaba confundido y mezclado. Tan confundido y mezclado como en las historias que contaban las viejas en los carasoles.

En la duermevela me preguntaba: “¿Y para qué? ¿Qué puedo hacer con sus testimonios? ¿A quién le interesan esas voces dormidas?” Si ya lo dice el refrán: “El agua pasada no mueve molino”. Además, para darles vida tendría que saber escribir. Si me limitara a transcribir los documentos con el desorden de aquel archivo, mi voz se perdería entre tanto barullo. De repente, de la caja de las actas, salió la voz del viejo secretario. “Ya lo tengo. Don Benjamín acaba de darme la pista. Le daré la voz a él y que siga poniendo orden en los papeles como lo hacía en los plenos del ayuntamiento”. Pero él rezongaba. Nunca le habían gustado los protagonismos. Y eso de hacerse importante como hombre de papel no le hacía ninguna gracia.

Al día siguiente, con las ideas más claras, volví al archivo. Más sorpresas. Más emociones. Y así me pasé todo el verano.

Aprovechaba las tardes para darme un chapuzón en el río. Hablaba con los hombres que volvían del campo y con las mujeres que iban a buscar agua a la fuente. Tiraba un poco del hilo. Cuando se daban cuenta de que estaba al corriente de algunos casos, se les desataba la lengua y daban vida a las historias de los papeles polvorientos. Una tarde de final de verano, una mujer, que volvía de lavar del río, me dijo: “Aún no te has dado cuenta de que tú eres la verdadera memoria del pueblo. Ahora ya no puedes dejar que se pierda de nuevo”.

Han pasado los años y todas esas historias siguen dando vueltas en mi cabeza. No sé muy bien qué hacer con ellas. ¿Un conjunto de relatos? ¿Una novela? Sí, quizá con una novela podría rescatar mejor el contexto que los llevó a ser doblemente olvidados.

Pero, ¿a quién le doy la voz? Es que todos quieren hablar y no se dan cuenta de que no caben juntos en las páginas de una novela. Tendrían que ponerse de acuerdo para elegir quién sale. ¡Bueno! Ya iremos viendo. Alguno de ellos podría ser el protagonista y los demás una especie de coro que completara los acontecimientos.

Cada vez que pienso en reescribir esas vidas, me vuelven a subir las pulsaciones. Me vienen a la memoria las injusticias y los atropellos que sufrieron las gentes de la España rural, esa España que hoy está vacía y que un día no muy lejano estuvo llena de vida.

Esas gentes, cuyos anhelos se vieron frustrados por los prejuicios sociales, por las dificultades económicas y por los conflictos políticos, se merecen un homenaje. Esas gentes son mis ancestros y mis raíces. A ellos les debo la savia que llevo dentro.

 Carmen Romeo Pemán

Carmen en la niebla

Imágenes. Monte de San Jorge, enfrente de El Frago (Zaragoza). El paisaje duerme entre la niebla y las voces entre los papeles del archivo. (Fotos propiedad de Carmen Romeo Pemán, enero de 2016).

Las feriaban en Ayerbe

De las fragolinas de mis ayeres

Águeda estaba ensimismada mirando el camino que llevaba a Ayerbe y cayó en la cuenta de que la habían feriado por moza vieja y porque no tenía dote. Pero eso al bullanguero Nicolás, que también se estaba haciendo mozo viejo, no le importó, que a sus años se le estaba poniendo difícil conseguir una hembra paridora en El Frago.

Nicolás de Guillén, amigo de lifaras, había llegado a ser famoso en la feria de Ayerbe y en los pueblos de la redolada. Según contaban, este mozo jaranero, antes de comprar los botos de vino, pedía que le llenaran la bota para probar la nueva cosecha. Y la tabernera, que no, que echara un trago todo lo grande que quisiera, pero que llenar la bota no. Entonces él cogía un cántaro de cinco litros y se lo bebía de un trago. La tabernera se quedaba boquiabierta y le decía: “al año que viene le dejaré llenar la bota”. Pero al año siguiente Nicolás cambiaba de vinatera.

En esos ambientes, Nicolás oyó discutir a un grupo de hombres de Losanglis, un pueblo cercano. Hablaban de Águeda Oberé, una moza que pasaba la treintena, la hija de la casa más pobre de las veintiuna que en esos momentos tenía Losanglis. Otros decían que era hija de una madre soltera, porque no se sabía gran cosa de la familia y, además, que Oberé no era un apellido de la zona. A la mañana siguiente, una vecina le dijo  a Engracia que unos hombres del pueblo la habían prometido a un mozo viejo de El Frago. También le dijo que debían haber hecho un buen trato, porque lo celebraron tanto que volvieron todos borrachos a altas horas de la madrugada. Águeda no contestó y se encerró en su casa.

A Águeda se le secaron las entrañas el día que iba montada en una yegua, camino de El Frago, un pueblo del que nunca había oído hablar. Sólo sabía que estaba más allá de la muga de Huesca, pasada la Carbonera, a unas nueve leguas de Ayerbe. Cuando llegó, acompañada por uno de los criados de Nicolás, en el paso de Cervera, la estaban esperando las mujeres del pueblo. Al verla tan asustada, una de las más viejas le dio ánimos: “No tengas miedo que pronto serás una más. Aquí a todas nos espera lo mismo: parir, sufrir y sobrevivir en silencio”.

Por las noches, cuando Nicolás se quedaba dormido, se levantaba sin hacer ruido y se ponía emplastos de cebolla, que decían que se llevaban las pesadillas. “Nunca se lo perdonaré a mi madre. No los tenía que haber dejado que se me llevaran de casa. Ya no la nombraré más”. Poco a poco se fue metiendo en los afanes de la vida fragolina y se le fue desdibujando su pasado en Losanglis. Pero nunca pudo mirar de frente a los hombres bullangueros que cada año feriaban a las mujeres en Ayerbe.

Imagen. 1920. Plaza de la feria de Ayerbe. Foto de Ricardo Compairé.

Carmen Romeo