La reforma

Aquella Navidad, de manera inesperada, pudieron hacer realidad eso que todo el mundo dice cuando le preguntan: ¿qué harías si te tocara la lotería? Entre la multitud de respuestas tópicas y típicas, decidieron destinar los treinta mil euros del premio a tapar agujeros, tanto en sentido literal como metafórico. Su casa era antigua, llevaba años pidiendo a gritos una reforma y, por fin, podrían acometerla a lo grande.

Sus hijos tenían ya veinte y veintidós años. Pasaban con ellos solo los veranos y las vacaciones de Navidad, los dos estudiaban Periodismo y vivían en la capital, lejos del pueblo, en un piso compartido con otros dos estudiantes. Decidieron arreglar también sus dormitorios, total, la casa era grande, de las de antes, sobraban habitaciones. Y ahora tenían dinero de sobra hasta para lo que parecía imposible: acondicionar el enorme sótano que ocupaba los mismos metros cuadrados que la planta baja y el piso superior.

Papá Noel existía. Los Reyes Magos existían. La gente que salía en la tele el día del sorteo navideño existía. Los sueños, la posibilidad de hacer realidad los sueños, también existía en un pequeño rectángulo de papel, por solo veinte euros y con cinco números como cinco soles. El 22 de diciembre, un niño de San Ildefonso cantó esos cinco números con la música de fondo de un bombo en el que se apelotonaban miles de sueños como los reos de una cárcel luchando por su libertad. Y el preso indultado ese año llevaba en el orden correcto las cinco cifras del décimo que Mercedes compró en una administración de lotería solo porque le gustó la terminación.

—¿Por dónde empezaremos, Paco?

—No sé, Mercedes, no sé. Todavía no me creo que nos haya tocado. Será mejor que lo pensemos unos días, ¿no?

—Pues también tienes razón. —Mercedes se rascó la barbilla y sonrió a su marido—. Ahora no tendrás excusa para que le metamos mano de una vez al sótano, ¿eh?

—Mira tú por dónde te va a sonar la flauta, mujer. —Le devolvió la sonrisa—. Vas a salirte con la tuya. Pero no está mal pensado, oye. Mientras nos vamos haciendo a la idea podíamos empezar a revisar todo lo que hay abajo, ¿qué te parece? Antes de meternos en un pedazo de obra, lo más práctico es limpiar primero, tirar lo que no sirva… En eso sí que podemos empezar a adelantar.

—Pues no se hable más.

Aprovecharon que Paco tenía vacaciones hasta después de Reyes y, salvo los ratos que Mercedes dedicó a encerrarse en la cocina a preparar los menús navideños, pasaron horas en el sótano, en chándal y zapatillas, mientras compartían ataques de tos provocados mitad por el polvo y mitad por las risas cuando descubrían tesoros olvidados.

Aparecieron dos cajitas diminutas que habían comprado en el viaje de novios y que contenían el primer diente de leche de Pablo y de Laura, junto con sus chupetes; las mochilas raídas que llevaron cuando hicieron el Camino de Santiago, siendo novios; una caja olvidada con ropas de bebé de cuando los niños tenían meses. Paco sacó de una caja una carpeta llena de papeles. La abrió, y lo primero que encontró fueron dos entradas de cine de “Lo que el viento se llevó”. Las agitó en el aire y miró a su mujer:

—¡Merce! ¡Mira lo que ha salido por aquí!

—¿Qué es? —Ella estaba en la otra punta del sótano y no llevaba las gafas puestas.

—¿Qué te crees? Te doy una pista. La primera película que vimos en el cine fue…

—¡Lo que el viento se llevó! —dijo ella tras pensarlo unos segundos. Se echó a reír y repitió—: Lo que el viento se llevó… y…

—¡Y el culo no resistió! —Paco terminó la frase por ella y coreó sus carcajadas—. Las puedo tirar, ¿no?

—Sí… bueno… no sé… Déjalas en lo alto de la mesa de ping pong. Podemos poner ahí las cosas dudosas. No vayas a tirar nada sin consultarme, que te conozco.

—Vale, mujer. Que en la casa mandas tú.

—Ya, ya. ¡Y menos mal! Será en lo único que mando…

Las últimas palabras las dijo en voz baja y Paco no llegó a escucharlas. Tampoco es que hubiera diferencia si lo hubiera hecho. Delegaba en Mercedes todas las decisiones que correspondían al hogar o a los hijos, como debía ser. Para eso trabajaba mucho más de las cuarenta horas semanales de la mayoría, para tener a su familia atendida como Dios manda, con las necesidades cubiertas y con medios suficientes para hacer un viajecito al extranjero en vacaciones y costear las carreras de los niños. Y que a Mercedes no le faltara ni su gimnasio, ni su peluquería, ni nada de lo que las mujeres necesitan para ser felices.

Paco dejó las entradas sobre la mesa de ping pong y terminó de revisar la carpeta. Lo siguiente que había en la caja era un marco bastante grande boca abajo. Lo sacó, le dio la vuelta y sopló para quitarle el polvo, lo que le valió otro ataque de tos.

—¡Mercedes! ¿Qué hago con esto? Hay que ver la de trastos que llegamos a acumular…

—Espera, que desde aquí no sé lo que es.

Ella se acercó. Al reconocerlo, cogió el marco con mucho mimo de las manos de su marido y se le quedó mirando.

—¡Pero si es mi título!

—Como has dicho que te consulte… Ten en cuenta que si seguimos así no vamos a tirar nada, mujer. —Miró el título de Empresariales enmarcado con el nombre de Mercedes y añadió—: Lleva veinte años arrumbado y si lo guardamos se va a pasar otros veinte años igual.

—No estarás diciendo que lo tire, ¿no?

—A ver… Es como lo de las entradas. Las he puesto ahí por no contrariarte, pero se supone que estamos de limpieza, ¿no?

—Ya. Bueno, vale que las entradas las tiremos. Pero mi título…

—A ver… —repitió él. Señaló el título—. Eso y las entradas no son más que papeles. Pero el título abulta mucho más y lo que queremos es despejar el sótano y ganar espacio.

—Ay, Paco, pero es mi título.

—¿Y qué?

—Pues que entonces también podíamos tirar el tuyo, si te pones así.

—No digas bobadas, mujer. No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque no. Además, mi título no estorba. Ni siquiera está aquí. Está en mi oficina, lo sabes de sobra.

—Y este podía haber estado en la mía si yo hubiera seguido trabajando.

Mercedes fue a soltarlo en la mesa de ping pong, pero cambió de idea. Cogió una de las cajas vacías y, con el rotulador de trazo grueso que habían bajado para marcarlas, escribió en el cartón: “PARA GUARDAR”. Metió en ella el título, se cruzó de brazos y miró a Paco.

—Mi título se queda.

—Pues vamos bien —dijo él. Se cruzó también de brazos.

—¿Algún problema?

—No, no… Total, si tienes el capricho, se guarda. —Trató de no alterarse—. Yo solo lo decía porque no va a servir de nada.

—Eso nunca se sabe. Yo podría volver a trabajar.

—¿Tú? ¿Ahora? ¿Para qué? No digas tonterías, Mercedes. No nos hace puñetera falta que, a tu edad, te pongas a buscar trabajo. No irás a empezar otra vez con eso a estas alturas, ¿no?

—Pues mira, casi que lo estoy pensando. Ahora que los niños son mayores las cosas son muy distintas. Ya no me necesitan como cuando eran pequeños.

—¡Mercedes, por Dios, que eso ya lo decidimos hace años!

—¿Lo decidimos? Paco, Paco… lo decidiste tú en realidad. Yo solo me dejé convencer. Y no es que me arrepienta, de verdad, cariño. He criado dos hijos maravillosos y creo que he sido una buena madre y una buena esposa. Así que, ¿por qué no iba a poder empezar a trabajar de nuevo?

—¡Porque no nos hace falta! —repitió él, y esta vez subió el volumen.

—¡No te hará falta a ti! —dijo ella con el mismo tono de voz—. ¿Pero qué pasa si yo lo necesito? ¿Eh? ¿Qué hay de mí?

—¿Se te ha subido la sidra a la cabeza? ¡Vas a tener entretenimiento de sobra con la obra de la casa! Alguien tendrá que estar aquí y controlar a los albañiles, escoger las cortinas, resolver los imprevistos…

—Claro. Y ese alguien tengo que ser yo, ¿no es eso?

—Por supuesto. Yo tengo que trabajar. Lo lógico es que te encargues tú, como siempre.

Mercedes sacó el título de la caja y lo apretó contra su pecho. Miró a su marido.

—Paco, mi título y yo vamos a salir de este sótano. Nos han tocado treinta mil euros, Paco. Nos ha tocado la lotería. Un premio. Un buen premio. Si me apuras, te diría que nos ha tocado más de un premio. Por lo menos, a mí. Acabo de darme cuenta.

Volvió a dejar el título en la caja, se acercó a su marido y le puso las manos en el pecho.

—Paco, cariño, tira las entradas si quieres. De verdad. No me importa. Pero…

Dejó la frase sin acabar. Los ojos le brillaban y Paco supo que no era por el polvo del sótano. Recordó otra clase de polvos y descubrió, debajo de las patas de gallo de ella, el rostro de la joven empresaria de la que se enamoró. La que casi le pisó el ascenso. La que aceptó que la invitara al cine y le confesó, después de la boda, que había elegido aquella película porque era la que duraba más tiempo.

Tal vez ella tuviera razón. Tal vez les hubiera tocado algo más que los treinta mil euros de la lotería. Tal vez habría que desempolvar de aquel sótano muchas más cosas de las que pensaban.

Adela Castañón

Imagen de Peperet en Pixabay

El buitre de Puen del Diablo

Ese buitre voraz de ceño torvo. Miguel de Unamuno.

—¿Qué manía te ha entrado, José? —le espetó su mujer—. Hace más de un mes que no sales de casa. Ni siquiera vas a cortar leña a Puen del Diablo.

Puen del Diablo era un congosto franqueado por rocas muy altas. Un desfiladero en el que no cabían dos caballerías a la par: había que pasarlas en fila de a una. Algunos también lo llamaban el Paso de Roldán. Según una leyenda, Roldán habría colgado allí los cuerpos y las cabezas de sus traidores.

El caso era que, una tarde, José volvió del monte con el miedo metido en el cuerpo. Ya no salía al bar a echar la partida. Se quedaba quieto junto al hogar, envuelto en una manta marrón con una lista blanca, como las que les solía poner a sus caballerías.

—¿Se puede saber qué víbora te ha mordido? Así, sin más ni más, te levantas antes de salir el sol y me dices que no vas a ir más al monte. Pero tú, ¿qué te has creído? ¿Con qué les vamos a tapar la boca a nuestras cinco criaturas? —le insistía su mujer. Pero él, ni mú.

Ese mutismo la enfurecía más. Y cada vez levantaba más el tono.

—¿Qué pensará la gente, eh? Ya sé que a ti te da igual, pero yo no quiero ir en lenguas a todas las horas. Ni quiero pedir prestado en la tienda y que me lo nieguen porque mi marido es un vago. —José seguía callado con la cabeza entre las manos—. ¿Pero me escuchas o no?

Cuando su mujer salía a la calle, la gente se arremolinaba a su alrededor y la molían a preguntas, que ella no sabía contestar. Nadie entendía el cambio brusco de su marido. Había desaparecido el José dicharachero que gastaba bromas en todos los corrillos. El que todos los días se jugaba el café al guiñote. El que más días trabajaba a vecinal para el Ayuntamiento. El que había retejado la cubierta de la iglesia y había quitado las piedras del camino de la fuente por su cuenta. Florencia del Peñazal recuerda el día que le dio un patatús a su marido cuando estaba segando. José corrió a buscarlo y lo trajo moribundo encima de la yegua.

El otro día se presentaron varios hombres en su casa. Llevaban al cura con ellos. Pensaron que así les confesaría qué le pasaba. Ellos hablaban y hablaban, pero José cada vez se encerraba más en su silencio.

El pastor con el que solía compartir el camino del monte se sentó a su lado.

—Mira, José, me da lo mismo lo que sientas, pero hoy vas a venir conmigo. Iremos los dos montados en mi burra y no te pasará nada. ¡Te lo juro!

—¡Nooo! —El grito de José aterró a los presentes. Era tan largo que salió por la ventana y recorrió las calles. Llegó hasta el campanario y movió las campanas, como si tocaran a fuego.

Al momento acudió toda la gente del lugar. Las mujeres se quedaron en la casa con su mujer y los hombres se lo llevaron hasta Puen del Diablo. Estaban seguros de que algún animal lo había asustado. Si aparecía, entre todos lo cazarían.

La comitiva, armada de palos altos, hachas y escopetas, marchaba a paso lento. De todas las bocas salían comentarios parecidos.

—Ha tenido que ser algo extraño. —Era la voz ronca del Manco—. José es un hombre valiente y no es fácil amilanarlo. Y mucho menos dejarlo sin habla.

Cuando se acercaban al desfiladero, vieron una banda de buitres dando vueltas alrededor de las rocas. A todos les subió el corazón a las sienes. Los buitres eran señal de que había cadáveres y pensaron que igual eran los de los que le habían tendido una emboscada a José.

Entraron en el paso de uno en uno. Los buitres, en silencio, volaban muy bajo. Tan bajo que be podía oír el susurro de sus alas, pero no se atrevían a aterrizar. Estos bichos sienten pavor a las cañas y a las varas altas. Saben que si les rozan las alas los desarman y se quedan malheridos. A lo lejos oyeron el graznido de los cuervos que siempre iban a la zaga.

—Mala señal —dijo el Manco.

Todos a una se pusieron la mano a modo de visera y achicaron los ojos. El Manco no pudo reprimir un juramento. Vio a un buitre agarrado a una de las rocas más altas.

—¡Se está comiendo las entrañas de un hombre despeñado entre los riscos!

Se quedaron quietos sin dar crédito a lo que veían. A continuación tomaron el sendero de la parte trasera de las rocas. El Manco se asomó y reconoció al abuelo de casa Murillo. Como vivía solo y pasaba largas temporadas en el monte, nadie lo había echado en falta.

Entonces, mientras unos espantaban a las rapaces y otros intentaban descolgar al abuelo, de una cueva cercana salió una voz lúgubre, de alguien que se había tapado la boca con un trapo.

—Habéis llegado tarde. Si me hubierais traído el rescate a tiempo, no habría muerto.

A José se le mojaron los pantalones y recuperó el habla.

—Es la voz que me persiguió hasta la entrada del pueblo sin parar de decirme que a mí me pasaría lo mismo sino le traía el rescate. Yo sabía entre todos los del pueblo no conseguiríamos reunir los cien doblones de oro. Y, dentro de mí, se me metió un buitre que me corroe desde las entrañas hasta la garganta.

Carmen Romeo Pemán.

Anteriormente publiqué este relato en 2023, en Entre Picarazones, la revista cultural de El Frago.

Definitivo. Regalo de Navidad de una escritora para nuestros lectores

Hoy la Navidad trae un regalo a nuestro blog. El relato de una escritora, María Hidalgo Arellano, que ha querido compartir una historia con todos nosotros. Os dejo unas palabras suyas como presentación:

«Hace muchos, muchos años en un pueblo donde en invierno siempre huele a tierra mojada aunque no llueva nunca, un padre le dijo a su hija que no dejara de escribir. Ella fue profesora de lengua y literatura en el pasado. En el presente ayuda en la empresa familiar y es madre a tiempo completo. En el futuro, quizás, consiga escribir a rachas».

Adelante, amigos, y disfrutad de esta historia:

DEFINITIVO

El día que muera papá, mi casa dejará de oler a ralladura de limón. Se desmoronará la cal del patio blanco, poco a poco. Se resquebrajarán las baldosas por las esquinas y el suelo quedará como un mar de olas. Se nos olvidará que se vendimia a principios de septiembre el tinto fino, cuando la uva esté duz. Se acabarán los racimos, las viñas, los campos de olivos, los tomates maduros. No se recalará jamás el bizcocho. Nadie se atreverá a mezclar el sabor del flan de café con lágrimas. No se harán hogueras con sarmientos para asar chuletas de cordero ni veremos a nadie comerse la fruta con pan. No sabremos dónde se venderá el azúcar más barato ni compraremos huevos al por mayor. El día que muera papá, las puertas de mi casa empezarán un lamento de chirridos eternos. Nadie untará con aceite las bisagras. Los libros se volverán amarillos, casi de cartón-piedra. Seremos incapaces de releer Señora de rojo sobre fondo gris porque se nos escurrirán las palabras de las páginas. Seremos también incapaces de quemar los libros en un fuego devorador. Y los dejaremos en la estantería de siempre, de adorno. Vaciaremos el armario de cuatro jerséis, dos pantalones y un pijama de invierno. El mejor traje, supongo, se lo llevará a la tumba. El día que muera papá me quedaré vacía, como su habitación. Habrá eco entre los muebles desnudos, el espejo y el colchón marcado con la forma de su cuerpo. Habrá eco en mi cabeza porque solo escucharé su voz repetida. Y no la podré borrar. Y la oiré cuando esté lejos de allí y cuando vuelva. Y cerraré los ojos porque en el fondo lo que querré será oírlo cada día, cada hora. Y tendré mucho miedo a olvidar cómo sonaba su voz. El día que muera mi padre quizás comeremos lentejas. Un guiso insípido porque le faltará sal. Pero comeremos con prisas, por obligación, sin hambre y sin ganas. Nos sentaremos alrededor de una mesa triste e intentaremos agarrarnos al único pilar que quedará en pie: quizás será mi madre, quizás algún hermano. El día que enterremos a papá deberá ser un día lluvioso, plomizo. Necesitaré notar la humedad entrando por la punta de los dedos y recorrerá con escalofríos cada milímetro de mi piel. El día que entierren a papá veré a mi hija, por primera vez, llorar en serio. Se atragantará con sus propios fluidos y se le hará imposible imaginar el resto de su vida sin su abuelo. Y la abrazaré y notaré en ese momento que me echa en cara sin decírmelo toda una ristra de rencores que se resumirán en uno: “no te has dado cuenta de que se moría el abuelo, de que quizás estaba enfermo”. El día que entierren a papá cogeré a Jaime en brazos para que vea el cuerpo sin vida porque me pedirá al oído darle un beso al abuelo. Y después, en la oscuridad de la casa, al volver del cementerio, me confesará haber notado su cara como un trozo de mármol, “como las piedras del baño, mamá”. Y yo lo cogeré de la mano y lo llevaré al salón. Le enseñaré fotos antiguas y disimularé mis lágrimas. Él se dará cuenta de mis lloros y me dará un abrazo caliente. El día que muera papá llevaré un jersey que no me volveré a poner nunca más. Me prometeré a mí misma que no borraré su contacto del móvil y sabré, en ese momento, que llamaré el día veinticinco de cada mes durante el resto de mi vida. Me enfadaré si algún día me contesta alguien que no sea él. El día que enterremos a papá iré cerrando puertas. Primero la de su habitación. Me costará volver a entrar y tardaré meses en hacerlo. Y cuando lo haga veré a mi padre muerto en la cama, sin hablar, sin sentir, sin querer. Cogeré un pañuelo de su mesita y lo esconderé en mi bolsillo. Será mío para siempre. Después cerraré la salita, la trastera y el comedor.  Cogeré también un bote de cristal, un frasco pequeño e intentaré meter en él toda la esencia de mi vida: los abrazos en el sillón orejero, las comidas en el campo, el olor a lumbre, la mirada, el perdón, los rezos nocturnos, el sabor de las gachas o los cielos de verano. Lo taparé con un corcho y me dará pánico abrirlo más tarde por si me quedo vacía de golpe, por si me absorbe la vida. La noche que vendrá, cuando por la entrada de casa entre un viento helado y paralizador, bajaré a verlo morir. Le tocaré la mano todavía caliente y le susurraré que no tenga miedo, que se vaya tranquilo, que mis hijos, los otros, los muertos, lo esperarán en la entrada del Cielo. Pero no me contestará.

Mi casa quedará vacía, aunque llena de gente. Y se irá a otra casa para siempre. Y no me gusta como suena “siempre” porque cuando muera papá me daré cuenta de que la vida no es eterna, no ésta. De que el camino, es verdad, tiene un final y no lo querré ver. Y me encerraré en cualquier baño a gritar. Dejaré por la escalera un mechón de pelo detrás de otro. Y se formarán en los recovecos bolas de pelusas inmensas.

Mi padre morirá y mi casa solo olerá a él.

María Hidalgo Arellano

Imagen: Alejandra Hidalgo Arellano

Marcelo

Me llamo Marcelo. Tengo treinta y un años, dos meses y siete días. Eso es hoy. Nací el 6 de enero de 1992. Debo especificarlo porque no sé en qué fecha leerán esto, y mi edad no sería exacta.

Mi madre dice que fui un regalo de Reyes, pero yo creo que se equivoca. Cuando quieres regalar algo a alguien lo compras en una tienda, y cuando alguien te regala algo, igual. Las personas nacemos, no nos compran en tiendas, y por eso sé que no soy un regalo. No corrijo a mi madre cuando dice eso, porque siempre sonríe al hacerlo. Me gustan las sonrisas de mi madre. Las personas sonríen cuando son felices. Al menos casi siempre. Otras veces las sonrisas no son tan buenas. Eso es cuando se ríen de ti o cuando alguien quiere burlarse. Las burlas no me gustan porque no las entiendo muy bien. Las sonrisas de mi madre sí las entiendo. Nunca son de burla. Esa es una de las razones por las que me gustan.

Vivo en una casa con ascensor, en el tercer piso. Siempre subo por las escaleras, excepto cuando voy los jueves por la tarde a Mercadona a comprar lo que mi madre apunta en la lista. Cada tres jueves toca comprar el detergente Ariel de cinco litros y una bolsa de patatas de cinco kilos. Entonces subo en el ascensor, porque llevo mucho peso, pero me molesta que al pasar por el primer piso chirríe más fuerte que durante el resto del tiempo. Eso es porque tengo hipersensibilidad auditiva.

Empecé a ir al colegio con cinco años. Fui un alumno aplicado. Tuve muy buenas notas. Tuve muy pocos amigos. Los profesores eran agradables. En el instituto también tuve buenas notas. Allí no tuve amigos. Las sonrisas del instituto eran difíciles de entender, creo que casi todas eran de las de burla. No me gustó el instituto. Me gustó cuando terminé de estudiar allí.

Después del instituto me quedé con mi madre y vivimos los dos en nuestra casa durante ocho años. Yo le ayudaba. Le hacía la compra los jueves, igual que ahora. Jugaba con la Play Station. Mi juego preferido era y es el de Crash Bandicoot. Hace mucho que superé todos los niveles. Me gusta cuando supero el Gran Reto Final. Mi madre dice que debería jugar a otros juegos, pero no lo necesito.

Dos años después, a los diez años de terminar el instituto, llegó a casa Antonio. Antonio es el nuevo marido de mi madre. Me gusta Antonio. Es ordenado. No me dice que juegue a otros juegos distintos de Crash Bandicoot. Cuando vino a casa, el primer jueves que salí a comprar me pidió permiso para añadir algo a la lista de la compra. Le dije que sí. Me gustó que pusiera “Espuma de afeitar Gillette. 250 ml”. Eso me hizo sentirme seguro, porque hay muchas marcas de espuma de afeitar. Yo uso la Espuma de afeitar La Toja. Me gusta que Antonio use una espuma y yo use otra. Así no nos confundimos.

Cuando Antonio llevaba un año viviendo en casa me consiguió un empleo. Primero me preguntó si me parecía bien que buscara algo. Le dije que sí. Me contestó que entonces empezaría a buscar y que tardaría como mínimo unos cuatro meses en encontrar algo que me pareciera bien. Eso me gustó. Así supe a qué atenerme. Me gusta organizarme.

Al día siguiente de decirme lo del empleo empecé a ir con él a la biblioteca de mi barrio una vez a la semana, los viernes por la tarde. Antonio trabaja por la mañana y por la tarde de lunes a jueves, y los viernes solo trabaja por la mañana. Por eso íbamos a la biblioteca los viernes por la tarde. Allí me presentó a Eugenio. Eugenio es el bibliotecario jefe. Tiene gafas, el pelo blanco, y sesenta y cuatro años el día de hoy. Podéis hacer la cuenta de su edad. Es treinta y tres años, un mes y veintinueve días mayor que yo. Aprendí a rellenar las fichas para llevarme libros a casa, y a devolverlos. Cuando pasaron dos semanas, ya iba yo solo los martes. Los viernes, Antonio me acompañaba. Pero a veces leía un libro en menos de una semana y por eso empecé a ir los martes también.

Cuando pasaron cuatro meses, yo conocía muy bien la biblioteca. Antonio me preguntó si me gustaría trabajar allí y le dije que sí. Por eso ahora trabajo en la biblioteca de mi barrio, y porque Eugenio se jubilará dentro de dos años y necesita un ayudante.

Ya no juego a Crash Bandicoot. Ahora me gusta más leer libros que jugar con la Play Station. Por ser trabajador de la biblioteca puedo llevarme a casa libros durante más tiempo que nadie.

Antonio trabaja como psicólogo en un centro de salud. Hace poco empezó a aconsejarme algunos libros. Me gustan los libros que Antonio me ha recomendado. Sobre todo, el último que he leído. El autor se llama Birger Sellin.

Ahora tengo amigos. Antonio es mi amigo. Eugenio es mi amigo. Y Birger Sellin, aunque no me conoce, también es mi amigo. Mi libro favorito es uno de Birger Sellin que se llama “Quiero dejar de ser un dentrodemi”.

Por eso he empezado a escribir.

Adela Castañón

Imagen: MOM en Pixabay

Plácido, el Lelo

Plácido pertenecía a segunda generación de los Lelos. Y así lo pregonó la partera a las pocas horas de nacer.

—Nada, no he podido hacer nada. Igual que me pasó con su padre. Pues eso. Que venía de nalgas con el cordón enrollado y la cara tapada con una telilla. Una de esas que ocultan un don o una tontuna.

Era un lelo como Dios manda. Igual que su padre, tenía conocimiento, respetaba las costumbres del pueblo y era un poco presumido.

—Es que no puede ser Lelo cualquiera. Esto solo pasa en mi familia si te llamas Plácido.

No tenía aspecto de bobalicón, pero se embobaba con cualquier cosa. Lo volvían loco las mariposas. Cuando las miraba cruzaba los ojos, dejaba colgar el labio como un belfo y la paz se le escapaba en una sonrisa muy amplia.

El maestro se empeñó en que fuera a la escuela. Como era amigo de todos los niños del pueblo, pensaba que alguna letra se le pegaría. Cuando lo sacaba a la pizarra a dibujar las letras de su nombre, lo animaba.

—¡Venga, Plácido! Casi lo has conseguido.

—¡Imposible, señor maestro! Es más fácil conocer las caras de las cabras que las letras de mi nombre.

Era robusto y forzudo, así que los chicos no querían apostar a nada con él. Siempre ganaba y sus carcajadas sonaban potentes. Y lo volvían loco los Carnavales. Vestido de chica, corría con ellas y les gritaba:

—-A remangar que es Carnaval.

—No te aprovechas, Plácido, que te hemos conocido.

Entonces acudían los chicos y se montaba tal revuelo que tenía que mediar el alguacil.

Un día se puso muy serio y a los que estábamos sentados en el banquero de la plaza nos dijo que se iba a buscar novia, que una cosa era ser lelo y otra tener que aliviar las necesidades con las cabras. La noticia corrió como la pólvora y las chicas empezaron a rehuirlo. Ya no les hacían gracia sus carnavaladas. Solo Anastasia, una chica tan lela como él, por las tardes iba a verlo al corral de las Eras Badías, dónde encerraba las cabras.

—¿Qué haces dando vueltas por aquí? ¿Es que no sabes que este corral es mío? —Detrás de su silueta se veía el reloj de la iglesia que en ese momento estaba dando las siete.

—Ya, —contestaba Anastasia—. Es que me gusta ver que te hacen más caso a ti que a los perros. Tienes un don. Te comunicas con los sentimientos. —En la mano llevaba un ramo de margaritas que acababa de recoger en la era que rodeaba la paridera.

—Pues no te acerques mucho, que las conozco a todas —mientras hablaba clavaba la horca en el fiemo—. Con esta te sacaré las ensundias si me falta alguna.

Anastasia se alejaba, miraba al suelo y, de vez en cuando, cogía más margaritas. Dio varias vueltas alrededor del corral hasta que Plácido salió con dos cántaros de leche. Por las comisuras le caían chorretones blancos.

—¿Vienes a ver si llevo monos en la cara? —Se pasaba la lengua por los labios—. Pues no. Soy como todos los demás.

—Veo que no te has enterado de nada —le contestó Anastasia—. Me gustaría ordeñar contigo y al final hartarnos juntos con la leche de la última cabra.

—¡Imposible! En mi corral nunca ha entrado nadie. Ni siquiera el veterinario. Así que si quieres que ordeñemos juntos nos tendremos que casar. —Se lo soltó así, sin pensárselo dos veces. Era la primera que miraba a una moza a los ojos.

Antes de medio año los amonestaron y se casaron un domingo en la misa del alba. Se sorprendieron cuando encontraron la iglesia llena. Si lo hubieran sabido se habrían casado en misa mayor. Pero ellos pensaban que a las bodas de los lelos no iba la gente.

A la salida se dirigieron a la Punta de la Carretera, en la entrada del pueblo, hasta donde podían llegar los coches. Allí comenzaban las calles empedradas y llenas de barro.

—Ayer le dije al secretario que nos encargara un taxi para irnos de luna de miel como los ricos —dijo Plácido en voz alta para que lo oyeran todos.

El secretario no contestó. Solo él sabía que aquello era mentira.

Esperaron con las gentes hasta mediodía. Les pidieron se fueran, que ellos seguirían un rato más. Cuando se marcharon todos, aparejaron la burra y emprendieron el camino de la Cruz del Pinarón, cerca de Agüero, donde se juntaba el camino de El Frago con la carretera de Ayerbe. Plácido se sentó encima y sujetaba la maleta para que no se cayera. Aunque la llevaban vacía, no querían que se rompiera, que se la había prestado el alcalde. Una vez que se acomodó, Anastasia tomó el ronzal y caminaron hasta el Corral de la Pecha. Dejaron la burra atada a un árbol y ellos se tumbaron en un montón de paja al fondo de la paridera. A Plácido se le achicaron los ojos. Nunca había conocido ninguna oveja tan dócil y encima con muslos prietos.

Antes de un año, Anastasia abandonó el pueblo.

—No la busquéis —gritaba Plácido en el bar—. Parece una mosca muerta pero es una gripiona. Cuando llego cansado del monte me dice que huelo a cabra y que ella no es plato de segunda.

—Anda, Plácido, no te pongas chulo, que todos sabemos lo que cuesta arrancar según qué vicios. Al final la cabra siempre tira al monte —le contestó uno de sus amigos.

—Eso. Que el buey suelto bien se lame. —Soltó una carcajada—. ¡Toma ya! A letras me ganarás, pero a refranes no, que mi abuela decía muchos.

Carmen Romeo Pemán

Foto de la entrada. Una maleta de Pinterest.

Nadie

Margarita escucha sonar su móvil cuando está en el portal de su casa. Mira la pantalla, es Juanjo, su hijo.

—¿Otra vez has salido, mamá? No me cogías el fijo y me he preocupado.

—Sí, Juanjo. Me pillas en el portal.

—¿Pero a dónde vas con el calor que hace?

—A dar un paseo. Ya sabes que soy una friolera, la ola de calor es una bendición para mí.

—Ya hay que tener ganas… ¿Has quedado con alguien?

—Con nadie.

—No te entiendo. No me gusta que salgas sola, y encima con la plasta que hace…

—Anda, deja de preocuparte. Volveré antes de que anochezca, ¿de acuerdo? Te llamo cuando regrese para que te quedes tranquilo.

Juanjo menea la cabeza y cuelga el teléfono. Margarita sale a la calle maquillada con su mejor sonrisa. Mira el reloj de muñeca, va bien de tiempo. El autobús de la línea seis todavía tardará por lo menos quince minutos, y está solo a dos de la parada.

Abre el bolso y saca los dos papeles: el folleto de la residencia para personas mayores que sus hijos le dieron dos semanas atrás y el recorte de periódico con el nombre de algunas agencias de cuidadores a domicilio. Coge el móvil, que su nieta Iris le ha enseñado a usar, y marca el número de una de las agencias. La señorita que la atiende es muy agradable y no se extraña cuando Margarita le especifica el requisito más importante que debe tener la persona que quiera el empleo. La chica queda en que la llamará en un rato y la conversación termina justo cuando el autobús aparece por el final de la calle. Margarita se asegura de tener el bonobús en la mano y el bolso bien cerrado. Con ese calor no hay mucha gente por la calle, pero nunca se sabe. En eso tienen razón sus hijos, iría mucho más tranquila si paseara acompañada.

Se baja en la parada de siempre. El portero de la recepción la saluda por su nombre. Después de tantas visitas, ya se lo sabe y casi puede decirse que se han hecho amigos.

—Buenas, Margarita. ¡Menudo día tenemos! Se puede freír un huevo en el suelo.

—Ya, Damián, ya. Pero yo lo llevo bastante bien. ¿Cómo está hoy? ¿Lo has visto?

—Como todos, supongo. No he tenido tiempo de asomarme, me figuro que andará sesteando. Pero seguro que se espabila cuando la vea. Desde que viene a visitarlo ha empezado a comer mejor, la verdad es que parece otro.

Margarita sonríe sin contestar. No hace falta. Sabe que sí, está convencida de que él la recibirá con la sonrisa de siempre. Desde que se conocieron hace más de un mes, ha sido así: un cariño incondicional, una sonrisa que lo promete todo y un comportamiento que cumple a rajatabla esa promesa. Margarita lo quiere cada día más.

Cuando dobla la esquina del pasillo, él ya la está esperando. Los ojos le brillan más que el primer día y Margarita tiene la impresión de que es como dice Damián. Ella también se ve más guapa cuando se mira al espejo. Juanjo no lo ha notado, pero su hija Lola le preguntó el otro día medio en broma si se había echado novio.

—Mamá, parece que te has quitado años de encima últimamente. ¿No le habrás encontrado sustituto al pobre de papá, que en gloria esté?

—¡Ay, no, nena! Tu padre fue el hombre de mi vida. Y os prometí que nadie ocuparía su lugar.

—Vale, vale. Tampoco es que me importara, ¿sabes? Es más, si al final decides irte a la residencia puede que allí conozcas a alguien. El otro día salió la conversación con Juanjo, y él piensa como yo. No es bueno que estés sola, mamá. No sé por qué te empeñas en no querer considerar la idea. Ni que fuera una cárcel, mujer. En las residencias se puede salir y entrar. Y nos preocupa que vivas sola, los años se van notando, mamá…

—Bueno, nena, no te enfades.

La conversación quedó ahí, pero le abrió los ojos a Margarita. Hoy se ha puesto el perfume que le regaló su difunto marido, el de las grandes ocasiones. Porque ha decidido no esperar más.

El teléfono suena cuando va por la mitad del pasillo. Sigue avanzando despacito mientras escucha. Es la chica de la agencia.

—…

—¿De verdad? ¡Ay, señorita, es usted un amor!

—…

—¿Seguro? ¿Y cuándo podría empezar?

—…

—¡Qué alegría me da! Ahora mismo estoy con él, ¿sabe? Páseme el teléfono de esa señorita y la llamo desde aquí. Mi nieta me ha enseñado a hacer videollamadas —dice con un poquito de orgullo en la voz—. Así se lo puedo presentar y ella nos puede ver a los dos las caras. Que es importante que le caigamos bien, ¿verdad? Espere un momento, que voy a apuntar el número.

Margarita mira a su alrededor, no sabe dónde soltar el bolso para sacar su agenda, y vuelve a pegarse el móvil a la oreja.

—Mejor mándemelo por Whatsapp, no vaya a ser que me equivoque al escribirlo, ¿puede?

—…

—Mil gracias otra vez. Es usted un cielo.

Margarita oye el pitido del Whataspp y se cerciora de que es el mensaje que espera. Cuando lo confirma, ya ha llegado a la altura de donde él la espera siempre.

—¡Traigo buenas noticias! Por lo menos son buenas para nosotros. No sé cómo se lo tomarán mis hijos, pero me da igual. —Sonríe y le acaricia la cabeza. Su pelo es abundante y suave—. Voy a llamar ahora mismo a Conchita, la de la agencia me ha dicho que se llama así. ¡Seguro que vamos a congeniar los tres! Es más, si acepta el trabajo, le digo que venga a buscarnos aquí, y nos vamos los tres a casa.

Él la mira. No necesitan hablar para entenderse. Margarita hace la llamada de teléfono y Conchita le parece un regalo de Dios. La video llamada ha sido un éxito. Vuelve a acariciarle la cabeza.

—Espérame aquí, que no tardo nada. Voy a decirle a Damián que me prepare los papeles, los firmo y vuelvo. Le he dicho a Conchita que compre lo que vamos a necesitar de manera más urgente, y me ha contestado que no me preocupe, que ella se encarga de todo. Sé que mis hijos se enfadarán al principio, pero tendrán que respetar mi decisión. Y Conchita va a ser una aliada maravillosa, ya lo verás. ¡Se le ha visto hasta la última muela cuando le he dicho tu nombre! Lo ha entendido a la primera, es bueno que sepa desde el principio que yo nunca miento. Le prometí a mis hijos que Nadie ocuparía el lugar de su padre, y así va a ser.

Margarita sale en busca de Damián. El perro se sienta a esperarla, pero esta vez no tiene las orejas gachas. Hoy mueve el rabo, sabe que hoy es un día diferente. Esa criatura de dos patas y pelo blanco que viene a visitarlo huele hoy a libertad. El perro que ha aprendido a responder al nombre de Nadie se siente, hoy, alguien importante.

Sabe que ha encontrado un hogar.

Adela Castañón

Imagen: Sabine van Erp en Pixabay

Encrucijadas

Miguel eligió un viaje a Japón por dos motivos: era el sitio más alejado de Madrid que le ofertó la agencia, y la fecha del viaje coincidiría con la boda de Elena y Darío. Los imaginaba escribiendo los nombres de los amigos y familiares en los sobres de las invitaciones a la ceremonia. Podía verlos detenerse, mirarse a los ojos y preguntarse sin palabras qué hacer cuando llegaran a su nombre en la lista.

La boda era el treinta de abril. El viaje empezaba el dieciocho y duraba quince días. Tiempo suficiente para planear cómo hacer que pagaran por lo que le habían hecho. Desde que supo que los dos lo habían traicionado, tenía secos los ojos y el alma.

Darío, su único hermano.

Elena, su única novia.

Él, Miguel, cometiendo sin saberlo el mayor error de su vida al insistir en que Darío volara desde San Petersburgo hasta Madrid para conocer a su futura cuñada antes de la boda.

Su avión despegó del aeropuerto de Barajas a la hora prevista. El vuelo hasta Tokio duraba casi veinte horas, transcurrió sin incidencias, pero Miguel no logró conciliar el sueño durante el trayecto. Sonrió al pensar que, seguramente, sería porque tenía la cabeza en las nubes. Durante la noche, al mirar por la ventanilla solo veía el reflejo de su rostro, un rostro que le parecía el de un desconocido, con ojeras que nunca habían estado antes allí.

Pasó la noche en el hotel de Tokio. No quiso cenar nada. Se bebió media botella de vino en la habitación. Al día siguiente, con un vaso de agua y un par de aspirinas por todo desayuno, bajó a la recepción y contrató el primer tour que le ofrecieron sin prestar atención a los detalles.

El autobús turístico se detuvo en la estación de Shibuya. Miguel vio a un grupo de gente que hacía cola frente a una estatua, esperando para fotografiarse. Se acercó, más por indolencia que por curiosidad, para ver si reconocía al personaje al que habían inmortalizado y se sorprendió al descubrir que la imagen era una pequeña escultura de bronce que representaba a un perro de raza desconocida para él, sentado sobre sus cuartos traseros, con las patas delanteras estiradas y en lo que parecía una actitud de espera. La base de la estatua era una losa de piedra con algo escrito en vertical que no supo traducir. En la cola, había un japonés que debía de ser un guía. Miguel se acercó con disimulo y le escuchó narrar la historia en inglés. El perro, Hachiko, había ido durante años a la estación a esperar a su dueño, que murió de manera repentina. A pesar de eso, Hachiko continuó acudiendo a diario a su cita hasta su propio fallecimiento.

Miguel maldijo su idea del viaje, y su mala puntería al elegir precisamente ese tour. Lo que él necesitaba en ese momento era una historia lacrimógena, vaya, no se podía tener peor suerte. Trataría de cambiar el billete al día siguiente para volver a España cuanto antes. Había sido un imbécil al dejarse llevar por el impulso de poner tierra por medio, como si sus problemas no viajaran adheridos a su piel, igual que la etiqueta que adornaba su maleta.

El grupo de turistas había terminado la ronda de fotos. Miguel los siguió a corta distancia. El guía los condujo por la acera hasta el borde de la calzada y se detuvo levantando una ridícula banderita verde que actuó como reclamo para que todos se callaran y se agolparan a su alrededor. Estaban, dijo al grupo, a punto de pasar a la historia por dejar sus huellas en el cruce más transitado del mundo. Miguel se fijó entonces en el entorno y, durante un segundo, sintió un ramalazo de vértigo a pesar de estar a ras del suelo. Los pasos de cebra le parecieron un dibujo surrealista, el trazado de un laberinto de líneas blancas y grises que le recordaron a los barrotes de una prisión. Se agarró a una farola y respiró hondo tratando de calmar los latidos de su corazón, que se habían acelerado y tenían el mismo ritmo frenético de la gente que cruzaba a toda velocidad evitando, o eso le pareció a Miguel, chocar entre ellos en el último momento.

Volvió la vista atrás. Hachiko, desde su pedestal, lo contemplaba impasible. Cerró los ojos durante unos instantes y se enfrentó de nuevo al vértigo de los mil desconocidos que cruzaban con una seguridad que él había dejado atrás cuando embarcó en el avión.

Se soltó de la farola. Respiró hondo. Puso el pie al azar en el primer paso de cebra que le pilló al paso, y avanzó dejándose llevar por el ritmo de la marea humana.

No cambiaría el billete. No volvería a Madrid. El dinero no era problema, vivía de las rentas desde hacía mucho tiempo. Después de Japón, viajaría a otro sitio. Australia, quizá, o tal vez a California. Cualquier lugar le valdría.

Logró llegar sano y salvo a la otra acera, y le pareció una señal. Volvió la cabeza para dar una última mirada a la escultura de Hachiko y le pareció que el perro le dedicaba una sonrisa compasiva. A pesar de saber que aquello era una ilusión óptica, la figura de piedra logró lo que ni Elena ni Darío habían conseguido y Miguel, de pronto, recordó cómo llorar.  

Adela Castañón

Imagen: Foto de la autora

Con cartas de recomendación

Nos levantamos antes de rayar el alba y, zigzagueando por unas trochas empinadas, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren que bajaba de Canfranc a Zaragoza. Dejamos la burra con un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara hasta el día siguiente. Así, cuando mi madre regresara, no tendría que caminar las siete leguas que separan Ayerbe de El Frago.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de Lacasta que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas en vagón de tercera, en un compartimento con bancos de madera. Enseguida nos pusimos al corriente de nuestras vidas. La otra chica, Petronila, tenía mi edad y nuestros padres habían muerto cuando éramos muy niñas.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué te gusta? —terció su madre—. Pues ella no para de preguntarme que a quién se le ocurrió, que ni es el santo del día, ni de nadie de la familia. Y, encima, las chicas se ríen y le sacan motes.

Y, habla que te habla, nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre arrugado y manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la mismísima reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela, Y hasta le dejó el nombre: Petra, no, que cantaba mucho. Petronila resultaba más disimulado. ¡Todos iguales! Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Enfrente de nosotras, iba una señora adormilada. Justo encima de ella, en el portaequipajes, había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas. Se pasaron todo el viaje cacareando. Cuando llegamos a Zaragoza, todas estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando con sus aleteos. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la dueña:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptarán a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos, pero no pudimos quitarnos todas aquellas pelusas blancas adheridas a las ropas. Con esa facha, nos plantamos delante de un portón de caoba y herrajes de bronce. Más que la puerta de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo los pañuelos anudados debajo de la barbilla, las sayas pardas y los delantales raídos de nuestras madres. No pudo reprimir un oh, cuando se vio los piojuelos de las gallinas que corrían por las telas.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí —cerró la puerta y nos siguió hablando por el torno—. Miren, sigan un poco adelante y en la esquina de la izquierda, se encontrarán un portal pequeño, por el que entra el servicio. Allí es.

Estaba claro. No nos iban a tratar como colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero, sin hacer ruido, tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Nos había reservado dos sitios una clase de primero de bachiller. Nos teníamos que sentar en la última fila, junto a la puerta. También nos advirtió que tendríamos atender en clase, que después no dispondríamos de tiempo para estudiar. Sólo algún rato libre de los fines de semana.

Dicho esto, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco de plástico y un cinturón negro. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevarían rojo.

En la primera ocasión que tuve, le encargué a una alumna externa que me comprara una linterna. Justo me llegaron unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de andar durmiéndome por los rincones.

El día que fui a recoger el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la de mi casa de El Frago. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Como tenía que ir a lavar con su madre, había abandonado la escuela antes de cumplir catorce años, unos días ante de que llegara yo.

Me contó que, cuando volvía del río, me espiaba por la cerradura y le gustaban mucho mis clases. Se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Hizo ademán de marcharse, pero se dio la vuelta:

—Mire, hoy me he atrevido a entrar. —Calló un momento—. Es que, en realidad he venido a pedirle un favor, que sé que está en sus manos.

—A ver si puedo. Dime.

—Solo puedo confiar en que usted me saque de este agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas el plumón de gallina que se les habían adherido a sus ropas.

Carmen Romeo Pemán.

La tarea

—A ver, profesor, ¿me está diciendo que he tirado a la basura el dinero invertido en este curso? ¿Pretende colarme ese cuento?
—Leo, Leo… —El profesor mueve la cabeza de lado a lado— ¿Has olvidado uno de los axiomas más repetidos en nuestras clases? Muestra, no cuentes. No pretendo colarte nada. Me he limitado a responder a tus preguntas mostrándote los hechos. O, al menos, los hechos tal y como yo los veo.
—¿Insinúa que mi escritura es…?
Leo busca la palabra sin dar con ella. Eso le cabrea. Es como si le diera la razón a su profesor, al no encontrar el vocablo exacto. Ramón, ese Pigmalión que acaba de caer de su pedestal, o de bajarse, que Leo tampoco lo tiene claro, espera en silencio. No le da ni una mísera pista. Leo se estruja la sesera y termina la frase.
—¿…anodina?
—¿Yo he dicho eso?
—No. Por eso pregunto que si lo insinúa.
—¿Eso crees?
—¿Cómo llama responder a una pregunta con otra? —Leo levanta la barbilla y curva los labios hacia abajo
—Se le llama ser gallego, Leo. Nací en Orense.
Sin poderlo evitar, Leo siente que la curva de sus labios se invierte. El jodido profe tiene su gracia. Si no estuviera tan cansado, tan desmoralizado, habría soltado una carcajada. Se levanta, dispuesto a irse. Por lo que paga, lo menos que podía hacer Ramón era regalarle un poco el oído, piensa Leo. Camina despacio hacia la puerta. Muy despacio. Al final, se detiene con la mano en el picaporte y se da la vuelta.
—¿Piensa dejar que me vaya? —La curiosidad pierde la batalla frente al orgullo.
—Bueno, lo he dudado.
—¿En serio? ¡Quién lo diría! En fin… no le molesto más.
—Si no te hubieras vuelto, te habría llamado. Venga, hombre, no te lo tomes así. De vez en cuando, algún curso que otro, doy con algún alumno que hace que adore mi trabajo a pesar de los quebraderos de cabeza que me da. Ocurre muy rara vez, pero cuando ocurre… ¡ah! —La mirada del profesor tiene un brillo diferente—. Y ha ocurrido contigo.
Leo deshace el camino y vuelve a sentarse. ¿A qué juega este tío? ¿Acaso pretende ahora dorarle la píldora? Ramón ha despedazado su trabajo. Al comentar su relato le ha echado en cara que su texto tenga demasiado sentido. ¡Demasiado! Después de insistir tanto sobre la importancia de eso, de dar sentido a lo que se escribe… ¡no hay quien lo entienda! Y compara su escritura, su estilo, con los de un montón de autores de renombre, sí, pero solo para decir que no les llega a la altura del tobillo, que sus intentos son una mala copia de ellos. Leo no está seguro de haber entendido a Ramón, y no piensa irse del despacho sin tener las ideas claras.
—Pues no le encuentro sentido a sus palabras. —No puede evitar la pulla, aunque quizá se pase de listo con la alusión al comentario—. Ilumíneme, ande.
Ramón suelta una carcajada y se retrepa en el asiento. Leo, sorprendido, arruga la frente y piensa largarse. Pero solo lo piensa. No lo hace.
—Mira, ahí tienes una prueba, Leo. Has usado la palabra justa. Ya sabes, menos es más, ¿recuerdas?
A Leo se le escapa una sonrisa sin poder evitarlo. Cuando se da cuenta, vuelve a obligar a sus labios a convertirse en una línea horizontal. Ramón sigue hablando.
—Iluminar es la palabra exacta, Leo. Tu escritura es luz. A veces. Por ahora, solo a veces. Y hay compañeros tuyos que no alcanzarán eso jamás.
—¿Entonces…? —Leo no entiende nada—. Adoro escribir, es mi vida. Pero no sé…
—Has vuelto a poner el dedo en la llaga, Leo. Y has vuelto a usar la palabra exacta. La adoración no es buena, te devora, te anula. —Ramón mira por la ventana de su despacho, y su mirada parece ir más allá del tráfico, de la lluvia cansina de otoño que todo lo tiñe de gris—. ¿Sabes que estoy divorciado?
La boca de Leo se abre en un círculo perfecto, y ni se molesta en cerrarla. La vida privada de este profe es un absoluto misterio para todo el alumnado. Y ahora le suelta esto a él. Despegar el trasero del asiento queda descartado. Se envalentona, y lanza un anzuelo para enganchar la memoria de Ramón.
—¿Qué pasó? ¿Ella no pudo competir con la escritura?
—No. Fue al revés. La escritura no pudo competir con ella. Yo amo escribir, pero adoraba a mi mujer. Ella se había enamorado del escritor. Y cuando vio que el escritor era también un hombre enamorado se… ¿cómo te lo diría? Se desencantó.
—Ostras. —Leo no sabe qué decir. Sus creencias se tambalean.
—No pienses mal, Leo. Trató de ayudarme, me daba espacio para escribir, era, prácticamente, una mujer perfecta. Pero mi adoración por ella me devoró. Solo se puede adorar a Dios, o al diablo, o a Buda o al universo, qué más da. Pero hay que tener cuidado al elegir un objeto de culto, ¿sabes?
—Ya. —La cabeza de Leo es un hervidero de ideas—. Sin embargo, el índice de escritores que se han suicidado tampoco es tan alarmante, ¿no? Vamos, no me parece que escribir sea insalubre.
Ramón mira a su alumno y se sorprende al sentir admiración mezclada con envidia. A partes iguales, espera.
—Mira, Wallace, en una conferencia, contó la historia de dos peces jóvenes que se cruzan con otro pez más veterano. El pez mayor les dice: “Hola, chicos, ¿cómo está el agua?” Los jóvenes siguen nadando y, al rato, uno le pregunta al otro: “¿Qué diablos es el agua?”
Leo, durante un par de segundos, siente que esa frase le ahoga. Se le atraviesa en la garganta y, en un rapto de lucidez, adivina lo que el profesor va a decirle. Los ojos le brillan.
—Leo, tú sabes lo que es el agua, y aún así te preguntas de qué está hecha, qué hace que tenga ese color, por qué corre por tus venas de pez sabio…
—Pero la escritura de mis compañeros es valiosa. Al menos lo es para mí. Algunos escriben tareas magníficas, aunque muchas veces yo me cuestione que…
—Exacto. A veces te cuestionas hechos cuya interpretación es, en apariencia, obvia. Y al narrar esos hechos, en lugar de darles sentido, haces que el lector se pregunte por eso, por significados que nunca se le hubieran ocurrido antes. ¿Comprendes?
—Ya —Leo sonríe—. Yo no escribo para regalar luz. Quiero crear oscuridad, que mi lector busque a tientas el interruptor.
—Bueno, si hubieras puesto eso en la tarea, te habría dado una nota más alta.
Leo sonríe, ahora a conciencia y sin querer evitarlo. Se rasca la coronilla, hace un signo de victoria con el pulgar y se marcha.
Ramón imagina el aula como una sala de conciertos. Los alumnos son millones de lámparas encendidas, como luciérnagas, que iluminan su vida porque son muchas. Pero a veces, surge un foco, un rayo de luz entre las masas, que alumbraría el escenario, aunque estuviera solo.
Ramón sonríe. Esta vez, el sol se llama Leo.

Adela Castañón

Imagen de Elisa en Pixabay

De cabañeras y aliagas

No sabíamos por qué nos reíamos del miedo de nuestro padre a las aliagas. Lo que sí sabíamos era que todo le empezó para San Pedro. A los diez años ya acompañaba a los pastores que llevaban los rebaños a puerto, es decir, a los que subían desde la Tierra Baja hasta los altos del Pirineo.

En las comidas de los domingos nos contaba sus aventuras. La que más le gustaba era la de cruzar el puerto de Monrepós. Como repatán, que así llamaban a los niños que ayudaban a cuidar los ganados, su trabajo consistía en ir detrás de los últimos perros pastores y ayudar a las ovejas que se quedaban rezagadas. Lo peor estaba en los tramos en los que tenían que avanzar monte a través. Le resultaba muy penoso caminar entre los erizones, o cojines de monja, como llamaban a las aliagas marinas. Esas eran las peores. Esas crecían entre los pinos y en muchos tramos invadían la cabañera.

Le gustaba hablar de sus pies planos. De que no podía caminar deprisa por los pedregales. Y menos aún con las aliagas recién granadas, justo en el momento en el que se les endurecen las espinas y se le clavaban en las plantas doloridas y entre los dedos. De nada le servían los peduques de lana recién hilada, ni las correas altas de las abarcas. Cuando mi padre llegaba a este punto, mi madre gritaba:

—Basta ya, Andrés. No sigas por ese camino que siempre nos amargas la comida.

—Eso, saca el pan —contestaba él. Y seguía con su retahíla—. Por algo dice el refrán que cuando la aliaga florece no hallarás quien pan te deje.

—Pues ya han florecido. Y aún tenemos harina del año pasado. No nos faltará el pan en todo el año —respondía mi madre limpiándose los labios con la punta del delantal.

—Es que aún no hemos llegado a San Pedro. Entonces llegará la aliaga granada y no te dará pan ni tu hermana.

—Basta ya de refranes y sandeces. —Mi madre hacía el gesto de espantar una avispa—. Déjanos comer en paz.

Entonces mi padre se metía los dedos de la mano en la boca y se la restregaba. Decía que se le habían inflamado las encías y que llevaba ampollas por todo. Hasta en la lengua. Que se le abrían en carne viva cuando se metía algún bocado.

—Ya basta de cochinadas. —El enfado de mi madre aumentaba por momentos—. Al final nos harás vomitar a todos. —Con gesto de quitarle el plato—. Si no quieres comer, déjalo, que te sobran carnes.

A continuación le traía un pocillo con mejunje de hierbas que ella recogía en el monte.

—Anda, tómate esto y túmbate un rato en la cadiera. Verás cómo se te pasará la desazón de la boca si te callas un rato.

Por las noches, alrededor del fuego, cuando mi padre volvía de las parideras, me gustaba contemplar cómo le metía mi madre los pies en una palangana de agua templada con sal, vinagre y un cocimiento de hierbas. Ella se arrodillaba y le limpiaba las uñas con mucha paciencia. Después acercaba mucho los ojos por si llevaba algún pincho clavado en los repliegues acartonados.

—Mira bien a ver si se me ha hecho alguna ampolla blanca con pus —gruñía mi padre.

¡Qué estampa! Mi madre inclinada, con el moño deshecho. Una nueva Magdalena lavándole los pies a su Señor.

Entonces mi padre se repantingaba y levantaba unos pies tan grandes que le tenían que hacer las abarcas a medida. En ese momento miraba a ver si estábamos cerca y nos contaba que esos pies eran sagrados, que le habían dado comida cuanto era repatán y después lo habían librado de hacer una mili de más de dos años.

Lo malo fue el día que mi hermano mayor le dijo que habrían sido más útiles para apagar incendios en el monte que para guardar rebaños. Que al fin y al cabo todos sabíamos que la vida de los pastores era una vida de vagos. Que se pasaban las horas mirando al cielo y que el trabajo lo hacían los perros. Que siempre se había dicho, compra un buen perro y échate a dormir.

—¿Qué te sabrás tú? —Tomaba aliento—. Si nunca has ido con el rebaño ni has tenido un uñero.

—¡Ande va! —Como era el primogénito se atrevió a replicarle.

En un estallido de ira le contestó que esa era la maldición de los pastores. Que ni él ni muchos ignorantes conocían el suplicio de tener las uñas podridas y andar cojeando. Y, al final, no poder más y caer roto en el suelo. Que no sabían qué era perderlas y tener que caminar de rodillas, como los tullidos.

—Usted siempre nos ha dicho que su problema eran los pies planos. Pero muchos quisieran tener su planta y la fortaleza de sus piernas—le contestó mi hermano pequeño.

—Y tú, cállate, que aún no has salido de las faldas de tu madre. —Con su puñetazo en la mesa nos quedamos mudos.

Mis hermanos y yo sabíamos que, en la redolada, era el pastor que más horas aguantaba en el monte. Pero nunca supimos de dónde le venía la obsesión por las aliagas, hasta que lo descubrió nuestro hermano pequeño. Todo había comenzado un año para San Pedro, cuando, por primera vez, fue de repatán con unos ganaderos fuertes del pueblo que llevaban las ovejas a pastar al Pirineo. En la subida a puerto tomaron la cabañera que iba por Arguis, la que cruzaba el puerto de Monrepós por el Peñuzo, donde las plantas eran ralas y los erizones lo invadían todo. Él, por culpa de sus pies planos, iba rezagado y oyó el balido de una oveja. Era como un largo lamento. La buscó y se la encontró moribunda detrás de la única aliaga florecida entre las otras, que ya estaban granadas. Se la quedó mirando. Tenía las cuatro patas en carne viva y se le habían caído las pezuñas. Entonces oyó la voz del mayoral:

—No te acerques. Tiene patera, o glosopeda, o como se llame. Es un mal muy contagioso que lo producen las aliagas marinas.

Andrés oyó el batir de grandes alas hacían círculos sobre la oveja. Eran los buitres que esperaban su festín. Se le heló la sangre cuando pensó que eso mismo podría sucederle a él o a cualquier pastor.

Carmen Romeo Pemán.

El relato está ambientado en la Ciabañera de Monrepós, cerca de Arguis

Foto del principio. Aulagas marinas, cojines de monja o erizones en el Peñuzo. Puerto de Monrepós, Huesca.

Tocar fondo

Elena mira el almanaque a diario desde que cambió la domiciliación de su nómina. Traga saliva. Ya es día 27 y no puede tardar en decírselo a su marido. Si no lo hace, cuando él vea que no le ingresan su sueldo en la cuenta común será peor.

Lo estuvo meditando durante meses. Al principio solo era una idea, pero, cuando él dijo lo de las clases de la niña, se lanzó. Durante la comida, él le pidió una copia del DNI y de su última nómina para firmar otro préstamo pequeño, “solo para nivelar los gastos un poco”.

—No —se atrevió a decir ella—. Dijiste que el de hace dos meses sería el último…

—¿Esas tenemos? —Él se encogió de hombros y apretó los puños—. Entonces habrá que reducir gastos…

—Vale…

—Pues ve cortando la logopedia y la fisio. La niña no necesita tantas tonterías y esos cabrones cobran un huevo.

Al día siguiente de esa conversación, ella se abrió una cuenta bancaria en un BBVA que hay al lado de su oficina. Su empresa trabaja con esa entidad y en la sucursal son bastante amables. Luego subió a la oficina de personal y cambió la domiciliación de su nómina a la nueva cuenta.

Y ahora, a día 27, todavía no le ha dicho a su marido lo que ha hecho.

De pronto él, como si el pensamiento de su mujer fuera un imán, aparece en la cocina. Ella está sentada delante del portátil. Ha puesto una olla al fuego para preparar macarrones y, mientras el agua arranca a hervir, aprovecha para terminar unas cosas del trabajo. Suele hacerlo allí, para no molestar a Alberto con el ruido de las teclas mientras él ve la televisión en el salón.

—A ver si este mes cobráis pronto —dice él—. El mes pasado nos quedamos en descubierto dos días porque cargaron la VISA antes de que te ingresaran.

Ella calla. Él continua:

—Fue mala pata que el mes terminara en fin de semana y os pagaran el 31, en lugar del 28 o 29 como siempre.

Ella se encoge de hombros. Nunca sabe cuándo le pagan. Las cuentas las lleva él.

—Pregúntale mañana a algún compañero si ha cobrado ya. Que necesito organizarme.

—Pero hay saldo, ¿no? —Elena hizo muchas horas extra el mes pasado.

—Ya, pero este mes la VISA viene alta. —Ella lo mira sin decir nada y él resopla—. No pongas esa cara de pánfila. Hemos tenido muchos imprevistos.

Elena guarda silencio. Por lo visto, el móvil nuevo y el canal plus nuevo ahora se llaman imprevistos… Piensa en Luci, es ahora o nunca, la ocasión está ahí.

—Igual este mes cobro antes.

Él se sienta frente a ella y a su boca, que no a sus ojos, asoma un atisbo de sonrisa.

—¿Y eso? No me habías dicho nada.

—Te lo digo ahora.

—¿Y eso por…? —él repite la pregunta.

—Porque en el BBVA ingresan antes.

—No jodas. Eso ya lo sé. Anda qué… ¡Has descubierto la pólvora…! Pero nuestra cuenta está en mi banco, no en el BBVA.

Él trabaja en otra entidad bancaria y, desde que se casaron, las nóminas de los dos están domiciliadas allí y Alberto es el que lleva los números. Ella ni siquiera consulta los movimientos por internet, bastante ocupada está sacando adelante su trabajo, la casa, y a Luci. El neurólogo le dijo en la última revisión que estaba haciendo muchos progresos gracias a todas las terapias. Recordar eso le da la chispa de valor que necesita.

—Es que van a pagarme por el BBVA.

—¿Qué? Explícate, Elena, que no me entero. Algunas veces eres tan difícil de entender como la niña.

—He abierto una cuenta en el BBVA y he domiciliado allí mi nómina.

—¡Joder! Si al final va a resultar que hasta piensas, ¡se me tenía que haber ocurrido a mí! Mira por dónde has tenido una idea buena por una vez en tu vida. —Ella se envara y él arruga la frente—. Pero… a ver, ¿cómo has abierto la cuenta? Yo no he firmado nada.

—Está a mi nombre.

—¿Qué? ¿Qué está…? ¿Se puede saber qué has hecho?

Ella calla y aprieta los labios. Él se levanta y se pone a dar zancadas por la cocina.

—¡Que me digas qué coño has hecho! ¿Eres tonta o qué?

Ella sigue callada. Los labios se mantienen apretados, pero levanta la barbilla y le sostiene la mirada. Él apoya los puños encima de la mesa y acerca mucho la cara a la de ella, que hace un esfuerzo para no retroceder.

—A ver… Vamos a calmarnos un poco —dice él, con la voz una octava más baja—. Mañana mismo vamos al BBVA de los cojones y me pongo también de titular. Así podré hacer transferencias online cuando vea que te han ingresado, y disponemos antes del dinero. Todo tiene remedio.

—No —ella lo dice en voz baja, pero no tanto como para que él no la oiga.

—¿Qué? ¿Que no qué?

—Que no…

—¿A qué juegas?

—A nada… Cobraré antes… Y el mismo día que cobre, sacaré el dinero y te lo daré. Y tú lo ingresas en tu banco.

—Dirás en nuestro banco, ¿no?

—No. Sí. Es igual. Ya está hecho. —Traga saliva—. Y el dinero llegará antes, ¿no?

—¿Y a santo de qué semejante gilipollez? No tiene sentido una cuenta así, solo para eso.  

—Para mí, sí. —Ella da gracias por estar sentada. Es como si sus piernas no existieran y el suelo se hubiera esfumado debajo de sus pies—. —Todo seguirá igual. Tendrás el mismo dinero que hasta ahora.

—Que me digas la verdad, coño. Que para ese viaje no necesitábamos alforjas.

—He hablado con mi jefe. Le he pedido hacer más horas extras y ha aceptado la petición.

—Cojonudo. ¿Y qué tienen que ver la leche con las habas?

—Pues que lo que me paguen de más por esas horas se quedará en esa cuenta. —Él la mira como si no hubiera entendido sus palabras, y ella se obliga a añadir—. Ese dinero extra será para las terapias de Luci. De ahí no vamos a recortar ni un euro.

Él pone los brazos en jarras y suelta un gruñido.

—¿Conque esas tenemos? Me la tenías guardada, ¿no? Claro, como tú no tienes que preocuparte de controlar los gastos, ni la luz, ni el agua, ni… Manda cojones… ¿Así que ese dinero se va a ir a los bolsillos de unos comecocos, en lugar de servir de ayuda para que no falte agua caliente ni un plato de comida en esta casa?

Ella baja la cabeza, pero se mantiene en un silencio firme.

—Mira —sigue él—, no me cabrees… Seguro que no lo has pensado bien. Todos podemos equivocarnos. Mañana a la hora del desayuno me acerco a tu oficina y…

—No.

—Te digo que mañana vamos los dos al BBVA y arreglamos esto.

—No.

Él da dos o tres vueltas alrededor de la mesa. Ella no levanta los ojos del teclado. Siente las manos de su marido que le masajean los hombros.

—Nena…

El masaje es suave, pero hace que hombros de ella se tensen más en lugar de relajarse. Él, aunque lo nota, sigue masajeando. Siempre le ha dado resultado.

—Mira, Elena, no tienes que ponerte así. Si quieres que la niña siga con las dichosas clases, pues vale. Ya pensaré cómo ahorrar por otro lado. Pero en la cuenta nos vamos a poner los dos. Piensa un poco. ¿No te das cuenta de en qué lugar me deja eso a mí? ¿Eh? ¿Qué explicación iba a darles a mis compañeros del banco? Se preguntarían por qué, de pronto, la nómina de mi mujer deja de estar domiciliada allí. Y no puedo mentir o decir que te has quedado en el paro, porque verían luego el ingreso del dinero.

Ella, efectivamente, se da cuenta de que no ha pensado en eso. Quita las manos del teclado y las pone entre sus rodillas muy apretadas. Empiezan a asaltarla oleadas de algo que no sabe cómo llamar, pero le gusta cómo le hace sentirse. Él interpreta mal su silencio y sigue:

—No pasa nada, pero entiéndelo. Eso me pondría en ridículo delante de todos. Como hombre, tengo mi orgullo. Y lo que has hecho es un golpe bajo que dejaría la autoestima de cualquiera por los suelos. ¿Lo entiendes? —repite, como si ella fuera una niña pequeña.

Ella aprieta los dientes. Claro que lo entiende. ¡Cómo no lo va a entender! Mucho mejor de lo que él cree. Nota en el corazón dos latidos a destiempo y siente como si en su interior se hubiera abierto una jaula y un pajarillo asustado alzara el vuelo. Sacude los hombros y los libera de la prisión de las manos de él.

—La cuenta se quedará a mi nombre. Y si tu autoestima se queda para el arrastre, que salude a la mía, que lleva mucho tiempo bajo tierra.

Elena no puede creer que haya dicho eso, pero la cara de incredulidad de él es buena prueba de que sus labios han pronunciado esas palabras. Alberto hace un último intento:

—¿Es que no te has enterado de lo que te acabo de explicar?

—Sí. Perfectamente.

—¿Y…?

Ella se encoge de hombros.

—Me da igual.

El agua ha empezado a hervir y se desborda un poco. Igual que la alegría en el pecho de Elena, que se levanta y sale de la cocina. Le da igual la cena, le hará a Luci un bocadillo. Había olvidado lo que era ser la persona que pronuncia la última palabra. Se siente flotar.

Adela Castañón

Imagen de Claudio Szatko en Pixabay

Caraquemada

De las fragolinas de mis ayeres.

El carbón tenía que arder toda la noche a fuego lento. Cuando anochecía, echábamos a suerte quiénes nos quedaríamos vigilando la cabera. Hacían falta dos, por si uno se dormía. Es que, de vez en cuando salía una llamarada por algún agujero, nosotros teníamos que taparla con tierra y pisarla bien para que se apretara. Si se escapaba el humo detrás saldría el fuego y llegaría el desastre. ¡Eso era lo más difícil! Ese humo nos hacía toser sin parar y la mejor manera de no sentir cómo entraba en nuestros pulmones era con un cigarro de cuarterón y un trago de vino recio. Pues eso. Un día empiné tanto la bota que en lugar de pisar la tierra me caí de bruces encima del humo. Con el golpe se avivaron las llamas y me abrasaron la cara. Esa noche estaba con Hilario. En cuanto me vio caer, como no teníamos agua, apagó las llamas con la bota del vino. Yo aullaba como un perro rabioso y pensaba en Marcela. Hacía unos días que me había confesado que había tenido otros pretendientes, pero los dejó cuando se les quemaron las caras haciendo carbón.

Hilario me envolvió en barro hasta que me sacó el calor del cuerpo y me cubrió la cara con tierra batán, la que se empleaba para encalar.

—Ahora, en lugar de los ojos se te ven dos agujeros pequeños, otros dos en los orificios de la nariz y uno más grande en la boca.

Mientras se secaba la careta, unas hormigas voladoras se mezclaron con el barro, se me metieron en la piel quemada y, allí, quedaron atrapadas con las patas hacia afuera. Quería arrancármelas pero se me agarraban a las manos como un enjambre de abejetas. Cada vez venían más. Enseguida oímos cocear a una caballería y supimos que habían entrado en el corral. Otras se refugiaron en las orejas del gato que dormía junto a nosotros. De repente comenzó a maullar y a dar saltos como cuando le entró la sarna. Hilario lo agarró de la cola y lo echó dentro de la cabera.

—¡A cascala! No sea que le hayan metido en el cuerpo alguna bruja o el espíritu del Maligno.

Al poco rato me entró una tiritera y abandonamos la cabera. Encima de la mula, yo iba dando alaridos. Nada más llegar, Hilario encendió el fuego y se fue a buscar al médico. Con el calor del hogar, el barro y las hormigas atrapadas caían como chinches, apagaban las llamas y la humareda no cabía por la chimenea. Con gran esfuerzo me fui a lavar la cara en el barreño de la fregadera y me asomé a la ventana. Debajo estaban los carboneros a los que había avisado Hilario,

—Cagaos, que somos unos cagaos. La puta ama nos tiene a todos acojonados. A ver si un día os atrevéis a meterle las manos entre las tetas y le sacáis los billetes que nos roba. Ayer vi como escondía en el suelo los duros que le dieron los que le compran el carbón. Ni siquiera nos lava las mudas. Solo quiere solterones viejos. Y todo porque no quiere líos con las mujeres. Se las apaña como puede y hace desaparecer a las novias. A unas les busca casas para servir en otros pueblos, y ya no vuelven. En cambio, otras desaparecen sin dejar rastro. Y por más que salgan los pastores con perros no encuentran a ninguna. Mientras tanto, nosotros nos conformamos con una alforja llena de pan duro y algún polvo al mes. De sus partos se encarga la comadrona y entre las dos los llevan en secreto. Aprovechan los carros que bajan con carbón a Zaragoza. En medio meten los fardos que hay que dejar en la inclusa.

No sé dónde ni cómo me quedé dormido. Me desperté en plena noche cerrada. Oí unas carcajadas y salí a la calle con un cuchillo de degollar ovejas. Si no se hubieran ido todos los habría ensartado en un amén. Hasta se lo intenté clavar a un guardia civil que un día me quiso llevar al cuartel de Luna.

A los pocos días de estar aquí, yo daba vueltas alrededor de una columna y vi a un enfermero que se acercaba con la dueña del carbón. Me dirigí a ella echando azufre por los agujeros de los ojos.

—Hijaputa, vete de aquí. No quiero verte hasta que me digas en qué pozo ahogaste a Marcela el día que me vino a traer la comida a la cabera. Alguien te fue con el cuento de que nos queríamos casar y a ti se te hinchó la vena. Joder. Es que a ella no la podías camelar. Sabías que si te descubría te sacaría las entretelas. Que Marcela era mucha Marcela. Hijaputa, o como te llames, nunca vivirás en paz. Y el día que te entren las hormigas en las cuencas de los ojos aullarás y nadie te escuchará. Tu cuerpo carbonizado se enroscará a las carrascas y nadie te reconocerá. En cambio yo encontraré a mi Marcela. Estoy seguro de que me espera en alguna de las fuentes que manan agua fresca del Arba.

Sin contestarme, me miró con desprecio y vi cómo desaparecía detrás de la verja. Poco a poco se iba empequeñeciendo. Al final se arrastraba por el suelo mientras la envolvía un enjambre de moscas voladoras.

Carmen Romeo Pemán.

Fotografía. Cabera o carbonera de Mario. Blog del Colegio Público de Ujué. https://cpujue.educacion.navarra.es/blog/

Cabera o carbonera, un horno para elaborar carbón vegetal. Hasta la emigración de los años sesenta, siglo XX, fue un oficio muy importante en El Frago. Para más información sobre los carboneros de El Frago, ver el blog de Astún, pseudónimo de la erlana-fragolina Carmen Guallar Idoipe, en : http://astun47.blogspot.com/2011/11/el-carbonero.html?m=1,

El conseguidor

Me fijé en Demetrio porque su nombre empezaba por D y, además, tenía tres cosas que empezaban por esa letra que me apasiona: un Don, un Defecto y un Deseo.

Su Don era conseguir cosas de los demás. Y lo de “cosas” tenía un significado ilimitado, mucho más allá de su sentido literal. 

Su Defecto era que no tenía recuerdos. ¿Desde cuándo? Él no lo sabía, claro está. Ignoraba si era por haberlos perdido o por no saber atesorarlos. 

Su Deseo era poseer su pasado. Quería hacerlo para remediar su Defecto. Y trataba de lograrlo usando su Don.

Apasionante, ¿verdad?

Demetrio podía ver el aura de las personas, igual que yo, aunque en mi caso eso es lo más normal del mundo. Fue Divertido Descubrir que él ignoraba que no todo el mundo tenía esa habilidad. Estaba tan convencido de que eso era algo tan normal que nunca se le ocurrió plantear el tema en ninguna conversación.

Decidió estudiar las auras para construirse un pasado. En su primer intento probó a interactuar con la de un niño que vivía en su edificio y que siempre iba pegadito a su madre. Esperó a que un día estuviera solo y se hizo el encontradizo con él en el portal.

—Hola, Albertito —saludó—. ¿No va tu mamá contigo?

—Está haciendo la comida y no puede dejar solo al bebé. —Sonrió—. Me ha dicho que soy mayor y puedo ir solo a comprar el pan.

Mencionar a la madre provocó que el aura de Albertito brillara con fuerza. Demetrio acarició con suavidad la cabeza del niño a la vez que inspiraba con fuerza. Mil hormigas ascendieron por su brazo y en su cabeza se empezó a formar una nube que, poco a poco, se convirtió en la silueta de su vecina con muchos años menos y embarazada. Demetrio se sintió flotar dentro de una piscina cálida en la que, lejos de ahogarse, se encontraba seguro y feliz. El encuentro con Albertito duró menos de un minuto, pero fue la prueba de que aquello iba bien. Días después, escuchó quejarse a la madre de Albertito de que su niño se estaba volviendo más “Despegado”, pero lo ignoró. Seguro que solo se estaba haciendo mayor.

Demetrio siguió armando una biografía propia con los pasados ajenos. Al buscar recuerdos de más edad, aumentó la dificultad para robar parte de las auras, pero acababa por lograrlo y, además, su técnica mejoraba con cada nueva experiencia.

Yo, desde lejos, observaba interesado sus progresos. Me apasionaba ser testigo de cómo se iba convirtiendo en dueño de su vida. Dueño. Otra palabra con D. Empecé a pensar que esa letra nos uniría de algún modo. Acecharlo era toda una aventura y, aunque mi deseo por presentarme ante él iba en aumento, no quise echarlo todo a perder por forzar un encuentro. ¿Para qué correr riesgos? Mi paciencia es infinita y si algo me sobra es tiempo.

La soledad empezó a pesarle y quiso buscar vivencias más afectivas. Buscó a alguien de su edad para hacerse con un recuerdo importante y tomó una Decisión. ¡De nuevo la letra mágica! Lo interpreté como un presagio. Se acercó a Lucas, un joven cuya aura, dorada e intensa, le atrajo desde el principio. Demetrio se hizo amigo suyo, supo que su novia planeaba dejar el pueblo para irse a vivir con él en la ciudad y decidió dar un paso más. No le bastaba apropiarse del recuerdo y alejarse luego, así que, cuando Marisa se trasladó, Demetrio siguió frecuentando a la pareja. Los recuerdos de Lucas eran ahora suyos, y se convirtió en su confidente y amigo.  

—No entiendo cómo he estado tan ciego, Demetrio —confesó Lucas un día—. Me equivoqué al interpretar lo que siento por Marisa, nos conocemos desde niños y creo que confundí esa cercanía nuestra con amor. ¡Es tan complicado! Ella me quiere, lo ha dejado todo para estar conmigo…

—Tranquilo, Lucas, seguro que todo se arreglará.

Demetrio era sincero al decirle eso a Lucas. Quería resolver ese problema imprevisto. Necesitaba que Marisa se fijara en él, estaba tan enamorado de ella como lo había estado Lucas, claro, pero con su amigo allí no sabía cómo conseguir que ella lo amara

La chica, por su parte, estaba hecha un lío. Su novio, ese novio cuyo amor parecía sólido como el roble bajo el que se habían besado tantas veces en el pueblo, ahora era un extraño. Marisa se resistía a creer que el cariño hubiera muerto de repente, sin causa alguna. No conocía a nadie en la ciudad y empezó a desahogarse con Demetrio.

Me impacienté al cabo de unos meses. Aquello estaba en punto muerto y ninguno de los actores de esa obra que me intrigaba sabía cómo salir de aquella extraña parálisis sentimental. Decidí entonces darle un empujoncito a Demetrio, había llegado la hora de sacarlo de su inmovilidad, y contacté con él por internet. Me presenté como Dimas y nos hicimos amigos en las redes sociales. Nuestros intercambios de mensajes añadieron un aliciente a mi vida, y pronto conseguí que mis opiniones empezaran a calar en su interior. 

No quiero cansaros con los detalles, pero aquello precipitó el final de nuestra historia porque comprendí que mi experimento terminaría pronto. Me hubiera gustado que aquel colorido patchwork hecho a base de retales de recuerdos continuara hilvanándose, pero sé bien que la avaricia rompe el saco y tuve que tomar una Decisión:

Empecé a sembrar en la mente de Demetrio pequeñas semillas que llevaban mi marca y mi letra de fábrica con mucho disimulo. Me refiero a las Dudas Disfrazadas de consejos cuyo fruto, al germinar, superó mis expectativas.

Demetrio hizo un Descubrimiento.

Lucas tenía que Desaparecer.

Dije que no quiero cansaros. Los detalles no son relevantes. Solo os contaré que, cuando Demetrio se Deshizo del Difunto Lucas, decidí presentarme en persona en su casa.

Él no tenía ni idea de quién era yo. Me Desconocía por completo. Abrió y me presenté como su amigo de Facebook. Pude comprobar que estaba… ¿cómo os lo diría? ¿No lo imagináis? Venga, no me Decepcionéis. ¡Estaba Destrozado, Deshecho, Desesperado por haber hecho Desaparecer a su amigo! Mientras conversábamos, levanté poco a poco el velo que había mantenido oculta la verdadera naturaleza de nuestra relación. Empezó a darse cuenta de que yo no era alguien corriente. Era, sin Duda, Diferente, y trató de justificarse ante mí. A veces produzco ese efecto:

—Escucha, no sé cómo he llegado hasta aquí. ¡No soy un asesino!, ¡No sé cómo he podido hacer algo tan terrible! Solo quería una vida, recuerdos, y no tengo la culpa ser una especie de conseguidor. Está en mi naturaleza. ¡No sé por qué la vida me hizo ese regalo envenenado!

—¿Estás seguro de que es un regalo, Demetrio? —le pregunté. Me relamía de gusto con nuestra charla—. Nada es gratis. Nada. Todo tiene un precio.

—Pues ojalá fuera cierto. Daría todo lo que tengo por salir de esta situación, por poder cambiar las cosas.

—Yo puedo ayudarte.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Puedo otorgarte el olvido.

—¿Y lo harías?

—Sí. —Clavé mis ojos en los suyos. Aquello iba bien—. Siempre que pagues el precio, claro. Estarás en Deuda conmigo.

—Pues… —Demetrio vaciló solo unos segundos—. Hecho. Te daré lo que me pidas.

Lo miré intentando contener mi deseo.

—Quiero tu alma. —Hice una pausa—. Yo también soy un conseguidor, y mi Deseo es ser tu Dueño.

¡Ah! Adoro la D… ¿os lo había Dicho? Demetrio Dudó solo un minuto.

—Está bien. Seré tu siervo. Pero, al menos, quiero saber a quién voy a servir. Porque no te llamas Dimas, ¿verdad?

—No, claro. —Sonreí—. He tenido muchos nombres a lo largo de mi vida. Y muchos siervos. Ahora, Demetrio, tu Destino está en mis manos, tus Demonios serán míos.

Extendí la mano y, un instante antes de tocarlo para adueñarme de él, me mostré en todo mi esplendor:

—Querido, puedes llamarme Diablo.

Adela Castañón

Imagen de Jana V. M. en Pixabay

Días de internado

Después de la cena comenzábamos la hora de estudio y, a continuación, los rezos en la capilla. Luego subíamos en fila al dormitorio y cada una se metía en su camarilla: un cubículo rodeado sábanas blancas colgadas de barras de hierro. En aquel dormitorio me sentía como en una gran jaima sin techo. Cerraba los ojos, me imaginaba bajo un cielo estrellado y recordaba los cuentos de las Mil y una noches que tantas veces me había leído mi madre. Pronto empecé a mezclar unos con otros y a adobarlos con mis nuevas vivencias.

Nos desnudábamos con la Salve Regina, entonada por la hermana Anselma, la directora de un coro de ochenta voces desganadas. Cuando llegábamos al dulcis, virgo María, ya estábamos metidas en la cama con las cortinas corridas. No podíamos darnos la vuelta sin bambolear aquellas cortinas asabanadas. Cuando oíamos el frú frú de unos hábitos, conteníamos el aliento y nos hacíamos las dormidas hasta que la cara de la monja se asomaba a nuestra camarilla.

—Ave María Purísima

—Sin pecado concebida —le contestaba la niña en cuestión.

Así comenzada la ronda de la hermana Anselma. Revisaba las mesillas y nos quitaba los paquetes de comida que recibíamos de nuestras casas. Esos que nos permitían pequeñas juergas nocturnas. A continuación, de forma muy delicada, nos metía la mano debajo del camisón y comprobaba si nos habíamos quitado el sujetador y la braga.

—Es que sé que algunas no os desnudáis del todo para correr más por las mañanas. Las hermanas tenemos que vigilar vuestros malos hábitos y ayudaros a luchar contra la pereza.

Pero a mí, que era obediente, y ella lo sabía, eso no me gustaba. Tampoco me gustaba que los sábados, se paseara entre los cubículos de unas duchas de a doce y nos dijera cómo teníamos que enjabonarnos. Y, si creía que no nos quitábamos bien la roña, tomaba el jabón Heno de Pravia y con ayuda de una piedra pómez nos restregaba una y otra vez en las zonas íntimas.

A la mañana siguiente nos despertaba rezando a pleno pulmón el Ave María gratia plena. En un tiempo muy ajustado teníamos que hacernos la cama y peinarnos en los treinta lavabos del pasillo exterior. Allí nos empujábamos y nos disputábamos unas gotas de agua y un trozo de espejo. Unas a otras nos retocábamos los moños, salvados de la ruina por las redecillas nocturnas. Con frecuencia, la hermana Anselma, si solo habíamos estirado la cama o habíamos dejado ropa usada en la silla, nos sacaba de clase y nos llevaba a la madre superiora.

—Hija mía, tienes que obedecer a la hermana Anselma. Ella depositará en tu alma las semillas de una mujer de su casa con aroma de santidad.

Lo mejor llegaba el fin de semana. Los sábados y domingos, después de comer, en una larga fila de a dos, cogidas de la mano, y sin risitas, íbamos al Pilar y al parque Grande. Zaragoza se convertía en un gran hormiguero, con filas y filas de colegiales que hacíamos el mismo recorrido. Si coincidíamos con una fila de chicos, en la acera de enfrente, el revuelo y los castigos estaban asegurados. En ese momento, las hermanas bisbiseaban a nuestros oídos eso de “hombre-pecado”. Y a mí me daba la risa floja. ¿Cómo podía ser que mis amigos internos en otros colegios, de repente, pasaran a ser hombres y, encima, los representantes del pecado? Pero si el mosén de mi pueblo los confesaba todas las semanas y nos decía que eran más nobles que nosotras. Que ellos lo desembuchaban todo y nosotras nos callábamos nuestras cosillas.

—A ver, ¿se puede saber qué te ha hecho tanta gracia? —Era la voz de la hermana Anselma que se había convertido en mi sombra. Y yo:

—Nada, nada. Que no entiendo nada. —Me pellizcó fuerte en el carrillo y me dijo:

—Después de cenar te esperaré. Tenemos que aclarar muchas cosas.

Cuando crucé la puerta del comedor, allí estaba. Me cogió de la mano y me llevó por un pasillo largo, lleno de recovecos. En cada rincón se adivinaba un bulto negro. Al principio me parecieron estatuas sin iluminar. Me costó distinguir que eran monjas con niñas. Es que el largo velo negro casi las envolvía a las dos.

Cuando encontramos un sitio libre, la hermana Anselma me tomó por los hombros. Así te hablaré mejor al oído. La verdad es que me puse nerviosa y no me enteré bien qué me decía. Vagamente recuerdo eso de que estaba allí para estudiar y para despertar mi vocación de monja. Que no me preocupara si no sentía nada, que Dios se manifestaría pronto y me colmaría con su gracia. Y no sé cuántas cosas más. El caso es que, aunque ella quería acariciarme como mi madre, yo me sentía incómoda. De repente, di un respingo y me eché a correr hasta la sala de estudio. Debí estar mucho tiempo con la hermana Anselma porque enseguida tocó el timbre.

Al llegar a la capilla, ¡otra vez la hermana Anselma! En voz alta me llamó por mi nombre.

—Hoy dirigirás tú la letanía. Al acabar las alabanzas a la Virgen, tendrás que decir cincuenta veces, hombre-pecado, y las demás te contestarán a coro. Contarás las veces con las cuentas del rosario. Sin dejarme replicar, me puso en la mano su largo rosario de azabache.

Al día siguiente, antes de la misa de internas, me fui a confesar. Le conté todas mis tribulaciones al padre Soria y le pedí un cilicio. Al principio se resistió pero, como le insistí tanto, me dijo que hablaría con la hermana enfermera y que me colocaría uno en el muslo. Además, como no había cometido pecados mortales, podría quitármelo algún rato.

Por la noche, cuando fui al encuentro de la hermana Anselma, quiso comprobar mi buena disposición y me levantó el uniforme. No esperaba encontrarse con las púas al revés.

Sacó la mano chorreando sangre y comenzó a gritar. Perseguida por el grito que recorría todos los pasillos y salía por las ventanas, con el corazón en las sienes, corrí al estudio. Me senté en el último pupitre, saqué los libros. Me apreté la cabeza con las manos, pero no logré controlar el temblor que se iba apoderando de mí. No recuerdo cómo llegué a la cama. Pero sí que desde esa noche la hermana Martina se encargó de nuestro dormitorio.

Carmen Romeo Pemán

Las bolas de cristal

El mejor manual para convertirse en una superviviente es ser la menor de siete hermanos y, además, la única chica. Cuando jugaban a las guerras, ninguno quería hacer el papel de prisionero. Y como yo me negué después de la primera y última vez en la que me torturaron, haciéndome cosquillas en los pies con una rama y metiendo un cubito de hielo por mi espalda, me quitaban mis muñecas para atarlas a la pata de una silla, convertida en un poste indio de tortura, de donde salían destrozadas. Así que, en venganza, una noche, cuando todos dormían, me levanté y les robé sus canicas.

No me atreví a jugar con ellas hasta que pasaron varios años. Si me hubieran descubierto, las torturas de mis muñecas no habrían sido nada comparado con las mías. Un buen día mi madre me castigó encerrada en mi habitación y, mientras mataba el aburrimiento abriendo y cerrando cajones, descubrí la bolsa de canicas. Las esparcí sobre la cama, me senté con las piernas cruzadas y los codos en las rodillas y me dediqué a observarlas. El sol entraba por la ventana y los rayos de luz arrancaban un destello hipnótico a las bolas. Las contemplé fijamente, como si fuera una serpiente delante de su víctima, y cogí una de ellas al azar. Su interior era una doble espiral roja y verde, y dentro había animales con dos cabezas y varias colas, hadas, brujos y otros seres cuyas imágenes yo había visto antes en mis libros de mitología.

Y crecí. Y te conocí. Y me enamoré de ti cuando me regalaste la primera bola de cristal.

¿Te acuerdas?

Fue en Nairobi. En un refugio de mochileros en el que coincidimos para resguardarnos de una tormenta de arena. Cuando pudimos salir, no nos separamos en tres semanas. Cuidaste de mí todo ese tiempo. Y cuando la aventura terminó me sorprendiste pidiéndome mi número de teléfono y regalándome aquella bola de cristal con un paisaje africano en su interior. Todavía la tengo, con el baobab y el elefante cobijado bajo sus ramas. Si miro en su interior me veo en lo alto del árbol que había a la salida del pueblo de mi infancia, agarrada a una cuerda, muerta de miedo, esperando el momento en que mi hermano mayor me empujara para ver si era capaz de alcanzar la rama de otro árbol cercano, como hacía Tarzán en las películas que veíamos en el cine de verano.

Al poco tiempo me llamaste, y yo no me lo creía. Y me dijiste que tendríamos que averiguar si el amor era igual en todos los continentes, y saqué mis ahorros del banco y nos fuimos a Río de Janeiro. Y sí. El amor era igual. O mejor, si es que eso era posible. Y debías de ser mago, porque no te había contado nada de las canicas, pero me sorprendiste allí con otra bola de cristal. Esa al agitarla, dejaba escapar las notas de una samba y el ritmo se me metía en las venas igual que se me había metido tu amor, como una melodía, como la droga más dulce. Y lloraba al acordarme de las canciones de cumpleaños feliz en las que todos desafinábamos y competíamos para ver quién hacía sobresalir su voz sobre la de los demás hermanos.

Tú trabajabas. No sé por qué me sorprendió averiguarlo. Quizá pensé que solo vivías de viaje en viaje, de sueño en sueño, como yo. Pero resultó que te ganabas bien la vida. Me pediste que fuera contigo a Denver, y lo hice. Quemé mis naves. Te seguí. Y fuiste a esperarme al aeropuerto. Otra vez me regalaste una bola de cristal. El interior era todo de acero, monocromático, como nuestra relación en esa ciudad de la que, no sé por qué, solo recuerdo los rascacielos. En aquella altura no había suficiente oxígeno para nuestra relación, y vi tu traslado a Berlín como una tabla de salvación. Me empeñé en rescatar algún recuerdo de mi infancia, y no pude o no supe hacerlo. Y supe que en nuestra historia había empezado a escribirse la palabra fin.

En Berlín, la bola me recordó a la única canica de mis hermanos que era diferente de las anteriores. Era una canica de mayor tamaño, el interior era de color gris uniforme, desvaído, carecía de las espirales de colores que tanto hermoseaban a las demás. La bola de cristal que añadiste a mi colección en Berlín tenía en un interior miniaturas apiladas del monumento al Holocausto. Cuando visitamos el monumento real, con sus bloques de toneladas de cemento, no tuve valor para decirte que cada uno de ellos, todos diferentes entre sí, eran para mis ojos como las lápidas que anunciaban la muerte de todas y cada una de mis ilusiones.

Ni siquiera las vacaciones en Moscú pudieron salvar nuestra relación. La nieve que nos acompañó durante aquellos días, igual que la nieve que se agitaba dentro de la pequeña bola rusa de cristal, estaba hecha de cristales que lastimaban la piel de mi alma herida.

Creíste que era el frío lo que me sentaba mal, e intentamos alejarnos del desastre poniendo tierra por medio, pero en Tokyo fue peor. Allí descubrí una de tus infidelidades. La bola de cristal con el caleidoscopio caótico de luces en su interior era el símbolo perfecto del desastre en el que se había convertido mi vida.

Y volvimos a Europa, a Estocolmo. Y allí nuestro amor. o lo que quedaba de él, dio sus últimas boqueadas. Y la bola sueca ni siquiera tenía algo típico de allí. Era una triste, sórdida y mezquina bola de navidad, con un Papa Noel anónimo en su interior. Pero las bolas eran una tradición, y casi lo único que me quedaba, junto con mis recuerdos.

Rompimos.

Y volé sola a Venecia.

Y al respirar el aire que corría por el Gran Canal sentí como si mil canicas de colores estallaran de golpe. Y me mezclé con las palomas de la plaza de San Marcos y reconocí, por fin, la libertad que no sabía que había perdido en algún recodo de mi pasado.

Al fin y al cabo, yo era una superviviente.

Adela Castañón

Imagen: Uschi en Pixabay

Como un girasol ciego

Un girasol ciego es un girasol que no busca el sol, un girasol inmóvil, un girasol derrotado. Alberto Méndez, «Los girasoles ciegos».

Mi mujer murió antes del parto. Yo estaba en el patio desaparejando las caballerías cuando oí gritos en la cocina. Eran las riñas de cada día. ¡Qué casualidad! Se quedaron embarazadas las dos cuñadas casi a la vez y siempre andaban con las manos en las greñas.

Mi hermano, que era el segundo, se había casado unos días antes que yo y reclamaba el derecho a quedarse con la casa, contra la costumbre de la primogenitura. Pero mi madre no dio el brazo a torcer y así se lo hizo saber a sus nueras cuando estaban enzarzadas en una de sus riñas:

—Aquí se cumplirá la ley de la sangre. En esta casa se quedará el primogénito con su mujer y su descendencia.

Cuando la mujer de mi hermano oyó esto, se salió de sus casillas. Desde el patio escuché los insultos: “Puta, ladrona, has venido a robarme lo que era mío, no te saldrás con la tuya”. Entonces yo me apresuré a descargar. Quería subir a poner paz. Pero no me dieron tiempo a acabar. De repente vi a mi mujer rodando por las escaleras. En el centro de su vientre, asomaban los ojos de unas tijeras. Rodó y rodó hasta mis pies. Estaba desmadejada y con unos estertores de mal presagio.

Me agaché para insuflarle vida. El corazón cada vez le palpitaba más despacio. En cambio el mío me había subido a las sienes. Acerqué la oreja a su vientre y oí los latidos del niño. Si pensarlo dos veces le rasgué su carne tersa con la navaja que llevaba en el bolsillo. Limpié al niño con mi chaqueta y lo coloqué al lado de su madre, arropado en una arpillera. Entonces levanté la vista. Las mujeres, que unos minutos antes discutían en la cocina, contemplaban en silencio al niño mudo junto a su madre inexpresiva, con una cara como de porcelana. “No es justo que llegue la muerte antes de que se dé la vida por nacida”, pensé. Y la película de nuestra vida pasó rápidamente por mi frente.

Desde niño me cautivaron unas trenzas rubias que saltaban a la comba. En la clase de lectura, pensaba en ella, cada vez que llegábamos al elogio que un arcipreste le hacía a una chica de la que se había enamorado: “¡Qué gracia y qué donaire!”. Luego vinieron las rondas. Yo cantaba debajo de su ventana, pero ella nunca se asomaba. Me hacía el encontradizo cuando bajaba a lavar al río. Por las tardes le subía los cántaros de la fuente. Así, poco a poco, entramos en relaciones y formalizamos nuestro noviazgo con algún beso robado.

Nuestros padres firmaron las capitulaciones matrimoniales. Estaban encantados de unir las dos mejores haciendas del pueblo. Mi novia, la primogénita de casa Puyal, trajo una de las mejores dotes. Allí sábanas de hilo fino de Holanda, bordadas con hebras de seda; toallas de lino con sus iniciales; sayas de mudar y mantillas de blonda. No faltaba la taza de plata con el nombre de la novia ni la vajilla de la Cartuja de Sevilla. Más de dos días estuvieron los criados de casa Puyal trayendo baúles hasta la nuestra.

Nos fuimos a vivir con mis padres, como me correspondía, pero la casa era muy bulliciosa y con poca intimidad. Todavía vivía mi abuela paterna que, a sus casi cien años no había dejado de mandar desde su silla de anea junto al hogar. Mi madre decía que a ellos se les estaba pasando la vida sin ser dueños de nada, a pesar de que llevaba muchos años rezando: “Gloriosa santa Ana, dale buena muerte y poca cama”. También estaban mis tres hermanas exigiendo la dote. Y mi hermano, el recién casado, con su mujer.

Es que, como mi hermano había dejado preñada a su novia, se casaron deprisa, sin amonestaciones, y se refugiaron en casa. Con el embarazo de mi mujer todo se complicó. ¡Dos embarazadas juntas reclamando los mismos derechos para sus hijos!

Mi hermano, desde que se casó, ya no fue el mismo. Hasta entonces nunca tuvimos problemas. Él cuidaba el ganado, como todos los segundones, y yo me encargaba de las tierras. Una noche, como siempre, después de cenar nos fuimos juntos a la taberna y, en el camino, sin venir a cuento, me soltó:

—Mira, no veo justo que tú te quedes con todo y que los demás seamos tus criados. —Tragó saliva—. Y dile a tu mujer que no presuma tanto delante de la mía. Que si ella es de casa rica la mía también lo es. Y que aún no ha traído su dote por no mezclarla con la de tu mujer. Es que, si no, luego diréis que todo lo que hay en la casa es vuestro.

Al oír esto, se me hinchó la vena y le contesté de malos modos.

—A ver, no te equivoques. Vosotros estáis en casa de paso. Te guste o no, yo soy el heredero. Y, cuando te vayas a tu casa, no pienses que vamos a seguir trabajando a medias. Si quieres cuidar el rebaño, será a jornal, como todos los pastores que tenemos.

Al día siguiente la mujer de mi hermano montó una zapatiesta sin motivo. Como la abuela estaba adormilada, mi madre le dijo que se le tenían que bajar los humos, que las cosas no eran como ella pensaba y que las leyes ancestrales no se podían cambiar con la voluntad de las personas. Aprovechando, el parlamento de mi madre, terció mi mujer:

—Eso, así es, mala pécora. Ya te puedes ir metiendo en la cabeza que aquí vas a durar poco y que lo que llevas en la tripa no heredará nada de esa casa. Entérate de una vez, todo será para mi hijo.

En ese momento la mujer de mi hermano, que tenía las tijeras de coser en la mano, se levantó con un gesto amenazante. Y la mía, muy asustada, echó a correr, pero, antes del primer peldaño, le alcanzaron unas tijeras, con tan buen acierto, que se le clavaron en la barriga.

Cuando llegó el juez, yo no estaba en condiciones de declarar y lo hizo mi hermano por mí: “Elena de Isuerre ha fallecido de hemorragia postparto”. En ningún momento mencionó a mi hijo ni que había vivido unas horas.

Los metieron a los dos en el mismo ataúd y yo me quedé mirando al suelo, como los girasoles ciegos, atenazado por el dolor y por la culpa.

Carmen Romeo Pemán

Foto: freepik

Recuerdos enredados

Me puse a ordenar fotos antiguas, sí, de esas en papel, y tropecé con una imagen que no esperaba. Un poco a contraluz, con mis quince años, unas manoletinas azules, y con el pelo recién cortado, tenía el brazo derecho levantado y, en la mano, sujetaba las dos trenzas que la peluquera me había dado antes de salir. Abrí y cerré los ojos y me vino a la memoria la pregunta que más me hicieron durante aquel mes de junio: ¿por qué te has cortado el pelo?

Recuerdo mis respuestas, al menos las dos o tres que tenía preparadas y de las que echaba mano según quién fuera el interlocutor: para estar más fresquita, por cambiar un poco de imagen, para poder mojarme la cabeza en la playa sin pasar luego el día con la espalda mojada… Todo mentira.

Las notas de tu guitarra, las que dejabas escapar en los ensayos de coro, se enredaban en mi pelo aunque yo me sentara en la otra punta del salón. Se hacían nudos con mis trenzas y, por la noche, se enroscaban en mi garganta como una bufanda de esparto, tejida con mi miedo a no gustarte, a que no supieras de mi existencia, a que no te fijaras nunca en mí. Otras veces, sin embargo, cuando te sentabas a mi lado o me pedías que te sujetara la partitura mientras tocabas, mis trenzas alrededor del cuello eran caricias, plumas de cisne que me hacían volar hasta un país imaginario en el que una historia, la nuestra, era posible.

Usabas la colonia Varón Dandy, la misma que mi padre. Por las mañanas, al hacer la cama, le daba la vuelta a mi almohada para que ni mamá ni nadie se dieran cuenta del olor que la impregnaba. Me llevaba el bote de colonia de papá a mi cuarto, a escondidas, y rociaba la funda por el centro, allí donde de noche descansaban mi mejilla y mis labios. Si ese día no te había visto, o si te había visto pero no me habías hablado, la humedad de mis lágrimas hacía reverdecer el olor, y entonces yo tocaba la tela y era como tocarte a ti, y el vello de mis brazos se erizaba, apretaba las piernas, llevaba las rodillas a mi pecho, me enroscaba en posición fetal como si así pudiera mantener prisioneras las imágenes que veía con total claridad a pesar de tener los ojos cerrados.

Cada vez te sentabas más cerca de mí, me pedías más a menudo que me pusiera a tu lado, me acompañabas cada vez más a mi casa al salir de los ensayos. Así desde enero hasta junio.

Y en junio se metió por medio Conchi. Con sus suspiros, con esas llamadas de atención cada vez que tú entrabas en el salón donde solíamos reunirnos, con sus mareos que hacían que todos, y tú entre ellos, claro, acudieran a su lado para hacerle aire, para interesarse por ella.

Y un día que ojalá no hubiera existido, su mejor amiga me dijo que quería hablar conmigo. Me contó que Conchi te gustaba, que habías empezado a salir con ella. Que me lo advertía porque yo le caía bien y porque no quería verme hacer el ridículo. Me dijo que tú te habías dado cuenta de mis miradas de reojo, de mis rubores incontrolables, y que te daba pena hacerme sufrir.

¡Qué tonta es la inocencia! Todo lo que me habían contado era mentira, pero yo la creí a pies juntillas, quise morirme, no sé si de vergüenza, de pena o de las dos cosas.

Unos días después, por sorpresa, me dijiste que me invitabas a una Coca Cola. Después del ensayo del coro me llevaste a una cafetería que los demás no solían frecuentar. Por el camino te cambiabas la guitarra de mano cada dos por tres y carraspeabas tanto que pensé que igual habías forzado la voz o que estarías incubando un resfriado. Cuando nos sentamos y pedimos, me desconcertaste al decirme que querías preguntarme algo.

—Dime una cosa, yo… —Tu carraspeo alcanzó su máximo—. ¿Cómo te caigo yo? Es que a veces pienso que igual te… bueno, supongo que te caigo bien, pero…

Me quise morir. Creía que podría sobrevivir al desamor, pero tu compasión me mataría. Al menos salvaría mi orgullo, no te regalaría mi dolor, no, no después de aquello, no te lo merecías. No sé si querías echar sal en la herida o hacer conmigo una obra de caridad al consolarme, pero no iba a sufrir una humillación así ni por ti ni por nadie.

—Me caes muy bien, hombre. ¡Mira que quedar conmigo para preguntarme una tontería así! Para mí eres uno más de mis amigos, como Paco, o Julián, o Salva… ¿Eso era todo?

No quise seguir, saqué brillo a mi armadura y planté en mi cara la sonrisa más falsa del mundo, la que me costó la vida.

Años después, cuando nuestros relojes sonaban a destiempo, supe que mis palabras te habían herido de muerte. Lo supe por casualidad, tropecé con tu mejor amigo y me lo contó todo durante el tiempo que tardamos en tomarnos un café.

Supe por él que todos esos meses, mientras yo fantaseaba con tus dedos en los trastes de la guitarra, tú soñabas con mis trenzas y con enredar tus dedos en mi pelo. Que aquel día habías quedado conmigo para decirme lo que yo llevaba deseando escuchar todo el verano. Que yo, tonta de mí, te había dejado hecho polvo. ¡Qué tarde me enteré de todo aquello! ¡Qué pena! Con lo que pudo haber sido…

Abandoné el coro sin dar explicaciones, le pedí a mis padres pasar el verano con mi madrina, en la otra punta de España. No llegué a saber que tú también dejaste el coro poco después.

Mis trenzas eran tuyas, pertenecían a tu música, eran el pentagrama en el que deberían haberse escrito las notas de nuestra historia, de nuestro primer amor. Sentir el pelo junto a mi cuello era como tener una cuerda de seda que me ahogaba al recordarme lo que había perdido.

Por eso, ese mes de junio, dejé de quitarle la colonia a papa y me corté las trenzas.

Adela Castañón

Imagen: Aritha en Pixabay

Tiempo de prodigios

Estoy alucinada, en el pleno sentido de la palabra. Con esta novela, he recibido una ráfaga de luz y conocimientos tan potente que me ha dejado deslumbrada.

El hilo conductor se basa en las vidas de Juan de Luna, morisco de Burbáguena, y su nieto, Román Ramírez, natural de Deza. Encontramos suficientes guiños para entender su valor simbólico: la necesidad de revisar la historia y de hacer justicia a la memoria histórica de ayer y de hoy.

Tiempo de prodigios es una enciclopedia completa del mundo morisco. Alguien podrá decir más –lo dudo- pero nadie podrá sugerir tanto.

¡Simplemente genial! Simeón inaugura un nuevo tipo de novela histórica. Mejor dicho, recrea la historia a la luz de las retóricas renacentistas. Como Umberto Eco, nos lleva de la mano por la jungla de una exhaustiva documentación en la que podríamos perdernos. Y siempre mirando a Burbáguena.

La novela abarca un siglo convulso. Un siglo de desasosiego para los moriscos. En 1501 comenzó la conversión en Granada. En 1502 en Castilla. Y en 1526 en el Reino de Aragón. La expulsión definitiva se produjo de forma escalonada entre 1609 y 1613.

Comienza in medias res. Don Juan de Luna, un médico famoso, conversa con su nieto de corta edad. La avidez de conocimientos del niño le lleva a recordar su vida y las de sus paisanos

Los recuerdos comienzan en 1526. El fatídico mes de febrero cuando llega a Daroca un correo del emperador Carlos I. Traía una orden de la Capilla Real de Granada que renovaba la Pragmática de Cisneros (1516) y que obligaba a todos los mudéjares de la Corona de Aragón a convertirse al catolicismo. Y los que ya se habían convertido tenían que abandonar los trajes, usos y costumbres moras.

“Los bautismos se llevaron a cabo sin instrucción religiosa y no borraron las diferencias, si es que las había, entre mudéjares y cristianos. Algo, no obstante, flota en el ambiente. Algo raro se avecina. Él que tan acostumbrado está a contemplar y analizar los fenómenos extraños, ha visto cosas raras, si no extraordinarias, en los últimos meses del año” (p. 27).

Aurelio Esteban, Carmen Romeo y Simeón Martín

Carmen Romeo vs Simeón Marín Rubio

Los moriscos añoran los tiempos mudéjares, como se llamaba a los musulmanes antes de la conversión. Una época de convivencia entre moros y cristianos que se rompió con las políticas centralistas españolas.

Desde 1526 hasta la expulsión, es una larga etapa en la que se rompe la convivencia pacífica. Son tiempos en los que no se toleran las diferencias, tiempos de persecución y torturas; tiempos de silencios y ocultamientos. Los “tiempos recios” de Santa Teresa, que dan título a una novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos recios (2019), de Guatemala. Y nos recuerdan al Tiempo de silencio (1962), del franquismo, de Martín Santos.

C. Me han sorprendido el qué y el cómo de esta novela. ¿Cómo se te ocurrió contar esto?

S. Conocí a este personaje, fue el abuelo quien movió mi curiosidad, en Caro Baroja, Vidas Mágicas e inquisición. Luego lo vi en Gárgoris y Abidis de Sánchez Drago y en García Ballester, Los moriscos y la medicina. Después vino el proceso inquisitorial, la comedia Quien mal anda en mal acaba de Juan Ruiz de Alarcón. Fue todo eso lo que me llevó a imaginar cómo podía haber sido la vida del abuelo y del nieto. En el proceso de construcción son muchas las publicaciones que he encontrado que trataban sobre o hacían referencia a Román Ramírez. Todas hacían referencia a sus habilidades, tanto como sanador como memorioso, pero nadie hacía referencia a cómo fue su biografía. Supuso un verdadero reto inventar la conexión entre el abuelo y el nieto, ver cómo fue el proceso enseñanza aprendizaje. Comprobar la capacidad de asimilación de Román de cuanto le enseñaban.

C. Tiempo de prodigios se me ha revelado como una novela cervantina. Me han llamado la atención las dos partes evidentes: dos formas de novelar diferentes. La primera. Le dedicas tres largos capítulos a Juan de Luna, el famoso médico-sanador de Burgáguena. En la segunda, los seis capítulos siguientes, con centro en Deza, recreas la vida completa de Román Ramírez, el nieto. sanador como su abuelo y memorioso como su padre.

Dos ritmos y dos estructuras narrativas. Si las novelas están vivas, como esta, oímos su respiración. Aquí el respirar lento de la primera parte, con fragmentos autónomos, responde al patrón narrativo yuxtapositivo de la Edad Media. En la segunda, con una respiración entrecortada, subordinas los acontecimientos al personaje, como en la segunda parte del Quijote. En esta parte das entrada a las técnicas de la novela moderna. En la primera el sedentario don Juan de Luna y en la segunda el andariego Román Ramírez.

Y, como por azar, todo nos lo cuenta Cervantes, que en esos momentos estaba ensayando este tipo de técnicas, a punto de cristalizar en el Quijote.

S. Uno no puede quitarse de encima “el pelo de la dehesa”. Quiero decir que la formación de uno y cuanto ha leído se convierten, aunque no quiera, en elementos básicos de todos los constructos intelectuales, sean del tipo que sean. Este proceso que dices ver y que, seguro estará, no lo pretendí en ningún momento. Simplemente se impuso. Nos pasa en nuestras biografías: lo lentos que discurren los primeros años y “cómo se pasa apriessa”, como un sueño, después. Por otra parte, la necesidad forzosa en unos casos y en otros casos buscada, obliga a Román a ser un “caballero” bastante andante. Siempre el camino encuentra la justificación y supone un paso más en su definición.

C. Antes de seguir adelante, nos vamos a detener en el diálogo de Juan de Luna y su nieto. Ese diálogo con el que estructuras la primera parte.

“Años más tarde, Juan de Luna se lo comentaba a su nieto.

—¿Sabes de qué me estoy acordando, Ramón?

—¿Cómo lo voy a saber, abuelo?

—De los bautismos de Daroca. Bajamos desde aquí porque había que hacer bulto.

Se calla. Los recuerdos se le amontonan, acaricia la cabeza de su nieto y deja viajar a la memoria” (p. 23).

Aparte de traerme a la memoria “La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro, yo he querido ver allí la ficcionalizacion de un proceso real que estás viviendo con tu nieto.

S. Hay todo eso y más. Tú lo has podido reconocer porque partes con ventaja. Nos conoces a los dos, al nieto y al abuelo, y a las particulares circunstancias de ambos. Te puedo decir que todos los niños que aparecen en ese camino tienen un poco de mi nieto. También te puedo asegurar que no tenía presente en la redacción, la maravillosa novela de Sampedro. Pero sí, hay muchos elementos iguales o muy parecidos.

C. Los elementos narrativos universales que todos llevamos dentro. Nadie copia a nadie. Como diría Mijail Bajtin, todos participamos en el mismo diálogo, somos criaturas dialógicas.

Tras este inciso, volvamos a la retórica. No sé si son unas biografías noveladas o una novela histórica. Lo que sí sé es que es una novela renacentista en el fondo y en la forma. Que está documentada con muchísimo rigor y cariño. Es más, si leemos con atención Tiempo de prodigios, entenderemos muy bien cómo era una novela del XVI. De paso, te ha salido la vena didáctica: es una clase perfecta de retórica literaria.

A medida que vamos leyendo, nos damos cuenta de la cantidad de rasgos literarios y lingüísticos del XVI que quedan repartidos, como al azar, por estas 375 páginas, de letra menuda.

Aquí está todo medido y pesado, como en la prosa de Fray Luis de León.

S. Tan medido y pesado que esta historia me ha llevado ocupados casi veinte años. Eso no quiere decir que estuviese todos y cada uno de los días de ese tiempo sin hacer otra cosa. No. Pero es cierto que la redacción me ha llevado, con más o menos dedicación, diez años. La documentación ha sido muy laboriosa. Tu sabes bien que, en nuestra formación, no ha sido importante conocer las virtudes de las sustancias que guardaban en las boticas,  sí que hemos trabajado con las novelas de caballería, no en la tradición de vivir de su recitado.

Yo tampoco sé si una novela histórica, parece que sí pues ocupa casi todo el siglo XVI, o una biografía novelada, que lo es indudablemente. Partí de dos nombres, Juan de Luna y Román Ramírez, y a partir de ahí me inventé las biografías que suponen el elemento importante de la novela. Hay de todo. Personajes históricos, muy conocidos unos, menos otros, y muchos inventados, pero muy precisos para entender y dar sentido a esas vidas.

C, Muchos guiños a Cervantes y al Lazarillo. Háblanos de la carta. Y de esos papeles del final que sirven de marco narrativo y dan sentido a toda la novela.

S. Ahí sí que debo decirte que los dos modelos han estado presentes desde el primer momento. La carta a Cervantes y su reacción. Luego vino lo demás. Como en el Lazarillo, también con carta de por medio, se da cuenta de las andanzas virtudes y adversidades del protagonista. El autor del Quijote echaba mano de cualquier papel que saliese a su encuentro. En este caso todo lo justifica una carta y un papel doblado que ha recibido Cervantes.

C. Háblenos de esa obsesión de Román Ramírez por las novelas de caballería.

S. Es claramente la herencia de su padre. Se trata de aunar las dos profesiones: la de memorioso y la de sanador. Román solo lee una novela que no ha leído su padre: Don Cristalián de España, la única novela de caballerías escrita por una mujer. En todo lo demás es un fiel seguidor de. qué libros y cómo contarlos, de su padre. Esa habilidad de su padre le ha permitido salir adelante y ganarse la confianza de los poderosos. No otra cosa hace Román. Del mismo modo en medicina, es un fiel seguidor de cuanto aprendió de su abuelo Juan de Luna y, como él, también llega a ser un sanador requerido por todos, desde el propio rey a numerosos personajes anónimos y nobles y poderosos de Castilla y Aragón.

C. Eso. Y que no se nos olvide la gran ironía de esta novela. La que la convierte en una carcajada valleinclanesca. A Román Ramírez lo denuncian ante la inquisición por su oficio de memorioso y no por su condición de morisco.

Sigamos. En esta novela aflora tu pasión por el teatro. Yo diría que hay una a punto del teatro español del siglo XVI y una constante teatralización en todo el texto.

S. Absolutamente cierto. Hay dos autores teatrales con quienes ha tenido repetidos contactos: Bartolomé Palau y Lope de Rueda. Las técnicas de “dramatización”, las ha recibido de la observación y de las lecciones de de su padre. Él tiene todo de teatral en sus “lecturas”. Hay numerosos ejemplos en toda la historia de este memorioso.

C. Hablemos del gusto por las enumeraciones, tan valoradas en la novela del XVI. Así, a bote pronto, me vienen escenas de La lozana andaluza.

Y muchas de las novelas de caballería tan presentes en todas las páginas. Recuerdo una entrevista a Martín de Riquer en la que defendía la necesidad de recrear esos mundos con minuciosidad. “Muchos lectores de hoy pueden considerar aburridas o prolijas las descripciones de torneos y justas. Pero ¿qué harían ellos si tuvieran que contar los partidos de futbol en una novela? Tengamos en cuenta que no había medios de comunicación como hoy. ¿Sería suficiente con contar solo un partido a los seguidores del Real Zaragoza?

S. Si, así es. El siglo XVI es el que va construyendo a mi Román. No he sabido, tampoco lo he pretendido, echar por la borda mi experiencia como lector interesado, profesional si quieres, de la literatura. Sí; hay alguna cosa que puede recordar la obra de Delicado.

C. Es un tópico conocido que los prólogos se escriben el final y se colocan al comienzo. Pues bien, siguiendo el orden de escritura, hablaremos de este prólogo tan complejo. Tres prólogos en uno. Si no son más.

Una confesión del autor a sus lectores. Un monólogo desdoblado en diálogo, un proceso dialógico, como diría Bajtín, que permite contar los procesos interiores con distanciamiento e ironía.

S. Absolutamente cierto, y eso sí que lo he buscado

C. Pues ya que he dado en el blanco, seguimos con el prólogo. Yo lo veo como una justificación del acto mismo de escribir. “Hoy, aquí, ante la provocación que supone un papel en blanco, has decidido poner manos a la obra e imaginar cuáles y cómo fueron las andanzas de Román Ramírez” (p. 11).

Una autoficción del proceso real de escritura y una crítica irónica al tópico falsa modestia: “Llevas mucho tiempo dándole vuelta a la historia y a su personaje. Nada hay de extraordinario en él ni en quienes lo acompañan” (p. 11).Todos sabemos que, por el mero hecho de ser el protagonista de una novela se convierte en extraordinario y en protagonista de un tiempo de prodigios.

También veo una justificación del estilo narrativo que has elegido: “Tienes claro que lo escrito hoy es de hoy, aunque los pobladores del papel sean de hace siglos. Quieres escribir como se escribe hoy, sin imitar el castellano del siglo XVI, solo algún texto. Escribir algo que bien pudo ser así” (p. 12).

Y así lo será en adelante. Porque en esta novela quedan definidas para siempre las raíces de quien la escribe. Y para traer las viejas raíces al presente necesitamos de la vieja técnica literaria del recuerdo dentro del recuerdo, o de los flashback, como se dice en esta época de anglicismos.

Me gustaría contrastar mis impresiones lectoras con tu punto de vista, o con el del narrador que esto escribe.

S. ¿Qué quieres que te diga? Todo lo has dicho tú leyendo lo que he escrito yo. Ese ha sido, y voy a utilizar también un anglicismo, el leitmotiv de mi historia o de mi novela. Todo arranca con ese monólogo disfrazado en diálogo, por utilizar tus palabras. No quiero que nos extrañe nada en este tiempo de prodigios que justifica casi todo. Desde luego no justifica mis errores, que seguro que los hay y muchos.

C. Las escenas de Burbáguena rezuman una contención emotiva. Son los momentos en los que brillan las imágenes poéticas y el detallismo evocador.

“La vida en el lugar, Burbáguena, discurre pacíficamente, sin el menor sobresalto; cristianos y moros llevaban antes, según dicen, vidas separadas. Pero, en estos momentos, están completamente mezclados. Los moros, y ahora sus hijos, vivían en el Barrio Alto, junto a las eras, y en el barrio Moral. Los hijos han heredado los oficios de sus padres. Así, Miguel es zapatero, Juan, el molinero, hijo de Farag el molinero. El padre de Domingo, el blanqueador, era Yuce el blanqueador. Asensio y Ferrando, los cesteros, hacen lo mismo que su padre Ybraim el cojo. Brahem, el arriero, ha pasado el oficio y las caballerías a sus hijos, Fernando y Juan. Con esto hacen sus viajes a Zaragoza, a Barcelona y a Valencia. Cuando se trata de viajes de varias jornadas se juntan con los arrieros y carreteros de otros pueblos de la ruta” (p. 35).

Toda la novela mira a Burbáguena, a tu Burbáguea. ¿Cómo se vive esta experiencia literaria? ¿Es una especie de Macondo literario?

S. ¿Cómo la he sufrido? Muy intensamente. No solo lo de Burbáguena. Todos los lugares, todo ese mundo, me han tenido atrapado. Ha habido momentos  que dudaba de que llegase a cerrar la historia. A diferencia de Macondo, los casi cien años de soledad, son poco más de sesenta, no solo discurren en Burbáguena, tierra santa, lo llama su amigo Juan, cristiano viejo, sino que como en el Quijote o como en el Lazarillo, por citar los ejemplos que tú has traído, Román está casi siempre “en el camino”. Y no son de soledad. Sí de estar solo, pero siempre en intensa compañía.

C. Me gustaría cerrar nuestra charla con algunas citas en las que la magia de tu palabra va tejiendo un maravilloso tapiz.

Las páginas se van llenando de pequeños detalles que convierten la prosa en auténtica obra de arte. “Los desconchones de la pared se confunden con el ventanuco, menudo y tímido, abierto a la calle” (p. 85).

Descripciones emotivas y poéticas. ”Una cara se aproxima a la ventana, aplasta la nariz y las manos abiertas contra el cristal. El aliento dibuja círculos y la punta de la nariz parece una torta de manteca. Los ojos perdidos en el cielo buscan las estrellas familiares. En la cocina, el candil sueña caprichos en el techo, jugando las sombras y las llamas brillan en el hogar” (p. 85).

“Por el fondo de la calle se acercan unos puntitos luminosos, filas de cirios en manos de penitentes. El roce de los hábitos rasga el silencio, el contrapunto de los golpes de las matracas y la voz del cura… La fila discurre lenta, como una luciérnaga perezosa. Los Santos se elevan por encima de las cabezas de los penitentes” (p. 86).

S. Esa percepción es, pura y lisa, autobiográfica. Me gusta que se me escape la emotividad poética en esos momentos. Es más, te diré que, no solo en Burbáguena, sino en cualquier situación, cuando se escapa el lirismo emotivo, como dices tú, estamos próximos a la autobiografía o a la autoficción.

C. Y ahora, ¿cómo cerramos este encuentro?

S. En primer lugar dándote las gracias por tu lectura, espero que a los demás no les suponga ese esfuerzo, esa dedicación para sacar las sabias conclusiones con las que has adornado esta presentación del abuelo y su nieto y, uno vez muerto el abuelo, solo del nieto que lo va a tener presente mientras viva. Dar las gracias a cuantos han venido y a la editorial que ha creído que mi historia  merecía “ir a galeras.”

Pilar Nagore, Simeón Martín y Carmen Romeo. Feria del libro. Zaragoza, abril, 2023.

Simeón Marín Rubio (Burbáguena, Teruel, 1946)

Tengo el placer de presentaros a Simeón Martín Rubio. Y tengo tantas cosas que decir, que no sé por dónde empezar.

Conocí a Simeón cuando yo llevaba uniforme y calcetines blancos. Luego coincidimos en la Facultad, en esa época que tan bien refleja en su primera novela, Pintan Bastos. Profesionalmente nos fuimos pisando los talones. Yo llegué al Instituto Goya el mismo año que él se fue destinado a Borja, adonde también habían destinado a mi marido. Y la araña del destino nos fue envolviendo, fuimos haciendo amigos comunes, que llegan hasta hoy.

Simeón, Chimeneo en la Facultad y Chime para los amigos, nació y vivió su infancia en Burbáguena. Cuatro siglos antes había nacido allí Bartolomé de Palau, un importante autor de teatro de la escuela prelopista, y la familia del médico Juan de Luna: su mujer, partera y su hijo, Román Ramírez, un memorioso recitador de novelas de caballería. En el mismo siglo XVI, pasó su infancia el nieto de Juan de Luna, Ramón Ramírez junior, otro morisco sanador como su abuelo y recitador memorioso como su padre. Precisamente esta familia de cristianos de moro nos convoca hoy para que oigamos las confesiones del proceso inquisitorial de Ramón Ramírez. Y estas raíces, tan largas y tan hondas, han condicionado la vida y las aficiones de nuestro Chime, habitante del barrio del Moral, como la familia de Juan de Luna.

Simeón es catedrático de Lengua y literatura, escritor de poemas y novelas, autor, adaptador y director teatral,

Ha ejercido de profesor en el Instituto Goya de Zaragoza (1972-1977), en el Juan de Lanuza de Borja (1977-1983) y el Avempace de Zaragoza (1985-2011), donde fue uno de los impulsores de la REM; creador y mantenedor del grupo de teatro del instituto y un profesor de referencia.

Con la escritura nos ha dado tempranas y constantes alegrías. A su primera novela, Pintan bastos (1980, Ámbito Literario), le siguieron Aire de un momento (Bóveda de Borja, 1981) y los escritos nacidos al calor del buen yantar en el Instituto Avempace: Silva de varia cocción. (Cuadernos 1 y 2. 1996-1997), Cocer y contar. (Cuadernos del 3 al 8. 2005). Y, finalmente, Comer y contar (Cuadernos del 9 al 23, 2006-2021). En ello sigue cada viernes durante el curso, hasta hoy.

Pero su gran vocación es el teatro, como habréis notado en las páginas de Tiempo de Prodigios. Ha sido, y es, director, autor, adaptador y actor en varios grupos teatrales.

En 1978 fundó el grupo de teatro del Instituto de Borja que representó sus obras en los pueblos de la comarca, dentro de las actividades culturales.

Los alumnos de Borja, dirigidos por Simeón, fueron los primeros que representaron en España Proceso por la sombra de un burro de Friedrich Durrenmatt. A esta le siguieron otras. Con Yerma de Federico García Lorca obtuvieron el Primer Premio de Teatro Rural en Alfajarín. También representaron Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca, de José Martín Recuerda, escrita en 1970, inicialmente, prohibida por la censura.

En su etapa del Avempace (1985-2011), y como profesor jubilado (2011-2023) ha dirigido tres tipos de grupos teatrales: Sólo con alumnos. Con profesores y padres. Y, finalmente, solo con profesores, en lo que siguen hasta hoy, dentro de la Red de la Experiencia.

Han representado en Institutos y Centros Cívicos de todo Aragón. Muchas obras adaptadas por el propio Simeón y El derecho de la mujer al voto, de la que es autor. Una pieza única en su género que se representa cada año en varios centros y que ya es un clásico para la celebración del 8 de marzo.

Pero, por encima de los actos académicos, Chime es nuestro bardo de cabecera. Es el poeta que inmortaliza las hazañas de un grupo de amigos nacido al calor del instituto de Borja. Nosotros, sus amigos, hemos recogido esos poemas espontáneos, de gran frescura y calidad, en dos publicaciones; Cutorrimas, escritas en medio de las faenas de la matanza de unos cerdos en Maleján. Zaragoza. Y Pateando en las alturas, escrito en Espierba, Huesca, entre hígados y muslos de patos, salpimentados con abundantes partidas de guiñote.

Carmen Romeo Pemán

El tiempo es oro

Salió de la consulta con una sonrisa. Se acabó el peregrinar por los hospitales, las segundas opiniones, la incertidumbre sobre los posibles tratamientos.

El primer paso fue cortarse el pelo al cero. Horas robadas a la visita mensual a la peluquería para regalárselas a la literatura.

Lo siguiente estuvo fácil: comprarse un portátil ligero, de poco peso. Sus padres se lo regalaron encantados.

A continuación, vino la visita a la consulta, esa visita en la que ella sabía que se decidiría su futuro. Sus padres, como siempre, la acompañaron. Las palabras del doctor estuvieron llenas de cariño y de una sinceridad algo descarnada que ella agradeció. La única opción era el trasplante de riñón y, mientras tanto, diálisis tres días en semana. Tres o cuatro horas por sesión. Era mucho tiempo, claro, dijo el médico, pero…

—¿Tienes alguna pregunta, Eva?

—Sí, doctor…

Ella vaciló. Se lo jugaba todo.

—¿Hay internet? ¿Podré… podré llevarme el portátil?

Sus padres se miraron, miraron al doctor, los tres fijaron la vista en ella. Unos segundos interminables.

—Sí, claro, no habrá problema, criatura.

—Entonces todo irá bien.

Por fin tendría el tiempo necesario para escribir su libro.

Adela Castañón

Imagen: Bruno /Germany en Pixabay

La manga larga

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre siempre llevaba manga larga. No sé cuando me fijé en eso por primera vez, pero sí que recuerdo su respuesta cuando la interrogué:

—Manías mías, Libertad.

Quizá el tema hubiera quedado ahí de no ser porque, antes de contestarme, hizo una pausa y me miró de una forma extraña. Sus ojos estaban fijos en los míos, pero era como si me atravesaran, como si yo me hubiera vuelto invisible y mamá estuviera viendo algo, otra cosa, no sé qué. Fueron apenas unos segundos, pero el momento duró lo suficiente como para intrigarme. Lo hablé con mi hermano Justo y también él fracasó al tratar de averiguar el motivo. Como a los dos nos podía la curiosidad, le preguntamos a papá un día y su respuesta fue decirnos que le preguntáramos a ella.

—Ya lo hemos hecho, papá —explicó Justo—. Y dice que es solo una manía suya.

—Pues si vuestra madre dice eso, eso será.

Miré a Justo, y él a mí. Papá también había tardado unos segundos de más en contestarnos, pero, lo mismo que mamá, se limitó a repetir su respuesta. Nos dedicamos entonces a analizar álbumes de fotos y en todos aparecía mamá con ropa de manga larga. Había instantáneas de los abuelos paternos, de papá cuando niño, de tíos y primos, pero mamá solo aparecía cuando ya era novia de papá. Antes de eso era como si no existiera. Aquello espoleó nuestra curiosidad todavía más, y volvimos a la carga con las preguntas.

—Papá —le dije un día—, ¿por qué no hay fotos de mamá cuando era chica?

—Es que parece que fue una niña invisible —añadió Justo—. ¿Qué pasa? ¿Es que no tuvo vida hasta que te conoció?

—¡Qué dices! —Papá le revolvió el pelo y sonrió con la mirada perdida—. Claro que tuvo vida, hijo, todos la tenemos. Es verdad que llegó al pueblo dos años antes de que nos casáramos y no era muy habladora. Pero no hacía falta que dijera nada, era muy delgada, muy guapa, siempre tan callada… Y trabajadora como la que más. El hombre más rico del pueblo, un militar guapetón, que hacía suspirar a todas las mozas, le tiró los tejos casi desde el principio y nadie, ni siquiera yo mismo, sé por qué al final se casó conmigo, un agricultor del montón.

—¿Y tú no le preguntaste nunca por qué te eligió? ¿O por qué nunca se pone manga corta? —Yo no me imaginaba a mi madre de joven. A mi padre sí, pero a ella me costaba trabajo representármela.

—Claro, Libertad. No creas, lo hice cuando ya estaba embarazada de ti y a punto de dar a luz. Hasta entonces no me atreví, me parecía un milagro. ¿Y sabes qué me contestó? —Papá se echó a reír—. Que me quería, que éramos felices, y que eso era todo lo que hacía falta saber. Y lo de las mangas… —Papá vaciló un poco y la risa se le convirtió en una media sonrisa—: Ya lo ha dicho ella. Manías suyas.

El tema de las mangas largas de mamá terminó por perder interés para Justo y para mí. La vida siguió, yo terminé la escuela primaria. Papá montó un vivero de aguacates que iba muy bien, y quiso matricularme en el elitista colegio de las monjas. A mí me entusiasmaba la idea, allí las alumnas llevaban unos uniformes preciosos, con faldas de cuadros rojos y grises y unos jerséis azules monísimos, pero mamá dijo que no y fue inflexible pese a mis ruegos y lloros. Traté de convencerla hablándole de las actividades extraescolares, y me dijo que yo podía hacer lo mismo sin tener que ir a ese colegio. Cumplió su palabra, no me faltaron clases de baile, de equitación y de música; tuve todo lo que quise.

También Justo se apuntó a lo que le apeteció. Mis padres nos negaron muy pocos caprichos. El mío del colegio fue uno de ellos. Y, cuando Justo dijo que quería hacer la primera comunión vestido de almirante, tropezó también con una negativa rotunda de mamá. No sé cómo logró convencerlo, imagino que lo sobornaría con algún regalo, pero al final mi hermano consintió en hacerla con un traje de chaqueta.

Cuando yo estaba a punto de empezar la universidad, mamá enfermó. Pasé el verano cuidando de ella, me obligué a maquillarme con una sonrisa cada vez que entraba en su cuarto porque sabía que, pese a los terribles dolores que tenía, siempre me recibía sin una sola queja.  Al acercarse el final, me pidió que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo:

—Ya sabes, Libertad. Manías mías.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud.

Al día siguiente vi a papá quemando algo en la chimenea. Me acerqué a él, pero no notó mi presencia. Miré por encima de su hombro y vi retorcerse varias fotos en blanco y negro. En algunas se veían al fondo unos hornos gigantescos y, en primer plano, militares rubios de pelo cortado al cepillo y uniformes impecables. Y en otra alcancé a ver un amasijo de sombras borrosas por mis lágrimas. Me sequé los ojos con el dorso de la mano y, desde las llamas, vi convertirse en cenizas a un rebaño de esqueletos, vestidos todos con harapos de un sucio color gris. Me acaricié los antebrazos desnudos, mi piel sin ninguna historia escrita, di la vuelta y salí sin hacer ruido dejando a solas a mi padre para que terminara de despedirse de su amor.

Adela Castañón

Imagen: un-perfekt en Pixabay