Canciones de la noche de San Juan

Eva sabía que se había pasado con la sangría. Se preguntó por enésima vez qué hacía allí. En el fondo pensaba que sus compañeros de oficina ya eran mayorcitos para organizar una noche en la playa alrededor de la hoguera de San Juan, como si fueran todavía adolescentes con las hormonas revueltas por la gilipollez de la supuesta magia de esa fecha. Pero hubiera sido la única en no asistir, y no tenía ganas de destacar. A algún lumbreras se le había ocurrido la idea de darle esta fiesta de bienvenida al nuevo director de la empresa que, para colmo, a última hora había puesto la excusa del retraso de su vuelo. Todos decidieron ver amanecer en la playa y ninguno se había rajado, así que le iba a tocar aguantar el tirón y exponerse a pillar una pulmonía o un lumbago por pasar la noche sobre la arena en un saco de dormir. Y todo para hacerle la pelota colectiva a un jefazo del que ni siquiera conocía el nombre, pero al que la plantilla quería agradar. Según se rumoreaba, era un nuevo fichaje que convertía en oro todo lo que tocaba. Y nadie comprendía cómo había elegido precisamente esa oficina, cuando se lo rifaban en sucursales muchísimo más brillantes.

Eva pensó que, por lo menos, la mezcla de la sangría con el rumor de las olas le estaba haciendo más efecto que el orfidal que se tomaba todas las noches y que se le había olvidado en el cajón de su mesilla. Los párpados le pesaban y la música de una radio se sobrepuso a la música del mar. Sonaba a un volumen muy bajo, pero a Eva le pareció que las notas entraban en su cuerpo a través de la piel en lugar de hacerlo por el oído.

Reconoció la voz de Roberta Flack desgranando “Killing me softly with this song” y sonrió. El recuerdo de Rafa se coló en su sueño al ritmo de la melodía. Eva había empezado a salir con Rafa cuando tenía quince años, solo para demostrarle a Manu que era mentira lo que sus amigos del grupo de la parroquia consideraban un secreto a voces: que a Eva le gustaba Manu. Mucho. Y Rafa, que pensaba que se iba a encontrar con una calabaza mayor que la carroza de Cenicienta cuando le pidió que saliera con él, bendijo su suerte al encontrarse con un “sí”. Eva escuchó esa canción por primera vez en el club que el hermano mayor de Rafa había montado en un viejo garaje para reunirse con su pandilla. Cuando Rafa cumplió dieciséis, su hermano le abrió las puertas de ese mundillo de sofás con tapizados dispares, tocadiscos siempre en marcha, y un ambiente donde las mortecinas luces de colores se atenuaban todavía más por el humo de los cigarrillos clandestinos. La primera y única vez que Rafa se atrevió a llevar a Eva al club de su hermano, a la chica se le rompieron los esquemas. Envalentonado por el ambiente, y sin las restricciones que el párroco ponía en los bailes de su juventud, Rafa se aventuró a algún beso pecaminoso en el terreno prohibido del cuello, y empujó los codos de Eva hacia arriba para que los brazos de su novia le rodearan el cuello y dejaran de ser una barrera entre los cuerpos. Pero lo malo fue que Eva comprendió que esos cambios, que sabía que el cura jamás habría aprobado, le hubieran parecido el paraíso si su pareja de baile hubiera sido Manu. El romance con Rafa, que no duró ni un trimestre, murió sin pena ni gloria al día siguiente cuando Eva se armó de valor y le dijo que solo había salido con él porque pensó que se pondría muy triste si le hubiera dicho que no.

El graznido de una gaviota sacó a Eva de su sueño. Tenía la mejilla apoyada sobre la mano, y se sorprendió al notar que estaba sonriendo. ¡Qué cría era, Señor! Una niña bien, de colegio de monjas, tan boba y tan apocada que se asustó de la intensidad del primer amor que sintió por Manu. Y el miedo le hizo esconder la cabeza en otro amorío con el que su corazón no corriera riesgos. El recuerdo de Manu la había enternecido tanto que no le importó haberse despertado.

Prestó atención a los sonidos que la rodeaban. La misma radio seguía emitiendo y, para sorpresa de Eva, reconoció las voces de Alan Parsons Project entonando “Don’t answer me”. Ahora fue Edu el que se coló dentro de Eva de la mano de la melodía. Los ojos se le cerraron de nuevo. Edu. Su novio durante ocho años. Un novio formal de los de entonces, con el que empezó a hablar de planes de boda. Un novio confortable. Un novio comprensivo, que la dejó viajar a la ciudad donde vivió en su adolescencia para visitar a su mejor amiga, recién separada. Al verse allí, en aquellas calles, decidió pasar a saludar a algunos viejos amigos. No a todos, claro. Y, casualmente, estaba a dos pasos del portal de la casa de Manu. Echó a andar y se dijo que lo más probable era que ya ni siquiera viviera con sus padres. Seguramente habría terminado sus estudios y estaría trabajando Dios sabía dónde. Levantó la mano sin decidirse a pulsar el timbre. Un hombre que pasaba la miró extrañado y Eva lo apretó para no parecer boba. Abrió una tía soltera que la reconoció, a pesar de que había pasado más de una década, y la llenó de aquellos besos que todos temían porque les pinchaban con los cuatro pelos tiesos que tenía en el bigote, pero a Eva ya no le importó. Ni siquiera lo notó cuando oyó que llamaba al sobrino, y lo vio aparecer aún más guapo de lo que recordaba. Eva alegó que había ido a visitar a María ese fin de semana, y que al estar por la zona se le había ocurrido pasar para saludar “un momentito”. El momentito se convirtió en una invitación a tomar café, un paseo por el parque y una cena que terminó casi de madrugada porque Eva no tenía llave de la casa de María y no pudieron prolongarla más. Charlaron con la familiaridad que jamás habían conseguido cuando eran adolescentes. Se confesaron entre risas que los dos se habían gustado en el pasado, y la despedida en el portal de María se prolongó casi una hora. Ninguno quería ser el primero en decir adiós. Y Eva, de pronto, se dio cuenta de que llevaba horas con una amnesia selectiva. Había olvidado que tenía novio, que existía una persona llamada Edu a la que se suponía que debía respetar porque lo quería. Y el beso en los labios que los dos se morían por darse se convirtió, por culpa de la memoria recuperada, en un par de besos en la mejilla.

Cuando Eva regresó a su ciudad, Edu la notó distinta. Tan distinta, que entonces la prisa por hablar de boda le entró a él. Pero el daño ya estaba hecho. La ruptura le dolió a ella tanto como a él, que la sorprendió con un último regalo: el disco de Alan Parson Projects. Pero, como decía la letra de la canción, ni ella ni él podían cambiar ya nada de lo que habían dicho y hecho.

La gaviota insomne volvió a tirar de la conciencia de Eva, que abrió los ojos otra vez. La mano seguía bajo su mejilla y la notó húmeda. Quiso culpar al rocío de la madrugada, pero el picor de sus ojos lo desmentía. Pensó que ojalá se hubiera casado con Edu. Seguramente hubiera sido mil veces mejor que el infierno del matrimonio con Gerardo. El vello de los brazos se le erizó, y se arrebujó más en su saco de dormir. Recordó el falso paternalismo de su exmarido, su tiranía disfrazada de cariño, y se estremeció al comprender lo cerca que había estado de quedar anulada bajo el yugo de Gerardo. Menos mal que no habían tenido hijos. A pesar de los preservativos pinchados que ella descubrió, a pesar de la insistencia de Gerardo en hacer el amor durante sus días fértiles, a pesar de su pasividad de muñeca hinchable cuando dejaba su cuerpo en la cama de matrimonio para huir con su mente a los días de su adolescencia, de las reuniones de amigos alrededor de Manu y de su guitarra…

Un silencio súbito la sacó de sus ensoñaciones. La radio había perdido la señal, y ahora solo se escuchaba el crepitar de la estática. Eva pensó que ella, como la radio, también había perdido la señal en su vida. Se clavó las uñas en las palmas de las manos para abrir un agujero por donde la tristeza pudiera escapar de su interior. Pero el aparato se empeñó en llevarle la contraria y escuchó la voz de Alberto Cortez diciendo “cuando un amigo se va…” El rumor del mar había arreciado y la asaltó una oleada de autocompasión. Lloró durante un rato hasta que, por fin, se quedó dormida con la imagen de Manu como única compañía.

Faltaba poco para la salida del sol. La gaviota noctámbula debía haberse rendido al sueño y la despertaron unas hormigas madrugadoras que se paseaban con descaro por su cuello. Sus compañeros sacudían los sacos de dormir y los más previsores plegaban las telas de un par de tiendas de campaña que se habían llevado. Uno de ellos vio que Eva se incorporaba y la saludó con una sonrisa que jamás llevaba puesta entre las cuatro paredes de la oficina. Le dio los buenos días y encendió la radio, que alguien debió apagar durante la noche.

Estaba terminando una canción. Eva rezó porque sonara algo pachanguero, pero sus plegarias no llegaron a despegarse de la arena. El “Amor eterno” de Rocío Durcal acabó de darle la puntilla. Antes de que la melancolía volviera a escocerle en la piel, el ruido de una moto acalló a la radio perversa. Justo en el límite donde empezaba la arena, el motorista, sin quitarse el casco, se bajó y avanzó hacia donde estaba el grupo. Se colocó en el centro y quedó de espaldas a ella. Empezó a hablar mientras tiraba del guante de una mano con la otra, aún con el casco puesto.

–Buenos días a todos. Más vale tarde que nunca, dice el refrán, así que hice que me llevaran la moto al aeropuerto. No quería empezar a trabajar con mi nuevo equipo con mal pie, y el amanecer es un momento perfecto para que nos vayamos presentando. Antes de aceptar la oferta revisé las fichas de toda la plantilla. –Hizo una pausa y tomó aire antes de seguir–. Soy un desconocido para casi todos vosotros. Pero eso va a cambiar.

El recién llegado se quitó el casco y se dio media vuelta. Eva tenía el saco de dormir a medio enrollar y sintió como si toda la sangre de su rostro se escurriera de golpe. Los ojos no le habían cambiado con los años.

–Hola, Eva. –Sin el casco, la voz no sonaba ya distorsionada. Seguía siendo exactamente la voz de Manu, tal y como la recordaba.

Comprendió que se había equivocado. Sí que existía la magia en la noche de San Juan.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

2 comentarios en “Canciones de la noche de San Juan

  1. Mónica Solano dijo:

    Ay, amiga. ¡Cómo disfruto tus historias! Al final ya estaba sufriendo por la pobre Eva, pero que sorpresa me he llevado. Me dejaste con ese gustillo dulce en los labios y con los corazones flotando sobre mi cabeza. Eres maravillosa. Gracias por sacarme de la rutina y regalarme estos momentos de ocio en los que me pierdo entre tus historias. Besitos 🙂

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