Cadenas de amor

Te veo venir con esos andares de oca que fueron lo primero que me llamó la atención de ti el día que nos conocimos. Aquel día, hace ya de eso seis años, tu hijo Enrique te seguía como un patito y sentí un poco de envidia al verlo caminar suelto, sin que tuvieras que llevarlo cogido de la mano como tenía que hacer yo con mi Jaime. ¡Seis años ya!, ¿te acuerdas, Puri? La psicóloga aquella del colegio nos había reunido a varios padres y allí estábamos todos, perdidos como frikis en la Edad Media y con nuestros niños a cuestas, claro. En aquella época era disparatado pensar en ir a ningún sitio si no era con ellos, porque, ¿a quién se los íbamos a dejar? La Cruz Roja nos había dejado un local para reunirnos, y había dos señoras voluntarias con pinta de abuelitas que se encargaron de cuidar a los pequeños en la sala de al lado, mientras todos nosotros, pobres padres náufragos, hablábamos.

Pero eso fue hace seis años y mil vidas. Hoy he quedado contigo para tomar un café como dos madres “normales”. Volvemos a tener vida propia, Puri. Eso que nunca creímos que podríamos recuperar. Veo que te acercas sonriendo, como siempre, y me levanto para darte un beso porque hace siglos que no nos vemos. Eso no importa, porque cuando nos encontramos siempre parece que nos acabamos de despedir. Es lo que tiene compartir esa experiencia de ser mamás de unos hijos especiales. Me miras y tus ojos me preguntan el motivo de mi llamada, de esta cita para tomar ese café que siempre aplazamos. 

Disfruto un poco con el suspense. Espero a que el camarero venga a tomar nota y, hasta que no pone los cafés sobre la mesa, no entro en materia. Uno con leche y sin azúcar para mí. Para ti, uno con doble azucarillo y tu sempiterna palmera de chocolate.

—Sigo siendo una gordita feliz —me dices al verme levantar las cejas.

Yo me río. Las dos nos acordamos de que cuando nos conocimos yo tenía encima quince kilos más que ahora. Te reíste como una loca cuando te dije que no sabía qué hacer para ayudar a mi hijo, y que tenía el problema añadido de que mi frigorífico no tenía candado y mis visitas a su interior, buscando ahí un consuelo inexistente, superaban a las de los videos de Madona en el Youtube. “El chocolate puede ser terapéutico”, me dijiste entonces. Y por lo que veo, te sigues recetando la misma medicina.

Al final te lo cuento sin que me preguntes nada. Sabes de sobra que si te he hecho venir es por una buena razón y que mi noticia caerá por su peso. Cuando te digo que me ha llamado por teléfono la madre de un niño con autismo, tus ojos empiezan a brillar el doble de lo normal, y eso que no te está dando el sol en ellos. Intuyo que adivinas mi historia, pero ninguna de las dos nos queremos privar del placer de compartirla.

Te confieso que he citado a esa madre en este mismo sitio dentro de media hora, y tu sonrisa me confirma que no te importa lo más mínimo. Yo lo sé. Te digo que necesito que estés conmigo para dar credibilidad a lo que voy a contarle. Si somos dos, será menos difícil que nos crea.

—Mira, Puri —te digo—, tenemos que contarle a esa mamá que tú me llamaste por teléfono para invitarme a ir a tu casa hace seis años, después de aquella primera reunión, ¿te acuerdas? Y contarle también lo que te contesté, que sepa que te dije que no, que, si querías, vinieras tú a la mía. —Te miro y sonrío—. ¡Menuda carcajada soltaste, guapa! Todavía no se me ha olvidado. ¡Anda que…!

—Te tendí una trampa —me interrumpes y no me importa—. Sabía que, tal y como estaba entonces tu Jaime, no te atreverías a salir de tu casa para ir a otro sitio de visita. ¡Eso era impensable!

—Por eso te he llamado, Puri. Me ha costado la misma vida convencer a esta mamá para que venga hoy, y sé que no se va a quedar mucho tiempo. Así que necesitaba refuerzos.

Guardo silencio mientras te veo disfrutar con tu palmera. Una mota de chocolate se queda en la comisura de tu boca y pienso que tu sonrisa es lo más dulce del mundo. Parpadeo de prisa cuando recuerdo que aquella primera vez viniste tú a mi casa, con tu marido y con Enrique. Y al ver que no ponías cara de acelga cuando Jaime empezó con una de sus rabietas y a darse golpes en la cabeza, comprendí que todo iba a salir bien. Mientras yo sujetaba a mi niño, tal y como nos había dicho la psicóloga que había que hacer para extinguir esa conducta autolesiva, tú seguiste hablando como si nada. Y tu marido, igual. A veces pienso que aquella rabieta duró tan poco rato porque hasta el mismo Jaime debió extrañarse de que su comportamiento no atrajera tu atención ni lo más mínimo. ¡Pobrecito! Qué poco sabía yo entonces que esas autoagresiones eran una desesperada llamada de ayuda. La intención de sus golpes era la mejor del mundo: reclamar atención. Pero lo hacía de un modo totalmente equivocado, porque no tenía otras herramientas para comunicarse con nosotros. ¡Cuánto hemos aprendido desde entonces!

Estoy tan perdida en mis reflexiones que no me percato de que me estás mirando. Te ríes con ganas.

—¿Te acuerdas de la cara que pusiste cuando te dije aquello, Alicia?

—¿El qué?

—Lo de que tu Jaime me recordaba una barbaridad a mi Enrique cuando tenía su edad. —Me guiñas un ojo—. Pensaste que te estaba regalando una mentira piadosa, ¿eh, amiga?

—¡Cómo no iba a pensarlo, mujer! Que Enrique tenía entonces doce años, hablaba y se portaba como un hombrecito, ¡y mi Jaime, con seis, no decía ni mú y no podíamos casi ni pisar la calle con él, con aquellas rabietas y aquellos pollos que montaba! —Suspiro, pero es un suspiro feliz porque ahora es un muchachito distinto—. Parece mentira que pudiera formar aquellos espectáculos, con lo chico que era entonces.

—Aquello era la guerra, Alicia.

—Y tanto. ¡Si hasta me peleé un día con un vigilante del Hipercor!

—¡Anda ya! Eso no me lo habías contado nunca.

—Bah, fue una de tantas. El pobre hombre se me acercó cuando estaba yo por el pasillo de los congelados. Jaime había pillado una rabieta y como era enero o febrero, no me acuerdo bien, por esa zona no había casi clientes. Me metí allí para ver si se le pasaba, pero una mujer le dijo al vigilante que había una loca en la zona de los congelados que debía haber raptado a un niño, porque lo llevaba sentado en el carrito de la compra sin hacerle ni puñetero caso…

Las dos rompemos a reír tan fuerte que el camarero nos mira y levanta las cejas. Es normal que yo no te creyera entonces, Puri. Ahora lo sé. Jaime ha cumplido hace poco doce años. Tiene ahora la edad que tenía tu hijo cuando lo conocí, y es un perfecto calco de Enrique en aquella época. Seis años me ha costado convencerme de que no me mentías, de que tu Enrique, a la edad de mi Jaime, también pillaba rabietas y se daba golpe tras golpe, quizá luchando como un jabato contra ese autismo que nos vino a todos sin esperarlo, en lugar de aprender a vivir con él para encontrar su lugar en el mundo.

Puri, tesoro, cuando venga esta madre nueva tienes que ayudarme a contarle todo esto. Seguramente no nos va a creer del todo, pero yo tampoco te creí a ti, y sin embargo conseguiste convencerme de que había luz al final del túnel.

Su niño tiene ahora seis años. El otro día fui a su casa a tomar café con ella, porque la invité a la mía, como hiciste tú, y la respuesta fue la misma: “prefiero que vengas tú a mi casa, si no te importa”. Hay que ver como se repite la historia, amiga.

—¿Cuento contigo? —te pregunto.

Mueves la cabeza en una afirmación que no necesito escuchar. Y levantas la mano y le pides al camarero otra palmera de chocolate.

Adela Castañón

Imagen: Analogicus en Pixabay 

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