¿Qué decimos cuando hablamos de la banalidad del mal?

En abril de 2015, Oskar Gröning se enfrentó a su pasado como contable de Auschwitz, el campo de concentración donde fueron asesinadas más de un millón de personas. Setenta años después del final de la guerra mundial, la justicia alemana no ha olvidado ni perdonado a los monstruos que hicieron posible aquellos crímenes. En julio de 2015, Gröning fue sentenciado a cuatro años de prisión por complicidad en el asesinato de 300.000 judíos.

Tal como él admitió, especialmente cuando se topó con los negacionistas del Holoausto nazi durante su estancia en Inglaterra, había sido testigo de todos aquellos crímenes. Sin embargo, siempre pensó que era inocente. Otras personas, al conocer su historia, podrían decir lo mismo. Al fin y al cabo, sus labores consistían en contabilizar el dinero y custodiar las pertenencias de los ajusticiados, ver cuántos prisioneros entraban en el campo y cuánto costaba mantenerlos.

Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí.

Estuvo allí. Lo vio todo. No hizo nada por impedirlo.

Los actos malvados

Cuando leí Dioses menores, uno de mis libros favoritos de Terry Pratchett, me encontré con un pasaje que me dejó pensativa. Un dios encerrado en el cuerpo de una tortuga pulula por un edificio gubernamental y religioso donde se practican torturas, como en la infame Inquisición española. Al describir las catacumbas, habla de tazas con dedicatorias al mejor padre del mundo o postales de imágenes exóticas enganchadas en las paredes:

Y todo aquello significaba esto: que no hay prácticamente ningún exceso de la mente psicopática más enloquecida que no pueda ser reproducido, sin necesidad de esforzarse demasiado, por un cabeza de familia normal y decente que va a trabajar cada día y tiene un trabajo que hacer.

Puede parecer una exageración. Lo admito. Sin embargo, lo podemos comprobar si pensamos en todas aquellas personas que, sin ningún problema psicológico, son capaces de hacer el mal porque tienen la oportunidad (como podéis ver en el célebre y triste experimento de la cárcel de Stanford). La mente humana y, en especial, el sistema de valores que tomamos como referencia para realizar nuestros actos no son fáciles de analizar.

La banalidad del mal

Tengo la sensación de que Hannah Arendt y su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal inspiraron a Pratchett cuando escribió esa cita. Esta filósofa y política alemana, de origen judío, acudió, como representante del The New Yorker, al juicio en el que se acusaba a Adolf Eichmann de genocidio contra el pueblo judío. Eichmann, igual que Gröning, nunca cogió una pistola ni accionó una cámara de gas. Él era el responsable de que los números que le imponían salieran adelante en la gestión logística de la Solución final.

Tal como recogió Arendt, Eichmann ni siquiera era un ferviente antisemita. La autora sugiere que este hombre era un trabajador alemán que acataba órdenes sin cuestionarse si eran moralmente correctas. Siguiendo esta idea, Arendt habló de la banalidad del mal para explicar cómo personas normales, sin ningún trauma ni problema psicológico, podían sumergirse en un sistema corrupto sin reflexionar sobre sus actos. Funcionarios que cumplían con su obligación, aunque esta los convirtiera en una pieza del engranaje de una compleja máquina creada para exterminar a millones de judíos, gays o gitanos.

Otros funcionarios del mal

Supongo que la Solución final es el primer ejemplo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en gobiernos que han utilizado su poder para hacer el mal. Por supuesto, no es exclusivo del nazismo. Y ni Eichmann ni Gröning fueron los únicos en caer en las garras de la banalidad del mal.

Si repasamos la historia podemos encontrar a miles de personas que, por el simple hecho de vivir en un sistema que no respetaba los derechos humanos, obedecieron órdenes a ciegas sin preguntarse por su moralidad.

Incluso ahora, algunas personas siguen sin cuestionársela. Pienso, por ejemplo, en aquellos científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan e investigaron para conseguir la primera bomba nuclear antes de que lo hiciera el gobierno nazi. Es posible que creyeran que era un buen fin detener la barbarie de Hitler y adelantarse a sus científicos. Sin embargo, ¿eran conscientes de lo que estaban creando? ¿Se preguntaron en alguna ocasión si era correcto crear un arma de destrucción masiva que mataría a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki? Robert Oppenheimer se redimió al oponerse a su uso una vez terminada la Segunda Guerra Mundial pero, ¿por qué durante la guerra sí y después no? ¿Las vidas valen menos durante la guerra? ¿O es que hay unos a los que sí se les puede matar y a otros no?

Otro de los científicos del Proyecto Manhattan, Richard Freynmann, habla en su biografía sobre el sentimiento de culpa que le asaltó cuando estalló la primera bomba. Eso me hace pensar que, hasta ese momento, no meditó en absoluto sobre lo que estaba ayudando a construir.

Podemos buscar casos recientes o, mejor aún, en nuestro país. En los años 80, durante los primeros años de Felipe González al mando del Gobierno, grupos parapoliciales practicaron el terrorismo de estado bajo las siglas del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación). Su finalidad era acabar con el terrorismo etarra y su entorno, una meta que, a priori, parecía loable. Sin embargo, sus métodos no solo eran infames sino, también, punibles. Pero ellos trabajaban dentro de un sistema que los amparaba, aunque fuera en secreto, ya que durante el juicio que encausó a sus integrantes se demostró que el GAL estaba financiado por funcionarios del Ministerio del Interior. Posiblemente, aquellas personas creyeron que estaban haciendo el bien.

Mi obsesión por las personas normales que hacen cosas malas

Gracias a la literatura he conocido muchas figuras que disfrutaban de hacer el mal por el mal.

Quizá es una visión muy inocente de la vida pero me cuesta creer que ese tipo de perfiles exista en gran cantidad. Sé que los hay, por supuesto, pero no pienso que, quien hace el mal, en cualquiera de sus formas, sea una mala persona al 100%. Tiendo a creer que el mal, sobre todo a pequeña escala, se hace porque se permite y porque el esfuerzo que requerido para evitarlo es excesivo o puede acarrear consecuencias negativas al individuo que se oponga. Como ese funcionario al que su jefe le pide que firme un documento que otorgará ventajas a un tercero, aunque no le correspondan. O cuando a una cuadrilla de una obra pública la mandan a la casa de un amiguete para arreglarle el baño. O ese momento en el que vemos a alguien cuyo perro caga en la calle y no le decimos nada cuando no recoge los excrementos.

El sistema moral que asimilamos cuando crecemos en sociedad es lo que hace que consideremos determinadas acciones o situaciones como buenas o malas. Por eso no es extraño que lo que para una mujer de Barcelona es una aberración, para otra de Zimbaue no lo sea. Y al revés. Lo que deberíamos respetar todos, vengamos de donde vengamos, es la carta de Derechos Humanos que nos dicta las premisas básicas como la libertad y la igualdad en dignidad y derechos.

Hay gente, sin embargo, que es incapaz de ver al resto de personas como sujetos a los que tener en cuenta. Algunas personas tienen un verdadero problema de psicopatía que les impide empatizar con el resto. Otras, en cambio, son esos funcionarios del mal de los que hablaba antes. Los últimos, y son los que más me duelen, tienen una escala de valores en la que los seres humanos están al final. El dinero, el poder y la ambición personal pasan por encima de los derechos de los demás.

Un solo individuo puede hacer el mal. Un solo individuo puede hacer el bien

Sí, comprender lo que hace que una persona sea malvada es uno de mis estímulos. Forma parte de una motivación mayor: la de entender qué nos hace humanos y ver de qué manera podemos cambiar el mundo como individuos, tanto en grupo como siendo solo un pequeño engranaje de un sistema mundial.

Quizá por eso escribo. Para entenderme, para entendernos, para demostrar a los demás que la vida puede ser mejor y que está en nuestras manos conseguir ese cambio. Gröning y Eichmann nunca mataron a nadie directamente pero su labor facilitó una de las mayores tragedias de la humanidad. Eran seres diminutos y, aún así, su trabajo fue capital durante el holocausto.

¿Cuál es la excusa que nos ponemos para mantenernos en la inactividad? Que por uno no pasa nada, que un voto más o un voto menos no importa, que qué más da si ese está defraudando si no es nuestra tarea denunciarlo. Y así, ante la inactividad, otros, los malos, se crecen.

No permitamos que nuestro silencio dé alas a los malvados.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de LoboStudio Hamburg en Unsplash

El uso de los americanismos

Soy de América Latina, pero debo confesar que no conozco todos los modismos propios de mi región. Cuando me pongo a escribir un relato o un artículo, si tengo dudas con alguna palabra, siempre me remito a la Real Academia Española (RAE). Pero hace poco descubrí el Diccionario de americanismos, un repertorio léxico que recoge todas las palabras propias del español de América. Y, sí, puede que esta maravillosa herramienta de consulta exista desde hace varios años, pero yo no la conocí hasta hace unas semanas. Un día, en clase de corrección de estilo, el profesor tuvo la grandiosa idea de compartirnos las mejores fuentes para resolver dudas con el español. Aunque esta historia no comienza con el profesor escribiendo las fuentes en una pizarra. En realidad, todo se desató con un artículo que leí en Internet y que se titulaba “Precipitud inconveniente”. En ese momento me pregunté si la palabra precipitud sería correcta. Inmediatamente consulté la RAE y encontré lo siguiente:

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¡La palabra no estaba registrada! Y había escrito el artículo un diplomático colombiano y, además, profesor universitario. Pero, ¿cómo puede cometer semejante error una persona con ese nivel de educación? Fue lo primero que me vino a la mente. Me sentí un poco indignada por el maltrato que le estaba dando a la lengua. Sin embargo, frené mi enojo, y le comenté a mi profesor lo sucedido. En ese momento ingresó en el Diccionario de americanismos, digitó la palabra “precipitud” y resultó que era una expresión correcta en Colombia y Panamá. Aún resuenan en mi cabeza sus palabras: “que no esté en la RAE, no significa que sea incorrecto”.

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Toda esta experiencia me hizo recordar que desde que inicié mi proceso de escritura me he venido cuestionando el uso de la lengua según el entorno o la cultura. Me parece sorprendente cómo puede cambiar el sentido de una palabra según el contexto y, sobre todo, el lugar en el que se utilice. Encontrar el Diccionario de americanismos ha sido de gran ayuda, porque desde ese momento, acudo a él antes de entrar en cólera y atreverme a afirmar que alguien atropella a la lengua. Y, como soy bastante curiosa, indagué un poco más y encontré lo siguiente:

 

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El Diccionario de americanismos es una obra descriptiva, no normativa, cuyo fin es ayudar al conocimiento del idioma y servir como herramienta de comprensión. En América se usa la mayor parte del español, por lo tanto, es importante conocer el significado de las palabras que se utilizan en este continente para poder comunicarnos mejor.

Según la RAE, los orígenes del Diccionario de Americanismos se remontan al siglo XIX, al tiempo que se constituían las primeras academias americanas de la lengua. Tiene entre sus características fundamentales las siguientes: es un diccionario descriptivo, que carece de propósito normativo y no da pautas para «el bien hablar o escribir»; un diccionario usual, que recoge los términos manejados con gran frecuencia de uso en la actualidad; un repertorio dialectal, pues se ocupa de los términos de todas las zonas americanas, desde los Estados Unidos hasta los de Chile y Argentina, en el extremo sur del continente; un repertorio diferencial, del que quedan fuera las palabras que, aunque nacidas en América, se usan habitualmente en el español general.

En mi búsqueda encontré que el primer diccionario de la RAE se publicó en el siglo XVII y que en primera instancia se consideró un diccionario del “español europeo”, al que de manera progresiva se le fueron añadiendo voces provenientes de América. Aunque el 80% del léxico se usaba en los dos continentes, se creía que el Diccionario de la lengua española (DRAE) no incluía los americanismos, por lo que a finales de dicho siglo surgió la necesidad de hacer un diccionario exclusivo del léxico americano. Hacia 1966, el filólogo paraguayo Marcos Augusto Morínigo, autor del Diccionario de las lenguas indígenas, escribió el Diccionario del español de América, del que existen varias ediciones posteriores. El lingüista y lexicógrafo alemán, Günter Haensch, siguió los pasos de Morínigo y en 1993 escribió el Nuevo diccionario de americanismos.

En todos los artículos y páginas que he consultado, he encontrado que en el DRAE solo se recogen las palabras comunes que se usan en todos los países donde se habla español. Durante muchas décadas se ha dejado de lado, en la selección oficial, la riqueza lingüística que tejen los pueblos latinoamericanos al inventar palabras para decir muchas cosas de manera más cercana.

Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, afirmó en un artículo del periódico El Espectador, en el año 2010 que, si algún lector encontraba, por ejemplo, la palabra “fregado” en una novela e intentaba ir al diccionario en busca de su significado, no lo encontraría. Y nadie le diría así que la palabra “fregado”, dependiendo de si se usaba en México, Colombia o Nicaragua, tenía acepciones distintas: “una persona que está en mala situación”, “algo que es difícil de solucionar” o alguien que simplemente “es inquieto”.

Todo lo que he expuesto me lleva a afirmar que el Diccionario de americanismos no recoge el léxico común a todos los hispanohablantes y, en cambio, recoge con bastante detalle la riqueza de vocablos que se usan de forma natural en los distintos países americanos de habla hispana.

El uso de la lengua que empleamos en nuestros relatos, desvela la visión que tenemos sobre algo, y es posible que esa visión nos llegue mediada por la de otras personas. Con nuestras aportaciones seguimos alimentando la construcción y la transformación del léxico de nuestros pueblos. Todo esto nos enseña que la forma de hablar de un territorio, así como sus creaciones artísticas, es determinante para comprender la historia de dicho lugar. El Diccionario de americanismos ocupa una parcela lexicográfica fundamental. Dadas sus dimensiones, ofrece una descripción fidedigna de la gran riqueza léxica del territorio americano, además de convertirse en testimonio del uso de determinadas palabras que pueden estar condenadas a su desaparición por culpa del proceso de internacionalización del español.

Mónica Solano

 

Imagen de Flockine

Cuando el mundo pierde el Norte

Estoy en el Cabo Norte, en pleno crucero. En la puerta de los camarotes han dejado una hoja con la noticia del atentado terrorista de Barcelona y la leo mientras voy con mi familia camino de la cubierta de desembarco.

Al desembarcar, contra todo pronóstico, luce un sol espléndido y la temperatura es de 18ºC. La guía local nos espera en el muelle y comenta que tenemos mucha suerte porque las condiciones meteorológicas son excepcionales. Pero un frío polar se ha instalado en mi interior y me impide disfrutar de esa bonanza del clima.

No tengo wifi. Llego a tierra, y allí los datos móviles me permiten saber que mi amiga Carla y los suyos están bien. Suspiro aliviada.

Cuando embarqué, pensé que a lo largo del crucero se me ocurriría algo para mi próximo artículo, pero lo cierto es que han sido tantos paisajes, tantas explicaciones, y tanto disfrute que olvidé meter en la maleta la inspiración cuando hice el equipaje. Ahora, por desgracia, la inspiración viene sola. Porque ni el sol que brilla hoy, ni la calefacción del barco, me hacen entrar en calor. Y, nada más regresar a bordo, me pongo a escribir. Lo hago un poco como terapia, esperando que eso me ayude a expulsar de mi interior parte de esos cristales helados.

Este artículo se publicará dentro de varios días. Para entonces, otras noticias habrán empezado a sobresalir, a vestir de olvido este atentado que ahora es primera plana. Este ataque injustificado, irracional, salvaje, que hoy es portada y hace que el capitán se dirija a todo el pasaje en inglés y en español para expresar sus condolencias y para rogar un minuto de silencio en el que todos compartimos la misma emoción. Eso me duele. Porque pienso que este mundo se hace cada vez más pequeño, y la accesibilidad que existe a cualquier información hace que estemos, por decirlo de algún modo, tan sobresaturados que acabamos por insensibilizarnos.

No tiene sentido decir aquí que la pregunta del millón sería “¿Por qué?” porque es una pregunta sin respuesta. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia, ni el fanatismo. De modo que poco más puedo decir sobre eso.

Lo que me apena y me asusta es otra pregunta para la que tampoco tengo respuesta: “¿Y ahora, qué?” Porque ahí las posibilidades son casi infinitas. Y las hay de todas clases y colores. Desde la respuesta solidaria de muchos ciudadanos barceloneses, que han abierto sus puertas a quienes no podían acceder a sus casas o a sus hoteles, hasta la actuación de las fuerzas de seguridad, que casi siempre quedan en la sombra, o a las voces de miles de personas que se alzan para gritar “No tengo miedo”, aunque recen en silencio por ese familiar que trabaja día a día en la zona de peligro.

Y, del otro lado, me duele pensar que se cumpla una vez más eso de que la violencia engendra violencia. Veo en internet peticiones de firmas para enviar a Ada Colau mensajes como el que le reprocha que se gaste 100.000 euros de dinero público en un “observatorio contra la islamofobia” con el fin de prevenir insultos, agresiones y ataques a los musulmanes. Y no he seguido mirando, porque seguro que hay artículos mucho más radicales, que dejan en mantillas al ejemplo que he puesto. Tengo pacientes musulmanes que son personas normales y corrientes, como yo. No me los imagino poniendo bombas o atropellando a granel a multitudes. Y tampoco me gustaría que cualquier pasajero del crucero, al saber que yo soy española, me identificara, por ejemplo, con cualquier terrorista de la antigua ETA y pensara que yo podría hacer explotar un coche junto a un hospital sin que se me moviera un pelo de su sitio.

Pero entonces, ¿a qué carta me quedo? Porque si intento ponerme en la piel de los familiares de cualquiera de los fallecidos… Aquí tengo que dejar los puntos suspensivos. No tengo derecho a escribir nada, porque no es una experiencia sobre la que se pueda escribir, salvo que sea en primera persona. No basta toda la empatía del mundo para poder pronunciarse sobre algo tan trágico, tan triste, tan terrible.

El mundo es grande, y todos deberíamos tener cabida en él. Pero cada golpe de violencia lo vuelve más pequeño, más ruin, menos «de todos”.

Y lo único que se me ocurre aquí y ahora, casi en el Polo, es pensar que el mundo ha perdido el norte. No me siento en condiciones de juzgar, ni de escribir grandes cosas. Solo puedo terminar expresando a los familiares de las víctimas mi más sincero apoyo en su dolor. A miles de kilómetros, nunca he sentido tan cerca a los barceloneses, aunque solo conozca a unos pocos.

Quiero que sepan que personas de muy distinta nacionalidad y condición han compartido hoy con ellos y por ellos un sincero y sentido minuto de silencio.

Descansen en paz, y ojalá llegue la paz al mundo.

Adela Castañón

Imagen: Google

PICARUELA Y PICARIZA

Nombres y costumbres de las Altas Cinco Villas

Escenarios de mis relatos

Hoy vengo a hablaros de los nombres, usos y costumbres que tuvieron su origen en la pez, un mejunje pringoso de color negruzco. Fue un producto imprescindible en toda España, desde la época ibero romana, que dejó abundantes huellas en la lengua y los nombres de lugar. En este artículo me centraré en la Comarca de las Altas Cinco Villas, al norte de Aragón. Y en particular en El Frago y Biel, dos pueblos de la provincia de Zaragoza en los que viví mi infancia y adolescencia.

De niña sentía gran curiosidad por la pez con la que marcaban a las ovejas después de esquilarlas. En mi casa, casa Melchor, se utilizaba un hierro en forma de M, untado en pez. Y otro con una M más pequeña para las talegas y los sacos del trigo. Me pasaba muchas horas pensando cómo los botos de cuero, que también llevaban pez, ardían tan bien en las hogueras. Y me costó entender por qué no servía una bota de vino cuando “se le había bajado la pez al culo” y qué querían decir los abundantes refranes en los que se mencionaba la pez.

Viviendo en El Frago, conocí a Lorenzo, un viejo carbonero que había sido un antiguo pezero en los hornos de pez en el monte de Picaruela. Me contaba que en Biel tenían el horno de pez en la Picariza, un barranco justo a la salida del pueblo. Pero, eso tenía sus inconvenientes. Que no tenían a mano los trozos de madera y necesitaban un carro con caballerías.

Nombres de los escenarios de mis relatos

Casi nunca se bautizan al azar los lugares ni las personas. Siempre hay una razón que justifica sus nombres, aunque no resulte evidente. Y de eso voy a hablaros. De los nombres de los escenarios de mis relatos de las Altas Cinco Villas, de lo que los profesores y los lingüistas llamamos toponimia.

Hoy solo os traigo uno, PICA o PEZ. Si os gusta, en el futuro habrá más.

PICARUELA y PICARIZA son dos variantes de la misma palabra. Se refieren a una zona de monte en la que había un pozo para hacer pez con madera de pino resinoso, especialmente con raíces y tocones. A nosotros, estos términos ya no nos dicen nada, es decir, se han vuelto topónimos ciegos. El significado original se perdió, a principios el siglo XX, con la artesanía de la pez. Esta industria, indispensable en las zonas rurales, desapareció con el desarrollo de las sustancias petroquímicas.

CARRETERA DE SADABA. LLANO. REGUELTICA A PICARIZA.

Llano que lleva a la Picariza. Foto de Julio Pablos, con el propio Julio Pablos.

¿Qué era la PEZ, PEGA o PICA?

Una sustancia negra, viscosa y olorosa, sobre todo cuando se reblandecía por el calor. La materia prima era el alquitrán vegetal, procedente de pinos resinosos. Según con qué sustancias se mezclara o en qué oficios se utilizara, había varios tipos de pez

¿Cómo se obtenía la pez?

Había dos tipos básicos: la PIX ALBA, o pez blanca, y la PIX NIGRA, o pez negra, con sus múltiples variantes, procedente del pino. Y, del enebro, juniperus, se extraía el aceite de enebro, un producto diferente, con el que a veces se confunde. Tenemos noticias de un horno de aceite de enebro en el término de Valzargas y otro en el Estanco, los dos en El Frago. Por la abundancia de enebro en la zona, podemos suponer que habría más.

La pez blanca, la más pura y fácil de manipular, resultaba del sangrando los pinos desde marzo hasta noviembre. La pez negra, la más abundante y más utilizada, se conseguía por destilación de maderas resinosas en unos hornos, o pegueras. Era la llamada brea vegetal que se obtenía calentando los tocones o las raíces de los pinos que quedaban después de cortarlos.

El Picaruela de El Frago y el Picariza de Biel hacen referencia a los pozos en los que se fabricaba la pez negra. Estos pozos, pezeras, en castellano se llamaban pegueras o empecinados. Eran unas construcciones de adobe reforzadas con piedras en las laderas de los montes o en las afueras de los pueblos. Siempre estaban en tierras arcillosas y junto a los barrancos, porque se necesitaba mucha agua para embarrarlos. En el suelo interior había una pequeña inclinación con un agujero que se comunicaba con una olla o caldera exterior en la que se recogía la pez.

Los trozos de pino se metían en un hoyo de estructura cilíndrica, sin salida inferior, y abierto por arriba. Se prendían con una estopa encendida y se dejaban arder tres o cuatro días para que se desprendiera la resina, sin que se quemara la madera. Para saber si la brea, o alquitrán, había pasado al estado de pez, se introducía un palo y se echaban unas gotas en un recipiente con agua fría.

Después, se apagaba el fuego y se ponía una tapadera en el pozo. Cuando se había enfriado, se separaba la materia semisólida, que una vez desecada era la pez negra. En otra sobrenadaba el llamado aceite de pez. Era un trabajo de invierno, después de haber sangrado a los pinos.

Un horno de Brea en Gran Canaria.

Horno de pez. Gran Canaria

¿Para qué se usaba?

Como era un material líquido y viscoso cuando estaba caliente, pero sólido cuando se enfriaba, se pudo usar con facilidad en diferentes oficios. Por sus excelentes cualidades se convirtió en un producto básico insustituible.

Los pastores usaban la pega negra para marcar el ganado antes y después de esquilarlo, sin hacerle daño. Con esta pez hacían emplastos para curar las llagas y las heridas de las reses. Y la utilizaron, a modo de yeso, para inmovilizarles los miembros rotos. En el siglo XIII, nos habla Alfonso X el Sabio en su libro El Lapidario de esta resina: “facen end emplastro es muy  bona pora  madurar las llagas.

Los boteros usaban la pez seca, tal y como salía de la destilación, para embetunar y tapar cortes. Los botos de grandes pellejos de machos cabríos, impermeabilizados con pez, se utilizaban para trasportar vinos y aceites. Su popularidad se debió a que se adaptaban bien a los lomos de las caballerías y no se rompían con los golpes. Si se añadía aceite, se obtenía la pez grasa, con la que se pintaban los botos de cuero por dentro.

Los zapateros hacían el cerote mezclando la pega negra con grasa. Los guarnicioneros untaban la hebra con la que cosían sus piezas de cuero para darles más consistencia.

Desde la época ibérica y romana, se impermeabilizaban los utensilios de cerámica y las embarcaciones con pez.

Las costumbres antiguas en la lengua

Estas costumbres ancestrales dejaron huellas en los nombres de lugar, en el habla coloquial y en la literatura popular. Decimos que algo es “negro como la pez”, cuando queremos resaltar que es de color negro intenso. “Pez con pez”, totalmente desocupado, vacío, por alusión a los odres de cuero cuando no tienen nada dentro.

El propio verbo pegar está relacionado con las características y tratamiento de la pez. Como también los adjetivos pecinero, que significa reñidor, y pezolaga o niño muy travieso. Y en castellano el verbo brear, de brea o pez, con el significado de maltratar, tenía mucho que ver con la antigua pena de embadurnar a los delincuentes con esta sustancia para avergonzarlos.

Abundan los refranes acerca de la pez: “Cuando el arriero da la bota, o tiene pez o está rota”, “Cuando el tabernero vende la bota, o sabe a pez o está rota”, “Quien a la pez se llega, algo se le pega”, “Quien toca la pez, tiznado sale”, “Achaques al odre que sabe a la pez”, “El sol la sal atiesta la pez reblandece”, “El dinero fácil es como la pez, si lo tocas te pringa”.

De pequeña oí muchas veces un cuento de nunca acabar: “Había un rey, que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?”.

Del nombre latino al nombre de lugar. PICARUELA y PICARIZA

Del nombre culto latino, PIX-PICIS, derivó un hipotético *PICA, pez, como alteración de PICE, que en latín vulgar se convirtió en PECA>PEGA.

A su vez, PICARUELA Y PICARIZA proceden de PICA. Estos nombres hacen referencia a dos parcelas de monte en las que se había construido un pozo para hacer pez.

PICARUELA. También deriva de *PICA>PICARIA> PICARIOLA. En este caso con diminutivo afectivo. En El Frago, hace referencia a dos extensiones de monte de pino en los que se habían construido pozos para hacer pez. Picaruela Mayor y Picaruela Chica. Por la forma de nombrar, suponemos que originariamente pertenecían al mismo propietario.

El primer dueño de un “fundus”, base económica romana, le daba un nombre que posteriormente era inalterable, aunque cambiara de amo. Si fundaba dos propiedades juntas, las dos recibían el mismo nombre, con un adjetivo que las diferenciara. En El Frago también encontramos los Urietes Grandes y los Urietes Chicos.

PICARIZA. Está en Biel (Zaragoza) y hace referencia a un término cerca del pueblo en el que estaba el hoyo de fabricar la pez. Deriva del hipotético *PICARICEA, procedente también de PICARIA. Y debían ocuparse de la pez los de “casa Pecero”.

Para terminar

La obtención y el uso de la pez ha llamado la atención a los estudiosos de la cultura popular. A los habitantes de Longás, un municipio de la comarca de las Altas Cinco Villas, al otro lado de la Sierra de Santo Domingo, se les conoce con el mote de pezeros y en el pueblo está la calle Pezuelo. Se cree que había unos cincuenta hornos alrededor del pueblo, que vendían pez en todo el Pirineo. La Asociación Cultural la Chinela y Eugenio Monesma con “Los pegueros de Longás”, se han preocupado de mantener viva esta tradición. También han recuperado el arte de este oficio en Yésero (Huesca) y en Covaleda (Soria).

La del aceite de enebro fue una industria tan importante como la de la pez, con la que a veces se confunde. El Juniper, o aceite de enebro, se utilizaba en medicina tradicional para el tratamiento de enfermedades de hombres y animales. Se obtenía en unos pequeños hornos secos, sin necesidad de agua, que se colocaban sobre rocas. Estos hornos artesanales dejaron unas huellas muy características, que algunos historiadores interpretaron como petroglifos prehistóricos de carácter mágico o ritual.

Acabaré con la cita de un documento muy interesante sobre estas costumbres, recogidas en uno de los pleitos entre Biel y El Frago.

“Está tratado y capitulado que ni los de Biel ni los de El Frago, concejil ni particularmente, dentro de la partida del Estanco no puedan hacer de hoy adelante aceite de enebro, ni hornos, ni carbón, ni leña ni madera para vender fuera de dichos pueblos, ni en ellos ni en sus términos para llevarlos fuera, sino tan solo para sus propios usos y de sus casas y labores. Y para sus herrerías y para los vecinos y habitadores de dichos pueblos, exceptuado que Joan y Pedro Miana de Orés, o sus herederos, que tienen hecho su horno en Balsargas, y han gastado en el que puedan hacer tan solamente dos hornadas en dicho horno”. Capitulación hecha, en 1610, por los justicia y jurados concejos de Biel y El Frago. Testificada por F. Paian y Miguel Sánchez de Lizarazo. Fol 46v. El texto está modernizado.

Horno de aceite de enegro en Ujué, Navarra

Horno de aceite de enebro. Ujué (Navarra)

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Actual pista forestal que recorre el monte de El Frago llamado Picaruela.

Guía del escritor para enfrentarse a una reseña (buena o mala)

Cuando empecé a escribir, hace ya unos cuantos años, decidí que, para aprender, lo mejor era poner mis textos bajo la lupa de otras personas. Al principio, sobre todo, escogía a gente de mi círculo, ninguno de ellos profesional. Algunos me decían en qué cosas creían que fallaba. Otros, en cambio, declaraban que todo lo hacía perfecto. Pronto me convencí de que eran críticos excelentes y me olvidé de ver el amor que empañaban sus ojos: me crecí con esos pequeñísimos tirones de orejas y tantas palmadas en la espalda.

Por fin, sintiéndome empoderada, llegó el día en el que quise salir de mi zona de confort y enviar uno de mis cuentos a un desconocido. He de decir que era un relato extremadamente intenso del que ahora me avergonzaría si pudiera recuperarlo y leerlo de nuevo pero, en ese momento, estaba bastante orgullosa de él. Imaginaos mi cara cuando, poco después, me llegó la crítica de una persona que entendía del tema. No recuerdo exactamente qué palabras usó  pero, en resumen, dijo que mi relato era plano, infantil, bastante irrelevante.

El corazón roto del escritor cuando recibe una mala crítica

Así estaba yo cuando leí aquella crítica. ¿Podéis oír cómo se rompió mi corazón?

Una vez pasada la pesadumbre inicial, me enfadé. Muchísimo. Fue como pasar un duelo y no salir de la fase de la ira. Pensé que quién se creía esa persona para decirme todo eso y que no tenía ni idea así que decidí obviarlo. Me dejé reconfortar por los comentarios positivos y menos críticos de mis amistades y seres queridos.

En aquel tiempo acababa de cumplir 23 años y, como todos los jóvenes descerebrados, estaba segura de que no me quedaba mucho más por aprender. ¡Ah, qué tiempos! Cuando te crees invencible e inmortal y mucho más listo que el mundo que te rodea.

Poco después, sin embargo, me di cuenta de que mi sabiduría no era tal. No pasó nada en particular para que esto sucediera, en realidad. Creo que, simplemente, maduré. Abrí los ojos de verdad, miré a mi alrededor y descubrí que no había leído lo suficiente, que no había escrito lo suficiente y que, aquella persona que criticó mi escrito sin piedad, pero con educación, sabía perfectamente lo que decía.

Escuchar las críticas

Desde entonces, y han llovido más de los que me gustaría, no he dejado de poner mi prosa bajo los ojos de todo el que quiera echarme una mano. He pedido opinión a escritores consagrados, catedráticos de literatura y lengua castellana, periodistas, escritores independientes y lectores. He aceptado cada crítica y he profundizado en aquellas que no entendía o con las que no estaba de acuerdo. Pero siempre desde la modestia porque, seamos sinceros, aún estoy lejos de mi mejor yo. Y aunque tuviera un Nobel de literatura, seguiría mostrándome humilde porque con la soberbia por bandera es imposible aprender de los demás.

Por eso hablo de escuchar las críticas. Como todo lo que hace el ser humano, una valoración de un texto es subjetiva y, por tanto, está abierta a interpretaciones. Eso significa que no tenemos por qué aceptar el cien por cien de las críticas que se nos hagan porque pueden estar equivocadas, ya sean buenas o malas. Sin embargo, debemos escucharlas.

¿Por qué digo esto? Llevo un tiempo, más del que me gustaría, encontrándome con otros escritores mentando hasta a la tatarabuela de un lector, únicamente porque no le ha gustado el libro. También, hinchando el pecho ante reseñas positivas escritas con faltas ortográficas básicas.

Y ya está bien. Es muy difícil, sobre todo si el escritor está empezando, hacer una obra maestra que guste a todo el mundo y que no tenga ni un solo fallo, menos aún si la ponemos bajo la atenta mirada de un lector avezado o un profesional literario (uno que no sea él mismo o su mejor amigo). Pero vayamos por partes.

No todas las críticas son valiosas

No todas las personas están capacitadas para analizar una obra de la misma manera, ya sea por su formación, por su profesión o por su capacidad de lectura crítica. Tal como nos cuentan desde Sinjania en “El peligro del entusiasmo en la crítica literaria”, quien critica una obra o hace una reseña puede caer en dos vicios: el entusiasmo ciego y la crueldad.

Desde mi punto de vista, el entusiasmo ciego suele obedecer a dos motivos:

Porque le caigamos bien al lector

Hoy en día somos tantos los que nos dedicamos a las letras que no es difícil contar con un puñado de escritores entre nuestros amigos y conocidos. El cariño puede nublar el sentido crítico del lector y, por eso, es tan importante que el autor sea consciente de ello y matice las apreciaciones que aparecen en la reseña. Además, si conocemos al lector mínimamente, sabremos cuáles son sus gustos, sus lecturas y su aptitud para analizar la obra que lee. Y aquí viene el segundo punto.

Porque no sea capaz de hacer una lectura crítica

Un lector al que le gusta todo lo que lee, o sabe elegir muy bien los libros para que no le defrauden o no se fija mucho en lo que está leyendo. Lo más probable es que sea lo segundo porque acertar siempre con nuestras lecturas es muy difícil. Así pues, para tomarnos en serio una crítica muy positiva debemos conocer al lector a través del resto de reseñas para saber qué credibilidad tiene. Si no es capaz de sacarle ningún pero a obras como, qué sé yo, Cincuenta sombras de Grey, igual no es buena idea que nos emocionemos porque le guste la nuestra. ¿Acaso hay algo que le desagrade?

En cuanto a la crueldad en las críticas, veo dos posibles motivos:

Que piense que así es más profesional

Muchas personas relacionan la severidad con la profesionalidad. Hasta cierto punto está bien, pero criticar con ferocidad un texto no es ser riguroso, es ir a hacer sangre. La persona que hace una reseña debe ser ecuánime y valorarlo por partes y en su conjunto, señalando cosas buenas o malas. Es como el Homer (sí, el de Los Simpsons) crítico de cocina que, por presiones del resto de críticos del diario, empieza a poner a caldo a todos los restaurantes en los que antes disfrutaba. Ridículo, ¿no? Pues eso.

Que se crea mejor que el autor

No sé dónde leí que detrás de un crítico literario hay un autor frustrado, pero parece que es algo que se ha comentado desde hace tiempo ya que he encontrado referencias en “Criticar al crítico», un artículo de El País escrito en 1989. No creo que la frustración y la envidia tengan que ver, pero no me sorprendería que muchos de los que hagan este tipo de reseñas mordaces se imaginen a sí mismos divagando desde una cátedra, con una copa de coñac y un monóculo. En estos casos, se suele notar la chulería y el desprecio y ese tufillo a “yo lo haría mejor” que desprende cada una de las líneas de la reseña.

Cuándo aceptar una reseña positiva o negativa

Igual que toda crítica es subjetiva, la aceptación de la reseña también lo es. Por eso, me he atrevido a crear un par de guías para saber si aceptar o no una crítica, ya sea buena o mala.

Diagrama para saber si aceptar una reseña positiva

Cuándo aceptar una reseña positiva

Diagrama para saber si aceptar una reseña negativa

Cuándo aceptar una reseña negativa

La mejor reseña: el término medio

En las imágenes anteriores hablo de reseñas positivas o negativas en su totalidad pero, después de muchos años leyendo y reseñando así como consultando las críticas de los demás, me doy cuenta de que las mejores son aquellas que dan una de cal y otra de arena al lector. Por ejemplo: una joven lectora se enfrenta por primera vez a El señor de los anillos. Pronto es consciente, y así lo hace saber en su reseña, de que es una obra muy bien escrita, con una prosa magnífica, unos personajes interesantes y un trasfondo, o Worldbuiling, único, precursor de todo un género. Pero también comenta que las descripciones se hacen pesadas porque no son dinámicas sino un compendio de datos como en una enciclopedia.

Una crítica así es fantástica. Es consciente de los puntos fuertes y débiles del libro y, como tal, lo indica. Por supuesto, las descripciones detalladas y profundas eran necesarias en aquella época porque, por aquel entonces, no había lugares comunes en la literatura fantástica sobre los cuales trabajar. Si Tolkien hubiera puesto, simplemente, que unos elfos altos y morenos recibieron a la Compañía del anillo, sus contemporáneos no hubieran visto en sus cabezas a esos hombres y mujeres espigados, de pelo lacio y largo, con orejas puntiagudas y piel tersa y sin imperfecciones, casi como la de una estatua de Rodin o Miguel Ángel.

Pero volvamos a la reseña. Si Tolkien la hubiera leído y no se hubiera puesto como un escritor de ego henchido, quizá habría excluido las descripciones estáticas y habría hecho su obra más ligera y dinámica. Sin embargo, él no tuvo la suerte que tenemos nosotros, el poder hablar con nuestros lectores y que nos expliquen cuáles han sido los puntos fuertes y débiles de nuestra novela. ¿Lo vamos a desaprovechar?

Controlar el ego, lo más importante al enfrentarse a una reseña

Como os podéis imaginar, los dos cuadros de arriba son guías planteadas desde el humor. Pero hay algo importante que me gustaría destacar, y que tiene que ver con el ego del escritor y con el aprecio o desprecio que profese a la persona que hace la reseña.

El ego del escritor debe estar equilibrado entre la confianza absoluta y la inseguridad. Un ego demasiado inflado hará que no prestemos atención a nuestros fallos ni a los consejos bienintencionados de quien puede ayudarnos. Por el contrario, uno demasiado débil puede paralizarnos y empujarnos a abandonar la escritura.

Por otro lado, es importante que valoremos al crítico en su justa medida y que no nos dejemos llevar por falacias. Me refiero, por ejemplo, a la falacia de autoridad, que da por hecho que todo aquel que tiene una formación reglada en literatura será mejor escritor o crítico que quien no la tenga. En ocasiones, hay personas con un instinto o sensibilidad especial para juzgar una obra, bien porque haya leído mucho, bien porque haya aprendido de otras fuentes. Si nos rigiéramos por la titulitis o un ego mal dimensionado, podríamos desaprovechar la oportunidad de aprender que nos ofrecen.

Así pues, lo que necesitamos como escritores es tener la mente abierta, analizar de dónde viene la crítica y aceptarla sin que nada nos afecte en exceso, ni para bien ni para mal. Y, sobre todo, tener en cuenta que una obra no puede gustarle a todo el mundo así que, en algún momento, nos tocará lidar con cosas que nos duelan. Que también somos humanos.

Tampoco es normal que una obra le guste a todo el mundo. Si es así, algo raro está pasando y, probablemente, la razón sea el autor.

Qué hacer cuando recibimos una crítica, sea como sea

Aquí aparece mi lado de relaciones públicas. Si tenemos costumbre de responder a las reseñas positivas que nos hacen, debemos hacerlo también con las negativas. No es necesario dejar claro que nuestra opinión es diferente a la del crítico porque es evidente. Si no, no habríamos escrito la novela tal como lo hemos hecho. Solo daremos las gracias por su tiempo y, si ha hecho una crítica educada, podemos desear sorprenderle con nuestra próxima obra.

Ante las críticas, además, tenemos la oportunidad de comprobar si se repite la misma queja o elogio. ¿Dicen que la prosa es simple? ¿Que los personajes son planos? Sea lo que sea, si más de una persona lo ha detectado, igual tienen razón. Por otro lado, si la gran mayoría de reseñas alaban la trama o el desenlace, nos lo apuntaremos como uno de nuestros fuertes y nos preguntaremos si destaca porque es muy bueno o si sobresale porque el resto de elementos de la novela son anodinos.

Sea como sea, no dejemos que las reseñas únicamente alimenten o dañen nuestro ego. Son muy valiosas para conocer cómo encandilar a nuestro público objetivo y cómo conseguirlo. No las desperdiciemos.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Tim Bogdanov on Unsplash

 

El encanto de las bibliotecas públicas

Cuando estaba en el colegio me encantaba visitar la biblioteca. Era mi lugar favorito. Adoraba el olor de los libros, podía pasarme horas leyendo. Hasta llegué a ser asistente de la bibliotecaria. En esa época no teníamos la suerte de contar con el auge digital que existe hoy día y todas las consultas, para cumplir con las tareas escolares, se debían realizar en ese espacio sagrado. Allí, una señorita con el cabello canoso y anteojos, te informaba de todos los volúmenes que se almacenaban en el recinto y, también, te gruñía cuando el tono de voz superaba lo permitido. En la universidad, las bibliotecas siguieron siendo mi lugar predilecto para realizar trabajos y consultas. A las grandes estanterías cargadas de libros se sumaron centros de cómputo para navegar en Internet y los pequeños cajones, llenos de fichas bibliográficas, fueron reemplazados por pantallas digitales.

Las bibliotecas son escenarios de gran importancia para la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de una sociedad. Nos proporcionan herramientas que nos ayudan a conocer e interpretar mejor y de manera autónoma nuestro entorno social. En Bogotá contamos con una amplia red de centros culturales que ofrecen, además de libros, muchas actividades atractivas para niños y adultos. Un plan perfecto para cultivar el conocimiento y, de paso, divertirse. Las entidades privadas, como las Cajas de Compensación Familiar, contribuyen y mantienen a nivel nacional esta red de bibliotecas que mensualmente tienen una programación de actividades gratuitas.

Hace poco, mientras leía un artículo del periódico El Espectador, “El fin de las bibliotecas”, me cuestioné el futuro de estos espacios y recordé que no he visitado ninguna desde hace algunos años. En Bogotá hay bibliotecas maravillosas, cargadas de historia. Algunas son, incluso, patrimonio de la ciudad. Pero como el trajín del día a día me mantiene corta de tiempo, siempre está la excusa: “para qué desplazarme de la comodidad de mi casa si tengo todo a un clic”.

Las bibliotecas han sido responsables de garantizar el acceso a la información y al conocimiento, de promover la lectura, la cultura y de facilitar la formación a lo largo de la vida. Desde mediados de la década de los noventa están reorientando su actividad, en parte, por el fácil acceso a contenidos digitales, pero también por los cambios de la propia sociedad: ciudadanos cada vez más participativos que han dejado de ser consumidores de información para ser generadores de contenidos. Por lo tanto, las bibliotecas están dejando de ser lugares de almacenamiento y préstamo de materiales para convertirse en puntos de participación, de interacción con los usuarios, convirtiéndose en espacios flexibles con una oferta creciente de actividades creativas.

“En burro, bus, carreta, bicicleta… Cualquier medio es adecuado para que viajen los libros. Son estrategias a las que recurren las bibliotecas y los líderes sociales para fomentar la lectura”.

El periodista colombiano John Saldarriaga escribió un artículo para el periódico El Colombiano, en el que reunía divertidas estrategias de las bibliotecas municipales en Colombia para fomentar la lectura y mantener latente la importancia de estos espacios de conocimiento. A continuación, les relaciono algunas:

Al son del pedaleo. En la Biblioteca Jorge Alberto Restrepo Trillo, de Guatapé, tienen una bicicleta para llevar libros a los comerciantes. A los quince días vuelven para renovarlos y aprovechan para mostrarles novedades recién adquiridas.

Bibliocarreta. En Sabaneta tienen la Bibliocarreta. Oswaldo Gutiérrez, el bibliotecario, la ideó en 2002 como una forma de llevarles libros a los habitantes de las veredas. Con el tiempo se convirtió en un mecanismo de promoción de lectura de la biblioteca central.

Biblioburro. En el Magdalena, cuentan con los burros del Biblioburro. Ideado por el profesor Luis Humberto Soriano Bohórquez en el corregimiento La Gloria, municipio de Nueva Granada, es un sistema efectivo para llevar conocimiento a las veredas apartadas de las carreteras.

Pocos países en América Latina tienen una red tan activa de bibliotecas públicas como Colombia. El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha sido promovido de manera sostenida, desde el 2001, con la puesta en marcha de la campaña Colombia Crece Leyendo. Se han invertido millones de pesos para dotar y construir nuevas bibliotecas en al menos 300 municipios que carecían de ellas. Ya son aproximadamente 1.424 bibliotecas públicas las que integran en la actualidad la red nacional. Algunas disponen de estándares de tecnología, conectividad y dotaciones bibliográficas que buscan garantizar el acceso a contenidos universales, pero también particulares a los intereses de cada región o grupo social. Sin embargo, con el auge de los medios modernos de comunicación y el ritmo de vida acelerado al que nos hemos acostumbrado, son cada vez más las que caen en el olvido. Se les resta importancia y, en algunos casos, mueren. Muchas pierden el subsidio con el que contaban por falta de público que aliente su existencia y terminan cerradas. Así mismo, el equilibrio y bienestar de estos centros, donde la cultura intenta mantenerse viva, suelen sufrir los estragos del tiempo, sin que a nadie le preocupe demasiado. Y, además, por los limitados recursos con los que cuentan para mantenerse, pierden el esplendor.

 

Sentada en la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, en la ciudad de Bogotá, pienso en lo refrescante que es el aire que se respira en estos recintos. Parece diferente, como cargado por una onda mística y ancestral. Y aunque estoy concentrada en mis pensamientos de una manera especial, al mismo tiempo puedo conectarme con todo lo que me rodea. Con personas de otras disciplinas, amantes de la lectura, estudiantes, jubilados y hasta empleados freelance que encuentran en las bibliotecas un espacio ideal para desempeñar su trabajo, porque las bibliotecas también son espacios de socialización.

Mónica Solano

 

 

Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Imagen de Mónica Solano.

Personas invisibles

A los amantes de la ciencia ficción o del cine les resultará familiar el personaje del hombre invisible, creado en su origen por H.G. Wells, uno de los precursores del género, junto con Julio Verne. Se da la paradoja de que, al escribir sobre él, se convierte para todos nosotros en un personaje visible y real.

He comenzado hablando de ese cliché, arquetipo, estereotipo, o como lo queramos llamar porque hace unos días me asaltó una idea bastante contraria: al margen de la invisibilidad que nos regalan los libros o la gran pantalla, nos cruzamos todos los días con un montón de personas reales, a las que no vemos porque pasamos por su lado sin darnos cuenta de que existen. A ellas les quiero dedicar este artículo.

Mi reflexión nació al abrir un video de YouTube. Era un reportaje breve sobre una especie de experimento social: una persona iba ofreciendo a varios “sin techo” la posibilidad de elegir entre alcohol, comida o dinero. Solo podían quedarse con una de las tres opciones. Las respuestas y las reacciones eran muy variadas, pero me llamó la atención la de uno de los entrevistados: solo quería a alguien con quien hablar. No presté más atención al video, aunque algo debió removerse en mi interior.

Hace un par de días salí de una tienda y acorté camino hasta mi coche por unas escaleras que llevan a la calle principal de mi ciudad. Cuando me acercaba a la acera, vi sentado en uno de los bancos que hay en la avenida a un vagabundo que estaba comiendo un bocadillo. Su mirada se cruzó con la mía durante un instante, pero bajó la vista enseguida; supongo que le sorprendió que yo me diera cuenta de que me había mirado. Terminé de subir los dos o tres escalones que me quedaban sin dejar de observarlo con disimulo. Pasé delante de él y, sin pensarlo, me salieron una sonrisa y cuatro palabras: “Buenas tardes. Que aproveche”. Paró de masticar y me correspondió con otra sonrisa. No dijo nada. Imagino que, de niño, su madre le diría eso de que no se habla con la boca llena. Soltó una de sus manos del bocadillo para devolverme un gesto elocuente: el puño cerrado y el pulgar levantado, como cuando el pueblo pedía gracia al César en el circo de Roma para algún gladiador.

Crucé la calle, sin volver la vista atrás, y pensé que debería haberle dado un poco de dinero. Durante una fracción de segundo estuve tentada de dar la vuelta, pero no lo hice. Ni siquiera sé para qué hubiera retrocedido. ¿Para hablar con él? No creo. No por nada, sino porque, posiblemente, las convenciones sociales me hubieran frenado. ¡Qué papelón habría jugado si me hubiera puesto a darle conversación y me hubiera malinterpretado soltándome una fresca! O, tal vez, hubiera vuelto sobre mis pasos para dejar algo de dinero en la gorra cochambrosa que había a sus pies. Pero eso habría estropeado el gesto amable que me salió de forma espontánea, o eso quiero pensar. El caso es que me vino a la mente la idea sobre esa clase de invisibilidad.

Este fin de semana me ocurrió algo que volvió a recordarme ese tema. Me refiero a esa ceguera selectiva que afecta a una parte del mundo cuando se trata de ver cosas que es más cómodo ignorar. Tengo un hijo con autismo. Está rodeado de gente que lo adora y eso hace que no sea una de esas personas invisibles como el mendigo del banco. Pero el mundo del autismo ha sido durante mucho tiempo un gran desconocido.

Vivimos en Marbella, y en verano se hacen bastantes galas solidarias en beneficio de muchas asociaciones y organizaciones. Pues bien, recibí una llamada de teléfono de una persona de la Global Gift Foundation, que organizaba su gala anual en nuestra ciudad. Uno de los premios era para la organización “Aprendices visuales”, como reconocimiento a su labor en beneficio de los niños con autismo mediante el desarrollo de cuentos y pictogramas que les sirven de herramientas para adquirir habilidades y potenciar su avance. María Bravo, una de las almas fundadoras de Global Gift, creyó que sería bonito que mi Javi presentara con ella la entrega de ese premio. Era una manera hermosa de dar visibilidad a las personas con autismo, y de mostrar a todos los asistentes cómo se puede mejorar la calidad de vida de esos niños y adultos, y a qué nivel de integración se puede llegar si se trabaja con los medios y con el amor necesarios. Cuando recibí la llamada y la invitación le pregunté a mi hijo (porque por supuesto también tiene muy bien trabajada la autodeterminación, y la libertad de tomar sus decisiones) y aceptó encantado. La presentación fue maravillosa, y salió perfecta. Mi Javi leyó su parte del guión junto a María y, por supuesto, disfrutó como el que más de la cena y del bailoteo posterior. A las pruebas me remito:

Gala Global Gift Foundation. Julio 2017 (22)

Esos ejemplos tan dispares me inspiraron este artículo. A veces no tenemos que pensar en desconocidos o en colectivos para plantearnos el tema de la visibilidad de las personas. ¿Cuántos de nosotros no recordamos (me incluyo a propósito) a algún vecino, compañero de trabajo, etc. que es el típico “plasta” al que todos dejamos de lado? Y no es que lo hagamos con mala intención, pero el caso es que lo hacemos en ocasiones.

Si me paro a profundizar más en el tema, el mundo se me queda pequeño cuando empiezo a dar visibilidad a tanta gente. Los niños que mueren de hambre, las mujeres maltratadas, las víctimas del terrorismo… sé que todo eso suena a tópico, pero es que detrás de los tópicos hay personas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se diluyen dentro de un conjunto que nos resulta más cómodo cuando es impersonal.

¿Y qué podemos decir si alguno de nosotros ha visto esta película desde el otro lado de la cámara? ¿Qué digo yo ahora si, por casualidad, me está leyendo alguien que se siente o se ha sentido invisible alguna vez? ¿Qué puedo ofrecerle? O, mejor dicho, mi pregunta debería ser: ¿qué puedo ofrecerte?

Porque si alguien lee esto y se da por aludido, me gustaría regalarle, aunque fuera durante el breve tiempo que emplee en leer este artículo, ese don de la visibilidad. Ojalá que ahora y en el futuro yo sea capaz de ver con algo más que con mis globos oculares. Ojalá sepa, y sepamos todos, descubrir a aquellos que necesitan saberse descubiertos. A los que anhelan saber que son importantes para alguien, que significan algo, aunque solo sea para el camarero que les pone un café, o para el que les vende el periódico a diario.

Porque no hay que ir al cine o a los libros para encontrar al hombre invisible. Lo tenemos a nuestro lado muchas veces. Y no es ficción.

Adela Castañón

Imágenes: WordPress, Gala Global Gift Foundation.

Pilar Lana: la primera gran empresaria aragonesa

La fábrica de corsés de Pilar Lana

En el año 2010, estaba haciendo un trabajo sobre las mujeres y la Cruz Roja cuando, por casualidad, me encontré con Pilar Lana. Entonces no sabía que iba a dedicarle parte de mis desvelos y que todavía me quedan muchas lagunas en la vida y en la obra de esta gran empresaria.

. En 1896 la Cruz Roja de Zaragoza, junto a la estación del Arrabal, fundó un Hospital de Soldados Transeúntes para atender a los soldados de Cuba y Filipinas. Una de sus financiaciones eran las tómbolas, y allí me encontré con que los donativos más importantes eran los de Pilar Lana. Supuse que era una mujer importante de la Cruz Roja, pero no. Tiré del hilo y me encontré con una gran empresaria muy generosa y muy popular.

Me sorprendió que no era la dueña de una corsetería, sino de la primera fábrica de corsés. De su casa salían más de mil corsés diarios y daba trabajo a más de doscientas obreras. Y no solo eso, ya que introdujo la máquina de vapor en Zaragoza. Al principio para hacer corsés y luego para fabricar hielo y chocolate. Con este avance tecnológico, doña Pilar se convirtió en una empresaria pionera, en un gran hito empresarial. Esta mujer emprendedora supo abrirse camino en un mundo empresarial dominado por los hombres.

El día 22 del actual ha fallecido en Zaragoza la distinguida y virtuosa señora doña Pilar Lana, fundadora y propietaria de la gran fábrica de corsés que ha venido funcionando con dicho nombre desde el año 1875, hasta la fecha. Era la difunta persona estimada por sus dotes de inteligencia y excelentes pruebas de carácter. Y mereció admiración de cuantos la conocieron y pudieron apreciar su extraordinario valimiento. La casa que lleva su nombre viene figurando, desde su fundación, a la cabeza de cuantas de su clase existen en España, merced al refinado gusto y al esfuerzo de titán realizado por doña Pilar (q.e.p.d.), orgullo de su tierra y gloria de la Industria, a la que dedicó todas sus actividades y energías. (El fomento industrial y mercantil, periódico dedicado a la defensa de la industria y el comercio, 30 de abril de 1912, p. 15).

En 1864, cuando murió su marido, Daniel Mendiri y Gan, se quedó con un niño de un año y, para salir adelante, empezó cosiendo corsés en su casa.

1. Mujer cosiendo

Anónimo. Una costurera de la época.

A los pocos años estableció un negocio que la convirtió en una de las empresarias más famosas. Así lo expresaba Francisco de Asís Pastor, el corresponsal de El Liberal de Madrid, a los dos años de su muerte.

No es posible pasar en silencio el nombre de Pilar Lana, respetabilísima heroína, que, gracias a su clara inteligencia y a su resignación ante la irreparable pérdida de su esposo, consagró todos sus desvelos y excepcional talento a demostrar de modo elocuente cómo la mujer tiene capacidad intelectual suficiente para acometer magnas empresas. (06/10/1914).

Doña Pilar Lana Sarto (Zaragoza, ¿?.Zaragoza, 1912), procedente de una familia de Pina de Ebro, era hermana de Cristóbal, agrimensor, y Mariano, ingeniero industrial, los autores del plano de Pina de Ebro, realizado en 1874.

Se casó Daniel Mendiri Gan, un famoso abogado, licenciado por la Universidad de Zaragoza en 1856. En 1858 era secretario de la Academia Jurídico-Práctica Aragonesa. En 1861 pertenecía al Comité del Partido Progresista, y figuraba en las listas electorales. Falleció el 24 de septiembre de 1864.

Daniel Mendiri y Gan

El Eco de Aragón 24 de septiembre de 1866

Tuvieron un hijo, Daniel Mendiri Lana, que desde muy joven fue un estrecho colaborador de su madre y un reconocido masón. En 1890, la Gran Logia Simbólica Española, tenía su dirección en Aragón en la calle de San Voto 8, a nombre de Daniel Mendiri Lana, un importante socio numerario. (Cfr. Hemeroteca de la BNE).

En el censo de 1910, antes de morir su madre, vivía en la calle Cinco de Marzo, dónde en ese momento funcionaba la fábrica de corsés. En 1930, Daniel Mendiri Lana murió a los 67 años, estaba casado con Adela Gascón y Marín, fallecida diez años después, y no tuvieron hijos. El domicilio del finado constaba en la calle Costa 8, donde estaba proyectada la nueva fábrica de Pilar Lana.

Los añorados corsés

A finales de la Edad Media y en el Renacimiento, los utilizaban los hombres y las mujeres adinerados para modelar sus figuras, pero con el tiempo pasaron a ser prendas exclusivamente femeninas. En el siglo XVII solo podían permitírselos las mujeres aristocráticas, que deseaban una cintura reducida, símbolo de juventud y belleza. En el siglo XVIII, después de la Revolución Francesa, se asociaron a una aristocracia en decadencia. Pero, en la Revolución Industrial, el cuerpo con cintura de avispa que lucían algunas aristócratas se convirtió de nuevo en un ideal femenino y con él volvieron los antiguos corsés rígidos, armados con varillas de hierro o de madera, o con huesos de ballena. Con la moda victoriana se buscaba moldear la cadera, la cintura y el trasero. Los nuevos métodos industriales permitieron la producción en serie, bajaron los precios y muchas mujeres de la clase media pudieron comprarse el corsé de sus sueños.

El corsé ha sido objeto de polémicas a lo largo de toda su historia. ¿Fascinación o convención social? Sus defensores lo exaltaban como el icono de la sexualidad femenina y del glamour. Pero sus detractores lo catalogaban como un instrumento de represión.

2. Corseé talla de avispa

Al margen de estas disquisiciones, fue un arma importante para cautivar y se convirtió en una prenda imprescindible en el guardarropa de las mujeres. Sólo sería sustituido, al final de la Primera Guerra Mundial, por el sujetador, una prenda más cómoda y relajada.

3. 1899. Anuncio Casi tengo miedo

“Casi tengo miedo” era el eslogan con el que habían reaccionado las mujeres al razonamiento de sus detractores: que el corsé era perjudicial para la salud, porque oprimía su cuerpo en exceso. Y que tenía un matiz pecaminoso, sobre todo aquellos de los que habían hecho gala las mujeres libertinas, los que dejaban los hombros y el escote abiertos. De eso se trataba, de vencer el miedo y aceptarlo como símbolo de feminidad y de belleza.

El “boom” de los corsés finalizó entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres que salían a trabajar buscaban unas prendas más cómodas. En esos años surgió la leyenda urbana de que los Estados Unidos habían iniciado una campaña contra los corsés para ahorrarse las 20.000 toneladas de metal que se usaban en su confección, es decir, el metal necesario para dos buques de guerra.

 

 

 

 

 

Las primeras fábricas de corsés en España

Al principio la corsetería se consideró un trabajo de mujeres. Unas los cosían en sus propias casas y los vendían en los comercios de la ciudad, y otras trataban directamente con sus clientas. Estas mujeres, cuando les iba bien el negocio, abrían talleres en los bajos de las viviendas, unas veces a su nombre y otras al de sus maridos. Si se habían quedado viudas lo corriente era que en sus negocios figuraran como “viuda de”. En este caso, Pilar Lana fue una excepción. No solo no figuró como “viuda de”, sino que a su muerte su hijo siguió con el negocio como “sucesor de Pilar Lana”.

A medida que el corsé se fue poniendo de moda, empezaron a llevarlo las mujeres de la Casa Real, ¡y hacían gala de ello! Con el ejemplo de las reinas y las infantas aumentó la demanda y muchas fábricas extranjeras se establecieron en España. De hecho, en la segunda mitad del siglo XIX, estas fábricas se habían convertido en una industria floreciente.

En 1899, en un anuncio del Eco de Navarra, apreciamos cómo había arraigado esta prenda y se había vuelto accesible, cotidiana y recatada.

4. 1874. Anuncio de corsés -FOTO

 

¿DÓNDE ESTUVIERON LAS FÁBRICAS DE PILAR LANA?

En la calle de San Voto, número 8. En 1875, fundó una fábrica que estaba llamada a tener gran éxito. Pilar Lana comenzó cosiendo en su propio domicilio, pero pronto estableció su primera fábrica en los bajos de una casa de viviendas.

En la calle Cinco de Marzo. Fue la popular y conocida fábrica. Esquina con el paseo de la Independencia, se convirtió en un centro de referencia. Las manifestaciones de los obreros se convocaban en la puerta de la fábrica de Pilar Lana. Aquí ya tenía instalada su primera fábrica de vapor horizontal.

5. Máquina de vapor horizontal

Máquina de vapor horizontal de Philip Taylor (1828).En 1901, ya había en Zaragoza siete corseterías, tres regentadas por mujeres, pero ninguna tuvo las dimensiones de la de Pilar Lana. En 1902, el periódico El Liberal de Madrid, con motivo de las Fiestas del Pilar, realizó un reportaje sobre la Zaragoza industrial en el que elogiaba la fábrica de Pilar Lana en estos términos:

Bien puede calificarse de notabilidad en su género la fábrica de corsés que, en la calle Cinco de Marzo, 2, triplicado, tiene establecida doña Pilar Lana. Fundado este establecimiento por su actual propietaria, doña Pilar Lana, y, siendo el más antiguo de España, bien puede deducirse que con las ventajas y conocimientos que ofrece una práctica en cualquier industria, unidas a la inteligencia y laboriosidad desplegadas por aquella señora y la constante aplicación de nuevos elementos del progreso, la fábrica de la señora Lana es hoy, indiscutiblemente, la primera de su clase.

La fábrica, además del personal administrativo, de almacenes y dependencias, da ocupación constante a 125 operarias, que en la actualidad confeccionan la enorme cantidad y casi increíble de 1.000 corsés diarios. Cinco viajantes de esta casa recorren continuamente la Península, teniendo además representantes directos en Madrid, Valladolid, Murcia, Bilbao, Sevilla y otros puntos importantes. El establecimiento confecciona toda clase de trabajos de su artículo, esto es, desde el simple corsé de primera postura para niño al de construcción superior, más lujosa y complicada. Sus especiales talleres, funcionando con motores eléctricos, constituyen una sorprendente instalación, en la que pueden verse y admirarse, distribuidos separadamente, los de cortado, cosido, apresto, planchado y de adornos. La fábrica se construye para sí misma las cajas de cartón para sus embalajes, dato que por sí solo daría idea de su importancia, y que, no obstante, la enorme cifra de fabricación actual que constantemente va en progresión, se halla en condiciones y es susceptible de seguir produciendo mucho más, esto es, de servir cuantos pedidos se hagan, sea cual fuere la magnitud de estos. (23/11/1902).

En el Camino de las Torres 191. En 1899 construyó una amplia fábrica de cuatro naves dispuestas en cuadrado en torno a un patio central. En esas naves instaló la fábrica de corsés, la de chocolate y la de hielo. La nueva fábrica se montó con una maquinaria más moderna. Durante unos años parece que mantuvo abiertas la del Cinco de Marzo y la del camino de las Torres. Todavía hay personas que la recuerdan como la fábrica del hielo.

En la calle Costa 8. En 1911 decidió construir una fábrica de corsés y su vivienda en la primera planta, encima de los locales, en la calle Costa, 8, pero se murió en 1912, antes de estrenar la nueva casa. En cambio su hijo vivía en Costa cuando falleció.

7. Casa de Pilar Lana-FOTO

Planos de Francisco Albiñana para la nueva vivienda y fábrica de Pilar Lana en la calle Costa 8. Después estuvo allí el edificio del diario La Voz de Aragón. Francisco Albiñana y el hijo de Pilar Lana estuvieron vinculados por la masonería.

Fama de los corsés de doña Pilar

A los pocos años de su fundación, el proyecto de Pilar Lana había alcanzado gran fama y se había convertido en una de los más importantes de España. En 1888, sus corsés estuvieron en la “Exposición Flotante Española”. En 1897, “El Gran Baratillo Catalán” de Pamplona, entre sus productos, anunciaba un gran surtido de corsés de Pilar Lana, de Zaragoza. Para esta fecha Pilar Lana ya estaba considerada como la primera de las grandes empresarias aragonesas. Y de su fábrica se ocuparon los principales periódicos nacionales. Como medio de difusión comercial utilizó tarjetas postales que se repartían por toda España.

8. Tarjeta postal

1906. Postal de Pilar Lana con fines comerciales.

En 1908 registró un nuevo tipo de corsé. “Patente 43.333. Pilar Lana. Invención. Un producto industrial consistente en corsés juntados a mano. 27 de mayo de 1908″. En 1909 registró su nombre para una empresa que ya era muy floreciente: “Registro de modelos y dibujos. 1.660. Pilar Lana”.

Pilar Lana Sarto. Esquela

Necrológica Pilar Lana

Diario de Avisos, Zaragoza, 23 de abril de 1912.

En 1913, al año siguiente de su muerte, el Heraldo de Madrid le dedicó un largo artículo.

Esta aragonesa de muy privilegiado talento supo demostrar la capacidad intelectual de la mujer para magnas empresas encumbradoras del buen nombre y progreso de su ciudad natal. Es la fábrica más antigua y de mayor producción de corsés en España. Trabajan las obreras y operarios en inmejorables condiciones, en pabellones amplios, con luz espléndida y disponiendo de la más perfecta y moderna maquinaria. Casa es la de Pilar Lana que hubiera ganado seguramente todos los certámenes de las más altas recompensas, pero enemiga de triunfos oficiales, prescinde siempre de presentarse a esas Exposiciones y sólo figuró en la Hispano Francesa de 1908. (12/10/1913).

Ese mismo año, con motivo de las fiestas de El Pilar, el ABC (14/12/1913) sacó un artículo en el que no escatimaba adjetivos para elogiar a la añorada Pilar Lana, a la que llegaba a calificar de “heroína”. Y, en 1914, El Liberal de Madrid, (06/10/1914), volvía a ocuparse de unos corsés a los que había dado fama internacional Pilar Lana.

Fábrica de chocolates y de hielo

Al poco tiempo de haber establecido su fábrica de corsés en la calle de San Voto, aumentó su negocio con una fábrica de chocolates, que en 1895 ya era famosa en toda España.

9. Fábrica de chocolates

En 1899, cuando se trasladó al Camino de las Torres, también fabricaba hielo y lo facilitaba a los hospitales, a las casas de socorro y a la beneficencia domiciliaria.

En 1900, según se desprende de los anuncios de El Imparcial, puso a la venta la maquinaria de hacer chocolate y hielo y se dedicó solo a los corsés. En 1924, su fábrica de hielo se había convertido en S.A. Damm, una empresa de cervezas

Maquinaria para chocolates. Está en venta toda la procedente de una gran fábrica, moderna y en inmejorables condiciones de conservación. Se venderá barata. Dirigirse a Pilar Lana, Camino de las Torres, 191, Zaragoza.

Para terminar

Los

Los corsés una prenda muy codiciada, al alcance de pocas mujeres, gracias al trabajo empresarial de Pilar Lana, se pusieron al alcance de las mujeres burguesas y las de la clase media. Esta sagaz empresaria, captó bien los gustos burgueses emergentes y aprovechó el momento en que el negocio de los corsés estaba en expansión para montar un gran emporio de corsetería en Zaragoza.

Además de dar trabajo a un buen número de mujeres, colaboró con sus corsés en una gran tómbola que la Cruz Roja organizó en Zaragoza para ayudar al Sanatorio de Transeúntes. Así, además de encauzar sus sentimientos solidarios, dio a conocer sus productos entre las mujeres que participaban en la organización de la tómbola. A esa tómbola acudieron sus propias obreras, con la ilusión de conseguir un corsé por el precio de un solo boleto.

10. La Caridad-Zaragoza-Cabecera

Cabecera de la revista de Cruz Roja de Zaragoza.

Burguete. Tío de Pilar Lana

Heraldo de Aragón, 15 de mayo de 1897.

Pilar Lana fue una mujer moderna e independiente. Puso la fábrica a su nombre y nunca figuró como “viuda de”, como era habitual en su época, porque quiso darse a conocer a través de su propia obra y ocupar un espacio propio como empresaria.

Carmen Romeo Pemán

Juego de tronos, El cuento de la criada, American Gods: cuando la novela salta a la televisión

Cuando me enteré de que Juego de tronos iba a tener una serie de televisión, un escalofrío recorrió mi espalda. En aquel momento, me había leído los cuatro libros que R. R. Martin había escrito y publicado y estaba esperando el quinto con ansia. Una serie, con el nivel de fanatismo que tenía, era una buena noticia siempre y cuando se respetaran las tramas y el estilo del autor. Pero tenía miedo, aunque fuera HBO (Los Soprano, The Wire, A dos metros bajo tierra, Sexo en Nueva York…) quien llevara el proyecto. ¿Y si era un tostón infumable? ¿Y si los personajes eran descafeinados y pusilánimes? ¿Y si cambiaban a mi adorada Arya y a la genial Cersei?

Me equivoqué, afortunadamente, y estoy deseando que llegue esta noche para ver el inicio de la séptima temporada, que se ha estrenado de madrugada en Estados Unidos.

American Gods: de la novela a la televisión

Juego de tronos no es la única novela que se ha llevado a televisión. American Gods de Neil Gaiman o el Cuento de la Criada de Margaret Atwood, por citar dos ejemplos recientes,  también han sido trasladadas a la pequeña pantalla. Sin embargo, no todas las adaptaciones son iguales ni tienen el mismo éxito. Como consumidora de los dos formatos, siempre me ha gustado comparar (y quejarme) de las diferencias entre el libro y la serie. Pero sin mucho conocimiento, lo reconozco. Por eso, he decidido contar con Maritxu Olazabal, ávida lectora y consumidora de series de televisión, colaboradora en el medio Fuera de series y gran amiga. Hemos hablado de libros que han encontrado su adaptación y han funcionado en la gran pantalla. Espero que os guste.

Hemos decidido encontrarmos por Skype, así que nos vemos las caras a través de una pantalla, igual que los libros de los que vamos a hablar. La confianza y el bochorno barcelonés hacen que nos saludemos con cariño y sin formalidades.

Carla. Maritxu, muchas gracias por dedicarme este ratito. Como ya hemos hablado en otra ocasión, de un tiempo a esta parte me da la sensación de que cada vez se adaptan más novelas a la televisión. ¿Crees que es una tendencia al alza o soy yo, que me fijo más?

Maritxu. La respuesta está en el volumen de series que se están haciendo: siempre ha habido temas inspirados en otras obras, pero en un momento en el que el número de series que se emite es enorme, es lógico que algunas de las ideas partan de novelas.

Antes, además, con los libros de éxito se hacían películas de éxito. En el momento en el que las series ganan en prestigio, el autor, las agencias y los productores saben que una novela es carne de libro y de serie.

C. ¿Y qué me dices del público de la novela y el de la novela? Somos muchos los que, después de leer un libro, vemos la serie con morbosa fascinación. Aún así, ¿el público es el mismo en los dos formatos?

M. No tiene por qué ser el mismo. Por ejemplo, si hablamos de Young Adult (literatura juvenil), nos encontramos con la serie Riverdale, cuya premisa es la muerte de una persona al inicio del curso escolar y que está inspirada en el comic de Archie. Tanto el cómic como la serie están dirigidas al público adolescente, pero son muchos los adultos que ven la serie como un gran placer culpable.

Westworld: cuando la novela da el salto a la televisión

Póster promocional de Westworld

Es más: también encontramos diferencias de público entre series y películas. La serie Westworld nace de la película homónima, traducida en España como Almas de metal (1973). La película, y la obra de Michael Chrichton en general, tienen un público muy abierto. La serie, sin embargo, ha apostado por un público algo más específico.

Pero, siguiendo con las series, el ejemplo más claro es Por trece razones, lanzada por Netflix. Esta plataforma y productora tiene una estrategia de marketing en la que no anuncia el público al que va sino que deja que sus series se encuentren con todos los usuarios de la plataforma. Así es como vemos que esta serie ha roto las barreras de la edad, impactando en un público más generalista y partiendo de un producto escrito para adolescentes.

C. Nos estás hablando de series muy distintas y que han tomado, a su vez, caminos diferentes a la hora de acomodar sus tramas a la televisión. ¿Has detectado diferentes tipos de adaptaciones de novelas a series?

M. Así a bote pronto diría que hay tres tipos de adaptaciones, y cada una tiene ejemplos de productos que han funcionado bien.

Para empezar, hablaríamos de las meramente inspiradas en una idea. Un ejemplo sería Hannibal. Poco tiene que ver con las novelas de Tom Harrys, ni siquiera con el protagonista. Tampoco con las películas, ya que Hopkins se trabajó el personaje a través de los libros. En cambio, la serie funciona aunque solo se haya tomado la novela como inspiración para crear otras tramas.

La segunda sería la que parte de un argumento literal y se acaba separando. El ejemplo más conocido es el de Juego de Tronos en las últimas temporadas. Al principio, GOT escogía el orden de cómo explicarnos las cosas que habíamos visto en los libros hasta que llega el momento en el que la serie va en paralelo con las novelas. Por último, la ficción televisiva deja la literaria atrás, y todo lo que vimos en la sexta temporada y lo que veremos en la séptima, es nuevo para todos. Pasa algo parecido con Pequeñas Mentirosas o incluso con American Gods. En este último caso, serie que Gaiman ha acompañado, ha decidido seguir el libro en los primeros capítulos y luego hay un momento en el que lo que vemos es una propuesta distinta..

Por último, hay otras series que, aunque sigan el libro, aprovechan el canal para completar a la obra original. En televisión te puedes permitir desarrollar más arcos secundarios, una serie de detalles o sensibilidades que en el libro implicaría explicar y mostrar demasiadas cosas, ocupando líneas y líneas de tinta. Tenemos multitud de ejemplos: El cuento de la criada, Por trece razones o Big Little Lies. En algunos casos diría que hasta mejora el libro. En otros, simplemente aporta más detalles que la obra escrita conllevaría otro planteamiento.

El cuento de la criada: cuando la novela da el salto a la televisión

Uno de los fotogramas de El juego de la criada

Sin embargo, son adaptaciones fieles a la obra original. Poniendo de ejemplo El cuento de la criada, vemos que es un único volumen, no muy extenso. Y, sin embargo, la serie estrenada actualmente son diez capítulos con un buen presupuesto, y se habla de una segunda temporada. Sin embargo lo que hemos visto es en gran medida una adaptación fiel, que ha aprovechado el medio para sumar pinceladas que antes solo intuíamos o hasta desconocíamos.

C. Entonces, ¿crees que una serie tiene recursos que puede mejorar el libro en el que se basan?

M. Más que mejoras, las series pueden hacer más complejo el proyecto a través de guiños momentáneos. Por ejemplo: si quieres mostrar a un secundario como un tío con una buena vis cómica, en un libro seguramente se necesitará un desarrollo de personaje extenso y bien trabajado. En la serie, en cambio, con un par de chascarrillos en algunos puntos clave puede ser suficiente.

Además, no debemos olvidar el papel de los actores, la interpretación de los personajes. El caso de Nicole Kidman en Big Little Lies es un gran ejemplo. Ella es capaz de redibujar un personaje con su interpretación. Celeste Wright es quien es porque tras ella está quien está.

C. Ya te entiendo. Entonces, vamos a hablar de la narrativa. ¿Qué diferencia hay entre serie y novela?

M. Yo creo que depende de la intencionalidad. En American Gods se nota que Gaiman ha estado implicado en el proyecto y que el pulso de la serie es muy suyo. Sin caer en spoilers, cuando tú lees una obra de Gaiman hay cosas reconocibles, y se las han ingeniado para meter esas cosas en la serie así que no es muy diferente a lo que yo me imaginaba.

Lo que quiero decir es que los recursos narrativos de la novela se pueden aplicar al cine o a la televisión por lo que, al final, la diferencia dependerá de dos cosas: primero, en si el autor está vinculado en la creación y dirección de la serie y, por otro, en la intencionalidad.

C. Intencionalidad. ¿ A qué te refieres?

M. Quiero decir que hay showrunners que conscientemente versionan lo que están haciendo. Un caso es la triada Sherlock Holmes novela, Elementary y Sherlock. Las tres tienen voluntades distintas. Las tres dibujan personajes que reconoces pero, tanto en los libros como la serie procedimental o la de la BBC, te das cuenta que muestran un mismo caso de maneras muy distintas y, por tanto, narrativamente son muy diferentes aunque reconozcas en todas la figura de Sherlock Holmes.  Las dos series han escogido tonos y formalismos distintos.

C. Háblanos del formalismo.

M. Los dos Sherlocks son intencionadamente modernos. El Sherlock de la BBC es más intenso y más de fuegos artificiales, más espectacular. El producto se asemeja al formato de películas pequeñas: muy cuidadas, con un tono muy personal y un sentido esencialmente individual y diferenciado. Sin embargo, el Sherlock estadounidense es una serie procedimental, corta y de gran consumo, con unas aspiraciones artísticas muy distintas en la que se usan estructuras semejantes de forma repetida. Como serie procedimental es muy buena, y su audiencia durante los últimos cinco temporadas la mantiene viva.

Elementary: cuando la novela salta a la televisión

Sherlock y Watson sentados en Elementary

La mayor virtud que tienen las dos es que ambas son una copia coherente del libro pero no se parecen en nada. Es un buen ejemplo de que los productos artísticos se pueden reinventar tantas veces como quiera quien reinventa. No hay una sola forma de hacer una adaptación.

Sherlock: cuando la novela salta a la televisión

Sherlock y Watson sentados en Sherlock

C. Estamos acostumbrados a la adaptación de novelas al cine. ¿Qué diferencias hay en esa adaptación del cine a la televisión?

M. Yo creo que la diferencia básica es que en el cine las reglas de juego en cuanto a tiempo están muy pausadas. No puedes hacer una peli de 40 minutos ni de 10 horas así como así. La serie te permite emitirla en el tiempo que tú quieras, ya sea un capítulo por semana como toda de golpe. En el momento en que la plataforma deja de ser forzosamente la televisión también puede tener la duración que tú quieras: ni siquiera todos los episodios tienen que durar lo mismo. Actualmente nos estamos moviendo en una horquilla de entre  veinte minutos a, como en España, de ochenta.

Esto quiere decir que el ritmo y el tempo de la serie es totalmente distinto según el tipo de producto. Además, y como decíamos antes, tenemos ejemplos de series que alargan el contenido más allá de los libros, o en paralelo. Por ejemplo: Pequeñas mentirosas, que acaba en España la semana que viene, tiene 7 temporadas con unos 20 capítulos cada una. Y manteniendo la audiencia. Esta serie es uno de esos ejemplos claros de producto que ha levantado un fandom enorme hasta el último segundo, con la gente volviéndose loca a cada final de temporada, cada capítulo especial de Halloween, etc. Durante siete años. Son casi 100 horas de metraje las que han conseguido mantener al público pegado a la pantalla.

Si, en vez de una serie, fueran películas de duración media que se estrenaran cada septiembre durante siete años, serían unas 14 horas de metraje. Frente a 100. Esa diferencia se traduce en más o menos tramas con más o menos desarrollo, más o menos personajes…

C. Siempre se ha dicho que la televisión matará a la radio. Así pues, yo te pregunto: ¿matará la televisión a los libros?

M. Al contrario. Es una relación que se retroalimenta y, de la misma forma que no creo que las nuevas plataformas del consumo de series vayan a matar nada, creo que, el que las series sean muy vistas y que se consuma un gran volumen de títulos, es una forma de ocio más que no tiene por qué desplazar nada. De hecho, creo que es una buena oportunidad para que gente que no lee se entusiasme por una novela y vaya a por ella. El cuento de la criada es una de esas series que te hacen tener ganas de leer el libro.

C. En otoño se espera una nueva hornada de series basadas en libros. ¿cuáles te parecen más relevantes?

M. Una de las más mediáticas, porque su autora es quien es, es El canto del cuco, la novela de J.K. Rowling bajo psuedónimo. Una novela negra a la que tengo bastante curiosidad.

Por otro lado, hay un thriller psicológico de Gilliant Flint, Heridas abiertas, que trata de cómo alguien recluido en una hospital psiquátrico se vuelve a adaptar al mundo.

Otra policíaca que tengo ganas de ver por dónde va es El alienista. Es una novela ambientada a finales del XIX y principios del XX, en NYC. El momento en el que transcurre puede dar mucho juego a TNT para la creación de esta serie.

Este mismo verano se ha estrenado The Mist, historia de Stephen King a la que aun no le he echado el guante, pero que me despierta ganas.

C. Bueno, creo que esta pregunta es obligada. Qué futuro le ves, por un lado, a las series de televisión y, por otro, a las adaptaciones de novelas para televisión.

M. Estoy segura de que las adaptaciones van a ir a más. Al fin y al cabo, las productoras y plataformas de televisión se encuentran con que hay un agente extraño que ya les ha hecho la construcción principal de mundo y de personajes, así como las tramas. Y eso es muy tentador.

C. Además, suelen escoger éxitos de audiencia.

M. Claro. Y, por otro lado, sin coger éxitos de audiencia, las cadenas y productoras están suficiente maduras como para arriesgarse con títulos que aparentemente no son Cazadores de sombras pero que, sin embargo, apuestan por ellas fuertemente. El cuento de la criada es una novela distópica no tan conocida como 1984 pero la apuesta de HBO por ella ha sido muy potente.

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Cartel publicitario de Shadowhunters

Por otro lado, el futuro de las series es el que queramos. En una masterclass del pasado Serielizados mostraron el tipo de adaptaciones en cuatro países distintos. La forma de hacer y emitir televisión sigue siendo distinta según el lugar, incluso consumiendo títulos comunes en muchos casos. Seguimos relegando a un mínimo, ya no títulos, sino incluso formas de hacer ficción. A este respecto, parece que Movistar+ está apostando por el nicho de series europeas, que  son casi desconocidas aquí. También pienso que las grandes cadenas de suscripción mensual (HBO, Hulu, Netflix, etc.) buscan tener un sello propio, de ahí que Amazon hiciera American Gods o una serie con Woody Allen.

C. Parecen series de autor

M. Sí. Amazon está apostando por tener en su haber el trabajo de ciertas personas de renombre. Y nos están permitiendo que, igual que las editoriales tenemos claro que hay un libro de estilo en cada una de ellas (hay novelas que sabes que saldrán con ciertas editoriales porque es coherente con lo que han publicado), con las series pasará lo mismo porque tienen cierta intencionalidad editorial.

Por eso, cuando se habla de la burbuja de las series me parece que es una premisa falsa: las series están madurando y seguirán haciéndolo hacia distintos caminos, igual que el cine en los años 60. Y eso es lo bueno. El término burbuja implica algo pasajero o que se verá hundido. Las series vienen para quedarse con independencia de que el número de títulos varíe con el tiempo..

C. Por último: ¿qué serie tienes unas ganas locas de ver?

M. Además de Juego de tronos, que ya está aquí y no nos vamos a poder resistir a ella aunque queramos, le tengo muchas ganas a dos productos de Amazon: una de ellas es llevada por Guillermo del Toro y, la otra, The Marvelous Mrs. Maise’, firmada por Sherman-Palladino. El piloto es muy bueno y Amazon le ha encargado dos temporadas. Para haberse visto solo el piloto es mucho, así que le tengo mucha curiosidad.

La otra es una serie ya iniciada, basada en una película que parte del libreto de un escritor, y es la segunda temporada de Westworld. Me parece que, además de ser una serie de Ciencia ficción, plantea una discusión sobre el papel de la mujer y tiene un discurso feminista que me resulta muy interesante ver cómo va a salir. No es un mensaje que se esperara en un principio por lo que plantea una discusión muchísimo más interesante que la premisa inicial.

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No se puede negar que Maritxu y yo hablamos mucho, sobre todo cuando se trata de temas que nos apasionan. Mi profesora de comunicación política está ahora revolviéndose en su silla por ver que casi no he editado nada pero, ¿cómo hacerlo? Todo lo que nos cuenta Maritxu es imprescindible para conocer cómo funcionan las series y, especialmente, aquellas que han basado sus libretos en una novela.

Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo, y aprovecho para dar las gracias a Maritxu otra vez desde aquí. Además, os animo a seguirla en  su Twitter y en Fuera de series, donde publica novedades y análisis de series nacionales e internacionales. No os cortéis, que estoy segura de que os descubrirá un mundo nuevo.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de cabecera de HBO

Los rituales. Recetas mágicas para crear hábitos

En todas las culturas, religiones, incluso en nuestra experiencia cotidiana tenemos la oportunidad de encontrarnos con rituales. Cada vez que me dispongo a escribir me aseguro de que todas las cosas estén en su lugar. Es mi ritual personal. Si no tengo abierta la libreta al lado derecho del portátil, una taza de café caliente al lado izquierdo y una buena playlist sonando, no me fluyen las palabras. No es de extrañar que me haga un lío cuando no se cumplen estas condiciones, porque los rituales son vitales para los seres humanos y han marcado los momentos más importantes de nuestra historia.

Durante siglos, la coexistencia de diferentes tradiciones ha conformado varios tipos de mestizaje cultural. Esto ha generado una gran riqueza, complejidad y diversidad de costumbres expresadas a través de rituales. En lo referente al agro, hay culturas que emplean un calendario para pedir que los cultivos crezcan, que haya buenas cosechas y que el ganado se críe sano y fértil. Existen diversas celebraciones de culto. Algunas como la Pachamama, uno de los rituales más antiguos y de mayor importancia en la región Andina, cuya finalidad primordial es el restablecimiento de la reciprocidad entre el ser humano y la naturaleza. Con la ofrenda o pago, el campesino pide permiso a la Pachamama para poder abrirla y devuelve de manera simbólica algo de sus frutos.

La época colonial se caracterizó por la superposición de divinidades, cultos y centros ceremoniales. Todo este sincretismo se expresa en las fiestas patronales que se celebran en la comunidad Andina. En ellas se reafirma la identidad cultural mediante rituales: procesiones, desfiles con danzas y música, ferias agropecuarias y artesanales, comidas típicas y actividades culturales, cuya base o principio es ancestral y permanente, de respeto a la tierra y a sus diferentes manifestaciones.

En Colombia, nuestros indígenas nos legaron piezas de oro y barro, mitos, leyendas y costumbres que han perdurado gracias a la tradición oral. Hace unos años visité la Laguna del Cacique Guatavita y me sorprendí con la riqueza cultural. En la reserva forestal hay un equipo de aproximadamente veinte guías, todos de ascendencia muisca, y a cinco minutos del parque del municipio hay un resguardo indígena, en el que se trabaja por conservar sus tradiciones. La Laguna de Guatavita es la más célebre de las lagunas sagradas de la cultura precolombina de los Muiscas. En ella se escenificaba el legendario rito de El Dorado, que tenía lugar cada vez que se entronizaba un nuevo cacique. El nuevo jefe entraba desnudo a la laguna, montado sobre una balsa, y se sumergía en las aguas. Al mismo tiempo los súbditos lanzaban a la laguna pequeñas estatuillas de oro.

Los rituales han acompañado al hombre desde tiempos inmemoriales. No hay religión que no los utilice como parte importante de sí misma ni persona que no tenga el suyo propio. Existen los rituales asociados al ciclo vital de una persona: los que se realizan antes del nacimiento, el del bautizo, la ceremonia del matrimonio, la construcción de la casa y el relacionado con la muerte, el último momento importante del ciclo.

Por razones místicas o cotidianas, los rituales responden a una necesidad del ser humano. Los religiosos se hacen para pedirle salud o prosperidad a un dios y los cotidianos expresan una costumbre que hacemos todos los días de forma indefectible.

Esto me lleva a considerar los rituales que tenían muchos escritores, porque tener uno formaba parte de esos buenos hábitos de escritura que los ayudaban a escribir más y a ser más productivos. The Guardian publicó un artículo en julio de 2015, en el que recopilaban los rituales de escritores famosos, que consideraban más peculiares. Les comporto los que más me llamaron la atención:

T. S. Eliot

El gran poeta de The Waste Land se pintaba la cara de verde para escribir, en lo que parece ser el gesto más sorprendente, una especie de drag poético. Al parecer Eliot hacía esto para «no parecer un empleado de banco» y tomar el aire distinguido y extravagante de un poeta, siguiendo tal vez la imagen del dandi de Baudelaire. Pintar su cara de verde con un polvo también podría ser una forma de tomar una personalidad dramática.

F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald vivió como nadie el sueño de bonanza de la era del jazz y los «roaring 20», el exceso y el glamour. Muchos escritores escribían borrachos, pero Fitzgerald elegía en concreto el champagne cuando iba a escribir. La frase: «Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiado champagne es justamente bueno», se atribuye a Fitzgerald.

George Bernard Shaw

El escritor George Bernard Shaw construyó un cobertizo montado sobre un mecanismo giratorio que le permitía escribir siguiendo el curso del Sol todo el día, en una estupenda práctica heliográfica. Su cabaña también tenía el propósito de aislarse de la civilización, algo que compartía con muchos escritores. «La gente me molesta», escribió Shaw, «vengo aquí a esconderme de ellos». En este cobertizo, Shaw escribió algunas de sus obras maestras, como Pigmalión.

Durante mucho tiempo se ha mitificado el proceso de escritura de los grandes autores, como una especie de lucha con su propia mente. Algunas de sus técnicas obedecen a una lógica de estímulos comunes que propician la creatividad, como el café, el alcohol y la música. Otras son más extrañas y parecen entrar dentro de una región cabalística, como es el caso de Isabel Allende, que antes de empezar a escribir encendía una vela y cuando ésta se apagaba, interrumpía su proceso. Alejandro Dumas que vestía una sotana roja y unas sandalias para conseguir una prosa excelente, mientras que Víctor Hugo prefería estar desnudo para obligarse a escribir.

Para cerrar, les dejo este artículo de Sinjania “9 consejos para crear tu ritual de escritura”, por si se animan a crear uno.

Mónica Solano

 

Imagen de English

Sopa de letras con el estrés

¿Quién no ha usado la palabra estrés para referirse a alguna situación que lo supera? Si alguien levanta la mano, le doy la enhorabuena y de paso, si no le importa, le pido que me pase la fórmula mágica. Pero si sois de los que lo habéis sufrido, os invito a probar una receta que ayude un poco a digerirlo letra a letra.Frase

toa-heftiba-95457Bueno, igual no tanto. Aunque si no lo intentas, nunca lo sabrás.

La RAE define el estrés como la “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Etimológicamente, la palabra estrés viene del inglés stress (énfasis, presión) y este del latín strictus (estricto). Y strictus es el participio del verbo stringere (ceñir, atar fuertemente), de donde proceden también términos tan apetecibles como astringir, constreñir, restringir, o estreñir. Con esos datos surge la tentación de parar de leer.  Pero si, en vez de dar la espalda al problema, preferís echarle valor y plantarle cara, ahí van algunas sugerencias.

Empieza por el principio.

Aprende a escuchar. A los demás y a ti mismo. No necesariamente por ese orden. Pero escucha siempre. La época actual haría que nuestros abuelos volvieran a sus tumbas a toda pastilla si, por casualidad, se les ocurriera levantar la cabeza. La vida moderna está llena de velocidad, de ruidos, de prisas, y a veces nos olvidamos de la importancia de las pausas. Hay que recuperar los silencios y aprender a detenernos un minuto para filtrar lo importante y separarlo de lo banal en esa cacofonía de ruidos que, pomposamente, llamamos riqueza o diversidad informativa. Lo primero para solucionar un problema es ponerle nombre. Y, como médico, pienso que un diagnóstico acertado debe empezar por una buena anamnesis que siempre se podrá llevar a cabo si se sabe desarrollar esa pequeña capacidad de escucha. Guardemos un minuto de silencio para escuchar a nuestro interior, o a nuestro amigo, o al vecino que a veces hemos querido asesinar solo porque, cuando nos mira, sus dos cejas se convierten en una.

Sigue sus señales.

Todos sabemos lo que son las señales. ¿Todos? ¿Seguro? Ya, ya lo sé. Estoy diciendo casi lo mismo que antes, me diréis. Pues sí, ¿y qué pasa? Como no tenemos el hábito de escuchar, prefiero insistir un poco, aunque me repita. Y, al escuchar, no es mala idea prestar atención a las señales. Nadie, salvo raras y tristes excepciones puntuales, está un día pletórico de salud, y al día siguiente criando malvas. El cuerpo, igual que los chivatos del salpicadero del coche cuando algo va mal, nos envía a veces destellos rojos de aviso. Y, si eso ocurre, tenemos tres opciones: no ver la luz; verla y pensar que todavía no es una amenaza real y que podemos avanzar un poco más; o parar el motor, levantar el capó, y arreglar la avería si podemos y sabemos. Y si no, pedir ayuda. En mi trabajo he tenido pacientes que han entrado por la puerta con motivos de consulta de lo más variado. Detrás de un dolor de estómago, de un cansancio inexplicable, de miles de síntomas, se esconde a veces un hecho que no tiene nada que ver con esas señales de que algo no va bien. Y ni siquiera hace falta ir al médico para darse cuenta de eso. Hay miles de indicios más: que te encante el cine y no tengas ni idea de lo que hay en cartelera, o que se te acumulen dos temporadas de tus series favoritas, o que pasen las semanas sin que logres sacar un rato para llamar a tu madre por teléfono, o que no te des cuenta del ruido de la lluvia, simplemente…

Tómate tu tiempo.

Aprender a organizar nuestro horario es una herramienta muy eficaz para combatir el estrés. Y para ser más felices. Separemos nuestro tiempo profesional del personal, y procuremos gestionar ambos espacios del modo más productivo. Si hemos seguido los pasos previos y hemos escuchado las señales de alerta, este es el paso siguiente, y no creo que haga falta que me extienda más ¿verdad? Lo cierto es que al llegar a este punto de mi artículo me puse a buscar en Google y encontré un montón de aplicaciones para gestionar el tiempo. Pero no he querido poner el enlace a ninguna de ellas porque creo que, en esta época tan instrumentalizada, nuestra mejor app deberíamos ser nosotros mismos. Por eso prefiero dejar aquí la idea, y que cada uno piense cómo llevarla a la práctica de la mejor manera para él.

Relájate, por favor.

No confundas lo de organizar tu tiempo con la necesidad de multiplicar horas. Todavía, que yo sepa, no se ha inventado un reloj que haga que un día tenga más de veinticuatro horas. Si lo de gestionar el tiempo te resulta estresante, es momento de robar unos minutos para regalarte un masaje. O una clase de yoga. O unas cañas con los amigos. O… Inciso: este apartado es autorellenable por cada uno que lo lea, y sugiero que la respuesta sea hacer lo que se nos ocurrió al leer los puntos suspensivos finales del segundo apartado; sí, sí, ese de “Sigue sus señales”. Haz lo que quieras. Pero relájate. Eso no es perder el tiempo, sino todo lo contrario. Aprende a respirar. Dedica unos minutos a pensar qué cosas al alcance de tu mano te pueden ayudar a sentirte mejor, y da el primer paso para acercarte a ellas, aunque creas que no tienes tiempo para perderlo en “bobadas”. Luego te cundirá el doble cuando te enfrentes a tu lista de tareas. Y esos quince minutos de lectura de evasión, o ese paseo alrededor de tu edificio, o ese café con los pies en alto, habrán sido una buena inversión.

Ejercita mente y cuerpo.

Por si alguno se toma al pie de la letra lo de la relajación del punto anterior, haré aquí una pequeña llamada a la sensatez. Que en ninguno de los extremos está la virtud. De modo que procuremos ejercitar todo aquello que nos ayude a mejorar. Si quieres ser escritor, escribe mucho y lee mucho. Si quieres adelgazar, apúntate a un gimnasio, o sal a caminar. No vayas a comprar al super cuando estás muerto de hambre. Ponte pequeñas metas, que sean alcanzables. El ejercicio es un concepto muy amplio, pero en ninguna de sus facetas encuentro nada negativo, sino más bien al contrario. Así que, ya sabéis: ejercicio, disciplina, constancia. Que el resultado valdrá la pena.

Sueña. Sigue. Supérate.

Busca cualquier sistema de soporte a tu alcance. Cualquier cosa que te ayude a seguir en los momentos malos, a superar los baches, será siempre bienvenida. Y, cuando no encuentres al momento lo que necesitas, siempre te quedarán tus sueños. La diferencia entre sueño y realidad es a veces tan simple como cambiar la conjugación de un verbo. Echa el resto para transformar ese “algún día haré…” en un “hoy voy a hacerlo”. En eso tengo experiencia; he pasado muchos años con fantásticos “proyectos” de escritura. Pero hasta que no me apunté a mi primer taller, hasta que mis amigas y yo no nos metimos en este jardín de letras que es Mocade, no podía ni imaginar lo que me estaba perdiendo. Así que, si admitís un consejo, no hagáis como yo. Debéis saber que nunca, nunca, nunca es tarde. Palabra de honor.

Esta receta no es una panacea. Pero la he seguido paso a paso para escribir este artículo porque el estrés empezó a amenazarme con la temida falta de inspiración. Entonces, quizá por asociación de ideas con el título del artículo, me vino a la mente una frase que decía mi padre cuando alguno de mis hermanos no quería comer: “En la vida hay mucha gente con hambre, así que es un lujo tener la oportunidad de aprender a comer de todo, y un pecado imperdonable tirar cualquier clase de comida”. Y decidí aplicar esa frase a mi escritura y autorrecetarme lo que os he contado en esas pequeñas píldoras. Y al final, pude traer este plato a la mesa. A veces saborearemos exquisiteces de chefs, y otras veces habrá que calmar el hambre con una sopa de letras. Pero todo es alimento, de modo que…

¡Buen provecho!

Fotos: Pixabay, Unsplash

A PABLO GÓMEZ SORIA POR SU “NAVÍO EN AGUAS TURBIAS»

Hoy os traigo un nuevo poemario de Pablo Gómez Soria. Pero, antes de comenzar a hablar del libro, quiero confesaros que me embarga una gran emoción, la misma que sentiría si estuviera hablando del libro de uno de mis hijos. Fui compañera de estudios de Luis Gómez Egido y he trabajado treinta años con él y con su mujer, Francisca Soria Andreu, los padres de Pablo, en el Departamento de Lengua del Instituto Goya de Zaragoza. Así que de Pablo lo sabía todo, menos que escribía poemas.

Si su primer libro, Antiguo sol naciente, presentado en mayo de 2010, fue una revelación, Navío en aguas turbias consolida aquella voz en una nueva dirección. Se trata de un libro muy bien escrito y de altos vuelos literarios.

Cuando acabé la primera lectura, me quedé buscando una frase que reflejara el sentido de estos poemas. Como un fogonazo me vino esta: “Pablo escribe una poesía reflexiva sobre el sentido trascendente de la vida. Y se pasea por el camino de la trascendencia mirando a las orillas”.

En unos poemas veo un yo poético objetivado y, en otros, el trasunto de la personalidad de Pablo. Por eso mi discurso es oscilante. Unas veces hablo del yo poético y otras de Pablo. En esencia es uno y lo mismo, pero él los ha querido distanciar y separar. El yo objetivado es el portavoz de las verdades eternas y el de Pablo nos acerca a sus vivencias íntimas.

Navío en aguas turbias

  •  Lo que yo porto dentro de mí…
  • Es un navío en aguas negras.

Desde el título mismo, y desde los primeros versos, me vi asaltada por los ritmos de los antiguos griegos. Entonces pensé que Constantino Kavafis, uno de los mayores poetas de la poesía griega moderna, no podía andar muy lejos. Y a ninguno se nos escapa la imagen de Ulises volviendo a Ítaca.

En este título significativo, que brota del corazón mismo del libro, ya apreciamos una falta de artículos que apunta hacia la esencia misma de las cosas. Estas cosas que tienen alma y que son el reflejo de la conciencia del yo poético

  • Allí donde fui…
  • no encontré alma en las cosas.

En un libro, que yo calificaría de intimista, sorprende que las reflexiones más profundas estén objetivadas, es decir, contadas con la tercera persona verbal. Este es un signo evidente de la modernidad de esta poesía

La vida bajo el escudo

Después de recorrer los diecisiete poemas del libro, se cierra el círculo con el poema de la contraportada. El navío, al abrigo, espera la eternidad en el más puro sentido juanramoniano:

  • Bajen sin tardar los soles rojos
  • un tiempo parado regrese.

El lector se siente reconfortado cuando todo el pesimismo del vivir se resuelve en esperanza. Pablo se siente alejado de la tempestad y arrullado por ese escudo que es protección y abrigo, como cuando Fray Luis de León se aleja del mundanal ruido.

Estructura general del libro

Este libro, como los de los clásicos, está dividido en tres partes. Y la armonía de las tres se refleja en el número de poemas que las integran: siete, cinco y cinco. Un estructura metafórica y rítmica que luego se expande en los ritmos de los versos. Sigue el patrón del teclado de un piano: siete teclas blancas entre las que se intercalan las cinco negras. Y los ritmos poéticos están afinados por quintas, como concibió Pitágoras su sistema musical.

Las tres partes van incorporando los grandes temas, a la vez que integran los poemas en un todo armónico. Todo está pensado y medido, como lo estaba la prosa de Fray Luis de León. Ni una palabra, ni un hipérbaton, ni la longitud de los poemas están puestos al azar.

  1. Pérdida de la juventud

  • Llegó sin esperarlo que un día,
  • esto si lo pude ver,
  • me fallaron los miembros del cuerpo
  • y la alegría que se fue.

En la primera parte reescribe el tópico que había cantado Rubén Darío en Prosas profanas:

  • Juventud divino tesoro
  • que te vas para no volver.

Pero si la de Rubén fue una juventud no vivida, la de Pablo se vivió con plenitud, de forma intensa y reflexiva. Y el poema, que da el título a esta parte, se resuelve como una vivencia en la que se compaginan el vitalismo de la juventud con la reflexión íntima.

  • Nos imponíamos metas
  • cuanto más difíciles más hermosas.
  • Colectar pasiones
  • conquistar nuevos campos.
  • Y por encima de todas las cosas.
  • Las chicas que yo vi
  • las chicas que yo besé.
  1. Muerte de la poesía

  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

A esta segunda parte, yo la llamaría una defensa de la razón poética.

  • Romanticismo (que se nos va, que se nos ha ido…)
  • Clasicismo (del cual evoluciona el Romanticismo…)

Es bastante corriente oír en muchos foros que el nuevo utilitarismo no nos deja tiempo para la lectura de la lírica y que está cerca la muerte de la poesía. Pero Pablo desmonta el tópico y le da un nuevo sentido.

Como Luis García Montero, otros poetas jóvenes nos plantea que, si muere la poesía, con ella desaparecerá algo más que un género literario. Se perderá la expresión de los valores esenciales de la condición humana.

  1. El club

  • Cada noche recordarás la casa de paneles de madera
  • en la que, en nuestras veladas, solíamos
  • escuchar las palabras de los autores muertos.

El título de esta parte nos trae a la memoria la película El club de los poetas muertos. ¡Pero,j no! Estos poemas van más allá. En estas poesías descubrimos que Pablo siempre estuvo alerta y dispuesto a aprender de todo. Especialmente de las lecturas y de los poetas del pasado. Aprendió a hablar con ellos en la biblioteca familiar. Y así lo confiesa en uno de los poemas más bellos del libro.

  • Sobre el solar de la estirpe familiar.
  • en la casa donde no faltó el afecto,
  • huérfano de allí a poco,
  • ejercieron mi tutela los libros.

Relacionado con la muerte de la poesía, está el empobrecimiento del lenguaje, que nos llega de la mano de la pérdida de las ilusiones colectivas. Si sabemos leer entre líneas, veremos que hay constantes guiños escondidos entre la oralidad.

Precisamente, de esa necesidad de entendimiento nace el espacio de la poesía. Y con él el enriquecimiento del lenguaje. Y las palabras cultas, cultísimas, que asoman entre la cotidianidad, que nos remiten a la profundidad del poema. Así, Parvos, con el significado de pequeños, escasos. Esculcar, examinar con detenimiento el interior de alguna cosa para descubrir lo que hay. O lidohelada, un neologismo descriptivo.

Debajo de la reivindicación ecologista del poema dedicado al avetoro, nuestra garza más esquiva y discreta, late aquella otra garza de amor, hoy también extinta, que tantos poemas inspiró a los poetas lásicos, especialmente a San Juan de la Cruz.

Con esta renovación del lenguaje y con la reescritura de los mitos clásicos, nos lleva a un nuevo entendimiento entre los hombres y nos ayuda a descubrir que somos dueños de nuestro mundo interior.

  • El río de la muerte,
  • cuyas aguas verde oscuro,
  • trasparentes, estremecen (…)
  • Bebí en él,
  • no me mató,
  • por ser el flujo de la vida.

Renovación de los metros y del lenguaje poético

A su deseo de renovación del lenguaje poético contribuye una métrica nueva. Los versos blancos amparan su ritmo en las estructuras sintácticas y en los elementos léxicos. Y amparan también a la estructura misma de muchos poemas que, siguiendo los patrones de la retórica clásica, están concebidos en partes binarias o ternarias.

Los versos blancos y la ausencia de rima se ven compensados por procedimientos rítmicos, más potentes y más modernos.

  • Dichosos sean los tiempos
  • en los que buscamos tiempos felices,

En esa misma línea utiliza abundantes encabalgamientos al servicio del significado y del ritmo. Y la sintaxis se rompe para conformar nuevas líneas poéticas. Como en el siguiente ejemplo, donde el encabalgamiento viene reforzado por una enumeración ternaria.

  • Tal vez el vino,
  • el pan y la carne

Todo esto viene acompañado con una acertada selección del vocabulario. En medio de un decir casi cotidiano, porque Pablo valora la belleza de las cosas simples, saltan los neologismos y las palabras cultas que dan sentido a todo el poema. Esas palabras repartidas como al azar por las distintas páginas del libro se quedan como pegadas en la mente del lector. Entre todas forman un coro que es la seña de identidad de la poesía de Pablo Gómez.

Y llega a una comunicación profunda con una poesía dialógica, en el más puro sentido bajtiniano. En sus versos oímos los ecos de los griegos, los clásicos y los modernos. Catulo dialoga con Kafafis, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Cernuda, Gil de Biedma. Y no sigo porque su cultura es tan amplia que nos haría la lista interminable.

Para terminar

Haciendo míos los consejos de Walt Whitman, Pablo, te digo que no te detengas. ¡Sigue! Aprende de los poetas que nos precedieron, pero no olvides que la sociedad de hoy la formáis los poetas actuales. Aunque el viento sople en contra, tu poderoso navío tiene que continuar. No dejes nunca de soñar y de compartir tus sueños con nosotros. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí que pueden cambiar el mundo.

Fin del texto de Carmen Romeo Pemán

En la presentación me acompañó mi amiga Gloria Cartagena Sánchez, cuyas palabras os dejo a continuación.

2, Gloria hablando

Nos reunimos aquí con motivo de la publicación del segundo poemario  de Pablo Gómez Soria.

Pablo nació el 14 de noviembre de 1974 en Zaragoza. En esta Universidad cursó la carrera de Derecho y la completó en la Universidad de Saarbrücken (Alemania). En el año 2000 terminó el Master de Derecho de Comercio Internacional en la Universidad de Essex (Reino Unido). Desempeñó durante seis años en Inglaterra su labor profesional. En 2006 regresó a España, donde ha seguido desarrollando tareas ejecutivas en el mundo del comercio internacional. Pablo es un hombre muy culto, políglota, gran lector y  poeta. Publicó sus primeros poemas en la revista Eclipse de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el año 2010 tuve la satisfacción de presentar su primer libro Antiguo sol naciente, un conjunto de dieciséis poemas de diferente extensión, con un tono hondamente lírico. De ritmo cadencioso y solemne, con un léxico elaborado y culto, con ecos del español clásico. Los aspectos temáticos eran el tiempo, el sentimiento amoroso y, como fondo, la Naturaleza, gozosamente vivida y percibida con la nota dominante de la belleza y la luz del sol en la línea del mejor Juan Ramón Jiménez.

Hoy traemos aquí Navío en aguas turbias, segundo libro de poemas de Pablo. Ha sido editado por la editorial Dauro que apuesta por escritores noveles, en una edición muy cuidada, con ilustración de Manuel Francisco Sánchez, pintor granadino que ha sabido llevar a la imagen de la cubierta el título del poemario.

La cubierta ilustra el título formando un todo muy inquietante. Las aguas son más que turbias, siniestras. Y el navío es un barco insólito y funerario, negro con toques sanguinolentos. El extraño velamen verde con tonos rojos no se explica por el cielo que es casi tan gris y cerrado como el agua. Solo asoma un atisbo de luz, blanco y frio de macabro tono óseo. Recuerda el lúgubre verde del  estribillo del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas, autor granadino como la editorial y el ilustrador. En este poema, como en otros de García Lorca,  el verde deja de estar asociado con la esperanza para ofrecer sugerencias dramáticas.

Va a presentar el poemario mi buena amiga Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura y escritora, que ha vivido con pasión la literatura y el deseo de enseñarla. Carmen, hija de maestros, es autora del libro De las escuelas de El Frago, publicado en 2014. Es una gran defensora de los derechos de las mujeres y pertenece a la Liga Internacional de Mujeres  por la Paz y la Libertad. Como estudiosa, ha analizado la obra de Ángeles de Irisarri, la de Sor Juana Inés de la Cruz y la de María Zambrano. Es autora de La Zaragoza de las mujeres (2010), libro sobre las ausencias y las presencias de las mujeres en el callejero de esta ciudad. Como se puede apreciar el libro de Pablo no puede tener mejor madrina.

Gloria Cartagena Sánchez

3. Pablo hablando. 1

Pablo Gómez cerró el acto leyendo el poema MUERTE DE LA POESÍA.

  • Zarpé, como cada año
  • por el mar fui,
  • a la tierra donde tenía lugar
  • mi anual homenaje.
  • No hallé restos del altar producido por mis manos,
  • pareciera
  • que alguien había destruido mi construcción,
  • continuación de fructuosos legados.
  • Deberé escuchar
  • ver qué ha ocurrido,
  • no acierto a entender…
  • Siendo yo muchacho,
  • inocente e inquieto,
  • me guiaba el corazón.
  • Ella me sopló en los oídos,
  • la Poesía me tocó.
  • De repente múdase el aire
  • algo rompe el día
  • las aves escapan
  • los animales huyen.
  • Aparece corriente
  • la Poesía,
  • sus cabellos adquieren la tonalidad de la estación,
  • los ojos siguen el mismo curso,
  • en su túnica liviana
  • van embrocadas las flores,
  • saliente corro a su encuentro.
  • Falla,
  • la sustento, advierto
  • la sangre del costado fluir,
  • daga o puñal clavados.
  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

4. Entrando al acto. 1

A continuación, os dejo unas fotografías de los numerosos amigos que acudieron a la presentación. Entre ellos reconoceréis caras de profesores y alumnos del Instituto Goya de Zaragoza.

5. Público. 16. Público. 2

7. Publico3

Pablo Gómez Soria, Navío en aguas turbias. Editorial Dauro, Granada, 2017.

Invitación a la presentación

Carmen Romeo Pemán

‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Katie Montgomery

¿Es la ciencia culpable de la desaparición de la ficción?

“La fantasía es lo imposible hecho probable. La ciencia ficción es lo improbable hecho posible”. Rod Serling

 

Estoy escribiendo una novela que es un mix de fantasía y ciencia ficción y, hace unos días, mientras navegaba por la red, en busca de información, encontré un artículo que me cuestionó algunas cosas sobre el género: “¿Por qué la ciencia está matando la ficción?”. El título me hizo recordar que, cuando elegí el tema de mi proyecto y me decanté por ese género literario, mis mayores temores consistían en caer en una idea demasiado trillada y carecer del conocimiento suficiente para encontrar un punto de vista novedoso. A estas alturas, los avances tecnológicos le han dado vida a casi todo lo que el hombre se imaginó como probable alguna vez. Es muy difícil dejar volar la imaginación sin caer en algún tópico.

“La ficción está desapareciendo porque ya no sabe viajar más rápido que la ciencia. Y también porque esa misma ciencia, tan poderosa hoy en día, siente hacia ella un profundo desprecio. El desprecio hacia una actividad que se dedica a ver sin resolver. A mirar sin dominar”.

Este fragmento del artículo hizo que me cuestionara aún más cosas, y recordé que, cuando me enfrenté a la planificación de mi novela, tuve un momento de crisis en el que me sentí muy agobiada. Y no era para menos. Había escogido un mundo que no existía en nuestra realidad y tenía que dar vida a una civilización completa. Estaba tan histérica que hasta pensé en desechar la idea y escoger un tema diferente, en el que pudiera aprovechar lo que sabía de mi entorno. Pero no. Como soy bastante terca, decidí jugármelo todo, aunque esto significara ganar unas ojeras más pronunciadas.

Antes pensaba que la ventaja de la ciencia ficción era que podía escribir sobre cualquier cosa y que no tenía que ceñirme a ninguna regla. Estaba muy equivocada. Porque, aunque este género me permite desafiar algunas leyes, no puedo dejar de lado la verosimilitud y la lógica. El escritor Robert A. Heinlein lo explica de maravilla al afirmar que la ciencia ficción es una especulación realista en torno a unos posibles acontecimientos futuros, basada en un adecuado conocimiento del mundo real, pasado y presente, y en un conocimiento de la naturaleza y el significado del método científico.

Cuando empecé a recrear los diferentes escenarios y a entretejer el medio ambiente con la trama, fue un completo suplicio. Tuve que hacer una pausa para buscar información sobre volcanes, cuásares, galaxias, sumerios y robótica, entre otras cosas. No se me podía escapar nada que hiciera más rico mi imaginario. Mientras leía y veía algunos documentales, pensaba en todos los genios de la literatura que no tuvieron Google ni NatGeo para alimentar su ingenio. Y me pregunté cómo harían para dar vida a sus historias sin tener los referentes que tenemos hoy. ¿Sería más fácil escribir ciencia ficción en esa época? O, por el contrario, ¿era más difícil? Al final, llegué a la conclusión de que eso no importa, porque la ciencia ficción también es el género de la anticipación. Basta con ver la serie de Netflix “Black Mirror” para que los posibles escenarios que nos depara el futuro nos lleven a un estado de shock. Entonces no se trata de que antes fuera más fácil o más difícil, sino de que son momentos distintos y el truco está en aprovechar lo que nos ofrece cada época.

Si queremos contar una historia, tenemos que prepararnos sin importar el género que vayamos a utilizar. Algunos autores de ciencia ficción poseen una preparación científica y un conocimiento de los temas planteados por la ciencia y la tecnología. Sin duda, esto les ayuda a desarrollar mejor sus ideas o escenarios. Aunque no pretendo ser una astrofísica, debo preocuparme por conocer al detalle todo lo que pueda afectar a mi historia. Y lo necesito para darle un contexto lógico al mundo que estoy creando.

“Ahora estamos en la revolución industrial 4.0, la de la conectividad. Y en este escenario da la sensación de que es la ciencia la que crea la ficción y no al revés. Ya no es Julio Verne quien describe un submarino que Isaac Peral construirá años más tarde, sino que son las novedades de Apple, Facebook o Microsoft las que sueñan con el futuro. Solo que cuando nos lo muestran a nosotros es porque ese futuro ya existe”.

Retomando el artículo “¿Por qué la ciencia está matando la ficción?” hice una nueva pausa. Y me volví a replantear la historia. Pensé en todo lo que había estudiado para poder escribirla. Sentí cómo se me revolcaban las neuronas y llegué a una conclusión: el problema no está en la velocidad de la ciencia, sino en lo aletargados que nos vuelven los avances. Hace unos días debatía con una amiga la frase “todo tiempo pasado fue mejor”. Es posible que no sea verdad, pero el punto clave es el siguiente: aunque los avances tecnológicos nos han facilitado la vida, también nos han puesto en una especie de estado vegetativo en el que dependemos de las cuatro pantallas para vivir. Le hemos dado el poder a la ciencia y relegamos la creatividad al plano del mínimo esfuerzo. Yo también he pertenecido a ese cúmulo de personas que afirma que “ya no hay nada que inventar porque todo está inventado” o que se preguntan “qué nuevas historias se van a contar si ya todos los temas están contemplados”. Por fortuna, cuando pierdo la fe en la humanidad, salta a la escena un nuevo genio que me recuerda que todavía queda mucho por hacer y que el éxito no consiste en sorprender con algo nuevo, sino en sorprender con una visión diferente.

El artículo de Hipertextual “¿Por qué es importante la ciencia ficción?” me hizo darme cuenta de que la ciencia ficción ha cumplido un papel importante y necesario en el devenir científico de la humanidad. Isaac Asimov, bioquímico y escritor de ciencia ficción, y uno de mis escritores favoritos del género, fue el primero en acuñar el termino robótica en la investigación y el desarrollo de los autómatas. Creó las tres leyes de la robótica, un código ético diseñado para prevenir los actos de los robots contra la humanidad. Abordó otros campos como la historia, la psicología, las matemáticas y la sociología. Mantuvo siempre una actitud positiva ante el futuro de la humanidad y recalcó la importancia del uso racional de la tecnología. En su ensayo Los viajes extraordinarios, declaraba que las novelas y los relatos de ciencia ficción son “cuentos de viajes fantásticos. Viajes extraordinarios a uno de los infinitos futuros concebibles”. Algo así me encantaría que fuera mi novela: un viaje extraordinario. Porque quiero creer que la ciencia ficción todavía puede promover el aprendizaje, despertar la imaginación y desafiar a la ciencia.

No podemos permitir que la ciencia supere a la ficción, si tenemos en cuenta lo que dice Ame Rodríguez en su artículo:

“El papel de este género es enseñar a la humanidad que no hay límites que deban dejarse intactos, que es posible seguir evolucionando. Por eso necesitamos más personas que crean que es posible conquistar las estrellas, construir carros voladores, y pensar en qué somos como sociedad y lo que podemos hacer para cambiarla. Plantearnos soluciones a problemas futuros, relacionados con el creciente y constante cambio tecnológico. Porque la ciencia ficción nos enseña a convivir con nosotros mismos en un futuro ya no tan distante”.

Quiero quedarme con este último párrafo, porque puede que nunca veamos una máquina del tiempo o que pasen los años y sigamos sin cruzarnos con un alienígena en el supermercado. Pero no podemos olvidar que, hace un tiempo, jóvenes lectores de ciencia ficción, como el ingeniero Pedro Paulet, se inspiraron en Julio Verne y H.G. Wells y construyeron cohetes para viajar a otros planetas. Ahora conocemos más de nuestro sistema solar y estamos más cerca de la luna. Dejar volar la imaginación, sin preocuparnos demasiado por parecer dementes, nos ha llevado muy lejos.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Stefan Keller

La riqueza de los libros

A mi padre. Y a mi hija. 

¿Te has preguntado alguna vez por qué leíste tu primer libro? ¿Cuál fue la razón que te impulsó a leerlo? ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿Te impactó, te animó o, por el contrario, te desilusionó?

Me gustaría empezar este artículo diciéndoos, como otras veces, que lo que me ha movido a escribirlo es ofreceros respuestas a esas preguntas. Pero mentiría. En esta ocasión, lo que quiero compartir con vosotros son esos interrogantes que me vinieron a la mente desde que descubrí, sorprendida, que había personas a las que no les gustaba leer. Y es que, a veces, las preguntas son más importantes que las respuestas y todas esas cuestiones menores conducen a algo que va mucho más lejos: ¿cómo nace el gusto por la lectura?, ¿cuál es la magia que hace que una persona descubra el placer de leer?

No sabría deciros qué me llevó a leer mi primer cuento o mi primera novela, porque no lo recuerdo. Desde que tengo uso de razón, siempre he andado con alguna lectura entre manos. Los libros me siguen resultando apetecibles y necesarios. Tan necesarios que, a fuerza de leer, he acabado por escribir. Y por eso me estáis leyendo ahora mismo.

Solo puedo mostraros aquí la punta del iceberg. Porque creo que lo que subyace bajo el placer de leer es mucho más de lo que aparece a simple vista. Trataré de daros mi opinión a través de unas vivencias personales: mi experiencia con el universo de la lectura, en un recorrido por el tiempo.

Ivanhoe, o la madurez, llama a la puerta

Si el amor por la lectura se hereda, yo lo heredé de mi padre. En eso éramos como dos gotas de agua. Pero nada es perfecto y tropecé con un escollo: antes de poder leerme un libro, él tenía que darle el visto bueno. Al principio no era problema, pero llegó un día en que mi progenitor no había tenido tiempo de leer mi próximo candidato. Me consumía la impaciencia y le pregunté si, mientras tanto, podía coger uno de la colección de las tapas verdes. Era una colección de libros, todos forrados con un papel verde manzana, que recuerdo con claridad. Por aquel entonces había leído algunos de los títulos. Con el tiempo los leí todos, y aún recreo en mi imaginación el dibujo de la portada de muchos de ellos: El prisionero de Zenda, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick, Quo Vadis, Ivanhoe, y Los tres mosqueteros, entre otros. Este último me llamó la atención por el título, y le pedí permiso a mi padre para leerlo. Pareció que le proponía asaltar un banco, porque su respuesta fue una negativa rotunda e inesperada que me sorprendió. Hasta entonces nunca me había censurado las lecturas, y su argumento fue que ese libro no era “ni ejemplar ni educativo” para mi edad. Me resigné, y empecé a leer Ivanhoe, que fue la alternativa que mi padre me ofreció, diciendo que también era de aventuras, de caballería y no sé qué más. Pero nada hay más provocativo que la curiosidad y, aunque no recuerdo la primera lectura de mi vida, sí que estoy casi segura de que en aquella época cometí, a sabiendas, mi primera desobediencia. Y es que tenía tantas ganas de leer las aventuras de los mosqueteros que cambié el forro de Ivanhoe por el del otro libro, y así me tragué de cabo a rabo las aventuras de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, delante de las narices de todo el mundo. Capítulo tras capítulo intenté encontrar entre líneas algo malvado, dañino o perverso, pero no lo conseguí. Hoy comprendo que mi padre no quería que me enfrentara a actitudes y maquinaciones tan poco ejemplares como las de Milady, pero el resultado fue que empecé a darme cuenta de que los libros eran algo más que un pasatiempo y podían convertirse en herramientas para muchos fines. Intuí, por ejemplo, que leer podía conseguir que alguien cambiara de modo de pensar, que actuara de una u otra forma, y, aunque no me enterase muy bien de la milésima parte del asunto, lo cierto es que aquella aventura privada me hizo madurar bastante.

Crepúsculo y cía, o la historia de un objetivo cumplido

Como lectora furibunda y enganchada, siempre he querido que mi hija heredase esta costumbre, pero no había manera de conseguirlo. Era una batalla perdida, y me entristecía pensar en lo que se estaba perdiendo. Soy “Socia Oro” del “Círculo de Lectores” desde hace años. En los comienzos de ese club, una de las condiciones era hacer al menos un pedido bimestral. Pues bien: en una ocasión en la que no sabía qué pedir, vi el primer libro de la saga Crepúsculo antes de que el cine le diera fama. Lo compré por curiosidad, porque me chiflan las historias de vampiros y no había otros libros que me llamaran la atención. Y, como soy incapaz de dejar una saga a medias, en la siguiente entrega pedí los otros dos títulos (aún no se había publicado el cuarto, Amanecer). Los leí, y la cosa quedó ahí. Mucho tiempo después, mi niña me preguntó un día si le compraría un libro para el instituto. Le dije que por supuesto, pensando en algún libro de texto, pero pronto me sacó de mi error. “Mami”, me dijo, “no es un libro para estudiar. Es una novela chulísima que se están leyendo todos los de la clase, y siempre que digo que me la pasen, ya se la han prestado a otro”. Le pregunté por el título o el autor, pero no recordaba ni lo uno ni lo otro. Le dije que con esos datos me lo estaba poniendo difícil y, por pura curiosidad, le pregunté sobre el argumento. Me respondió que era sobre una chica que se enamora de un chico que resulta ser un vampiro, pero no uno de los de colmillos y capa negra, sino que es un compañero de clase, miembro de una familia de vampiros muy “guays”… ¿Os suena? A mí se me encendió una bombillita interior, y la interrumpí. “¿Por casualidad el libro no se llamará Crepúsculo?”, le pregunté. La cara se le iluminó: “¡Ese, mami, ese es! ¿Me lo vas a comprar?” La dejé con la palabra en la boca, salí de la habitación, y regresé con las manos a la espalda. No os imagináis la cara que puso cuando vio que tenía el libro en una de las manos. Y si os cuento ya su expresión al ver que en la otra mano tenía los dos libros restantes de la serie, os podréis hacer una idea de cómo me sentí. Ni ella ni los de su clase sabían que había dos títulos más. Total: que mi amor por la lectura hizo que aquel día, en el ranking materno filial de “los 40 principales”, yo subiera de forma meteórica desde el puesto nosesabequenúmero hasta la primera y destacada posición, donde me mantuve triunfante una larga, larguísima temporada. Crepúsculo fue la llave que le abrió a mi hija el mundo de la lectura, y sólo por eso tengo que romper una lanza en su favor, aunque mi amiga Carla sienta deseos de matarme. Ya sé que no puede resultar más tópico ni más típico, que Bella es la clásica chica femenina, débil y tierna a la que el masculino, protector y perfecto Edward siempre salva. Pero mi hija empezó a leer gracias a eso.

Terry Pratchett o la prueba de que la lectura siempre será sorprendente, y Seda o la lectura como escuela

Cuando yo creía estar de vuelta de todo en este mundo de la lectura y los lectores, llegó mi actual etapa de escritora y, con ella, mis amigas mocadianas. Y Carla, ¿cómo no?, nos presentó a Sir Terry Pratchett. No hace falta que os diga que lo adora, porque ya lo cuenta ella en una de sus entradas. Y su amor por este autor es contagioso. De modo que aquí me tenéis, a mis años, diseccionando y disfrutando de artículos como el de Carla, y analizando la obra de un señor que ha tenido la osadía de dejarme con la boca abierta y sin mover un dedo. Porque para alguien como yo, que presumía de haber leído libros de “casi todo”, ha sido un descubrimiento y una espléndida sorpresa encontrarme con algo nuevo, diferente y original. No puedo decir gran cosa de este autor que no haya dicho Carla más alto y mejor. Pero quería mencionarlo en mi artículo de hoy porque lo merece. Y, a mi modo, también quiero rendirle mi particular homenaje.

Y vamos llegando al final. El otro día, en un curso de novela que estoy haciendo, nos tocó analizar un fragmento de Seda; la lectura de dicho fragmento me inspiró tanta curiosidad que en dos días me he leído la novela. Y me ha vuelto a pasar como con Sir Terry: me he quedado con boca de pez, medio babeando, al descubrir una literatura que está a años luz de la de mis comienzos, cuando todo eran aventuras de caballería, o novelitas rosas de Rafael Pérez y Pérez que devoraba en las vacaciones de verano, sin descanso, una tras otra. Aquellas novelitas, tan distintas de esa Seda de Baricco, fueron para mí un poco como Crepúsculo para mi hija: no puedo afirmar que fueran mis primeras lecturas, pero sí que recuerdo que con ellas tomé conciencia de que leer era para mí una necesidad ineludible.

¿Y ahora qué?

Nunca he tenido miedo a quedarme sin nada que leer, o a que nada de lo que pueda leer deje de sorprenderme. Creo que lo que la lectura nos regala tiene tanto que ver con el contenido de los libros como con los ojos del lector. Por eso las películas nunca suelen parecernos tan buenas como la obra en papel, salvo raras excepciones. Porque los libros, aunque sean comprados, llevan también algo nuestro desde el momento en que ponemos los ojos en la primera página. El autor lo gesta, lo cuida, lo mima, le ayuda a crecer, y lo lleva de la mano hasta el momento del parto literario. Pero luego es el lector el que lo viste de gala o lo condena al ostracismo; y, sea cuál sea su decisión, al tomar postura se convierte, aunque sea en una mínima parte, en “coautor”.

Y eso, saberme autora y coautora, es lo que me puso a pensar y a escribir todo lo que os he contado. Porque este artículo solo pretendía hablar del nacimiento del placer de la lectura. La experiencia es diferente para cada persona, y también varía a lo largo de la vida. En mi caso he querido hacer el recorrido de cómo me enamoré de los libros en mi infancia, cómo ayudé a que naciera en mi hija ese mismo amor y cómo, en esta tercera etapa, descubro en la lectura un placer mucho más maduro, conclusión de las etapas anteriores. Porque si no hubiera sido lectora e inductora de lectora, no habría podido renovarme.

Y, cuando ya parecía que leer no podría aportarme nada nuevo, resulta que ha sido la llave del portal a otro mundo fascinante: el de la escritura. Y, si habéis leído hasta aquí, no necesitáis que os cuente más. El resto del artículo lo podéis escribir a vuestro gusto.

Adela Castañón

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Fotos cabecera y final: Pixabay

La artillera. La lucha de España por la libertad

Homenaje a las heroínas de los Sitios de Zaragoza

De mi baúl de lecturas

Hoy os traigo mi primera entrega sobre una novela de Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947), mi amiga y compañera de pupitre. En un futuro vendrán más.

Sus novelas históricas cuentan los orígenes de varios reinos: del de Aragón, en El estrellero de San Juan de la Peña, del de Navarra en Toda reina de Navarra, y del Condado de Cataluña en Ermessenda condesa de Barcelona. Su gusto por el arte de contar y el rigor de su documentación, muy propio de una buena medievalista, son la clave de sus éxitos. Y los lectores nos regocijamos con su mirada irónica, que nos ayuda  a reinterpretar la historia en clave de humor. Nunca olvidaremos la huelga de hambre de la Condesa de Barcelona metida en un baúl ni a la reina Toda viajando hasta Andalucía con su nieto Sancho el Gordo para que los médicos árabes lo sometieran a una purga de adelgazamiento.

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La primera vez que leí La artillera lo hice de un tirón. No podía dejarla. Y cuando la acabé dije: “¡Impresionante!”

¿De qué trata la novela?

De los días previos al Primer Asedio de Zaragoza, del Primer Sitio, de los meses siguientes y del Segundo Sitio. De la vida zaragozana bajo el mando francés, de la salida de los franceses y de la visita del rey. Y, para terminar, de las últimas noticias de la vida de Agustina de Aragón, hasta su muerte en Ceuta a los 71 años. Trata, pues, de unos hechos históricos muy conocidos. Así que, desde el punto de vista del contenido, el lector espera pocas sorpresas. Por ese motivo, me acerqué a esta novela con cierto recelo. Pero, al comenzar a leer, al romper el silencio narrativo, me di cuenta de que estaba equivocada. Que el asunto es conocido, pero el enfoque resulta muy novedoso.

Los sucesos históricos se cuentan a través de las vidas cotidianas y de las vivencias de diez mujeres, las diez protagonistas: siete históricas y tres inventadas.

Las históricas son cinco mujeres del pueblo: Agustina Zaragoza, conocida como Agustina de Aragón y como la Artillera, María Agustín, María Lostal, Casta Álvarez y Manuela Sancho. Una dama, la condesa de Bureta y una monja, la madre Rafols.

Las inventadas son Matilda López y Marica, dos prostitutas del Rabal, y Quimeta, una hermana que la autora le ha regalado Agustina. Quimeta y Agustina viven juntas, porque sus maridos están luchando en Cataluña. Y así, a través de su estrecha convivencia y de sus permanentes diálogos, llegamos a conocer mejor la vida cotidiana, las estrecheces y los pensamientos de Agustina de Aragón.

En el primer capítulo se juntan estas diez mujeres en la plaza del Mercado. Agustina, Quimeta, las dos Marías, Casta, Manuela y las dos prostitutas están tomando un refresco en el puesto de la tía Paca, justo debajo del balcón de la condesa de Bureta. Y arriba, en el balcón, están la condesa de Bureta y la madre Rafols. Y las diez oyen el bando de declaración de guerra contra los franceses.

Desde las primeras líneas el lector se queda sorprendido cuando ve que Agustina se dirige con prisa al mercado a comprar una mata de borraja para añadirla a la olla que había dejado hirviendo. O cuando Casta Álvarez recorre los tenderetes en busca del mejor precio para el tocino y dos morcillas de arroz con piñones.

La sorpresa procede del enfoque, del nuevo punto de vista y de los detalles cotidianos, que disuelven el sentimiento heroico. En los momentos previos a un gran bombardeo, Casta Álvarez, que cunde por todos los lados, se sube a las murallas y a continuación se va a poner el puchero para la cena y a dar un limpión a la casa.

Y todo sucede así porque no es un libro de historia, porque es una novela en la que se crea, y se recrea, un mundo de ficción a partir de datos de la realidad.

Una novela realista de corte decimonónico

El género histórico se mezcla con las características de las novelas realistas del siglo XIX. Y la clave para esta interpretación la tenemos al final. Porque la novela de Ángeles de Irisarri es una continuación de la que ha escrito Carlota Cobo, la hija de Agustina de Aragón.

La autora, para recrearse y para recrear el siglo XIX, elige un género de la época. Y sigue el modelo de Cecilia Böhl de Faber, conocida como “Fernán Caballero”, una escritora que escribe sobre mujeres.

De la novela del XIX hereda el método de observación, la rigurosa documentación, la tesis, la estructura general, el cierre de los capítulos, los elementos de suspense y una narradora omnisciente que conoce y opina sobre la historia que está escribiendo. Antes de comenzar la novela, cuando leemos el título completo, “La artillera. La lucha de España por la libertad”, ya adivinamos que la segunda parte del título es la tesis.

Al final, el coro de mujeres de la fuente del Portillo va recapitulando y atando todos los cabos que han ido quedando sueltos. Y todo se cierra, menos la vida de Agustina, porque ha sido la heroína por antonomasia y ella, la Artillera, la primera mujer que entró en el ejército, va a ser el símbolo de la lucha de los aragoneses por la libertad.

El mensaje central de la novela está en el último capítulo, en un vivo y entrecortado diálogo entre Agustina y su hija. Así, al poner el mensaje central, la tesis, en boca de una Agustina cansada y enferma, de una Agustina a la que le falla la memoria, pierde el tono asertivo de las tesis de las novelas del siglo XIX.  “La palabra rendición no entraba en nuestro vocabulario. Allí fue vencer o morir…Para no ser esclavos, para ser libres”.

Una novela moderna de protagonista colectivo

Poco a poco se van incorporando grupos de mujeres que funcionan como los coros de las tragedias griegas. Las costureras de la fuente del Portillo se enteran de todo, porque se pasan el día parloteando y escuchando a las mujeres que se acercan al corro a decirles tal o a contarles cual.

Las comadres lenguaraces del ropero de San Miguel salen a coser a la puerta Quemada para enterarse de los sucesos y comentarios que circulan por la ciudad. Y hacen lo mismo las del lavadero de la acequia del Portillo, las del salón de la condesa de Bureta y las de la tertulia de Josefa Amar y Borbón.

Así, la verdad colectiva se va formando con la suma de las verdades individuales. Por eso son tan importantes los personajes secundarios que pueblan la novela.

Un discurso testimonial

En sus páginas oímos hablar a las protagonistas, y así tiene que ser, porque eran analfabetas. A Agustina de Aragón le enseña a leer doña Josefa Amar, y cuando la viuda María Lostal quiere volver a abrir la tienda de vinos tiene que ir a que la condesa de Bureta le lea las facturas, porque no sabe quiénes eran los suministradores de su marido.

El humor y la comicidad

En esta obra, como en todas las de la autora, se hace  una afirmación del valor y del sentido práctico de las mujeres. Una afirmación que brota de una pluma que es capaz de ironizar y de reírse hasta de su sombra. El lector, entre las pilas de muertos y el olor a cadaverina, se ríe cuando Casta Álvarez, cocinera del Hospital, descubre que las lentejas están agusanadas. “Que no se trataba de un gusano ni de dos, que había más gusanos que lentejas, que los bichos no flotaban en el guiso y que las cocineras no podían quitarlos con la rasera. Entonces, la madre Rafols decide hervirlas hasta convertirlas en una pasta.

Sonreímos complacidos cuando la condesa de Bureta saca los tomos de la Enciclopedia Francesa para construir barricadas. O cuando María Agustín no puede hacer los encargos de costurera ni salir a recibir a Palafox porque le ha venido la regla y se tiene que quedar siete días en casa.

Y cuando Casta Álvarez le dice a María Lostal que su hijo se llama Pablos, y no Pablo, porque cunde por tres, nos damos cuenta de que ese Pablos es un personaje con resonancias del Buscón de Quevedo.

Otras veces, el efecto cómico brota de las exageraciones que disuelven la tragedia. En medio de una ciudad destruida y llena de cadáveres, un grupo de mujeres se lía a navajazos por beberse las lágrimas que la Virgen derramaba. Y el día que se firmó la capitulación de Zaragoza, hubo colas de soldados en el burdel del Rabal porque se temían lo peor.

Para terminar

Está muy bien conseguida la personalidad de las diez protagonistas. Cuando cerramos el libro, sigue resonando en nuestros oídos el susurro de la condesa de Bureta, porque la habían educado para que nunca hablara alto. La voz de mando de la madre Rafols. Las risas y los jolgorios de las dos prostitutas del Rabal. Las alucinaciones de Manuela Sancho, que escucha las voces de los muertos en su interior. Los gritos de Casta Álvarez, cuando distribuye la comida a los soldados y cuando llama a una nueva insurrección porque no acepta la capitulación de la ciudad. La voz lastimera de María Lostal, siempre rodeada de sus tres hijos. Y el tono bondadoso y tierno de María Agustín.

En el fondo, estas heroínas tan bien caracterizadas son el trasunto de la importancia que tuvieron las mujeres zaragozanas en la defensa de la ciudad cuando la sitiaron las tropas francesas.

Carmen Romeo Pemán

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María Ángeles de Irisarre, La artillera. La lucha de España por la libertad. Editorial Suma de Letras, Madrid.

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¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, «el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino», y, sobre todo, «instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual». Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la «bilis negra» los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: «Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos». El escritor José María Guelbenzu afirmó: «No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». Con esto nos explicó que «instalarse en la infelicidad es imposible», que conviene disfrutar de los momentos felices y también «abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad».

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

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No quiero acostumbrarme

Esta Semana Santa, como siempre, se leyó la Pasión en la misa del Domingo de Ramos en mi parroquia.  No recuerdo las homilías de otros años, no sé si por mala memoria o porque antes me perdía a veces en mis pensamientos y no seguía el hilo de las palabras del sacerdote. Pero este año dijo algo que me mantuvo atenta todo el tiempo, algo que me ha hecho pensar bastante. Y de eso quiero hablaros hoy.

Comenzó diciendo que no quería acostumbrarse a que la narración de la Pasión de Jesús, tal y como la hacen los evangelistas, se convirtiera en una rutina repetida año tras año. No sé si fue el tono, o las palabras, o la manera de pronunciar algunas frases, pero de pronto sentí que ese relato de la Pasión era estremecedor. Si sacamos los hechos del contexto temporal y religioso, la historia de un hombre condenado por exponer sus ideas, ajusticiado y crucificado tras una parodia de juicio, sería noticia de cualquier telediario. No quise ver la película de Mel Gibson porque pensé que, para sufrir, ya se ocupa la vida de darme materia. Cuando se estrenó, se comentó bastante la crudeza de muchas de las escenas. Y este año, escuchando a mi párroco, me di cuenta de que yo tampoco quiero acostumbrarme a muchas cosas. Porque la costumbre puede inmunizar tanto como la mejor vacuna. Y hay cosas ante las que no quiero permanecer impasible.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento que unos hombres causan a otros hombres. No hay que remontarse a los albores de la Iglesia ni a esa Pasión de la Semana Santa. Recuerdo cuando empezaron los atentados terroristas en España. Yo era aún muy niña, pero no tanto como para no darme cuenta de que el horror se había colado en el salón de mi casa, que se sentaba a la mesa con nosotros, y que había personas de carne y hueso, como mi madre, mi padre, o algunos vecinos, que también, en otra zona de la geografía española, eran el padre, o la madre, o el vecino de alguna niña como yo, y que habían muerto de modo absurdo, por nada, en nombre de nada. Y eso nos hacía estremecer a todos. Con el tiempo la violencia se fue normalizando hasta el punto de que ahora, en pleno siglo XXI, tiene que llegar un 11 de septiembre o un 11 de marzo para que, una vez más, nos llevemos las manos a la cabeza. Y yo me pregunto: ¿dónde hemos puesto el límite? ¿En qué momento? ¿En el número de víctimas? ¿En la repercusión mediática? Porque tengo la impresión de que, poco a poco, nos hemos ido inmunizando contra la violencia, a fuerza de asumirla como algo cotidiano. Y no, no quiero acostumbrarme a eso.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento. Soy médico y convivo a diario con él, pero no quisiera que esa convivencia, que me viene dada por mi profesión, haga que me acostumbre a ver sufrir a los demás. Necesito, por supuesto, aprender a poner distancias, barreras, si no quiero morir en el intento. Pero ese saber gestionar el dolor no debería, o eso espero, vestirme de una coraza de insensibilidad. Quiero seguir recordando que el dolor de cada persona es único, que no por abundar se hace menos doloroso para quien lo padece. No, no quiero acostumbrarme a eso tampoco.

No quiero acostumbrarme a la felicidad. No me gustaría instalarme en la rutina de una vida cómoda, sí, porque, aunque tengo que trabajar para vivir, debo ser objetiva y admitir que, en términos generales, mi vida es afortunada. Tengo salud, trabajo y familia. Que no es poco, si se piensa bien. Y, si no ando lista, ese instalarme cómodamente poniéndome la felicidad como unas zapatillas de casa puede convertirse en costumbre. Y esa costumbre me privaría de disfrutar de esos pequeños detalles que son, en esencia, lo que da como resultado ese ramillete de sentimientos que se ha dado en llamar felicidad. No quiero acostumbrarme tampoco a eso, porque si lo hiciera me perdería buena parte de muchas emociones que deseo disfrutar con plena conciencia.

No quiero acostumbrarme a muchas cosas. Si acaso, quisiera, simplemente, acostumbrarme a no acostumbrarme a nada. Solo eso. Porque la rutina puede ser un asesino silencioso, un agujero negro, que nos engulle sin que nos demos cuenta. Y hay cosas en la vida, tanto malas como buenas, a las que nadie, creo yo, debería acostumbrarse.

Adela Castañón

Foto: Unsplash

Los Mayos de la Sierra de Albarracín

A Carlos Ballester, Dolores Blasco, Lourdes Felipe, María Flores, Elvira García, Vicenta Gómez, Miguel Ángel Muñoz, Javier Picazo y Pilar Rizo (q. e. p. d.), mis alumnos del Colegio Universitario de Teruel, con quienes recorrí la Sierra de Albarracín buscando Canciones de mayo, allá por los años setenta.

¿Qué son las Canciones de mayo?

Son cantos dedicados a las damas en los que se exaltan su belleza y los atributos que ponen en relación la fecundidad de la tierra y la de las mujeres. En Aragón se llaman Mayos y comienzan con la siguiente estrofa:

  • Ya estamos a treinta,
  • del abril cumplido,
  • alégrate, dama,
  • que mayo ha venido.

El término Mayo también hace referencia a las fiestas de la entrada de la primavera y al árbol que plantan los mozos en el lugar más céntrico del pueblo. Todos estos ritos, encaminados a desarrollar la fertilidad de la tierra y de la mujer, son celebraciones del renacer de la naturaleza a la salida del invierno. Y forman parte de un mito que viene desde épocas arcaicas y que se cristianizó en la Edad Media.

El mes de mayo se convirtió en el mes de María y se entronizó a la Virgen como dama por excelencia. En la Sierra se cantan Mayos a la Virgen y, en toda España, los piropos de los mayos se cambiaron por piropos que se echan a la Virgen en los Gozos. Estos cantos litúrgicos, en realidad una nueva versión de los Mayos, estaban dedicados a muchas advocaciones marianas que proliferaron en el siglo XIII y en el siglo XVIII. En el siglo XIX, los costumbristas románticos reescribieron muchos Mayos y Gozos. Esas letras nos han llegado hasta hoy, con algunas variaciones propias del paso del tiempo.

Los Mayos de Albarracín en 1976

En la segunda mitad de los años setenta me planteé una investigación sobre los Mayos. Y, para llevarla a cabo, elegí un grupo de alumnos con los que recorrí la Sierra de Albarracín en busca de estos cantos.

Y todo eso surgió porque habíamos ido a varios pueblos a escucharlos y a participar de la fiesta. A partir de esas experiencias, también nos interesamos por las costumbres con las que se celebraba la llegada de la primavera: cantos a la mujer, comidas campestres, bailes, plantar el árbol de mayo, colocar las enramadas la víspera de san Juan.

Nuestro trabajo se centró en la Comunidad de Santa María de Albarracín, un distrito jurisdiccional del antiguo Reino de Aragón. La base de la Comunidad es un patrimonio de montes que han sido explotados en común por todos los pueblos que la forman. En realidad, los de la Sierra de Albarracín.

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Encuestamos a muchas personas en los siguientes pueblos: Albarracín, Bezas, Bronchales, Calomarde, Frías de Albarracín, Griegos, Guadalaviar, Monterde, Moscardón, Noguera de Albarracín, Orihuela del Tremedal, Royuela, Saldón, Terriente, Toril, Torres de Albarracín, Tramacastilla, Valdecuenca, Villar del Cobo, Villarejo. Y Alba del Campo, fuera de la Comunidad, porque ya la habíamos encuestado antes de delimitarnos el territorio. Llegamos tarde a Masegoso, completamente despoblado, y a Pozondón, donde ya nadie los recordaba.

Con las letras completas de los mayos de todos los pueblos que acabo de citar, redactamos un trabajo que en 1977 recibió el premio “Bernardo Zapater Marconell”, de ámbito nacional, y en 1980 se vio materializado en el libro Los Mayos de la Sierra de Albarracín.

Índice

  • Si mayo ha venido,
  • bienvenido sea,
  • regando cañadas,
  • casando doncellas.

En nuestro libro recogimos muchos aspectos entrañables de las fiestas de los Mayos, como algunos de los que voy a exponer a continuación.

Desarrollo de las fiestas

Las fiestas se inician con los preparativos del día “treinta del abril cumplido”, la noche de los Mayos, y acaban el veinticuatro de junio con la enramada que el Mayo coloca en el balcón de su Maya. Con la noche de san Juan, la del nuevo solsticio, se cierra un ciclo mítico. Si mayo está en relación con la fecundidad y el nacimiento, san Juan lo está con la recolección de los primeros frutos y del amor.

Sobre las nueve o las diez de la noche, los jóvenes del pueblo se reúnen a elegir las parejas de Mayos y Mayas. Se suelen juntar en casa de uno de ellos o en un lugar concreto: un muro, una peña o la iglesia. Y la Maya quedará obligada a bailar con el Mayo que le haya tocado, por lo menos un baile, todos los domingos del año. La forma de elección cambia en los distintos pueblos. En unos es por sorteo y en otros por subasta.

Para el sorteo, se introducen los boletos en dos pucheros. En uno los nombres de las mozas, aspirantes a Mayas, y el de la Virgen. Y en el otro los de los mozos, aspirantes a Mayos. En algunos pueblos también se sortea el niño Jesús o algún santo. Por ejemplo, en Tramacastilla sorteaban a san Roque.

En la subasta, si el pretendiente de una moza quiere hacerla su Maya, llega a pujar grandes cantidades de dinero. Y, en caso contrario, hay mozas por las que no puja nadie. Cuando se revelan las parejas, las nuevas Mayas intentan averiguar cuánto dinero han apostado por ellas. Con el dinero se compran velas para la Virgen y se paga una merienda para los mozos.

La noche del treinta de abril, los nuevos Mayos van a cantar a la puerta de las nuevas Mayas. Al final, en unos pueblos se da a conocer el nombre de las parejas. En otros no se revela hasta el día siguiente.

  • El Mayo me ha dicho
  • que vendrá mañana
  • a darte los días
  • de mayo a la entrada.
  • Si quieres saber…
  • el Mayo que te ha caído,
  • se llama… por nombre
  • y… por apellido.

Si la dama no está de acuerdo con su nuevo Mayo, puede manifestar su desacuerdo al día siguiente.

  • Ya te hemos cantado el Mayo,
  • si de tu gusto no es
  • mañana si vas a misa,
  • ponte el mantón del revés.

Los cantos

Los rasgos comunes de la región conviven con matices propios de cada pueblo, como si cada comunidad quisiera sentir más suyo este fenómeno folklórico. De esta forma, los aspectos tradicionales se van renovando cada vez que se cantan las letras, porque le gente va introduciendo sus variantes.

Para hablar de letras de mayos nos tenemos que remontar a los orígenes de nuestra lírica y al cruce permanente de lo popular y lo culto, las dos corrientes conforman la historia de la literatura.

Todos los estudios coinciden en señalar un origen precristiano, incluso neolítico, de estas fiestas. Tenemos noticias de su abundancia en la Edad Media. Y también de que, en fechas tempranas, estas canciones paganas se “volvieron a lo divino”. Alfonso X, el Sabio, en sus Cantigas, canta a María, “la nueva y celeste Maya”. Como ya hemos señalado, en muchos pueblos se conservan Gozos a la Virgen que son “vueltas a lo divino” de las antiguas canciones de mayo. Y, en las épocas en las que la literatura popular sirvió de fuente de inspiración a los poetas cultos, se renovaron sus letras y aumentó su popularidad.

Los trovadores adaptaron las antiguas Canciones de mayo y les dieron un sello provenzal que todavía perdura. Lo notamos, por ejemplo, en la actitud del Mayo que, antes de comenzar a cantar, espera la licencia de la dama.

  • El Mayo me ha dicho
  • que pida licencia
  • para dibujarte
  • de pies a cabeza.
  • Como no contestas,
  • ni nos dices nada,
  • señal que tendremos,
  • la licencia dada.

Como en Provenza, el amor se concibe como una prisión.

  • Esos tus diez dedos,
  • cargados de anillos,
  • son de mis prisiones,
  • cadenas y grillos.

También es trovadoresco el canon de belleza con el que se retrata a la dama.

  • Esa es tu cabeza
  • tan rechiquitita
  • que en ella se forma
  • una margarita.

Y así va siguiendo con todas las partes del cuerpo femenino: el pelo, la frente, las cejas, los ojos, las mejillas, la nariz, las orejas, los labios, la boca, la garganta, los hombros, los brazos, las manos, los dedos, los pechos, la cintura, la tripa, las partes secretas, los muslos, las piernas, los pies, los zapatos. Para acabar:

  • Ya te hemos cantado,
  • todas tus facciones,
  • solo falta el Mayo,
  • que te las adorne.

Y el año 2017 todavía sigo a vueltas con los Mayos

Estas Navidades recibí por Messenger un mensaje de Fernanda Martínez Reyes, profesora del Instituto Cervantes de Hamburgo: “Estimada profesora Romeo: Acabo de terminar mi tesis doctoral en el ámbito de la narrativa oral. Ahora estoy interesada en investigar sobre los Mayos de la Sierra de Albarracín y la colección de Alan Lomax, que se encuentra en la biblioteca del Congreso de Washington. Buscando información para armar mi anteproyecto he encontrado unos trabajos suyos muy interesantes: Fiestas de Mayo en la Comunidad de Albarracín, Los Mayos de la Sierra de Albarracín. Le agradecería que me orientara y aconsejara sobre el tema”.

La propuesta de Fernanda coincide con un nuevo interés general por los Mayos. En estos momentos se están empezando a publicar las grabaciones del etnomusicólogo Alan Lomax (1915-2002), que estuvo en España entre 1952 y 1954. En 1955 grabó los Mayos de la Sierra de Albarracín con la compañía discográfica Columbia bajo el título «Spanish Folk Music: Columbia World Library of Folk & Primitive Music». Y allí, en la biblioteca del Congreso de Washington, junto a las grabaciones de Lomax, está nuestro libro: Los Mayos de la Sierra de Albarracín.

Ahora que van a salir estas grabaciones, es una buena oportunidad para recordar que solo hay dos fuentes antiguas con las que se pueden reconstruir los cantos de los Mayos de la Sierra de Albarracín: las grabaciones de Lomax y nuestras letras.

Sería injusto olvidar que, en 1882, Manuel Polo y Peyrolón, un escritor costumbrista valenciano, profesor del instituto de Teruel, escribió la novela Los Mayos, con conciencia de ser el primero que recogía por escrito las letras y las costumbres de Albarracín. Y que en 1922, Miguel Arnaudas, presbítero y profesor de música de la Escuela Normal de Maestros de Zaragoza, en su Colección de cantos populares de la provincia de Teruel reproducía la letra de Polo y Peyrolón y recogía las melodías de algunos pueblos. “A las doce de la noche del día treinta de abril se reúne casi todo el vecindario de Libros en la llamada Peña de los Mayos, y los mozos acompañados por la rondalla cantan los Mayos, como en muchos pueblos de la Sierra”.

Con nuestro trabajo de 1976 y nuestra publicación de 1981, intentábamos conservar por escrito las letras de una tradición oral que se estaba perdiendo: “Solo pretendemos cubrir una laguna y sacar a la luz un material para que en el futuro otros puedan investigar sobre él”, decíamos entonces. Pero no podíamos imaginar que en el año 2017 iba a llamar a nuestra puerta Fernanda Reyes, una profesora del Instituto Cervantes de Hamburgo para seguir investigando sobre los Mayos de la Sierra de Albarracín en la Biblioteca del Congreso de Washington.

 

1

  • Ya estamos a treinta
  • del abril cumplio
  • alégrate, dama,
  • que mayo ha venido.

2

  • Si mayo ha venido,
  • bienvenido, sea,
  • regando cañadas,
  • casando doncellas.

3

  • El mayo me ha dicho
  • que pida licencia
  • para dibujarte,
  • de pies a cabeza.

4

  • Como no contestas,
  • ni nos dices nada,
  • señal que tendremos
  • la licencia dada.

5

  • Esa es tu cabeza,
  • tan rechiquitita
  • que en ella se forma
  • y una margarita.

6

  • Ese es tu pelo,
  • madejita de oro,
  • que cuando lo peinas
  • se te enreda todo.

7

  • Esa es tu frente,
  • frente de batalla,
  • donde el rey Cupido,
  • presentó sus armas.

8

  • Esas son tus cejas,
  • un poquito arquiadas,
  • son arcos del cielo
  • y el cielo es tu cara.

9

  • Esos son tus ojos,
  • luceros del alba,
  • que cuando los abres,
  • la noche se aclara.

10

  • Esas tus mejillas
  • tan recoloradas,
  • que parecen rosas,
  • en abril criadas.

 

11

  • Esa es tu nariz,
  • puntita de espada,
  • que a los corazones
  • sin sentir los pasa.

12

  • Y esas tus orejas
  • que cuelgan pendientes,
  • parecen campanas
  • «pa» llamar la gente.

13

  • Esos son tus labios,
  • son dos picaportes,
  • que cuando los abres,
  • no se oye ni un golpe.

14

  • Esa es tu boca,
  • tan recolorada,
  • de dientes menudos
  • y lengua encarnada.

15

  • Esa es tu garganta,
  • tan pura y tan bella,
  • que el agua que bebes
  • toda se clarea.

16

  • Esos son tus hombros,
  • son dos escaleras,
  • «pa» subir al cielo
  • y bajar por ellas.

17

  • Esos son tus brazos,
  • parecen dos remos,
  • que con ellos guías
  • a los marineros.

18

  • Esas son tus manos,
  • tan maravillosas,
  • que todo que tocas
  • se convierte en rosas.

19

  • Esos son tus dedos,
  • con esos anillos,
  • para mí son perlas,
  • para mí son grillos.

20

  • Esos son tus pechos,
  • son dos fuentes claras,
  • donde yo bebiera,
  • si tú me dejaras.

 

21

  • Tu cintura un junco,
  • es un junco al río,
  • todos van a verlo,
  • cuando está florido.

22

  • Esa es tu tripa
  • que parece un bombo
  • que cuando la tocas
  • se retumba todo

23

  • Ya  vamos llegando
  • y a partes secretas
  • donde yo no puedo
  • dar razones ciertas.

24

  • Esos son tus muslos
  • de oro macizo,
  • donde se sostiene
  • todo el edificio.

25

  • Esas son tus piernas,
  • tan bien accionadas,
  • por arriba gordas,
  • por abajo delgadas.

26

  • Esos son tus pies,
  • de paso menudo,
  • con ese pasito,
  • encantas al mundo.

27

  • Zapatito blanco
  • y media encarnada
  • pequeña es la niña,
  • pero muy salada.

28

  • Ya te hemos cantado
  • todas tus facciones
  • sólo falta el Mayo
  • que te las adorna

29

  • El mayo me ha dicho
  • que vendrá mañana
  • a darte los días
  • de mayo a la entrada.

30

  • Si quieres saber …
  • el mayo que te ha caído
  • se llama… por nombre
  • y…por apellido.

 

Mayos de Albarracín. Versión cantada por Celia Sáez en 1976.