Laurentina Frías. Una alcaldesa de la que todos se olvidaron

#nuestrasmaestras

Laurentina con sus alumnas. De Sandra Abad Orós

Laurentina Frías Gil con sus alumnas. Alforque, 1928. Foto cedida por Sandra Abad Orós.

A finales de enero de 1933 cesaron a todos los integrantes de los viejos ayuntamientos, de aquellos que habían sido elegidos por el artículo 29 de la Ley Maura, que todavía estaba vigente. En España afectó a 2500 pueblos y en la provincia de Zaragoza a 129. Uno de ellos, Alforque.

A principios de febrero se nombraron unas comisiones gestoras, que durarían solo dos meses y medio, hasta las elecciones de abril de 1933. Con la intención de preparar unas elecciones limpias y transparentes.

En esas gestoras, en la provincia de Zaragoza, entraron 18 alcaldesas y 34 concejalas.

De la elección de 17 alcaldesas se dio noticia en todos los periódicos locales y en muchos nacionales. Se habló del recibimiento que les hizo el gobernador y del banquete que les ofreció. Pero por alguna razón, de Laurentina Frías Gil, la alcaldesa de Alforque no se habló en ningún momento.

Yo la encontré por casualidad cuando estaba rastreando las comisiones de todos los pueblos. En realidad buscaba a las concejalas, de las que nadie se había ocupado. Y de repente la vi. Allí estaba ella, presidiendo una gestora.

La comisión Gestora y el nuevo ayuntamiento de Alforque

Presidente, Laurentina Frías Gil, de 49 años, calle Horno 4. Vocales, José Tesán García, de 27 años, carpintero, calle Mayor, y Agustín Lucea Lanuza, de 24 años, labrador, calle Barriete.

Como alcaldesa cumplió con rigor la principal función para la que fue nombrada: lograr que las elecciones de abril de 1933 fueran limpias y transparentes. Y así recogía su actuación La Voz de Aragón:

Presidió las elecciones y estuvo en la constitución del nuevo ayuntamiento. Después de unas elecciones tranquilas y dignas, con las formalidades de rigor previas, fueron posesionados de los cargos de concejales los señores siguientes:

Mariano Lucea García, 45 años, labrador, calle Barriete; Miguel Clavero Giménez, 60 años, retirado, calle Mayor; Martín Tesán García, 27 años, carbonero, calle Mayor; Julián Clavero Jiménez, 46 años, herrero, calle Mayor; Francisco Artal Giménez, 59 años, del campo, calle Alta; y Bernardino Pertusa Artal, 31 años, jornalero, calle Barriete;. Mediante elección se nombró alcalde a Mariano Lucea. (Cfr. La Voz de Aragón, 08/06/1933).

Laurentina Frías Gil

Navaleno, Soria, 3/2/1884-Alforque, 28/1/1952. Hija de Pedro Frías y Juiana Gil.

Partida de nacimiento proporcionada por su nieto Mariano Giménez.

Recordarotio Laurentina

Tenemos pocas noticias de su familia. Algunos datos sueltos, que nos van apareciendo aquí y allá.

En 1890, Afrodisia Gil Beltrán, quizá una hermana de su madre, vivía en Monteagudo de las Vicarias, Soria, de donde procedían los Gil Beltrán, y falleció en Zaragoza el 30/10/1962. Su hermana María Frías Gil (Monteagudo, 1893-Zaragoza, 20/10/1968), se casó con Valeriano Pascual Condado, (¿?-Zaragoza, 28/12/1950.) un guarda de seguridad, y vivían en la calle López Toral 12, de Zaragoza. Su hermano Antonio A. Frías Gil fue secretario de varios pueblos de Soria. En 1929 estaba destinado en Moral de Calatrava, Ciudad Real, y pertenecía a la Unión Patriótica de Primo de Rivera.

Estudios y primeros destinos en Soria

Laurentina, hija de Pedro y Juliana, cursó Magisterio en la Escuela de Maestras de Soria. Acabó a los 18 años y comenzó su carrera profesional en tierras sorianas.

En 1902 la nombraron maestra interina de Villaciervitos. En 1904 seguía en Villaciervitos, con un sueldo de 200 pesetas, y solicitó entrar en las listas maestras del Rectorado de Valladolid, pero la excluyeron por ser menor de 21 años. En 1905 estaba en la escuela mixta de Mazarovel. Desde 1906 hasta 1908, en Vilviestre de los Nabos, un pueblo de 110 habitantes, agregado a Orteruelos.

1907 le habían dado por concurso de traslado Santa Cruz de Moncayo, Zaragoza. Pero María Yerobi Olaechea, con el número 94 de la clasificación general, reclamó su derecho a la escuela de Santa Cruz de Moncayo. Y Laurentina, con el número 101, tuvo que continuar un año más en Vilviestre.

Destino definitivo: Alforque: desde 1908 hasta 1952

En marzo de 1908, por concurso único, consiguió Alforque, Zaragoza. En este traslado le cambió su vida para siempre.

Ha quedado vacante la escuela de Vilviestre de los Navos por haberse posesionado doña Laurentina Frías en la de Alforque, en la provincia de Zaragoza. (El defensor escolar, 21 de marzo de 1908)

Al poco tiempo de llegar se casó con Mariano Giménez Cristóbal (Alforque, 02/06/1877-Ídem, 14/02/1947), un labrador emparentado con casi todo el pueblo. Su hermano Cristóbal Giménez Cristóbal era el carpintero de la calle Mayor, 36. Y en el expediente de responsabilidades políticas contra Gabriel Sena Lucea (Alforque, 21/03/ 1909-Ídem, 14/02/1984). se le  acusa  de haber ayudado a Mariano Giménez a salir de la cárcel. (Cfr. Responsabilidades políticas de la provincia de Zaragoza. Expediente, 4562, contra Gabriel Sena Lucea de Alforque)

Laurentina y Mariano fueron los padres de:

Recordartorio Mariano, su Marido

Manuel (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981). Siguiendo una costumbre aragonesa, al primer hijo que nació después de su muerte le pusieron su nombre.

Afrodisio (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981), cuyo nombre se lo debía a su familia materna. Se casó con Carmen, era contable, aunque en el censo de 1934, figuraba como jornalero. Según los datos que  Manuel Ballarín Aured obtuvo en el AHGC de Salamanca y de la Causa General.

Afrodisio Giménez Frías fue secretario general de la UGT en 1937. Se afilió al PCE el 1-8-1937 y fue secretario general del PCE en 1937 y primeros de 1938. Al parecer, no fue asesinado por los rebeldes, ya que, según la Causa General, «se encontraba en el Ejército».

Herminio Lafoz Rabaza también recoge el dato de la UGT en la Fundación Bernardo Aladrén.

Manuel, (Alforque, 14/10/1916-Zaragoza, 28/01/1932). Está en cementerio de Torrero, en el mismo nicho de su hermano Afrodisio.

José Luis, (Alforque, 31/12/1921-Zaragoza, 22/01/2005). Licenciado en Químicas, trabajó en el Servicio Comercial de Urruzola. Se casó con Amparo Pérez Plo (Zaragoza, ¿?-Madrid, 4/10/1986) y no tuvieron hijos. Amparo está enterrada en el cementerio de Torrero de Zaragoza, con sus hermanas Julia y María Pilar.

Maestra de Alforque

En los 44 años que ejerció allí, pasaron varias generaciones de niñas. Sabemos que profesionalmente era muy activa y que recibió felicitaciones de la inspección. A continuación, de unas notas ordenadas cronológicamente, que son como la punta de un iceberg, se desprende su talante activo y comprometido.

  1. La Asociación de maestros del partido de Pina decidió admitirla entre sus miembros (Cfr. El magisterio español, 8/8/1914).
  2. Laurentina y Manuela Blasco Pardillos, la futura alcaldesa de Torrellas, solicitaron participar en unas oposiciones restringidas. Estas oposiciones servían para ascender en el escalafón y aumentar el sueldo.
  3. Las niñas de la escuela y su maestra hicieron sendos donativos para las obras del templo del Pilar.
  4. Se dio de alta en la Confederación Nacional de Maestros, en la Sección de Socorros.
  5. Recibió alabanzas del inspector que visitó su escuela.

Visita de inspección. El 26 del pasado mes, realizó la visita reglamentaria el culto señor inspector de la zona, don Emilio Moreno Calvete, a las escuelas nacionales de niños y niñas, desempeñadas por los competentes profesores de Primera Enseñanza, don Generoso Hernando Borreguero y doña Laurentina Frías Gil, quedando altamente satisfecho del estado de la cultura que poseen los niños y las niñas, alentándolos para que sigan ampliando sus conocimiento a fin de ser mañana hombres útiles al pueblo y a la patria que los vio nacer.

Rogó a las autoridades, maestros y niños que procuren poner de su parte para que la asistencia sea más normal, inculcando en los padres los perjuicios que originarán a sus hijos al retenerlos en casa en lugar de enviarlos a las escuelas, según la ley y su conciencia les ordenan. (La Voz de Aragón, 08/06/1933).

1952. Falleció antes de jubilarse y en su necrológica ya solo figuraban dos de sus cuatro hijos Afrodisio y José Luis.

Compromiso político

Dos hechos nos sirven para hacernos una idea de sus inquietudes.

El 28 de enero de 1938 se afilió a la FETE (Cfr. Herminio Lafoz Rabaza).

En 1939 estaba en una lista con 93 maestros de la provincia de Zaragoza, propuestos para ser depurados. Junto a ella figuraban: José María Velilla Membrado, maestro de Alforque, Rosa Arilla Albar, maestra de Gelsa, que había sido concejala de Quinto de Ebro, e Isabel Pemán Cardesa, parvulista de La Almolda, que, en 1933, había sido alcaldesa de Magallón. El 7 de mayo de 1938, Segundo Año de la Victoria. El presidente de la comisión de depuración, Miguel Allué Salvador. (Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 10/05/1938).

A la vez que Laurentina, ocuparon la escuela de niños, entre otros: Tarsicio Vega, que había llegado de interino en 1907. Joaquín García Miguel, en 1931, se trasladó a Carballiño (Orense). Ese mismo año llegó Generoso Hernando Borreguero, procedente de Caniego de Mena (Burgos), un activo asociacionista de la prensa de Magisterio. En 1935 Generoso permutó con José María Velilla Membrado (Castelserás, Teruel, 26/2/1871-Zaragoza, (5/12/1962), que estaba en Juslibol. Y en 1938, estando en Alforque, lo depuraron.

Para terminar

Laurentina Frías fue una brillante maestra de Soria, pasó la mayor parte de su vida en Alforque, donde se casó con un labrador, y se comprometió con los ideales de la II República. Fue alcaldesa en 1933, en 1938 se afilió a la FETE, y ese mismo año fue depurada.

Con este artículo he querido rescatar la memoria de esta mujer valiente. Sacar a la luz la figura de una alcaldesa republicana de la que se olvidaron hasta los periódicos de su época.

En la recuperación de los datos de Alforque he contado la inestimable colaboración de Sandra Abad Orós, gran conocedora de los archivos y de la vida del pueblo.

Estoy segura de que, con su vida humilde y con su gran vocación por la enseñanza, entregó lo mejor de sí misma a las niñas de Alforque. Y también estoy segura de que algunas lograrían hacer estudios superiores gracias al empuje y al modelo de su maestra. De esto tendrían que hablarnos las que fueron sus alumnas.

Carmen Romeo Pemán

Siete años después, he recibido un mensaje de Mariano Giménez Minguillon:

Hola,Carmen, soy nieto de Laurentina Frias Gil. Gracias por el cariño que has puesto en el articulo sobre mi abuela y por darnos a conocer muchos datos que desconocía. Y de los que no me trasmitieron. Murió cuando yo tenia dos años.

Soy hijo de Afrodisio Gimenez Frias y de Carmen Minguillon Tremps, La verdad es que de esa epoca no se hablaba en casa. Y Afrodisio tampoco hablaba de ello.

Te adjunto una foto que le hace mas justicia, las lápidas del cementerio y un carné de Laurentina. Y gracias por tu dedicación.

En el cementerio de Alforque está enterrada junto a su marido.

Gracias, Mariano, tú has sido el broche. Tú le has dado sentido pleno a mi investigación.

Zaragoza, 6 de octubre de 2024.


La sombra que no tenía dueño

Había una vez una sombra que era pariente lejana de otra sombra más famosa, la de Peter Pan. Pero la de nuestra historia no tuvo la suerte de tropezar con Wendy para que la cosiera a su dueño y se despertó un día, sin saber cómo, completamente sola. Miró a su alrededor y, por más que se restregó el lugar donde solemos tener los ojos, el resultado era el mismo: no estaba unida a nada ni a nadie.

Una sombra sin dueño debe sentirse como un títere sin cabeza, o como un jardín sin flores, o como queráis imaginar. Que todo lo que os diga es poco. Así que nuestra sombra no tardó ni dos segundos en ponerse en pie de un salto y salir a la calle desesperada en busca de su otra mitad.

Se ofreció a todo el que se cruzaba con ella, preguntó si habían visto a alguien sin sombra, pero casi nadie le hacía caso. Las otras sombras, además, le ponían zancadillas y le daban empujones para impedir que aquella intrusa desparejada les robara a sus dueños.

Nuestra sombra pasó así todo el día, corriendo de un lado a otro y se fue sintiendo más desesperada a medida que pasaba el tiempo. Empezó incluso a buscar animales, o árboles, y al llegar la noche se hubiera conformado hasta con ser la sombra de una farola, pero ni siquiera los objetos la aceptaban.

La noche llegó cargada de viento y la sombra, que se había ido sintiendo más pequeña cada vez, se dejó mecer como si fuera una hoja y se abandonó a las ráfagas que la empujaron hasta que se coló por la rendija de una ventana abierta.

Cuando la sombra detuvo su revoloteo, vio que estaba en una habitación amueblada con bastante sencillez. Un hombre dormía sobre una cama modesta, vuelto hacia la pared. La luz que entraba por la ventana era tan tenue que nuestra protagonista creyó que había encontrado por fin a un hombre sin sombra, pero el reflejo de la luna, que asomó en ese momento detrás de una nube, se coló por la ventana y la sombra vio que el durmiente no la necesitaría.

Empezó a gemir y a pensar que su vida ya no tenía sentido. La luna volvió a ocultarse y la sombra decidió arrastrarse otra vez hacia la ventana para morir. Esperaría a que la oscuridad se adueñara por completo de la noche, y se dejaría caer caer al pavimento para que la nada la engullera. Al comenzar a moverse escuchó un chisteo.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss!

Miró hacia la cama. El hombre seguía durmiendo. En la habitación no había nadie más. Solo el lecho, una mesilla de noche, una bombilla en el techo y, en el centro de la habitación, una mesa y una silla arrimada a ella. Sobre la mesa había un folio de papel y una pluma a su lado. La sombra hizo un giro completo sin identificar al dueño de la voz. Cuando acabó, aguzó el oído y comprobó que el sonido venía del centro de la mesa. Miró allí y vio que el que le hablaba era el folio.

—¿Por qué lloras?

—He perdido a mi dueño. Y una sombra sin dueño no tiene cabida en este mundo. No sé qué hacer. Soy la criatura más desgraciada del universo.

—¿No tienes dueño?

La sombra negó con lo que hubiera sido su cabeza. El folió, sin moverse, le habló.

—Hay más criaturas desgraciadas. No eres la única, ¿sabes? Yo, por ejemplo, sufro de soledad.

—Vaya, lo siento mucho. Debe ser algo parecido a lo mío.

—Eso creo yo también. Mi dueño lleva días sin acercarse a mí, me siento abandonado. Mi única compañía era esta pluma que ves, pero ahora está seca y languidece igual que yo.

La sombra suspiró, y el folio suspiró a la vez. Se observaron sorprendidos por esa compenetración inesperada. Entonces el folio volvió a dirigirse a la sombra.

—No puedo ofrecerte mucho. Llevo tantos días aquí que estoy pegado a la mesa. Y se me ocurre que eso puede tener un lado bueno.

—¿Sí? —la sombra no sabía qué quería decir el folio—. ¿Qué?

—Pues que como estoy tan plano, ni siquiera hago sombra.

—¡Ohhh!

La sombra se subió de un salto a la mesa. Era cierto. El folio volvió a hablar.

—No tengo mucha experiencia en sombras y ahora mismo apenas hay luz de luna, pero sí que entiendo de soledad. Así que se me ocurre que te acuestes encima de mí y mañana ya pensaremos algo.

—Está bien. Me has salvado, amigo.

La sombra se echó sobre el folio y lo cubrió por completo, y los dos se quedaron dormidos enseguida.

Al día siguiente el hombre despertó. Al abrir los ojos miró al techo y lo primero que recordó fue que llevaba muchos días sin saber qué escribir. Entonces dirigió su mirada a la mesa y se restregó los párpados. El folio que llevaba varios días en blanco estaba entonces completamente negro. El hombre se puso de pie y se acercó a la mesa. Retiró la silla, se sentó, y miró la pluma. Se le ocurrió que podía haberse derramado la tinta sobre el papel, pero la punta de la pluma estaba seca y, además, la mancha negra tenía la forma de un cuadrado perfecto, igual que el folio.

El hombre se rascó la cabeza. No entendía muy bien qué podía haber ocurrido. Cogió la pluma y con la punta dio un pequeño toque en la esquina del folio. La sombra, que estaba completamente dormida, se despertó al sentir un cosquilleo. Notó que algo suave la rozaba y se arrugó un poco sobre sí misma dejando al descubierto un trocito del papel.

El hombre abrió mucho los ojos sin poder creer lo que veía. Levantó entonces la pluma y dio un toque cerca de donde lo acababa de hacer. La sombra, divertida, volvió a notar las cosquillas y se encogió de nuevo. El folio, al notar el movimiento, se despertó y empezó a mirar a su nueva amiga y a su dueño, y a sentir en su interior que las cosas iban a cambiar.

Y vaya si cambiaron. El escritor, porque eso era el hombre que vivía en aquella habitación, siguió moviendo la pluma cada vez más deprisa. Y la sombra, contenta por haber encontrado casa y compañero, se ondulaba, giraba y se retorcía más y más, y dejaba caer aquí y allá pequeños trocitos que se abrazaban al folio.

Y cuando cayó la tarde, el hombre se puso en pie y sonrió satisfecho. El folio sintió que la sombra se había fundido con él en muchos sitios, y la sombra se sintió feliz con su nueva forma. Pensó que ni siquiera su prima famosa, la sombra de Peter, había conseguido hacer lo que ella había logrado.

Porque no todas las sombras son capaces de tener fe y cambiar su forma para convertirse en letras que, ahora, son como las que viven felices para siempre abrazadas a este papel.

Adela Castañón

Imagen de cabecera: Augustine Wong en Unsplas

El crismón de Yom Tob

Tom Yob. Lápida. 1

Esta es la tumba de rabí Yom Tob, hijo de… Desde junio de 2001, está declarada “Bien de Interés Cultural”.

#relatofragolino

Yo estaba revoloteando con otros ángeles por las obras de la iglesia de El Frago, cuando oímos un gran algarabía.

—Remiel, seguro que te has hecho notar y has asustado a los albañiles —me dijo mi compañero Uriel, que vigilaba los templos.

Le contesté que no era mi culpa, que el alboroto lo montaron las gentes del pueblo cuando vieron el nuevo crismón del tímpano. Lo habían labrado unos canteros judíos y no habían seguido el modelo ortodoxo, el que usaban los canteros cristianos en las iglesias de la redolada.

En el rollo del maestro de obras, estaba bien claro el patrón. Un círculo dividido en cuatro partes por la X, la inicial de Xpistos, el nombre de Cristo en griego. Además, la segunda letra, la P, en cuyo pie se enrollaba la S, la letra final del nombre, lo partía en dos mitades. Por eso se llamaba crismón, o dibujo con algunas letras de Cristo. Y para avisar del breve paso por la vida, en el cuarto de la izquierda se colocaba una alfa mayúscula, A, y en el de la derecha una omega minúscula, ω, que simbolizaban el principio y el fin de la vida y de los tiempos.

Crismón de las Cheblas

Crismón ortodoxo. San Miguel de las Cheblas. Foto: Carmen Romeo. 2019

—¡Abajo! Que hagan uno nuevo. Este nos traerá grandes desgracias —gritaban los vecinos.

—¡Serán zopencos! Seguro que han puesto la plantilla del revés —dijo un cantero cristiano que era muy minucioso.

—Eso me pareció a mí cuando vi semejante zancocho. Pero no. ¿No ves que la X y la P están bien? —le contestó otro cantero que se ganaba la vida tallando crismones de pueblo en pueblo.

—Pero ¿qué me dices?, ¿la omega, delante de la Alfa? Y encima minúscula —insistió el minucioso.

—Y la S está al revés, enroscada como una serpiente. —El cantero que iba de pueblo en pueblo la señaló con un palo.

—Estos cabrones de judíos se han querido burlar de nosotros. —El minucioso levantó el tono.

—Seguro que nos quieren afrentar con alguna de sus herejías. Eso no se lo habrían permitido en ningún sitio.

—La culpa la tenemos nosotros por haberlos acogido tan bien. Hasta les hemos dado un barrio y un fosal —replicó el minucioso.

En realidad los fragolinos andaban escarmentados con los judíos. Como eran malos tiempos, los estaban dejando sin trabajo.

Lo del crismón hizo saltar a las piedras. Los más bravucones se dirigieron a casa del rabino Yom Tob y le rompieron la puerta a pedradas. Entonces llegó San Nicolás. Como lo habían elegido el patrón de la iglesia, intentó poner paz y convencer a sus feligreses de que esos cambios no eran malos, que cifraban un mensaje nuevo. Pero las gentes no lo escucharon y siguieron con las pedradas.

Como el asunto se ponía cada vez más feo, el Santo habló con el rabino y le pidió que mandara esculpir dos arcángeles sujetando el crismón. Así las gentes se sentirían cobijadas por sus alas.

—Pero, ¿yo tengo que elegir a dos entre los siete arcángeles?  —le preguntó Yom Tob, que conocía bien el santoral y sabía mucho de categorías celestiales.

—Mañana te lo diré. —A San Nicolás se le escapó un suspiro—. Tengo que pesar los pros y los contras de cada uno. Ahora no podemos meter la pata con los arcángeles.

El Santo tenía que tomar una decisión rápida. Pensaba que los judíos habían metido cizaña, aprovechado que el arquitecto, al que todos llamaban Maestro de Agüero, se había ido a vigilar las obras de otros pueblos.

Al amanecer, se sentó en un poyo cerca de la iglesia, sacó un pergamino y lo fue desenrollando hasta que llegó a los arcángeles. Leyó y releyó sus oficios y virtudes. Y, en lugar de elegir, descartó a los que no serían buenos vigilantes. Los ángeles del crismón tendrían que defenderlo contra viento y marea hasta el día del juicio final. Si no, caerían plagas sobre El Frago.

El primero que se le ocurrió fue Gabriel, el mensajero celestial. Pero no era de fiar. Siempre estaba danzando de aquí para allá. Y llevaría mal eso de vivir inmóvil en un cuerpo de piedra. Y lo mismo le pasó con Rafael, que se pasaba la vida corriendo detrás de los viajeros. Excluyó a Raquel y a Sariel por despistados. Pensó que Miguel lo haría bien. Pero, como era el jefe, igual no quería compartir el trabajo con otro de menor categoría. Y se necesitaban dos. Que el crismón era redondo y, si solo lo sujetaba uno, podría salir rodando. Así que solo quedábamos Uriel y yo, que tendría que separar a los buenos de los malos cuando llegara el Apocalipsis.

Ese día San Nicolás no paró de dar vueltas por las calles. Iba cabizbajo, sin mirar a nadie. Antes de anochecer se acercó a mí.

—Remiel, no sé si estás al corriente de lo que está pasando con el crismón —me dijo tanteando el terreno.

—¿Cómo no lo voy a saber si afecta directamente a mi trabajo? Yo mismo le inspiré los cambios a Yom Tob en un sueño—le respondí.

—¡Tendría que haber caído antes! —Se dio una palmada en la frente.

Entonces le expliqué mi plan. Todos, los cristianos y los judíos, sabían que el crismón anticipaba el futuro del pueblo. Con la nueva disposición, las gentes de El Frago no irían de la Alfa a la omega. No. El tiempo avanzaría al revés. De la omega minúscula, es decir, de la muerte, a la Alfa mayúscula, al día de la Resurrección de la Carne. Y para burla de Satanás, la A mayúscula incluía a todos. Nadie iría al infierno.  Además, la S al revés estaba dibujada como la serpiente que se salva del fuego.

El Santo no salía de su asombro. Sobre todo cuando le dije que así el día de la Resurrección de los Muertos yo no tendría que separar a los fragolinos buenos de los malos.

—Entonces, ¿me das permiso para que te petrifique con Uriel? —me preguntó San Nicolás.

—Pues claro. Estamos deseando.

Por orden del Santo, el rabino aprovechó la ausencia del Maestro de Agüero y nos mandó esculpir. Yo estoy a la izquierda. Uriel, el que vela los templos, me mira desde el otro lado con los ojos muy abiertos, sin párpados. Y nos sonreímos cada vez que se cruzan nuestras miradas.

Solo nosotros sabemos que el rabino Yom Tob quiso detener el curso de la historia y abrir de par en par las puertas del cielo. Quiso abolir el juicio final y que todo el mundo, sin excepción, pudiera pasear por los Campos Elíseos.

Tom Yob. Lápida y ventana

Lápida de Yob Tom reutilizada en la fachada de casa Luis. En la calle Mayor, cerca de la Placeta.

Carmen Romeo Pemán.

Letra de médico. La ilusión de un relato publicado

¿Sabéis aquello que se siente cuando se tienen quince años y el chico que te gusta te mira a los ojos y te dice que estás muy guapa? ¿O cuando un test de embarazo da positivo después de meses de intentar tener un hijo? ¿O si un décimo de lotería resulta premiado con el gordo? Yo sí lo sé. Al menos las dos primeras cosas, que la tercera es pura ficción, aunque todas las Navidades lo siga intentando. Y, a pesar de que sea una frase tópica, he vuelto a sentir esas mariposas en el estómago que siempre desprenden felicidad cuando se ponen a mover sus alas. Y os voy a contar por qué.

Leo desde que tengo memoria. No recuerdo una época de mi vida en la que no haya estado leyendo algo, lo que fuera. Y escribo desde hace unos cuantos años, aunque el gusanillo me estuviera mordiendo mucho tiempo antes. Pero lo de escribir siempre lo conjugaba en futuro, ya se sabe, lo típico de “algún día escribiré”. Sin embargo, gracias a mi amigo Curro, al que nunca se lo agradeceré lo bastante, comencé a escribir como quien no quiere la cosa. Todo empezó al intercambiar emails sobre distintas cuestiones, tanto médicas como legales. Yo soy su médico y él es mi abogado, pero pronto esa relación profesional se convirtió en una amistad sincera. En cierto momento, cuando le escribí algo humorístico en alguno de nuestros correos, empezó a preguntarme que por qué no me decidía a escribir. Le dije que era uno de mis proyectos, y en nuestros correos, o mejor dicho en los suyos, empezó a aparecer siempre una graciosa coletilla de despedida: “¡Escribe, leches! ¡Escribe!” Medio en serio, medio en broma, no dejó de chincharme y pincharme hasta que le hice caso y empecé a hacer pinitos y a tontear con la literatura. Me matriculé en un curso on line de escritura, y ahí me perdí. O, mejor dicho, ahí me gané a mí misma la partida contra mis aplazamientos. El gusanillo logró, por fin, hincarme los dientes y la escritura se hizo un hueco en mi vida.

A ese primer curso siguieron otros. Tengo que mencionar con especial cariño los que he realizado con la Escuela de Escritores, donde conocí a tres amigas, Carmen, Carla y Mónica, con las que comparto el blog, “Letras desde Mocade”, que creamos para mantenernos en contacto y seguir avanzando juntas en nuestro hacer como escritoras. Allí compartí también aprendizaje con más compañeros y compañeras y estoy segura de que en algún curso futuro volveremos a coincidir. Dos de ellas, Mila e Iciar, ya han hecho realidad sus novelas, y yo estoy trabajando en la corrección del borrador de mi primer proyecto largo. Mientras tanto he acumulado un buen montón de relatos, cuentos, artículos y poesías que he ido publicando en Letras desde Mocade.

La Escuela de Escritores realiza todos los años un encuentro de fin de curso y publica anualmente un libro con la recopilación de relatos de los alumnos. Yo he participado ya en cinco, además de haber resultado finalista en algún concurso y de tener en los libros de otras escuelas mi rinconcito de gloria, como los demás compañeros. También me siento orgullosa de haber traducido el libro “Habla signada para alumnos no verbales”, publicado por Alianza Editorial.

¿Y por qué os cuento todo esto? Pues muy sencillo: porque acabo de recibir los ejemplares de cortesía de un libro, “Letra de médico”, en el que también colaboro como autora de un relato. Y este libro es especial porque, por primera vez, me llamaron para pedirme que colaborase con un escrito mío. Un compañero médico que me sigue y me lee en el blog me pidió permiso para darle mi teléfono a otro médico jubilado que escribe y que ha sido el promotor del libro. Y este médico, el Dr. Ángel Rodríguez Cabezas, me llamó y me pidió que le enviara algunos relatos para ver si daba el perfil y lo incluían en la obra. Lo hice así, y el resultado ha sido que una de mis historias sea parte de este libro recopilatorio de relatos escritos por médicos que, como yo, aman la literatura.

Una cosa, bien linda por cierto, es tener en mi biblioteca varios libros en los que figuro como una de las autoras. Pero que, por primera vez, me hayan venido a buscar para un proyecto literario, ha conseguido que vuelva a sentir en el estómago esas mariposillas de emoción que os mencionaba al principio al ver ese proyecto convertido en realidad. El próximo 26 de noviembre tendrá lugar la presentación de la obra en el Colegio de Médicos de Málaga, y me siento feliz y emocionada al asistir por primera vez a un acto así como protagonista junto a los demás autores.

Y como me gusta compartir mi felicidad siempre que puedo, he querido dedicar hoy mi publicación en el blog a contaros esa buena noticia. Abrir el paquete y ver la obra impresa es leña que aviva la hoguera de mi deseo de seguir creando historias. Continuaré escribiendo más relatos, mi novela, más poesías… Y todo lo que escriba será siempre un homenaje y un agradecimiento a vosotros, lectores.

Os dejo el enlace al relato incluido en Letra de Médico, La mirada equivocada, puesto que es uno de los que publiqué en su día en Letras desde Mocade. Y espero que lo disfrutéis como lo he hecho yo al poder saborearlo en letra impresa, aunque sea bastante más legible que la tradicional letra de médico.

Así que aprovecharé también para daros a todos las gracias. Porque la escritura no sería lo que es si no contara con lectores. Y en ese sentido me considero afortunada porque he tenido el apoyo de todos vosotros, los que me leéis o me comentáis, desde el principio de mi andadura. No estaría aquí sin eso, de modo que sois parte de mi éxito y de mi satisfacción de hoy al ver publicado este libro.

Y, cómo no, agradecer también al Grupo Editorial 33, y a todos los que han hecho posible que el libro Letra de Médico sea una realidad, por haber querido contar conmigo para este precioso proyecto.

A todos, gracias. Os quiero.

Adela Castañón

 

 

 

Imágenes tomadas por la autora

El sabor metálico de Eva

En junio de 2019, como otros años, me paseaba por la Feria del Libro en la plaza del Pilar de Zaragoza. De repente, vi a una chica, para mi joven, que corría y daba vueltas de una caseta a otra. Me la quedé mirando. Sí era ella, Eva Pardos. La misma que corría de un aula a otra en las clases del Pabellón Sur del Instituto Goya, cuando yo hacía todas las guardias allí. Aquel año de mis guardias, ella estaba en primero de BUP. Era dicharachera, alegre y contagiaba con su risa.

Museo Van Gogh, 1993. Recortada

Eva Pardos en Amsterdam, en el museo de Van Gogh.

Seguí viéndola dos años por los pasillos del instituto. Era amiga de algunos de mis alumnos.

En tercero fuimos juntas al Viaje de Estudios a los Países Bajos. En Amsterdam visitamos una exposición monográfica de Van Gogh. Volví a verla correr por los pasillos. No se quería perder ni una sola obra. Yo la miraba cómo se relamía y cómo sentía la adicción que produce el sabor de la belleza estética.

No la tuve en el aula hasta COU. Ese año la disfruté. Que eso es lo que le sucede a un profesor cuando contagia el amor de su asignatura a un alumno. Eva fue una de esas alumnas que nunca pasan desapercibidas. Tenía la misma mirada inquisitiva con la que también ella me reconoció en la plaza del Pilar.

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí?

—¿Cómo te voy a olvidar, Eva Pardos Viartola? —El nombre y los dos apellidos de mis alumnos se me salen de golpe. Se me quedaron grabados a fuerza de pasar lista todos los días—. ¿Qué haces por aquí con esas carreras?

—Pues que firmo dos libros. En dos casetas.

—¿Cómo?¿Dos?

—Sí. Un libro de relatos, Sabor metálico. Y participo en una antología: Mujeres a la orilla del Ebro.

La acompañé a las dos casetas. Compré sus dos libros y comenzamos a charlar del pasado, del paso del tiempo, del presente y de sus ilusiones de futuro. Y a partir de ese día hemos mantenido una relación fluida.

Me invitó a que le presentara Sabor metálico en Madrid, pero me resultó imposible. Y le prometí que se lo presentaría aquí, en Letras desde Mocade.

Eva, espero no defraudarte.

Sabor metálico. Presentación en Zg

En Sabor metálico reúne diecisiete relatos, diecisiete ventanas abiertas a mundos nuevos. El afán de novedad en temas y técnicas le da un toque de juventud. Pero su prosa ya es madura y experimentada.

El sabor de cada relato

En una especie del cuaderno de bitácora saboreé cada uno de los relatos, acompañada por su autora, que de vez en cuando me apostillaba para aclarar mis dudas.

Estas notas se pueden leer de forma parcelada. Antes o después de cada relato. Son pequeñas contraportadas que pretenden ayudar a desentrañar el sentido profundo de los textos y animar a su lectura.

No están pensadas para leerlas de tirón, sino para acompañar a una lectura pausada, como se suelen leer los libros de relatos y de poemas.

Sabor metálico y una cerveza. Recortada

Vanesa y los juguetes

Aquel día salió al jardín, apiló sus juguetes y los quemó. Mientras ardían pensó: “Ya sé por qué el hombre necesita medir el tiempo”.

El tic-tac y los juguetes evocan algo muy profundo. Con historia de Vanesa, con un tránsito a la vida adulta y su decisión de quemar la nostalgia, Eva recrea el ubi sunt de Manrique y la obsesión machadiana del tiempo. Ese tiempo garcilasista que seguirá cambiándolo todo, “por no hacer mudanza en su costumbre”.

La incertidumbre del tiempo está muy bien reflejada en el final abierto del relato.

Cuando Eva me dijo:

—Carmen, es el primer relato que escribí.

No pude por menos que contestarle:

—Yo no te contagié el amor por la literatura. Solo te ayudé a reconocer unos instintos que llevabas dentro y que tardaron unos años en despertar. En este relato ya está todo tú mundo, así que es un buen comienzo. Me atrevería a llamarlo un relato-prólogo.

La Tierra dejaba de girar

Esta distopía, en la que un suceso extraordinario nos invitar a pensar en la pérdida de la normalidad cotidiana, me ha recordado El año de la inmortalidad de escritora aragonesa Ángeles de Irisarri.

La Tierra que poco a poco va dejando de girar es una señal apocalíptica en la van entrando elementos fantásticos.

El primero un Profeta paradójico, “la premonición del pasado”. Como Mínimo, un personaje de El estrellero de San Juan de la Peña de Ángeles de Irisarri, camina hacia atrás en el tiempo en busca de su pasado.

“La que huye sin saber adónde” personifica un sentido trascendente nihilista.

Y el Grupo, cada vez más numeroso, me hace pensar en una humanidad que ha perdido el norte. Al final se produce el choque inevitable y la Tierra deja de girar.

La gran habilidad de Eva consiste en que dota de acción y movimiento a una fábula trascendente. Nos muestra lo maravilloso y sus efectos sin necesidad de explicarlos.

El sofá

—¿Y este relato tan diferente? Yo veo una serie de acciones casi vertiginosas, pero sin una trama bien definida, como sin nos quedáramos en el regusto de sumar anécdotas sucias —le dije.

—¡Jajaja! Me encanta que lo hayas visto —me contestó—. Es un pequeño homenaje a la “generación beat” y al “realismo sucio americano”. Lo escribí a partir de un relato largo y luego fui quitando hasta dejar el armazón. Si te das cuenta, al final el ritmo frenético, acelerado por las frases cortas, da paso a una situación relajada.

—Pues, Eva, solo puedo rendirme a tus pies. Supongo que será muy del gusto de la gente de tu edad, de los que os pasabais los días escuchando a Barricada en el patio del instituto.

Sol mudo

Como profesora de literatura, antes de entrar en el relato, me fijo en la sinestesia del título, del más puro estilo gongorino. Y antes de comenzar a leer ya me enamora.

En el primer párrafo aparece ese Doscastillos que me lleva a tu pueblo de origen, en el corazón mismo de las Cinco Villas. A Uncastillo,  que fue un núcleo importante del republicanismo español:

Aparecieron en el pueblo unos hombres con camisas azules e insignias rojas. Solo recuerdo que mataron a los perros y pasaron a ser ellos quienes se reunían cada mañana en la plaza.

Y me permito el lujo de copiar la descripción inicial del paisaje:

La carretera, angosta, como el cauce seco de un río. Un carro tirado por dos bueyes me llevaba a mi destino.

Y esa síntesis con la que nos sumerges en la España Vacía:

No había ni un alma. Después de mucho tiempo recordaría con tristeza ese pensamiento de aquella primera tarde calurosa, porque nunca encontré ni un alma en Doscastillos.

Con gran habilidad mezcla lo natural con lo fantástico. En un pueblo calcinado, donde los hombres no hablan, nos encontramos con una asamblea de perros que deciden las leyes no escritas. Este momento es uno de los mejores del relato, es como una síntesis en forma de fábula clásica. A partir de aquí el mensaje se extiende a toda la narración en olas concéntricas:

Perros que ni envejecían ni enfermaban, que jamás llegaron a mi consulta. Habían estado siempre allí como si la muerte se hubiera olvidado de ellos.

El simbolismo es como el de la Parábola de un náufrago de Miguel Delibes: una sátira contra la deshumanización que producen los fanatismos. En la obra de Delibes, don Genaro, un funcionario sumiso, se convierte en un perro.

La atmósfera asfixiante y las descripciones escuetas ayudan a crear una sensación de desasosiego en el lector.

Chowder

Chowder, “sopa de pescado” en alemán, es un breve diálogo entre un abuelo y su nieto Samuel. Recrea una situación que inspira mucha ternura y que sirve de contrapunto a la dureza del tema.

En el fondo, nuestras lecturas son diálogos con el texto y con otros textos que nos trae a la memoria. Pues bien, desde sus primeras líneas, este relato me reenviaba a La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro. Tanto que tuve que interrumpir y releer a Sampedro. No tienen nada que ver en el contenido, pero sí en el punto de vista y en el tratamiento del narrador.

El abuelo, un emigrante checo, en 1934 era un cocinero de un restaurante de moda en Berlín. Después de ganarse el favor de Hitler, los nazis descubrieron su verdadera identidad. Al final, la historia se cierra con una vuelta a los orígenes.

Cuando le comenté que había sentido el cierre un poco precipitado, me respondió con ojillos de complicidad.

—Quería hacer algo histórico con los alemanes y la Segunda Guerra Mundial. Este relato fue la primera chispa, pero creo que será más largo. O quién sabe, igual lo incluyo en una novela.

—Pues ya que me has revelado un secreto, esperaré con impaciencia esa novela. Y ahora, si te parece, pasamos al siguiente.

Lágrimas en los abetos

Cuenta la reacción que el suicidio de Anelka provoca en su hermano Mijail Novikov. El narrador nos lleva de la mano y, poco a poco, acabamos aceptando cómo el dinero disuelve los deseos de venganza.

—¿Y este giro en tu narrativa? —le pregunté.

—Pues es que soy una enamorada de la literatura rusa y de Chejov. Es un cuento muy clásico, lo sé. Pero me gusta experimentar.

—En el fondo es una denuncia irónica del maltrato de las mujeres.

Eva sonrió. Pero yo sabía que aprovechaba sus gustos literarios para reivindicar  los derechos de las mujeres.

Por cierto, Lágrimas en los abetos me hizo  pensar en Lágrimas en los tejados de Sandra Araguás, otra joven escritora aragonesa.

Canícula

Un relato de apariencia sencilla en el que las palabras tejen con delicadeza una historia castellana, en la línea de las de los noventayochistas, Delibes o Cela.

El viajero que abandona el pueblo quiere guardar en su pupila todo lo que alcanza su vista:

A la izquierda, el campo de mi abuelo, terreno baldío, ya no hay nada que pueda hacer allí, demasiado joven para quedarse. A la derecha los melocotoneros de su padre, su padre que ya no está. La agonía ha venido y recorrerá el camino que no tendrá retorno.

En estos relatos, con mucha frecuencia, nos encontramos con el fantasma de la España Vacía que tan bien definió Sergio del Molino: un camino sin retorno que solo vive en la nostalgia.

La casa se llenará de risas

Es una historia muy valiente, el negativo del mito del príncipe destronado. Los celos pueden convertir a un niño en un gran malvado. El buen tono de Amelia, la narradora-niña, me recuerda al tono de El príncipe destronado de Miguel Delibes.

Lo novedoso es el juego irónico de contrastes: entre el título y el tema que articula la trama, entre los paisajes soleados y lo sórdido de la historia. Un relato que no nos deja indiferentes.

¡Fuera de aquí todas!

Es uno de los relatos que más me ha impactado. Un texto metaliterario que dialoga con la obra de la que pretende ser un apéndice.

Es una forma ingeniosa de dar salida a Pepe el Romano, el novio de Angustias en La casa de Bernarda Alba de Lorca.

—Eva, ¿cómo se te ocurrió esta genialidad?

—Pues muy fácil, Carmen. Desde la primera vez que leí La casa de Bernarda Alba, se me quedó rondando una pregunta: ¿Qué pasó con Pepe el Romano, un personaje tan grande y tan pequeño en la obra?

Efectivamente, este relato da vida a lo que sucede cuando Bernarda dispara. En ese momento el gran ausente toma la palabra.

Ciénaga de ceniza. En She was so bad

Ciénaga de ceniza

Cuando comencé a leerlo, me vi traspuesta al mundo de El perseguidor de Julio Cortázar. A esas noches insomnes a ritmo de jazz.

Pero las técnicas y el contexto son muy modernos. Aquí nos vemos involucrados en “la ciénaga del cenicero que teníamos debajo de la cama”.

Como un enfant terrible, la narradora con un ritmo poético trepidante nos conduce a la locura de las noches de saxo y sexo.

—Este cuento fue una auténtica prueba de estilo. Yo lo llamo un relato circular.  Cuando lo releo me da la sensación de dar giros. Es el relato más “loco” de todo el libro. Me inspiré en el colombiano Rafael Chaparro —Eva dixit.

Sabor metálico

Este relato  da título a todo el libro. Está contado con una verosimilitud a prueba de fuego. Está tejido con la misma minuciosidad con la que el oficinista, que está de baja por ansiedad, reconstruye la vida de Julia, su nueva vecina. Todo encaja como en una gran labor de orfebrería. Una historia de tomo y lomo: con mucha intriga y con una gran sorpresa final.

El sabor metálico de estas páginas es una metonimia de sabor ácido que impregna todo el libro. No entro en análisis más profundos, diré simplemente que es magistral.

Quince días para la jubilación

Los quince días marcan la edad de la narradora, Eva Dospar, un heterónimo de la autora. Una trama limpia y clásica encierra un mundo musical moderno para hacerlo eterno.

En las dos partes que sirven de marco, la primera y la tercera, la narradora decide escribir un artículo sobre el recién fallecido Paco de Lucía. Y la segunda parte, el recuerdo de sus tiempos universitarios gira en torno a la música de Led Zeppelin: “El grupo que escuché mientras lo escribía”, me comentó Eva.

Curso de escritura

La narradora parece un alter ego de la autora y el texto un ejemplo de autoficción. Pero, a medida que avanza su conversación con el profesor de escritura, va ganando el punto de vista ficcional. Al final, di un respingo en el sillón. El amable profesor resultó ser un coleccionista de amantes asesinadas.

Me quedé sin respiración. Todo me sabía a poco. La historia solo estaba esbozada, sugerida.

Hotel Miguel Ángel

La maleta se convierte en una metáfora de situación que tensa el ambiente. Mi imaginación, como la de la narradora, iba al cien por hora. Al final, como en el soneto con estrambote de Cervantes: “caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Y me entró la risa. ¡Qué humor tan fino!

Vecinas

Muy buena historia. Después de acabarla me seguí desternillando un buen rato. Cuando hablé con Eva de todos y cada uno de sus relatos le dije:

—¡Eres la bomba! No cambiarás nunca. Pero me encanta le aire fresco de tus páginas.

—Pues esta historia me sucedió de verdad. Es una de esas veces en las que la realidad supera la ficción. En las que lo más real parece inverosímil.

Cafetería

La narradora, de un aspecto normal, parte de un aquí y un ahora:  la cafetería de la plaza del Pilar de Zaragoza donde se está tomando un café. Y, de repente, le pica la cicatriz del brazo. Esa anécdota, también normal, la convierte en un personaje extremadamente sensible.

A partir de ese momento el relato avanza en dos planos. El real y el evocado. La madurez se contrapone a la infancia.

Cuando el lector funde los dos planos, adivina todo lo extraordinario que evocan nuestros rituales. El resultado es un relato entrañable, con una prosa madura.

De una a dos

El relato más complejo del libro. Como la maquinaria de un reloj de precisión y a la manera de H.P. Lovecraft, el maestro de terror, va desarrollando una compleja historia sucedida en Zaragoza. En lugar de hacer spoiler, dejaré hablar a su autora.

—Es uno de mis favoritos. Ante de sentarme a escribir me leí los cuentos completos de H.P. Lovecraft y muchas crónicas de los periódicos de los años 60. Y después le dediqué mucho tiempo al diseño de la estructura.  Quería sintetizar las vidas de cuatro personajes y de tres generaciones. Me encantó escribirlo cuando ya lo tenía el puzle montado.

Para terminar

Sabor metálico, como la mente inquieta de Eva Pardos, es un libro poliédrico. Es un libro joven, que juega con la experimentación. Cada relato apunta hacia un camino literario diferente.

Y eso requiere una lectura en tiempos diferentes. Esa concepción nos obliga a leer y a sentarnos al borde del camino antes de pasar al siguiente. Nos obliga a reflexionar y a releer.

Es uno de esos libros en los que el sabor metálico inicial, con las sucesivas lecturas, se va convirtiendo en agridulce. Y en la última nos deja el agradable sabor de una literatura que nos atrapa.

Eva, tú no me has defraudado.

Sabor metálico. Presentación en Madrid

Presentación en Madrid

 

Eva Pardos Viartola (Zaragoza 1974). En 1993 acabó el Bachillerato, entonces BUP y COU, en el Instituto Goya. En la Universidad de Zaragoza cursó Biblioteconomía y Documentación, estudios que le ayudaron a que su amor por los libros siguiera creciendo. Actualmente ejerce como docente en «MasterD», una empresa de formación. Y combina su trabajo con la dedicación a la escritura. El curso 2018, volvió a la Universidad y realizó el Máster del Profesorado.

De su vocación literaria

En el Instituto Goya, mi profesora Carmen Romeo, me transmitió su pasión por la literatura. Pero mi vocación por la escritura me llegó un poco tarde, cuando ya tenía 40 años. Como todas las cosas importantes de la vida, entró de puntillas, casi por casualidad. Mi pasión literaria me llevó a uno de los talleres de escritura creativa que entonces proliferaban en Zaragoza. Allí comenzó de una forma muy gratificante mi afición por la escritura. Esta afición me llevó a los talleres de Mario de los Santos, Óscar Sipán, Julio Espinosa e Irene Achón. Con los relatos de esos cursos comencé a publicar en las antologías: “Buscando los orígenes de aquello”, “She was so bad” y quedé finalista en un concurso de la Unión Europea.

Compartí mi pasión con otros colegas y formamos el grupo “La Flama”, al que pertenezco desde 2016. Hoy nos dirige Ángel Gracia, escritor y poeta. Allí vamos desarrollando nuestra propia voz y buscamos la manera de seguir mejorando nuestro quehacer literario.

Quiero aprovechar estas charlas para darles las gracias a Reyes y David, de Pregunta Ediciones. Ellos me han apoyado siempre y me animaron a recopilar todos los cuentos y a publicarlos en un volumen. De su empeño nació “Sabor metálico”.

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Obras

Buscando los orígenes de aquello. Antología de relatos. Pregunta Ediciones, 2014.

Mujer ni más ni menos. Concurso de micro-relatos, día de la mujer. Quedó finalista con Horizontes. Parlamento Europeo, 2015.

She was so bad. Antología de relatos pulp. Editorial Aloha, 2016.

Salvajes. Relato. En Ecléctica, Revista de fotografía, mayo de 2017.

Mujeres a la orilla del Ebro. Antología de escritoras aragonesas. Coordinación, Ana Vivancos. Prólogo de Julia Duce. Editorial Apache, 2019.

Sabor metálico. Pregunta Ediciones, 2019. Su primer libro de relatos.

Mujeres a la orilla del Ebro. Presentación

Mujeres a la orilla del Ebro

Aunque no es el objetivo principal de este estudio, me gustaría presentaros a las compañeras de Eva en esta antología de voces jóvenes zaragozanas. Para que no se pierda su memoria, voy a nombrarlas: Lucía Arca, Laura Bordonada Plou, Irene Cisneros, Esther García, Sylvia Marx, Teresa Palomo, Pepa Pardos, Eva Pardos Viartola, Rosa Vidal y Ana Vivancos.

Me habría gustado citarlas a todas con el apellido materno, porque nuestras genealogías femeninas son importantes, pero por alguna razón que no alcanzo a adivinar, solo aparecen con el apellido paterno.

Como ellas dicen: “No importa de dónde venimos, pero sí adónde vamos. Los beneficios de este libro son para Armanixer, una asociación que ayuda a mujeres con discapacidad”.

Recomiendo a los lectores que se acerquen a estas páginas llenas de energía y de prosa novedosa. Estas mujeres rompedoras son la voz de nuestro futuro.

Carmen Romeo Pemàn

Con otras autoras de la antología

De izquierda a derecha: Laura Bordonada, Teresa Palomo, Eva Pardos y Ana Vivancos

Monólogo desde una cornisa

¡Tanto esquivarte durante treinta años para que al final hayas logrado alcanzarme en treinta días y ponerme en esta cornisa en treinta segundos! Te odio, cabrón de mierda. ¡Cobarde! ¡Egoísta!

¡Joder! Malditas rachas de viento, si solo es un quinto piso, maldito viento, no me tires, no seas cabrón tú también, y tú, gorda imbécil, ¿qué haces mirándome con esos ojos de pez?, ¿es que no has visto nunca a una tía normal subida a una cornisa normal de un puto edificio normal?, ¿y si no haces nada, so idiota, para qué miras?, ¿acaso he gritado? Quiero tirarme yo sola, pero esta película no es para ti, gorda, mueve tu culo, que esto es para ti, cabronazo, mi amor, que no tenías derecho, ningún derecho a hacerme esto, que he sabido vivir sin ti estos treinta años, sí, ríete si quieres, pero te jode, te jode escucharlo, o te jodería escucharlo si me oyeras, pero no, cómo iba a joderte, la gilipollas soy yo, que predicando desde este púlpito me cargo mi sermón, porque a ver qué hago aquí, si es verdad que no me importas, Jaime, que paso de ti mil pueblos, y entonces qué coño hago aquí, quién me mandaría hacerte caso ahora, con lo bien que yo he vivido estos treinta años, y tú, capullo, qué narices, quién te manda a ti buscarme en las putas redes sociales, que tampoco tengo tanta actividad y a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza hacer lo mismo contigo, total, para qué, si agua pasada no mueve molino.

Y a esta pobre maceta le falta agua, como a mí me faltas tú. Y pensar que hace un mes yo solo abría la ventana para regarla, quién me iba a decir que hoy la iba a estar mirando desde arriba, y hay que ver, que las flores parecen otra cosa desde aquí y nunca me di cuenta de que por dentro son tan rojas que se diría que están llenas de sangre, y como no te quites, gorda de mierda, voy a saltar con más impulso para que mi sangre te ponga perdido ese abrigo tan feísimo que llevas, que te hace más gorda todavía, ¡no, idiota, no saques el teléfono, joder! ¿Por qué todo el mundo se empeña en tomar decisiones por mí, para mí? ¡Jaime, que te folle un pez! Y a otro perro con ese hueso, que no se hace lo que has hecho tú para “saber cómo está una vieja amiga”, que de sobra sabes que yo bebía los vientos por ti, y que el tren de los quince años pasó, se fue, se largó, y nos quedamos en tierra, uno a cada lado de la vía, y yo seguí mi camino y tú el tuyo, y cada uno a su casa y Dios en la de todos, y así treinta años, treinta putos años, treinta felices años, treinta normales años, y vienes tú y en un mes me pones la cabeza en los pies y los pies en la cabeza, y metes el dedo en mi alma y le das la vuelta como si fuera un guante de plástico, y yo, tan lista, con mi éxito como escritora, con mi vida de película, y me dejo llevar y me creo que el tren ha dado marcha atrás, y tú dejas que me lo crea, y te inflas como un pavo cuando babeo porque resulta que no escribo ficción, que lo que escribo es verdad, que la vida puede ser de color rosa y que los príncipes azules pueden llegar y despertar a Blancanieves con un beso, pero tú eres otra cosa, eres malo, no eres el príncipe, eres la manzana envenenada, que sí, que si te pica escuchar eso, te jodes y te aguantas como estoy haciendo yo, que para qué apareces y me comes la oreja con lo mucho que me admiras y que me quieres y luego largas eso que siempre nos atribuyen a las tías del puto “como amigos”.

Y tengo más cojones que tú, más valor que tú, porque ahora te has agarrado a la apuesta segura, a tu Carmencita, tan buena, tan linda, tan perfecta, que hay que tener una piedra por corazón para presentármela como otra buena amiga y ahora sumo dos y dos, que en el whatsapp estáis en línea y os desconectáis a la misma hora, y ha sido una guarrada dejarme que volviera a decirte que te quiero, y déjate de mandangas, que lo de la amistad a mí me la trae floja, y a ti te faltan huevos pero a mí me sobran ovarios y ojalá no se te empine cuando te acuerdes en mitad de un polvo con ella de que yo me tiré por la ventana.

Si me tiro, me harán la autopsia. Pero el forense no sabrá leer la causa de mi muerte en mis tripas ni en mi corazón. Para eso, yo tendría que haber nacido hace siglos, cuando el futuro se leía en las cartas y no en las redes sociales. Y no sé por qué pienso ahora esta gilipollez, como si no tuviera bastante con el presente, como si yo tuviera futuro, que no lo tengo.

¿Y si te juzgo mal? Que igual solo querías aspirar el aroma de la dulce flor de una juventud perdida para devolverle el color a unos recuerdos desvaídos. Y en vez de una flor soy una hiedra empeñada en agarrarme a tu piel, y te asfixio y me asfixio. O igual soy un árbol equivocado y llevo un mes mirando al suelo y he dejado que la boca se me llene de tierra y me he enredado yo en esos putos recuerdos, en esas raíces podridas que has venido a desenterrar, con lo feliz que yo estaba contemplando mis hojas, y el sol, y dejando que el viento me acariciara, el puto viento que ahora se empeña en soplar más fuerte para arrancarme de aquí antes de tiempo.

Pero es mejor mirar al cielo o al suelo porque si miro en mi interior veo un monstruo deshecho de dolor en el que me cuesta reconocerme, a un hada triste que no soy yo.

Y están estirando una lona ahí abajo y se creen que entiendo lo del megáfono, pero con este vendaval no se oye nada, o sí, que oigo a mi corazón que protesta y me grita que no mereces que me tire por ti…

¡Mi sabio y herido corazón! ¡Tiene razón! ¡Quiero ver más amaneceres! ¡Quiero escribir más historias! ¡Quiero vivir! He estado loca, ¡estirad la lona! ¡Ayudadme! ¡No me quiero caer ahora y tengo mucho miedo de moverme!…

Adela Castañón

Imágenes: cabecera, PixabayCierre mujer, StockSnap. Cierre flores, StockSnap.

Mi abuela, la epiléptica

#relatofragolino

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando era niña, muchas veces recorrí el camino de Lacasta a El Frago con mis padres. Un día hicimos el viaje en una burra vieja y tardamos más de tres horas en recorrer una legua escasa. Íbamos a ver a mi abuela. Tenía una enfermedad rara y la semana anterior había acudido a Jaca con la ilusión de que santa Orosia la curara con un milagro.

Según el médico de El Frago, sus ataques de epilepsia iban en aumento. Pero el cura no estaba de acuerdo. Que no, que no estaba bien llamar ataques epilépticos a las sacudidas del demonio. Y no había otra solución. Había que sacarlo del cuerpo. Él probó con exorcismos y no lo consiguió. Por eso mandó a mi abuela a la procesión de los endemoniados de Jaca.

—Pero, mosén, ¿cómo voy a tener el demonio dentro si no he pecado y además me confieso todos los días? —protestaba mi abuela cada vez que se confesaba.

—Anda, Macaria, que no te enteras. ¿Te parece poco? ¿No ves que te has casado con el viudo de tu hermana? ¿No te das cuenta de que te has precipitado y no has dado tiempo a que se apriete la tierra de su sepultura?

—Mosén, yo creo que eso no es pecado.

—No sé quién ha inventado esas patrañas. El matrimonio no acaba con la muerte. Ni los viudos ni las viudas se pueden volver a casar. Y así fue siempre, hasta que llegaron los sarracenos a España.

—¡Ave María Purísima!

—No me vengas con tontadas. Tú le entregaste tu cuerpo a Satanás el día que fuiste al altar. Y algo sospechabas. Que te casaste medio a escondidas, a las seis de la mañana. Y no invitasteis a nadie a la boda.

—¡Jesús, José y María!

—Macaria, tienes que sacarte al diablo del cuerpo. No puedes seguir así en el pueblo. Que intentará usarte y destruirá las virtudes de nuestras tradiciones.

—Mosen, yo no me dejaré.

—¿Es que no lo ves? ¿No te das cuenta que él te incitó a esta boda prohibida?

Al día siguiente el abuelo ensilló la yegua blanca y ayudo a mi abuela a sentarse a la mujeriega. A continuación subió él. Antes de mediodía ya estaban en la procesión de Jaca. Al llegar, mi abuela se unió al grupo de las posesas, que así llamaban a las que se les había metido el diablo dentro. Casi siempre eran solo mujeres. Iban todas detrás de la peana que llevaba las reliquias de la santa. Antes de empezar a caminar, unos hombres con roquetes les ataron cordeles a los dedos. El demonio abandonaría a las posesas si conseguían meterse debajo las andas y, con grandes retortijones del cuerpo, como los que hacen las serpientes, se quitaban los cordeles. Pero si les quedaba algún dedo atado, como le sucedió a mi abuela, no se sabía qué pasaría después.

Cuando la abuela nos oyó llegar, bajó corriendo a la calle, me abrazó y me dio un beso. Pero yo me escabullí en cuanto pude. Es que noté que de su boca salía una tufarada de azufre. Por lo menos así llamaba mi madre a unos polvos que echaba en los geranios y que olían a huevos podridos.

—Alodia, hija mía, ¿qué tal viaje habéis hecho? —me preguntó mi abuela.

Cuando mi madre vio que no le contestaba y me apartaba enfurruñada, me dio un cachete y me dijo:

—Haz el favor de ser más amable con la abuela. Nos lleva esperando todo el día, y tú te portas como una malcriada y una grosera. ¿Quién te ha enseñado esos modales?

—No le riñas a la niña, que llega cansada del viaje —terció la abuela.

Entonces me vino a la cabeza el cuento de Caperucita y le iba a preguntar: “Abuela, ¿por qué tienes una voz tan ronca?” Pero me contuve. No me quería ganar otro coscorrón de mi madre.

Me quedé jugando en el patio mientras todos hablaban en la cocina. De vez en cuando escuchaba detrás de la puerta. Hablaban de demonios en voz muy baja. No sabían por qué la abuela no pudo soltarse un dedo en la procesión. Yo contenía la respiración, pero me daban ganas de hablar. Estaba segura de que en lugar de salir el demonio del cuerpo había salido mi abuela. Y ahora teníamos en casa en al mismísimo Belcebú.

Cuando acabaron la conversación, me llamaron para cenar. Me senté en una esquina junto a mi madre. No sabía por qué, pero me temblaba todo el cuerpo. La abuela sirvió la sopa muy caliente, como le gustaba a mi abuelo. Nadie se dio cuenta, pero yo vi que la uña del dedo meñique le había crecido mucho y que la metía en las escudillas de la sopa. Ella lo disimulaba inclinándose para que no se no lo notáramos. De repente, me dio una arcada y vomité delante de todos.

Mi madre se enfureció y me mandó a la cama sin cenar. Mi alcoba estaba al final de un pasillo largo. Me dieron una palmatoria. Antes de llegar a la habitación, noté que un aliento que olía a huevos podridos me recorrió el cuello. Se me apagó la vela y di un grito. Al momento vino mi madre fuera de sus casillas.

—¡Alodia, tú siempre tan teatrera! Anda, duerme y no nos des más la lata.

Me arrebujé entre las sábanas. Desde mi cama veía la silueta de la torre recortada por la luna. Hasta mi habitación llegaban los sonidos de las campanas cuando el reloj daba las horas. A media noche todo se impregnó de olor a azufre. Pensé que me iba a asfixiar. Al final me dormí pensando que a la mañana siguiente le pediría al abuelo que me acompañara a ver de dónde venía el olor.

No hubo mañana siguiente. Era como si mi abuelo nos hubiera esperado para despedirse. En la madrugada oí la voz del médico.

—No se puede hacer nada. Me han llamado demasiado tarde. Cuando he llegado ya había inhalado demasiado azufre.

Me levanté y asomé la cabeza entre la gente que rodeaba la cama del abuelo. Junto a la cabecera, sentada en una silla de anea, estaba la abuela tapada con un mantón negro. Solo le vi el pico de la nariz y el dedo meñique con un trozo de cordel incrustado en la carne.

Me santigüé y en voz alta le recé a santa Orosia. Le pedí que librara a mi abuelo del Maligno. Entonces la abuela empezó a hacer aspavientos, como si también ella se fuera a asfixiar. Mi madre se volvió hacia mí.

—No vuelvas a aparecer por aquí. Los niños no pueden velar a los muertos.

Velas para los muertos.

Cestos con velas para el Día de las Ánimas. Foto: Ricardo Mur, «Pirineos montañas profundas», 2003.

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Imagen del Comienzo. 1918. Nueno, Huesca. El abuelo Auqué y una mujer, sentados en la puerta de Casa Auqué. Foto de Rircardo del Arco Garay. Fototeca de la Diputación de Huesca. Publicada en FB en el grupo Fotos antiguas de Aragón.

Carmen Romeo Pemán

Confesión

Mi historia de hoy os llega de la mano de una poesía de otoño.

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Porque hay cosas que solo pueden escribirse en un poema. 

CONFESIÓN

 

Dentro de muchos años me miraré al espejo alguna tarde.

Espero que sea un día de lluvia suave,

de cielos entoldados,

un día de invierno detrás de los cristales y dentro de mi alma.

 

Me miraré al espejo, y ese día

me veré frente a frente, por fin, con tu reflejo.

Y le diré a tu imagen, cara a cara, todo lo que callé,

todo lo que sentí, y que nunca te dije.

 

Y si cierro los ojos ahora mismo

me puedo imaginar que esa tarde ha llegado

y me hundo en tus pupilas

y empiezo a hablarte como nunca te he hablado.

 

Y esto es lo que te digo:

 

Que mi luz son tus ojos, color de plata antigua.

Que tu rostro, lo mismo que un buen libro,

me narra en cada arruga mil historias

que se han grabado a fuego para siempre.

Que tu piel es un lienzo que huele a pergamino,

a cuento milenario,

mezcla de tantas cosas que has vivido,

pintadas con tus risas y tus llantos.

 

Y que yo me he perdido todo eso por no estar a tu lado.

 

Que tu belleza es única, de joya trasnochada,

de encaje de bolillos, de caballero antiguo.

Que tu aroma es añejo,

mezcla de olor de rosas, y de un buen vino viejo,

de ese que con el tiempo se va haciendo más fuerte,

y gana intensidad, y dura para siempre.

 

Que tu olor y tu imagen están siempre conmigo.

 

Que nunca disfruté el tacto de tu piel, pero no importa.

Lo imagino como un roce de seda,

como un crujir de hojas en el otoño,

y que me hace evocar, tan solo con pensarlo,

aquellos cuentos que viven solamente en nuestra infancia,

y una historia soñada, que no por no escribirse

deja de ser la historia que mi alma deseaba.

 

Que yo siempre te estaré agradecida por darme ese regalo:

hacerme sentir niña cuando yo ya sea vieja

será lo más bonito que la vida me dé

como un obsequio del todo inesperado.

 

Que pensar todo eso me duele muchas veces,

y que entonces me engaño

y me digo que tengo la vida por delante

para quererte, para darte mi amor,

pero luego recuerdo

que cuando me despierto de mis sueños

solo tengo mi vida por detrás, sin habértelo dado.

 

Y sigo deshojando el almanaque, escribiendo y soñando,

y viviendo mi vida sin dejar que tu ausencia me la robe.

Me niego a que me gane la nostalgia

y también a que un velo de tristeza enturbie mis riquezas

que son muchas:

esa sangre que corre por mis venas, mis hijos, mis amigos,

mis manos y mis ojos, mis libretas,

mis ganas de vivir, mis retos de escritura,

los paseos por la playa,

estos pobres intentos de sentirme poeta.

 

Todo eso es medicina,

y bálsamo que calma el dolor de la herida

que tú me has provocado sin quererlo,

incluso sin saberlo,

pero que, cuando duele,

me sigue recordando que estoy viva.

 

Y así sigues colándote en mis sueños,

que son mundos sin puertas por los que siempre campas a tus anchas,

libres de las fronteras que la razón me impone

cuando, al amanecer, abro los ojos,

y recuerdo que tengo que segar bajo mis pies la hierba del deseo,

que es mejor olvidar lo que he soñado,

y renegar de orgasmos escarpados

a cuya cima llego sin aliento.

 

Que así dolerá menos recordar todo el día que no te tengo.

 

Pero cuando la noche me acaricia de nuevo

olvido mis promesas y, otra vez,

sin querer o queriendo,

vuelvo a regar la planta de mi amor sin saber nunca

si crecerá o se echará a perder,

pero la cuido lo mejor que sé y con todo mi esmero,

porque es lo único que tengo al alcance de mi mano

y ahí encuentro consuelo.

 

Y me he dicho mil veces que he logrado olvidarte,

me he mentido mil veces al decirlo,

y he vuelto a recordarte y a quererte,

y negarte tan solo me ha servido

para aferrar de nuevo, como un náufrago,

la tabla de ese amor del que reniego.

Porque vivir contigo es imposible,

pero vivir sin ti, ni imaginarlo quiero.

 

Estás a mil abrazos de distancia

y aunque nunca te llegue el eco de mi voz

solo la muerte acallará mis labios

que siguen empeñados en pronunciar tu nombre,

y sangran cada vez que lo pronuncian

porque se sienten secos

y sueñan con la lluvia de tus besos

como sueña con ella la arena del desierto.

 

Ojalá que supiera un conjuro para cambiar el curso de las olas,

ojalá que pudiera hacer soplar a mi favor al viento,

pero ni sé ni puedo.

Tan solo está al alcance de mi mano navegar sobre ellas

y rogar que sea brisa, y no huracán,

lo que haga que se mueva mi velero.

 

Y después de escuchar mi confesión tan solo resta

que vuelva a repetirte lo mucho que te quiero,

que jamás te he olvidado,

por más que lo he intentado.

 

Y es que ya he comprendido

que no debo empeñarme en olvidarte

porque siempre serás parte de mí.

Pero al fin aprendí a vivir sin ti

y a estar en paz conmigo.

Adela Castañón

 

Imagen cabecera: Gerd Altmann en Pixabay

Imagen subtítulo: Pixabay

El instante sagrado

Alguna vez leí que el momento de la muerte es una oportunidad excepcionalmente poderosa para purificar el karma. Pero, ¿será posible purificar el karma de un alma que utilizó el cuerpo para satisfacer sin pudor todos los placeres propios y ajenos? 

Soy drogadicta desde los catorce años, dealer desde los veintiuno y puta desde que tengo memoria. En el barrio me conocen como “Terroncito”. Conmigo puedes comprar la mejor heroína de la ciudad; yo solo vendo calidad y si el cliente paga un poco más le doy el servicio completo. Y ni para que te hablo de mi servicio post venta, conmigo tienes todo 100% garantizado. 

Esta mañana, después de otra sobredosis, la peor hasta ahora, cuando desperté en el hospital el médico me dijo que me quedan pocos meses de vida, con suerte tres. Y que si vuelvo a consumir lo más seguro es que no logre despertar de nuevo y ya no tenga que esperar unos meses. 

No había pensado en la muerte hasta ahora, ni siquiera cuando me internaron a los quince años en esa fundación de mierda en la que internan a todos los niños problema de este país. Ni los golpes con palos que me daban las enfermeras y la comida insípida y a medio cocer me hizo pensar en la muerte. Cuando por fin salí de ese lugar me prometí que jamás me iba a negar los placeres, jamás. 

Me gusta fumar, que el humo entre y salga de mis pulmones. Me gusta culiar, que mi piel se impregne del sudor de conocidos y desconocidos. Hombres o mujeres, me da igual. Me gusta la buena vida, esa en la que ningún don nadie te dice lo que tienes que hacer y después te da un sermón de lo que está bien y lo que está mal. Me gusta mi vida, la vida que he construido a pulso con mi imperio de drogas y mi pequeño prostíbulo personal. Y esa es la vida que me gustaría tener hasta que el humo no pueda entrar más en mis pulmones.

No tengo problema con vender mi cuerpo, finalmente, es solo un pedazo de carne y sangre que después de un tiempo de uso se pudre como todo en este mundo, así que hay que gozarlo; para eso es, no tiene otro propósito. Me gusta la sensación que me produce la aguja rozando la única vena buena que me queda, el instante sagrado en el que comienzo a ver los colores, las formas, en el que comienzo a disfrutar del silencio, de la apacible dicha que produce la nada. Sentir que estoy en dos mundos al mismo tiempo y en ninguno, que puedo ser una persona que vive entre dos realidades. 

La mayoría de mis clientes son mis amigos, incluso algunos han sido mis amantes. Me encanta que mi casa sea el centro donde toda la miseria de mi país explota y renace en un arco iris psicodélico por el que viajan los buenos deseos y las ganas de cambiar el mundo. Aunque al principio no la tuve fácil, no me he quejado de la vida que me tocó. He sufrido, sí, pero también he gozado y he amado. No me arrepiento de nada. 

Ahora que la muerte se arrastra silenciosa y está pasando lenta por debajo de mi puerta, me pregunto si la vida que escogí, la que elegí vivir, me hará arder en las llamas eternas de desesperación que ofrece el infierno. Cualquier buen religioso alegaría que mi vida mundana merece ese castigo. O quizás, como dicen las sagradas escrituras, aún tengo tiempo para abrazar el perdón divino y sentarme en el Valhalla a beber buen vino con Odín, o de pronto me reciba el Dios de los cristianos y primero me obligue a recorrer el mismo camino que Dante hasta encontrarme con mi versión de Beatriz. O a lo mejor tienen razón los budistas y volveré a este mundo de mierda una y otra vez hasta expiar algunos pecados y saldar todas mis cuentas. 

Me gusta la idea de tomar vino eternamente, pero el sistema que nos rige a los humanos considera que mi vida pecaminosa no merece la gloria, que hacer lo que me daba la gana no era correcto, que tenía que adaptarme, tener un trabajo “decente”, una familia, muchos hijos para inundar el planeta de más humanos, envejecer y morir entre lágrimas y susurros de compasión para cerrar el ciclo perfecto de la vida.

Cuando salí de la clínica esta mañana, caminé algunas cuadras hasta que me dolieron los juanetes. Luego me subí al primer bus que me dejaba cerca de mi casa, atestado de gente con olor ha guardado y a sudor agrio. En el departamento, cuando abrí la puerta, vi la mercancía apilada en un rincón de la sala, vi los sillones de tela manchados en los que me he tomado algunas cervezas con mis clientes y amigos. Vi los mejores momentos de mi vida pasar al galope enfrente de mi. En ese momento me vi cara a cara con la muerte y descubrí lo que tenía que hacer, lo que pasaría en los próximos días. Palpé el instante sagrado sin alucinógenos, el que te da la cercanía del último aliento. Lo abracé y escuché con atención el sonido de los minutos pasando implacables en todos los relojes de la casa. 

Aunque había una fecha límite y el tiempo corría en mi contra, se había esfumado como el humo del café que quedó sobre la mesa la noche anterior. ¿Tiempo? ¿A quién le importa el tiempo cuando los segundos están contados? Si podía purificar mi alma putrefacta para que el karma me dejara avanzar hacia el otro lado de la vida, no les abriría espacio a los arrepentimientos falsos, ni a Padre Nuestros recitados como una canción que se repite en la radio, ni me daría golpes de látigo hasta sangrar la indecencia.

Después de veintisiete años de vivir como una diosa entre mortales no era momento de entrar al sistema para dar vueltas, como un hámster que juega en su rueda hasta que le duelen las patas. Si me iba a entregar a la muerte, sin dramas ni lamentos, lo haría siendo quien había sido hasta ahora. Siendo yo. Una adicta y una puta. 

Mónica Solano

Imagen de Klaus Hausmann

Patrocinio Castanera y el Colegio de Señoritas de Huesca

El año 1901, el mismo que nació el Ministerio de Educación, Patrocinio Castanera Plasencia creó en Huesca un Colegio de Señoritas. Hasta entonces, la educación de las niñas no estaba bien sistematizada ni se consideraba importante. Pero las familias acomodadas querían educar a sus hijas: inculcarles buenos modales sociales y prepararlas para elegir marido. Así nacieron las Escuelas de Señoritas en el siglo XIX.

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Diario de Huesca, 1901

En realidad estas familias buscaban un buen matrimonio para sus hijas, aunque fuera de conveniencia, que asegurara, o aumentara, el patrimonio familiar.

En el siglo XIX en toda Europa se crearon Escuelas de Señoritas, en las que las niñas aprendían a escribir, las reglas de matemáticas, un poco de historia y literatura y algún idioma. Pero, sobre todo, aprendían a hablar, a sentarse, a bordar y a tocar el piano. Estas escuelas se extendieron pronto en España con gran éxito. Y se hicieron famosas, precisamente fueron un antecedente de la que creó María de Maeztu, en 1915, para estudiantes universitarias en Madrid.

Patrocinio, una brillante maestra de una prestigiosa familia de Huesca, recién casada con un comerciante catalán, se animó a crear un Colegio de Señoritas en Huesca. Desde el primer momento encontró apoyo en Vicenta Coronas Marconel, una joven maestra que en 1900 había acabado los estudios de piano en la Escuela de Música de Zaragoza.

Pero, cuando fundó su Escuela, no contaba con la dura competencia de las escuelas públicas, impulsadas por el nuevo ministerio de Educación. Así que, a los pocos años, Patrocinio abandonó el negocio y comenzó un itinerario por las escuelas rurales, donde realizó una notable labor.

En 1933, durante la II República, cuando estaba de maestra en Chodes (Zaragoza), llego a ser una de las 34 concejalas que se nombraron en las Comisiones Gestoras de la provincia de Zaragoza.

1899. Patrocinio. CaligrafíaPatrocinio Castanera Plasencia

A María Patrocinio Castanera Plasencia (Huesca, 11 de noviembre de 1872-Zaragoza, 9 de febrero de 1947), la bautizaron en la parroquia de San Lorenzo, como a sus hermanos Mariano, Gregorio y Cipriano. Eran hijos de Mariano Castanera de Binéfar, y de Juana Plasencia, de Huesca. Los abuelos paternos, también de Binéfar, eran Domingo Castanera y Melchora Alegre. Y los maternos, de Huesca, Mariano Plasencia y Pascuala Sieso.

He creído oportuno aclarar los orígenes familiares de Patrocinio, oscurecidos por algunas biografías de su hermano Mariano Castanera Plasencia, fundador de La Crónica, un diario de avisos de Huesca, que se casó con una heredera de la imprenta Larumbe.

Patrocinio estudió Magisterio en la Escuela de Maestras de Huesca. En 1889 sacó sobresaliente en el título de Maestra Elemental y en 1890 obtuvo el título de Maestra Superior.

En 1897 la prensa de Tarragona recogió la noticia de su boda con Vicente Sugrañés Bardají (Tarragona, 1864-Zaragoza, 1941), hijo de Vicente Sugrañés Viñe y Francisca Bardají Lafarga, de Monzón. Un hermano de Vicente,  Francisco Sugrañés Bardají (1866-1937) fue un destacado médico con importantes contribuciones a la lucha antituberculosa.

Ayer tuvo lugar el matrimonio de la bella y virtuosa oscense, señorita Patrocinio Castanera, con don Vicente Sugrañés Bardají, de Tarragona, inteligente y laborioso almacenista de vinos en esta ciudad. Fueron apadrinados por la distinguida señora babastrense doña Teresa Tremusa de Alcarazo (sic), tía de la novia, y Mr. J. Carlos, hermano político del contrayente. El acto religioso tuvo lugar en la catedral del Salvador. (Cfr. La Voz de la provincia, Tarragona, 11/02/1897).

A principios del siglo XX, el matrimonio se instaló en Huesca. Vicente abrió un establecimiento de vinos y aguardientes y Patrocinio fundó una Escuela de Señoritas.

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Diario de Huesca, 1902

LA PARRA. Nuevo establecimiento de vinos y aguardientes de V.Sugrañés. Huesca. El dueño de este establecimiento, situado en la calle del Coso Alto núm. 42, ofrece al público los siguientes artículos: Vino tinto superior a 0’20 pesetas el litro. Vino clarete (especialidad) a 0’85. Anisados legítimos de vino, clases dulce, medio dulce y seco a l’50 pesetas litro. Los géneros todos de esta casa quedan garantizados. (Cfr. Diario de Huesca, 30/01/1902)

El Colegio de Señoritas

No es de extrañar que el Diario de Huesca se hiciera eco de un centro que respondía a la moda del momento. Con el colegio de Patrocinio Castanera, Huesca entraba en la vanguardia de la formación de señoritas.

Estas señoritas, como Flora, la protagonista de la novela de Pilar Sanjuán, La educación de una niña, comenzaban la instrucción en su tierna infancia y sus maestras las llevarían de la mano hasta dejarlas bien casadas. Pero algunas no se conformaban con imitar a Flora y a La perfecta casada de Fray Luis de León, querían parecerse a su maestra. Y no pocas maestras posteriores de Huesca siguieron los pasos de Patrocinio y de Vicenta, su más estrecha colaboradora.

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Diario de Huesca, 1913

Vicenta Coronas Marconel (Huesca, ¿?-1958) hija de Eusebio Coronas Lacasa (Huesca, 1851-1923) y de Tomasa Marconel Solá (Huesca, ¿?-1931), pertenecía a la familia Los Coronas. Su padre fue profesor de música de la Escuela Normal de Maestros entre 1899 y 1923. La saga musical de Los Coronas comenzó con sus abuelos, Raimundo Coronas y Ramona Lacasa, cuyos hijos, Nicolás, Enrique, Eusebio y Alejandro fueron piezas clave para el desarrollo de la música en Huesca. A los pocos años Vicenta entró de Profesora de Música a la Escuela de Maestras de Huesca.

No podía comenzar el nuevo colegio de señoritas con mejores madrinas. Sobre el papel, era una iniciativa brillante llamada a tener un gran porvenir.

Nuevo Colegio de señoritas. Hemos recibido una circular en la que la Sra. Doña María del Patrocinio Castanera anuncia la apertura, desde el día uno de septiembre próximo, de un Centro de Enseñanza para Señoritas, en la casa antigua de Abadías, Azara núm. 2. La Directora se propone establecer además de la enseñanza elemental y superior, otras especiales de bordados y corte, dibujo y música, estando la enseñanza de piano a cargo de la muy competente profesora señorita doña Vicenta Coronas. (Cfr. Diario de Huesca, 23/08/1901).

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En este rincón debió estar el Colegio de Señoritas de Patrocinio

El uno de septiembre de 1901 se abrió el Colegio de Señoritas “Nuestra Señora del Carmen”, en la calle Azara, 5. En los repetidos anuncios de la prensa se leía:

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Clases de Instrucción primaria Y elemental ampliada, 3 pesetas: ídem superior, 5 pesetas. Especialidades, de bordados y corte, de adornos; dibujo, música y piano. Precios convencionales.

En esta escuela, como en las de otras provincias, se impartían clases de Instrucción primaria elemental ampliada y superior, y especiales de bordados, corte, dibujo, música y piano.

 

Este nuevo centro de enseñanza para señoritas está siendo objeto, por parte de las muchas personas que lo visitan, de elogios muy cumplidos por su organización, lo moderno de su material, y el conjunto estético que presenta. Reúnen, además, sus locales, condiciones especialísimas para escuela; hay allí luz abundante, ventilación inmejorable, perspectiva alegre, vistas a jardines; condiciones muy necesarias para la higiene de las educandas y lo que contribuye poderosamente a despertar en las jóvenes alumnas disposición al estudio. Con respecto a la enseñanza, la muy competente ilustrada profesora Doña María del Patrocinio Castañera, ha tenido el buen acuerdo de adoptar el sistema cíclico progresivo de la moderna Pedagogía, que desarrolla con el acierto propio de su cultura y competencia. Sois ya varias las familias las que envían a sus hijas al colegio de “Nuestra Señora del Carmen” y no resulta aventurado asegurar que, en plazo no largo, este centro docente ha de ser de los más concurridos de la localidad, sobre todo cuando sean más conocidos los excelentes resultados que ya va produciendo en la instrucción y educación de las señoritas que en él concurren. (Cfr. Diario de Huesca, 11/10/1901).

Para terminar

Los deseos de la prensa no se cumplieron. A los cuatro años, Patrocinio solicitó plaza como maestra de escuelas rurales. Entre otros destinos estuvo: en 1905 en Tierz (Huesca); en 1907 en Bandaliés (Huesca); en 1908 en Sasé y Ginnabel (Huesca); en 1909 en Asín de Broto (Huesca); en 1911 en Oseja (Zaragoza), en 1929 en Villanueva de Jalón, (Zaragoza) y en 1933, en Chodes (Zaragoza), donde fue concejala.

Cuando Patrocinio solicitó escuelas en la provincia de Zaragoza, su marido estableció su negocio en Zaragoza. En el censo de 1934, ella seguía en Chodes, y, en la calle Pignatelli 75 de Zaragoza, residían su marido, de profesión comisionista, y sus hijos: Francisco, sastre, de 36 años; Carmen, de 28, y Josefina, de 26, dedicadas a sus labores.

Patrocinio con la fundación de la Escuela de Señoritas, con su deambular por las escuelas rurales y con su cargo de concejala, fue una de las maestras que contribuyó al cambio de la escuela española.

Tanto ella como las maestras de su generación eran mujeres con una identidad propia: eran autónomas, abrían negocios, viajaban a los pueblos sin su familia, ocupaban cargos públicos y escribían en revistas profesionales. Además convencieron a los padres de muchas de sus alumnas para que las sacaran a estudiar fuera de los pueblos.

1887. Patrocinio. Solicita ingreso

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Residencia de Señoritas de Lasierra Pambley, Palencia.

O mío o de nadie

Cierra la puerta de madera azul silenciosamente y se dirige al salón. Allí están los envoltorios rasgados de los dos paquetes que le han entregado a primera hora de la mañana.

***

Abrió primero el más voluminoso. Había especificado que lo entregaran en ese horario. Así podría abrirlo a solas, cuando Antonio estuviera en el trabajo. Quería probarse su traje de novia sin testigos al menos una vez. Luego lo subiría al piso de Violeta, su mejor amiga, que vivía justo encima, en su mismo bloque. El día anterior las dos habían estado haciendo sitio en el armario de Violeta para guardarlo allí hasta el domingo, el día de la boda. Pero primero necesitaba vérselo puesto sin nadie más opinando a su alrededor. Entró al dormitorio, cerró la puerta azul, y se lo probó absolutamente todo. La ropa interior sin estrenar, la liga azul, los zapatos forrados de satén color blanco roto, a juego con la preciosa mantilla del vestido. Incluso se hizo un moño apresurado para poder ponerse también el tocado del pelo. Y con todo puesto volvió al salón a abrir el otro paquete, el pequeño.

Venía sin remite. Vestida de novia entró a la cocina y regresó con unas tijeras con las que cortó el hilo. Sonrió pensando si serían las primeras invitaciones de boda, las que no llegaron y le costaron un disgusto hasta que en la imprenta hicieron una nueva tirada a mitad de precio. ¡Vaya mal rato que habían pasado Antonio y ella! Estaría bueno que Correos hubiera decidido ahora enmendar la plana. Las guardaría como recuerdo de una anécdota que contar a sus nietos cuando los tuviera. Rasgó el papel sin contemplaciones y sacó lo que venía dentro de un sobre.

No eran invitaciones. Eran fotos. Un portal. Un coche. Un hombre saliendo del coche. Una cara visible en escorzo, a pesar de la capucha de la sudadera subida. Otro coche. Una mujer. Gafas de sol enormes, y unos pendientes que nadie más sería capaz de llevar puestos. El rótulo con el nombre del hotel. La puerta de una habitación. El número 123. Ropa tirada en el interior de la habitación. La sudadera en el respaldo de un sillón. Las gafas en el asiento. Una zapatilla deportiva de hombre. Unos tacones de mujer. La cama. Antonio. Violeta. Sus cuerpos mezclados. Sus ropas mezcladas. Pero sus cuerpos y sus prendas separados. Los unos entrelazados en la cama. Las otras desparramadas, vacías, obscenas.

***

Piensa que al cuadro de esa mañana solo le faltaba su ramo de novia. Nardos blancos. Pero ya no lo necesitará. Por su cara, maquillada solo con una sonrisa vacía, su pérdida se escurre en hilos de sal que escuecen y queman. Ahora el vestido parece aún más brillante por las manchas rojas que lo adornan, de un rojo más vivo que el de cualquier rosa. No soltó las tijeras en ningún momento desde que cortó el cordón del paquete. Ni mientras miraba las fotos, ni cuando se sentó en el sofá durante no sabe cuánto tiempo, ni al escuchar la llave de Antonio en la cerradura, ni cuando Antonio se acercó a ella con los ojos abiertos y asombrados al descubrirla vestida de novia.

Ahora, por fin, deja las tijeras húmedas de dolor y rabia roja sobre la mesa. Coge el móvil y llama a la policía. Tardan poco en llegar. Ella misma les abre. No se ha cambiado de ropa. Los agentes se miran, descubren las tijeras y el móvil sobre la mesa. Y ella, al ver que dan un paso hacia la puerta azul del dormitorio, pronuncia las primeras palabras desde hace varias horas.

–Deberían llamar al forense y esperar en el salón. –Se da cuenta de que los agentes son demasiado jóvenes, se compadece de ellos, y los tutea–. Ya he terminado. Mejor que no entréis ahí.

Adela Castañón

Imagen: Unsplash

Los viajes de Polonia

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

En la duermevela Polonia pensaba cómo había llegado hasta allí, desde el día que,  pasada la medianoche, se escapó de casa. Y  todo porque aquella tarde oyó a su madre que le decía a su padre que ya le había llegado la regla y  tenían que casarla pronto. Que las hijas solteras daban muchos quebraderos de cabeza. Además, aún les quedaban muchas bocas que alimentar.

Ese mismo día por la mañana había oído gritar por las calles:

—A componer sillas, el silleeero. Apresúrense, señoras, que es el último día.

Era la señal de que los gitanos, que llevaban varios días en la arboleda, iban a levantar el campamento.

Sin pensárselo dos veces, se levantó, salió en camisón y cogió el camino del puente. Cada vez que oía un ruido intentaba correr, pero avanzaba poco, que no estaba acostumbrada a andar descalza.

Cuando se acercó a la carreta se le echaron dos perros encima. Detrás llegó un chico de unos quince años, los cogió por el cuello y les hizo caricias en el lomo. Miró a Polonia y le preguntó:

—¿Te has perdido? —A la vez que le miraba las heridas de los pies.

—No, no —respondió Polonia con  resuello—. Es que no quiero seguir en mi casa. Me quiero ir con vosotros.

—¿Qué dices?

—Lo que has oído.

—¿Cómo te llamas?

—Polonia. ¿Y tú?

—Pues no lo sé. Todos me llaman Mundo. No sé si de Segundo o de Segismundo, que los dos son nombres corrientes.

Mundo cogió a Polonia de la mano y la ayudó a subir al carromato.

—¡Chist!, ¡chiss!, ¡chsss! A ver si no despertamos a nadie. Si te arrepientes, tiene que ser ahora. En menos de dos horas arrancaremos. Y, como este viaje no nos ha ido bien, mi padre dice que no volveremos más a este pueblo.

Se acostaron encima del saco de la paja de las mulas. Polonia temblaba, pero se quedó dormida cuando una mano la acarició con suavidad.

Al amanecer, el padre de Mundo los descubrió. Entonces Polonia le dijo que era una de las hijas del alcalde y que se quería ir de su casa.

—Así que eres hija del que nos ha denunciado por robar tomates en un huerto. —Le salía espuma por las comisuras de los labios—Sal ahora mismo de aquí, ¡zorra! Que antes de llegar a Luna nos detendrá por haber robado a su hija. —Abrió el toldo y la tiró al camino de un empujón.

Aún no se había repuesto del golpe, cuando pasó una caravana de trajineros y les pidió que la dejaran ir con ellos. Que se le habían roto las alpargatas y no había podido seguir a los pastores con los que bajaba desde Monte Alto. Estaba segura de que ya estarían cerca de Gurrea. Le pusieron unas abarcas, le dieron un trozo de pan seco y la dejaron dormir hasta Gurrea.

Allí se bajó y callejeando llegó a las afueras donde se encontró con una mujer que iba a coger el tren. Le contó lo mismo que a los arrieros y, además, que sus padres estaban de criados en Zaragoza, en casa de un ganadero que tenía los corrales cerca la estación. Y siguieron hablando hasta que oyeron el pitido del tren.

—Bueno, pues convenceremos al revisor. A ver si te deja viajar sin pagar. Ya verás como sí.

Ya en Zaragoza, justo al salir de la estación, se despidió de la mujer de Gurrea y se dirigió al Puente de Piedra. Pero antes de llegar, unos mozos muy jaraneros le dieron un susto. Así que, aunque las abarcas le estaban grandes, corrió que se las peló hasta que llegó al Pilar. Se notaba cansada y con dolor de estómago. Se sentó en el suelo y comenzó a pedir en la puerta del templo. Al momento unos mendigos la echaron a muletazos.

—¿Qué te has creído? Llegas la última y te saltas la cola. Además tú no estás tullida y puedes trabajar —le dijo uno que hacía alarde de sus muñones.

En eso estaban cuando una señora, con mantilla de blonda y rosario de nácar, echó una moneda al primero de la fila y siguió adelante.

—¿No necesitará usted los servicios de una doncella? —le dijo Polonia, cortándole el paso—. Sé hacer de todo. Y tengo muy buena mano para los niños.

Hablaron un poco al paso de la señora. Polonia la siguió hasta los bancos y se quedó junto a ella, durante la misa. A la salida volvió a seguirla. Como la buena mujer notó que Polonia ponía mucho interés, le dijo que vivía cerca y que podría cuidar a su niño de pocos meses a cambio del alojamiento. Eso sí, tendría que dormir en un camastro junto al lavadero. Y que si se portaba bien, como había hecho en misa, la dejaría asistir con las otras criadas a las escuelas dominicales.

Una mañana, cuando apenas llevaba una semana de niñera, al salir de casa con el crío, reconoció a uno de El Frago. Se dio cuenta de que él también la había visto y miraba fijamente el número de la casa. Así que cruzó la calle, en una esquina de la plaza más cercana abandonó el carricoche con el niño dentro y puso pies en polvorosa. Las otras niñeras dieron la voz de alarma. La señora buscó a los mozos de asalto y la denunció por haber atentado contra la vida de su hijo. Antes de llegar al Puente de Piedra, la detuvieron y la llevaron a un calabozo. A los dos días, estaba pensando en cómo escaparse a Barcelona, cuando se abrió la puerta de golpe y vio que se le acercaba un bulto. Enseguida reconoció la voz de su padre.

Hicieron el camino de regreso en silencio. Su padre no paró de gritar y azotar a las mulas. Desde ese día Polonia supo que pronto la casarían con un hombre de otro pueblo, que en el El Frago  había cogido fama de moza brava. Y también supo que su nuevo viaje no sería a tierras lejanas.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen. Carro de El Frago. Tarjeta postal. Foto de Ricardo Vila.

La niñez en el desván

Conduje despacio. Doblé el último recodo del camino, detuve el coche, me bajé y abrí la cancela de hierro. Cuando vi la casa al final del sendero de gravilla, acudió a mi memoria la primera frase de Rebeca, una novela de Daphne du Maurier: “Anoche soñé que había vuelto a Manderley”. La imagen de la casa se superpuso a la última que conservaba de ella en mis recuerdos: una mansión que se iba empequeñeciendo ante los ojos del niño de ocho años que yo era, de rodillas sobre el asiento trasero del coche de mi madre mientras nos alejábamos de allí. Aquel día ella me obligó a subir y nos marchamos con tanta prisa que ni siquiera dejó que me despidiera de nadie.

Dejé mi coche aparcado y me acerqué caminando despacio. La casa y las dos esculturas de los leones que flanqueaban la entrada principal fueron aumentando de tamaño a medida que me aproximaba, pero cuando llegué a la escalinata de acceso me sorprendí al encontrar que todo era más pequeño de lo que recordaba. Entonces empezó a soplar el viento y su rumor devolvió a las cosas el tamaño original. La voz del bosque que rodeaba la mansión, esa voz que solo un niño puede escuchar, se coló por mis oídos y violó mis defensas de adulto. Cuando puse el pie en el primer peldaño volví a sentirme sobrecogido por el susurro de unas hojas que me contaban mil historias cuando era un crío.

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar la llave y mis dedos tropezaron con la carta del despacho de abogados. Me sabía su contenido casi de memoria y podría haberla dejado en el hotel, pero tocarla en ese momento me reconfortó. Era un consuelo absurdo, como si los folios fueran un lastre que impidiera que el viento me arrastrara por aquellos parajes que llevaba tantos años sin pisar. La carta era el recordatorio de que ya era un hombre adulto, el único heredero de la mansión de mi abuela. Suspiré, saqué la llave y terminé de subir los escalones mientras me aflojaba la corbata. Al llegar a la explanada me recibieron las ráfagas de polvo que siempre daban la bienvenida a cualquiera que pisara aquellas tierras en otoño. Miré al cielo. Las nubes se movían a mucha velocidad y me pareció que era la casa la que se desplazaba. El viento cambió y los rumores del bosque y del salto de agua que se escondía detrás de los jardines golpearon sin piedad las puertas de mi memoria.

En el interior todo estaba igual que entonces, aunque la habitación parecía haber encogido, quizá por culpa de las sábanas blancas que cubrían todos los muebles y les daban el aspecto de pequeños fantasmas. Cerré la puerta y abrí las ventanas mientras caminaba hacia la escalera que llevaba al piso superior. Acaricié con el dedo la barandilla de caoba por la que tantas veces me había deslizado cuando los adultos no me veían, me detuve en el descansillo y volví la cabeza. Abajo, los cristales abiertos dejaban pasar motas de polvo en suspensión que parecían bailar al ritmo de los sonidos que se colaban en la casa enganchados a ellas.

Recorrí las habitaciones una por una y llegué al final del pasillo del piso superior. Allí, al fondo, estaba la escalera volante que llevaba al desván. La trampilla estaba cerrada, pero habían dejado la escalera colgando, como una tentación que me llamaba. Tragué saliva, me acerqué y subí despacio. El tercer peldaño seguía crujiendo, igual que en mi niñez. Entonces ese ruido me avisaba cada vez que un adulto se acercaba a mi santuario, y el tiempo que tardaban en subir los cinco peldaños restantes me proporcionaba los segundos justos para preparar un recibimiento modélico. Casi nunca necesitaba hacer nada, pero a veces tenía que esconder a toda prisa algún trozo de chocolate robado de la cocina cuando me castigaban sin cenar, o la barra de labios de la abuela que cogía prestada de vez en cuando para pintar en mis soldados de juguete la sangre que daba verosimilitud a las batallas que libraban en mis manos. Allí, en aquellas alturas, junto a los papeles y cachivaches familiares, se apilaban mis recuerdos. En mi refugio siempre había ruidos. El salto de agua se escuchaba sin parar, y las ramas de los árboles eran allí más habladoras. Supongo que al ser más livianas y estar más altas, no les costaba trabajo hacerse oír.

Di media vuelta y, a punto de bajar, recordé mi escondite secreto. Sonreí, me quité la corbata y me agaché para levantar una tabla suelta que había en el rincón del fondo. No esperaba encontrar nada. Aunque me fui de la casa de modo precipitado, no había dejado escondido ningún tesoro importante. Por eso ahora, al asomarme a ver el hueco, me sorprendió encontrar un montón de cartas cubiertas de polvo y atadas por un lazo.

Me senté en el suelo y crucé las piernas igual que hacían los indios alrededor de una hoguera en las películas de mi infancia. Mi sonrisa se hizo más amplia al darme cuenta de que no adoptaba esa postura desde que salí de la mansión. Deshice con facilidad el lazo y empecé a leer.

Eran cartas de amor. A las voces del viento y del agua se sumó ahora el rumor del papel, de los folios que crujían cuando los sacaba de sus sobres, de sus tumbas de silencio. El sol se fue escondiendo y me acerqué al tragaluz para poder seguir leyendo. Me asomé al exterior y la casita de los botes apareció ante mis ojos. Entonces di un salto, miré la fecha de la primera carta y todo encajó en su lugar.

Las cartas, entre susurros, me estaban contando la verdad después de tantos años.

Reconocí la letra de mi padre en muchas, pero no lo reconocí a él en las palabras del hombre atormentado que asomaba entre las cuartillas apropiándose de su letra, de su forma de hablar. Y sin embargo era él.

De la letra de mi abuela no me acordaba y no la reconocí. Pero me costaba trabajo reconciliar su imagen con la de la autora de la otra parte de la correspondencia. Para mí, la abuela era eso: la abuela. Aunque no llevara moño, ni tuviera el pelo blanco. Aunque me contara los cuentos al volver de cenar con sus amigas sin detenerse ni a quitarse los tacones ni la pintura de labios. Pero la que se carteaba con mi padre era y no era esa mujer.

La primera carta estaba fechada al día siguiente de mi precipitada marcha con mamá. Papá no regresó con nosotros ese día a la ciudad, ni llegó a casa al día siguiente, ni al otro, ni al mes siguiente. Sencillamente, yo me quedé esperándolo, pero nunca regresó.

Y es que ese día, en la buhardilla, mi yo de ocho años solo recordaba lo divertido que estaba mientras espiaba con mis prismáticos a papá y a la abuela. Estaban en la casita de los botes, donde guardábamos todos los aparejos para cuando salíamos a pescar. Papá estaba colocado igual que cuando me enseñaba a lanzar la caña, y abrazaba a la abuela por la espalda. Recuerdo que pensé que era estupendo que le estuviera enseñando también a ella, y que quizá, por fin, la abuela habría decidido acceder a mis continuas peticiones para que viniera con papá y conmigo cuando íbamos de pesca.

Me sentía feliz, y estaba tan concentrado observándolos que no escuché crujir el tercer escalón. Y entonces mamá entró, me vio y me quitó los prismáticos para mirar ella.

Acaricié las cartas. Me llevé el montón de sobres a los labios y, por fin, pude decir adiós a muchas cosas. Me despedí de mi niñez, y la imagen de espejo del lago en el que pescábamos se hizo añicos, dejándome ver ahora la historia del amor culpable que se escondía aquel día en la caseta y que mis ojos de niño vistieron de inocencia. Me despedí también de mi padre y de mi abuela. De mi padre, siempre serio, y de mi abuela, siempre guapa y con su sonrisa como el mejor maquillaje. Y perdoné a mi madre, siempre triste, al comprender que ella fue quien perdió más.

Salí del desván y cerré la trampilla. Y mi infancia, después de tantos años cautiva, encerrada en la buhardilla, escapó por el tragaluz y me dejó marchar.

Adela Castañón

 

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Imágenes: cabecera, Денис Токарь en Unsplash; final, matthew Feeney en Unsplash

La terraza de la calle Pasadena

“¡Buenos días, buenos días! Bienvenidos sean todos. Niños, niñas, señoras y señores, señoritas, jóvenes y ancianos. Bienvenidos a mi último día en la Tierra” gritaba Alegría desde la terraza de un edificio de cinco pisos.

—¡Alegría! ¡Desactivar! —gritaba Luciano desde el otro lado de la calle, con la voz crispada, rodeado por los transeúntes curiosos que se detenían a mirar el espectáculo.

—¿Pero miren quién ha venido a verme en mi última morada? Mi creador, el hombre que insiste en que yo, ¡yo!, señoras y señores, soy solo un arrumaje de cables y de programaciones mal instaladas. ¡Luciano! ¡Aplausos para Luciano!

Alegría aplaudió con fuerza sin quitarle la mirada a Luciano. Luego sacó una navaja de uno de los bolsillos del pantalón y se cortó el antebrazo. La sangre que brotaba a borbotones le baño el rostro, algunas gotas alcanzaron el suelo arrancando gritos y quejidos de las personas que la observaban.

—¿Te parece que las máquinas sangran así? ¿Te parece Luciano?

—¡Alegría! Es suficiente, por favor, baja de la terraza de inmediato.

—Ya te lo dije Luciano, hoy es mi último día en la Tierra, mi último día como la máquina que crees que soy. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estoy segura de que no lo recuerdas, para los hombres no es fácil recordar las fechas especiales. Yo sí lo recuerdo y lo recuerdo muy bien. Fue en esta misma calle, el 13 de septiembre de 2099. Traías puesta esa gabardina azul oscuro de cuero que te hace ver más bajo, unos lentes oscuros y ese sombrero trilby que tanto odio. Me crucé en tu camino y tropezamos. Mi bolsa se cayó al piso, te agachaste para recogerla y luego me preguntaste la hora. Las doce menos cuarto te respondí. Faltan pocos minutos para que sea la misma hora en que nos conocimos. Esa, Luciano, será la hora oficial de mi deceso.

—Alegría, baja de la terraza, no quiero volver a repararte, esta es la tercera vez en la semana que saltas en este mismo lugar, a la misma hora.

—¿Es decir que hemos vivido este momento más de una vez? ¡Pero qué mal ingeniero eres, Luciano! Tan malo que no puedes cambiar el resultado y tu estúpida máquina se suicida una y otra vez. ¡Bravo! Aplaudan al señor que verá morir a su creación una vez más.

Luciano se agarraba el cabello con fuerza y suspiraba. Sin quitarle la mirada a Alegría digitó el número de la oficina de Innovatroniks en su reloj de pulsera:

—Innovatroniks, buenos días, habla Samantha.

—Samantha, habla Luciano Conde, por favor, comunícame con el área de innovación y desarrollo.

—En un momento, señor.

—Innovación y desarrollo.

—¿Cristóbal? —pregunta Luciano.

—Hola, Luciano. ¿Cómo estás?

—Otra vez Alegría está en la terraza de la calle Pasadena.

—¡Mierda! ¿Y esta vez qué pasó?

—Creo que lo mismo de siempre, no lo sé. Esta mañana la activé como a las nueve horas, después de cargar los ajustes en la programación que me enviaste ayer. Parecía normal, se puso el pantalón blanco con la camisa naranja, se pintó los labios con el labial carmesí y se sentó en la sala, en silencio. Te juro que solo me fui a servir un café y cuando volví ya no estaba. Me imaginé que había vuelto a la terraza y, por supuesto, aquí está. Creo que la idea de implantarle que nos conocimos en una calle cualquiera de la ciudad, en un día soleado, acompañados por el sonido de los autos pasando a toda velocidad… ¡Esa estúpida idea de mostrarme como un caballero de resplandeciente armadura, fue una completa mierda! Y antes de que me lo digas, sí, sé que dije que era un buen recuerdo para marcar el instante en que empezaba a formar parte de mi vida, pero, Cristóbal, terminó siendo un virus, ¡le implantaste un puto virus! Ella utiliza ese recuerdo para lanzarse al vacío cada que se le cruza algún cable. Si no la reparas tendrán que devolverme el dinero o darme otra máquina, una que sí funcione.

El sonido de la navaja golpeando el piso interrumpió la conversación telefónica de Luciano con la empresa de tecnología que fabricaba a las androides desde el 2099, para cubrir el déficit en la población femenina desde que empezaron a nacer menos mujeres.

—¡Luciano! Quedan diez minutos para que me veas morir y quede en tu consciencia que no hiciste nada para evitarlo.

—A la mierda, Alegría, ¡salta! Salta de una vez, te prometo que no te volveré a reparar.

Las personas que estaban al lado de Luciano lo empujaban y le reclamaban que no la dejara morir, le reprochaban por ser insensible y no valorar la vida. “¡No la deje morir, por favor, haga algo!” le gritaban.

—¡Es solo una máquina!

—¿Estás seguro de que yo soy la máquina, Luciano? ¿Estás seguro?

 

Mónica Solano

 

Imagen de S. Hermann & F. Richter

 

1933. Alcaldesas y concejalas en Zaragoza

A Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó e Inocencia Torres Martínez, que me inspiraron este proyecto.

Banquete Alcaldesas. 1.1

La Voz de Aragón

Mucho se ha hablado de las alcaldesas de 1933, pero poco de las concejalas que estuvieron en las mismas comisiones gestoras. En un acontecimiento sin precedentes, los pueblos de España se llenaron de alcaldesas y concejalas.

En este artículo trataré solo de las de Zaragoza. Completaré las vidas de las 17 alcaldesas, que ya han aparecido en otras publicaciones.  Y, como novedad, presentaré a Laurentina Frías, una alcaldesa que no figuraba en las listas anteriores, y  a las 34 concejalas de la provincia, hasta ahora desconocidas.

Estuvieron poco tiempo en sus cargos, dos meses y medio. Y solo en los pueblos en los que se tenían que celebrar las elecciones, es decir, en 129 municipios de Zaragoza, y en 2500 de España. A finales de enero de 1933, cesaron a todos los integrantes de los viejos ayuntamientos y nombraron unas comisiones gestoras que ejercieron sus funciones hasta las elecciones de abril de 1933.

¿En qué pueblos?

En los que en las elecciones de 1932 se había aplicado el artículo 29 de la Ley electoral de 1907, conocida como Ley Maura, que era la que estaba vigente.

¿Qué decía el artículo 29?

Que no era necesario celebrar elecciones si el número de concejales que había que elegir coincidía con el número de personas que se presentaban. En ese caso se nombraba directamente a los que se postulaban, sin pasar por las urnas.

¿Por qué la nuevas gestoras?

Para garantizar que las elecciones del 23 de abril de 1933 fueran limpias y transparentes.

¿Cómo se constituyeron?

Con las normas claras y sencillas que se dieron en un decreto de 1932. Cada gestora tendría tres miembros. Un presidente, o alcalde, y dos vocales, o concejales. Uno de ellos representaría a los contribuyentes, o propietarios; otro a los trabajadores; y otro al Estado, a través de los funcionarios. Y una vez seleccionados los tres miembros, se decidía cuál de ellos iba a ser el alcalde.

Para ilustrar el proceso de forma práctica, he incluido cómo se hizo la elección en Fuendetodos, porque resulta clarificador y paradigmático.

¿Por qué tantas maestras?

Todas, menos tres. Porque solían ser las más jóvenes de los funcionarios o, en el caso de las escuelas mixtas, las únicas que podían representar al Estado.

¿Qué sabemos de ellas?

Que estaban acostumbradas a gestionar asuntos públicos de forma transparente y que todas cumplieron su función con eficacia.

En cambio, de sus vidas sabemos muy poco, en muchos casos ni las fechas de nacimiento y muerte.

Pero todas, cuando tuvieron el título debajo del brazo, comenzaron una larga peregrinación por la España rural para enseñar a los niños. Muchas estuvieron en escuelas mixtas y se anticiparon a los modelos de coeducación actuales.

Aquí he intentado acompañarlas en sus recorridos siguiendo sus pasos con los boletines de educación. Pero las noticias son sueltas y asistemáticas. Y en ningún caso he llegado a reconstruir sus hojas de servicios.

No incluyo a María Domínguez, que presidió una gestora en Gallur desde 1932 hasta 1933, porque fue destituida cuando se nombró en Gallur la nueva gestora de 1933. Y en esa no había ninguna mujer.

Las 18 alcaldesas

19330305. Rev. Crónica. Alacaldesas Zg.

Antorán Martínez, Elvira. Villanueva de Huerva

Aprobó las oposiciones que se convocaron en 1928, se realizaron en 1929 y sacaron las listas en 1930. Hasta 1934 recorrió varias escuelas: Gascón y Marín de Zargoza, El Pino, Valencia de Alcántara (Cáceres) y Villanueva de Huerva (Zaragoza).

Se casó con Silvestre Gracia Martínez, también maestro. En 1934 se trasladaron a Irún, como consortes. En 1936 falleció Silvestre en Zaragoza. Unos años más tarde, el Juzgado de Daroca le abrió un expediente de responsabilidades políticas, como residente en Villanueva de Huerva, aunque ellos ya no constaban en el censo de 1934.

Después de la muerte de su marido, Elvira publicó algunos artículos en los que exaltaba su adhesión al nuevo régimen.

La mujer de la nueva España. Por Elvira Antorán, maestra nacional.

La Patria va quedar muy quebrantada ¡mucho! Tanto, que sólo voluntades firmes enérgicas pueden sacarla del sopor e inmundicia en que sus malos hijos han querido sumirla ¡Adelante, mujer española! Y tú, por tu condición de aragonesa, estás obligada ser digna sucesora de la Madre Rafols, de la Condesa de Bureta, de Agustina de Aragón y de tantas y tanta mujeres que hicieron célebre la historia.

Tus armas son las propias tuyas, las que nunca debiste olvidar, las que todo él feminismo cursi de cátedra no debió nunca de arrancar de ti, mareándote con sus aires de igualdad independencia. Cfr. Por España, Zaragoza, 1937.

En 1965 recibió el diploma de maestra distinguida. (BOE, 31/08/1965)

Bilbao Nieto, Clementina. Lituénigo

Comisión Gestora. Presidente, Clementina Bilbao Nieto, de 53 años, domiciliada en la Plaza. Vocales, Filiberto Florencio Hernández Domínguez, de 23 años, jornalero, calle Rincón, 11, y Doroteo Gil Giménez, de 29 años, del campo, calle República, 11.

Clementina Bilbao (Palencia, 1880), en 1896 residía en Santander con su familia.

Ha regresado de Valladolid, después de haberse examinado de las asignaturas de Maestra Superior, la señorita Clementina Bilbao, a quien felicitamos, lo mismo que a sus profesores doña Adelaida y don Juan Camino. (Cfr. La Atalaya, Santander, 1896).

Llegó a Lituénigo en 1929. Antes y después, estuvo en varios pueblos de Cataluña. En 1939, en Bigues i Riells, un tribunal militar de responsabilidades políticas la inhabilitó seis meses de empleo y sueldo. Está considerada como una de las víctimas del franquismo.

Blasco Pardillos, Manuela. Torrellas

Manuela Blasco con sus alumnos. Libro de las comarcas.

Manuela Blasco con sus alumnas. Foto del Libro de las Comarcas.

En Torrellas se eligieron dos comisiones gestoras. Una el día 2 de febrero y otra el 9 de febrero que rectificó a la anterior.

En la primera era presidente Gregorio León Gimeno, practicante. En la segunda, se nombró a Manuela Blasco Pardilas, maestra, de 61 años, San Antón, 36. Y se mantuvieron los vocales: Ángel García Pérez, contribuyente, y Félix García Ledesma, de 24 años, jornalero.

El Ayuntamiento de Torrellas le ha dedicado una calle y un estudio, con una foto con sus alumnas, donde se dice que estuvo en Torrellas entre 1927 y 1937.

Manuela Blasco

Begoña Manuela Blasco Pardillos (1866) era Maestra Superior. En 1899 se casó en Bilbao con el viudo Miguel Francisco de Ymaz Urdangarín (Ataun, Guipuzcoa, 1866-Torrellas, 1929), de los ascendientes del general Zumalacárregui. Miguel había estado casado, en primeras nupcias, con Josefa Brígida Garramiola Susaeta y, en segundas, con María Juana de Barainca Deustua.

Manuela, antes de llegar a Torrellas, ejerció en varios pueblos del norte: Riensena, Llanes, Negradas, Riobarba, Carayes, Peranzanes, Audrín, Fontella, Bezares (Logroño), Berasategui (Guipúcoa).

Bosque Barberán, Antonia. Ardisa

Antonia Bosque (Calanda, 1907-Barcelona, 1983), era hija de Pascual Bosque Coder, apodado “El Codé” por su segundo apellido. Aprobó los cursillos del Magisterio de 1932 y la destinaron a Ardisa.

En 1934 y 1935 estuvo en la escuela graduada de Ejea de los Caballeros. Después se trasladó a Barcelona, donde aprobó las oposiciones a directora escolar. Sus sobrinos la llevaron a enterrar a Calanda.

Cereza Puyol, Victoria. Gelsa

Comisión gestora. Presidente, Victoria Cereza Puyol, maestra, 33 años, calle República 8. Vocales, Pablo Aznar Lobera, jornalero, 30 años, calle Manuel Lorenzo Pardo, 38, y Daniel Falcón García, jornalero, 30 años, calle M. Domingo, 6.

Victoria Cereza Puyol (Provincia de Huesca, 1900) se presentó a las oposiciones de 1923 en Zaragoza y en 1924 le llegó el nombramiento de maestra nacional. En 1926 la destinaron a Molinos (Teruel), pero como era propietaria provisional, tenía que concursar a los dos años. En 1928 pasó de Molinos a Gelsa, como propietaria definitiva.

En Gelsa, en 1930, se organizaron exposiciones escolares en las Escuelas Nacionales y en el colegio de Religiosas Clarisas.

En las Escuelas Nacionales, clases de mayores, situadas en el palacio del conde de Peñaranda, los cultísimos maestros doña Victoria Cereza y don José Velilla nos presentaron a sus alumnos como escolares modelos. Vimos labores hermosas en las niñas. Mapas, hojas, flores y frutos en relieve, obra de los niños. Figuras geométricas, mapas mudos, etc. Y contestaron a las preguntas más difíciles, y nos admiraron los ejercicios de cálculo mental, que acreditaron a tan distinguidos profesores como verdaderos modelos del Magisterio Español, y a los alumnos, todos, pero en especial a Catalán, Emperador y Morellón. ¡Bien por las Escuelas y el Colegio de Gelsa! Así, señores, así se hace Patria, educando e instruyendo a la niñez que después ha de ser la familia de nuestra famosa y antiquísima Xelsa, hoy, Gelsa. El alcalde don Francisco Castillón felicitó a todos. (Cfr. La Voz de Aragón, 25/07/1930).

Victoria, en 1935, dirigió el festival con el que se amenizó el homenaje a la vejez. Ese año se trasladó a Zaragoza a la escuela “Venecia”, por el turno de consortes.

Conde Álvarez, Josefina. Clares de Ribota

Josefina Conde (Cantavieja, Teruel) era hija de Enriqueta Álvarez Lázaro (Blesa, 1880-Zaragoza, 1961) y de Marcos Conde Oliete (Blesa, 1882-Zaragoza, 1939), médico de Alarcón, Parras de Castellote, Cantavieja y Codos.

Según el censo, en 1934 vivían en Codos: su padre, de 52 años, su madre de 54 y su hermana Delia de 25.

Josefina Conde aprobó los cursillos de 1932 y la destinaron a Clares de Ribota. En septiembre de 1933 pasó a Tabuenca. Pero en el censo de 1934 en Tabuenca no figuraba ella, ya estaba Anisia Purificación Ortín Bellido, de 35 años.

En la enseñanza fue muy conocido su tío Santos Conde Oliete que estudió Magisterio en Zaragoza. Fue alcalde republicano de Ciempozuelos, presidente de Primera Enseñanza de la Izquierda Republicana de Madrid y acabo exiliado en Francia.

Cortadé Romeo, Concepción. Alpartir

Concepción Cortadé (Zaragoza, 1887) en 1910 obtuvo el título de Maestra Elemental y la destinaron a Remolinos. En 1915 le dieron Albartir, donde ejerció hasta 1933, cuando se crearon dos escuelas provisionales, una de niñas y otra de niños.

De Concepción Cortadé, hasta ahora, solo sabemos que en 1941 seguía prestando sus servicios en la provincia de Zaragoza. En cambio tenemos datos de sus familia.

Era hija de José Cortadé Angós  (1862-Zaragoza, 1959), un hojalatero, hoy fontanero, del distrito del Pilar. Su hermana María (Zaragoza, 1871), que se había casado con Santiago Torres Gascón (Alpartir, 1868), un propietario de tierras de labranza, seguía viviendo en Alpartir. Su otra hermana, Felisa (Zaragoza, 1878-Zaragoza, 1958), vivía en Calatayud, y su hermano José (Zaragoza, 1897-1941) en el barrio de San Pablo de Zaragoza

Elizondo Inda, Felipa. Tierga

Felipa Elizondo Inda (Pamplona, 1910-1988) era hija de Bartolomé Elizondo Zoroquiain (Pamplona, 1870-1949) y de Estefanía Inda Monaut (Oroz Betelu, Navarra, 1869-Pamplona, 1949).

En 1932 la nombraron maestra de Tierga, pero en 1934 ya no figuraba en el censo. En 1938 se trasladó de Irún a Pamplona, donde se jubiló.

Frías Gil, Laurentina. Alforque

Comisión Gestora. Presidente, Laurentina Frías Gil, de 49 años, calle Horno. Vocales, José Tesán García, de 27 años, carbonero, calle Mayor, y Agustín Lucea Lanuza, de 24 años, labrador, calle Barriete.  Laurentina Frías no constaba en la lista de alcaldesas que publicaron los periódicos.

Laurentina Frías Gil (Monteagudo de las Vicarías, Soria, 1884-Alforque, 1952) Maestra Elemental. En 1908 llegó a la escuela unitaria Alforque y allí ejerció hasta que falleció. Era viuda de Mariano Giménez Cristóbal (Alforque, 1878), un propietario de Alforque. En la necrológica de Escuela Española constaba como madre de Afrodisio (Alforque, 1912–Zaragoza, 1981), jornalero, que fue secretario de la UGT, y de José Luis (Alforque, ¿?-Zaragoza, 2005), Licenciado en Químicas. En 1938 Laurentina se afilió a la UGT. Y ese mismo año figuraba en una lista, junto a 93 maestros de la provincia de Zaragoza, propuesto para ser  depurada.

García Pérez, Estrella. El Frasno

Comisión Gestora. Presidente, Estrella de las Nieves García Pérez, maestra, de 28 años, calle G. Rodríguez, 17. Vocales, Manuel Moreno Gasca, herrero, de 30 años, calle S. Guerra, 10, y José Carnicer  Álvaro, jornalero, de 55, calle Unamuno, 3.

María Estrella de las Nieves García (Teruel, 1905). En 1923 se examinó de oposiciones en Valencia y la destinaron a Tortuera (Guadalajara). Ese mismo año pasó a Ródenas (Teruel) y a Torre Baja (Valencia).

En 1929 se casó con Luis Martín Esquiu (Teruel, 1899-¿?):

En la iglesia de San Andrés se ha celebrado el matrimonio de Luis Martín Esquiu, maestro nacional de Fortanete, desde 1926, con Estrella García Pérez, maestra nacional de Torre Baja, Valencia. Son hijos de dos familias bien relacionadas de esta capital. Cfr. La Voz de Teruel.

En julio de 1930 llegaron los dos a El Frasno por el turno de consortes.

Tenemos pocas noticias de sus destinos posteriores. En 1933 Estrella firmó las oposiciones a inspección. Y en 1966 se trasladó de Játiva de Churriana (Málaga).

Gil Martínez, María. Tiermas

María Gil Martínez (Tiermas, 1910) era hija de José Gil Fantova (1876) y de Adelaida Martínez Iriarte (1880). Según el censo de 1934, tenía 24 años y vivía en la calle Herrería 38, con su padre, José Gil Fantova, de 58 años, comerciante, y con su madre Adelaida Martínez Iriarte, de 54, sus labores. Sucedió a su padre en la alcaldía. El año 2004 vivía en Jaca.

La votaron los propietarios en un momento en que tenían pleitos con la Confederación Hidrográfica del Ebro por la expropiación de las tierras para el pantano de Yesa.

Hernández García, Julia. Rueda de Jalón

Comisión Gestora. Presidente, Julia Hernández García, maestra, de 41 años, Barranco, 42. Vocales, Mariano Hernández Morales, jornalero, de 26 años, Mayor 11, y León Perulán Gracia, jornalero, de 29 años, Barranco 90.

Julia Hernández (Vizcaya, 1891-Zaragoza, 1985) obtuvo el título de Maestra Elemental en la Escuela Normal de Soria. 1923 llegó por traslado a Rueda de Jalón.

Latre Cañada, Cecilia. Bureta

Comisión Gestora. Presidente, Cecilia Latre Cañada, soltera, de 25 años, Ramón y Cajal, 8. Vocales Manuel Borobia Alcega, labrador, de 29 años, Mayor, 49, y Mariano García Sánchez, del campo, de 27 años, calle Nueva, 7.

Cecilia Latre Cañada (¿?, 1906-Zaragoza, 1998), aprobó los cursillos de 1932 y la destinaron a Bureta. Después estuvo en Sofuentes, Albadalejo (Ciudad Real) y Maella, donde pasó la Guerra Civil. En1936, pertenecía al PC y a las Mujeres antifascistas. En 1938, estando en la escuela graduada de Maella, en el noveno mes de embarazo, le concedieron una licencia para alumbramiento, con obligación de dejar atendida la escuela por su cuenta.

Laguía Bernal, Francisca. Novillas

Comisión Gestora. Presidente, Francisca Laguía Bernal, maestra, de 35 años, Ramón y Cajal, 15. Vocales, Macario Lázaro Sancho, labrador, de 31 años, G. Hernández 3, y Jesús Cabestré Villanueva, jornalero, de 27 años, Lorente, 26.

Francisca de Paula Laguía (Zaragoza, 1898-1975) cursó Magisterio en Zaragoza, aprobó las oposiciones de 1928 y la destinaron a Duruelo de la Sierra (Soria). De allí pasó Novillas

Muñoz Foved, Adelina. Lobera de Onsella

Comisión Gestora. Presidente, Adelina Muñoz Fober (sic), maestra, de 34 años. Vocales, Pascual Pernante Glaría, de 27 años, jornalero, Peñas, 16, y Celedonio Plano Chaverri, de 57 años, propietario.

Adelina Muñoz Foved (Villar del Salz, Teruel, 1899-Huesca, 2011), estudió Magisterio en Teruel. Estuvo en varios en pueblos de Teruel, en Lobera de Onsella y en Castejón de Valdejasa. En 1933 se presentó a los cursillos en Zaragoza.

Villar del Salz. Día de campo. Haciendo honor a la joven Marujita Fober (sic) pasaron el día en la chopera que la Sociedad de Montes dispone en el Soto, distinguidas familias de este pueblo. Mientras las señoras prepararon el menú, las señoritas bailaron con una gramola. En este baile participaron Adelina Muñoz, maestra nacional de Castejón de Valdejasa, Luisita Domingo, la agasajada Marujita Fober (sic), Adelina González y Amalia Urquiza. (Cfr. La Voz de Aragón, 1934)

En 1940 se casó con Virgilio Valenzuela Foved (Blancas, 1908-Huesca 1970), en 1941 se trasladaron a Huesca y Adelina dejó de ejercer de maestra. Tuvieron dos hijas, María José y Adelina.

El apellido Foved ha sufrido errores ortotipográficos, que han dificultado la identificación de Avelina Muñoz.

Pemán Cardesa, Isabel Conrada. Magallón

Comisión Gestora. Presidente, Isabel Pemán Cardesa, maestra, de 23 años, Ramón y Cajal 13. Vocales, Ildefonso Salvador Barrios, labrador, de 31 años, Giles, 38; y Pedro Domínguez Ruberte, jornalero, de 31 años, G. Hernández, 8.

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Isabel Conrada (Biel, 1909), conocida en Biel como Isabel de Francisquín, era la primogénita de Francisco Pemán y Manuela Cardesa.

En la Villa de Biel a las 2 de la tarde del día 19 de febrero de 1909, ante don Mauricio Pemán Palacio, juez municipal, y don Felipe Coyduras, secretario, compareció Francisco Pemán Navarro, natural de esta villa, de 27 años, de profesión comerciante, estado casado, para  inscribir en el Registro civil una niña que nació el 19 de febrero en la calle La Cárcel número 10. Hija del declarante y de Manuela Cardesa Lanzarote de 25 años. Abuelos paternos: Mauricio Pemán Palacio, comerciante y propietario, y Rosa Navarro Jiménez, ya difunta. Abuelos maternos: Juan José Cardesa Aguas, labrador, y Bibiana Lanzarote Bueno. Fueron testigos, Celedonio Arenzaz, pelaire, y Francisco Narravrro, alguacil. (Cfr. Partida de nacimiento, Ayuntamiento de Biel).

Desde 1925 y hasta 1930 estudió Magisterio en Zaragoza. En 1931 estaba en las listas de interinas. En 1932 la destinaron a Magallón. En 1934 pasó de Ojos Negros (Teruel) a las recién ampliadas escuelas de La Almolda, con tres aulas de niños, tres de niñas y una de párvulos. En 1938 figuraba como maestra de La Almolda en una lista de 93 maestros que iban a ser depurados. Pero en 1942 estaba trabajando y ascendió en el escalafón del Magisterio.

Rodríguez Suils, Emilia. Almochuel

Comisión Gestora. Presidente, Emilia Rodríguez Suils, maestra, de 28 años, Horno, 1. Vocales, José Ainsa Clavero, labrador, de 25 años, Mayor 14, y Rafael Gascón Moliner, pastor, de 33 años, Mayor.

Emilia Rodríguez Suils (Logroño, 1905-Zaragoza, 1983). Por línea materna pertenecía a la conocida familia de origen altoaragonés, asentada en Logroño. En 1923 la nombraron maestra de la escuela de niñas de Brieva (La Rioja). En 1933 estaba en Almochuel

En 1934 se trasladó a Magallón. En 1939 era secretaria de la comisión local de  Pelegrina (Guadalajara) de subsidio al combatiente. Otros destinos fueron; Castejón de Valdejasa y Pinillos (La Rioja).

Sebastián Cebrián, Jerónima Agustina. Balconchán

Jerónima Agustina Sebastián (Alarba, Zaragoza, 1885) era hija de Joaquín Sebastián Abad y Plácida Cebrián Alejandre, una familia de propietarios Alarba. En 1901 fallecieron sus padres y quedaron varios hijos

Su título de Maestra Elemental llegó a la Universidad de Zaragoza en 1907, cuando ya llevaba un año de maestra interina en la provincia de Teruel. Estuvo en Singra y Segura (Teruel), en Cangas de Onís (Asturias), en Escobosa de Almazán (Soria) en Zardón (Asturias)


Banquete Alcaldesas. 2

Comida en honor de las alcaldesas. Zaragoza. Foto de La Voz de Aragón.

Las 34 concejalas

Adell Roig, María. Botorrita.

Comisión Gestora. Presidente, León López Comín. Jornalero, de 35 años, Plaza, 20. Vocales, María T. Adell Roig, maestra, de 68 años, calle Frontón, y Santos Rodríguez Agustín, jornalero, de 29 años, calle Olmo 5.

María Tarsila Adell Roig (Sierra de Engarcerán, 1864-¿?)

Tarsilia Adell. Botorrita

En 1901, ella y Vicenta Vallés Borrás, las dos de la Sierra de Engarcerán, fueron alumnas del primer curso de la recién creada Escuela Normal de Maestras de Catellón.

Desde que acabó Magisterio estuvo en numerosos pueblos de interina. En 1927, ocupaba la escuela de Abejuela (Teruel) y pidió la excedencia. Reingresó en 1930 en Botorrita, donde la nombraron concejala en 1933. A los dos años se jubiló.

 

 

Campé Martín, Manuela. Pleitas de Jalón

Comisión Gestora. Presidente, Tomás Trébol Lorés, propietario, 70 años, calle Baja, 5. Vocales, Ángel González Romeo, del campo, 30 años, calle Baja, 3, y Manuela Campé Martín, maestra, de 58 años, P. República, 4.

Manuela Campé Marín (¿?-1875-Zaragoza, 1956), en 1892 aprobó la reválida de Maestra Superior en la Escuela Normal de Zaragoza y comenzó un peregrinaje de maestra interina por Las Pedrosas, Cubel, Maleján, Talamantes, Castejón de Tornos, Loscos y la Puebla de San Miguel, entre otros. Después de varios años en Alconchel y Plenas, llegó a Pleitas.

En Pleitas la recuerdan como una maestra muy activa, que participó en muchas actividades con sus alumnos. Cuando fue concejala solicitó un local para la escuela, que entonces lo compartía con el Ayuntamiento y tenía que suspender la clase cada vez que había un pleno o una reunión.

Casaus Bernal, Salomé. Lechón

Comisión Gestora. Presidente, Eleuterio Señalada Gracia, de 54 años, labrador, calle Mayor 14. Vocales José María Señalada Herrero, de 25 años, pastor, con domicilio en Extramuros, y Salomé Casaus Bernal, maestra, de 50 años, calle Daroca 15.

Salomé Casaus (1883-¿?), era Maestra Elemental. En 1905 llegó a Lechón como maestra propietaria, se casó con Ruperto Gómez Beltrán (1886-¿?), labrador, y allí ejerció hasta su jubilación.

Castanera Plasencia, Patrocinio. Chodes

Comisión Gestora. Presidente, Justo Polo Yus, del campo, de 57 años, calle Molino. Vocales, Juan Borriquel Jimeno, del campo, de 21 años, con domicilio en la Plaza, y Patrocinio Castanera Plasencia maestra, de 56 años, con domicilio en la Plaza.

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María Patrocinio Castanera Plasencia (Huesca, 1872-Zaragoza, 1947), en 1890 obtuvo el título de Maestra Superior en Huesca. En 1897 se casó con Vicente Sugrañés Bardají (Tarragona, 1864-Zaragoza, 1941), propietario de un almacén de vinos de Huesca. En 1901 Patrocinio fundó el colegio de señoritas “Nuestra Señora del Carmen” y a los pocos años, comenzó su itinerario por las escuelas rurales.

Era hermana de Mariano Castanera Plasencia, propietario de una imprenta y fundador, en 1884, de La Crónica, un diario de avisos de Huesca.

Cebollada Bespín, María de la Asunción. Orera de Calatayud

Comisión Gestora. Presidente, Modesto Guallar Uriel, del campo, de 30 años, la Plaza, 10. Vocales, Juan Cuartero Asensio, del campo, de 28 años, Paja, 10, y Asunción Cebollada Bespín, que ya no figuraba en el censo de 1934.

Asunción era hija de Andrés Cebollada Bello y Joaquina Bespín Casanova, unos maestros de la provincia de Teruel. En 1878 su madre era la maestra de Josa y en 1907 se jubiló por edad en Martín del Río. En 1920 fallecieron sus padres y a ella le concedieron una pensión de orfandad por la muerte de su padre, Andrés Cebollada, que había sido maestro de Luco de Jiloca.

Después de Orera de Calatayud, a final de 1933, la destinaron a Osera de Ebro y en 1934 aprobó los cursillos de Magisterio en Zaragoza. A año siguiente ya estaba de maestra en Cuevas de Cañart.

Cebollada Cartagena, Luisa. Torrehermosa

Comisión Gestora. Presidente, Rafael García Gutiérrez, labrador, de 27 años, calle Lafuente 10. Vocales, Cecilio Martínez Delgado, jornalero, de 25 años, Cantarranas 39, y Luisa Cebollada Cartagena, maestra, que ya no estaba en 1934.

En 1914 llego al Magisterio de Gerona el título de Luisa Cebollada Cartagena (Zaragoza, 1896-¿?). Fue maestra de Alins del Monte (Huesca), de Purroy, de Añón y en 1931 llegó a Torrehermosa. Después estuvo en Balones (Alicante) y en Castillonroy (Huesca), entre otros. En 1937 se afilió a la FETE en Barbastro.

Díaz López, Carmen. Los Fayos

Comisión Gestora. Presidente, Raimundo Jesús Daniel Pérez y Pérez, estudiante, de 24 años, Enmedio 20. Vocales Carmen Díaz López, maestra, de 29 años, calle Felipe IV 10, y Juan Bautista Vidorreta Calabia, labrador, de 29 años, Costanilla 9.

Carmen Díaz López aprobó los cursillos de 1933 y fue destinada a Los Fayos, donde la precedió Pilar Monge Marco, una hermana de doña Manolita, la carismática maestra del barrio de Juslibol de Zaragoza. Carmen Díaz, en 1934, se incorporó a la escuela mixta de Bescós de la Garcipollera (Huesca) y después a la de Grovieras (Soria).

Fernández Quintano, María Alejandra Concepción. Acered

Comisión Gestora. Presidente, Sandalio Maluenda Gil, carpintero, de 26 años, Alta 12. Vocales, Vicente Fernández Morata, jornalero, de 28 años, Mochales 21, y María Concepción Fernández Quintano, que ya no estaba en 1934.

María Alejandra Concepción Fernández Quintano, en 1933, recibió el nombramiento de maestra provisional para Acered. En 1934 estaba en Cervera del Río Alhama (Logroño) y solicitó permiso para examinarse para una plaza de la escuela aneja de la Normal de Logroño.

Fuentes Abadía, Francisca. Villadoz

Comisión Gestora. Presidente, Antonio Lacasa del Val, jornalero, de 28 años, la Plaza. Vocales, Francisca Fuentes Abadía, maestra, que ya no estaba en 1934, y Narciso Gaudioso López, labrador, de 27 años, en la Plaza.

En 1913, Francisca Fuentes figuraba en las listas de maestras aspirantes a escuelas interinas. El 8 de junio de 1919 le adjudicaron la escuela de Villarroya del Campo, Ayuntamiento de Villadoz, que se había quedado vacante el 30 de octubre de 1918. En 1933 solicitó la excedencia. Reingresó en agosto de 1934 y la destinaron a Alcalá de Moncayo.

Galindo Monterde, María Josefa. Asín.

Comisión Gestora. Presidente, Sotero Ezquerra Lalanza, labrador, de 29 años, Iglesia 11. Vocales, María Josefa Galindo Monterde, maestra, de 39 años, Iglesia 10, y José Pérez Idoipe, panadero, de 29, Mayor 39.

Josefa Galindo Monterde (Camarillas, Teruel-¿?), en 1913 aspiraba ser maestra interina en la provincia de Teruel. En 1919 estaba en Teruel y en 1921 la nombraron maestra de Camarillas, su pueblo natal. Se casó con Lorenzo Villa Cortés (1894-¿?) y fueron los padres de Lucio Villa Galindo (Teruel,1919. Zaragoza en 1995)

En 1934, siendo maestra de Asín, se le adjudicó el primer escalafón. Pero el alcalde la acusó de ser socialista y de ser la mujer de Lorenzo Villa, un propagandista de la UGT, que estuvo en el frente con el Tercio de Santiago. Como consecuencia, la suspendieron de empleo y suelo por un año y la obligaron a trasladarse fuera de la provincia de Zaragoza durante cinco años.

En el censo de 1934 Josefa y Lorenzo seguían viviendo en Asín, en la calle la Iglesia 40. Su marido constaba de profesión “ninguna” y ella de profesión “villa”. Como estaba suspendida de empleo y sueldo, nombraron maestra de Asín a Elena Sanz Compaired, de 23 años.

En 1941 Josefa figuraba en la plantilla de Oviedo, y en 1957 ascendió de categoría.

García Martínez, Bienvenida. Jaraba

Comisión Gestora. Presidente, Valentín Cebolla Cebolla, labrador, de 27 años, Collado 3. Vocales, Vicente Cebolla Escolano, labrador, de 26 años, Medio 8, y Bienvenida García Martínez, maestra, de 25 años, Afán de la Ribera 22.

Bienvenida García llegó a Jaraba en 1932, procedente de la provincia de Soria. En 1934 se trasladó a Monóvar (Alicante). En 1965 recibió un diploma de “Maestra Distinguida” por su labor pedagógica. Y en 1968, cuando estaba en el Colegio Nacional “Cervantes” de Alicante, le perdemos las pistas.

García Martínez, María de las Nieves. Calmarza

Comisión Gestora. Presidente, Tomás Ruiz Escolano, jornalero, de 28 años, Castillo 3. Vocales, María de las Nieves García Martínez, maestra, de 58 años, Castillo 1, y Gabino Renales Mateo, herrero, de 29 años, Rúa 11.

Nieves García solicitó ser admitida en las oposiciones de 1912, que se celebraron en 1914, en Zaragoza. Sabemos que en 1919 estuvo de maestra en Oter, Ayuntamiento de Carrascosa del Tajo (Guadalajara). Después en Foradada (Lérida), en Ródenas y Orrios (Teruel), en Espejón (Soria), en Frías (Burgos). Y en Calmarza. En 1934 estaba en Villafranca del Campo (Teruel).

García Pardo, Casimira. Pozuelo de Aragón

Comisión Gestora. Presidente, Julio Jarreta Gil, labrador, de 36 años, Cuesta 7. Vocales, Casimira García Pardo, ya no estaba en 1934, y Marcos Aranda Vera, jornalero, de 30 años, Balsón 2.

Casimira García Pardo (Zaragoza, ¿?-1986). En 1923 se examinó de oposiciones en Zaragoza y en 1926, cuando la destinaron a Quireza-Cerdero (Pontevedra), presentó una reclamación en la que se quejaba de que las escuelas que había solicitado se habían adjudicado a opositoras con peor número que ella. En 1927 consiguió la escuela de Pozuelo de Aragón.

En 1933 llegó a Zaragoza, a la escuela unitaria de “San José”, como consorte de Luis González Peiro (¿?-Zaragoza, 1977), maestro de una escuela en la calle Palafox. En 1934 ella pasó al grupo “Cervantes” de Zaragoza.

Gomollón Estaje, Rafaela. Monterde

Comisión Gestora. Presidente, Saturnino López Corella, jornalero, de 28 años, Herrería 4. Vocales, José Benedí Revuelto, labrador, de 26 años, Rúa 13, y Rafaela Gomollón Estaje, maestra, de 26 años, Llumes.

Rafaela Gomollón Estaje (Zaragoza, 1907-1994). En 1930, en Aranda de Moncayo, celebraron una fiesta en la Virgen de la Sierra para homenajear a Rafaela por sus brillantes notas en las oposiciones. En 1933 se incorporó su primer destino, la escuela de Llumes, del Ayuntamiento de Monterde. Al año siguiente la mandaron a Arroyo-Albanchez-Cantoria (Almería) pero solo estuvo un curso y volvió a Aragón, a Ballobar (Huesca). Recorrió varios pueblos y en 1960 pasó de Ricla al barrio de Montañana de Zaragoza.

González Bravo, María Pilar. María de Huerva

Comisión Gestora. Presidente, Ángel Burillo Espié, herrero, de 29 años, Galán 25. Vocales, María Pilar González Bravo, ya no estaba en 1934, y Cecilio Julián García, jornalero, de 28 años, Costa, 12.

En 1931 firmó los cursillos del Magisterio en Zaragoza. Fue maestra de Santo Domingo de la Calzada, Ejea de los Caballeros, María de Huerva, Bustillo del Páramo  y San Martín del Zar (Burgos), entre otros.

Grijalba Delgado, Leonor. La Puebla de Alfindén

Comisión Gestora. Presidente, Santiago Moliné Meseguer, labrador, de 30 años, Mayor 36. Vocales, Julián Gascón Belloc, jornalero, de 29 años, calle Alta 9, y doña Leonor Grijalba Delgado, que ya no estaba en 1934.

Leonor Gijalba Delgado (¿?, 1879-Zaragoza, 1966) era Maestra Superior, en 1895, cursaba los estudios de Magisterio en la Rioja y era compañera de Isabel Lejárraga. Se casó con Rogelio Dílla Pajares (Sagides, Soria, 1873-Zaragoza, 1942) que también era maestro.

En 1898 se estrenó dando clase en Jodra del Cardo. En 1903 estaba en Valmadrid y en 1907 en María de Huerva con su marido. En la ceremonia de los exámenes de los alumnos, Leonor pronunció la conferencia “La educación de la mujer y su relación con el hogar paterno”. Posteriormente los dos fueron maestros de La Puebla de Alfindén.

En 1932, Leonor se trasladó de La Puebla al grupo escolar “Joaquín Costa” de Zaragoza, donde se jubiló en 1949. Y en 1935, su marido consiguió el traslado, por el turno de consortes, al barrio de Montañana de Zaragoza.

En 1941 los dos fueron expedientados por el Juez Instructor de Responsabilidades Políticas. (Cfr. BOE, 29 de marzo de 1941).

Hoyo Fernández, Patrocinio del. Olvés

Comisión Gestora. Presidente, Pascual Clemente Aranda, labrador, de 32 años, Plaza, 9. Vocales, Joaquín Millán López, labrador, de 27 años, Plaza 6, y Patrocinio del Hoyo Fernández, maestra, de 40 años, Mayor 10.

Patrocinio del Hoyo Fernández, maestra nacional jubilada, falleció en Burgos, el 29 de enero de 1979 a los 86 años. Era viuda de Santiago Domínguez Guzmán y madre de Milagros y José.

Desde 1913 hasta 1915 fue maestra de Revilla del Pomar, la Huéspeda y Tolbaños de Abajo, en Burgos. En 1919 aspiraba a una interinidad en Palencia. En 1928, cuando estaba en Villasayas (Soria), le concedieron cuarenta días de licencia por alumbramiento. Y en 1930, por el turno de consortes, llegó a Olvés (Zaragoza) junto con su marido, también maestro.

Lafuente Pardos, María. Carenas

Comisión Gestora. Presidente, Miguel Arguedas Gimeno, labrador, ya no figuraba en 1934. Vocales, Juan Ignacio Cortés Bueno, labrador, 68 años, Layret 23, y María Lafuente Pardos, que ya no estaba en 1934.

En 1931 estaba de maestra en Zaragoza-Valimaña y en 1933 en Carenas, el mismo año que se examinó de los cursillos de Magisterio. En 1934 la nombraron sustituta, primero en Escatrón y después en Casetas. Se afilió a la FETE en 1938.

Martí Gascón, Pilar. Embid de la Ribera

Comisión Gestora. Presidente, Antonio Lázaro Berdejo, no constaba en el censo de 1934. Vocales Esteban Martínez Delrío, herrero, de 32 años, San Martín, 9, y Pilar Martí Gascón, ya no estaba en 1934.

Pilar Martí Gascón (Zaragoza, 1898-¿?), aprobó sin plaza las oposiciones de 1920. Y se convirtió en portavoz de los que seguían siendo interinos.

Para los interinos. Con el fin de gestionar cuanto antes nuestras aspiraciones, se ruega a los que tengan menos de cinco años de interinos, oposiciones aprobadas fuera de plaza y la carrera terminada para doce años o más, que dirijan sus adhesiones a la señorita Natividad Herrero de Santa María del Río (León) o bien a Pilar Martí Gascón en Ariza (Zaragoza). (Cfr. Magisterio Español, 18 de abril de 1931).

En 1931 pasó de Ariza a Alhama de Aragón y en 1932 a Embid de la Ribera. En 1934, con los cursillos aprobados, la destinaron a Monreal de Ariza.

Martínez Blasco, María del Carmen. Anento

Comisión Gestora. Presidente, don Andrés Latorre Teller, jornalero, de 30 años, Olmo 1 Vocales, don Juan Ferreruela Traid, jornalero, de 30 años, Plaza 3, y doña María del Carmen Martínez Blasco, maestra, de 35 años, Iglesia, 5.

En 1929 estuvo en la escuela del Valle de Bardají (Huesca). Después de varios destinos llegó a Anento y en 1934 se trasladó a Alfamén.

Mendoza Chandia, Natividad. Abanto

Comisión Gestora. Presidente, Pablo Martínez Marco, jornalero, de 40 años, calle Castil-Rubio. Vocales, Mamés Duce Tornos, labrador, de 30 años, calle Empedrada, y Natividad Mendoza Chandia, maestra, que ya no estaba en 1934.

Natividad Mendoza Chandia, el 22 de enero de 1932 fue propuesta como maestra provisional para la escuela de Abanto, Zaragoza. El 11 de febrero de 1933 la trasladaron a Castejón. En 1958, cuando la subieron en el escalafón, servía en Navarra.

Nuez García, María. Agon

Comisión Gestora. Presidente, Mario León Torres, labrador, de 32 años, Razón, 2. Vocales, Cándido Lara Ruberte, jornalero, de 28 años, Portillo 5, y María Nuez García, maestra, de 27 años, Portillo, 5.

María Nuez García (Teruel, 1906-Zaragoza, 2006). En 1931 figuraba en las listas de interinas de Zaragoza y en 1932 le adjudicaron la escuela de Agón. Fue la última maestra de Aguilar (Huesca), hoy un despoblado.

Pérez Jiménez, Avelina. Bijuesca

Comisión Gestora. Presidente, Saturnino Vela Salas, jornalero, de 26 años, Risca 2. Vocales, Avelina Pérez Jiménez, ya no estaba en 1934, y Toribio Gómez Serrano, labrador, de 30 años, Perperuela 1.

Avelina Pérez Jiménez (Logroño, 1906) llegó destinada a Brijuesca en 1932 y en 1934 se trasladó a Fitero (Navarra), donde fue directora del grupo escolar

Pérez Verdú, Purificación. Nombrevilla

Comisión Gestora. Presidente, Domingo Arnal Arnal, jornalero, de 39 años, Pilar, 41. Vocales, Purificación Pérez Verdú, maestra, de 55 años, Pilar 8, y Evaristo Vicente Polo, jornalero, de 30 años, Mayor, 4.

Antonio Pérez Verdú. Hermano maestra Nombrevilla.

Antonio Pérez Verdú, hermano de la maestras de Nombrevilla.

Purificación Pérez Verdú (Alcoy, Valencia, 1878) era hija de Francisco Pérez Jordá, tejedor, y de Pura Verdú Sempere, domiciliados en la calle Santa Bárbara, 20. Y hermana del músico Antonio Pérez Verdú (1875-1932) un músico famoso.

En 1905 llegó su título de Maestra Superior a la secretaría de la Universidad de Valencia y a la Escuela Normal de Alicante. En 1909 tomó posesión de la escuela de Patró (Vall de la Gallinera, Alicante). En 1910 la destinaron a Penáguila y ese mismo año solicitó entrar en las listas de interinas del distrito de Zaragoza. En 1923 llegó a Nombrevilla, donde se jubiló en 1948. Allí se casó con Macario Catalán Sancho (Nombrevilla, 1856).

 

Posat Pérez, Josefa. Fuencalderas.

Comisión Gestora. Presidente, Mariano Gimeno Duarte, maestro, ya no figuraba en 1934. Vocales, Valero Castán Izuel, jornalero, y Josefa Posat Pérez, de profesión sus labores, de 26 años, calle Cantera 11.

Josefa Posat vivía con sus padres, Mariano Posat Castán, agricultor, de 53 años, y Amalia Pérez Lagoma, de profesión sus labores, de 55 años. En la gestora fue votada por los propietarios.

Ramos Rodrigálvarez, Petra. Y Bartolomé Marín, Carmen. Zuera

Primera comisión Gestora. Presidente, Luis Pérez Gimeno, jornalero, de 25 años, calle Ensanche. Vocales, José María Lera, maestro, y Antonio Lanuza Susín, que ya no figuraba en el censo de 1934.

Segunda comisión gestora. Se anuló la que se había formado un mes antes. Presidente, Luis Pérez Gimeno, jornalero, de 25 años, calle Ensanche. Vocales, Petra Ramos Rodigálvarez, maestra interina, que ya no estaba en 1934, y Antonio Aurensanz Aso, propietario, que tampoco figuraba en censo de 1934. Se anunciaba que Petra Ramos, podría ser sustituida por Carmen Bartolomé.

Petra Pilar Ramos Rodigálvarez (Zaragoza, 1911-1982) hija de Pedro y de Agustina. Y hermana de Agustina, Concepción, Pedro e Ignacio. En 1929 obtuvo el título de Magisterio en Zaragoza. Se jubiló en Barcelona en 1981. Está enterrada en el cementerio de Torrero.

Carmen Bartolomé Marín (Zaragoza, 1907). En 1932 fue destinada a Zuera y en 1934 a la sección especial de la escuela graduada de niñas de Ateca. Ese mismo año se le impuso el brazal de Dama Enfermera de la Cruz Roja. .En 1966 estaba en Sádaba.

Royo Gil, Petra. Fuendetodos

Comisión Gestora. Presidente, Pascual Salueña Valero, jornalero, de 28 años, Sepulcro 7. Vocales, Petra Royo Gil, maestra, de 45 años, Alta 4, y Joaquín Gascón Baquero, jornalero, de 28 años, Alta 28.

Fuendetodos. Cese del Ayuntamiento y constitución de la Gestora. Vista la ley de 30 de diciembre que ordena el cese de los ayuntamientos elegidos por el artículo 29 de la ley electoral, siguiendo las órdenes recibidas de la superioridad. Se personó en la casa consistorial este pueblo el delegado gubernativo nombrado al efecto, don Pablo González, secretario municipal de Jaulín y se procedió al sorteo de contribuyentes y obreros, comprendidos en la edad reglamentaria, resultando agraciados don Pascual Salueña Valero, como contribuyente, y don Joaquín Gascón Baquero como obrero. Como funcionario le ha correspondido a doña Petra Royo Gil, maestra nacional, por ser empleado público de menor edad de los existentes en la localidad, a partir de los 23 años de edad. (Cfr. La Voz de Aragón, 1 de febrero de 1933).

Petra Royo Gil (¿?,1888-Zaragoza, 1973) aprobó las oposiciones de 1912. En 1915 dejó Cubilla (Soria) y pasó a Carenas (Zaragoza). En 1918 se incorporó a Samper de Calanda (Teruel), pero ese mismo año permutó y llegó a Fuendetodos.

Ha sido aprobada la permuta entre doña Petra Royo Gil, maestra de Samper de Calanda, y doña Edelvina Fariña, maestra de Fuendetodos.

En 1934 le dieron el traslado a la escuela “Miguel de Unamuno” de Madrid y al año siguiente volvía a permutar con Margarita Mazariegos Alegre, de Zaragoza.

Ruiz García, Consuelo. Pinseque

Comisión Gestora. Presidente, Alejandro Andrés Sangrós, propietario, de 25 años, Libertad 22. Vocales, Consuelo Ruiz García, maestra, ya no figuraba en 1934. Es el único pueblo de la provincia en el que no se nombró al representante de los trabajadores.

En 1936, Consuelo Ruiz, maestra de Pinseque, solicitaba que, a efectos de concurso de traslado, se le consideraran continuados los servicios de Mequinenza, adonde llegó por oposición el 12 de julio de 1926 y los Pinseque, adonde llegó en 1929 por traslado forzoso, debido a que ese año la escuela unitaria de Mequinenza se convirtió en graduada.

Salcedo Ramón, María. Las Pedrosas

Comisión Gestora. Presidente, Jesús Bosque Til, jornalero, de 29 años, calle Curta 2. Vocales, Isidro Baquero Andreu, maestro, de 51 años, calle A. San Roque, y María Salcedo Ramón, de profesión sus labores, de 35 años, calle San Roque 10.

María Salcedo estaba casada con el comerciante Francisco Trullenque Nadal, de 40 años, que en 1938 era Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Las Pedrosas.

Sanz Cabanes, Demetria. Bardallur

Comisión Gestora. Presidente, Manuel Nogueras Jaca, jornalero, de 27 años, Cuevas 165. Vocales, Alfredo González Fauro, jornalero, de 25 años, B. Verde 33, y Demetria Sanz Cabanes, maestra, de 62 años, calle Baja 14.

1889. Demetria. Caligrafía

Demetria San Cabanes (Huesca, 1871) estudió Magisterio en Huesca y, desde 1890, ejerció en Guetadar (Navarra), Calderuela, Rabanera del Campo, Cabanillas (Soria), Sofuentes y Castejón de Alarba y Bardallur (Zaragoza). Estando en la provincia de Soria recibió un voto de gracia por su buen trabajo.

Se casó con Juan Manuel Castillo Bielsa (1871) propietario de Bardallur. Tuvieron varios hijos, entre otros: Asunción (Bardallur, 1925-Guadalajara, 2012), Ramiro (Bardallur, 1928-Barcelona, 2018), Isabel (Bardallur, 1931-Sigüenza, 2019), José Luis (Bardallur -Madrid, 2018).

Serrano Lon, María. Castejón de Alarba

Comisión Gestora. Presidente, Mariano Baquedano Peiro, labrador, de 28 años, Cantarranas 5, Vocales, Quintín Santos Cobeta Peiro, jornalero, de 28 años, Horno 13, y María Serrano Lon, maestra, viuda, de 69 años, Saliente 6.

En 1934, en la calle Saliente 6, vivían con ella: su cuñado, Manuel Gil Santed,  hermano de su marido, sacerdote, de 63 años; y su sobrina, Martires Gil Sicilia, sus labores, de 30 años.

María Serrano (Teruel, 3/10/1862) era Maestra Superior y ejerció en: Osonilla, Villafeliche, Laranueva, Torralbilla, Boninches, Escorihuela, Torrevelilla, Santa Cruz de Grío, Monreal de Ariza.

En 1917 se trasladó de Murero a Castejón de Alarba, donde conoció al turolense Sotero Gil Santed, que había llegado de maestro en 1913.

Soler Caballero, Teresa. Viver de la Sierra

Presidente, Joaquín Melús Giménez, labrador, de 26 años, Cañuelo 11. Vocales, Teresa Soler Caballero, maestra, de 65 años, Eras 1, y Sebastián Joven Melús, labrador, de 25 años, Somero 5.

En 1934, en la calle Eras 1, vivían: Felipe Marín Jiménez, labrador, de 39 años. Dolores Gil Soler, sus labores, de 36 años. Y Teresa Soler Caballero, de 66 años, que estaba allí de patrona.

Teresa Soler, Maestra Superior, era hija de Vicente Soler y de Filomena Caballero. En 1902 solicitaba ser interina en Alicante. Estuvo en Bañeras, Miralflor (Alicante). Iniéstola del Ayuntamiento de Anguita (Alicante). En 1919 llegó por traslado a Viver de la Sierra.

En 1928 el alcalde de Viver de la Sierra y varios vecinos le incoaron un expediente. Sostenían que los alumnos llevaban mucho retraso, a causa de una afección en la vista que padecía la maestra y pedían que la jubilaran. El expediente no progresó porque muchos vecinos y la inspección declararon que la enseñanza no era mala y que el defecto físico se podía corregir con lentes. (Cfr. Suplemento a la escuela moderna, 1928).

Zabal Pérez, Mónica. Urriés

Comisión Gestora. Presidente, Babil Zalba Larripa, jornalero, de 28 años, calle  Oscura 20. Vocales, Victorino Zalba Lacosta, jornalero, de 29 años, Horno 3, y Mónica Zabal Pérez, maestra.

Mónica Zabal Pérez (Zaragoza, 1908-1991) aprobó los cursillos de Magisterio en 1935.

Era hija de Roberto Zabal Gómez, obrero, y de Ignacia Pérez Crespo, maestra nacional, natural de Teruel. En 1934 residía en Zaragoza, en la calle Jesús 24, con su padre y su hermana Anita. Su madre aún no se había jubilado y sus hermanos se habían casado. Su hermana Carmen se casó con un industrial de la puebla de Híjar y su hermano Roberto, médico, con Luisa Orensanz, la hija del presidente de la Diputación de Zaragoza.

Mónica Zabal. Q

Mónica Zabal y sus hermanas en la boca de su hermano Roberto. Foto de La Voz de Aragón.

Para terminar

El cese de los miembros de los ayuntamientos que se habían nombrado por el artículo 29 de la Ley Maura fue la circunstancia histórica que produjo una entrada masiva de mujeres en los ayuntamientos de España.

Las comisiones gestoras de 1933 solo duraron dos meses y medio, pero constituyeron un fenómeno insólito. Ni antes ni después han entrado, a la vez, tantas mujeres en los ayuntamientos. En la provincia de Zaragoza hubo una mujer en 52 municipios, de los 109 que he consultado.

Es posible que en un futuro encontremos más, porque me faltan los datos de 21 pueblos. En su día no se publicaron sus comisiones gestoras, por distintos motivos, y ahora el acceso a los archivos de unos ayuntamientos desaparecidos se vuelve casi imposible.

Los datos de los censos me han resultado una herramienta muy preciada para identificar a las personas. Además, el contraste entre distintas fuentes documentales me ha permitido corregir algunas erratas en los nombres y en los apellidos.

He seguido las trayectorias profesionales de las maestras con los boletines de educación, con la prensa histórica y con los fondos de los archivos de algunos ayuntamientos y escuelas normales. Y me han resultado muy útiles algunas páginas de genealogías familiares.

Espero que este trabajo abra el camino a otras provincias. Si algún día tuviéramos las listas de toda España, nos quedaríamos sorprendidos de la presencia y visibilidad que gozaron las maestras españolas en 1933.

También espero que alguien convierta estas semblanzas en las verdaderas biografías que todas ellas están reclamando.

Carmen Romeo Pemán

María Domínguez-1

1932. María Domínguez, alcaldesa de Gallur, almorzando en su casa. Foto de la revista Crónica.

ADENDA

LISTA DE ALCALDESAS Y CONCEJALAS EN ZARAGOZA

Las 18 alcaldesas de 1933

Antorán Martínez, Elvira. Villanueva de Huerva

Bilbao Nieto, Clementina. Lituénigo

Blasco Pardillas, María. Torrellas.

Bosque Barberán, Antonia. Ardisa

Cereza Puyol, Victoria. Gelsa

Conde Álvarez, Delia Juana. Clares de Ribota

Cortadé Romeo, Concepción. Alpartir

Elizondo Inda, Felipa. Tierg.

Frías Gil, Laurentina. Alforque

García Pérez, Estrella. El Frasno

Gil Martínez, María. Tiermas

Hernández García, Julia. Rueda de Jalón

Latre Cañada, Cecilia. Bureta

Laguía Bernal, Francisca de Paula. Novillas

Muñoz Foved, Adelina. Lobera de Onsella.

Pemán Cardesa, Isabel Conrada. Magallón

Rodríguez Suils, Emilia. Almochuel

Sebastián Cebrián, Jerónima Agustina. Balconchán

Las 34 concejalas de 1933

Adell Roig, María. Botorrita

Bartolomé Marín, Carmen. Zuera

Campé Marín, Manuela. Pleitas

Casaus Bernad, Salomé. Lechón

Castanera Plasencia, Patrocinio. Chodes.

Cebollada Bespín, Asunción. Orera de Calatayud

Cebollada Cartagena, Luisa. Torrehermosa

Días López, Carmen. Los Fayos

Fernández Quintano, María Alejandra Concpeción. Acered

Fuentes Abadía, Francisca. Villafoz

Galindo Monterde, María Josefa. Asín

García Martínez, Bienvenida. Jaraba

García Martínez, María de las Nieves. Calmarza

García Pardo, Casimira. Pozuelo de Aragón

Gomollón Estaje, Rafaela. Monterde

González Bravo, María Pilar. María de Huerva

Grijalba Delgado, Leonor. La Puebla de Alfindén

Hoyo Fernández, Patrocinio del. Olvés

Lafuente Pardos, María. Carenas

Martí Gascón, Pilar. Embid de la Ribera

Martínez Blasco, María del Carmen. Anento

Mendoza Chandía, Natividad. Abanto

Nuez Torres, María. Agón

Pérez Jiménez, Avelina. Bijuesca

Pérez Verdú, Purificación. Nombrevilla

Posat Pérez, Josefa. Fuencalderas

Ramos Rodrigálvarez,Petra. Zuera

Royo Gil, Petra. Fuendetodos

Ruiz García, Consuelo. Pinseque

Salcedo Ramón, María. Las Pedrosas

Sanz Cabanez, Demetria. Bardallur

Serrano Plou, María. Castejón de Alarba

Soler Caballero, Teresa. Viver de la Sierra

Zabal Pérez, Mónica. Urriés

La mejor elección

A veces, en la vida, llegamos a encrucijadas en las que hay que elegir. Y se me ocurrió imaginar un poema sobre una posible decisión que podría ser, o no…

La mejor elección

Mejor llenarme el alma con ese aire de vida

que consigue que las ramas de un árbol

susurren mil historias,

a dejar que mi boca se llene

de tierra de sepulcro que me asfixie.

 

Mejor buscar el verde de las hojas,

a dejar que me ahoguen los recuerdos

que, aunque son mis raíces,

ya están en el pasado,

y el pasado está muerto.

 

Mejor buscar valor en el futuro

y aprovechar mi vida,

que empeñarme en buscar en el ayer

a un fantasma que surge de la rabia

y del dolor de una ilusión perdida.

 

Pues tú abriste la puerta de esta historia

y dejaste que entraran en mi alma

primero, la esperanza,

y luego, la añoranza y la tristeza,

sin importarte mucho que me hirieran.

 

Y por eso te digo, aunque me duela,

que la historia y la puerta

hoy las cerraré yo.

Y lo mejor será que, desde ahora,

nos digamos adiós.

 

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

Jacinta del Esquilador

De las fragolinas de mis ayeres

Por las tardes Ramón trababa las caballerías en la arboleda de la fuente y se sentaba en la orilla del Arba hasta que oía las risas de Jacinta. La veía cómo escondía el cántaro entre los juncos y se acercaba hasta él dando saltos. Entonces se acariciaban hasta el anochecer. Cuando asomaba Venus, el lucero de la tarde lo llamaban ellos, Jacinta se arreglaba los pelos y llenaba el cántaro. Ramón se remetía la camisa, soltaba las patas de los animales y los abrevaba en el río. Después emprendían la subida al pueblo entre miradas furtivas y algún beso de escapadizo que Ramón le robaba. Se gustaban desde niños y no recordaban cuándo habían comenzado sus escarceos. Jacinta echaba cuentas: “Si ahora tengo veinte años, seguro que llevamos más de cinco”.

—¿Se puede saber qué te pasa hoy? —Preguntó Jacinta. Ramón miró al suelo y no le contestó.

—Pues, chico, te noto muy raro. —Siguió unos pasos en silencio—. Mira, hoy no me has hecho ni una caricia. Ni siquiera me has cogido de la mano.

—Anda, déjalo —le contestó sin levantar la mirada.

—¿Cómo quieres que lo deje? —Con voz entrecortada

Intentó besarlo en la mejilla, pero él apartó la cara. Y, al cabo de un rato, le contestó:

—Te he dicho que lo dejes. —Tiró del ronzal de la yegua que andaba rezagada—. Y no le des vueltas, por favor. Será que me ha atontado el aire de la tormenta que asoma por San Jorge. Que las tronadas de agosto son las peores.

—Mira, Ramón, no solo no lo voy a dejar, sino que quiero que me expliques algunas cosas que va contando la gente.

—¿Qué dices ahora? No entiendo nada. De verdad.

—¡Eres un cínico! Eso es lo que eres. Y además un mentiroso.

—Jacinta, por favor.

—Ni por favor, ni por nada. Vas a desembuchar todo ahora mismo. Ya sé que me la has pegado con otras, pero esta vez te estás pasando de la raya.

Ramón bajó aún más la cabeza. Jacinta dio un traspié, se le cayó el cántaro y se remojó entera.

—Bueno, pues con esta mojadura me tengo que ir corriendo no vaya a pillar una pulmonía. —Lo cogió por el brazo para darle un beso, pero él la apartó con un movimiento brusco.

Esa noche Jacinta no pegó ojo. Soñaba que lo tenía entre sus brazos, que se reían, que hablaban del futuro, que se casarían y tendrían hijos. Sabía que Ramón había tenido algún desliz con otras chicas. Eso no le importaba, estaba muy segura de que a ninguna le daba los besos como a ella. Que con ninguna le temblaban las entrañas. Pero esa tarde lo había notado arisco, como si se hubiera tragado un solimán.

Los días siguientes Ramón ya no volvió a abrevar las caballerías y Jacinta subía de la fuente por un atajo, así se alejaba las habladurías de las mozas y no tenía que dar explicaciones.

Antes de la sanmiguelada, el primer domingo de septiembre, los que fueron a la misa mayor oyeron las amonestaciones. Cuando el cura dejo de hablar se hizo un silencio general. La gente se acababa de enterar de que Ramón se casaba con la hija de Rocaforte, el cacique más poderoso de la redolada. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.

Pero Jacinta no se enteró, que ese día había ido a la misa a las seis de la mañana. Así le dio tiempo a soltar el rebaño. Además, desde última vez que estuvo con Ramón, no quería encontrarse con nadie.

Por la tarde, cuando volvía al pueblo, una vecina que estaba mirando al río, se volvió y se hizo se hizo la encontradiza.

—Seguro que eres la única del pueblo que no se ha enterado —le dijo a bocajarro.

—Mala pécora, no me vengas a revolver las tripas.

Jacinta intentó deshacerse de ella y se arrimó a la pared, pero la vecina se le cruzó delante.

—Es que lo tienes que saber, Jacinta. No se habla de otra cosa en el pueblo.

—Pues no me interesan las habladurías de las chismosas como tú.

—Pero esto es una campanada muy gorda. Esta mañana han amonestado a Ramón.

Jacinta la miró con un rictus severo y aceleró el paso. Entonces la vecina la siguió y, levantando la voz cada vez más, le decía:

—Mira, es que estabas muy ciega. Tú dale que te pego con mi Ramón. Y se notaba mucho que él buscaba algo más. Has de saber que tú no eres de casa rica ni tienes las carnes prietas.

—¡Alcahuetaaaaa! —Jacinta se metió en su casa, dio un portazo y echó la tranca.

—Pues entérate de una vez. No es lo mismo ser Jacinta del Esquilador que la heredera de casa Rocaforte —gritó la vecina. Y el eco se fue metiendo en todas las cocinas.

A la mañana siguiente Jacinta del Esquilador se levantó temprano y, en lugar de coger el camino del corral de Vadarrey, donde encerraba las cabras, se fue andando por los ruejos del río. Y emprendió el camino Arba arriba.

Las noches serenas de agosto, cuando se esconde el lucero de la tarde, llega el eco de un canto hasta el Terrao. Dicen que baja por el Arba desde la fuente de Vallangosta, mientras Ramón abreva a las mulas.

Carmen Romeo Pemán

Historias encadenadas

Bárbara Gil, mi profesora del curso de Relato Breve en la Escuela de Escritores, me propuso el reto de enlazar tres microrrelatos que entregué en uno de los ejercicios. Acepté su propuesta y escribí este relato breve en el que mezclé esas tres historias con alguna cosa más. Y el resultado han sido mis Historias Encadenadas: 

No sabes con quién has dormido esta noche. He vivido a tu lado treinta años, pero solo he estado viva el último mes. Desde el día que entró el otoño. Desde el último día de vacaciones. Desde que partió tu tren y descubrí que me habías engañado. Desde que lloré por última vez.

Y desde que conocí al hombre de mi vida, aunque todavía no sé su nombre.

Mañana te despertarás al lado de este cuerpo que tanto te gusta, con su piel cuidada y su pelo teñido. Y entonces descubrirás que el alma que vivía encerrada en su interior, llena de costurones mal cicatrizados, ha alzado el vuelo y, esta vez, es para siempre. Porque hoy es el primer día del resto de mi vida y me marcharé de casa al anochecer.

***

Me marcho de casa al anochecer. Porque, por fin, he reunido el valor suficiente para seguir al hombre de mi historia. Camino detrás de él, a una distancia prudente, hasta la boca de metro. Dejo que se interpongan más viajeros trasnochadores para que no me descubra.

Cuando voy a acceder al andén, el torniquete de paso se bloquea.

Él sube al tren, las puertas se cierran, y veo cómo se aleja mi historia dentro del vagón.

***

Dentro del vagón del siguiente tren, mi cuerpo se desplaza persiguiendo mi sueño, pero la distancia entre nosotros no se acorta. Sin moverme del asiento, mi mente se pone en marcha y mis dedos emprenden una ruta de kilómetros de tinta mientras escribo esta historia en un cuadernillo ajado que siempre llevo encima.

***

En el cuadernillo ajado que siempre llevo encima dejo salir mi pena. Al vagón sube una mujer de pelo verde y, en la parada siguiente, una niña de la mano de un hombre. La niña mira el pelo, sonríe y le hace una pregunta a la mujer:

–¿Por qué tienes el pelo de color verde?

La mujer solo lo piensa dos segundos antes de responder:

–Porque soy medio elfa.

Y yo, que he dejado de lado mi dolor, empiezo una hoja nueva del cuadernillo. Allí, sobre el papel, la mujer del pelo verde se sentará frente a un ordenador y empezará a escribir una historia maravillosa sobre una tal Zoila, una chica medio humana y medio elfa.

***

El metro llega a final de trayecto. Cierro el cuadernillo y me bajo. Ahora mi dolor y mis historias pertenecerán a otro día y a otro vagón.

***

Cover Image

 

A veces salen historias sorprendentes cuando se mezcla la realidad con la ficción. Mi relato de hoy es ficticio salvo en un pequeño detalle: la mujer de pelo verde existe. Se llama Chiki Fabregat, es profesora de la Escuela de Escritores y ha escrito una trilogía preciosa cuya protagonista es Zoila, una muchacha medio humana y medio elfa. Os la recomiendo. 

Adela Castañón

 

Imagen de Manuel Alvarez en Pixabay

Todo sea por el amor

La noche que Diandra conoció a Ismael vio en sus labios carnosos y piel canela la personificación del amor. El amor medía uno con ochenta, tenía el cabello lacio y la barba tupida. Olía a colonia de Hugo Boss y se escuchaba como Vicente Fernández.

Como todos los viernes en la noche, Diandra se sentó en la barra del bar que frecuentaba desde hacía tres meses. Le pidió al barman un shot de tequila con limón y, como acostumbraba, observó con detenimiento a todas las almas que ocupaban el recinto. Esa noche había personas que calmaban el estrés de una larga jornada de trabajo con jarras de cerveza, amigos, novios, esposos, parejas que podían compartir sus miserias. Y ella. La única mujer solitaria en el bar, tomando tequila y preguntándose dónde estaría su media naranja, el príncipe azul del que hablaban los cuentos de hadas de su infancia. Mientras se tomaba el segundo shot de un solo trago, sintió que algo le rozaba la punta de los dedos. La respuesta a su pregunta estaba frente a ella, vestía una camisa blanca y pantalón de paño gris.

—Hola. Me gustaría invitarte a la próxima ronda. ¿Puedo? —dijo Ismael y se sentó en la silla que estaba desocupada junto a ella.

Diandra se quedó en silencio por unos instantes en un intento de procesar lo que estaba sucediendo. El amor quería pagarle el siguiente trago. ¿Podría ser verdad? Tantos años de espera y, ahora, por fin, estaba ahí, a unos cuantos centímetros y la miraba con deseo. Aunque Diandra no encontraba las palabras, asintió con una sonrisa y, en ese momento, Ismael le pidió al barman que sirviera los tragos.

Con los shots servidos sobre la barra intercambiaron algunas palabras. Cuando estuvo muy cerca de Ismael y pudo sentir la calidez que cubría toda su fisionomía, entonces supo que haría todo, todo lo que fuera necesario para tenerlo. “Así son las cosas del amor”, pensó, “entregarse por completo”. Si tenía que darle su vida entera servida con aderezo de almendras lo haría sin titubeos, dejaría que saboreara cada pedazo de su existencia, cada parte de su cuerpo. Para Diandra, entregarse por completo no sería un precio tan alto si así podía disfrutar de la compañía de Ismael y dejar de estar sola.

Desde aquella noche de septiembre se reunieron todos los fines de semana en el bar. Ocupaban las mismas sillas de la barra y se tomaban varias rondas de tequila. Los besos iban y venían, las caricias, las palabras susurradas al oído, el sexo. La mejor parte de todo fue cuando llegó el sexo, cuando pudo sentir la lengua de Ismael tocándole algo más que la boca.

Después de un mes de te amos y no puedo vivir sin ti, Ismael se fue a vivir con Diandra. ¡Qué días tan maravillosos! Cocinaban juntos, comían desnudos en la cama mientras veían películas de las novelas de Nicholas Sparks, se daban largos besos de despedida en la puerta. Diandra dormía con la camisa de Ismael y respiraba su aroma hasta quedarse dormida. Se esmeraba todos los días en ser la mujer perfecta, en tener el hogar ideal para vivir eternamente con el hombre ideal. La magia del amor inundaba cada rincón del nido que había construido con su príncipe.

—Diandra, necesito pedirte algo importante —dijo Ismael mientras jugaba con las manos de su amada.

—Puedes pedirme lo que sea, Ismael, sabes que haría cualquier cosa por ti.

—Diandra, sabes que te amo como eres, ¿verdad?

—Por supuesto. Lo sé, amor. Dime qué pasa —preguntó Diandra mientras le acariciaba la barba.

—Hermosa, es que —Ismael hizo una pausa, inhaló profundamente, se armó de valor y continuó—: Es que no soporto ver el dedo pequeño de tu pie, ¡es horrible! Es la parte más horrible de tu cuerpo, siento nauseas cuando lo veo. Si te lo quitaras serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo perpleja. Era una petición bastante peculiar, pero podía hacerlo. Podía entregarle cada parte de su cuerpo si era necesario para hacerlo feliz. El amor requiere sacrificios y mutilarse no sería un problema.

—Claro, Ismael. Eres mi vida. Si no te gusta mi dedo, mañana mismo buscaré un cirujano.

Ismael sonrió complacido.

La mañana siguiente, Diandra se puso en la tarea de buscar el cirujano que le amputaría el dedo del pie. No sería una tarea fácil, no había muchos cirujanos en Medellín que estuvieran dispuestos a mutilar partes del cuerpo por simple capricho, pero por dinero siempre había alguien dispuesto a hacer cualquier cosa, lo que fuera, y ella encontraría a esa persona. Y así fue, después de varias citas con especialistas, que le insinuaban que acudiera a terapia, encontró al cirujano que le cumpliría el sueño de ser perfecta para Ismael. Aunque tuvo que usar sandalias para poder caminar y sentía un dolor intenso que serpenteaba por su pierna adormecida, el esfuerzo valió la pena, había cumplido los deseos de su hombre.

Ismael la esperaba en la puerta mientras ella se acercaba renqueante con una sonrisa que le atravesaba el rostro. La cadencia de su cojera hizo que Ismael se lanzará a los brazos de Diandra a toda prisa. La sujetó con fuerza y luego se arrodilló para besar el vendaje ensangrentado. Estaba pletórico porque su amada había cumplido con sus demandas, pero al ver que solo se había cortado el dedo de un pie sintió una desilusión que lo dejó helado.

—Y, ¿el otro? ¿Por qué no te cortaste también el otro? —Preguntó Ismael con la voz crispada.

Diandra sintió un vacío en la boca del estómago. ¿Cómo había sido tan estúpida? Era obvio que tenía que cortarse los dos.

—¡Mañana! —dijo de repente, sin pensar en la procedencia de sus justificaciones—. El cirujano dijo que mañana, porque no podía cortarme los dos dedos el mismo día.

—Bueno —dijo Ismael aliviado y se puso la mano en el pecho. Recuperó el ritmo de la respiración y añadió—: Por un momento pensé que solo te habías cortado el del pie derecho.

Ismael se levantó y la abrazó de nuevo. Caminaron de la mano hasta la habitación y se recostaron en la cama. Se quedaron mirándose por horas, diciendo cuánto se amaban.

Al día siguiente, ella se cortó el dedo pequeño del pie izquierdo.

Pasaron los días y Diandra pudo quitarse las vendas. No estaba tan mal, en realidad esos dedos no cumplían ninguna función en sus pies y si hacía feliz a su hombre que no existieran ¿qué más podía pedir? Felices por siempre a cambio de unos dedos no era gran cosa.

—Diandra

—Dime, Ismael.

—¿Harías otra cosa por mí?

—Claro mi vida, lo que quieras, sabes que haría lo que fuera por ti, por verte feliz —contestó Diandra y se aferró al cuerpo sudoroso de Ismael.

—Es que… Es que cuando dormimos en cucharita, y tú eres la que me abraza, me estorba mucho tu brazo derecho. Sabes cuánto me gusta dormir así. ¿Podrías hablar con el cirujano para que te lo quite también? —Ismael se incorporó en la cama para expresar con mayor elocuencia lo maravillosa de su idea—. Podrías ponerte una prótesis para los quehaceres y en la noche te la quitarías y dormiríamos más cómodos, estaríamos más cerca y, además, serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo por un instante y luego asintió varias veces con la cabeza. Lo abrazó con las lágrimas empapándole el cuello y le susurró al oído:

—Puedo darte un brazo, una pierna, la cabeza si eso te hace feliz. Pídeme lo que quieras.

Diandra no tuvo ningún reparo en las peticiones de Ismael. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, para que siempre estuviera a su lado, porque para ella eso era el amor, hacer todo por el ser amado y eso incluía quitarse cualquier parte inservible de su cuerpo.

Después de un año, cuando Diandra había mutilado más partes de su cuerpo y no quedaba mucho para cercenar, Ismael se fue de viaje y no regresó.

Mónica Solano

Imagen de Free-Photos

Escuelas dedicadas a maestras

#nuestrasmaestras

A Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó e Inocencia Torres Matínez. Mucho más que amigas. A ellas les debo parte de este y de otros trabajos.

Entrega Premios.1

El caso de Zaragoza

En el siglo XIX y principios del XX las escuelas recibían el nombre de la calle que las acogía. Así la escuela de la calle de las Armas, angular con la calle de la Golondrina, se llamó Escuela de las Armas, y también de la Golondrina, y a sus alumnas las golondrinas. Y lo mismo ocurría con la del Buen Pastor, en la calle del mismo nombre, y con la del Castillo, en un espacio que había pertenecido al Castillo de Palomar.

En Zaragoza, esta costumbre empezó a cambiar con el nacimiento de los grupos escolares de enseñanza graduada y la desaparición de las escuelas unitarias.

En 1914 el Ayuntamiento condecoró a Eulogia Lafuente, a Rosa Arjó y a Marcelino Lopez Ornat, y acordó poner sus nombres a tres grupos escolares de la ciudad. En 1919, a propuesta del concejal señor Faci, eligieron el nombre de dos maestras, Andresa Recarte y María Díaz, para dos escuelas.

A lo largo de un siglo se han ido bautizando los grupos escolares de la ciudad, pero solo siete han llevado el nombre de una maestra. A las anteriores les siguieron Ana Mayayo en 1969, Gloria Arenillas en 1981 y Patrocinio Ojuel en 2019.

En la mayoría de los centros optaron por nombres de maestros, como Cándido Domingo o Joaquín Soler, o por nombres de hombres célebres como Gascón y Marín, Joaquín Costa o Miguel de Cervantes.

A continuación expongo las semblanzas de las siete maestras que merecieron las placas en las puertas de las escuelas. La historia de estas mujeres, destacadas en su tiempo, se ha ido diluyendo con los años y, por eso, hoy nos cuesta recuperar las trayectorias de sus vidas y la memoria de sus trabajos.

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Gloria Arenillas Galán (Zaragoza, 18 de noviembre de 1910-Zaragoza, 25 de febrero de 2005).

Gloria Arenillas.

El periódico La Voz de Aragón se hacía eco del triunfo obtenido por la asilada señorita Arenillas en los Cursillos de Magisterio de 1932. El presidente daba cuenta de su  éxito en las oposiciones, fue el número uno, y proponía que se le concediera el derecho a ocupar la primera vacante que se produjera en el Hospicio, cuando se renovara la enseñanza en el centro. (La Voz de Aragón, 18/12/1932).

En 1948 estaba destinada en la escuela de San Juan de Mozarrifar, cuando se adscribió al barrio del Cascajo. Posteriormente fue directora del Colegio Cándido Domingo, en el Arrabal, hasta que se jubiló.

En 1974 el Ministerio le concedió el ingreso en la orden de Alfonso X, en atención a los servicios de mérito extraordinario prestados como maestra nacional.

Colegio Gloria Arenillas

Gloria Arenillas en la Antigua Azucarera.

El actual Colegio Gloria Arenillas se construyó a finales de los años 70 en los terrenos de la Azucarera del Gállego, en el Arrabal. Al principio se llamó Colegio Nacional Mixto Urbanización Ríos de Aragón. En 1981, según Ángel López Folgar, que fue director del centro. se le puso el nombre de Gloria Arenillas, en recuerdo de la que fue directora del colegio Cándido Domingo, el otro grupo escolar del barrio. (Cfr. BOE, 7/10/1981)

Placa. Foto buena

Foto realizada en septiembre de 2019. Propiedad de Esther Carbó Carbonel, profesora del colegio Gloria Arenillas.

En 1919 las viejas escuelas del Arrabal, convertidas en un grupo escolar graduado, recibieron el nombre de Cándido Domingo, un célebre maestro.

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Rosa Arjó Pérez (Huesca, 1876-Zaragoza, 1918)

Rosa Arjó-1

Doña Eulogia Lafuente nos habla de las satisfacciones que le ha dado la enseñanza. El día 6 de abril de 1914 le impusieron la Medalla de la Ciudad. En aquel acto le impusieron la Cruz de la Beneficencia a una discípula suya llamada Rosa Arjó, malograda en plena juventud, por su comportamiento heroico con unas niñas atacadas de tifus, entre las que se encontraba una hermana del actual jefe de la Guardia Municipal, señor Lloré. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente”. La Voz de Aragón, 03/09/1930)

Rosa Arjó Pérez era hija de Esteban Arjó Fraguas, un militar nacido en 1846, y de Amalia Pérez Mayo, nacida en 1852. Su hermano Esteban cursó el bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca, estudió Medicina en Zaragoza y fue médico titular de Alcampel, (Huesca). En 1934. Amalia Pérez, su madre de 82 años, María Arjó, una hermana de 56 años y profesión sus labores; y María Josefa, otra hermana, maestra nacional de 53 años, vivían en Zaragoza, en la calle Sobrarbe, 59.

Rosa estudió Magisterio en Zaragoza y comenzó a trabajar como auxiliar con Patrocinio Ojuel, la parvulista que introdujo el método Montessori en Zaragoza. En 1906, con la carrera recién acabada, la destinaron a Almazán (Soria), en 1907 aprobó las oposiciones y en 1908 llegó a la escuela El Castillo en el barrio de las Delicias, donde era directora cuando murió a los 32 años, víctima de la gripe.

En 1914 se casó con Julio Gargallo un contratista de obras de San Sebastián, que, en 1913, junto con Arturo Nicolás, llevó a cabo la construcción del edificio de la Caja de Ahorros de la calle San Jorge. El proyecto era de los arquitectos Ramón Cortázar y Luis Elizalde, también de San Sebastián. Julio Gargallo, además, era copropietario y consejero La Voz de Guipúzcoa, un periódico que vivió desde 1885 hasta 1928.

En 1915 nació su hija Ignacia. Y la niña aún no había cumplido tres años cuando murió su madre. Ignacia Gargallo Arjó se casó con Mateo Lacarte Álvarez, de una conocida familia de industriales zaragozanos. En 1933 Julio Gargallo residía accidentalmente en Zaragoza en casa de su hija.

Don Julio Gargallo está enfermo en casa de sus hijos los señores Lacarte Gargallo. (Cfr. La Voz de Aragón, 04/01/1933)

Rosa Arjó y las colonias escolares de verano

Desde 1912 tenemos noticias de su participación en las colonias escolares de verano. Ese año estuvo de directora de las de Biescas, y con ella fue de auxiliar su hermana Pilar Arjó, (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 28/8/1912).

En 1913 fue a las de Segura de Baños (Teruel) con 30 niñas. A los pocos días de llegar se declaró una epidemia de tifus. Se evacuaron las niñas no afectadas, pero Rosa se quedó en Segura con las enfermas. Durante todo el tiempo que estuvieron allí las cuidaba y todos los días mandaba una crónica al Heraldo de Aragón para mantener informados a sus padres.

En 1914 el Ayuntamiento de Zaragoza, en el mismo acto que otorgó la medalla de oro de la ciudad a Marcelino López Ornat y a Eulogia Lafuente Querejeta, le impuso a Rosa Arjó Pérez las insignias de la Cruz de Beneficencia por su comportamiento en Segura de Baños. Ese mismo año, el ministro Francisco Bergamín, que había asistido al acto de Zaragoza, les concedió a los tres la Cruz de Alfonso XII.

El Colegio Rosa Arjó

Colegio Rosa Arjó

En 1914 el Ayuntamiento puso el nombre de Rosa Arjó a la escuela del Castillo, donde ella estaba destinada.

Durante la II República se construyó una nueva escuela nacional mixta, llamada Pablo Iglesias, al final de la calle de San Antonio. Esta escuela, junto con la de Andrés Manjón, venía a sustituir a las antiguas escuelas del Castillo.

Al comenzar la Guerra Civil. se quitó el nombre de Pablo Iglesias y se recuperó el nombre de Rosa Arjó para el nuevo edificio.

El año 2000 se cerró el colegio por falta de alumnos, pero el edificio se siguió llamando Rosa Arjó.

Allí están ahora el Consejo Escolar de Aragón (CEA), el Centro Aragonés de Recursos para la educación inclusiva (CAREI) y la Prevención de Riesgos Laborales, Junta de Personal y Confederación San Jorge (FAPAR).

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María Díaz Lizardi (1856-¿?)

María, hija de Rafael Díaz y Narcisa Lizardi, era la mediana de seis hermanos. Pero, hasta ahora, he encontrado pocos datos sobre sus orígenes y su formación inicial.

María Díaz Lizardi. FOTO.1

Los comienzos profesionales

En 1890 estaba destinada de maestra en Zaragoza, con título superior, sueldo 2.000 pesetas, 8 años, 7 meses y 18 días de servicios, cuatro oposiciones. En 1891 iba la sexta en una lista de maestras propuestas para cubrir una vacante en una escuela de niñas de Madrid. Después estuvo destinada en Teruel, en Barcelona y en Tarragona, como maestra de la Escuela Normal.

1905-1926: veintiún años en la Escuela Normal de Zaragoza

En 1905 volvió a Zaragoza como Maestra de la Sección de Ciencias de la Escuela Normal de Maestras, donde ejerció veinte años, hasta que se jubiló en 1926.

Había asentado su vivienda en la plaza de Lanuza 20, cercana a la escuela del Buen Pastor, que lleva su nombre. Después de su jubilación mantuvo gran actividad en la Acción Católica de la Mujer de Zaragoza, donde figuraba como presidenta de la Sección de Magisterio.

Un incidente en 1908

No se sabe por qué motivo, en 1908 fue agredida por unas alumnas de la Escuela Normal. Y así se contaba en la Gaceta de Instrucción Pública:

SOBRE LA NORMAL DE ZARAGOZA Tenemos gusto en notificar a La Educación, nuestro estimado colega zaragozano, algún detalle de lo que ocurrió en la Normal de Maestras de Zaragoza en el mes de junio pasado. Doña María Guadalupe del Llano y Doña María Díaz Lizardi fueron dos profesoras agredidas. La primera en la calle al dirigirse a la Normal. La segunda dentro de la Escuela. Las citadas profesoras pueden informar a La educación, nuestro colega zaragozano, en lo relativo al nombre y número de las alumnas ofensoras. (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 25/9/1908, p. 4).

Guadalupe del Llano Armengol, una profesora de la Escuela Normal de Maestras que, desde 1928 hasta 1931, fue directora de la Normal y jefe de la escuela de prácticas.

La Escuela María Díaz Lizardi

En 1919 se puso su nombre a la escuela de niñas de la calle el Buen Pastor. En una placa con su efigie aún podemos leer:

Homenaje de gratitud a la excelsa maestra que con gran abnegación guió a centenares de niñas hacia el bien y la instrucción. Sus discípulas perpetúan el nombre de quien les iluminó el corazón y la inteligencia con sus sabias enseñanzas y ejemplares virtudes. Zaragoza 21 de octubre de 1919. DOÑA MARÍA DIAZ LIZARDI

En 1929, se modificó el sexto grupo de la escuela nacional  María Díaz Lizardi. Hasta entonces tenía con cinco grupos grados. Y un sexto en régimen unitario.  Ese año pasó también al régimen graduado. (Cfr. La Voz de Aragón, 10 Marzo 1929)

En 1987 desaparecieron el colegio y el nombre. Hoy el edificio alberga el Centro de Formación de Profesores Juan de Lanuza.

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Eulogia Lafuente y Querejeta (Roncal, Navarra, 1863-Zaragoza, 1932)

1930. Eulogia Lafuente. 1

Figuras zaragozanas. Doña Eulogia Lafuente, la mujer que estuvo 47 años al servicio de la enseñanza.

—¿Dónde ha ejercido los 47 años de profesión?

—En Zaragoza, todos en Zaragoza. He sido directora del Colegio de la calle de las Armas y del grupo escolar Gascón y Marín. ¡La de niñas que han pasado ante mí! ¡La de mujeres a quienes he enseñado de niñas! ¡Qué satisfacción tan intensa me proporciona pensar en esto! En mis primeros años de maestra solo existían en Zaragoza cinco o seis escuelas unitarias de niñas y teníamos una matrícula que no descendía de 130 y 140 alumnas. Y en estas condiciones, poco se podía hacer. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente con motivo de su jubilación”. La Voz de Aragón, 03/09/1930. De esta entrevista voy desgranando más cita en las líneas de este artículo).

Eulogia Lafuente se casó con Pedro Gómez Cuartero (Tabuenca, Zaragoza, 1857-Zaragoza, 1943), también maestro condecorado con la Medalla de Oro de la ciudad. Era hijo de una familia de agricultores y tiene dedicada una calle en su pueblo natal.

Pedro y Eulogia establecieron su domicilio en la calle San Miguel 52 y fueron padres de tress hijos: Eulogia y Pedro, profesores de la Escuela Normal de Zaragoza, y Mariano, médico. Y abuelos de cuatro nietos.

El día 6 de abril de 1914 Eulogia recibió la Medalla de Oro de la ciudad por ser maestra ejemplar y, ese mismo año, la de Alfonso XII:

Aquel acto fue brillantísimo y emocionante. También impusieron la misma distinción a aquel maestro de maestros que se llamó Marcelino López Ornat. Y la cruz de la Beneficencia a Rosa Arjó.

En abril de 1919, La escuela moderna publicaba el siguiente artículo:

Doña Eulogia Lafuente Querejeta ocupa la dirección de la graduada “Las Armas”, con título de Maestra  Superior. Ingresó por oposición. Posee muchos votos de gracias y comunicaciones laudatorias; está propuesta por la Junta Provincial para una recompensa especial por sus brillantes servicios docentes. Ha obtenido Medalla y Diploma de primera clase en Exposiciones, y la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza en recompensa a su excelente labor profesional. Tomó parte como vocal en oposiciones y coadyuvó en exposiciones, conferencias, fiestas escolares.

Se jubiló en 1930, a los 67 años, sin cumplir la edad reglamentaria, por motivos de salud. En ese momento era la directora del Gascón y Marín.

He cumplido 67 años y la gente dice: doña Eulogia, se conserva muy bien. Y es que muchos de los que me conocen creen que tengo bastantes más años. ¡Qué se le va a hacer!

Doña Eulogia. Por Juan Moneva

Juan Moneva y Puyol (1871-1951), catedrático de Derecho de la Universidad de Zaragoza, fue un escritor de prestigio. Si tenemos en cuenta que don Juan no se prodigaba en este tipo de alabanzas, debió ver grandes virtudes en doña Eulogia. Por razones de espacio, solo reproduzco algunos fragmentos y he omitido el signo convencional (…) de corte, para facilitar la lectura. En ningún caso los fragmentos quedan descontextualizados.

Mi primera memoria de maestras y maestros de la escuela pública de Zaragoza son doña Estefanía Castaños, aragonesa, notabilidad en su tiempo, pensionada por la Diputación. Don Epi- y doña Boni-, él –fanio y ella –facia, abnegada conyugia, que consumió su vida en educar párvulos. Doña Eugenia Azcoaga y Tellería, baska, creo que bergaresa, de faz sin pizca de hermosura, pero que se le iluminaba frecuentemente con una sonrisa de santidad y de una voz dulce, como acaso no he oído otra. La infeliz Paca Carnicer, si es infeliz quien muere joven, aunque muera piadosamente.

Doña Eulogia, si no de mis años, pues tenía algunos más que yo, era contemporánea mía. Del Roncal, su patria, en donde había usado el traje bello y rico, de las mujeres de allá, y el peinado de trenzas largas atadas al final con cintas de colores. Vino muy pronto a Zaragoza, maestra por oposición de una escuela pública. La señalaban como sobresaliente en su carrera. Desde las primeras veces que hablé con ella, noté que tenían razón.

No recuerdo dónde fue su primera escuela, ni cuándo se casó, sí cuándo tuvo cada crío, que hoy una es docente de Magisterio y otros dos son doctores. Ni me interesan esos datos del registro parroquial o civil. Voy a hablar aquí de cómo era, de cuerpo y alma. Pero, sobre todo, de aquello suyo que no perece, porque es inmortal.

Era alta, lo más que sirve para realzar la gallardía de una figura robusta en proporción. Erguida, de faz en óvalo prolongado, grandes ojos serenos, buen color, andar tranquilo, el decir como el andar, y una seguridad en los conceptos muy conforme a su andar y a su decir.

No era una purista del decir. Sabía hablar gratamente, correctamente, sin poner aristas vivas en las palabras esdrújulas, sin propender a los polisílabos eruditos, sin sacar el armario reservado de la Gramática los exotismos de algunos verbos irregulares. Y precisamente aquella señora era una especialista en Gramática.

Yo la traté mucho y en intimidad. Nunca la noté asustada por una osadía de concepto, ni deslumbrada por una frase brillante. Contestaba siempre tranquila, siempre a tono, cuando no con razones teóricas con atestados de experiencia.

Presencié su jubilación De aquella sesión recuerdo el discurso, todo emoción y afecto bondadoso de la inspectora Leonor Serrano.

Supe tiempo después, como el cuerpo de mi compañera y amiga era trabajado por una enfermedad horrible. (Cfr. La Voz de Aragón, 1932)

El Colegio Gómez Lafuente

En 1858, en la esquina con la antigua calle de la Golondrina se abrió la primera escuela de niñas del barrio, llamada de la Golondrina, dirigida por Antonina Vicente. Posteriormente la dirigió Eulogia Lafuente Querejeta (1863-1932), una eminente maestra que, junto a su marido Pedro Gómez Cuartero (1857-1943), dan nombre a la escuela desde 1933. Hablamos del centro de educación de personas adultas Gómez-Lafuente.

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Ana Mayayo Salvo, “Doña Anita” (San Telmo, Argentina, 1880-Zaragoza, 1968).

Ana Mayayo

Ana era la cuarta de los siete hijos de Andrés Mayayo Aguirre (Layana, 1832-Layana, 1905) y Ana Salvo Aguerri (Sádaba, 1845-1914), que emigraron a .Argentina como muchos de las Cinco Villas.  Los hermanos fueron; Guadalupe, Esteban, Candelaria, Ana, Teodoro, Andrés y María. Ana y los tres pequeños fueron bautizados en San Pedro Gonzales Telmo, San Telmo, Distrito Federal de Argentina, y fallecieron en Zaragoza.

Su hermana Guadalupe (Layana, 1862-Buenos Aires, 1895), se había casado en 1883 con Tomás García Rubio (Covaleda, Soria, 1849-La Coruña, 1932), con residencia en Zaragoza.  Esteban (Layana, 1870 -Rivas, Ejea de los Caballeros, 1916) se casó con Ana Aznárez. Candelaria  nació en Layana, la bautizaron en San Telmo y falleció en Zaragoza, donde era religiosa del Convento de Jerusalén. Teodoro (San Telmo, 1885 -1936) se casó con Manuela Abós Génova. Andrés y María..

Ana Mayayo nació en 1880, pero no fue bautizada hasta el 12 de marzo de 1882. Se cas con Pablo Punsac Cansi (1878-1933), Causi en algunos documentos, un comerciante, delegado de La Ibérica, una firma de seguros de incendios, que en 1910 ya estaba instalado en Zaragoza, en la calle San Carlos. En 1903, Pablo era alumno de la Escuela de Arte de Zaragoza y fue premiado en el Taller de Fotografía.

Ana y Pablo vivieron en la calle Cinco de Marzo, 4, y tuvieron tres hijos: María, Teresa (1915-1998) y Jesús (¿?-1975). Su hija María se licenció en Letras en 1935 y en 1938, la hermana María Punsac del Sagrado Corazón de Jesús, profesó en las hermanas Carmelitas de la Caridad. Su hija Teresa desde 1941 hasta su jubilación fue bibliotecaria de la Universidad de Zaragoza. Teresa Punsac Mayayo, a los licenciados de mi generación, nos inculcó el amor a los libros y nos enseñó las sendas de la investigación.

Pablo Punsac Causi

La Voz de Aragón, 28/12/1933

Trayectoria profesional

Ana Mayayo obtuvo el título de Maestra Superior en la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a los diecisiete años. Desde 1902 hasta 1907 estuvo destinada en Zaragoza. En 1907 se trasladó a Madrid y en 1909 regresó a Zaragoza.

En esos años obtuvo el título en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, donde se formaban los profesores de las Escuelas Normales y los Inspectores. En 1913 la nombraron directora del grupo escolar Los Graneros, así llamado por ocupar el antiguo almudí de la ciudad. En ese edificio está hoy el centro de personas adultas Concepción Arenal.

En 1923 pasó a dirigir  la escuela aneja a la Normal de Maestras. En 1929 también le adjudicaron la de los chicos cuando se quedó vacante. Y fue directora de las dos anejas hasta su jubilación en 1950. Como reunía la doble condición, maestra nacional y profesora de Escuela Normal, demostró una extraordinaria valía como directora de las escuelas anejas, donde tenía que enseñar a los niños y formar a las maestras en prácticas.

Otros cargos

Formó parte de la Junta Municipal de Primera Enseñanza. Desde allí impulsó el ropero escolar, la cantina y las colonias escolares. Como presidenta de la Asociación de Huérfanos de Magisterio, en los años 40, consiguió la construcción del Colegio de Huérfanos de Nuestra Señora del Pilar, edificio en el que hoy está el Instituto Miguel Catalán.

Ana Mayayo fue la “Habilitada” de Magisterio para los partidos de Sos, Ejea y La Almunia. En su época la figura del habilitado era muy importante. El habilitado, un intermediario con la administración, pagaba las nóminas a los maestros en las cuestiones económicas. Además, el habilitado en clases pasivas asesoraba y tramitaba las pensiones. En esta cuestión, los maestros estaban organizados por distritos judiciales y cada distrito tenía su habilitado, que era un cargo electivo y requería una preparación específica. En 1957 Ana Mayayo fue destituida porque se retrasó en el pago a algunos maestros. (Cfr. BOE, 03/06/1957)

Colegio Ana Mayayo

Se llama así desde 1969 el grupo escolar del Parque Palomar. Es el primero que se construyó después de su muerte. En el obituario que le dedicó Pedro Orós solicitaba que se pusiera su nombre al primer Grupo escolar que se construyera en Zaragoza.

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Patrocinio Ojuel Pellejero (Zaragoza, 1877-1961)

Patrocinio Ojuel. 2

Mi abuela paterna, Patrocinio Ojuel, era maestra especializada en párvulos. Estudió en Francia y se trajo, entre otras cosas, el método Montessori. No te dabas cuenta de que estabas leyendo y a los tres años lo encontrabas tan natural como hablar, reír o llorar. (Cfr. Guillermo Fatás Cabeza, Pregón de la feria del libro de Zaragoza, 2013).

Guillermo y su yaya Patro

Mi abuela era una maestra fantástica. Ignoro cómo, pero había logrado estudiar en Nantes, de soltera. Nació en 1877 y en alguna foto que hay por casa parece que tendría como veinte años. Su padre, José Ojuel, era médico y no tuvo más que hijas de su mujer, Juana Pellejero. Imagino que intentó darles una buena educación, más allá de la consabida “cultura general” con la que se adornaba a las jovencitas de clase media. No sé cómo lo hizo, porque yo no tenía conciencia de estar aprendiendo nada, pero a los tres años me había enseñado a leer y a contar. Ella debía de tener unos setenta, era el colmo de la dulzura y de la paciencia. Tenía buen humor, hacía bromas, cantaba canciones muy graciosas y tocaba el piano. Ejerció muchos años como maestra especializada en párvulos, Insistía mucho en que se dotase a las aulas de mobiliario adecuado, móvil, para poder adaptarlo según momentos del día y del año, variar la disposición de los peques para que no se cansasen por la rutina, dar la clase en el exterior si hacía buen tiempo.

La Montessori era solo un poco mayor que mi abuela Patrocinio Ojuel, se llevaban unos siete años, así que la yaya Patro fue muy pionera, debió de enterarse enseguida de esa renovación. La Montessori empezó a ser famosa hacia 1910, o cosa así. Lo que no sé es dónde conectó la abuela con esas enseñanzas. (Entrevista a Guillermo Fatás Cabeza. Por Juan Domínguez Lasierra)

De su familia

José Ojuel Vela (1848-1908) médico y propietario y Juana Pellejero (¿?-1906) tuvieron varias hijas: Encarnación (¿?-1955), Pilar (¿?-1958) y Patrocinio (1877-1961). En 1874, don José ejercía en el hospital del Burgo de Osma, pero en 1892, ya estaba instalado en Zaragoza en la calle Cerdán, 10.

Patrocinio se casó con Guillermo Fatás Montes (1869-1940), también maestro. Vivieron en la calle Ramón y Cajal, 38. Precisamente en la escuela de esa calle ella ya era directora de la Escuela de Párvulos en 1908, es decir, antes de que aparecieran los grupos escolares. Y su marido fue director del grupo Escolar Ramón y Cajal desde 1913 hasta 1919, que pasó a dirigir el Gascón y Marín. Su hijo Guillermo (1919-1989) fue un destacado fotógrafo y director de cine, que en 1967 se quedó incapacitado por una operación quirúrgica. Su hija María, en 1941, como única heredera en este derecho, solicitaba la fianza que su padre prestó para garantizar su cargo de habilitado. (Cfr. BO, 02/11/1941)

De su profesión

En 1895 obtuvo el título de maestra en la Escuela Central de Maestros de Madrid. Además, se formó en Nantes donde aprendió el método Motessori.

En 1897 aprobó las oposiciones y le adjudicaron una escuela de Zaragoza. Justo al año siguiente también llegó a Zaragoza el que después sería su marido. En 1900, con menos de dos años de servicios, había aprobado dos oposiciones y tenía varios votos laudatorios.

Directora de la Escuela Maternal de Zaragoza

Este centro se había creado en 1896 en la plaza de la Libertad, donde había escuelas de primera enseñanza. Muchas maestras de las escuelas municipales se ofrecieron a dar clases gratuitas. Eran estudios de dos años. Desde el principio se encargó de dar las clases de francés Patrocinio Ojuel. María Díaz se ocupó de la caligrafía y dibujo. D. Dehesa, maestra de escuela privada, daba Régimen, gobierno y economía de la familia. Y la maestra Avelina Roque, costura, remiendo y bordado.

La directora de la Escuela Maternal de Zaragoza, doña Patrocinio Ojuel nos remite la siguiente nota: Queda abierta la matrícula de esta escuela en los locales de la de párvulos de Ramón y Cajal, todos los días laborables de 10 a 12 hasta el 22 del actual. Podrán ingresar como alumnas las jóvenes mayores de 12 años que posean los conocimientos de la primera enseñanza.

La tendencia de este centro es procurar la cultura necesaria a toda mujer, y muy especialmente a las madres, para dirigir la educación y la instrucción de los niños de 2 a 6 años. Serán pues objeto preferente de estudio la higiene infantil y demás enseñanzas, ya teóricas, ya prácticas, relacionados con la vida de los niños. Al terminar estos estudios las alumnas tendrán derecho a solicitar de la administración un certificado de aptitud que justificará su competencia para dedicarse al cuidado de la infancia. (Cfr. La Voz de Aragón, 15/12/1931).

La cantina de la Escuela Maternal

Ojuel. Cantina. 1

Hoy queda clausurada la cantina de la escuela maternal que funciona en el grupo de Ramón y Cajal. Ha sido servida con esmerado cariño por la bondadosa maestra señora Cruz y bajo la dirección de la cultísima y competente directora, doña Patrocinio Ojuel.

No puede pasar desapercibida esta escuela maternal y debe ayudarse a su directora con locales a propósito para que pueda desarrollar con menos esfuerzo todo su afán y todos sus desvelos que, en unión de sus jóvenes maestras, manifiesta para el bien de estas tiernas criaturas que algunas no han cumplido los cuatro años. (Cfr. La Voz de Aragón, 01/07/1931)

En 1932 doña Patrocinio dejó de ser la directora de la Escuela Maternal, que pasó a depender del grupo Joaquín Costa. La nueva directora fue Carmen Mayayo Borbón que, a su vez, era la directora de graduada de niñas y de la escuela de párvulos del Costa. Pedro Arnal Cavero dirigía la graduada de niños.

Parvulario de Santa Isabel; Patrocinio Ojuel

En mayo del año 2019 se puso el nombre de Patrocinio Ojuel al parvulario del barrio de Santa Isabel que pertenece al grupo escolar Guillermo Fatás Montes.

Se aprovechó la celebración del cincuenta aniversario del grupo escolar para unir los nombres de Guillermo Fatás Montes y Patrocinio Ojuel Pellejero, que a principios del siglo XX estuvieron juntos en las escuelas de la calle Ramón y Cajal, Guillermo como director del grupo escolar y Patrocinio como directora del parvulario, hasta que el año 1919 Guillermo pasó a dirigir el Gascón y Marín.

¡Al fin, como al principio!

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Andresa Recarte y Amezqueta (Villafranca de Navarra, 1834-Madrid, 1923),

Doña Andresa Recarte, —Andresa, en habla de Aragón, como Miguela, solo aquí las hay—, figura un tanto apaisada por su mediana estatura, la falda amplia y el mantón poco ceñido de las señoras formales de su tiempo. Sentada producía la impresión y el respeto de una buena imagen de Santa Ana. Y hablando no desmerecía eso. (Cfr. Figuras zaragozanas. Por Juan Moneva y Puyol, 1932)

De su familia

Era hija de Esteban Recarte y Josefa Amezqueta. En 1875, durante la Tercera Guerra Carlista, su hermano Cándido y otros vecinos de Caparroso enviaron hilas para socorrer a los heridos. Era el año que Julio Lacambra, un reconocido carlista y  marido de Gregoria Brun, fue hecho prisionero.

Andresa Recarte casó con Santiago Díaz García (1844-1898) y establecieron su vivienda en la Plaza del Pueblo, 9, hoy Plaza del Carmen.

Ha fallecido en Zaragoza el digno empleado de la Diputación Provincial don Santiago Díaz y García esposo de nuestra distinguida amiga y compañera doña Andresa Recarte, regente de la escuela Normal de Maestras. Era auxiliar de contaduría y encargado del negociado de apremios. (Cfr. El Diario de Huesca, 21/07/1898. Y El Magisterio Español, 02/08/1898).

Andresa se jubiló el 8 de agosto de 1890. (Cfr. HMZ, La Consecuencia, 20/11/1891)

Con motivo de su defunción, el 13 de noviembre de 1923, el diario La provincia publicó una nota del Ayuntamiento de Zaragoza.

Recuerdo a una maestra. Pasado mañana se celebrará una misa en sufragio de doña Andresa Recarte, figura relevante del Magisterio zaragozano. El Ayuntamiento le dedica este recuerdo a tan benemérita maestra, a cuyo acto invitó  el alcalde a todos los profesores de Primera Enseñanza.

En 1896 su hija Luisa Díaz Recarte, natural de Villafranca (Navarra), aprobó las oposiciones en Zaragoza y fue nombrada maestra del patronato de beneficencia de Maquirriain. (Cfr. El Aralar, diario católico fuerista, 02/06/1896). En 1899 se trasladó a Escuela Normal Guadalajara y en 1900 a la de Guipúzcoa.

En 1912, su hijo Santiago Díaz Recarte era maestro de Tudela.

De su profesión

Obtuvo los títulos de Maestra Elemental y Superior en Pamplona. Comenzó de maestra en Falces y en 1876 estaba en Villafranca, su pueblo natal, cuando consiguió una plaza de maestra en Zaragoza. Ese mismo año, durante unos meses, sustituyó a Gregoria Brun Catarecha en el cargo de directora de la Escuela Normal.

En 1880 llegó a la escuela aneja de la Normal de Maestras de Zaragoza. En 1886 se presentó a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Zaragoza, pero las ganó Encarnación del Águila Sánchez.

Se han presentado a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, doña Andresa Recarte, doña María del Remedio Torroella Prats, doña María Diáz y doña Encarnación del Águila. (Cfr. La unión. Periódico de Primera Enseñanza, 28/03/1886).

Andresa fue regente de la escuela de prácticas de la Normal desde 1880 hasta su jubilación en 1904.

La regente de la escuela de prácticas, Andresa Recarte, era la única persona con una formación y unas prácticas calificadas de innovadoras. (Cfr. Agulló Díaz, Carmen y Molina Beneyto, Pilar: Antonia Maymón, anarquista, maestra naturista, 2014, Virus Editorial, p. 18)

Además de ser regente de las escuelas anejas, dirigía una escuela en su propia casa:

Hoy a las diez de la mañana habrá finalizado el primer ejercicio práctico de la escuela pública de niñas que dirige doña Andresa Recarte, situada en la plaza del Pueblo. (Cfr. La Crónica, Huesca, 29/09/1892)

En 1892, era la única mujer en la Junta de las Conferencias Pedagógicas que organizó la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza. Y su actuación fue muy aplaudida.

A las nueve y media disertará doña Andresa Recarte y, como es tan conocida y tan ilustrada maestra, puede asegurarse que la concurrencia será muy numerosa, no solo de profesores sino de las personas que se interesen por la educación de la niñez. La conferencia, que se referirá a las labores, llamará, sin duda alguna, la atención de las señoras. (Cfr. La Crónica, Huesca, 26/08/1892)

En 1898, el Ayuntamiento premió a Andresa Recarte Amezqueta, a don Marcelino López Ornat y a doña María Díaz Lizardi, tres maestros que se distinguieron por sus resultados en la enseñanza. Recibieron los premios en sus escuelas con la presencia de los alumnos.

De la escuela aneja Andresa Recarte al Colegio Recarte y Ornat

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El Colegio Recarte y Ornat se formó con la fusión de las dos escuelas anejas, en las que se hacían las prácticas de la Escuela de Magisterio. La escuela femenina se llamaba Andresa Recarte, que había sido regente. La escuela masculina se llamó Marcelino López Ornat (1848-1923), un maestro muy reconocido en la ciudad. Cuando se unificaron las dos escuelas anejas, conservaron los apellidos de estos dos maestros renovadores. Con el nuevo nombre se encubrieron las figuras de dos grandes figuras de la enseñanza zaragozana.

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En nuestro libro Paseos por la Zaragoza de las mujeres, damos cuenta de las maestras que han dejado alguna huella en nuestra ciudad. Allí y en La Zaragoza de las mujeres, recogemos once calles dedicadas a maestras. Están todas en los barrios, donde hasta fechas muy recientes seguían las escuelas unitarias. Es decir, todos los niveles en la misma aula y con un maestro o una maestras.

Con las placas de las calles los vecinos quisieron reconocer la labor de unas maestras que, además de enseñar a las niñas, dinamizaron la cultura y prepararon a muchas alumnas para que  pudieran acceder a estudios superiores.

A continuación, como un nuevo homenaje, las nombro a ellas y los barrios en los que están sus calles.

En el Actur, Pilar Cuartero Molinero. En el Arrabal, Matilde Sangüesa Castañosa, En Garrapinillos, Águeda Centenera Gómez. En Juslibol, Pilar Figueras Talamas y doña Manolita Marco Monge. En Montañana, María Teresa Giral Pérez, En Movera, Pilar Almenar Bases y Pilar Gea García. En el Picarral, María Sánchez Arbós. Y en Santa Isabel, Agustina Rodríguez Rodríguez y Avelina Tovar Andrade.

Este fenómeno no se repitió en el centro de la ciudad, donde en 1913 se pasó de las escuelas unitarias a las graduadas, es decir, se graduó la enseñanza.

En las unitarias los niños de todas las edades estaban juntos con un solo maestro o una sola maestra.  En las escuelas graduadas los alumnos, como ahora, se agrupaban por cursos o grados.

Había escuelas graduadas de niños, con un director, y escuelas graduadas de niñas, con una directora. Y comenzó la costumbre de bautizar a los grupos escolares con los nombres de los directores y de los hombres ilustres. Entre ellos, en cien años, solo siete directoras se han hecho un hueco en Zaragoza.

Eulogia Lafuente Querejeta, Rosa Arjó Pérez, Andresa Recarte.Amezqueta, María Díaz Lizardi, Ana Mayayo Salvo, Gloria Arenillas Galán y Patrocinio Ojuel Pellejero.

De esas siete, el nombre de María Díaz ha desaparecido. Y los de Eulogia Lafuente y Andresa Recarte están escondidos en su apellido. Es más, cuando nos referimos a los grupos Gómez Lafuente y Recarte y Ornat, muchos piensan que son los dos apellidos de un maestro.

El colegio de Rosa Arjó, a pesar de los avatares del edificio, mantiene su nombre.

La conclusión es demasiado evidente. Sabemos que el caso de Zaragoza no es único y que la enseñanza fue, y es, una profesión feminizada. Y que sobre las maestras pesó, y aún pesa, un grueso techo de cristal

Carmen Romeo Pemán

PS. La imagen principal: Patrocinio en la escuela de Párvulos Ramón y Cajal, la he tomado del Museo pedagógico de Aragón.