María del Socarrau

Nadie había cruzado nunca el umbral de casa el Socarrau. Si alguien les llevaba algún recado voceaba desde la calle y Nicolás se asomaba a la ventana. Ni siquiera dejó entrar a la partera el día que María malparió. A las pocas horas, Nicolás bajó a casa del carpintero y le contó que el niño había nacido muerto. Volvió con una caja, lo envolvió en una sábana blanca y lo metió dentro. Que la criatura era inocente, que no le había atado el ombligo porque no estaba muy seguro de que fuera su hijo. Qué él se pasaba la vida en el monte y, aunque cerraba la puerta, cualquier mozo podría haber subido por la ventana. Que María aún tenía las carnes prietas.

El carpintero se puso la caja en la cabeza y Nicolás lo siguió con la azada en una mano y la boina en la otra. María los despidió desde la ventana. Cuando llegaron al cerro de Santa Ana, cavaron una fosa junto a la pared del cementerio, que, como el recién nacido no estaba bautizado, no lo podían enterrar en sagrado.

Ese día María abandonó el lecho conyugal y se fue a dormir a la sala de las alcobas, la que reservaban para los huéspedes. Y, aunque Nicolás se lo rogara, no pensaba volver a la cama de matrimonio, que ella sabía que la pobre criatura se había desangrado por su culpa, y no se lo perdonaría nunca. Y que no le viniera con el cuento de que tenía urgencias de hombre, que no, que no lo pensaba complacer. Antes de acostarse, le rezó una oración a santa Librada, la patrona de los partos, para que sacara a su hijo del Limbo.

Se metió en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. Lo intentó varias veces. En cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, veía al niño que se apretaba la tripa con las manos para que no se le salieran los intestinos, y a su padre que lo perseguía con una hoz levantada. Con los gritos acudía Nicolás desde la otra punta de la casa.

—¡Joder, María! No me dejas pegar ojo. Mira a ver si te callas de una puta vez. No vaya a ser que también te tenga que cortar el ombligo con la navaja.

rayaaaaa

 Aún no habían pasado dos años de la muerte del niño, cuando un buen día oyó la voz de una vecina que la llamaba a gritos desde la calle:

—¡Maríaaaaaa, corre, baja! Han encontrado a tu marido muerto en el campo. Dicen que le ha dado un cólico miserere.

De repente, María se encontró viuda, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y empezó sacarse algún jornal lavando en río para los ricachones. Un día oyó que los del Ayuntamiento estaban buscaban alojamiento para la nueva maestra y se presentó a ofrecerles su casa. Salió contenta cuando le dijeron que sí y frotándose las manos pensó: “No me vendrán mal unas perrillas solo por tener una alcoba ocupada”.

rayaaaaa

A los pocos días llegó la nueva maestra, a lomos de una yegua blanca. A Pascuala, que así se llamaba, la acompañaba el alguacil, que la había ido a buscar a Ayerbe. Pascuala hizo todo el trayecto con la cabeza caída hacia un lado, como si estuviera dormida. Estaba tan nerviosa que no tenía ganas de hablar. Que una cosa era la ilusión de enseñar y otra lo que se podía encontrar en el pueblo. Que ya le había dicho su profesora de Pedagogía que tendría que enfrentarse con los caciques y con los hombres del pueblo que sus hijas fueran a la escuela. También le advirtió que tendría que ponerse de parte de las madres que no querían que las chicas se quedaran en casa, como ellas, a esperar un matrimonio sin amor y a llorar en silencio la muerte de muchos hijos recién nacidos. Y que anduviera con ojo, que era mejor quedarse soltera que caer en las redes de algún montaraz.

Como el viaje fue largo, le dio tiempo a hacer un repaso de su vida. No sabía muy bien adónde la llevaba su tozudez por enseñar y, cuando vio pueblo encima de una roca, pensó que era un lugar para almas solitarias y no para una chica joven y activa,. También pensó en el mundo que había dejado atrás y sintió una punzada en la boca del estómago. Se acordó del bullicio de su barrio de San Pablo de Zaragoza. En sus oídos todavía resonaban los gritos de los tenderos mezclados con el tañido de las campanas. Ella, que estaba hecha al bullicio de la ciudad, no sabía cómo iba a soportar aquel silencio. Pero  por nada del mudo se echaría atrás. Nunca más dependería de su tío.

—Bueno, pues ya estamos. —El alguacil le ayudó a descabalgar en la puerta del Ayuntamiento.

Allí estaba el alcalde esperándolos. La hizo pasar dentro. Después de la bienvenida, le dijo que se instalara en su nueva casa y que descansara un rato. Que por la tarde se verían en la reunión de la Junta de Enseñanza para darle la bienvenida. Que también asistirían los concejales y el médico, por eso de cuidar la salud en la escuela. Además, como estaba un poco solo, se pasaba a menudo a ver si podía echar una mano en algo.

Salieron del Ayuntamiento, el alguacil cogió los baúles y la acompañó hasta una casa con las paredes renegridas.

—Esta es la casa. En el pueblo todos la llamamos casa del Socarrau y, a la que va a ser su casera, señora María del Socarrau.

En la puerta los esperaba una vieja, con una toca negra anudada debajo de un moño. Al verlos, se adelantó a besar a Pascuala, pero antes se limpió las manos en un delantal parduzco que le tapaba unas sayas marrones de arpillera.

—¿Qué tal, señora maestra? ¡Bienvenida a mi casa! Ya le habrán dicho que vivo sola. Así que me vendrá muy bien su compañía.

Pascuala venció el asco, le acercó la mejilla y se dijo para sus adentros: “Más que compañía le harán falta los duros que le voy a pagar. Me parece que no tendremos muchas cosas que contarnos”. Cuando notó las babas de una boca desdentada, sintió que le bajaba un escalofrío por la espalda.

A continuación, subieron unas escaleras de piedra empinadas y llegaron a una cocina llena de humo en la que se adivinaba un hogar, rodeado por dos cadieras cubiertas con pieles de cabras. En la pared del fondo, junto a un ventanuco sin cristales, estaba la puerta que daba paso a una sala.

Antes de entrar, Pascuala se quedó un poco rezagada. Le entraron ganas de escaparse y bajar corriendo las escaleras. Carraspeó un poco, como si le molestara el humo en la garganta. En realidad se tragó las lágrimas y siguió a la señora María.

—Ninguna casa del pueblo tiene una sala tan limpia como esta —le comentó la señora María señalando las baldosas de cuadros que brillaban con el único rayo de sol que entraba por un ventanuco.

En la pared de la izquierda, como si fueran capillas de una iglesia, se abrían dos alcobas sin ventilación. Cada una estaba cerrada por una cortina de flores. Pascuala se asomó y en las dos encontró lo mismo. Una cama de hierro pegada contra la pared.

En el lado del cabecero, una estampa grande con la figura de un santo, un crucifijo, una mesilla con una palmatoria y una silla de anea. En los pies de la cama, una percha y una jofaina para lavarse las manos. Por debajo de las colchas de ganchillo se adivinaban las asas de los orinales. En la pared de la derecha, enfrente de las alcobas se alineaban los baúles de la casa en los que se guardaban los ajuares y las ropas de domingo.

Después de enseñarle la habitación, colocaron los baúles de Pascuala enfrente de su alcoba.

—¡Es la hora de comer! —exclamó la señora María, cuando oyó que el reloj de la torre daba la una.

—¿Tan pronto? —le preguntó Pascuala incorporándose.

—A esta hora comemos todos los del pueblo.

—Pues en Zaragoza a la una solo comen los obreros.

La señora María se mordió los labios y colocó bien recto el cuadro de santa Librada:

—Hoy la invitaré, pero ya sabe que en adelante tendrá que prepararse usted la comida, que yo por el día me saco un jornal lavando en el río. —le contestó con voz pausada.

Cuando se sentaron junto al fuego, Pascuala se ensimismó mirando las llamas y le volvieron más imágenes de su vida pasada. Se acordó de los días que había comido sola desde que se quedó huérfana. De las pocas caricias que recibió de su tío, el canónigo. De las noches que había pasado desvelada, contemplando los tapices bordados en oro fino que decoraban su habitación. De los reflejos de las velas que movían las carnes de un Eros juguetón. Se acordó de que todas las noches soñaba con las aventuras amorosas campestres del día que llegara a ser maestra de un pueblo.

—¿Qué le pasa? ¿Le ha dado algún mareo? —La señora María se acercó y le tocó la frente—. ¿No ve que ya tiene la sopa en la escudilla?

—Es que creo que estoy muy cansada del viaje. Se me pasará.

Mientras tomaban la sopa de ajo, la señora María le contó su vida. Y cuando notó que Pascuala se limpiaba una lágrima con el puño de la rebeca le dijo.

—Me da a mí que usted va a tener más suerte que yo con mi Nicolás, que en paz descanse. —Se santiguó—. Mire, hace poco que llegó un médico muy joven, don Valero Arbigosta se llama. Y lo veo todo el día buscando compañía por estos andurriales. Nunca se sabe.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. En el Pirineo a principios del siglo XX. Autor y lugar desconocidos. Publicada en Facebook por Lorién La Hoz.

María Moliner en Zaragoza

#InstitutoGoya

El sábado día 30 de marzo, María Moliner Ruiz cumplió 119 años. Fue una de las primeras alumnas del Instituto Goya, en ese momento llamado Instituto General y Técnico de Zaragoza, que durante mucho tiempo estuvo situado en la vieja Universidad de la Magdalena, un edificio hoy desaparecido.

Fachada de la Universidad

Fachada de la desaparecida Universidad de la Magdalena. En este complejo universitario estaba el Instituto de Zaragoza.  En 1933 se trasladó al edificio de los jesuitas y se llamó Instituto Goya. En 1936 estuvo un tiempo en la Escuela de Comercio y después volvió a la Magdalena. En 1959, el mismo día que el Hospital Miguel Servet, se inauguró el edificio tal y como se conserva en la avenida Goya, 45.

Movida por el honor de haber impartido clases en el instituto donde ella estuvo de alumna, quiero recordar sus andanzas por Zaragoza, y los homenajes que la ciudad le ha dedicado poniendo su nombre a edificios, organizaciones y calles. Así, María Moliner sigue presente, de forma habitual y natural, en la ciudad de su adolescencia.

María Moliner Ruiz. (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981). Lexicógrafa. Licenciada en Historia, archivera, bibliotecaria y una infatigable trabajadora de la lengua española. Era hija de Matilde y Enrique, un médico rural que en 1902 se trasladó a Almazán (Soria) y en 1904 a Madrid. En 1914 María regresó a Zaragoza.

Comenzó los estudios de bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, y se examinó, como alumna libre, en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (1910-1915). En 1915 pasó, también como alumna libre, al Instituto General y Técnico de Zaragoza. En 1917 figuraba como alumna oficial y en 1918 obtuvo el título. Fue una de las primeras alumnas que cursó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza.

María Moliner. Certificado

Como se aprecia en la foto de 1917, la que encabeza esta reseña, ese curso solo había seis alumnas, en la foto todas están junto al profesor don Miguel Allué Salvador —en 1917 era director don Pedro Marcolaín— . María Moliner lleva trenzas y está abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila—. Entre sus compañeros del Goya reconocemos a Luis Buñuel —arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila— y a Ramón J. Sender —abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila.

En 1921 obtuvo premio extraordinario en la licenciatura de Historia, en la Universidad De Zaragoza Unizar, que entonces tenía la sede en la Plaza de la Magdalena, en el mismo edificio que estaba el instituto.

Carnet del Goya

Carné de la Universidad de Zaragoza

Desde 1917 hasta 1921, María Moliner, además de cursar Historias en la Facultad de Filosofía y Letras, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva. Allí colaboró en la realización del Diccionario aragonés y adquirió un método de trabajo que después le resultaría muy útil para la redacción de su Diccionario.

En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y comenzó a trabajar en el archivo de Simancas. Desde 1924 hasta 1930 estuvo destinada en Murcia, donde conoció a Fernando Ramón Ferrando, un catedrático de Física, con quien se casó en 1925. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia. Allí nacieron sus dos hijos mayores: Enrique y Fernando. En 1930 se trasladaron a  Valencia, donde nacieron Carmen y Pedro.

Ya en Valencia, María, Fernando y otros matrimonios fundaron la Escuela Cossío, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, para educar a sus hijos de forma moderna y europea. Dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas y escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Realizó importantes aportaciones para la política bibliotecaria de la II República.

Al acabar la Guerra Civil fueron expedientados y degradados en el escalafón. Fernando perdió la cátedra y lo trasladaron a Murcia. Y a María la rebajaron dieciocho niveles en el escalafón y la destinaron al Archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 su marido fue rehabilitado y destinado a la Universidad de Salamanca. Finalmente, la familia se instaló en Madrid y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Desde 1951 hasta 1966, ella sola definió en español actual, con paciencia y con un método riguroso, una a una todas las palabras del diccionario de la Real Academia Española. Y otras que todavía no estaban admitidas.

El resultado fue el Diccionario de uso del español (1966), uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos de la lexicografía española del siglo XX, reeditado constantemente desde su publicación.

Marcapáginas

Un marcapáginas para libros

 

En 1972 no fue admitida en la Real Academia Española por su condición de mujer. María Moliner, trabajadora, inteligente y utópica, fue víctima de una sociedad que no era generosa con las mujeres.

Reconocimientos en Zaragoza

El antiguo camino de las Alcachoferas, en 1935 se llamó calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 hasta 1979 calle del General Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se le puso el nombre de María Moliner.

Mapa de la calle

En Zaragoza, también lleva su nombre la asociación de mujeres “María Moliner”, con sede en la calle Alcalde Burriel.

El logotipo de la Asociación de Mujeres María Moliner

Logotipo de la asociación

El instituto de educación secundaria María Moliner está en el Barrio Oliver.

Instituto de Edudación secundaria en el Barrio Oliver

Y los zaragozanos le han dedicado dos bibliotecas: la Biblioteca María Moliner del Campus Universitario de la plaza de San Francisco.

Biblioteca María Moliner

Biblioteca María Moliner en el Campus de la plaza de San Francisco de Zaragoza.

Y la Biblioteca Pública Municipal María Moliner, en la plaza de San Agustín.

Blblioteca Pública Municpal en la plaza de San Agustín

Biblioteca Pública María Moliner, en la plaza de San Agustín de Zaragoza.

 

Para terminar

Cinco catedráticas del Instituto Goya, Cristina Baselga Mantecón, Pilar Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez, y Gloria Álvarez Roche del Instituto Avempace, le hemos rendido nuestro homenaje en libros y charlas, y en una exposición sobre las Pioneras en la educación en Aragón. Por iniciativa de Pilar Fernández Llamas rescatamos su expediente del olvido, junto con los de otras alumnas. A María Moliner le hemos dedicado un espacio importante en dos libros: en La Zaragoza de las Mujeres. Callejero y en los Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Carmen Romeo Pemán

Goya Actual

Instituto Goya hoy

Cándida. Los agitados comienzos del feminismo en España

#demibauldelecturas

El viernes, 8 de febrero de 2019,  asistí en Facultad de Educación de Zaragoza al seminario, Las mujeres votan por la paz, que se inscribía en el proyecto europeo Programa Europa de la ciudadanía.

Lo convocaba La liga internacional de las mujeres por la paz y la libertad  (WILPF), con el apoyo del Observatorio de igualdad de la Universidad de Zaragoza.

En una de las sesiones se presentó el libro De Madrid a Ginebra. El feminismo español y el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, escrito por Isabel Lizarraga y Juan Aguilera.

En ese mismo acto tuve la oportunidad de presentar Cándida, la novela con la que Isabel da vida a todo el ambiente en el que se gestó el Congreso de Ginebra de 1919

El interés que me despertó la lectura, las palabras de su autora y la buena acogida entre el público me han animado a escribir este artículo con la intención de contagiaros mi entusiasmo.

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Cándida es la historia de una maestra riojana, cuyo periplo vital se teje con los convulsos orígenes del feminismo en España.

De su mano conocemos las trayectorias de la marquesa del Ter, de María Lejárraga, de María Espinosa y otras mujeres famosas entre 1918 y 1921.

Utiliza con gran acierto la ficción literaria para revivir unos entresijos históricos difíciles de contar. Con los trajines de los personajes, reales y ficticios, entendemos los bastidores en los que se fueron urdiendo los movimientos feministas.

Antes de la lectura, ¿quién recordaba a la marquesa del Ter, a María Lejárraga, a Celsia Regis, a María Espinosa, a Carmen de Burgos, a María de Echarri, a María de Lluria, a Magda Donato, a María de Maeztu, a Amparo Cebrián de Zulueta, a Benita Asas Monterola o a las hermanas Ana y Amalia Carvia? ¿Y quién conocía a Paulina Luisi, Mary Sheepshanks, Anna Wicksell, Carrie Chapman Catt, Chrystal MacMillan, importantes mujeres europeas relacionadas con Alianza Internacional por el Sufragio?

Cuando cerramos el libro, nos quedamos pegados a ese elenco de mujeres que brillaron en los salones, en las tertulias y en los despachos de Madrid y que a los pocos años cayeron en el olvido.

El título

Cándida es un título irónico.

Me llamo Cándida, Cándida Sanz Pedriza, se dijo en voz baja. Aún no hace frío en este día 15 de septiembre de 1918 y estoy sola en la estación del tren de Logroño.

Con este arranque novelesco, desde la primera página nos damos cuenta de que esa maestra, que está en la estación de Logroño esperando el tren de Madrid, no es ni ingenua ni inocente. Que abandona al novio y el ambiente provinciano para luchar contra una sociedad que considera injusta con sus escritos, como corresponsal del diario La Rioja, en la sección “Los Jueves de la Mujer”, que mantiene al día a las mujeres riojanas. Pero, a los pocos días de su estancia en Madrid, y de la mano de María Lejárraga, se involucra en las intrigas de los nuevos círculos feministas.

Cándida era el nombre de una abuela de Isabel Lizarraga, pero en la novela funciona como el espejo en el que se desdobla María Lejárraga. De esta forma, el personaje de ficción profundiza e inmortaliza a los personajes reales  Si conocemos estas referencias, la lectura adquiere una nueva dimensión.

Además, este título apunta a una intertextualidad con el de Cándido de Voltaire. En las dos novelas la objetividad histórica, respaldada por los datos documentales, es un potente recurso contra la intolerancia, el fanatismo y los abusos del poder.

El contenido novelesco: el argumento

En una trama simple en torno a las relaciones de Cándida y Beatriz, se engarzan todos los entresijos del naciente feminismo español.

Cándida, a sus veinticuatro años, decide cambiar el rumbo de su vida. Va a Madrid a sustituir a su antigua profesora de Magisterio, Pilar, actual corresponsal del diario La Rioja, que siente que su tiempo se ha acabado y quiere dejar paso a las nuevas generaciones. Cándida lleva en el bolsillo una carta de recomendación del párroco para María Lejárraga, quien la acoge como a una hija: le busca alojamiento y la introduce en los círculos en los que las ideas feministas están en plena efervescencia.

De esta forma, entra en contacto con las fundadoras de la Unión de Mujeres de España (UME), con las de la Asociación Nacional de Mujeres de España (ANME), con las de la Liga Española para el Progreso de la Mujer, la primera asociación feminista que se fundó en Valencia, en torno a la revista Redención y con las de la Alianza Internacional para el Sufragio (International Woman Suffrage Alliance), que publicaban la revista Ius Suffragii. Cándida conoce de primera mano a todas las feministas, con sus grandezas y sus miserias, con sus nobles aspiraciones y con las rencillas entre ellas.

En Madrid se hace amiga de Beatriz, la hija de Louisa Grapple de Modeiras, con quien vive momentos felices y atroces. Hasta se la lleva unos meses a Logroño para alejarla de un grave problema familiar.

Este primer regreso a Logroño va precedido de un interludio: el diario de la marquesa del Ter, la fundadora de la UME. Estas memorias son un remanso narrativo que amplía, en olas concéntricas, el contexto histórico, y siembra nuevos datos con los que aumenta la tensión de la trama.

Cuando Beatriz se repone, regresa a Madrid con Cándida, y se reencuentra con su novio Fermín, que le cuenta el verdadero motivo por el que se truncaron sus relaciones. Después, las dos amigas asisten al congreso de Ginebra. Al acabar, Beatriz se va a Londres y Cándida regresa a Logroño, donde sigue trabajando como maestra.

La acción narrativa termina en 1921, con una manifestación feminista organizada por María Lejárraga y la marquesa del Ter.

Y todo se acaba en un epílogo. Lo cuenta una cuidadora de Cándida, después de su muerte a los ciento cuatro años. Sintetiza el rumbo posterior de los acontecimientos, cierra las vidas de los personajes principales y explica las claves narrativas de todo el relato.

El feminismo

Es el tema central de la novela. Así se lo explicaba Isabel Lizarraga a Pilar Laura Mateo en una entrevista para el “Club de lectura Palabra de Mujer”, cuando publicó La canción de mi añoranza. Isabel Oyarzábal. Embajadora de la República:

Pilar Laura Mateo. Tus dos novelas son una exhaustiva investigación sobre la vida de mujeres intelectuales poco o nada reconocidas por la historia oficial. ¿Piensas que queda mucha historia por recuperar de las mujeres de este periodo?

Isabel Lizarraga. Indudablemente. Todas ellas han sido silenciadas por un doble motivo: por ser mujeres y por ser las perdedoras de una guerra que les arrebató todo aquello por lo que habían luchado. La historia oficial las ha ignorado tanto por motivos políticos (la gran mayoría tuvo que exiliarse) como por la secular negación y ocultamiento de la mujer a lo largo del tiempo.

P. LM. Las asociaciones de mujeres de principios del XX desplegaron mucha actividad pero obtuvieron pocos resultados. ¿Cuál crees que fue su error?

I. L. Las mujeres de principios del siglo XX hicieron todo lo que pudieron, pero tenían muchas cosas en su contra: las leyes, la costumbre, la falta de educación en relación con el hombre… El principal error que cometieron fue el de no ser capaces de aunar sus fuerzas en una asociación común a todas las mujeres que deseaban lo mismo.

P. LM. una cosa que quizá puede chocar a las lectoras/es de hoy, y es que casi todas estas mujeres pertenecían a las clases acomodadas, algunas incluso tenían título nobiliario, ¿cómo valoras esta cuestión?

I. L. Me parece normal que las pioneras pertenecieran a las clases acomodadas. Las mujeres pobres tenían suficiente con sobrevivir.

Para reclamar algunos derechos hace falta saber que existen (o que existen en otros lugares), saber leer, saber escribir, y tener tiempo y fuerzas como para luchar por ellos. El hecho simple de fundar una asociación donde reunirse requiere tener dinero para alquilar el local, para editar una simple hoja reivindicativa o revista o para prever cualquier actividad, y no hay que olvidar que en esa época las mujeres casadas ni siquiera tenían la potestad de gestionar su propio dinero.

P. LMEllas fundaron el Comité Nacional de Mujeres contra la guerra y el fascismo en vísperas de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué opinas de esto?

A mí me conmueve el hecho de que las mujeres de esa época se proclamasen pacifistas. Estaban horrorizadas por los efectos de la Primera Guerra Mundial y suponían ingenuamente que, si las mujeres llegaban a gobernar, serían capaces de evitar las guerras, ya que, siendo madres, no consentirían que sus hijos murieran en ellas.

El tempo lento

Hay novelas que respiran como gacelas y otras como ballenas, o como elefantes. (Umberto Eco, Apostillas al Nombre de la rosa).

Isabel, interesada por el trasfondo histórico, escribe una novela de respiración lenta. El lector se va recreando en el ambiente y en las noticias de los periódicos que la autora intercala con gran acierto y oportunidad en la trama. Nosotros, como don Ramón Cabrera, el marido de la marquesa del Ter, leemos sin prisa. De vez en cuando, volvemos a releer en voz alta y lo comentamos. Porque, en esta novela hay encerradas muchas horas con la prensa de principios de siglo. Y la prensa se comenta con los cercanos.

Este tempo lento se refleja en la estructura y en la aparente falta de proporción entre las partes narrativas. Pero todo está en función de la historia y de la trama, de las vivencias y de los acontecimientos

La disposición cronológica

Ocupa tres años de la larga vida de Cándida (San Millán, 1894-Logroño, 1998). Justo el tiempo en el que Beatriz entró en la vida de Cándida. La acción avanza en tres bloques temporales, pero no se corresponden exactamente con los años.

1919-1919. Crónica de un amanecer. Un amanecer lleno de anhelos y deseos, de titubeos y frustraciones. El nacimiento de la amistad entre las protagonistas coincide con el de los movimientos feministas y con la ruptura con sus novios.

1918-1920. El diario olvidado de la marquesa del Ter. Completa los acontecimientos de 1920 desde un nuevo punto de vista. Y progresa con una información muy detallada sobre el octavo Congreso de la Alianza, celebrado en Ginebra del 8 al 12 de junio de 1920.

1920. Fulgor opaco de mediodía. (marzo-junio). Es el desenlace novelesco, en tres tiempos y en tres lugares.

Las dos amigas se refugian en Logroño, después del desastre de la familia de Beatriz. Cuando Beatriz cumple veintitrés años se convierte en mayor de edad y vuelven a Madrid para arreglar los asuntos que quedaron pendientes. Finalmente,  llega la semana del Congreso de Ginebra y la separación de las amigas. Beatriz se va a Londres. La marquesa del Ter desaparece y se deja el diario en el hotel. María Lejárraga y Cándida regresan juntas a Madrid.

1921. La sonrisa triste. Encontramos a Cándida en el tren que va a Logroño donde de nuevo ejerce de maestra. Vuelve de Madrid, de una manifestación feminista que han organizado la marquesa de Ter y María Lejárraga. Sus aventuras madrileñas le han dejado un poso de tristeza.

1984-1998. Epílogo nocturno: cola de cometa. Los últimos años de Cándida en una residencia en Logroño.

El juego de narradoras

Todo lo ha contado una narradora omnisciente que conoció los hechos a través de los documentos que encontró y de lo que la propia Cándida le contó.

Día a día, con mi insistencia, conseguí rescatar una parte de ese pasado, y así he sabido que la Marquesa del Ter murió en Madrid en abril de 1936 y que su esposo, arruinado, la sobrevivió hasta 1940.

Que María Lejárraga fue abandonando paulatinamente su labor de escritora para comprometerse cada vez más en la vida política.

Que Carmen de Burgos conservó su carácter combativo y resuelto durante toda su vida: murió en octubre de 1932, mientras pronunciaba una conferencia en el Círculo Radical Socialista.

Que Clara Campoamor, después de distintos trabajos y oposiciones, comenzó los estudios de Derecho y se licenció a los 36 años.

De Consuelo González, la Celsia Regis de los años veinte, Cándida no sabía nada, y tampoco de Magda Donato.

Cándida apenas me quiso hablar de Beatriz, pero entre sus papeles leí que marchó a Londres, se casó y tuvo cuatro hijos. Nunca volvió a España. (P. 199 y ss.)

Esta narradora, encontró en el armario una caja en cuyo interior había:

Recortes de periódico apilados en un escrupuloso orden cronológico, cartas con fechas antiguas, un viejo diario de tapas gastadas con la letra de Cándida, un cuaderno de la Marquesa del Ter y, al fondo del todo, en testimonio nebuloso de lo que no pudo ser, una fotografía con la firma de un amigo. (P. 198).

Y de forma abierta confiesa cómo ha construido la novela.

La historia que antecede a estas páginas ha nacido de la revisión de los documentos que Cándida guardaba en su caja escondida, que muchas veces recojo en su forma textual, a partir de las noticias de los periódicos de la época y, especialmente, a partir de los manuscritos de su propio diario y del texto de la Marquesa del Ter. (P. 198).

Isabel ha bebido en fuentes clásicas para construir esta novela: ha reescrito desde un nuevo punto de vista el viejo tópico del manuscrito encontrado que tan famoso se hizo con El Quijote.

Una novela histórica

Está contada como una historia de vida y enmarcada con abundantes digresiones documentales. La atmósfera feminista es el cañamazo sobre el que se teje la vida de Cándida, el alter ego de María Lejárraga. Y todo sembrado con abundantes detalles del vivir cotidiano que le confieren la impresión de historia verdadera.

María Espinosa de los Monteros y Díaz de Santiago. Todo el mundo sabe que es la representante de la Casa Yost en España desde hace veinte años y que el Consejo de Instrucción Pública le concedió la Cruz de Alfonso XII. … con su traje negro ceñido con una banda en la cintura y la famosa Cruz en el pecho. También llevaba un collar de perlas y un moño bastante discreto. (P. 12).

Las páginas están salpicadas de juicios hechos desde una cercanía y un conocimiento profundo de los personajes.

La cocinera, adusta, miraba a Anita, con la toca de doncellita prendida sobre su pelo moreno, pensaba en la dueña de la casa, la Marquesa feminista, y en el fondo no comprendía nada de la vida moderna. (P. 19).

Para terminar

Isabel Lizarraga combina con acierto la documentación histórica con los elementos narrativos. En esta novela prima el docere, enseñar, sobre el delectare, deleitar, pero en ningún momento descuida los elementos literarios. Cándida cuenta los orígenes del feminismo en España de una manera hermosa y didáctica y se convierte en una referencia imprescindible para los estudios de los movimientos anteriores a 1921. Aquí están los moldes y patrones de comportamientos posteriores.

Antes de esta novela escribió un ensayo pensado para un público especializado. Con Cándida divulgó esas ideas y consiguió que muchos lectores vibraran con las aspiraciones de unos ideales feministas que todavía no se han cumplido.

Isabel Lizarraga es una escritora que se documenta exhaustivamente. Es una ávida lectora de periódicos de la época para reconstruir con fidelidad los hechos, los ambientes y los escenarios. En fin, es una escritora a la que le rebosa el saber por los poros de cada letra.

20190208. Isabel Lizarraga. Al iniciar la biografía

Isabel Lizarraga y Carmen Romeo visitando la exposición “Cien años de feminismo pacifista”. Zaragoza, Facultad de Educación, 8 de febrero de 2019.

Isabel Lizarraga (Tudela, 1958). Profesora, investigadora y escritora. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y en Derecho por la Universidad de La Rioja. Ha sido profesora del instituto de Teror, Gran Canaria, en el de Lodosa y en el Escultor Daniel de Logroño. Es autora de un gran número de publicaciones académicas, de abundantes relatos literarios y de cinco novelas. Su nombre va indisolublemente unido al de María Lejárraga a quien descubrió en varios estudios y a la que quiso inmortalizar en la novela Cándida. Esta unión viene reforzada por la paronomasia de los apellidos: Lejárraga-Lizárraga.

De su extensa producción destacaré algunas obras representativas.

Investigaciones académicas

María Lejárraga, pedagoga. Cuentos breves y otros textos, IER, Logroño, 2004. En colaboración con Juan Aguilera Sastre.

De Madrid a Ginebra. El feminismo español y el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, Icaria, Barcelona, 2010. En colaboración con Juan Aguilera Sastre.

Federico García Lorca y el teatro clásico. La versión escénica de la dama boba. Universidad de La Rioja, Logroño, 2009.

El derecho de rectificación, Aranzadi, Pamplona, 2005.

Textos de creación literaria

“Estos últimos tiempos he abandonado los estudios enjundiosos para probar con algo que me resulta mucho más divertido y me devuelve a los primeros años de amor sencillo por las letras: he comenzado a componer literatura de ficción”. (Autobiografía del blog literario de Isabel Lizarraga)

Novelas

  1. Escrito está en mi alma. Finalista del VII Concurso de Narrativa Femenina “Princesa Galiana”, del Ayuntamiento de Toledo.
  2. Cándida. Finalista del V “Premi Delta de narrativa escrita per dones”, en 2009. Publicada en Buscarini, Logroño, 2012. Reeditada en 2018.
  3. La canción de mi añoranza. Isabel Oyarzábal. Embajadora de la República. Siníndice, Logroño.
  4. La tierra era esto. Las aventuras de Austin y Amalíss. Ciencia ficción. Editorial Atlantis, Aranjuez.
  5. La escuela de la vida. Siníndice, Logroño.
  6. Pájaros de cuenta. La Cabaña del Loco, Zaragoza-Logroño,

Cuentos

Corazón loco, Asamblea de Mujeres y Ayuntamiento de Estella-Lizarra, 28 de noviembre de 2008 (edición no venal).

Escorzo en el aire, en La inauguración, Ayuntamiento de Logroño y Fundación Caja Rioja, Logroño, 2009.

Imago hominis, Ayuntamiento de Zaragoza, 2010 (edición no venal).

Había una vez…, en Cuentos con el mismo papel, Ayuntamiento de Logroño, 2010.

Venturoso viaje de vuelta, De Buena Fuente, 15 de julio de 2011,

Las letras y las voces, en Miradas y letras II en el Camino de la Lengua castellana, Fundación Camino de la Lengua Castellana, Logroño, 2011.

La rosa de los tiempos, en Antología de Ciencia Ficción 2099, edición de Miguel Ángel de Rus y Félix Díaz González, Madrid, Ediciones Irreverentes, 2012.

Mitad y mitad, igual a medio, en Cuando quieras mirar a las nubes, Miami USA, La Pereza Ediciones, 2013.

“El viejo factor”, en Turia, revista cultural, núm. 113-114, Teruel, Instituto de Estudios Turolenses, marzo-mayo de 2015, pp.72-79.

Premios Literarios

Este nuevo camino no le ha ido mal. Desde el año 2008 ha cosechado numerosos premios.

Premio del XII Certamen Literario “María de Maeztu” de Estella, en 2008. Con el cuento Corazón loco.

Premio del XIV concurso de Relatos “8 de marzo Día Internacional de la Mujer”, Ayuntamiento de Zaragoza, en 2010. Con Imago hominis.

Premio en el XXIV Premio de Narración Breve “De Buena Fuente” de Logroño, en 2011. Con Venturoso viaje de vuelta.

Carmen Romeo Pemán

A nuestros maestros. A los 26 que pasaron por El Frago

 

Y sigo dedicando mis desvelos a las Escuelas de El Frago, donde estudié desde los seis hasta los trece años, cuando mis padres estaban allí de maestros. Esas escuelas fueron mi casa desde que nací. Allí inicié mis primeros juegos y mis primeras travesuras. Allí recibí las semillas de lo que desarrollé en mi vida adulta. Siempre me sentiré en deuda con mis primeros amigos y con todas las gentes de El Frago.

Enfrente de la Escuela de Niñas estaba la de Niños, separada por un pasillo muy pequeño. Cuando la maestra se ausentaba, dejaba abiertas las puertas de las dos escuelas para que nos vigilara el maestro. A mí me parecía una clase muy grande, con los chicos en el lado que daba a Santa Ana, donde hoy funciona un bar de jóvenes, y las chicas en el de la plaza. A nosotras esos momentos nos gustaban mucho. Nos levantábamos a sacar punta a los lapiceros, a borrar la pizarra o a rellenar el tintero. Cualquier excusa era buena para conseguir que nos miraran los chicos. Entonces iba subiendo el murmullo en las dos escuelas hasta que oíamos el grito del maestro:

—¡Silenciooooo!

Esa voz potente nos amilanaba y nos quedábamos muy quietas con las risitas congeladas, esperando la hora del recreo para defendernos de los que nos habían acusado.

Desde mediados del siglo XIX hasta final de los años 60, El Frago tenía dos escuelas unitarias, una de niños, con un local propio, y otra de niñas, sin local. Las maestras daban sus clases en las habitaciones o las cocinas del pueblo que cada año alquilaba el Ayuntamiento. Todo cambió en 1928 cuando se inauguraron las Nuevas Escuelas. Las que fueron mi casa. Estas sí que tenían un local para los chicos y otro para las chicas. Y además viviendas para los maestros. Se hicieron en la época de don Bruno y doña Angelita, y se construyeron “a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Pero esta es otra historia, muy muy emotiva y muy larga.

En mi época, el maestro se encargaba de los chicos desde los seis hasta los catorce años. Y la maestra de las chicas. En los pueblos vecinos, si tenían menos de quinientos habitantes, una maestra se encargaba de una escuela mixta. Eso es lo que pasó unos años después, cuando se murió mi padre y se quedó mi madre con la escuela mixta.

Como toda la vida me ha picado el gusanillo de las Escuelas de El Frago, les he dedicado muchas horas de estudio. Consultando los archivos del Ayuntamiento, me enteré de que en 1838 ya teníamos una escuela dotada con 1.600 reales, pero no encontré el nombre del primer maestro hasta 1848. Y no me topé con ninguna maestra hasta 1874. Eso sí, me encontré con nombres de alumnos, y alumnas, que a los pocos años de haberse fundado la escuela ya tenían títulos de Magisterio. Eso me llevó a pensar que desde el principio también se daba clase a las niñas y que a lo mejor hubo una escuela parroquial anterior a la pública.

En otras ocasiones he rendido mi homenaje a las maestras. Hoy quiero completarlo con el de los maestros. Con todos los que, como ellas, entregaron lo mejor de sus vidas a los niños de El Frago. Además, ellos se implicaron en la vida cultural del pueblo. Unos ejercieron de secretarios, otros de concejales, y todos se ocuparon de las clases de adultos. Enseñaron a leer a los hombres cuando volvían del monte por las noches. Casi todos aprendieron a firmar y a llevar las cuentas de sus menguadas haciendas.

Manuel Marco, Felicia, Isabel...

Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1859–Biel, 1927). Fotografía cedida por la familia Marco.

Siglo XIX. Los comienzos de la escuela pública

1847-1872. José Sánchez Murillo. (Castiliscar, 1828–El Frago, 1872). El primer maestro. En 1855 ya era Secretario del Ayuntamiento. En 1871, cuando se inauguró el registro civil, se nombró secretario a Casiano Romeo Soteras. Pero José Sánchez, con residencia en la calle Mayor número 4, fue testigo de todas las actas de ese año.

Era hijo de Domingo Sánchez, labrador, y Manuela Murillo, naturales y vecinos de Castiliscar. Se casó con María Ardevines Boned (El Frago, 1840-Ídem, 1902), de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: Paulino, Generoso, Juliana y Vicenta. En septiembre de 1872 falleció su hija Vicenta (1868–1872) de tosferina y al poco tiempo don José fue víctima de una epidemia de tifus. En 1874, su viuda, María Ardevines se casó en segundas nupcias con el también viudo Valero Callau Beamonte (1843–1902), de cuyo matrimonio no quedó ningún hijo.

En El Frago se casaron sus hijos Generoso y Juliana. Generoso Sánchez Ardevines (1866- ¿?) con Luisa Laguarta Bonaluque (1879-¿?), hija de Juana Bonaluque Gállego (1850–1889), maestra que fue de El Frago. Y Juliana Sánchez Ardevines (1867-1925) con Silvestre Ara Cuartero (Lacasta, 1858 –El Frago, 1922).

1872-1872. Mariano Sánchez Barrio. (El Frago, 1851–Bayona, Francia, 1899). Estudió bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca y en 1872 ingresó en la Escuela Normal. Ese año, cuando falleció de forma inesperada don José, el Ayuntamiento lo contrató para que se ocupara de la escuela hasta final de curso.

Por la prensa de Madrid, sabemos que Mariano Sánchez Barrio llegó a ser un importante funcionario de Correos de Madrid. “Por la presente llamo y emplazo a Mariano Sánchez Barrio, natural de El Frago, provincia de Zaragoza, hijo de don Segundo y doña Ana, de 47 años, casado con Cristobalina Pueyo, oficial del Correo Central de Madrid. (Diario oficial de avisos de Madrid, 04/10/1898, p. 1). Al año siguiente el cónsul de España en Bayona comunicaba el fallecimiento del súbdito español Mariano Sánchez Barrio, empleado de Correos de Madrid y residente en Bayona desde el 14 de febrero de 1899.

1872-1877. Diego Laporta Soler. (Bailo, ¿?-¿?). Estaba casado con Inés Cervera,  la primera maestra que hasta ahora conocemos. Una de sus hijas que falleció en El Frago. Así lo recoge el registro civil: “A las 6 de la mañana del 9 de junio de 1876, ante don Serapio Les Giménez, juez municipal, y don Casiano Romeo Soteras, secretario, comparece Manuela Biescas, soltera, natural de El Frago, domiciliada en la calle de los Infantes 10, manifestando que Abelina Laporta Cervera, natural de Asín, provincia de Zaragoza, de cinco años de edad, domiciliada en El Frago, en la calle de los Infantes 18, falleció a las 4 de la mañana del día de ayer de una fiebre subsiguiente a la superación del sarampión. Que la finada era hija legítima de don Diego Laporta, natural del pueblo de Bailo, provincia de Huesca, y doña Inés Cervera, natural de Luesia, provincia de Zaragoza, mayores de edad, maestros de Instrucción Primaria de este pueblo”. Manuela Biescas (1857–1928), de casa Presijo, declaraba en su calidad de sirvienta.

Su hijo Miguel, (Triste, 1867-Jaca, 1885) falleció de gastroenteritis en el Seminario de Jaca, el año que cursaba cuarto de Teología.

1877-1879. Medardo Ros Vallés. (Benabarre, Huesca, 1856–Épila, 1915). Estudió en los Escolapios de Madrid y en 1874 obtuvo el título en la Escuela Normal de Huesca. En 1875 fue destinado a Fet, cerca de Benabarre, y en 1877 en Loscorrales (Huesca). Ese mismo año lo destinaron a El Frago y se alojó con su familia en casa del maestro Manuel Marco Bonaluque, en la calle Zaragoza, 1. Después ejerció en Mainar, Fuendetodos y en Plasencia de Jalón.

Estaba casado con Joaquina Lapuente Maza de Lizana (Apiés, Huesca, 1852–Lupiñén, 1941). Estando de maestro en El Frago nació y murió su hijo Pedro. Según consta en el registro civil era nieto por línea paterna de José Ros, natural de Latas (Huesca), y de Francisca Vallés de Benabarre (Huesca). Por línea materna de Guillermo Lapuente, de Arrudi (Francia) y de Nicolasa Maza de Lupiñén (Huesca). También nacieron de este matrimonio: Silvestre (¿?-¿?), Carmen (¿?-¿?), Medardo (Fuendetodos, 1882–1936) y Joaquín (1888–1945).

1879-1881. Manuel Marco Bonaluque

1926. Marco Bonaluque, Manuel

Manuel Marco Bonaluque con pajarita, en el centro, primera fila. Virgen de la Sierra, Biel, 1929. Fotografía cedida por la familia Marco.

(El Frago, 1859–Biel, 1927). Maestro y secretario del juzgado. Era hijo de Francisco Marco Ceballos (La Almolda, 1825-¿?) y Manuela Bonaluque Giménez (El Frago, 1830–Ídem. 1878), dueños de un comercio en la Calle Zaragoza, 1. Estudió Magisterio en la escuela Normal de Huesca. En 1878 compareció en el juzgado de El Frago para declarar la defunción de su madre: “Ante el juez don Sebastián Ángel y el secretario don Casiano Romeo Soteras, compareció Manuel Marco, hijo de la difunta, natural de El Frago, domiciliado en la calle Zaragoza 1, mayor de edad, soltero, maestro de instrucción primaria, e hizo la declaración en los siguientes términos: Manuela Bonaluque Giménez, de 47 años, estuvo casada con Francisco Marco, dedicado al comercio. Tuvieron tres hijos: Manuel, Elías y Elías, de los cuales fallecieron los dos últimos, viviendo el primero en compañía de su señor padre. Manuela era hija legítima de Juan Francisco Bonaluque natural de El Frago de y Bárbara Giménez, natural de Orés, domiciliados en El Frago.

En 1881 Manuel Marco obtuvo la plaza de la Escuela de Niños de Biel y en 1882 se casó con Isabel Sampietro Gállego (Biel, 1863–Ídem, 1938), hija de Juan Sampietro Torres (Sallent de Gállego, 1813–Huesca, 1899), maestro de Instrucción Pública, y de su segunda mujer Mariana Gállego Pétriz (Murillo de Gállego, 1836-¿?). Manuel e Isabel fueron los padres de Marino Marco Sampietro (1884–1927), casado con Delfina Bueno Garza (Agüero, ¿?–Alagón, 1953), maestra propietaria de la Escuela de Niñas de Biel. Su hija Isabel Marco Sampietro estudió Magisterio en Huesca.

1881-1883. Manuel Romeo Beamonte. (El Frago, 1863–Ídem, 1891). De casa Romeo, falleció de una herida en el pecho. Era hijo de Casiano Romeo Soteras (1828–1904), secretario del Ayuntamiento, y de Nicolasa Beamonte Larroy (1830–1892). En 1885 se casó con Carmen Les Biesa (1865-¿?), de casa Juan de Les, de cuyo matrimonio tuvieron dos hijas, Amadea (1886-¿?) y María de los Milagros Baltasara (1889-¿?). En 1881 el Ayuntamiento contrató a este “instructor no titulado”, porque no se cubrió la vacante que dejó Manuel Marco Bonaluque y porque no había ningún maestro ni ningún estudiante de Magisterio en el pueblo a los que se les pudiera conceder un certificado de aptitud.

1883-1910. Pedro Uhalte Alegre. (Villarreal de la Canal, Huesca, 1851–Petilla de Aragón, 1917). Este hijo de Gabriel Uhalte, de Transvillar (Francia), de profesión carpintero, y de Joaquina Alegre de Martes (Huesca), en 1877 obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca.

Desde 1872 hasta 1880 fue maestro, con certificado de aptitud, de las escuela “incompletas” de Mojones (Huesca) y Cubel (Zaragoza). En ese momento los pueblos de menos de 500 habitantes tenían escuelas llamadas “incompletas” a cargo de un maestro con un certificado de aptitud, que solía otorgar el municipio. El aspirante se había formado como “pasante” de otro maestro. Las escuelas denominadas “completas”, a cargo de un maestro titulado por una escuela Normal, eran obligatorias en los pueblos de más de 500 habitantes. La ley de 1857 recomendaba que todas las escuelas incompletas se transformaran en completas. En 1880, la escuela incompleta de Cubel ascendió a completa y se hizo cargo Pedro Uhalte, que en esa fecha ya tenía el título de Maestro Elemental por la Escuela Normal de Huesca. En 1883 llegó a El Frago por concurso y en 1910 se fue a Petilla de Aragón (Navarra), también por concurso.

Según consta en su hoja de servicios, en los veintisiete años de maestro de El Frago lo felicitó la Inspección en dos ocasiones por la educación que daba a sus alumnos y la Junta Local le otorgó tres premios: uno el cinco de junio de 1885, otro el 6 de marzo de 1886 y otro el 8 de junio de 1890.

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Examen de Caligrafía. Archivo Histórico de Huesca.

Estaba casado con Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, ca. 1939), también maestra de El Frago, vivían en el local de la ruinosa Escuela de los Niños y participaron activamente en la vida del pueblo. Dieron clases de repaso, prepararon a muchos de sus alumnos para que salieran a estudiar fuera. Don Pedro, además, se ocupó de la Secretaría del Ayuntamiento en varias ocasiones. Y formó como secretario a su antiguo alumno, Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874–Bata, Guinea, 1952).

De su matrimonio con Simona nacieron tres hijos: María Teresa (Villarreal 1874–Sádaba, 1918), en 1897 obtuvo el título de Magisterio en Huesca y en 1899 se casó con Bonifacio Guillén Luna, (El Frago, 1975-¿?) de casa Pichón. Pedro (El Frago, 1884–Petilla de Aragón, Navarra, 1951), practicante, casado con Juana Arilla Aguas. Y María Esperanza (El Frago, 1888–Ídem, 1889), que falleció a los seis meses de una gastroenteritis.

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Escuelas Nuevas de El Frago. Foto de Bruno Gracia Sieso, 1929.

Siglo XX. Hasta 1936: las Escuelas Nuevas

1910-1910. Perfecto Cárdena. Este maestro interino cubrió la vacante que dejó don Pedro Uhalte. En 1912 estaba el las listas de las oposiciones de Valencia.

1910-1924. Manuel Olivares Muñoz: primera etapa fragolina. (Pobeda de la Obispalía, Cuenca, 1888–El Frago, 1950). Fue maestro de El Frago en dos ocasiones: interino (1910-1924) y propietario (1944–1950). Estudió Magisterio Elemental en Cuenca. Estuvo destinado en Rosalén del Monte (Cuenca) y en Abanades (Guadalajara). Se casó con Inocencia Romeo Alvarado (El Frago, 1882–Ídem, 1963), viuda, y no tuvieron hijos. Vivían en la Plaza, en la casa que actualmente ocupa el bar “4 Reyes”. En 1950, estando en activo, falleció de un infarto.

En 1910 llegó a El Frago donde, además de su labor docente, desarrolló una intensa activad pública. Desde 1912 hasta 1914 fue recaudador de contribuciones, en cuyo cargo le sucedió su padre, Eusebio Olivares Muñoz de las Heras (Belmontejo, Cuenca-El Frago, 1916), viudo de Eusebia Muñoz. Entre 1913 y 1915 fundó la Mutualidad Escolar “La Fragolina”. En 1918 fue elegido concejal, siendo alcalde Segundo Romeo Navarro. En 1924 aprobó las oposiciones y fue destinado a Córdoba.

En 1933, cuando salió a concurso la escuela de El Frago, quiso volver, pero le pisó la plaza Francisco Celma. En 1944 consiguió regresar y en 1945 fundó el Coto Escolar “Guion”, en el paraje de La Fuente.

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Segunda etapa de Manuel Olivares en El Frago. En 1948, en la puerta del Coto Escolar con un grupo de alumnos. Foto de Gregorio Romeo Berges.

1924-1925. Constantino Cristóbal Rabinal. (Mozota, 1896–Uncastillo, 1936). Estuvo de interino un año. Después ejerció en varios pueblos hasta que llegó a Uncastillo, donde fue nombrado director de la Escuela Graduada en 1935. Su nombre figura entre los maestros afiliados a la UGT fusilados en 1936.

1925-1931. Bruno Gracia Sieso.

55. 1929. Niños

Bruno Gracia Sieso con sus alumnos de El Frago, 1929.

(Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1962). Maestro y escritor. En 1925 llegó a El Frago por derecho de consorte. Entre 1926 y 1928, con permiso del Gobierno Civil y de la Inspección de Primera Enseñanza, él y su mujer abandonaron la escuela porque no encontraron vivienda en el pueblo y porque los locales en los que tenía que dar clase amenazaban ruina. Volvió en 1928, cuando las Nuevas Escuelas estaban a punto de terminarse. Y siguió hasta 1931, año en que se trasladó a Ronda (Málaga). En 1930, siendo maestro de El Frago, recibió un premio nacional por su labor educativa. Fue un escritor reconocido entre los costumbristas aragoneses de la época. Junto con Gil Losilla fundó la “Novela de viajes aragonesa”. De su etapa fragolina son muy interesantes los artículos sobre educación y las estampas fragolinas.

1926-1928. Benjamín Biescas Guillén. (El Frago, 1874–Bata, Guinea Ecuatorial, 1951). Secretario del Ayuntamiento desde 1901 hasta 1936. Había estudiado Magisterio y sustituyó a Bruno Gracia Sieso, desde 1926 hasta 1928, cuando tuvo que abandonar el pueblo.

Era hijo de Mariano Biescas Asín y Gregoria Guillén Casabona. En la escuela de El Frago fue alumno de Manuel Marco, Manuel Romeo y Pedro Uhalte, que lo preparó para su ingreso de Magisterio. Se casó en Zaragoza con Elisa Carrascón, en 1900, y se establecieron de comerciantes en El Frago, porque no encontraba trabajo de maestro. Durante sus años de Secretario del Ayuntamiento firmaba con la siguiente coletilla: “de profesión Maestro de Primera Enseñanza y de oficio Secretario”. En El Frago nacieron todos sus hijos, Guadalupe (El Frago, 1902–Ídem, 1902), Gregorio (El Frago, 1904–Ídem, 1907), Clara Alicia (El Frago, 1905-Luna, 1991), Valeriana (El Frago, 1907– Zaragoza, 1980), y Segundo Benjamín (El Frago, 1911–Ídem, 1912).

Desde 1899 hasta 1936 dio repasos en su casa, enseñó a leer a los adultos y preparó a los alumnos que querían salir a estudiar. Dada su quebrantada salud, tuvo varias licencias por enfermedad en las que siempre dejó un sustituto pagado de su propio sueldo. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid por motivos de salud, y no pudo regresar “hasta la completa liberación de España”, por cuyo motivo le fue incoado un expediente y no le permitieron volver a ocupar la Secretaría de El Frago. En 1939, desde su residencia accidental en Guaro (Málaga) solicitaba la jubilación por “una anemia cerebral que lo incapacitaba para el ejercicio de su profesión”. Sobre 1950 llegó a Bata acompañado de su hija Valeriana y con sus cuatro nietos, Juan, Luis, Pilar y Elisa. Murió en Bata, donde su yerno Juan Sánchez Mariscal era el Secretario del Ayuntamiento. En 1957 el Ayuntamiento de El Frago le concedió a su viuda una pensión de viudedad de trescientas pesetas al mes.

1931-1933. Gonzalo López García.

Gonzalo López García

Gonzalo López García (Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Foto de Gregorio Romeo Berges, 1932.

(Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Soria. Estando en El Frago aprobó los cursillos de 1933 y lo destinaron a Caspe.

En 1933, participó en el homenaje a la vejez. Ocupaban la presidencia del acto el alcalde, el juez municipal, el cura párroco y los maestros de las respectivas escuelas con el Ayuntamiento en pleno. Los niños de las escuelas entonaron el himno de Riego y los himnos Ama a los viejos, La legión, En ruta por la vida, La mariposa y la flor y A trabajar. La maestra Raimunda Casabón pronunció el discurso Amemos a los viejos y el maestro Gonzalo López García, Los viejos y el asilo. Varias niñas de la escuela representaron el sainete La Pordiosera, y cierto número de niños el sainete La flauta mágica. Después de los discursos de las autoridades, para terminar, los niños de las escuelas entonaron nuevamente el himno de Riego. (La Voz de Aragón, 1 de junio de 1933).

1932-1932. Gregorio Romeo Berges.

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Gregorio Romeo Berges, 1931.Saliendo de clase. Zaragoza. Plaza de la Magdalena.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969). Estudiante en prácticas, sustituyó a Gonzalo López García en una baja por una larga enfermedad. Esta interinidad nunca constó en su hoja de servicios, pero la inspección la hizo constar en un certificado. Fue maestro propietario de El Frago desde 1951 hasta 1969.

1933-1936. Francisco Celma Felipe. (Brieva de Cameros, Logroño, 1905-Zaragoza, 1936). Era hijo de Joaquín Celma Giner, también maestro, y de Patrocinio Felipe. Comenzó los estudios a los quince años, cuando todavía regía el plan de 1914 y aprobó las oposiciones en 1930. En 1931 fue nombrado propietario provisional de Cenzano (Logroño), y en 1933 llegó a El Frago por traslado. Estaba casado con Juanita Gracia del Río, natural de Calatayud, y tuvieron tres hijos, Joaquín (Cenzano, 1932), María Pilar (El Frago, 1934), cuya madrina de bautismo fue la maestra Ángela Romeo Idoipe, y Blanca Fe (El Frago, 1935), a quien también amadrinó otra maestra: Isabel Peribañez Sánchez.

Colaboró con el Ayuntamiento del Frente Popular y con la UGT. Estaba bien integrado en el pueblo y tenía bunas relaciones con todo el mundo: “Las fiestas acabaron con un banquete en la “Peña de Amigos”, compuesta por el médico, Bernardino Pérez, el cura párroco, don Teodoro Jiménez Coli, el maestro nacional, don Francisco Celma Felipe, el secretario del Ayuntamiento, don Felipe Soria Ransanz y otros jóvenes entusiastas” (La Voz de Aragón, 11 de octubre de 1933). Cuando estalló la Guerra Civil desapareció de El Frago. Unos meses más tarde fue fusilado en su casa de Zaragoza, en la calle Borao número 8.

La Guerra Civil: sin maestros

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1936-1936. Restituto Ara Romeo. (El Frago, 1893–Ídem, 1960). Practicante y barbero, domiciliado en la calle Infantes 18. Era hijo de Juan Ara Cuartero (Lacasta, 1843–El Frago, 1922) y de su segunda mujer Pascuala Romeo Ardevines (1850 – 1942). Se casó con Josefa Morlans Tolosana (1889-1967).

El Ayuntamiento lo contrató como “instructor no titulado” para sustituir a don Francisco Celma Felipe. “Habiendo quedado vacante la escuela, se acuerda que don Restituto Ara Romeo, como practicante titular, se haga cargo provisionalmente de la Escuela de Niños, hasta tanto sea promovida por el rectorado universitario de forma legal” (Acta del Ayuntamiento, 14/11/1936. Archivo Municipal de El Frago)

1936-1938. Ángela Sarasa Lasierra. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1908–Zaragoza, 1991). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1938-1943. Ángela Falo Piazuelo. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1914-¿?). Acabó los estudios de Magisterio en 1933 en Zaragoza. Fue nombrada maestra de El Frago para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1941-1941. Mecedes Laguarta Dieste. (El Frago, 1921–Valencia, 2009). Realizó sustituciones en la escuela de las chicas y en la de los chicos.

13. 1951-Exposición productos

Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-Ídem, 1969) con sus alumnos en una exposición de productos del huerto escolar en el Fosal, en 1953.

Después de la Guerra Civil: vuelven los maestros

1942-1943. Félix Armendáriz Virto. (Corella, 1916–Ídem, 1997). Hijo de Jesús Armendáriz Arrivillaga y de Josefina Virto. En 1943 se fue por traslado a Corella, donde se jubiló.

1943-1944. Luis Alós Falcón. Solo estuvo unos meses, porque ese año el concurso de traslado se resolvió en diciembre

1944-1950. Manuel Olivares Muñoz: segunda etapa fragolina.

1950-1951. Bonifacio Gómez Barrio. Estuvo unos meses y fue cesado por haber sido nombrado para otra escuela de la provincia de Segovia.

1951-1951. Diego José Lorenzo Germán. Estuvo unos meses de propietario provisional.

1951-1951. Mariano Marco Gota. (Alcubierre, Huesca, 1911–Huesca, 1978). Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Candelaria Palacio Domec y tuvieron dos hijos, Antonio y Jaime.

1951-1969. Gregorio Romeo Berges.

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1967. Excursión escolar a Ordesa. Gregorio Romeo Berges con un grupo de alumnos de El Frago.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969) El último maestro propietario. Estuvo un año de sustituto (1932), y dieciocho como propietario (1951–1969). Era hijo de Francisco Romeo Palacio (1855-1926) y de Antonia Berges Beamonte (1885–1950). Estudió Magisterio en Zaragoza (1929–1933) y aprobó las oposiciones de 1941. Fue maestro interino de El Frago (1932), Fuentes de Ebro (1937) y Biel (1938–1940). Propietario provisional de Biel (1940 –1943) y propietario definitivo de las escuelas graduadas de Ejea de los Caballeros (1943–1945), de la de niños de Erla (1946–1950) y de la de El Frago (1951–1969).

En 1943 se había casado con Asunción Pemán Marco en Biel, donde ambos estaban en propiedad provisional. Tuvieron dos hijas: Concepción “Maruja” (Ejea de los Caballeros, 1944) y Carmen (El Frago, 1948). En 1969, con la emigración a la ciudad, se estaban vaciando las escuelas y, a su muerte, la escuela de El Frago se convirtió en mixta.

Desde 1969 hasta 1990. Solo maestras

La Escuela Mixta y la Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza fueron las dos últimas etapas de una escuela que agonizaba y que estaba a cargo de maestras. Pero encontramos dos excepciones: un maestro sustituto de Nieves Escartín y otro nombrado para la guardería.

1978-1979. Alfonso Ortiz Herrera. De la etapa de la Escuela Mixta. Sustituyó a Nieves Escartín desde octubre de 1978 hasta febrero de 1979.

1985-1987. Antonio Berdor Bailo. El único maestro de Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza. Estuvo tres meses en el curso 1985–86 y todo el curso 1986 –1987.

Para terminar

Algunas maestras y maestros echaron raíces, se implicaron en la vida del pueblo, consiguieron erradicar el analfabetismo y lograron que las gentes valoraran la enseñanza como un bien muy preciado.

José Sánchez Murillo, el primer maestro que conocemos, llegó como propietario en 1847, se casó con María Ardevines y ejerció veinticinco años, hasta que se lo llevó una epidemia de tifus en 1872. Gregorio Romeo Berges, el último propietario, estuvo diecinueve años, y también se lo llevó un accidente casual en 1969. José y Gregorio, el primero y el último, son dos de los veintiséis eslabones de esta cadena de relevos que duró ciento veintidós años.

Pedro Uhalte vivió veintisiete años en El Frago. Entre 1883 y 1910, preparó a muchos alumnos para que salieran a estudiar fuera. En sus clases de repaso consiguió que casi todos los hombres de El Frago aprendieran a firmar. Después recogió el testigo su alumno Benjamín Biescas, el gran protector de la cultura fragolina.

La década dorada de los años 20: Ángela García Alegre y Bruno Gracia Sieso. Este matrimonio de maestros-escritores estimuló la cultura y consiguió que se levantara un edificio escolar con dos escuelas y viviendas para los maestros. Todo el pueblo colaboró en este proyecto, unos con su trabajos y otros con sus ahorros. De la mano de estos maestros salió una generación de licenciados fragolinos.

Durante la Guerra Civil, con el maestro titular fusilado y sin maestros disponibles, porque unos habían muerto y otros estaban en el frente, el rector, que era el encargado de la Educación Primaria, recurrió a Restituto Ara, una persona del pueblo no titulada. Y luego, de forma excepcional, nombró maestras para cubrir las vacantes de la Escuela de Niños.

En la posguerra, dos maestros recuperaron el pulso. Los seis años de Manuel Olivares, casado con la fragolina Inocencia Romeo, y los dieciocho de Gregorio Romeo, natural de El Frago, dieron como fruto una nutrida generación de titulados universitarios.

Los años de la escuela mixta coincidieron con el momento en que los pueblos de España se estaban vaciando del todo. Y esa fue la razón por la que se cerró una escuela que se había levantado y mantenido con tanto esfuerzo y entusiasmo. Sirvan estas líneas para que nunca muera del todo.

Camen Romeo Pemán

Imagen principal. 1929. Bruno Gracia Sieso en la Escuela de Niños de El Frago.

Presentación libro

A todas las maestras. A las treinta y cinco que pasaron por El Frago

 

 

falo-piazuelo-angelita.-1932

Hace tiempo que dedico mis afanes a las “Escuelas de El Frago”, donde aprendí las primeras letras y donde recogí las semillas de casi todo lo que he llegado a ser de mayor. Entonces El Frago tenía dos escuelas unitarias. Una de niños y otra de niñas. Un maestro se encargaba de los chicos desde los seis hasta los catorce años. Y una maestra, de las niñas. En los pueblos más pequeños, por debajo de quinientos habitantes, había una sola escuela mixta, regentada por una maestra.

Como muchas hijas de maestras, tuve la suerte de ir a la escuela de mi madre. Ella fue mi primera y mi única maestra desde los seis hasta los trece años, que me llevaron a estudiar a un colegio de monjas a la ciudad. En ese difícil equilibrio de madre y maestra, me transmitió el rigor en el estudio, el amor por la enseñanza y la pasión por la lectura y la escritura, que me han acompañado siempre. Y supo hacerlo con mis compañeras de pupitre.

Mi caso, como el de Lázaro de Tormes, es solo para que “vuesas mercedes” lo conozcan  como ejemplo de lo que entonces era moneda común en las escuelas rurales. Mi madre fue solo un eslabón de una larga cadena. Antes y después, otras maestras entregaron lo mejor de sus vidas a las niñas de muchos “fragos” repartidos por la España Vacía. A todas ellas les rindo este homenaje. Y lo hago recuperando los nombres y las biografías de las treinta y cinco que pasaron por las aulas fragolinas en ciento dieciséis años, desde 1874 hasta que en 1990 se cerraron sus puertas para siempre.

Muchas escuelas públicas se crearon en 1838, pero la enseñanza de las niñas tardó en regularizarse. Las maestras llegaron más tarde que los maestros. En 1848 ya conocemos el nombre del primer maestro fragolino, José Sánchez. Pero hasta 1874 no aparece ninguna maestra.

Siglo XIX

Inés Cervera: 1874-1877. Natural de Luesia, se trasladó desde Asín a El Frago, donde ya estaba su marido, Diego Laporta. Le ofrecieron un buen sueldo, la vivienda y las “retribuciones de los niños no pobres”, es decir, lo que se acordaba cada año que tenían que  pagar los hijos de las familias más acomodadas por ir a la escuela. Hasta 1901, los ayuntamientos pagaron los sueldos, que estaban relacionados con el número de habitantes. Y cobraba más el maestro que la maestra. En 1874 la escuela de niños estaba dotada con 625 pesetas y la de niñas con 442. A los dos años de estar en El Frago murió su hija Avelina, de cinco años, que había nacido en Asín. Su hija Juana, natural de Ejea de los Caballeros, estudió Magisterio en Huesca.

Juana Bonaluque Gállego: 1877–1881. (El Frago, 1850–Ídem. 1889). Estudió Magisterio en Huesca. Juana, Bárbara, Justa y Ramona eran hijas de Martín Bonaluque Giménez y de María Gállego Pérez, natural de Santa Eulalia de Gállego. Y primas hermanas de Manuel Marco Bonaluque, maestro de Biel. Se casó con el fragolino Florentino Laguarta Ardevines, labrador, y tuvieron cinco hijos: Sebastián, Carlos, Luisa, Juan y Estanislada. Su hija Luisa se casó con Generoso Sánchez Ardevines, hijo de José Sánchez, el primer maestro cuyo nombre conocemos.

Leonor Herrero Alvira: 1881–1883. (Fustiñana, 1859-¿?). Era hija de Domingo y Concepción. Estuvo de interina hasta que Simona Paúles ocupó la plaza por oposición. Embid de Ariza, Biurrun, (Navarra) y  Larrasoaña (Navarra) fueron algunos de sus destinos posteriores.

Simona Paúles Bescós: 1883–1913.

Simona. Solicita permiso para ejercer-2

Archivo Provincial de Huesca. Escuela Normal de Maestras.

(Aísa, Huesca, 1849-Petilla, Navarra, ca. 1939). Esta hija de Romualdo y Jacinta obtuvo el título de Magisterio en Huesca en 1870 y en 1883 llegó a El Frago de maestra titular, junto con su marido Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1851–Petilla, Navarra, ¿?), también maestro, y vivieron en el local de la ruinosa Escuela de Niños. En esos años no había local para las niñas ni viviendas para los maestros. Y era difícil encontrar casas de alquiler en un pueblo en el que las casas tenían que ser compartidas por varias familias.

Doña Simona se jubiló en El Frago en 1913 y se fue a Petilla donde estaban su marido, desde 1910, y su hijo Pedro de practicante.   Así me cuenta José Antonio Hualte Sevilla el final de su bisabuela: “Vivió muchos años en Petilla y murió antes de la guerra. Compró algunas tierras para sus hijos y a veces bajaba a Sádaba en caballería”.

En los treinta años que estuvo en El Frago, ella y su marido prepararon a muchos de sus alumnos para que salieran a estudiar y dieron clases de repaso a los adultos. En la primera etapa de la escolarización del pueblo, lograron una estabilidad y una continuidad educativas que favorecieron la disminución del analfabetismo. Por ejemplo, mi propia abuela tenía una letra primorosa –con faltas de ortografía, claro, y llevaba las cuentas de su casa en sus “Cuadernos para Apuntaciones”. Todo se lo había enseñado doña Simona.

Tuvieron tres hijos: María Teresa (Villarreal 1874–Sádaba, 1918), maestra, casada con Bonifacio Guillén Luna. Pedro (El Frago, 1884–Petilla de Aragón, Navarra, 1950), practicante. Y María Esperanza (El Frago, 1888–Ídem, 1889), que falleció de una gastroenteritis cuando solo tenía seis meses.

Siglo XX. Hasta 1936

Teresa Lacueva Gresa: 1913–1913. Estudió Magisterio en Teruel. Su primer trabajo consistió en cubrir la vacante que quedó en El Frago por la jubilación de Simona Paúles.

Felisa Medina Pérez: 1913–1917. (1846-¿?). Esta maestra de Guadalajara pasó a depender del rectorado de Zaragoza en 1908, cuando la destinaron a Villar de los Navarros en esta provincia. Llegó a El Frago por traslado, donde se jubiló.

Ignacia Brígida Lazcano Torres: 1917–1918. (Matute, Logroño, 1878-¿?). Estudió Magisterio en Huesca. Llegó por traslado, procedente de Torrente de Cinca (Huesca) y, también por traslado, se fue a Viniegra de Abajo (Logroño). Protestó enérgicamente cuando se encontró con problemas de alojamiento y sin local para la escuela. Consiguió que el Ayuntamiento alquilara una casa en la que vivía y en cuya cocina daba las clases.

1921-Escuela de El Frago

Ángela García Alegre con sus alumnas

Ángela García Alegre: 1918–1930. (Zaragoza, 1894–Ronda, Málaga, 1971). En 1918 aprobó las oposciones en Huesca. Estuvo un año en expectativa de destino y en 1919 le dieron en propiedad la Escuela de Niñas de El Frago. Cuando llegó no salía de su asombro. Como el Ayuntamiento no tenía un local para las niñas, le acondicionaron la Herrería Vieja, que todavía conservaba la fragua y las paredes llenas de hollín. Se negó a entrar y abandonó el pueblo. El Gobernador Civil le puso una multa de 250 pesetas y la obligó a volver. Entonces el Ayuntamiento le buscó una habitación de alquiler y, a partir de ese momento, dio las clases en la cocina de su casera, la señora María del Socarrau.

En 1925 su marido, el maestro Bruno Gracia Sieso, llegó desde un pueblo de Soria por el turno de consortes.  Como formaban una familia, con tres hijas, le pidieron al Ayuntamiento que les buscara una casa, pero nadie les alquiló una vivienda. Lo comunicaron a la Inspección de Enseñanza Primaria y al Gobernador Civil, que de nuevo tomó cartas en el asunto. En esta ocasión multó al Ayuntamiento, se llevó a los maestros del pueblo hasta que resolvieran el problema y no permitió que contrataran a otros. Ángela y Bruno, con su decidida actuación, obligaron a que el Ayuntamiento se planteara la necesidad de construir un nuevo edificio escolar. En 1928, Benjamín Biescas y Elisa Carrascón les prestaron su propia casa hasta que se acabaran las obras de las escuelas.

Entre 1921 y 1935 nacieron sus ocho hijos: Angelina (Zaragoza, 1921-Granada, 2008), María Rosa (Zaragoza, 1922–Ronda, 2009). Blanca (Zaragoza, 1924), Gabriel (Zaragoza, 1926–Ídem, 1929), Ana María (Zaragoza, 1928-Ronda, 2016), Carlos (Zaragoza, 1930-Ronda, 2018), María del Carmen (Ronda, 1935–Ronda, 1936) y Miguel Ángel (Ronda, 1935).

Ángela García fue una maestra escritora. Colaboró en varios periódicos, recibió premios literarios y escribió artículos y cuentos dedicados a la educación de las niñas. El día de la inauguración de las escuelas pronunció una conferencia titulada “La educación de la mujer”.

Dolores Álvarez: 1923-1924. Sustituyó a Ángela García en uno de sus permisos por maternidad, durante un trimestre.

Elisa Carrascón Pitarque: 1926-1928. (Zaragoza, 1883-Ídem. 1959). Era hija de Joaquín Carrascón y de Catalina Pitarque. No era maestra de profesión. Tenía estudios de piano. Sustituyo a Ángela García mientras construyeron las escuelas.

Estaba casada con el fragolino Benjamín Biescas, que había estudiado Magisterio en Zaragoza. De recién casada llegó a El Frago donde su marido se estableció como comerciante. Además del comercio, desde 1904 hasta 1936, fue secretario del Ayuntamiento. En 1926, pusieron a disposición del Ayuntamiento el comedor de su casa para dar clase a las niñas.

En 1928, ella y toda su familia se fueron a compartir la vivienda del hermano de su marido y ofrecieron su casa, con sus muebles, para que volvieran Ángela y Bruno.

En 1936 se fueron a Madrid por un asunto de enfermedad de Benjamín y no pudieron regresar. Después de la Guerra Civil no le permitieron que se reincorporara a la Secretaría. Desde 1957 Elisa recibió una pensión de viudedad de trescientas pesetas al mes, pagada por el Ayuntamiento de El Frago.

En El Frago nacieron todos sus hijos, Guadalupe (El Frago, 1902–Ídem, 1902), Gregorio (El Frago, 1904 – Ídem, 1907), Clara Alicia (El Frago, 1905-Luna, 1991), Valeriana (El Frago, 1907 – Zaragoza, 1980), y Segundo Benjamín (El Frago, 1911 – Ídem, 1912).

Piedad Ruiz Lapuerta: 1930–1932. (Valtueña, Soria ca. 1915-Zaragoza, 1992) era  hija de Luciano y Josefa y hermana de Consolación y Telesforo. Falleció soltera y sin descendencia. En un expediente judicial se declaró herederos a sus sobrinos José Eliseo Enrique y Jesús Alejandro Ruiz Sanjoaquín. 

Estudió Magisterio en Huesca. Aprobó las oposiciones de 1932 y la destinaron a Cerveruela. En 1933 le dieron Borja.

Raimunda Casabón Girón: 1932–1933. (Zaragoza, 1909–Huesca, 2003). Era hija de Teodoro Casabón y Pilar Girón y estudió Magisterio en Huesca. De El Frago se trasladó a una escuela unitaria de Ayerbe y después a Huesca.

19340719. Exp. Escolar. FOTO

Asunción Rodrigo, la maestra, vestida de blanco.

Asunción Rodrigo Molins: 1933–1934. (Aguaviva, Teruel, 1911-Francia, ¿?) estudió Magisterio en Zaragoza desde 1924 hasta 1930. En 1931, recién titulada, figuraba en las listas de aspirantes a interinos y le dieron Cetina.

Aprobó los cursillos de 1932 en Zaragoza y en 1933 le dieron El Frago.  Era soltera y llegó acompañada de su hermana. Estaban emparentadas con varias casas del pueblo y eso les facilitó el alojamiento con la familia de “casa Martina”. Fue la madrina de bautismo de su sobrina Purificación Beamonte Lafuente. Como el calendario escolar había cambiado con la II República, tuvo que conciliar la supresión de algunos días festivos con las tradiciones del pueblo.

Exposición escolar en El Frago. Celebrada a final de curso y organizada por la maestra Asunción Rodrigo que desarrolló “una gran labor pedagógica y educadora en el poco tiempo que lleva en esta escuela, un curso”. (La Voz de Aragón, 20/07/1934)

Desde el comienzo de la Guerra Civil fue militante socialista, colaboró con la resistencia republicana y estuvo de miliciana en el Frente de Teruel. Cuando acabó la guerra se exilió a Francia y no regresó.

Anunciación Ángela Romeo Idoipe: 1934–1935. (El Frago, 1914–Ídem, 1996). Conocida como Angelita de “casa Cecilia”. Primero estuvo un año de interina y después, en 1942, volvió como propietaria.

1935-Doña Isabel y sus alumnas

1935, El Frago. Isabel Peribáñez con sus alumnas delante de la ventana de la escuela de los chicos.

 

La Guerra Civil (1936-1939)

Las maestras cubrieron las plazas que quedaron vacantes en las Escuelas de Niños por falta maestros. Unos habían muerto, otros estaban represaliados y otros en el frente.  En estos años, de manera excepcional, encontramos a la vez dos maestras en El Frago.

Isabel Peribáñez Sánchez: 1935-1940. ´(Teruel, 1883-Zaragoza, 1968). Propietaria. Maestra de chicas. Llegó a El Frago con 52 años y sus alumnas la recuerdan como una persona mayor, de trato muy afable.

En 1907 era una de las alumnas de Plácida Madariaga,  de la Escuela Centro de Teruel, que colaboraban para socorrer a los soldados que volvían enfermos de Cuba y Filipinas. (Cfr. La unión). En 1917 se presentó a oposiciones en Zaragoza. En 1923 estaba de interina en Romanillos, en 1929 tenia una auxiliaría en Villamayor y de allí la destinaron a Barués-Sos, una pardina de Sos del Rey Católico, en la confluencia de los Barrancos de Barués y Vandunchil.  Y en 1935, se trasladó de Barués a El Frago. Se jubiló en Zaragoza en 1953.

Ángela Sarasa Lasierra: 1936–1936. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1908–Zaragoza, 1991). Maestra de chicos. Estudió Magisterio en Huesca. En 1958 reingresó en el Magisterio, después de un periodo de excedencia voluntaria. En los últimos años estuvo destinada en Zaragoza. Aurelio Casabona la recuerda como una excelente maestra, aunque estuvo poco tiempo. 

falo-piazuelo-angelita.-1932

Foto de la orla de Gregorio Romeo Berges.

Ángela Falo Piazuelo: 1938–1940. (La Puebla de Híjar, 1914-¿?). Estudió Magisterio en  Zaragoza entre 1929 y 1932. En 1938, fue nombrada maestra de chicos de El Frago. Dejó muy buen recuerdo entre sus alumnos. “Yo aprendí a leer con ella” (Ángel Ardevines, nacido en 1933).

En 1936 estaba afiliada a la UGT. Aprobó las oposiciones en Burgos, en 1944. En 1966 se trasladó de Dos Hermanas (Sevilla) a Castelbisbal (Barcelona). En 1864 servía en la provincia de Teruel.

Mercedes Laguarta Dieste: 1940–1942. (El Frago, 1921–Valencia, 2009). Era hija de Miguel Laguarta Giménez y Petra Dieste Charles. En El Frago todos la conocían como María de “casa Buchorno”. Obtuvo el título de maestra por el llamado “plan bachiller”. Sustituyó a Ángela Falo en la escuela de los chicos; y a Isabel Peribáñez y a Ángela Romeo en la de las chicas.  Realizó todas las sustituciones que se produjeron desde que acabó los estudios hasta que se casó con Vicente García Aznar. Después ejerció en Trasmoz y Maluenda. Tuvo tres hijos, José (Leciñena, 1943), Mari Flor (Estartit, Gerona, 1946) y Javier (Valencia, 1964).

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Ángela Romeo Idoipe, la segunda por la izquierda, fue la primera maestra propietariaa de la posguerra. Raimunda Casabón, la quinta, había estado el curso 1932-1933.

1940-1969. La posguerra. Hasta la escuela mixta

Anunciación Ángela Romeo Idoipe: 1942–1945. (El Frago, 1914–Ídem, 1996). “Angelita de casa Cecilia”, como la llamaban, era hija de Basilio Romeo Romeo y de Nicasia Idoipe Cortina. En 1941 aprobó las primeras oposiciones de la posguerra y obtuvo la escuela de El Frago en propiedad. En 1945 se fue a Lérida por concurso de traslado y se jubiló en Barcelona. Se casó con Rafael Sender Garcés (Huesca, 1915-Barcelona, 1996) y tuvieron dos hijos, Rosa María (Lérida, 1946) y Rafael (Lérida, 1950).

Natividad Josefina Magallón Pastor: 1945–1945. (Calanda, 1902–Ídem, 1974). Sustituyó a Ángela Romeo en un permiso por asuntos propios.

Escolástica Marco Marco: 1945–1945. (Biel, 1922–Alcañiz, Zaragoza, 2005). Fue la segunda sustituta de Ángela Romeo. Era hija de Francisco Marco Arenaz y María Marco Campos, estudió Magisterio y se casó con Luis Marco Bueno (Biel, 1919–Alagón, 1982). Luis era hijo Delfina Bueno, maestra de Biel, y nieto de Manuel Marco Bonaluque, natural de El Frago, uno de los primeros maestros fragolinos que desempeñó casi todo su ejercicio profesional en Biel.

Asunción Pemán Marco: 1946–1972. (Biel, 1916–Zaragoza, 2003). Era hija de Constantino Pemán Otal, maestro de Biel, y de Pascuala Marco Castán, también maestra. Cuando murió su madre, la llevaron con una tía para que estudiara Magisterio en la Escuela Normal de Valencia (1931-1935). Había aprobado los dos primeros ejercicios de las oposiciones que se estaban celebrando en 1936 y que se suspendieron con la sublevación militar. Pasó la Guerra Civil en Biel, sin trabajar, y aprobó las oposiciones de 1941. Fue maestra propietaria provisional de Orés (1941-1942) y de Biel (1942-1943). Propietaria definitiva de las escuelas graduadas de Ejea de los Caballeros (1943–1945). Por traslado obtuvo la Escuela de Niñas de El Frago (1945–1972)- Llegó siete años antes que su marido y allí permaneció hasta su traslado a Zaragoza.

En 1943 se había casado con Gregorio Romeo (El Frago, 1912-Ïdem, 1969) en Biel, donde los dos ejercían de maestros. Después fueron maestros de Ejea y El Frago. Tuvieron dos hijas: Concepción “Maruja” (Ejea de los Caballeros, 1944) y Carmen (El Frago, 1948).

A la muerte de su marido se cerró la Escuela de Niños y ella se convirtió en la primera propietaria de la recién creada escuela mixta (1969–1972). En 1972 se trasladó a Zaragoza, a la escuela “Andrés Manjón”, donde se jubiló a los 67 años.

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Valencia, 1930. Saliendo de la Escuela Normal. Asunción Pemán Marco, la de la derecha, fue la última maestra de la Escuela de Niñas de El Frago y la primera de la Escuela Mixta.

 

1969-1984. Escuela mixta

Mari Nieves Pérez Tolosana: 1969–1970. (Luna, 1949). Hija de Leoncio y Victoria. En 1967 obtuvo el título de Magisterio en Zaragoza. Se estrenó de maestra en El Frago, sustituyendo a Asunción Pemán, en un permiso por enfermedad. Acabó su carrera profesional en la provincia de Gerona, donde también ejercía su marido de veterinario.

Flora Relancio Sanz: 1970–1971. (Ejea de los Caballeros, ¿?). La segunda sustituta de Asunción Pemán.

Consolación Lajusticia Villabona: 1972–1973. Llegó como maestra propietaria en el mismo traslado que Asunción Pemán se fue a Zaragoza. Al año siguiernte conisguió el traslado a Cataluña.

Nieves Escartín Cobo: 1973-79 (Barluengua, Huesca, 1948) Estudió Magisterio y Filosofía y Letras (Historia) en Zaragoza. Está casada y tiene una hija. En 1973 llegó a El Frago como maestra propietaria y, salvo en los dos paréntesis de licencia por estudios, dedicó sus afanes a la educación y a las actividades culturales del pueblo. Desde 1973 hasta 1975, tuvo una licencia por estudios y la sustituyó Leonor Auría Biesa. Posteriormente realizó un curso de Educación Especial de cuatro meses y la sustituyó Alfonso Ortiz Herrera.

El día 17 de enero de 1979 salió en el BOE la supresión de la escuela de El Frago y la cesaron por escuela suprimida. A pesar de tener la escuela suprimida, siguió dando clases todo el curso. El año siguiente lo pasó como propietaria provisional en Zaragoza. Después dos cursos destinada en Quinto de Ebro y acabó su vida profesional en Zaragoza. Como no se llegó a cumplir la orden del BOE con la que se había cesado a Nieves, la última propietaria de El Frago, la escuela siguió unos años más.

En una conversación reciente me decía: “Durante mi estancia viví una relación muy personal con mis alumnos y sus familias y unas experiencias muy gratas y afectivas con la Sociedad Cultural y Recreativa La Fragolina de la que me hice socia”. Además asistió a las reuniones que se celebraron en el colegio, presididas por el ingeniero de ICONA, para estudiar un proyecto agrícola-ganadero que pretendía dinamizar el campo y se integró bien en la vida del pueblo. Sus alumnos guardan un buen recuerdo.

Leonor Auría Biesa: 1973–1975. (Luna, ¿?). Sustituyó a Nieves Escartín. Es hija de José Auría Castillo y Humildad Biesa Otal, natural de Biel, y está casada con Satur Tarragüel Liso. En 1990 se trasladó de Uncastillo a Ejea de los Caballeros.

Gema Tomás Valzagón: 1979–1981. (Puebla de Híjar, Teruel, ¿?). La nombraron interina como consecuancia del traslado a Zaragoza de Nieves Escartín.

Ángela Gómez: 1981–1982. (El Barco de Ávila, ¿?). Los alumnos habían disminuido, solo quedaban diez.

Concepción Martínez: 1982–1983. (Fuendejalón, ¿?). Ese año descendió la matrícula a seis alumnos.

Ángeles Domínguez: 1983–1984. (Ejea de los Caballeros, ¿?). Al acabar el curso, dado el escaso número de alumnos, se propuso cerrar la escuela.

1984-1990. Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza. Asociada a Luna

Para evitar el cierre, el alcalde, Alejandro Ardevines,  adoptó la fórmula de guardería de asociada a Luna. Pero se impartían todos los niveles de Educación Primaria.

Carmen Laplaza Idoipe: 1984–1985. (El Frago, 1958). Es hija de Pablo y de Natividad. Estudió Magisterio en Zaragoza. Está casada con Bernardo Palacio Bernués. “El Ayuntamiento me propuso como maestra el primer año que funcionó la escuela-guardería. Sólo estuve un año porque en septiembre nació mi hija Sonia”. (Conversación con Carmen Laplaza, 23/04/2013). Al año siguiente le sucedió un maestro, Antonio Berdor Bailo: 1985-1986.

Ascensión Lamarca Laborda: 1986–1987. (Biota, ¿?) El curso 2017-2018 la encontramos de  profesora de infantil en el CEIP “San Juan de la Peña” de Jaca.

Maria Soledad Berges Asín: 1987–1988. (Zaragoza, 1962). Es hija de José María Berges Laguarta, de El Frago, y de María Sierra Asín Jiménez, de Biel. Estudió Magisterio en Zaragoza. Se casó con Francisco Vives. Tiene dos hijos, Javier y Sonia. Actualmente trabaja en el campo sanitario.

Ana Cristina Domínguez Frago: 1988–1989. (Ejea de los Caballeros, ¿?). Llevó la escuela en colaboración con Pilar Abadías (Ejea de los Caballeros, ¿?). En el contrato del Ayuntamiento figuraba como titular Ana Cristina.

Dolores Garde: 1989–1990. (Luesia, ¿?). Se cierra el ciclo. En 1874 llegó Inés Cervera natural de Luesia, de cuya vida tenemos pocos datos. En 1990 Dolores Garde fue la última, también natural de Luesia. Hasta la fecha, no he localizado datos para biografiarla.

Para terminar

El elevado número de licenciados y la buena escolarización de El Frago se debieron al clima cultural creado por varios matrimonios de maestros que se asentaron allí desde fechas tempranas: Inés Cervera y Diego Laporta estuvieron tres años. Simona Paúles y Pedro Uhalte, treinta años. Ángela García y Bruno Gracia, once años. Asunción Pemán y Gregorio Romeo, veinticinco años. Y el caso excepcional de Benjamín Biescas y su mujer Elisa Carrascón que, aunque no eran maestros propietarios, colaboraron con los maestros y dieron clases de repaso desde 1904 hasta 1936. Don Benjamín se propuso alfabetizar a todo el pueblo. Y lo consiguió. Muchas niñas aprendieron a tocar algunas canciones en el piano de doña Elisa.

En este ambiente, la gente realizó verdaderos esfuerzos por sacar a estudiar a sus hijos. La cantera de maestros fragolinos permitió que, cuando la Administración no cubría las vacantes, el Ayuntamiento recurriera a los titulados del pueblo. En el siglo XIX, a Mariano Sánchez Barrio, a Juana Bonaluque Gállego y a Manuel Marco Bonaluque. En el siglo XX, a Benjamín Biescas Guillén, a Gregorio Romeo Berges, a Ángela Romeo Idoipe, a María Mercedes Laguarta Dieste, a Carmen Laplaza Idoipe y a María Soledad Berges Asín.

Solo así se entiende que las escuelas se construyeran “a vecinal”, la versión antigua del actual crowdfunding. Y que los gastos de las obras se pagaran con un préstamo avalado por los vecinos que tenían alguna renta o un jornal fijo.

El Frago no fue una excepción. Hubo otros “fragos” de los que salieron alumnos bien formados y en los que se erradicó el analfabetismo gracias a la esforzada labor de sus maestros.

En este artículo me he centrado en las maestras. A ellas les corresponde la lucha titánica por conseguir que todas las niñas fueran a la escuela y que recibieran una enseñanza de calidad. El primer derecho hacia la igualdad.

Ellas son una parte importante de nuestras genealogías. Si conocemos bien nuestras raíces y si valoramos el esfuerzo de las mujeres que nos precedieron, nos sentiremosmás seguras de nuestro lugar en el mundo y tendremos más fuerza para defender nuestros derechos.

Me gustaría que otras os animarais a sacar a la luz a todas las mujeres de vuestros pueblos y ciudades. Que entre todas tejiéramos una tupida red para poder caminar con pasos más firmes.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. 1943, Asunción Pemán Marco con sus alumnas. Foto de Gregorio Romeo Berges.

Referencia bibliográfica. Carmen Romeo Pemán, “De las Escuelas de El Frago”, Institución Fernando El Católico, Zaragoza, 20014.

Presentación libro