Sin escuela para las niñas

Acababan de dar las doce del mediodía en el reloj de la torre cuando el alcalde levantó la sesión. Matilde fue la primera que abandonó la sala de juntas. Al pasar por delante del secretario le dijo en voz baja:

—El cura no se saldrá con la suya. Yo conseguiré un local para las niñas.

El alcalde, el secretario y el médico, don Valero, se quedaron rezagados y se volvieron a sentar. Pensaban que con el enfrentamiento entre el cura y la maestra todos saldrían perdiendo.

—Si no nos llegan las subvenciones tendremos que cerrar las dos escuelas —dijo el alcalde.

—Pero ya ha oído a mosén Teodoro: “La enseñanza de las niñas no puede estar fuera de la Iglesia. Y menos en manos de una mujer” —dijo el secretario

—Este cura no se ha enterado de que ahora mandan los liberales y no sabe que los del Gobierno Civilno se andan por las ramas —terció el médico—Tendrán que tragarse a doña Matilde.

—Si no hacemos lo que nos dicen, nos embargarán todos los bienes. Y si no llegan los del Ayuntamiento, requisarán los de la Iglesia. —El secretario se quitó los anteojos y miró al médico —Nos tendremos que tomar en serio lo del local para dar clase a las niñas.

—En lugar de pagar multas por hacer mal las cosas, más les valdría pagar los sueldos que nos deben y construir un local nuevo para la escuela —replicó el médico con retintín.

—Ha venido usted un poco revuelto, don Valero. —le contestó el alcalde, apoyando las manos callosas en la mesa de madera renegrida.

—Es que yo no pienso abandonar el local que tanto me ha costado coseguir—contestó don Valero.

—¡Bueno, bueno! Si le decimos esto a doña Matilde se va a poner hecha un basilisco —apostilló el secretario que se estaba poniendo el guardapolvo gris.

—No se preocupen. Esto corre de mi cuenta. Yo  me encargaré de traer a buenas a doña Matilde. —El médico se removió en el sillón y se oyó cómo crujía la madera.

Don Valero se puso el sombrero de bombín y salió a la plaza con el maletín en la mano. Dudó hacia dónde ir. Pensó que antes de comenzar la visita le vendría bien despejarse oyendo correr el agua del río en el Terrao.

Cuando llegó, se encontró a Matilde asomada a la barbacana. Todos los días, a la hora de comer, descansaba la vista en la mole de San Jorge antes de entrar en casa.

—Qué sorpresa encontrarla aquí. —Don Valero dejó el maletín en el banquero y se colocó cerca de la maestra.

—Me da la impresión de que le gusta hacer teatro. —Se dio la vuelta y lo miró de frente.

—Por Dios, doña Matilde, creía que me tenía en otra estima.

—Eso era antes de darme cuenta de que usted es un traidor.

—¿No le parece una acusación un poco fuerte?

—Mire, don Valero, creo que me quedo corta. Usted me ha traicionado. Se ha aprovechado del local que yo conseguí para mi escuela. —Se refirmó en la barbacana sin dejar de dar golpecitos en el suelo con el tacón del zapato.

—Creo que es muy injusta. Sabe que ese local era necesario para luchar contra el tifus.

—No me malentienda, don Valero. No me refiero a la época de la epidemia. Yo misma se lo ofrecí. Pero ahora lo que necesita es una sala para pasar consulta. —Matilde no pudo controlar el tic del labio de abajo—. Usted tendría que luchar contra estos caciques. Igual que hago yo.

—¿No querrá comparar la importancia de la salud con la enseñanza de las niñas?

—Pues no. Y sí. —Matilde subió el tono—. Es más importante la salud cuando la enfermedad ya ha estallado. Pero antes se puede prevenir educando a las niñas en la higiene.

—Ya salió su higienismo. —Don Valero hablaba con un tono seco—. Pues sepa que la higiene es importante, pero no lo cura todo. Solo con jabón, aún estaríamos enterrando cadáveres del tifus. Si no se nos hubiera llevado a nosotros por delante.

—Pues ya que lo ha sacado le diré lo que pienso. Mire, esos cirujanos que vinieron de Zaragoza no hicieron más que el ridículo con sus caretas de pajarracos. —Matilde dejó escapar un suspiro y continuó—: Si no hubiera sido por la colaboración de las mujeres, usted no habría podido con el avance de la epidemia—continuó.

Matilde volvió a hacer otra pausa y jugaba con los botones de su rebeca azul. Con el silencio se oía el murmullo de los pinos.

—Doña Matilde, por favor, no diga tontadas. No conoce la importancia de esas máscaras. Es verdad que el jabón y el agua ayudan a curar. Pero los medicamentos y la purificación con el fuego son igual de importantes. Son remedios que se suman.

De pronto, Matilde miró el reloj de sol de la esquina de casa Legüita. Era más de la una. Recogió sus libros y se despidió con un “usted lo pase bien”. Don Valero le respondió lo mismo. Matilde tomo aire, y don Valero aprovechó para continuar.

—Espere, doña Matilde. Se me ha olvidado comentarle que ayer recibí un telegrama. No, nada importante. Pero a lo mejor se arregla el problema de su local.

—Vaya, hombre, resulta que se guardaba una carta en el bolsillo.

El médico se quedó un poco pensativo. Miró al suelo y arrancó:

—Es que no sé si sabe que llevo medio año sin cobrar. Estos del Ayuntamiento dicen que no les llega el dinero. Total, que como estaba un poco apurado solicité una plaza en el Hospital Provincial de Zaragoza y…

Matilde contuvo el aliento y se dio media vuelta sin decir nada.

Carmen Romeo Pemán

Biel, 1908. Foto propiedad de la familia Marco Bueno.

Delfina Bueno Garza (Agüero, 1882-Alagón 1953), fue maestra de Biel desde 1907 hasta 1929. Su hermano Valero Bueno Garza (Agüero, 1888-Zaragoza, 1990) estuvo de médico en El Frago en la década de 1910. Eran hijos de Valero Bueno Abad, secretario de Agüero, y de Antonia Garza Ramos, maestra de Agüero, natural de Arándiga.

Visita de inspección

De las fragolinas de mis ayeres

Para Anuncia Romeo

Anuncia de la Fábrica, así la llamábamos nosotras, sus amigas, porque vivía con sus padres y sus hermanos en una vieja fábrica de harinas, en medio de unos montes, a cuatro kilómetros del pueblo por el camino de Biel. Todos los días venía andando por unas trochas estrechas y pedregosas. Al principio la acompañaban sus hermanos, pero pronto los sacaron a estudiar a la ciudad, y , a los ocho años, tenía que hacer sola el camino dos veces al día. En invierno salía de casa antes de que se hiciera de día y volvía con la noche cerrada.

Por las mañanas no solía ser puntual y, si hacía mal tiempo, faltaba. Esos días nos poníamos nerviosas y nos preguntábamos si su madre no la habría dejado salir o si le habría sucedido algo.

Un día la maestra recibió la noticia de que la semana siguiente vendría un inspector. Nos dijo que sería una visita rutinaria, pero a nosotras nos alborotó. No parábamos de movernos de un sito a otro. Y doña Asunción nos gritaba más que de costumbre.

—Anuncia, la semana que viene no faltes ni llegues tarde ningún día.

—No se preocupe. Le diré a mi madre que me despierte antes.

—Si quieres puedes quedarte en mi casa —le dijo la maestra.

Entonces montamos una gran algarabía. Todas queríamos que se quedara en nuestras casas.

—Pues yo prefiero ir a la mía. Es que esta semana mi madre está sola, que mi padre ha ido a comprar trigo a otros pueblos —dijo Anuncia.

A los pocos días llegó el inspector, un señor alto, con traje y zapatos negros bien lustrados. La maestra lo saludó y se volvió hacia nosotras:

—Niñas, por favor, saludad como hacéis siempre.

De repente, gritamos todas a una:

—Buenos días, señor inspector.

Él, ni siquiera nos miró, hizo como si no nos hubiera oído. Entró dando pasos largos y las suelas de sus zapatos retumbaban en la tarima. Se sentó en la mesa de la maestra. Doña Asunción se quedó de pie a su lado y se tapaba las manos con los puños de la rebeca para que no viéramos que le temblaban.

Él cogió la lista y nos fue llamando una por una. Todas respondíamos lo mejor que sabíamos para no dejar en mal lugar a nuestra maestra. Intentamos recitar las tablas de multiplicar sin titubear y contestar a sus preguntas con rapidez. Pero, sobre todo, queríamos lucirnos en la lectura en voz alta. Cada una de nosotras tenía que leer una hoja de la cartilla.

A eso de media mañana, cuando ya habíamos leído casi todas, se abrió la puerta y Anuncia entró con la respiración agitada. Llevaba los pies mojados, la falda salpicada de barro y las trenzas un poco despeinadas. Nos volvimos a mirarla con un suspiro de alivio. Por fin llegaba, sin que le hubiera pasado nada.

Pero nos cayó como un jarro de agua fría que ese señor ceñudo le regañara en voz alta a nuestra maestra. Le dijo que ya veía que no se ocupaba de la disciplina de sus alumnas.

—¡Qué formas son estas de dejar entrar una alumna sin llamar y con esos modales!

La maestra intentó darle explicaciones, pero él le hizo un gesto para que se retirara hacia atrás y se callara.

—A ver, tú, la que acabas de llegar, ven aquí a leer —dijo el inspector levantando el tono un poco más.

Anuncia se puso colorada y se le enrasaron los ojos. Desde mi asiento pude ver cómo le temblaban las piernas. Pero se levanto con aplomo y se acercó muy despacio a la mesa.

—Aquí, lea esta página —le señaló la última hoja a la que aún no habíamos llegado.

Nos quedamos boquiabiertas cuando la oímos leer de tirón, con buena entonación y dando un sentido a lo que leía.

El inspector dio un respingo en el sillón y dijo:

—Es increíble cómo lee esta niña

Estábamos todas radiantes por la victoria de Anuncia, creíamos que había conseguido vengar la insolencia de un señor que se había metido en nuestra escuela y en nuestras vidas.

Pero nos quedamos petrificadas y sin entender nada cuando oímos la voz serena de doña Asunción:

—Señor inspector, para que usted vea la importancia de una maestra, esta es la única niña que ha aprendido a leer sola.

Al salir de la escuela Anuncia nos contó que, como esa noche había llovido, tuvo que cruzar varios barrancos. Y que en el último se enfangó y la ayudó a salir un hombre que iba a moler. Que le dijo él la llevaba a casa, pero ella, que no, que ese día no podía faltar a la escuela.

Cuando llegamos a nuestras casas contamos de pe a pa lo que había pasado. Y lo seguimos comentando muchos años más.

Desde aquella visita del inspector, Anuncia entró en nuestras vidas como un mito, mejor dicho, como una parte del mito que entre todas hemos ido tejiendo en torno a nuestra escuela y a nuestra maestra.

Carmen Romeo Pemán

 

Comentario a la imagen de entrada.

Anuncia Romeo Extremar (El Frago, 1949), hija de Luisa y Emeterio, era la hermana pequeña de Enrique y Abelardo. Vivían en La Fábrica y, cuando ella venía a la escuela, sus hermanos ya habían salido a estudiar.

Foto de Gregorio Romeo Berges, El Frago, 1957.

Don Juan Lanzarote, maestro de Alagón

#gentesdebiel01. Firma

Un día hablando con Inma Callén en la Biblioteca de Alagón, después de la presentación de un libro, nos dimos cuenta de la cantidad de personas conocidas que teníamos en común, algunas de las cuales habían tenido durante muchos años una gran influencia en la vida de Alagón. Además, Inma conocía mi libro De las escuelas de El Frago y me preguntó sobre él.

—Carmen, ¿cómo es que has escrito un libro sobre las escuelas de El Frago?

—Pues verás, mi padre era de El Frago y mi madre de Biel. Mis abuelos y mis padres fueron maestros de Biel, Mis padres acabaron en El Frago, y yo fui con ellos a la escuela. Por eso me interesaba tanto y recopilé mucha información para ese libro. Pero no la he agotado. Lo de Biel lo tengo sin tocar. Esa es una de mis deudas pendientes.

—Pues mira, Carmen, también en Alagón hubo un maestro que era de Biel, don Juan Lanzarote. Mi padre fue alumno suyo y siempre le he oído hablar con mucho cariño de él. La gente lo recuerda porque fue muchos años maestro aquí e incluso una de las calles de nuestro pueblo lleva su nombre desde hace más de cuarenta años.

—¡Nada! De ese maestro no tengo noticia —le contesté—. Pero es una grata coincidencia. Estoy segura de que esta casualidad es una llamada de don Juan. Entre las dos tenemos que hacer algo por recuperar su figura y su memoria.

—Espera. Aún no lo sabes todo. La salud de nuestro pueblo también estuvo durante muchos años en manos de dos médicos de Biel: don Luis Marco Bueno, sobrino de don Juan, y don Octavio Lanzarote Marco, su hijo. Eran los dos médicos de mi infancia. Aún recuerdo cuando íbamos a la consulta, o cuando venían a casa de visita si estábamos malitos en la cama.

—Pues más a mi favor. Estoy segura de que fue una figura clave en el pueblo.

—¡Claro que sí! —me respondió Inma.

—¿Te animas? —le contesté yo

—¿Buscamos? —me dijo ella.

—Buscamos —le respondí.

Y hasta aquí hemos llegado hoy con lo que hemos podido rescatar. Nos hemos servido de las memorias de los que conocieron los hechos, de las fotos guardadas en los fondos de los baúles, de las notas de prensa amarillentas y de los documentos de los Ayuntamientos de Biel y Alagón. Hemos buscado los expedientes de los alumnos de la Universidad de Zaragoza, los de la Escuela de Magisterio de Huesca, los boletines de educación y las noticias de la prensa histórica, local y nacional. Pero sobre todo, hemos llegado a los documentos y fotografías que la familia de don Juan, representada por su nieta Peña Lanzarote, conserva en su casa de Biel.

03. Calle con Placa. 1

Calle D. Juan Lanzarote.

Como no podía ser de otra manera, este artículo-homenaje está escrito con cuatro manos. Mejor dicho, con seis. Con las de Inmaculada Callén Romero, con las de Peña Lanzarote Subías y con las mías. Y usaré un narrador en primera persona del plural que nos incluya a las tres.

Inma Callén, la bibliotecaria de Alagón, me sugirió el trabajo, me dio el empuje que necesitaba y me ha acompañado en todo el proceso. Inma ha contactado con las instituciones de Alagón, ha entrevistado a los alumnos de don Juan y ha redactado parte de sus notas y recuerdos. De su mano se han llenado de vida estas páginas.

Peña Lanzarote, una de las nietas de don Juan, se ha esforzado en sus aportaciones exhaustivas y generosas. Sin su colaboración este trabajo carecería de verdadera entidad. Peña, como buena historiadora, es la fiel guardiana de los documentos, de la historia y de las esencias de la familia. Lo tiene todo. Ha sido un gozo disponer de su documentación rigurosa y ordenada.  Nos ha aportado casi todas las fotos y, además, ha escrito de su puño y letra las biografías de los tres hijos de don Juan. ¡Gracias, Peña!

1965 album Juan Lanzarote1965

1965. Don Juan Lanzarote Pemán

Don Juan llegó a Alagón el año 1933, cuando estaba en expansión la nueva línea educativa de la II República, que se basaba en los principios de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Una muestra del nuevo clima en las escuelas de Alagón lo recoge el siguiente artículo de la Voz de Aragón.

04. Escuelas de don Juan. Color

Escuelas Viejas de Alagón.

Alagón. Exposiciones escolares

Lector: no por mi modesto relato, sino porque sé que eres amante de la niñez, porque anhelas que España salga del marasmo cultural y educacional en que estaba remansada, hazme acreedor de coser tu amistad por estas líneas en las que pretendo aportar mi grano de arena al homenaje popular que merecen unos maestros y unos niños que aplican sus conocimientos y su voluntad férrea a su formación en la pedagógica moderna.

Un homenaje a unos maestros y niños que aplican su interés a la elevación del nivel cultural de un pueblo que hasta hace muy pocos años era casi yermo. A 25 km de Zaragoza existe una importante villa, cuyo nombre será el Edén conocido de mis lectores: Alagón.

Está situado en el corazón de la provincia. Regado por el Ebro, el Jalón y el Canal Imperial, con cuyas aguas hacen feracísimas sus tierras. Además de sus excelentes medios de comunicación, existen una fábrica azucarera y otra harinera que asimilan y que aprovechan los productos que rinde esta hermosa vega que, asociada al rigor y a la laboriosidad de sus habitantes, constituye una gran riqueza agrícola.

05. Escuelas. Letrero . 2

Las Escuelas Viejas ocuparon el antiguo Seminario Menor de la Compañía de Jesús, incautado por Carlos III. Todavía se conserva el escudo de la Compañía.

En esta hermosa y populosa villa existen dos grupos de escuelas. Unas unitarias y otras graduadas. En estas escuelas hay unos niños que quieren a sus maestros, y unos maestros que quieren a sus niños y que se complacen en prepararlos para pasar por el borde de la vida sin caer en los vicios que los acechan. Y unas maestras que enseñan a las niñas a mirar más allá de su tocador.

Pues, bien, en estas escuelas se han expuesto durante los días 8 y 9 del corriente mes los trabajos realizados durante el curso 1933 a 1934. Dos días inolvidables para el vecindario, que ha concurrido en pleno a contemplar una exposición, en la que hemos admirado las limpias planas de escritura, los complicados cálculos de matemáticas, las intrincadas artísticas y útiles labores, un verdadero torbellino de preciosos objetos de uso doméstico diario. Y junto a ellos irreprochables adornos.

Estas muestras son fruto de una forma de enseñanza puramente intuitiva, en la que se hace dificilísimo el olvido.

La colaboración y solidaridad humana, ejercitada por estos maestros en los futuros hombres y mujeres alagoneses, nos ha sacado de los recovecos de la rutina. Enseñan al niño a ver, a observar y a concentrar su atención ante las cosas complicadas-

Consiguen unas mentes cultivadas. En pocas horas aprenden más y mejor que durante muchos días de estudios doctrinales.

La entrega del premio a Pascual Sayos se celebrará coincidiendo con uno de los días de las fiestas de septiembre. Y, con este motivo, quiero hacer una observación a nuestro Ayuntamiento: ¿No hay personas que en una u otra forma han contribuido a la consecución de este feliz resultado? ¡No hay duda!

Hay quienes, como nuestro ilustre paisano residente en Barcelona, demuestran que los años de ausencia no mitigan el amor a su pueblo. Y además está el complemento en el celo y entusiasmo que los maestros ponen en la educación de nuestros pequeños.

Y, siendo así, ¿por qué no un homenaje popular que evidencie el agradecimiento y el amor que los alagoneses sentimos por quiénes contribuyen a elevar nuestra vida al nivel de pueblo culto y civilizado?

Vaya mi modesta felicitación, desde estas columnas de la Voz de Aragón, para las maestras doña Paciencia Villacampa, doña Pilar Usón, doña Paquita Zuaza, doña Adelaida Abad, doña Guadalupe Loscos, doña Carmen, doña Amelia N y doña Dolores Serraller. Y para los maestros, don Vicente Orpi, don Francisco Villa, don Mariano Cortés, don Pedro López, don Juan Lanzarote y don Julio Ricarte.

Al Ayuntamiento, a los señores que integran el Consejo Local de Primera Enseñanza y a todos, mi modesto aliento para que sigan con el mismo empeño por el cambio emprendido, que es el camino recto de la noble causa para llegar la redención de nuestra querida España. EL CORRESPONSAL. 14 de julio de 1934.

05. Pascual Sayos. 1

Pascual Sayos, Zaragoza, 1869-Alagón, 1948.

 Pascual Sayos Cantín fue un filántropo aragonés que demostró gran amor a su tierra. Recibió la Medalla de Oro de Zaragoza, Alagón lo nombró hijo adoptivo y predilecto, y puso su nombre a una plaza, la antigua plaza del Paredor.

En 1909, don Pascual fundó el Centro Aragonés en Barcelona. En 1934, con 6000 pesetas, creó en Alagón una fundación, para premiar a los niños que se distinguieran durante el curso. En las fiestas de 1934, se repartieron entre los niños de la escuela veinticuatro cartillas de ahorro, con 10 pesetas cada una, producto de los intereses de la fundación. Correspondieron a los siguientes niños: Manuel Jarabo, Antonio Lacámara, Manuel López, Justo Álvarez, Ricardo Sánchez, Luis Laserrada, Hilario Sánchez, Eugenio Roy, Enrique Latorre, José Aparicio, Mariano Pablo, Antonio González, Josefa Ade, María Pascual, Luisa Sobreviela, Margarita Álvarez, Josefina Barca, Josefina Yela, Lucía Bona, Ángela Pascual, Carmen Laserrada y Fernanda Zamora.

Testimonios de sus alumnos

Este ambiente educativo fue el acicate que empujó a don Juan a sacar lo mejor de sí mismo y entregarlo a sus alumnos. Esa, y no otra, es la razón por la que todavía los que fueron sus alumnos lo recuerdan y nos deleitan con anécdotas enternecedoras.

Todos aquellos con los que hemos contactado hablan de él como un maestro serio, recto y con mucho interés por sus alumnos.

Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan. Mientras visitamos el edificio, oímos una voz que dice: “cuando don Juan subía las escaleras de dos en dos, ese día no se oía una mosca en clase”.

Julio Callén Mora solo estuvo en su clase un curso. Don Juan le encomendó la tarea de preparar la leche en polvo que enviaban los americanos. Cada día echaba en una cuba el agua y la leche en polvo y removía mientras se calentaba. Luego la colaban para quitar los grumos. Al salir al recreo repartían la leche y la mantequilla entre los alumnos y “qué rica nos sabía”, dice él.

Don Juan era maestro en las escuelas viejas, situadas en la plaza de San Antonio, en lo que hoy es la casa de Cultura. Su clase estaba en la tercera planta, y los balcones daban al patio del recreo. Eran clases separadas por sexos. Los niños y las niñas no se mezclaban. Don Juan era maestro de niños de seis a catorce años. También impartía clases de repaso para ampliar estudios y preparar a algunos de sus alumnos para hacer estudios superiores. Eran clases muy numerosas, entre cincuenta y sesenta alumnos, en las que había niños de distintas edades.

Mi padre estuvo con él como maestro de 1950 a 1953. Las clases eran de lunes a sábado, de 9 a 12 de la mañana y de 2 a 4 de la tarde, menos los jueves, que por la tarde había fiesta. También iba a repaso después de clase, donde se hacían problemas y se recitaba poesía en voz alta. Se pagaban 30 pesetas al mes. Recuerdo la sorpresa cuando descubrí que mi padre conocía muchos poemas de memoria, como la “Canción del pirata” de Espronceda, que se había aprendido en su época de colegio y que aún recordaba.

Con otros profesores se salía a la plaza a cantar el “Cara el sol”, pero con él no. 

Escaleras de casa de don Juan

Escaleras de la escuela de don Juan, con una pintura de Goya.

Roberto Casbas, otro de sus alumnos, vivía en la misma plaza que don Juan, justo enfrente, en el Paradero. Un día por la mañana, desde su casa, don Juan vio salir a Roberto. Supuso que iba hacia el colegio, pero aquel día Roberto había decidido hacer pimienta y no asistir a clase. Don Juan, al ver que no había ido a clase, mandó aviso a la madre con algún alumno. Cuando Roberto llegó a casa su madre lo estaba esperando, conocedora de todo. Nunca más faltó a clase.

Ángel Luis Abós Santabárbara también nos cuenta sus recuerdos de la época en que fue alumno suyo:

De los dos cursos, 1949 a 1951, en que asistí a la clase de don Juan, guardo un grato recuerdo de él. Mi memoria lejana está todavía fresca por lo que me resulta fácil exponer la mayor parte de lo acontecido. Comenzaré por pergeñar algunas consideraciones que permitan hacernos una idea de cómo era la educación primaria en ese periodo en el que a don Juan le tocó enseñar.

A grandes rasgos todavía estaba en vigor la Ley Moyano que en 1857 había impulsado la enseñanza primaria obligatoria de los seis a los nueve años con un programa  que comprendía: leer, escribir, contar. Las llamadas cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y rezar. En los años treinta del siglo XX se amplió hasta los doce años y en Alagón ya funcionaban los llamados parvularios mixtos, chicos y chicas, de cuatro a siete años en que se pasaban a los cursos preceptivos con estricta separación de sexos. A petición de los padres los alumnos podían alargar su educación hasta los catorce años.

Escuelas Viejas Reformadas

Las Escuelas Viejas, hoy restauradas. Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan.

Existían dos escuelas públicas: las “nuevas” o graduadas de la época de Primo de Rivera y las “viejas” ubicadas en el antiguo seminario menor de la Compañía de Jesús incautado por Carlos III que curiosamente lo había patrocinado, como muestra el escudo de la portada. Una línea imaginaria, atravesando la calle Mayor, iba desde la antigua fábrica de tejidos a la Portalada, señalando qué alumnos debían asistir a unas o a otras.

Las Escuelas Viejas estaban estructuradas en tres aulas de párvulos, en la planta baja, y seis, tres de chicas y tres de chicos, en las dos plantas superiores. Unas daban al recreo y otras a la plaza de la Alhóndiga. En esos años no se hacía ningún acto de homenaje a la bandera en las Escuelas Viejas por la sencilla razón de que no teníamos. En cambio se salía de clase en fila entonado canciones patrióticas como “Montañas nevadas, banderas al viento”, “Juventud española descendiente de Fernando e Isabel” o su preferida, “Es tan hermoso ser cadete de nuestra Patria”. Sin embargo, jamás escuché en los labios de don Juan el  “Cara al Sol”, himno de la Falange Española.

La distribución del horario era casi prusiana: de las nueve de la mañana hasta las doce, lloviera, nevara o acantaleara. La rosada y un viento helador en invierno nos ponían las piernas moradas pues llevábamos pantalones cortos de pana. Por la tarde, de dos a cuatro. Por la mañana, las asignaturas más fuertes y por la tarde, Historia Sagrada, catecismo, dibujo y lecturas históricas. El jueves por la tarde era festivo, pero en cambio, el sábado era lectivo incluso por la tarde, que se dedicaba a explicar el Evangelio que después copiábamos de la pizarra en la que don Juan lo había escrito con una esmerada caligrafía. Recuerdo cómo despertó nuestros sentimientos al narrar la parábola del hijo pródigo que dilapidó la herencia y tuvo que comer las bellotas dadas a los cerdos como porquerizo.

El dibujo era una de las actividades que más apreciaba. De su clase salieron excelentes dibujantes que ganaron premios en competiciones escolares.  En aquellos años no había exámenes escritos. O, mejor dicho, el examen era diario pues don Juan preguntaba la lección, corregía las cuentas, la caligrafía, el dibujo y los cuadernos de clase recorriendo los excelentes pupitres bipersonales donados por los hermanos Sayos, verdaderos mecenas del pueblo, cuya placa en la plaza “El Paradero” fue sustituida por la de “Fernando el Católico” en un acto de ingratitud tan corriente en nuestra sociedad.

El sistema que nos motivaba al conocimiento era el puesto que se ocupaba después de la rueda de preguntas. Si uno fallaba pasaba al siguiente que esperaba ansioso por adelantar a su compañero  con una sonrisa malévola. Si faltabas a clase te ponías a la cola. La clase de don Juan funcionaba como una unitaria. Tenía alumnos entre siete y catorce años, en tres secciones. Cada una llevaba una enciclopedia editada por Dalmau Carles Pla: grado Preparatorio, Medio y Superior. Las hojas poco mejor que el papel de estraza y unos dibujos negruzcos y horrorosos.

A la lectura comprensiva y en voz alta formando corro se daba siempre un tiempo importante. Don Juan se acercaba de vez en cuando y hacía preguntas sobre lo leído. A veces enviaba a alguno de los mayores. Los libros de lectura eran muy interesantes. Tenían siempre un sentido moralizante. Fábulas de Esopo, de Tomás Iriarte y de Félix María de Samaniego. Recuerdo uno de la editorial Ezequiel Solana titulado “Lecturas y dibujos”, en el que aparecía una conversación entre un chico mentiroso, Melitón, y su compañero. El diálogo más o menos era el siguiente:

—Mi tío ha cultivado en su huerto una col enorme. Ha utilizado abono y ha crecido tanto que tiene una altura como la ermita de la plaza.

—Es posible, le contestó su amigo. Pues yo este verano he visto en una fundición de los altos hornos fabricar una caldera de acero tan grande que cabe la iglesia y la casa del cura juntas.

—¡Qué barbaridad! Eso no me lo creo. ¿Y para qué iban a querer una caldera tan grande?

—Pues para cocer la col de tu tío.

Recuerdo a don Juan Lanzarote frisando los cincuenta. Debió tomar posesión de su plaza como docente hacia los primeros años treinta ya que presidió la mesa electoral en la que mi padre actuó como secretario en 1933. Elegante, espigado, enjuto, cano, solía subir las escaleras de la clase de dos en dos. Nada más abrir la puerta se hacía un silencio que se podía cortar. Vestía chaleco con corbata y americana. En clase, se enfundaba en una bata grisácea, a modo de guardapolvos. Una alianza de oro siempre reluciente era su única joya en unas manos fibrosas y huesudas.

Una de las anécdotas que me quedó grabada estaba relacionada con un libro de lecturas. Estábamos leyendo en corro, como siempre, en el lateral de la clase en cuyo muro colgaba un gran reloj visible desde el último rincón. En aquellos años teníamos la risa fácil. Cualquier cosa nos hacía soltar la carcajada pero en clase procurábamos contenernos, sobre todo si don Juan lanzaba su penetrante mirada. Todavía estaba vigente el racionamiento del pan, aceite y alimentos de primera necesidad. Alagón disfrutaba de una red de acequias que fecundaba una rica huerta proporcionando abundancia de verduras, frutas y hortalizas. Muchas casas tenían su propio huerto.

Pues bien, en segundo año de primaria estábamos leyendo una poesía titulada “La tentación”. Un canto al respeto por la propiedad privada muy en consonancia con el décimo mandamiento del Decálogo o Tablas de la Ley Mosaica: “no codiciarás los bienes ajenos”. Si no recuerdo mal decía así:

“Qué linda en la rama la fruta se ve./ Si lanzo una piedra tendrá que caer./ No es mío ese huerto. No es mío lo sé./ Mas yo de esa fruta quisiera comer./ Más no, no me atrevo. Yo no sé por qué. / Parece que siempre sus ojos me ven. / Papá no querría besarme otra vez /Mamá lloraría de pena /Mis buenos maestros dirían tal vez / Que niño tan malo, no jueguen con él. / No, no me atrevo yo nunca lo he de hacer./ Llegando a mi casa sonrisas tendré, abrazos y besos y frutas también”.

Unos días antes habíamos echado la habitual “barda”, es decir, saltar los setos de los huertos para comer fruta. Esta vez entramos en el “huerto del cura” y nos arrastramos por un desvío de la acequia del “Cascajo” para hurtar unos olorosos y amarillentos membrillos. La lectura de aquellos versos provocó en mi compañero de aventuras una risa desternillante que terminó por contagiarse al resto del corro. La algarabía atrajo a don Juan que nos obligó a contarle los hechos mientras él mismo esbozaba una sonrisa indulgente. Eso sí, tras el correspondiente reniego y la promesa de que no volveríamos a perpetrar tan abominable crimen. 

Antonio Higueras García nos trae una fotografía de su época de estudiante con don Juan, y su libro de escolaridad, escrito y firmado por el maestro.

Antonio Higueras GarcíaCartila de escolaridad. 1 hojaCartilla de escolaridad de Antonio Huigueras

Cartilla de escolaridad. Notas

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¿Quién era y de dónde venía don Juan Lanzarote?

08. 1902 Los lanzarote

Algunos de los hermanos Lanzarote Pemán en Zaragoza en 1902. Don Juan, abajo a la izquierda de la fotografía, con sus padres: Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912), casado en 1882 con Felicia Pemán Navarro, (Biel, 1862-1926). De pie y con toca negra, “el ama seca” de casa el Moreno.

Juan Lanzarote Pemán, natural de Biel, en 1933, llegó de maestro a Alagón con el empuje de su juventud y con una familia recién creada. En 1929, estando de maestro en Pradilla de Ebro, se casó con Isabel Marco Sampietro, la hija de su maestro.

06. 1958 circa album Juan e Isabel

Juan Lanzarote Pemán, (Biel, 1895-Alagón, 1992) y su mujer Isabel Marco Sampietro, (Biel, 1895-Alagón, 1974).

Juan Lanzarote Pemán

En la villa de Biel a las once de la mañana del día 22 de junio de 1895 ante don  Fernando Sánchez, juez municipal, y don Felipe Coiduras, secretario, compareció don Francisco Lanzarote Artieda, natural y vecino de esta villa, casado, de oficio Comerciante, y que vive en la Calle del Burgo nº. 4.

07. 1902 Frco Lanzarote Artieda

Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912). Zaragoza, 1902.

Presentándose con el objeto de hacer la inscripción en el Registro Civil de un niño y al objeto, como padre del mismo, declaró: Que dicho niño nació en la casa del declarante el día 22 del corriente mes a las 11 de la mañana. Que es hijo legítimo del declarante y de su mujer doña Felicia Pemán. Que es nieto por línea paterna de los ya difuntos don Mariano Lanzarote Piteus y María Artieda, esta natural que fue de Isuerre y vecina de esta Villa, de oficio pelaires que fueron. Y por línea materna de Mauricio Pemán y de Rosa Navarro. Que al expresado niño se le había puesto el nombre de Juan sin que haya expresado otras circunstancias. Todo lo cual presenciaron como testigos Celedonio Arenaz y Francisco Navarro de este domicilio. Leída la presente acta, e invitadas las personas a que la leyesen por sí mismas, deben suscribirla si así lo estimaban por conveniente. Se estampó en ella el sello del juzgado municipal y la firmaron el señor Juan, declarante, y los testigos de todo ello. Como Secretario, certifico. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Estudios y destinos

Realizó los estudios primarios en Biel con don Manuel Marco Bonaluque, un maestro que tanto iba a significar en su  vida profesional y familiar.

23. Manuel Marco Bonaluque

Manuel Marco Bonaluque, maestro de maestros, (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Don Juan estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Zaragoza. Ingresó en 1909 y obtuvo el título de Maestro Superior en 1917. Ese mismo año fue de interino a Fanlo, Huesca. Al año siguiente, 1918, aprobó oposiciones en Huesca. Y, como era la norma,  en 1919 lo nombraron interino por un año y lo mandaron a Ceresuela, Huesca. Al año siguiente le dieron el destino definitivo en Alforque, donde estuvo cuatro años.

En 1923 llegó por traslado a Remolinos, allí ejerció cinco años, hasta que consiguió una permuta a Pradilla de Ebro.

Desde 1927  hasta 1933, cinco años en Pradilla.

09. 1927. Alumnos Pradilla 1927_1933

1927. Don Juan con los alumnos de Pradilla de Ebro.

Se aprueban las permutas de cargos entre Juan Lanzarote, maestro de Remolinos, y don Timoteo Mustiones, de Pradilla de Ebro, Zaragoza. (El Sol. 29/4/1927).

PARTIDA DE MATRIMONIO. AÑO 1929. El 17 de junio, Juan Lanzarote Pemán, maestro, de 33 años, domiciliado en Pradilla de Ebro, hijo de  Francisco y Felicia, comerciantes, se casó con Isabel Marco Sampietro, de 34 años, hija de Manuel Marco Bonaluque, natural de El Frago, maestro propietario de Biel, y doña Isabel Sampietro Gállego, vecinos de esta localidad. (Cfr. Archivo del Ayuntamiento de Biel).

10. Libro de familia

La Voz de Aragón también recogía la noticia.

Han contraído matrimonial enlace en Biel, el culto maestro nacional, don Juan Lanzarote Pemán, con la bellísima señorita, Isabel Marco. Por el reciente luto de la familia de la novia, la boda se celebró en la intimidad. Los recién casados salieron de viaje de novios para Zaragoza, Madrid, Barcelona y París. (18/06/1929).

11, 1929. Boda de Juan e Isabel

Foto de novios.

La novia estaba de luto porque el 13 de febrero de 1927 había muerto su padre, Manuel Marco Bonaluque, y el 19 de septiembre del mismo año su hermano Marino Marco Sampietro. Lucía un vestido de crep de seda negro. Se lo hizo su amiga Ramona Longás, conocida como Montxa, (Biel, 1900-Barcelona 1985). Ramona se colocó de modista en Barcelona y, en 1938, se casó con el arquitecto Josep Luis Sert. Sus nietos conservan el vestido de su abuela como una auténtica pieza de museo.

1933-1955. Veintidós años de maestro en Alagón

13. Casa de don Juan en Alagó

Postal  antigua de Alagón. Cuando llegaron, don Juan y su familia se instalaron en la segunda casa, la de los balcones. Después se mudaron varias veces: a la Avenida de Zaragoza 3, a una casa encima del bar Avenida y, finalmente, al 23 de la misma calle.

De Pradilla a Alagón. Don Juan Lanzarote Pemán que ocupaba el grupo C, desde el 19 de mayo de 1927, fue destinado a Alagón, a la escuela unitaria número 3, serie B. (El magisterio español: junio de 1933).

Ha tomado posesión de la escuela de Alagón don Juan Lanzarote. (La Voz de Aragón: 22/09/1933).

12. Escuelas viejas. Don Juan

Al crecer el pueblo se dividieron las escuelas en dos grupos escolares: las escuelas nuevas y las viejas. Y don Juan se quedó en las viejas.

Desde 1955 hasta 1962: once años maestro en Zaragoza

Cuando su hijo Octavio iba a comenzar la carrera de Medicina, don Juan solicitó el traslado a Zaragoza, pero no se lo concedieron hasta que ya la había terminado. Lo destinaron al grupo Alférez Rojas, una sección dependiente del de Juan José Lorente, la escuela del Barrio Oliver.

A su sobrino Luis Marco le tocó la lotería

12. Luis Marco Bueno 1962 el 6 de Enero Lotería_2

Don Juan, su mujer y su hija Carmen, junto con otros familiares de Biel, acudieron a la celebración del evento y pasaron allí unos días de las vacaciones de Navidad.

13, Luis Marco con su 600

El coche del médico.

En 1965 le llegó la jubilación

Un año antes, el 27 de noviembre de 1964, Día del Maestro, recibió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.

Y en 1965 se jubiló en el grupo escolar Alférez Rojas, una sección del grupo Juan José Lorente. Como premio a su trayectoria educativa, recibió el diploma de Maestro Distinguido, dotado con un premio de 10.000 pesetas. (BOE, 31/08/1965).

14. 1965 jubilacion restaurante Eliseos Zaragoza

En la comida de jubilación. Don Juan y su esposa en el restaurante Elíseos de Zaragoza.

En este punto, la familia Lanzarote nos ha facilitado un documento excepcional, que no podemos transcribir de forma completa por razones de espacio.

Se trata de una carta personal que Marino le escribió a su hermana Carmen, que no pudo asistir a los actos. En esos momentos se estaba formando para monja en Instituto Misionero Secular, en la casa de Vitoria.

La carta da noticias por lo menudo de los actos de la jubilación. Comienza con las actividades de los alumnos en el colegio. Reseña la misa en la que el cura comparó a don Juan con la figura del Evangelio. También da cuenta del vermú, en el Club Radio Zaragoza, donde se juntaron con otros maestros. Son sabrosos y originales los detalles de  la comida en el Restaurante Elíseos. ¡Hasta la disposición de los comensales!

Resulta muy jugosa la síntesis de los discursos. Don Juan fue piropeado por todos los que tomaron la palabra. El director llegó a decir que preferiría no seguir de director a no tener a don Juan. El concejal, como buen político, anduvo por las ramas.

Sus palabras fueron totalmente ególatras. No hizo más que elogiarse a sí mismo como libertador de los maestros del Barrio Oliver, que los sacó del inmundo grupo que tenían y que, gracias a él, se habían hecho tantas y tantas cosas en las escuelas de Zaragoza.

El discurso certero lo llevaba en sus labios el inspector, que conocía bien a los dos maestros sobresalientes de Biel: a don Juan y a don Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968), mi abuelo materno.

El broche lo dio el señor Marín, inspector y director del grupo Escolar Gascón y Marín. Un señor extraordinario que habló poco, pero nos llegó a todos muy profundo. Lo comparó con don Constantino.

En fin, todo terminó allí, con las despedidas de rigor y las emociones por parte de todos.

Juan Lanzarote. Tarjeta comprador 1955 Zaragoza

Siguieron viviendo en Zaragoza hasta que en 1970 fijaron su residencia con su hijo Octavio, médico de Alagón, donde pasaron los últimos años.

En los veintiún años de Zaragoza, cambiaron varias veces de domicilio. Mientras trabajó vivieron cerca de la escuela. Primero en la Avenida de Madrid 116 y luego en la avenida Navarra 36. Cuando jubiló pasaron algunas temporadas intermitentes entre   Sagasta 78 y Alagón.

De nuevo en Alagón

Ya estaban jubilados, pero volvieron a vivir a Alagón con Octavio, a la Avenida de Zaragoza 3. El mismo año que murió Isabel, 1974, Octavio se casó con Olga Borges y se cambiaron a un nuevo piso, donde don Juan vivió los últimos años de su vida.

02. Placa de la calle. 2

En 1973, en la sesión celebrada en el Ayuntamiento de Alagón el día 13 de febrero, se leyó un escrito firmado por numerosos vecinos de la localidad en el que solicitaban que se le dedicara una calle a don Juan Lanzarote Pemán: En atención a los numerosísimos méritos a que se hizo acreedor durante los años que prestó sus servicios.

El merecido descanso en Biel

Cementerio de Biel

Cementerio de Biel  A la derecha las Lezas y a la izquierda, abajo, el cauce del Arba.

Cuando falleció don Juan, exhumaron el cadáver de su  mujer, que estaba enterrada en Alagón, y los llevaron al cementerio de Biel. Desde allí, con sus tres hijos, escuchan el rumor del agua del Arba y contemplan las Lezas, cerca de la casa que conserva vivos sus recuerdos.

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El entramado familiar. Hermanos, cuñados, sobrinos y sus tres hijos

A finales del siglo XIX, los padres de don Juan construyeron una casa en la calle El Burgo, 4, conocida como casa Lanzarote. Cuando la heredó su hija Julia, casada con Victorino Mallén, un veterinario destinado en Biel, pasó a llamarse casa el Veterinario, como la conocemos hoy.

Como ya hemos dicho, era hijo de Francisco Lanzarote Artieda, confitero, y de Felicia Pemán Navarro, de casa Mauricio, una familia de clase emergente.

Los hermanos

18, Casa el Veterinario. Rebajada

Aquí nacieron don Juan y sus hermanos.

De los doce hermanos solo sobrevivieron ocho. El año 1911, en el libro del Cumplimiento Pascual de Biel, podemos leer una relación de los padres y de los hermanos supervivientes.

Francisco Lanzarote 59, casado. Felicia Pemán 48, casada. María Lanzarote 29. Enrique Lanzarote 23. Mariano Lanzarote 21. Julia Lanzarote 18. Juan Lanzarote 15. Francisco Lanzarote 12. Encarnación Lanzarote 10. Valentín Lanzarote 6.

María Candelaria (1883-1884), murió al año de nacer.

María Anunciación (1884-1886), vivió dos años.

09. 1930. Biel. Lanzarote, María y Marco, Isabel. 5 de julio

 

María Magdalena (Biel, 1885-1974), se casó en 1913 con Celedonio García Alvarado (Biel, 1874-1950), secretario del Ayuntamiento. Fueron los padres de Manuel García Lanzarote (Biel, 1914-1946), un químico con un puesto importante en Bilbao.

Biel, 1930. Las cuñadas. Detrás, de pie, María, la hermana de don Juan. Delante, sentada, Isabelita, su esposa. Viste de negro porque año anterior se habían muerto su padre y su hermano.

Pedro Enrique (Biel, 1887-Argentina). Emigró y no volvió.

Mariano (Biel, 1888-Buenos Aires, cementerio de las Chacaritas, 1955).

Francisco (Biel, 1890-1891). Murió al año. Después, para recordarlo, según la costumbre, llamaron Francisco a otro de sus hijos.

Esquela Julia Lanzarote 1982

Julia (Biel, 1892-1982). Se casó con Victorino Mallén Moreno (Murillo de Gállego, 1892-Biel, 1959), un veterinario destinado en Biel.

Fueron los abuelos de los hermanos Duque Mallén. Desde aquí mi recuerdo a las que fueron mis alumnas en el instituto Goya de Zaragoza.

Antonia Moreno, de Mallen

Antonia Moreno (Alagón, 1868-Murilo de Gállego, 1929), Madre de Victorino.

 

 

Gracias a Ricardo López Mallén, sabemos que la madre y la abuela de Vitorino Mallén, cuñado de don Juan, fueron maestras en ejercicio y nacieron en Alagón.

Victorino Mallén. Cuadro recortado

 

Juan (Biel, 1895-Alagón, 1992). Maestro. Se casó con Isabel Marco Sampietro (Biel, 1894-Alagón, 1974).

31. 1925 Juan y Francisco Lanzarote. Victorino Mallén y otro.

 

Biel. 1925, En el centro está don Juan con su hermano Francisco y con su cuñado Victorino a la derecha. No reconocemos a los otros de la foto.

 

 

 

Francisco, “don Paco”, (Biel, 1898-Huesca, 1996). Se casó con Josefina Lasheras Navarro (Biel, 1907-1990), de casa Manolete. Tuvieron tres hijos: Francisco, María Pilar y Rosario. Estuvo de maestro en Biel en dos ocasiones. En su última etapa sustituyó a Constantino Pemán Otal cuando se jubiló.

Esquela Francisco (Paco) Lanzarote

Ana Felicia (Biel, 1900-Zaragoza, 1901). Murió al año.

Encarnación (Zaragoza, 1902-Biel, 1919), murió soltera.

Valentín (Biel, 1903-¿?), falleció en el Seminario de Jaca, donde estaba estudiando.

La casa de Manuel Marco

En 1898 Manuel Marco Bonaluque  le compró una casa a Daniel Dieste Morlans, de casa Perico Matías, en la calle Mayor, 24. La tiró y construyó una nueva. Así nació la casa de Manuel Marco, en su momento una de las más altas de Biel.

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Casa de Manuel Marco, 1898. Entre el balcón de casa Caudevilla que atraviesa la calle y la carnicería vieja

Después, en 1909, su hijo Marino, con motivo de su matrimonio, la amplío con la carnicería. Y así la he conocido yo siempre. En esta casa de la calle Mayor, 24, nacieron los tres hijos de don Juan.

22. 1912 JManuel Marco 1912 circa

Casa de Manuel Marco. Calle Mayor 24, Biel.

La familia de su mujer: Isabel Marco Sampietro

20. 1930. Isabelita Marco

Isabelita en 1930.

 

Era hija de Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), maestro, recaudador de impuestos y juez de paz, y de  Isabel Sampietro Gállego, (Biel, 1863-1938).

De los nueve hijos de Manuel Marco Bonaluque, solo sobrevivieron Marino e Isabel Manuela Pabla.

En 1884, ya casada y residente en Fuencalderas, se matriculó en la Escuela de Maestras de Huesca. Ese mismo año nació su primogénito, Marino, y abandonó los estudios.

Cuñados y sobrinos

Marino Marco Sampietro se casó con Delfina Bueno Garza maestra titular de Biel y fueron padres de sus cinco sobrinos:

Rosario (Biel, 1911-Alagón, 1966), Teresa (Biel, 1913-Madrid, 1977), José Manuel (Biel, 1916-Sabadell, 1978), Marino (Biel, 1918-Zaragoza, 1973) y Luis (Biel, 1919 -1982).

24. 1910 Marino y Delfina 1910 Boda

Boda de Marino Marco Sampietro (Biel, 1884-Biel, 1927) y Delfina Bueno Garza (Agüero,1882-Alagón, 1963).

25. Delfina y sus cinco hijos

Biel, 1923. Doña Delfina con sus cinco hijos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pequeño, casado con Escolástica Marco Marco (Biel, 1922-Alcañiz, 2005), ejerció de médico en Alagón desde 1944 hasta que falleció a los 62 años.

Escolástica y sus amigas de Alagón

Escolástica, con abrigo blanco, y un grupo de amigas de Alagón.

Luis Marco Marco, el hijo de Luis Marco Bueno, nos comentaba:

Mi padre estuvo en Ansó y se trasladó a Alagón porque mi tío Juan le dijo que allí había mucho trabajo y se ganaba bien. Todavía no existía la Seguridad Social. Lo importante eran  las “igualas” y la actividad privada. Me acuerdo perfectamente de nuestro tío Juan rellenando los recibos que se cobraban a las familias según su poder adquisitivo.  El que más pagaba, 25 pesetas al mes, era un tal “Santos el Gitano”, tratante de ganado, porque eran muchos de familia. Estas cosas se las oía comentar a mi padre con mi tío Juan, mientras yo ponía un sello con la firma de mi padre.

Los tres descendientes de don Juan

Sus tres hijos nacieron en Biel, atendidos por Amado Mínguez Biel, (Sos, 1897-Biel, 1984). Llegó de médico en 1923 y en 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-Biel, 1981), de casa Mauricio, es decir, con una prima hermana de don Juan.

Este es un buen momento para recordar a la saga de parteras de Biel, todas bien experimentadas, que acompañaban, o sustituían, a los médicos en los partos. Eran las que inscribían a los expósitos y a los hijos de padres desconocidos en el registro civil. En 1898, a los ochenta años, falleció la primera de la que tenemos noticia, María Salias Gastón, hija de los maestros Francisco Salias, natural de Jaca, y Ramona Gastón, de Ansó. En 1892 su hija Dionisia Muñoz Salías ya aparece en algunos partos como sustituta de su madre. Y en los años cuarenta, una de las últimas fue Melchora de Matiero.

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Octavio (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), Marino (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y Carmen (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Foto de 1940.

Octavio Lanzarote Marco nació en la casa de sus abuelos maternos. En la partida de nacimiento consta así:

Hijo de don Juan Lanzarote Pemán y doña Isabel Marco Sampietro de 35 años ambos de edad. Él Maestro Nacional y ella dedicada a sus labores, naturales de esta villa y vecinos de Pradilla de Ebro (Archivo del Ayuntamiento de Biel, nacimientos de 1930).

Estudió Medicina, entre 1947 y 1953. Se casó en 1974 con Olga Borges Barreto (Máguez, Lanzarote, 1939), una joven que había sido la madrina en la Inauguración del Campo Fútbol Máguez, una aldea de Haria, en el norte de la isla de Lanzarote. En 1972, Olga vino de excursión a la Península, conoció a Octavio en Zaragoza, en la plaza de la Seo. Se casaron en Las Palmas de Gran Canaria y fijaron su residencia en Alagón.

La historia laboral de Octavio resultó un poco movida. En 1954, comenzó en el Hospital Militar de Melilla. Pero al año siguiente, 1955, ya estaba en Torres de Berrellén.

30. 1959 Octavio Lanzarote en la consulta Castejon de Valdejasa

1959, Octavio Lanzarote Marco (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), en la consulta de Castejón de Valdejasa.

En 1957 aprobó las oposiciones a Médico Titular y estuvo dos años en el Sanatorio de Agramonte, donde ejerció de forma privada. En 1959 lo nombraron Médico Titular de Castejón de Valdejasa.

Diez años después ejerció en Pradilla de Ebro, como su padre, y durante muchos años, hasta que murió su primo Luis, compartieron la consulta la Avenida de Zaragoza de Alagón.

En 1979 le concedieron la titularidad de Alagón. Y durante un tiempo tuvo agregado Cabañas de Ebro.

Marino Lanzarote Marco. También nació en la casa de sus abuelos maternos. En 1952, aprobó el grado de Perito Mercantil en la Escuela Profesional de Comercio de Zaragoza. Desde 1944 su padre lo preparó en casa y se examinó como alumno libre.

A la vez que estudiaba comenzó a trabajar de recadista en la La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (CAZAR) de Alagón. En 1949 ingresó de auxiliar, por oposición, en el Cuerpo de Empleados de la CAZAR. De los 138 candidatos, y de los 15 aprobados, obtuvo el número uno.

En 1954 se licenció del servicio militar y lo nombraron comisionado para aclarar la campaña de remolacha. Por su buena gestión, lo eligieron delegado de la sucursal de nueva creación en Fuentes de Ebro. En 1958 se trasladó a Graus, Huesca, como delegado de comarca. Allí se casó con María Peña Subías Borgoñó y fueron los padres de: Peña, Isabel, Pilar, Marino y Javier Lanzarote Subías

35, 1960. Marino y Peña

Marino Lanzarote Marco (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y María Peña Subías Borgoñó (Graus, 1939).

En 1969 ascendió a jefe de la Cuarta y lo trasladaron a Calatayud. Allí fue director de la sucursal de Calatayud y zona.

En 1972 pasó a la sucursal de la Plaza de La Seo de Zaragoza. Precisamente allí conoció a su futura cuñada Olga Borges.

Y posteriormente a la Avenida de Madrid donde su hija Isabel, siguiendo sus pasos, encontró a muchas personas que lo recordaban con mucho cariño

En 1992, se jubiló en la Central de la Plaza de Basilio Paraíso.

Carmen Lanzarote Marco (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Maestra Nacional y Guía Turística de Mallorca.

33, 1941 Comunion de Carmita

1941. Primera Comunión de Carmen, conocida como “Carmita”.

En marzo de 1957 aprobó las oposiciones en Huesca y en septiembre de 1958 se incorporó a la escuela de Biscarrués. En 1959 estuvo en Aladrén y en 1960 en Alcubierre.

En 1962 solicitó una excedencia de tres meses para estudiar Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Volvió a acabar el curso a su escuela y solicitó una excedencia voluntaria para incorporarse al Instituto de Misioneras Seculares (IMS). Desde 1963 hasta 1965 siguió estudiando en el Centro de Cultura Religiosa de Vitoria y obtuvo el título de profesora de Religión Católica.

En 1966 la admitieron a participar en el examen de Guías de la provincia de Mallorca, con la condición de que presentara el título de Maestra Nacional y que el Consejo Nacional de Educación equiparara dicho título al de Bachiller elemental.

Desde 1969 hasta 1974 en el Patronato de Villacarlos, Baleares. En mayo de 1969 reingresó en los Patronatos Diocesanos. A través del Centro Fernando el Católico de Zaragoza, se incorporó en el Patronato de Villacarlos, donde estuvo hasta 1973. Ese año la destinaron a un patronato de Manacor, también en Baleares, sin consumir la plaza. Así que su destino seguía siendo Villacarlos hasta agosto de 1974

11. Carmita. La segunda. Lleva las trenzas

Carmen, la segunda por la derecha, lleva coletas.

Como su madre se encontraba muy débil, intentó acercarse a Zaragoza. En 1974, siempre con el Patronato, consiguió colegio nacional “Onésimo Redondo”, actualmente CP Gaudí, de Barcelona. Y en enero de 1979 ganó la plaza por concurso.

Para complementar su carrera, estudió catalán y francés. Realizó algunos cursos oficiales con la Generalitat y obtuvo el Certificado de Nivel que le permitía dar clases en catalán en asignaturas de primaria. Además, había cursado hasta tercero de francés en la Escuela Oficial de Idiomas.

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Hoja de servicios de Carmen Lanzarote.

En 1995 se jubiló. Pero su vida siguió con una actividad frenética. Trabajó como voluntaria social en las cárceles de mujeres de Barcelona y en la casa de acogida Lligam, destinada a las mujeres maltratadas y a las presas para reinserción.

Jubilación de Carmita en Biel

Jubilación de Carmen en la sala del piano de su casa de Biel. Junto a ella, sus compañeras de piso Justa y Covadonga, su hermano Marino, su cuñada Olga y la familia. Biel, 1995.

Y, sin desaliento, se siguió formando para obtener todos los requisitos que exigía su nueva labor. Al mismo tiempo, se involucró en la vida de su barrio de La Sagrera. Entre otras cosas, asistía a la coral de padres que tenía la escuela del barrio.

1940 Juan Lanzarote_0003 Tres hijos Escuela 1940

Los hermanos Lanzarote Marco  fueron a las escuelas públicas de Alagón.

Para terminar

Don Juan llegó a Alagón en plena efervescencia de una educación influida por el modelo de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y supo conjugar los principios educativos institucionistas con su preocupación social y su bondad natural. Era un hombre machadiano, “en el buen sentido de la palabra bueno”.

Nunca olvidó sus raíces rurales ni la buena preparación que recibió en la escuela de Biel. Y quiso repetir, de forma renovada, el modelo de su maestro, don Manuel Marco Bonaluque, de quien fueron dos alumnos destacados él y su buen amigo, Constantino Pemán Otal. Precisamente los dos juntos fueron recordados y elogiados por el inspector en la jubilación de don Juan.

Además de un buen maestro, ejerció de mentor, dio clases particulares y preparó a muchos de sus alumnos para que obtuvieran el premio Pascual Sayos y a otros para que salieran a estudiar fuera. Incluso preparó a su hijo Marino en los estudios de Perito Mercantil, que los realizó como alumno libre desde Alagón.

Su última etapa la dedicó a alfabetizar el Barrio Oliver, y recibió el diploma de Maestro Distinguido.

Junto con otros maestros contribuyó a elevar el nivel cultural de Alagón. Sus ideas calaron muy hondo. Hoy los hijos de sus alumnos, al calor de Inma Callén, hija de Jesus Callén Bazán, un alumno de don Juan, han hecho un nido de gran altura humana y cultural en la Biblioteca de Alagón.

Carmen Romeo Pemán

 

Nota sobre la foto del comienzo. 1934. Don Juan Lanzarote con sus alumnos de Alagón.

Don Bruno y doña Angelita. Los maestros de nuestros padres

 

Los recuerdos son eslabones de una larga cadena que une el pasado con el presente y tienden un puente de plata por el que gustamos andar con el mayor desembarazo hasta confundir las dos orillas…

Bruno Gracia Sieso, Maestro de El Frago, “Recuerdos”, 1933.

Cartel de la Historia que nos une

Lo que os voy a contar ya lo conocen los fragolinos que lo vivieron y otros que me han ayudado a preparar estas notas. ¡Gracias a todos por esta colaboración tan entusiasta! Y es que en El Frago se hacen las cosas así. Hacen falta unas escuelas, pues las haremos entre todos. Si Carmen prepara algo, pues todos le ayudaremos.

Recuperar los casi 175 años de vida de las escuelas supone desempolvar las vidas de todos los maestros y maestras que pasaron por sus aulas. Todos se dejaron la piel y una parte importante de sus vidas a los niños de El Frago.

En este artículo me centraré en Bruno Gracia Sieso y Ángela García Alegre, don Bruno y doña Angelita, como siempre los oí nombrar en mi casa. En 1926, este matrimonio logró embarcar a todo el pueblo en los gastos de la construcción de unas escuelas hechas “a vecinal”, crowdfunding diríamos hoy. Con motivo de la inauguración del edificio don Bruno pronunció una charla: “El niño, la escuela, el maestro y los padres de familia”; y doña Angelita otra: “La enseñanza de la mujer”. Hoy solo conservamos los títulos, pero su espíritu moderno nos llega con los testimonios orales de los que fueron sus alumnos.

Además de conseguir escuelas con viviendas para los maestros, elevaron el nivel cultural del pueblo. Estimularon a muchas familias a que sacaran a sus hijos a estudiar y potenciaron la enseñanza de adultos. Y, además, nos dejaron una significativa obra literaria escrita desde, o sobre, El Frago.

Doña Angelita García Alegre

Doña Angelita fue la maestra de nuestras madres, es decir, de las niñas nacidas entre 1909 y 1924; y don Bruno de los niños nacidos entre 1912 y 1926. Entre otros, de mi padre.

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1933. Calatayud. Ángela Garía Alegre. Foto de Gregorio Romeo Berges

Zaragoza, 1894–Ronda, Málaga, 1971. Era hija de Carlos, empleado de Correos y Telégrafos, y de Ángela, natural de Gurrea de Gállego. En unos tiempos en los que no era habitual que las mujeres estudiaran, convenció a sus padres y comenzó Magisterio a los 19 años. En 1918 aprobó las oposiciones en Huesca. Estuvo un año en Casbas y al año siguiente llegó a El Frago.

Maestra de El Frago: 1919–1929

Entre 1921 y 1935 nacieron sus hijos: Angelina, María Rosa, Blanca, Gabriel, Ana María, Carlos, Miguel Ángel y María del Carmen.

Maestra de Calatayud: 1929-1935. Y de Ronda: 1935–1964

En 1929 murieron su hermana Carmen, de una hernia inguinal, y su hijo Gabriel, de difteria. Estas muertes trágicas, unidas a la deficiente atención médica de El Frago, influyeron en su decisión de abandonar el pueblo. Se presentó a unas oposiciones y le dieron Calatayud. Su marido no consiguió traslado y siguió en El Frago dos cursos más.

Cuando ella se despidió de El Frago, don Bruno le dejó al alcalde varias fotografías y algunas tarjetas postales del pueblo con la siguiente nota.

Querido amigo Manuel: ahí le mando una colección de las fotografías obtenidas para que el Ayuntamiento haga con ellas el uso que estime oportuno. Las restantes, menos otra colección que nos quedamos nosotros, las he mandado al Heraldo, a una revista madrileña y a otra zaragozana. Saludos de su buen amigo, B. G. Sieso Hoy 19-X –929.

Desde 1935 hasta 1964 ejerció en Ronda, donde había sido destinado su marido en 1931.

Don Bruno Gracia Sieso

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1933. Calatayud. Bruno Gracia Sieso. Foto de Gregorio Romeo Berges

Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1968. Este hombre, paciente, tolerante y “en el buen sentido de la palabra bueno”, era hijo de Francisco y Carmen, un matrimonio de clase media. Su hermana Pilar lo emparentó con las familias de importantes científicos aragoneses, con los Loscos y con los Pardo Sastrón.

Su primer trabajo: dependiente de sederías

Su padre lo destinó al floreciente mundo del comercio zaragozano y lo colocó en la Sedería de Santiago Sorrosal en la calle Torrenueva. Después estuvo en la de Monreal en la calle Pignatelli.

Estudios y destinos. Berrioplano, Gallipienzo, Las Fraguas y El Frago

En 1910 empezó Magisterio en Zaragoza. En 1914 obtuvo plaza en Berrioplano Navarra; de allí pasó a Gallipienzo, Navarra. En 1923 ya estaba en Las Fraguas, Soria, y en 1925 se trasladó a El Frago por el turno de consortes. Allí ejerció seis años, hasta que en 1931 le dieron traslado a Ronda (Málaga).

En 1930 obtuvo un premio del Patronato de Mutualidades de Aragón por su labor educativa.

De la larga y fructífera etapa de Ronda resaltaré su colaboración con la Institución Libre de Enseñanza (ILE). En 1934, participo en las Misiones Pedagógicas y ese mismo año realizó un viaje de ampliación de estudios con otros compañeros de las Misiones.

Maestros escritores

Titulo Maestra Ángela García Alegre - Anverso

Sin romper los estereotipos que la crítica literaria había impuesto a las mujeres, consiguió una voz literaria propia. Así lo recordaba su hija Blanca:

En Calatayud, mi madre se forjó una gran personalidad como escritora y como conferenciante. Era la única mujer que daba conferencias con los Académicos de la Lengua en la Biblioteca Gracián de Calatayud.

Obra y premios de Ángela García Alegre

Publicó abundantes relatos en periódicos, ganó un accésit y dos premios literarios, y colaboró en La novela de viaje aragonesa.

Destacamos los relatos: Blanca (1924), Isabel (1930), La tía Julia (1930), España, flor (1931), De fino encaje (1934), Entereza (1934).

En 1924, recibió un premio por el relato “Blanca” en un certamen literario de Calatayud. Ese mismo año otro premio en Zaragoza, cuyo nombre no figura en la estatuilla que conserva su familia. En 1926, un premio por “Gabrielín” (inédito). En 1935, accésit a “Y por enseñar a otros niños perdí a mi niño”, en el Certamen Pedagógico Nacional. En 1947, un premio de 5000 pesetas por “Consejo de amor”.

Publicaciones de Bruno Gracia Sieso

Trabajos literarios de Don Bruno

Trabajos literarios de don Bruno

Fue un versificador precoz. En Zaragoza se relacionó con los escritores y periodistas del círculo de: Luis López Allué, el patriarca de la literatura regionalista, Manolo Casanova, Fernando Castán Palomar, Arturo Gil Losilla, Tomás Royo Barandiarán, Anselmo Gascón de Gotor Giménez, Pedro Galán Bergua, Ramón Lacadena Brualla y Ramón Celma Bernal.

Más de ciento cincuenta artículos en varios periódicos

Divulgó con entusiasmo la Novela de viaje aragonesa, de la que fue co-fundador. Colaboró de forma habitual en: El Heraldo de Aragón, El Avisador Numantino, El Heraldo de Madrid, La Tierra de Huesca, El Diario de Almería, El Diario de Córdoba y de El Noticiero Gaditano.

Aunque fue contemporáneo del Novecentismo y de la Generación del 27, su prosa lleva el sello postmodernista. En ese momento las vanguardistas intentaban abrirse paso entre un modernismo que había arraigado con fuerza en medio de unos gustos regionalistas que renacían.

En 1927 le dedicó elocuentes palabras a Arturo Gil Losilla, en un homenaje en el Casino Mercantil, cuyo testimonio fotográfico recogió la revista Blanco y Negro. Además, presidió el homenaje al escritor Luis Franco de Espés, barón de Mora.

En 1929 fue reportero de la inauguración del grupo escolar Costa de Zaragoza. En 1928 con el artículo, “Goya. En torno a un centenario”, estimulaba a estudiar a sus alumnos recreando los orígenes rurales de Goya.

Se reveló como un perspicaz lector, muy atento a las novedades literarias aragonesas. De la fama y prestigio de don Bruno dan fe las caricaturas que de él se hicieron en la prensa

Un idilio en Cesárea, en colaboración con Arturo Gil Losilla

En 1927 publicaron Un idilio en Cesárea, una novela ambientada en “Cesárea”, el nombre literario de Zaragoza, a la manera de los realistas del siglo XIX.

En una trama de novela rosa iban incardinando acontecimientos épicos del pasado zaragozano y personajes célebres de la Zaragoza contemporánea.

Para terminar

Hará unos cien años, llegaron a El Frago los Reyes Magos, disfrazados de maestros. Y se hicieron realidad las ilusiones muchos niños. Esos que hoy son nuestros padres y abuelos.

El año 2007, el pregonero de la Feria de Ronda se enorgullecía de haber tenido como primer maestro a don Bruno. Y los fragolinos nos enorgullecemos de que don Bruno y doña Angelita fueran los maestros de nuestros padres. Gracias a ellos las generaciones siguientes nos hemos beneficiado de sus semillas.

No para desmerecer su labor, sino para entender mejor su calado, quiero resaltar encontraron un terreno abonado. Simona Paúles y Pedro Uhalte, también matrimonio, fueron maestros de El Frago desde 1884 hasta 1913 y alfabetizaron a nuestros abuelos. Mi propia abuela, sólo con lo que aprendió en la escuela, y no asistía regularmente porque desde niña trabajaba como pastora, tenía una letra primorosa –con faltas de ortografía, claro- y llevaba las cuentas de la casa en sus “cuadernos de apuntaciones”.

50. 1932-Cuaderno Antonia

Cuaderno de Antonia Berges Beamonte (El Frago, 1885-1951)

Fuentes documentales

Archivo del Ayuntamiento de El Frago.

Archivo de la familia Gracia García.

Prensa histórica local y nacional.

Carmen Romeo Pemán, Los maestros de nuestros padres. Conferencia impartida en el Ayuntamiento de El Frago, el 9 de noviembre de 2013.

Carmen Romeo Pemán, De las escuelas de El Frago, IFC, Zaragoza, 2014. Presentado en El Frago, el 24 de enero de 2015.

Javier Arenzana Romeo, De ronda por las escuelas de El Frago. En instinto lógico, el 1 de febrero de 2015.

Carmen Romeo Pemán, A todas las maestras. A las 35 que pasaron por El Frago. En Letras desde Mocade.

Carmen Romeo Pemán, A todos los maestros. A los 25 que pasaron por El Frago. En Letras desde Mocade.

Fuentes orales

Conversaciones y entrevistas con los alumnos de don Bruno y las alumnas de doña Angelita. Anécdotas de estos maestros que se han mitificado en el pueblo.

De las escuelas de El Frago-1

 

Carmen Romeo Pemán

 

 

Laurentina Frías. Una alcaldesa de la que todos se olvidaron

#nuestrasmaestras

Laurentina con sus alumnas. De Sandra Abad Orós

Laurentina Frías Gil con sus alumnas. Alforque, 1928. Foto cedida por Sandra Abad Orós.

A finales de enero de 1933 cesaron a todos los integrantes de los viejos ayuntamientos, de aquellos que habían sido elegidos por el artículo 29 de la Ley Maura, que todavía estaba vigente. En España afectó a 2500 pueblos y en la provincia de Zaragoza a 129. Uno de ellos, Alforque.

A principios de febrero se nombraron unas comisiones gestoras, que durarían solo dos meses y medio, hasta las elecciones de abril de 1933. Con la intención de preparar unas elecciones limpias y transparentes.

En esas gestoras, en la provincia de Zaragoza, entraron 18 alcaldesas y 34 concejalas.

De la elección de 17 alcaldesas se dio noticia en todos los periódicos locales y en muchos nacionales. Se habló del recibimiento que les hizo el gobernador y del banquete que les ofreció. Pero por alguna razón, de Laurentina Frías Gil, la alcaldesa de Alforque no se habló en ningún momento.

Yo la encontré por casualidad cuando estaba rastreando las comisiones de todos los pueblos. En realidad buscaba a las concejalas, de las que nadie se había ocupado. Y de repente la vi. Allí estaba ella, presidiendo una gestora.

La comisión Gestora y el nuevo ayuntamiento de Alforque

Presidente, Laurentina Frías Gil, de 49 años, calle Horno 4. Vocales, José Tesán García, de 27 años, carpintero, calle Mayor, y Agustín Lucea Lanuza, de 24 años, labrador, calle Barriete.

Como alcaldesa cumplió con rigor la principal función para la que fue nombrada: lograr que las elecciones de abril de 1933 fueran limpias y transparentes. Y así recogía su actuación La Voz de Aragón:

Presidió las elecciones y estuvo en la constitución del nuevo ayuntamiento. Después de unas elecciones tranquilas y dignas, con las formalidades de rigor previas, fueron posesionados de los cargos de concejales los señores siguientes:

Mariano Lucea García, 45 años, labrador, calle Barriete; Miguel Clavero Giménez, 60 años, retirado, calle Mayor; Martín Tesán García, 27 años, carbonero, calle Mayor; Julián Clavero Jiménez, 46 años, herrero, calle Mayor; Francisco Artal Giménez, 59 años, del campo, calle Alta; y Bernardino Pertusa Artal, 31 años, jornalero, calle Barriete;. Mediante elección se nombró alcalde a Mariano Lucea. (Cfr. La Voz de Aragón, 08/06/1933).

Laurentina Frías Gil

Monteagudo de las Vicarías, Soria, 3/2/1884-Alforque, 28/1/1952

Recordarotio Laurentina

Tenemos pocas noticias de su familia. Algunos datos sueltos, que nos van apareciendo aquí y allá.

En 1890, Afrodisia Gil Beltrán, quizá una hermana de su madre, vivía en Monteagudo, Soria, de donde procedían los Gil Beltrán, y falleció en Zaragoza el 30/10/1962. Su hermana María Frías Gil (Monteagudo, 1893-Zaragoza, 20/10/1968), se casó con Valeriano Pascual Condado, (¿?-Zaragoza, 28/12/1950.) un guarda de seguridad, y vivían en la calle López Toral 12, de Zaragoza. Su hermano Antonio A. Frías Gil fue secretario de varios pueblos de Soria. En 1929 estaba destinado en Moral de Calatrava, Ciudad Real, y pertenecía a la Unión Patriótica de Primo de Rivera.

Estudios y primeros destinos en Soria

Laurentina, hija de Pedro y Juliana, cursó Magisterio en la Escuela de Maestras de Soria. Acabó a los 18 años y comenzó su carrera profesional en tierras sorianas.

En 1902 la nombraron maestra interina de Villaciervitos. En 1904 seguía en Villaciervitos, con un sueldo de 200 pesetas, y solicitó entrar en las listas maestras del Rectorado de Valladolid, pero la excluyeron por ser menor de 21 años. En 1905 estaba en la escuela mixta de Mazarovel. Desde 1906 hasta 1908, en Vilviestre de los Nabos, un pueblo de 110 habitantes, agregado a Orteruelos.

1907 le habían dado por concurso de traslado Santa Cruz de Moncayo, Zaragoza. Pero María Yerobi Olaechea, con el número 94 de la clasificación general, reclamó su derecho a la escuela de Santa Cruz de Moncayo. Y Laurentina, con el número 101, tuvo que continuar un año más en Vilviestre.

Destino definitivo: Alforque: desde 1908 hasta 1952

En marzo de 1908, por concurso único, consiguió Alforque, Zaragoza. En este traslado le cambió su vida para siempre.

Ha quedado vacante la escuela de Vilviestre de los Navos por haberse posesionado doña Laurentina Frías en la de Alforque, en la provincia de Zaragoza. (El defensor escolar, 21 de marzo de 1908)

Al poco tiempo de llegar se casó con Mariano Giménez Cristóbal (Alforque, 02/06/1877-Ídem, 14/02/1947), un labrador emparentado con casi todo el pueblo. Su hermano Cristóbal Giménez Cristóbal era el carpintero de la calle Mayor, 36. Y en el expediente de responsabilidades políticas contra Gabriel Sena Lucea (Alforque, 21/03/ 1909-Ídem, 14/02/1984). se le  acusa  de haber ayudado a Mariano Giménez a salir de la cárcel. (Cfr. Responsabilidades políticas de la provincia de Zaragoza. Expediente, 4562, contra Gabriel Sena Lucea de Alforque)

Laurentina y Mariano fueron los padres de:

Recordartorio Mariano, su Marido

Manuel (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981). Siguiendo una costumbre aragonesa, al primer hijo que nació después de su muerte le pusieron su nombre.

Afrodisio (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981), cuyo nombre se lo debía a su familia materna. Se casó con Carmen, era contable, aunque en el censo de 1934, figuraba como jornalero. Según los datos que  Manuel Ballarín Aured obtuvo en el AHGC de Salamanca y de la Causa General.

Afrodisio Giménez Frías fue secretario general de la UGT en 1937. Se afilió al PCE el 1-8-1937 y fue secretario general del PCE en 1937 y primeros de 1938. Al parecer, no fue asesinado por los rebeldes, ya que, según la Causa General, “se encontraba en el Ejército”.

Herminio Lafoz Rabaza también recoge el dato de la UGT en la Fundación Bernardo Aladrén.

Manuel, (Alforque, 14/10/1916-Zaragoza, 28/01/1932). Está en cementerio de Torrero, en el mismo nicho de su hermano Afrodisio.

José Luis, (Alforque, 31/12/1921-Zaragoza, 22/01/2005). Licenciado en Químicas, trabajó en el Servicio Comercial de Urruzola. Se casó con Amparo Pérez Plo (Zaragoza, ¿?-Madrid, 4/10/1986) y no tuvieron hijos. Amparo está enterrada en el cementerio de Torrero de Zaragoza, con sus hermanas Julia y María Pilar.

Maestra de Alforque

En los 44 años que ejerció allí, pasaron varias generaciones de niñas. Sabemos que profesionalmente era muy activa y que recibió felicitaciones de la inspección. A continuación, de unas notas ordenadas cronológicamente, que son como la punta de un iceberg, se desprende su talante activo y comprometido.

  1. La Asociación de maestros del partido de Pina decidió admitirla entre sus miembros (Cfr. El magisterio español, 8/8/1914).
  2. Laurentina y Manuela Blasco Pardillos, la futura alcaldesa de Torrellas, solicitaron participar en unas oposiciones restringidas. Estas oposiciones servían para ascender en el escalafón y aumentar el sueldo.
  3. Las niñas de la escuela y su maestra hicieron sendos donativos para las obras del templo del Pilar.
  4. Se dio de alta en la Confederación Nacional de Maestros, en la Sección de Socorros.
  5. Recibió alabanzas del inspector que visitó su escuela.

Visita de inspección. El 26 del pasado mes, realizó la visita reglamentaria el culto señor inspector de la zona, don Emilio Moreno Calvete, a las escuelas nacionales de niños y niñas, desempeñadas por los competentes profesores de Primera Enseñanza, don Generoso Hernando Borreguero y doña Laurentina Frías Gil, quedando altamente satisfecho del estado de la cultura que poseen los niños y las niñas, alentándolos para que sigan ampliando sus conocimiento a fin de ser mañana hombres útiles al pueblo y a la patria que los vio nacer.

Rogó a las autoridades, maestros y niños que procuren poner de su parte para que la asistencia sea más normal, inculcando en los padres los perjuicios que originarán a sus hijos al retenerlos en casa en lugar de enviarlos a las escuelas, según la ley y su conciencia les ordenan. (La Voz de Aragón, 08/06/1933).

1952. Falleció antes de jubilarse y en su necrológica ya solo figuraban dos de sus cuatro hijos Afrodisio y José Luis.

Compromiso político

Dos hechos nos sirven para hacernos una idea de sus inquietudes.

El 28 de enero de 1938 se afilió a la FETE (Cfr. Herminio Lafoz Rabaza).

En 1939 estaba en una lista con 93 maestros de la provincia de Zaragoza, propuestos para ser depurados. Junto a ella figuraban: José María Velilla Membrado, maestro de Alforque, Rosa Arilla Albar, maestra de Gelsa, que había sido concejala de Quinto de Ebro, e Isabel Pemán Cardesa, parvulista de La Almolda, que, en 1933, había sido alcaldesa de Magallón. El 7 de mayo de 1938, Segundo Año de la Victoria. El presidente de la comisión de depuración, Miguel Allué Salvador. (Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 10/05/1938).

A la vez que Laurentina, ocuparon la escuela de niños, entre otros: Tarsicio Vega, que había llegado de interino en 1907. Joaquín García Miguel, en 1931, se trasladó a Carballiño (Orense). Ese mismo año llegó Generoso Hernando Borreguero, procedente de Caniego de Mena (Burgos), un activo asociacionista de la prensa de Magisterio. En 1935 Generoso permutó con José María Velilla Membrado (Castelserás, Teruel, 26/2/1871-Zaragoza, (5/12/1962), que estaba en Juslibol. Y en 1938, estando en Alforque, lo depuraron.

Para terminar

Laurentina Frías fue una brillante maestra de Soria, pasó la mayor parte de su vida en Alforque, donde se casó con un labrador, y se comprometió con los ideales de la II República. Fue alcaldesa en 1933, en 1938 se afilió a la FETE, y ese mismo año fue depurada.

Con este artículo he querido rescatar la memoria de esta mujer valiente. Sacar a la luz la figura de una alcaldesa republicana de la que se olvidaron hasta los periódicos de su época.

En la recuperación de los datos de Alforque he contado la inestimable colaboración de Sandra Abad Orós, gran conocedora de los archivos y de la vida del pueblo.

Estoy segura de que, con su vida humilde y con su gran vocación por la enseñanza, entregó lo mejor de sí misma a las niñas de Alforque. Y también estoy segura de que algunas lograrían hacer estudios superiores gracias al empuje y al modelo de su maestra. De esto tendrían que hablarnos las que fueron sus alumnas.

Carmen Romeo Pemán

Escuelas dedicadas a maestras

 

#nuestrasmaestras

A Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó e Inocencia Torres Matínez. Mucho más que amigas. A ellas les debo parte de este y de otros trabajos.

Entrega Premios.1

El caso de Zaragoza

En el siglo XIX y principios del XX las escuelas recibían el nombre de la calle que las acogía. Así la escuela de la calle de las Armas, angular con la calle de la Golondrina, se llamó Escuela de las Armas, y también de la Golondrina, y a sus alumnas las golondrinas. Y lo mismo ocurría con la del Buen Pastor, en la calle del mismo nombre, y con la del Castillo, en un espacio que había pertenecido al Castillo de Palomar.

En Zaragoza, esta costumbre empezó a cambiar con el nacimiento de los grupos escolares de enseñanza graduada y la desaparición de las escuelas unitarias.

En 1914 el Ayuntamiento condecoró a Eulogia Lafuente, a Rosa Arjó y a Marcelino Lopez Ornat, y acordó poner sus nombres a tres grupos escolares de la ciudad. En 1919, a propuesta del concejal señor Faci, eligieron el nombre de dos maestras, Andresa Recarte y María Díaz, para dos escuelas.

A lo largo de un siglo se han ido bautizando los grupos escolares de la ciudad, pero solo siete han llevado el nombre de una maestra. A las anteriores les siguieron Ana Mayayo en 1969, Gloria Arenillas en 1981 y Patrocinio Ojuel en 2019.

En la mayoría de los centros optaron por nombres de maestros, como Cándido Domingo o Joaquín Soler, o por nombres de hombres célebres como Gascón y Marín, Joaquín Costa o Miguel de Cervantes.

A continuación expongo las semblanzas de las siete maestras que merecieron las placas en las puertas de las escuelas. La historia de estas mujeres, destacadas en su tiempo, se ha ido diluyendo con los años y, por eso, hoy nos cuesta recuperar las trayectorias de sus vidas y la memoria de sus trabajos.

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Gloria Arenillas Galán (Zaragoza, 18 de noviembre de 1910-Zaragoza, 25 de febrero de 2005).

Gloria Arenillas.

El periódico La Voz de Aragón se hacía eco del triunfo obtenido por la asilada señorita Arenillas en los Cursillos de Magisterio de 1932. El presidente daba cuenta de su  éxito en las oposiciones, fue el número uno, y proponía que se le concediera el derecho a ocupar la primera vacante que se produjera en el Hospicio, cuando se renovara la enseñanza en el centro. (La Voz de Aragón, 18/12/1932).

En 1948 estaba destinada en la escuela de San Juan de Mozarrifar, cuando se adscribió al barrio del Cascajo. Posteriormente fue directora del Colegio Cándido Domingo, en el Arrabal, hasta que se jubiló.

En 1974 el Ministerio le concedió el ingreso en la orden de Alfonso X, en atención a los servicios de mérito extraordinario prestados como maestra nacional.

Colegio Gloria Arenillas

Gloria Arenillas en la Antigua Azucarera.

El actual Colegio Gloria Arenillas se construyó a finales de los años 70 en los terrenos de la Azucarera del Gállego, en el Arrabal. Al principio se llamó Colegio Nacional Mixto Urbanización Ríos de Aragón. En 1981, según Ángel López Folgar, que fue director del centro. se le puso el nombre de Gloria Arenillas, en recuerdo de la que fue directora del colegio Cándido Domingo, el otro grupo escolar del barrio. (Cfr. BOE, 7/10/1981)

Placa. Foto buena

Foto realizada en septiembre de 2019. Propiedad de Esther Carbó Carbonel, profesora del colegio Gloria Arenillas.

En 1919 las viejas escuelas del Arrabal, convertidas en un grupo escolar graduado, recibieron el nombre de Cándido Domingo, un célebre maestro.

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Rosa Arjó Pérez (Huesca, 1876-Zaragoza, 1918)

Rosa Arjó-1

Doña Eulogia Lafuente nos habla de las satisfacciones que le ha dado la enseñanza. El día 6 de abril de 1914 le impusieron la Medalla de la Ciudad. En aquel acto le impusieron la Cruz de la Beneficencia a una discípula suya llamada Rosa Arjó, malograda en plena juventud, por su comportamiento heroico con unas niñas atacadas de tifus, entre las que se encontraba una hermana del actual jefe de la Guardia Municipal, señor Lloré. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente”. La Voz de Aragón, 03/09/1930)

Rosa Arjó Pérez era hija de Esteban Arjó Fraguas, un militar nacido en 1846, y de Amalia Pérez Mayo, nacida en 1852. Su hermano Esteban cursó el bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca, estudió Medicina en Zaragoza y fue médico titular de Alcampel, (Huesca). En 1934. Amalia Pérez, su madre de 82 años, María Arjó, una hermana de 56 años y profesión sus labores; y María Josefa, otra hermana, maestra nacional de 53 años, vivían en Zaragoza, en la calle Sobrarbe, 59.

Rosa estudió Magisterio en Zaragoza y comenzó a trabajar como auxiliar con Patrocinio Ojuel, la parvulista que introdujo el método Montessori en Zaragoza. En 1906, con la carrera recién acabada, la destinaron a Almazán (Soria), en 1907 aprobó las oposiciones y en 1908 llegó a la escuela El Castillo en el barrio de las Delicias, donde era directora cuando murió a los 32 años, víctima de la gripe.

En 1914 se casó con Julio Gargallo un contratista de obras de San Sebastián, que, en 1913, junto con Arturo Nicolás, llevó a cabo la construcción del edificio de la Caja de Ahorros de la calle San Jorge. El proyecto era de los arquitectos Ramón Cortázar y Luis Elizalde, también de San Sebastián. Julio Gargallo, además, era copropietario y consejero La Voz de Guipúzcoa, un periódico que vivió desde 1885 hasta 1928.

En 1915 nació su hija Ignacia. Y la niña aún no había cumplido tres años cuando murió su madre. Ignacia Gargallo Arjó se casó con Mateo Lacarte Álvarez, de una conocida familia de industriales zaragozanos. En 1933 Julio Gargallo residía accidentalmente en Zaragoza en casa de su hija.

Don Julio Gargallo está enfermo en casa de sus hijos los señores Lacarte Gargallo. (Cfr. La Voz de Aragón, 04/01/1933)

Rosa Arjó y las colonias escolares de verano

Desde 1912 tenemos noticias de su participación en las colonias escolares de verano. Ese año estuvo de directora de las de Biescas, y con ella fue de auxiliar su hermana Pilar Arjó, (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 28/8/1912).

En 1913 fue a las de Segura de Baños (Teruel) con 30 niñas. A los pocos días de llegar se declaró una epidemia de tifus. Se evacuaron las niñas no afectadas, pero Rosa se quedó en Segura con las enfermas. Durante todo el tiempo que estuvieron allí las cuidaba y todos los días mandaba una crónica al Heraldo de Aragón para mantener informados a sus padres.

En 1914 el Ayuntamiento de Zaragoza, en el mismo acto que otorgó la medalla de oro de la ciudad a Marcelino López Ornat y a Eulogia Lafuente Querejeta, le impuso a Rosa Arjó Pérez las insignias de la Cruz de Beneficencia por su comportamiento en Segura de Baños. Ese mismo año, el ministro Francisco Bergamín, que había asistido al acto de Zaragoza, les concedió a los tres la Cruz de Alfonso XII.

El Colegio Rosa Arjó

Colegio Rosa Arjó

En 1914 el Ayuntamiento puso el nombre de Rosa Arjó a la escuela del Castillo, donde ella estaba destinada.

Durante la II República se construyó una nueva escuela nacional mixta, llamada Pablo Iglesias, al final de la calle de San Antonio. Esta escuela, junto con la de Andrés Manjón, venía a sustituir a las antiguas escuelas del Castillo.

Al comenzar la Guerra Civil. se quitó el nombre de Pablo Iglesias y se recuperó el nombre de Rosa Arjó para el nuevo edificio.

El año 2000 se cerró el colegio por falta de alumnos, pero el edificio se siguió llamando Rosa Arjó.

Allí están ahora el Consejo Escolar de Aragón (CEA), el Centro Aragonés de Recursos para la educación inclusiva (CAREI) y la Prevención de Riesgos Laborales, Junta de Personal y Confederación San Jorge (FAPAR).

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María Díaz Lizardi (1856-¿?)

María, hija de Rafael Díaz y Narcisa Lizardi, era la mediana de seis hermanos. Pero, hasta ahora, he encontrado pocos datos sobre sus orígenes y su formación inicial.

María Díaz Lizardi. FOTO.1

Los comienzos profesionales

En 1890 estaba destinada de maestra en Zaragoza, con título superior, sueldo 2.000 pesetas, 8 años, 7 meses y 18 días de servicios, cuatro oposiciones. En 1891 iba la sexta en una lista de maestras propuestas para cubrir una vacante en una escuela de niñas de Madrid. Después estuvo destinada en Teruel, en Barcelona y en Tarragona, como maestra de la Escuela Normal.

1905-1926: veintiún años en la Escuela Normal de Zaragoza

En 1905 volvió a Zaragoza como Maestra de la Sección de Ciencias de la Escuela Normal de Maestras, donde ejerció veinte años, hasta que se jubiló en 1926.

Había asentado su vivienda en la plaza de Lanuza 20, cercana a la escuela del Buen Pastor, que lleva su nombre. Después de su jubilación mantuvo gran actividad en la Acción Católica de la Mujer de Zaragoza, donde figuraba como presidenta de la Sección de Magisterio.

Un incidente en 1908

No se sabe por qué motivo, en 1908 fue agredida por unas alumnas de la Escuela Normal. Y así se contaba en la Gaceta de Instrucción Pública:

SOBRE LA NORMAL DE ZARAGOZA Tenemos gusto en notificar a La Educación, nuestro estimado colega zaragozano, algún detalle de lo que ocurrió en la Normal de Maestras de Zaragoza en el mes de junio pasado. Doña María Guadalupe del Llano y Doña María Díaz Lizardi fueron dos profesoras agredidas. La primera en la calle al dirigirse a la Normal. La segunda dentro de la Escuela. Las citadas profesoras pueden informar a La educación, nuestro colega zaragozano, en lo relativo al nombre y número de las alumnas ofensoras. (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 25/9/1908, p. 4).

Guadalupe del Llano Armengol, una profesora de la Escuela Normal de Maestras que, desde 1928 hasta 1931, fue directora de la Normal y jefe de la escuela de prácticas.

La Escuela María Díaz Lizardi

En 1919 se puso su nombre a la escuela de niñas de la calle el Buen Pastor. En una placa con su efigie aún podemos leer:

Homenaje de gratitud a la excelsa maestra que con gran abnegación guió a centenares de niñas hacia el bien y la instrucción. Sus discípulas perpetúan el nombre de quien les iluminó el corazón y la inteligencia con sus sabias enseñanzas y ejemplares virtudes. Zaragoza 21 de octubre de 1919. DOÑA MARÍA DIAZ LIZARDI

En 1929, se modificó el sexto grupo de la escuela nacional  María Díaz Lizardi. Hasta entonces tenía con cinco grupos grados. Y un sexto en régimen unitario.  Ese año pasó también al régimen graduado. (Cfr. La Voz de Aragón, 10 Marzo 1929)

En 1987 desaparecieron el colegio y el nombre. Hoy el edificio alberga el Centro de Formación de Profesores Juan de Lanuza.

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Eulogia Lafuente y Querejeta (Roncal, Navarra, 1863-Zaragoza, 1932)

1930. Eulogia Lafuente. 1

Figuras zaragozanas. Doña Eulogia Lafuente, la mujer que estuvo 47 años al servicio de la enseñanza.

—¿Dónde ha ejercido los 47 años de profesión?

—En Zaragoza, todos en Zaragoza. He sido directora del Colegio de la calle de las Armas y del grupo escolar Gascón y Marín. ¡La de niñas que han pasado ante mí! ¡La de mujeres a quienes he enseñado de niñas! ¡Qué satisfacción tan intensa me proporciona pensar en esto! En mis primeros años de maestra solo existían en Zaragoza cinco o seis escuelas unitarias de niñas y teníamos una matrícula que no descendía de 130 y 140 alumnas. Y en estas condiciones, poco se podía hacer. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente con motivo de su jubilación”. La Voz de Aragón, 03/09/1930. De esta entrevista voy desgranando más cita en las líneas de este artículo).

Eulogia Lafuente se casó con Pedro Gómez Cuartero (Tabuenca, Zaragoza, 1857-Zaragoza, 1943), también maestro condecorado con la Medalla de Oro de la ciudad. Era hijo de una familia de agricultores y tiene dedicada una calle en su pueblo natal.

Pedro y Eulogia establecieron su domicilio en la calle San Miguel 52 y fueron padres de tres hijos: Eulogia y Pedro, profesores de la Escuela Normal de Zaragoza, y Mariano, médico. Y abuelos de cuatro nietos.

El día 6 de abril de 1914 Eulogia recibió la Medalla de Oro de la ciudad por ser maestra ejemplar y, ese mismo año, la de Alfonso XII:

Aquel acto fue brillantísimo y emocionante. También impusieron la misma distinción a aquel maestro de maestros que se llamó Marcelino López Ornat. Y la cruz de la Beneficencia a Rosa Arjó.

En abril de 1919, La escuela moderna publicaba el siguiente artículo:

Doña Eulogia Lafuente Querejeta ocupa la dirección de la graduada “Las Armas”, con título de Maestra  Superior. Ingresó por oposición. Posee muchos votos de gracias y comunicaciones laudatorias; está propuesta por la Junta Provincial para una recompensa especial por sus brillantes servicios docentes. Ha obtenido Medalla y Diploma de primera clase en Exposiciones, y la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza en recompensa a su excelente labor profesional. Tomó parte como vocal en oposiciones y coadyuvó en exposiciones, conferencias, fiestas escolares.

Se jubiló en 1930, a los 67 años, sin cumplir la edad reglamentaria, por motivos de salud. En ese momento era la directora del Gascón y Marín.

He cumplido 67 años y la gente dice: doña Eulogia, se conserva muy bien. Y es que muchos de los que me conocen creen que tengo bastantes más años. ¡Qué se le va a hacer!

Doña Eulogia. Por Juan Moneva

Juan Moneva y Puyol (1871-1951), catedrático de Derecho de la Universidad de Zaragoza, fue un escritor de prestigio. Si tenemos en cuenta que don Juan no se prodigaba en este tipo de alabanzas, debió ver grandes virtudes en doña Eulogia. Por razones de espacio, solo reproduzco algunos fragmentos y he omitido el signo convencional (…) de corte, para facilitar la lectura. En ningún caso los fragmentos quedan descontextualizados.

Mi primera memoria de maestras y maestros de la escuela pública de Zaragoza son doña Estefanía Castaños, aragonesa, notabilidad en su tiempo, pensionada por la Diputación. Don Epi- y doña Boni-, él –fanio y ella –facia, abnegada conyugia, que consumió su vida en educar párvulos. Doña Eugenia Azcoaga y Tellería, baska, creo que bergaresa, de faz sin pizca de hermosura, pero que se le iluminaba frecuentemente con una sonrisa de santidad y de una voz dulce, como acaso no he oído otra. La infeliz Paca Carnicer, si es infeliz quien muere joven, aunque muera piadosamente.

Doña Eulogia, si no de mis años, pues tenía algunos más que yo, era contemporánea mía. Del Roncal, su patria, en donde había usado el traje bello y rico, de las mujeres de allá, y el peinado de trenzas largas atadas al final con cintas de colores. Vino muy pronto a Zaragoza, maestra por oposición de una escuela pública. La señalaban como sobresaliente en su carrera. Desde las primeras veces que hablé con ella, noté que tenían razón.

No recuerdo dónde fue su primera escuela, ni cuándo se casó, sí cuándo tuvo cada crío, que hoy una es docente de Magisterio y otros dos son doctores. Ni me interesan esos datos del registro parroquial o civil. Voy a hablar aquí de cómo era, de cuerpo y alma. Pero, sobre todo, de aquello suyo que no perece, porque es inmortal.

Era alta, lo más que sirve para realzar la gallardía de una figura robusta en proporción. Erguida, de faz en óvalo prolongado, grandes ojos serenos, buen color, andar tranquilo, el decir como el andar, y una seguridad en los conceptos muy conforme a su andar y a su decir.

No era una purista del decir. Sabía hablar gratamente, correctamente, sin poner aristas vivas en las palabras esdrújulas, sin propender a los polisílabos eruditos, sin sacar el armario reservado de la Gramática los exotismos de algunos verbos irregulares. Y precisamente aquella señora era una especialista en Gramática.

Yo la traté mucho y en intimidad. Nunca la noté asustada por una osadía de concepto, ni deslumbrada por una frase brillante. Contestaba siempre tranquila, siempre a tono, cuando no con razones teóricas con atestados de experiencia.

Presencié su jubilación De aquella sesión recuerdo el discurso, todo emoción y afecto bondadoso de la inspectora Leonor Serrano.

Supe tiempo después, como el cuerpo de mi compañera y amiga era trabajado por una enfermedad horrible. (Cfr. La Voz de Aragón, 1932)

El Colegio Gómez Lafuente

En 1858, en la esquina con la antigua calle de la Golondrina se abrió la primera escuela de niñas del barrio, llamada de la Golondrina, dirigida por Antonina Vicente. Posteriormente la dirigió Eulogia Lafuente Querejeta (1863-1932), una eminente maestra que, junto a su marido Pedro Gómez Cuartero (1857-1943), dan nombre a la escuela desde 1933. Hablamos del centro de educación de personas adultas Gómez-Lafuente.

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Ana Mayayo Salvo, “Doña Anita” (Buenos Aires, 1880-Zaragoza, 1968)

Ana Mayayo

Era hija de Andrés Mayayo (Layana, 1835-1905) y Ana Salvo Aguerri (Sádaba, 1845-1914), que emigraron a .Argentina como muchos de las Cinco Villas. Se casó con Pablo Punsac Causi (1878-1933), un comerciante, delegado de La Ibérica, una firma de seguros de incendios, que en 1910 ya estaba instalado en Zaragoza, en la calle San Carlos.

Ana y Pablo vivieron en la calle Cinco de Marzo, 4, y tuvieron dos hijos: María Teresa (1915-1998) y Jesús (¿?-1975). Su hija Teresa desde 1941 hasta su jubilación fue bibliotecaria de la Universidad de Zaragoza. Teresa Punsac Mayayo, a los licenciados de mi generación, nos inculcó el amor a los libros y nos enseñó las sendas de la investigación.

Trayectoria profesional

Ana Mayayo obtuvo el título de Maestra Superior en la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a los diecisiete años. Desde 1902 hasta 1907 estuvo destinada en Zaragoza. En 1907 se trasladó a Madrid y en 1909 regresó a Zaragoza.

En esos años obtuvo el título en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, donde se formaban los profesores de las Escuelas Normales y los Inspectores. En 1913 la nombraron directora del grupo escolar Los Graneros, así llamado por ocupar el antiguo almudí de la ciudad. En ese edificio está hoy el centro de personas adultas Concepción Arenal.

En 1923 pasó a dirigir  la escuela aneja a la Normal de Maestras. En 1929 también le adjudicaron la de los chicos cuando se quedó vacante. Y fue directora de las dos anejas hasta su jubilación en 1950. Como reunía la doble condición, maestra nacional y profesora de Escuela Normal, demostró una extraordinaria valía como directora de las escuelas anejas, donde tenía que enseñar a los niños y formar a las maestras en prácticas.

Otros cargos

Formó parte de la Junta Municipal de Primera Enseñanza. Desde allí impulsó el ropero escolar, la cantina y las colonias escolares. Como presidenta de la Asociación de Huérfanos de Magisterio, en los años 40, consiguió la construcción del Colegio de Huérfanos de Nuestra Señora del Pilar, edificio en el que hoy está el Instituto Miguel Catalán.

Ana Mayayo fue la “Habilitada” de Magisterio para los partidos de Sos, Ejea y La Almunia. En su época la figura del habilitado era muy importante. El habilitado, un intermediario con la administración, pagaba las nóminas a los maestros en las cuestiones económicas. Además, el habilitado en clases pasivas asesoraba y tramitaba las pensiones. En esta cuestión, los maestros estaban organizados por distritos judiciales y cada distrito tenía su habilitado, que era un cargo electivo y requería una preparación específica. En 1957 Ana Mayayo fue destituida porque se retrasó en el pago a algunos maestros. (Cfr. BOE, 03/06/1957)

Colegio Ana Mayayo

Se llama así desde 1969 el grupo escolar del Parque Palomar. Es el primero que se construyó después de su muerte. En el obituario que le dedicó Pedro Orós solicitaba que se pusiera su nombre al primer Grupo escolar que se construyera en Zaragoza.

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Patrocinio Ojuel Pellejero (Zaragoza, 1877-1961)

Patrocinio Ojuel. 2

Mi abuela paterna, Patrocinio Ojuel, era maestra especializada en párvulos. Estudió en Francia y se trajo, entre otras cosas, el método Montessori. No te dabas cuenta de que estabas leyendo y a los tres años lo encontrabas tan natural como hablar, reír o llorar. (Cfr. Guillermo Fatás Cabeza, Pregón de la feria del libro de Zaragoza, 2013).

Guillermo y su yaya Patro

Mi abuela era una maestra fantástica. Ignoro cómo, pero había logrado estudiar en Nantes, de soltera. Nació en 1877 y en alguna foto que hay por casa parece que tendría como veinte años. Su padre, José Ojuel, era médico y no tuvo más que hijas de su mujer, Juana Pellejero. Imagino que intentó darles una buena educación, más allá de la consabida “cultura general” con la que se adornaba a las jovencitas de clase media. No sé cómo lo hizo, porque yo no tenía conciencia de estar aprendiendo nada, pero a los tres años me había enseñado a leer y a contar. Ella debía de tener unos setenta, era el colmo de la dulzura y de la paciencia. Tenía buen humor, hacía bromas, cantaba canciones muy graciosas y tocaba el piano. Ejerció muchos años como maestra especializada en párvulos, Insistía mucho en que se dotase a las aulas de mobiliario adecuado, móvil, para poder adaptarlo según momentos del día y del año, variar la disposición de los peques para que no se cansasen por la rutina, dar la clase en el exterior si hacía buen tiempo.

La Montessori era solo un poco mayor que mi abuela Patrocinio Ojuel, se llevaban unos siete años, así que la yaya Patro fue muy pionera, debió de enterarse enseguida de esa renovación. La Montessori empezó a ser famosa hacia 1910, o cosa así. Lo que no sé es dónde conectó la abuela con esas enseñanzas. (Entrevista a Guillermo Fatás Cabeza. Por Juan Domínguez Lasierra)

De su familia

José Ojuel Vela (1848-1908) médico y propietario y Juana Pellejero (¿?-1906) tuvieron varias hijas: Encarnación (¿?-1955), Pilar (¿?-1958) y Patrocinio (1877-1961). En 1874, don José ejercía en el hospital del Burgo de Osma, pero en 1892, ya estaba instalado en Zaragoza en la calle Cerdán, 10.

Patrocinio se casó con Guillermo Fatás Montes (1869-1940), también maestro. Vivieron en la calle Ramón y Cajal, 38. Precisamente en la escuela de esa calle ella ya era directora de la Escuela de Párvulos en 1908, es decir, antes de que aparecieran los grupos escolares. Y su marido fue director del grupo Escolar Ramón y Cajal desde 1913 hasta 1919, que pasó a dirigir el Gascón y Marín. Su hijo Guillermo (1919-1989) fue un destacado fotógrafo y director de cine, que en 1967 se quedó incapacitado por una operación quirúrgica. Su hija María, en 1941, como única heredera en este derecho, solicitaba la fianza que su padre prestó para garantizar su cargo de habilitado. (Cfr. BO, 02/11/1941)

De su profesión

En 1895 obtuvo el título de maestra en la Escuela Central de Maestros de Madrid. Además, se formó en Nantes donde aprendió el método Motessori.

En 1897 aprobó las oposiciones y le adjudicaron una escuela de Zaragoza. Justo al año siguiente también llegó a Zaragoza el que después sería su marido. En 1900, con menos de dos años de servicios, había aprobado dos oposiciones y tenía varios votos laudatorios.

Directora de la Escuela Maternal de Zaragoza

Este centro se había creado en 1896 en la plaza de la Libertad, donde había escuelas de primera enseñanza. Muchas maestras de las escuelas municipales se ofrecieron a dar clases gratuitas. Eran estudios de dos años. Desde el principio se encargó de dar las clases de francés Patrocinio Ojuel. María Díaz se ocupó de la caligrafía y dibujo. D. Dehesa, maestra de escuela privada, daba Régimen, gobierno y economía de la familia. Y la maestra Avelina Roque, costura, remiendo y bordado.

La directora de la Escuela Maternal de Zaragoza, doña Patrocinio Ojuel nos remite la siguiente nota: Queda abierta la matrícula de esta escuela en los locales de la de párvulos de Ramón y Cajal, todos los días laborables de 10 a 12 hasta el 22 del actual. Podrán ingresar como alumnas las jóvenes mayores de 12 años que posean los conocimientos de la primera enseñanza.

La tendencia de este centro es procurar la cultura necesaria a toda mujer, y muy especialmente a las madres, para dirigir la educación y la instrucción de los niños de 2 a 6 años. Serán pues objeto preferente de estudio la higiene infantil y demás enseñanzas, ya teóricas, ya prácticas, relacionados con la vida de los niños. Al terminar estos estudios las alumnas tendrán derecho a solicitar de la administración un certificado de aptitud que justificará su competencia para dedicarse al cuidado de la infancia. (Cfr. La Voz de Aragón, 15/12/1931).

La cantina de la Escuela Maternal

Ojuel. Cantina. 1

Hoy queda clausurada la cantina de la escuela maternal que funciona en el grupo de Ramón y Cajal. Ha sido servida con esmerado cariño por la bondadosa maestra señora Cruz y bajo la dirección de la cultísima y competente directora, doña Patrocinio Ojuel.

No puede pasar desapercibida esta escuela maternal y debe ayudarse a su directora con locales a propósito para que pueda desarrollar con menos esfuerzo todo su afán y todos sus desvelos que, en unión de sus jóvenes maestras, manifiesta para el bien de estas tiernas criaturas que algunas no han cumplido los cuatro años. (Cfr. La Voz de Aragón, 01/07/1931)

En 1932 doña Patrocinio dejó de ser la directora de la Escuela Maternal, que pasó a depender del grupo Joaquín Costa. La nueva directora fue Carmen Mayayo Borbón que, a su vez, era la directora de graduada de niñas y de la escuela de párvulos del Costa. Pedro Arnal Cavero dirigía la graduada de niños.

Parvulario de Santa Isabel; Patrocinio Ojuel

En mayo del año 2019 se puso el nombre de Patrocinio Ojuel al parvulario del barrio de Santa Isabel que pertenece al grupo escolar Guillermo Fatás Montes.

Se aprovechó la celebración del cincuenta aniversario del grupo escolar para unir los nombres de Guillermo Fatás Montes y Patrocinio Ojuel Pellejero, que a principios del siglo XX estuvieron juntos en las escuelas de la calle Ramón y Cajal, Guillermo como director del grupo escolar y Patrocinio como directora del parvulario, hasta que el año 1919 Guillermo pasó a dirigir el Gascón y Marín.

¡Al fin, como al principio!

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Andresa Recarte y Amezqueta (Villafranca de Navarra, 1834-Madrid, 1923),

Doña Andresa Recarte, —Andresa, en habla de Aragón, como Miguela, solo aquí las hay—, figura un tanto apaisada por su mediana estatura, la falda amplia y el mantón poco ceñido de las señoras formales de su tiempo. Sentada producía la impresión y el respeto de una buena imagen de Santa Ana. Y hablando no desmerecía eso. (Cfr. Figuras zaragozanas. Por Juan Moneva y Puyol, 1932)

De su familia

Era hija de Esteban Recarte y Josefa Amezqueta. En 1875, durante la Tercera Guerra Carlista, su hermano Cándido y otros vecinos de Caparroso enviaron hilas para socorrer a los heridos. Era el año que Julio Lacambra, un reconocido carlista y  marido de Gregoria Brun, fue hecho prisionero.

Andresa Recarte casó con Santiago Díaz García (1844-1898) y establecieron su vivienda en la Plaza del Pueblo, 9, hoy Plaza del Carmen.

Ha fallecido en Zaragoza el digno empleado de la Diputación Provincial don Santiago Díaz y García esposo de nuestra distinguida amiga y compañera doña Andresa Recarte, regente de la escuela Normal de Maestras. Era auxiliar de contaduría y encargado del negociado de apremios. (Cfr. El Diario de Huesca, 21/07/1898. Y El Magisterio Español, 02/08/1898).

Andresa se jubiló por edad en 1904, cuando cumplió 70 años.

Con motivo de su defunción, el 13 de noviembre de 1923, el diario La provincia publicó una nota del Ayuntamiento de Zaragoza.

Recuerdo a una maestra. Pasado mañana se celebrará una misa en sufragio de doña Andresa Recarte, figura relevante del Magisterio zaragozano. El Ayuntamiento le dedica este recuerdo a tan benemérita maestra, a cuyo acto invitó  el alcalde a todos los profesores de Primera Enseñanza.

En 1896 su hija Luisa Díaz Recarte, natural de Villafranca (Navarra), aprobó las oposiciones en Zaragoza y fue nombrada maestra del patronato de beneficencia de Maquirriain. (Cfr. El Aralar, diario católico fuerista, 02/06/1896). En 1899 se trasladó a Escuela Normal Guadalajara y en 1900 a la de Gupúzcoa.

En 1912, su hijo Santiago Díaz Recarte era maestro de Tudela.

De su profesión

Obtuvo los títulos de Maestra Elemental y Superior en Pamplona. Comenzó de maestra en Falces y en 1876 estaba en Villafranca, su pueblo natal, cuando consiguió una plaza de maestra en Zaragoza. Ese mismo año, durante unos meses, sustituyó a Gregoria Brun Catarecha en el cargo de directora de la Escuela Normal.

En 1880 llegó a la escuela aneja de la Normal de Maestras de Zaragoza. En 1886 se presentó a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Zaragoza, pero las ganó Encarnación del Águila Sánchez.

Se han presentado a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, doña Andresa Recarte, doña María del Remedio Torroella Prats, doña María Diáz y doña Encarnación del Águila. (Cfr. La unión. Periódico de Primera Enseñanza, 28/03/1886).

Andresa fue regente de la escuela de prácticas de la Normal desde 1880 hasta su jubilación en 1904.

La regente de la escuela de prácticas, Andresa Recarte, era la única persona con una formación y unas prácticas calificadas de innovadoras. (Cfr. Agulló Díaz, Carmen y Molina Beneyto, Pilar: Antonia Maymón, anarquista, maestra naturista, 2014, Virus Editorial, p. 18)

Además de ser regente de las escuelas anejas, dirigía una escuela en su propia casa:

Hoy a las diez de la mañana habrá finalizado el primer ejercicio práctico de la escuela pública de niñas que dirige doña Andresa Recarte, situada en la plaza del Pueblo. (Cfr. La Crónica, Huesca, 29/09/1892)

En 1892, era la única mujer en la Junta de las Conferencias Pedagógicas que organizó la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza. Y su actuación fue muy aplaudida.

A las nueve y media disertará doña Andresa Recarte y, como es tan conocida y tan ilustrada maestra, puede asegurarse que la concurrencia será muy numerosa, no solo de profesores sino de las personas que se interesen por la educación de la niñez. La conferencia, que se referirá a las labores, llamará, sin duda alguna, la atención de las señoras. (Cfr. La Crónica, Huesca, 26/08/1892)

En 1898, el Ayuntamiento premió a Andresa Recarte Amezqueta, a don Marcelino López Ornat y a doña María Díaz Lizardi, tres maestros que se distinguieron por sus resultados en la enseñanza. Recibieron los premios en sus escuelas con la presencia de los alumnos.

De la escuela aneja Andresa Recarte al Colegio Recarte y Ornat

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El Colegio Recarte y Ornat se formó con la fusión de las dos escuelas anejas, en las que se hacían las prácticas de la Escuela de Magisterio. La escuela femenina se llamaba Andresa Recarte, que había sido regente. La escuela masculina se llamó Marcelino López Ornat (1848-1923), un maestro muy reconocido en la ciudad. Cuando se unificaron las dos escuelas anejas, conservaron los apellidos de estos dos maestros renovadores. Con el nuevo nombre se encubrieron las figuras de dos grandes figuras de la enseñanza zaragozana.

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En nuestro libro Paseos por la Zaragoza de las mujeres, damos cuenta de las maestras que han dejado alguna huella en nuestra ciudad. Allí y en La Zaragoza de las mujeres, recogemos once calles dedicadas a maestras. Están todas en los barrios, donde hasta fechas muy recientes seguían las escuelas unitarias. Es decir, todos los niveles en la misma aula y con un maestro o una maestras.

Con las placas de las calles los vecinos quisieron reconocer la labor de unas maestras que, además de enseñar a las niñas, dinamizaron la cultura y prepararon a muchas alumnas para que  pudieran acceder a estudios superiores.

A continuación, como un nuevo homenaje, las nombro a ellas y los barrios en los que están sus calles.

En el Actur, Pilar Cuartero Molinero. En el Arrabal, Matilde Sangüesa Castañosa, En Garrapinillos, Águeda Centenera Gómez. En Juslibol, Pilar Figueras Talamas y doña Manolita Marco Monge. En Montañana, María Teresa Giral Pérez, En Movera, Pilar Almenar Bases y Pilar Gea García. En el Picarral, María Sánchez Arbós. Y en Santa Isabel, Agustina Rodríguez Rodríguez y Avelina Tovar Andrade.

Este fenómeno no se repitió en el centro de la ciudad, donde en 1913 se pasó de las escuelas unitarias a las graduadas, es decir, se graduó la enseñanza.

En las unitarias los niños de todas las edades estaban juntos con un solo maestro o una sola maestra.  En las escuelas graduadas los alumnos, como ahora, se agrupaban por cursos o grados.

Había escuelas graduadas de niños, con un director, y escuelas graduadas de niñas, con una directora. Y comenzó la costumbre de bautizar a los grupos escolares con los nombres de los directores y de los hombres ilustres. Entre ellos, en cien años, solo siete directoras se han hecho un hueco en Zaragoza.

Eulogia Lafuente Querejeta, Rosa Arjó Pérez, Andresa Recarte.Amezqueta, María Díaz Lizardi, Ana Mayayo Salvo, Gloria Arenillas Galán y Patrocinio Ojuel Pellejero.

De esas siete, el nombre de María Díaz ha desaparecido. Y los de Eulogia Lafuente y Andresa Recarte están escondidos en su apellido. Es más, cuando nos referimos a los grupos Gómez Lafuente y Recarte y Ornat, muchos piensan que son los dos apellidos de un maestro.

El colegio de Rosa Arjó, a pesar de los avatares del edificio, mantiene su nombre.

La conclusión es demasiado evidente. Sabemos que el caso de Zaragoza no es único y que la enseñanza fue, y es, una profesión feminizada. Y que sobre las maestras pesó, y aún pesa, un grueso techo de cristal

Carmen Romeo Pemán

PS. La imagen principal: Patrocinio en la escuela de Párvulos Ramón y Cajal, la he tomado del Museo pedagógico de Aragón.

Santa Isabel, el barrio con más calles de mujeres

A mediados de marzo Vanesa Rodríguez Pascual y Mar Hevia Díaz nos invitaron a presentar nuestro libro La Zaragoza de las mujeres en el club de lectura del Centro Cívico. Y allí fui con Inocencia Torres y Concha Gaudó. Pero no pudieron acompañarnos ni Gloria Álvarez ni Cristina Baselga, las otras dos autoras.

Mar Hevia, la bibliotecaria, nos guardaba una sorpresa. Nos esperaba con Pilar Almenar Bases, una maestra nacida en Santa Isabel, que tiene dedicada una calle en el cercano barrio de Movera. No podía comenzar nuestro encuentro con mejor augurio. De la mano de Mar y de Pilar, y con la animada participación de los tertulianos, hablamos y hablamos de las calles con nombres de mujeres y de mucho más. Sobre todo de la activa participación de las mujeres en la vida socio cultural, animadas por la Asociación de Mujeres Río Gállego, que desde el año 2010 tiene dedicada una calle.

El caso de Pilar Lapuente

La intensa y extensa conversación comenzó por nuestros primeros pasos hacia lo que acabó siendo La Zaragoza de las mujeres. Les contamos que empezamos haciendo una lista con las calles dedicadas a las mujeres y que nos parecía que esos inicios iban a ser pan comido, pero que enseguida surgieron las dificultades.

Los callejeros al uso escribían las iniciales en lugar de los nombres propios completos. Y nos surgían preguntas de este tipo: “¿Quién se esconde detrás de una P?” Pues nada más ilustrativo que el caso de Pilar Lapuente, una profesora universitaria, nacida en Santa Isabel.

Pilar Lapuente

Pilar Lapuente Mecadal, 1959.

En unos callejeros encontrábamos P. Lapuente y en otros Pedro Lapuente. Un día, por casualidad, alguien nos comentó que hacía unos años que le habían dedicado una calle a Pilar Lapuente. ¿Cómo era posible que en Zaragoza no se le hubiera ocurrido a nadie que detrás de una P había más Pilares que Pedros? Así comenzamos una búsqueda, casi policial, hasta que llegamos a Pilar. Cuando le contamos nuestras aventuras, nos respondió que ella tuvo que escribir varias veces al Ayuntamiento hasta que logró que apareciera su nombre.

Pilar Lapuente estuvo muy dispuesta a colaborar con nosotras y nos escribió su biografía, en la que resaltó que pertenecía a la familia de los Esquiladores. También hablaba de sus logros académicos y del orgullo que sintieron sus vecinos cuando le concedieron una medalla de joven investigadora. Tanto que insistieron en que le dedicaran una calle.

El magisterio de Agustina Rodríguez

Pilar Almenar se llenaba de gozo cada vez que hablaba de su maestra, Agustina Rodríguez, que había nacido en una familia de labradores de un pueblo de Zamora. Después de varios destinos, llegó a Santa Isabel donde se jubiló.

Agustina Rodríguez

Agustina Rodríguez, 1915.

En el año 1948 Agustina Rodríguez obtuvo el traslado a Santa Isabel. Cuando llegó no tenía local para dar clases ni tampoco vivienda. Construyó, con su marido, una casa escuela y la alquiló al Ayuntamiento. Dedicaron la planta baja a vivienda y usaron la primera como aula. Agustina fue un ejemplo más de los muchos maestros que dejaron lo mejor de sus vidas enseñando a los niños, aunque para ello tuvieran que realizar actos heroicos que nada tenían que ver con su profesión. Pero es que, además, la labor de Agustina dio grandes frutos. Desde su escuela unitaria preparó a muchas niñas para estudiar bachillerato. Con su buen hacer se convirtió en la maestra carismática del barrio.

El peso de la educación en Santa Isabel

Avelina Tovar

La semilla de Agustina germinó pronto y los vecinos quisieron rendir un homenaje a más maestras en sus calles. Entendieron lo importantes que son las genealogías para que la enseñanza cale en las gentes con buenos resultados. Por eso eligieron dos maestras de dos generaciones anteriores a Agustina.

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Concpeción Gimeno Gil, 1850

Concepción Gimeno Gil, nacida en Alcañiz en 1850, estudió Magisterio en Zaragoza. Ya era una periodista famosa cuando le dedicó un gran elogio a su maestra, doña Gregoria Brun.

Avelina Tovar, una maestra de maestras, nació en Pontevedra en 1878, pero pronto arraigó en Aragón. La labor de esta directora de la Escuela Normal de Huesca fue decisiva para las generaciones siguientes.

Mujeres de otros campos culturales

Ana Belén Fernández

Ana Belén Fernández, 1974

El barrio de Santa Isabel, volcado en la cultura, eligió mujeres significativas de varios campos.

Rosa María Aranda representa a las escritoras aragonesas y Pilar Delgado a las mujeres que se han dedicado al teatro.

Ana Belén Fernández, una joven judoca, es un modelo de deportividad y esfuerzo para los jóvenes del barrio.

La acción y el compromiso social

Rigoberta Menchú

Rigoberta Menchú, 1959

Santa Isabel, un barrio joven y dinámico, se caracteriza por su compromiso social y lo refleja en el nombre de dos de sus calles. Una dedicada a la pacifista Rigoberta Menchú, nacida en Guatemala en 1959,  y otra a la Asociación de mujeres del barrio.

Las santas

En los callejeros tradicionales no faltaban las santas, que eran excelentes modelos de comportamiento para las mujeres católicas. Sus biografías las escribieron varones cultos, casi siempre clérigos, con la intención de exaltar y salvaguardar los valores y las leyes del patriarcado.

Por eso, en La Zaragoza de las mujeres, hemos reescrito sus vidas desde un punto de vista no androcéntrico. Y hemos comprobado que sus modelos siguen siendo válidos, porque advierten de los excesos que se cometieron con ellas y que se siguen cometiendo, siempre por las mismas razones.

Nunilo y Alodia. S. Salvador. Leyre. Yesa. Navarra

Santa Alodia y Santa Nunila. Detalle del retablo de San Salvador. Leyre (Navarra)

Aquí, además de Santa Isabel de Aragón, tenemos a dos santas mudéjares: las hermanas Alodia y Nunila, hijas de un musulmán y una cristiana.

Santa Isabel, princesa de Aragón y reina de Portugal, es la santa por excelencia y el modelo para mujeres mediadoras y pacifistas. El barrio debe su nombre a la estancia que pasó en un palacio de la zona. También le han dedicado una avenida y una urbanización. Y una calle como Reina de Portugal.

Alodia y Nunila fueron dos santas oscenses, nacidas en Adahuesca y martirizadas en Alquézar. Como no aceptaron el matrimonio que les impusieron sus padres, las encerraron en una casa de prostitución, donde se mantuvieron vírgenes. Rechazaron la religión musulmana, que les imponía la ley, y las decapitaron por apostasía. Fueron víctimas de malos tratos y de la intolerancia religiosa. Las castigaron ejemplarmente para que otras mujeres no se rebelaran contra las leyes ni contra los pactos androcéntricos.

Para terminar

En estas líneas me he limitado a subrayar los valores de las moradoras en las placas de las calles de Santa Isabel. Sus biografías ocupan un largo capítulo en nuestro libro La Zaragoza de las mujeres.

Pilar Almenar

Pilar Almenar, 1953

Santa Isabel es el barrio periférico que tiene mayor número de calles con nombres femeninos.

La sensibilización con la cultura y la gran labor social de las mujeres hunde sus raíces en los tiempos de Agustina Rodríguez y creció con sus alumnas. Buen ejemplo es Pilar Almenar, una hija de agricultores, que, como su maestra y como Pilar Lapuente, se esforzó en sacar lo mejor de sí misma y entregarlo a sus alumnos.

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Santa Isabel, 08/06/2019

Como prometimos en nuestra visita de marzo, cuando salió nuestro libro Paseos por la Zaragoza de las mujeres volvimos a Santa Isabel. Ahora el encuentro con las mujeres iba a ser en las calles, haciendo un paseo por las huellas que las mujeres han dejado en los espacios públicos del barrio.

En la plaza de Serrano Berges nos esperaban Vanesa Rodríguez Pascual, de la Junta Municipal, y Mar Hevia Díaz, la bibliotecaria, acompañadas por sus compañeras del club de lectura. Me gustaría nombrarlas a todas, porque ellas fueron la clave del éxito del nuestro paseo, pero no tengo todos sus nombres. Por supuesto, no faltaron ni Pilar Almenar Bases ni Pilar Gea García, dos maestras que ya están inmortalizadas en el callejero.

Desde aquí les doy las gracias. Todas ellas hicieron posible el milagro, todas consiguieron que esa  mañana de junio fuera inolvidable y  entrañable.

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Poco a poco íbamos llegando a la plaza de Serrano Berges

Asistimos Cristina Baselga, Concha Gaudó, Carmen Romeo e Inocencia Torres. Por distintos motivos no pudieron acompañarnos ni  Gloria Álvarez ni Aurora Verón, las otras autoras del libro.

Con paso sosegado y hablar menudo, recorrimos todas las calles, disfrutamos de los olores de una naturaleza primaveral, y nos calentó un sol que ya anunciaba el  verano.

Concha Gaudó dirigía el recorrido. Las otras, es decir, las demás, escuchamos atentas sus explicaciones sobre los tipos de urbanismo que iban apareciendo y sobre la transformación de un barrio de origen rural.  Nos paramos delante de las placas dedicadas a mujeres. En esos momentos de descanso, unas a otras nos quitábamos la palabra en una animada charla de preguntas y respuestas.

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Santa Isabel, 17/06/2019

Y como dice el refrán: “no hay dos sin tres”. A los pocos días de presentar Los paseos por la Zaragoza de las mujeresTelevisión Aragón nos propuso participar en la serie La primera mujer, en el capítulo dedicado a las maestras. Y nosotras decidimos grabar nuestra colaboración con las maestras que tienen su protagonismo en Santa Isabel.

¿Por qué elegimos este barrio? Simplemente, porque es un caso paradigmático. En sus calles están representadas todas las generaciones de maestras.

Delante de la placa de Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850–Madrid, 1919), maestra, periodista y escritora, leímos un capítulo de su obra La mujer española (1877) en el que alababa a su primera maestra, Gregoria Brun Catarecha (1833-1885), que también fue la primera directora de la Escuela Normal de Maestras y la primera maestra que regentó una escuela del Ayuntamiento. Fue un momento oportuno para hablar de las primeras maestras.

A continuación nos dirigimos a la calle de Avelina Tovar y Andrade (Pontevedra, 1878-Huesca, 1973), una maestra gallega que tuvo gran peso en la formación de las maestras aragonesas. Fue directora de la Escuela Normal de Huesca y estuvo un tiempo en la de Zaragoza.

Y de allí, con paso sosegado, a la calle de Agustina Rodríguez Rodríguez (Quintana de Sanabria, pedanía de Coberos, Zamora, 1915-Barcelona, 2008), de la generación siguiente a la de Avelina. De la vida de Agustina y de su significado en el barrio nos habló Pilar Almenar. Ella y Pilar Gea nos acompañaron durante todo el recorrido.

Pilar Almenar Bases, nacida en Santa Isabel en 1953 y Pilar Gea García en Zaragoza, en 1953, son dos maestras que representan a las nuevas generaciones y que tienen dedicadas sendas calles en el barrio de Movera, muy cercano al de Santa Isabel.

Acabamos la grabación con una visita al parvulario que, desde mayo, lleva el nombre de Patrocinio Ojuel Pellejero (1876-1961), la primera parvulista que introdujo el método Montessori en Zaragoza. El parvulario pertenece al grupo escolar Guillermo Fatás Montes (Huesca 1869-Zaragoza, 1941), el que fue marido de Patrocinio y que que tiene dedicado el grupo escolar desde hace cincuenta años.

A medida que íbamos hablando de las maestras de Santa Isabel íbamos recordando a las de sus mismas generaciones. A otras que, como ellas, se habrían merecido placas en las calles y en las escuelas.

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De izquierda a derecha: Mar Hevia Díaz, Vanesa Rodríguez Pascual, Encarna Nuez García, Pilar Gea García, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán, Inocencia Torres Martínez, Cristina Baselga Mantecón y Lidia Pérez Oliveros.

Terminamos nuestra visita en la plaza de Serrano Berges, donde la habíamos comenzado, con las siguientes consideraciones.

En los barrios de Zaragoza se han dedicado once calles a maestras de escuelas unitarias. A unas maestras que además de enseñar a las niñas, prepararon a muchas jóvenes para que salieran a estudiar y animaron la vida cultural de los barrios.

En el centro de la ciudad no se han dedicado calles a las maestras, porque desde que en 1913 comenzaron a desaparecer las escuelas unitarias, las maestras pasaron a formar parte de los claustros de los grupos graduados, su función social cambió y perdieron el protagonismo.

Hasta 1914 las escuelas unitarias llevaban el nombre de la calle en la que se ubicaban. Pero ese año comenzó la costumbre de dar un nombre propio a los grupos escolares. Y se eligieron nombres de maestros famosos, como Marcelino Lopez Ornat o Cándido Domingo.  Otras veces se prefirió el nombre de algún personaje célebre, como Gascón y Marín.

Al lo largo de cien años, solo seis maestras, todas directoras, han merecido el nombre de un grupo escolar. Andresa Recarte Amezqueta, Eulogia Lafuente Querejeta, María Díaz Lizardi, Rosa Arjó Pérez, Ana Mayayo Salvo y Gloria Arenillas Galán. A ellas se suma desde este año Patrocinio Ojuel Pellejero.

Todas se merecen que hablemos de ellas con más detenimiento en una nueva ocasión.

Carmen Romeo Pemán

Enlace para entrar al capítulo “Las primeras maestras” de la serie “La primera mujer” en TVA.

http://alacarta.aragontelevision.es/programas/la-primera-mujer/cap-6-mujeres-maestras-14072019-1311

 

Doña Patro

A Natalia Sanmartín, una niña de la guerra

Todos los días me despertaba con la sirena que anunciaba la llegada de los obreros a la fábrica de maderas. Entonces acercaba la máquina de coser al balcón y abría las contraventanas. Sin dejar de darles a los pedales, respondía a los saludos de las vecinas.

—Hala, hala, Patro, que a ti no se te pegan las sábanas —me dijo un día la del piso de arriba.

—Es que corren malos tiempos y tengo tres bocas que alimentar.

Me levanté a cerrar el balcón y me pasé la mano por la frente, como para despejarme, pero en realidad necesitaba sacar fuera todo lo que me torturaba. Entonces acaricié la Singer de forma voluptuosa y comencé a hablarle, como si fuera mi marido.

¡Ay, mi Arturo! ¡Cuánto me ha costado levantar cabeza! Y todo por culpa de aquellos cabrones insaciables. Esos que se creían los dueños del pueblo y si hubieran podido nos habrían arrancado las entrañas. ¿Te puedes creer que a los cuatro años del chandrío seguían mandando malos informes de tu comportamiento como si estuvieras vivo? ¿Para qué? Al principio no me aclaraba, pero luego comprendí que lo que intentaban era destruir tu memoria y aniquilarnos a todos.

—¡Acabaremos con la semilla de Caín! —gritaban con voz engolada.

¿Qué sabían ellos de Caín? Si solo habían visto estampas pintarrajeadas en las que, como una mancha de carmín, yacía al lado de su hermano Abel. Ellos, como las aves carroñeras, lo único que querían era apoderarse de nuestros despojos.

Bueno, Arturo, que de una me voy a otra. Es que me cuesta mucho reconstruir los hechos y aún lo mezclo todo.

Cuando nos fuimos del pueblo se montó mucho alboroto. Lo sé porque un día vino a verme la mujer del alcalde, que también se quedó viuda en el treinta y seis. Unos decían que todos los vecinos confiaban en ti. Y otros que solo te relacionabas con los de la ugeté y que fuiste el verdadero apoyo del Frente Popular. Y que tu carácter reservado aún te hacía más sospechoso. Anda que decir eso. ¡Con lo famoso que eras en las rondas con tu violín!

Intentaba darle al pedal, pero no podía dejar de confesarme con Arturo. ¡Cuántas horas había pasado cosiendo a su lado mientras él preparaba trabajos para la escuela! La Singer era como una prolongación de su cara.

No sé si te conté que el otro día una de las alcahuetas del carasol se presentó en casa a darme el pésame y me dio un soponcio cuando escuché lo que me dijo. Óyelo bien, que no te lo vas a creer.

—Mira, Patro, acabemos de una vez. Tu marido se metió en muchos líos y de una manera tan secretuda que mereció que lo fusilaran.

Le contesté que no tenía entrañas y la puse de vuelta y media.

—¡Sois todos unos mentirosos! —Y la empujé para que saliera de nuestra casa—. Todos sabéis que a mi marido no lo fusilaron. Pero os calláis la verdad y decís que no sabéis nada. ¡Claro que sabéis!

—¡Zorra, eres una zorra! Así agradeces a los que te venimos a compadecer. —Bajaba las escaleras y de vez en cuando volvía la cabeza para escupirme.

Arturo, cuando se llevaron tu cadáver creí que sería para hacerte la autopsia. Pero, cuando tu cuerpo no apareció por ninguna parte, caí en la cuenta de que así serías un desaparecido. Que yo nunca sería tu viuda ni tus hijos huérfanos. Y después, vino la patraña de hacerte un expediente de responsabilidades políticas como si estuvieras vivo. Y todo el pueblo declaró en el juzgado. Unos no se atrevieron a defenderte. Solo dijeron que no sabían si estabas afiliado a la ugeté. Otros fueron más duros y te acusaron de llenar las paredes de la escuela con carteles de propaganda política y de no atender a los alumnos. ¡Menos mal que no te enteraste!

Pero lo que más revuelo montó fue la radio. Dale que te pego con que todos venían a casa a oír los mítines de Indalecio Prieto y las emisoras rojas.

El peor de todos fue el cura. Llamaron al párroco de Salcedo, que no nos conocía de nada. Y no quieras saber lo que largó. Que no aparecíamos por la iglesia y que incitábamos a la gente a que no fuera a misa. Es que me pongo mala, Arturo. Que en los libros parroquiales consta que bautizamos a nuestros tres hijos.

Y, después del proceso contra ti, arremetieron contra los que quedábamos. Como no me encontraron a mí, buscaron a tu madre, que ya se iba de la cabeza y no supo darles razones seguras. En cambio, ellos le dijeron que, al comienzo de la Guerra, nos habíamos escapado por la noche y nos dejamos la puerta abierta. Que por eso entraron los del pueblo y vaciaron la casa.

Pero se callaron lo principal. No le dijeron que a los pocos días de llegar del pueblo nos localizaron en Calcedonia.

Que derribaron la puerta con machetes y te acuchillaron por la espalda, delante de los niños. Yo me quedé alelada. Y tardé más de cuatro años en escribir esta carta:

Patrocinio Cañada, de 32 años, viuda del maestro Arturo Samper, ante el Tribunal de Responsabilidades Políticas, expongo:

Que el Alzamiento Nacional me sorprendió en Aguilar, donde residía con mi difunto esposo y mis hijos.

Que a los pocos días de morir mi marido me embargaron dos mesas y seis sillas, varias camas con los colchones, un violín, un gramófono, un aparato de radio Philips, una máquina de coser Singer y todos los utensilios de la casa.

Ruego que me devuelvan esas pertenencias, el único patrimonio que tienen mis hijos, que ahora se hallan en la indigencia.

Mira, Arturo, todo fue muy difícil. No sabes lo que tardé en recuperar esta máquina que nos regalaron tus padres el día de nuestra boda.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Una postal antigua.

Amparo, la burrera

De las fragolinas de mis ayeres

“La letra con sangre entra”

Cuando se murió el último dulero, el que llevaba a pastar las cabras de todos los vecinos del pueblo, las chicas convertimos el corral de la dula en el lugar secreto de nuestros juegos. Allí guardábamos los trozos de vasijas rotas, en los que hacíamos las comiditas, y las muñecas de trapo que nos cosían nuestras madres. A las cinco en punto se acababa la escuela y nosotras corríamos a nuestras casas a buscar la merienda. A continuación, sin perder tiempo, bajábamos por la parte trasera del pueblo a nuestro dominio. Lo primero que hacíamos era comprobar si nuestros juguetes seguían como los habíamos dejado el día anterior.

En esas fechas estaban construyendo la carretera de El Frago a Biel. Con las obras llegaron muchas familias con hijos y se alojaron en corrales y parideras. Un día nos encontramos con que una familia de burreros había ocupado el corral de las Eras Badías, donde teníamos nuestro escondite. Delante de la empalizada había dos grandes reatas de burros con serones, en los que transportaban la grava del río a la carretera. Un poco apartadas, en medio de una era, unas niñas jugaban con nuestras muñecas y con unos pucheritos de barro que habíamos comprado en un mercadillo de la plaza, a cambio de hierros que habíamos recogido por los caminos.

Al día siguiente llegamos a clase dispuestas a contarle nuestras desdichas a la maestra, que daba la casualidad de que además era mi madre. Pero doña Asunción entró con una niña nueva de la mano y no nos escuchó. Sin darnos tiempo a que le habláramos de nuestras trapacerías, nos la presentó:

—Mirad, esta chica se llama Amparo. Supongo que ya la conocéis porque lleva más de una semana viviendo en El Frago. Desde hoy vendrá todos los días a la escuela. Y vosotras, las pequeñas, tenéis que ser sus amigas.

También nos pidió que jugáramos con ella y que le dejáramos nuestros muñecos. Como vio que hacíamos muecas y momos, se dirigió a mí y me dijo con un tono muy enérgico:

—Esto es una orden.—Se volvió a las de la mesa de al lado—. No quiero ver más gestos en vuestras caras.

Yo bajé la cabeza sin rechistar porque, aunque era mi maestra y mi madre, no pensaba hacerle caso, que lo primero eran mis amigas.

Así continuamos unos días. Amparo llegaba a clase a la hora en punto. No quería estar con nosotras cuando íbamos a esperar. Es que no le hablábamos ni jugábamos con ella, es más, siempre que podíamos le propinábamos algún empujón y les decíamos a los chicos que no fueran con su hermano. Pero ellos pasaban de nosotras. Jugaban con el hijo de los burreros y él, a cambio, los dejaba montar en los serones cuando iban de vacío a buscar la grava.

Aún no había pasado una semana desde la regañina de la maestra, cuando se presentó la madre de Amparo en la escuela. Abrío la puerta y, sin entrar, en voz alta, de forma que todas pudiéramos oírla bien, le dijo a la maestra que su hija no quería venir a clase y que por las noches no paraba de llorar. Que no estaba dispuesta a que se repitiera lo mismo que en otros pueblos en los que habían estado antes. Que en El Frago las cosas aún pintaban peor porque entre las niñas que más se metían con su hija estaba yo, que manipulaba a las demás, aprovechándome de que era la hija de la maestra.

—Vengo a pedirle que usted haga algo. —Se dirigió a doña Asunción, sin dejar de mirarnos—. Si esto no se arregla por las buenas, tendré que decírselo al alcalde.

La maestra se puso de pie y la escuchaba con atención. Le temblaban las manos y se le vidriaron los ojos. Para que no le notáramos los nervios, cogió la regla que tenía encima de la mesa y comenzó a agitarla. Y con una voz enérgica se dirigió a nosotras, las más pequeñas.

—¿Se puede saber por qué no queréis jugar con Amparo?

Se hizo un silencio total. Como ninguna contestaba, repitió la pregunta. El mismo silencio. Noté que el calor me subía por la nuca y que todas las miradas se dirigían a mí. La maestra seguía preguntando. A mí me faltaba la respiración. De repente, me levanté y con voz serena le respondí:

—No se empeñe usted, doña Asunción, que no le pensamos hablar, ni jugar con ella. —Mis amigas levantaban el dedo gordo con disimulo y yo me envalentoné—. Al fin y al cabo es una burrera. Y nosotras no estamos dispuestas a ir con burreras.

No sé de dónde sacó aquella fuerza. Sin encomendarse a Dios ni al diablo se acercó a mi mesa y comenzó a golpearme en la cabeza con la regla que llevaba en la mano. Dejó de pegarme y me volvió a preguntar:

—¿Jugaréis con Amparo?

—¡No! ¡Y no! —Le contesté como cuando me daba una rabieta en casa.

Me lo preguntó varias veces y le respondí lo mismo. En uno de los nuevos golpes se le rompió la regla y con las astillas me hizo una brecha. Cuando vio que me salía sangre les dijo a dos chicas de las mayores.

—Llevadla a que la cure el practicante. Si hace falta que le dé un par de puntos. Luego acompañadla a su casa y quedaos con ella hasta que acabe la escuela.

Yo no sé qué pasó en la escuela cuando yo me fui. A mí me dio cinco puntos el practicante y me dejó una señal que toda mi vida he intentado ocultar con un flequillo. Con ayuda de las chicas mayores, me metí en la cama. No podía controlar los temblores de las piernas. Mi madre se había pasado y esa brecha de mi frente iba a ser el recuerdo permanente de que estábamos en guerra.

—No, no y no. Nunca se lo perdonaré. —Grite con rabia.

A mí no se me había calmado la rabieta cuando, pasadas las cinco, todas mis amigas vinieron a verme con Amparo. Me traían los juguetes que habíamos guardado en la paridera.

—Doña Asunción tiene razón —dijo una de la que nos burlábamos muchas veces por su cojera de la polio.

Al final, un poco a regañadientes, yo le regalé la mejor de mis muñecas a Amparo. Y desde ese momento ya no volvímos a llamarla la burrera.

Mi madre, o mi maestra, no sé cuál de las dos o si las dos a la vez, se quedó en un rincón observándonos en silencio con una sonrisa y yo me sentí derrotada. Pero puder ver que Amparo tenía unos ojos verdes, muy verdes, que le iluminaban toda la cara. Muchos años después pensé que su tez morena y su pelo ensortijado inspiraron los mejores cuadros de Julio Romero de Torres.

Plaza del Mercado Uncastillo. Años 30

Plaza de Uncastillo, en las Cinco Villas Aragonesas, Postal antigua.

Carmen Romeo Pemán

María del Socarrau

Nadie había cruzado nunca el umbral de casa el Socarrau. Si alguien les llevaba algún recado voceaba desde la calle y Nicolás se asomaba a la ventana. Ni siquiera dejó entrar a la partera el día que María malparió. A las pocas horas, Nicolás bajó a casa del carpintero y le contó que el niño había nacido muerto. Volvió con una caja, lo envolvió en una sábana blanca y lo metió dentro. Que la criatura era inocente, que no le había atado el ombligo porque no estaba muy seguro de que fuera su hijo. Qué él se pasaba la vida en el monte y, aunque cerraba la puerta, cualquier mozo podría haber subido por la ventana. Que María aún tenía las carnes prietas.

El carpintero se puso la caja en la cabeza y Nicolás lo siguió con la azada en una mano y la boina en la otra. María los despidió desde la ventana. Cuando llegaron al cerro de Santa Ana, cavaron una fosa junto a la pared del cementerio, que, como el recién nacido no estaba bautizado, no lo podían enterrar en sagrado.

Ese día María abandonó el lecho conyugal y se fue a dormir a la sala de las alcobas, la que reservaban para los huéspedes. Y, aunque Nicolás se lo rogara, no pensaba volver a la cama de matrimonio, que ella sabía que la pobre criatura se había desangrado por su culpa, y no se lo perdonaría nunca. Y que no le viniera con el cuento de que tenía urgencias de hombre, que no, que no lo pensaba complacer. Antes de acostarse, le rezó una oración a santa Librada, la patrona de los partos, para que sacara a su hijo del Limbo.

Se metió en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. Lo intentó varias veces. En cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, veía al niño que se apretaba la tripa con las manos para que no se le salieran los intestinos, y a su padre que lo perseguía con una hoz levantada. Con los gritos acudía Nicolás desde la otra punta de la casa.

—¡Joder, María! No me dejas pegar ojo. Mira a ver si te callas de una puta vez. No vaya a ser que también te tenga que cortar el ombligo con la navaja.

rayaaaaa

 Aún no habían pasado dos años de la muerte del niño, cuando un buen día oyó la voz de una vecina que la llamaba a gritos desde la calle:

—¡Maríaaaaaa, corre, baja! Han encontrado a tu marido muerto en el campo. Dicen que le ha dado un cólico miserere.

De repente, María se encontró viuda, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y empezó sacarse algún jornal lavando en río para los ricachones. Un día oyó que los del Ayuntamiento estaban buscaban alojamiento para la nueva maestra y se presentó a ofrecerles su casa. Salió contenta cuando le dijeron que sí y frotándose las manos pensó: “No me vendrán mal unas perrillas solo por tener una alcoba ocupada”.

rayaaaaa

A los pocos días llegó la nueva maestra, a lomos de una yegua blanca. A Pascuala, que así se llamaba, la acompañaba el alguacil, que la había ido a buscar a Ayerbe. Pascuala hizo todo el trayecto con la cabeza caída hacia un lado, como si estuviera dormida. Estaba tan nerviosa que no tenía ganas de hablar. Que una cosa era la ilusión de enseñar y otra lo que se podía encontrar en el pueblo. Que ya le había dicho su profesora de Pedagogía que tendría que enfrentarse con los caciques y con los hombres del pueblo que sus hijas fueran a la escuela. También le advirtió que tendría que ponerse de parte de las madres que no querían que las chicas se quedaran en casa, como ellas, a esperar un matrimonio sin amor y a llorar en silencio la muerte de muchos hijos recién nacidos. Y que anduviera con ojo, que era mejor quedarse soltera que caer en las redes de algún montaraz.

Como el viaje fue largo, le dio tiempo a hacer un repaso de su vida. No sabía muy bien adónde la llevaba su tozudez por enseñar y, cuando vio pueblo encima de una roca, pensó que era un lugar para almas solitarias y no para una chica joven y activa,. También pensó en el mundo que había dejado atrás y sintió una punzada en la boca del estómago. Se acordó del bullicio de su barrio de San Pablo de Zaragoza. En sus oídos todavía resonaban los gritos de los tenderos mezclados con el tañido de las campanas. Ella, que estaba hecha al bullicio de la ciudad, no sabía cómo iba a soportar aquel silencio. Pero  por nada del mudo se echaría atrás. Nunca más dependería de su tío.

—Bueno, pues ya estamos. —El alguacil le ayudó a descabalgar en la puerta del Ayuntamiento.

Allí estaba el alcalde esperándolos. La hizo pasar dentro. Después de la bienvenida, le dijo que se instalara en su nueva casa y que descansara un rato. Que por la tarde se verían en la reunión de la Junta de Enseñanza para darle la bienvenida. Que también asistirían los concejales y el médico, por eso de cuidar la salud en la escuela. Además, como estaba un poco solo, se pasaba a menudo a ver si podía echar una mano en algo.

Salieron del Ayuntamiento, el alguacil cogió los baúles y la acompañó hasta una casa con las paredes renegridas.

—Esta es la casa. En el pueblo todos la llamamos casa del Socarrau y, a la que va a ser su casera, señora María del Socarrau.

En la puerta los esperaba una vieja, con una toca negra anudada debajo de un moño. Al verlos, se adelantó a besar a Pascuala, pero antes se limpió las manos en un delantal parduzco que le tapaba unas sayas marrones de arpillera.

—¿Qué tal, señora maestra? ¡Bienvenida a mi casa! Ya le habrán dicho que vivo sola. Así que me vendrá muy bien su compañía.

Pascuala venció el asco, le acercó la mejilla y se dijo para sus adentros: “Más que compañía le harán falta los duros que le voy a pagar. Me parece que no tendremos muchas cosas que contarnos”. Cuando notó las babas de una boca desdentada, sintió que le bajaba un escalofrío por la espalda.

A continuación, subieron unas escaleras de piedra empinadas y llegaron a una cocina llena de humo en la que se adivinaba un hogar, rodeado por dos cadieras cubiertas con pieles de cabras. En la pared del fondo, junto a un ventanuco sin cristales, estaba la puerta que daba paso a una sala.

Antes de entrar, Pascuala se quedó un poco rezagada. Le entraron ganas de escaparse y bajar corriendo las escaleras. Carraspeó un poco, como si le molestara el humo en la garganta. En realidad se tragó las lágrimas y siguió a la señora María.

—Ninguna casa del pueblo tiene una sala tan limpia como esta —le comentó la señora María señalando las baldosas de cuadros que brillaban con el único rayo de sol que entraba por un ventanuco.

En la pared de la izquierda, como si fueran capillas de una iglesia, se abrían dos alcobas sin ventilación. Cada una estaba cerrada por una cortina de flores. Pascuala se asomó y en las dos encontró lo mismo. Una cama de hierro pegada contra la pared.

En el lado del cabecero, una estampa grande con la figura de un santo, un crucifijo, una mesilla con una palmatoria y una silla de anea. En los pies de la cama, una percha y una jofaina para lavarse las manos. Por debajo de las colchas de ganchillo se adivinaban las asas de los orinales. En la pared de la derecha, enfrente de las alcobas se alineaban los baúles de la casa en los que se guardaban los ajuares y las ropas de domingo.

Después de enseñarle la habitación, colocaron los baúles de Pascuala enfrente de su alcoba.

—¡Es la hora de comer! —exclamó la señora María, cuando oyó que el reloj de la torre daba la una.

—¿Tan pronto? —le preguntó Pascuala incorporándose.

—A esta hora comemos todos los del pueblo.

—Pues en Zaragoza a la una solo comen los obreros.

La señora María se mordió los labios y colocó bien recto el cuadro de santa Librada:

—Hoy la invitaré, pero ya sabe que en adelante tendrá que prepararse usted la comida, que yo por el día me saco un jornal lavando en el río. —le contestó con voz pausada.

Cuando se sentaron junto al fuego, Pascuala se ensimismó mirando las llamas y le volvieron más imágenes de su vida pasada. Se acordó de los días que había comido sola desde que se quedó huérfana. De las pocas caricias que recibió de su tío, el canónigo. De las noches que había pasado desvelada, contemplando los tapices bordados en oro fino que decoraban su habitación. De los reflejos de las velas que movían las carnes de un Eros juguetón. Se acordó de que todas las noches soñaba con las aventuras amorosas campestres del día que llegara a ser maestra de un pueblo.

—¿Qué le pasa? ¿Le ha dado algún mareo? —La señora María se acercó y le tocó la frente—. ¿No ve que ya tiene la sopa en la escudilla?

—Es que creo que estoy muy cansada del viaje. Se me pasará.

Mientras tomaban la sopa de ajo, la señora María le contó su vida. Y cuando notó que Pascuala se limpiaba una lágrima con el puño de la rebeca le dijo.

—Me da a mí que usted va a tener más suerte que yo con mi Nicolás, que en paz descanse. —Se santiguó—. Mire, hace poco que llegó un médico muy joven, don Valero Arbigosta se llama. Y lo veo todo el día buscando compañía por estos andurriales. Nunca se sabe.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. En el Pirineo a principios del siglo XX. Autor y lugar desconocidos. Publicada en Facebook por Lorién La Hoz.