La terraza de la calle Pasadena

“¡Buenos días, buenos días! Bienvenidos sean todos. Niños, niñas, señoras y señores, señoritas, jóvenes y ancianos. Bienvenidos a mi último día en la Tierra” gritaba Alegría desde la terraza de un edificio de cinco pisos.

—¡Alegría! ¡Desactivar! —gritaba Luciano desde el otro lado de la calle, con la voz crispada, rodeado por los transeúntes curiosos que se detenían a mirar el espectáculo.

—¿Pero miren quién ha venido a verme en mi última morada? Mi creador, el hombre que insiste en que yo, ¡yo!, señoras y señores, soy solo un arrumaje de cables y de programaciones mal instaladas. ¡Luciano! ¡Aplausos para Luciano!

Alegría aplaudió con fuerza sin quitarle la mirada a Luciano. Luego sacó una navaja de uno de los bolsillos del pantalón y se cortó el antebrazo. La sangre que brotaba a borbotones le baño el rostro, algunas gotas alcanzaron el suelo arrancando gritos y quejidos de las personas que la observaban.

—¿Te parece que las máquinas sangran así? ¿Te parece Luciano?

—¡Alegría! Es suficiente, por favor, baja de la terraza de inmediato.

—Ya te lo dije Luciano, hoy es mi último día en la Tierra, mi último día como la máquina que crees que soy. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estoy segura de que no lo recuerdas, para los hombres no es fácil recordar las fechas especiales. Yo sí lo recuerdo y lo recuerdo muy bien. Fue en esta misma calle, el 13 de septiembre de 2099. Traías puesta esa gabardina azul oscuro de cuero que te hace ver más bajo, unos lentes oscuros y ese sombrero trilby que tanto odio. Me crucé en tu camino y tropezamos. Mi bolsa se cayó al piso, te agachaste para recogerla y luego me preguntaste la hora. Las doce menos cuarto te respondí. Faltan pocos minutos para que sea la misma hora en que nos conocimos. Esa, Luciano, será la hora oficial de mi deceso.

—Alegría, baja de la terraza, no quiero volver a repararte, esta es la tercera vez en la semana que saltas en este mismo lugar, a la misma hora.

—¿Es decir que hemos vivido este momento más de una vez? ¡Pero qué mal ingeniero eres, Luciano! Tan malo que no puedes cambiar el resultado y tu estúpida máquina se suicida una y otra vez. ¡Bravo! Aplaudan al señor que verá morir a su creación una vez más.

Luciano se agarraba el cabello con fuerza y suspiraba. Sin quitarle la mirada a Alegría digitó el número de la oficina de Innovatroniks en su reloj de pulsera:

—Innovatroniks, buenos días, habla Samantha.

—Samantha, habla Luciano Conde, por favor, comunícame con el área de innovación y desarrollo.

—En un momento, señor.

—Innovación y desarrollo.

—¿Cristóbal? —pregunta Luciano.

—Hola, Luciano. ¿Cómo estás?

—Otra vez Alegría está en la terraza de la calle Pasadena.

—¡Mierda! ¿Y esta vez qué pasó?

—Creo que lo mismo de siempre, no lo sé. Esta mañana la activé como a las nueve horas, después de cargar los ajustes en la programación que me enviaste ayer. Parecía normal, se puso el pantalón blanco con la camisa naranja, se pintó los labios con el labial carmesí y se sentó en la sala, en silencio. Te juro que solo me fui a servir un café y cuando volví ya no estaba. Me imaginé que había vuelto a la terraza y, por supuesto, aquí está. Creo que la idea de implantarle que nos conocimos en una calle cualquiera de la ciudad, en un día soleado, acompañados por el sonido de los autos pasando a toda velocidad… ¡Esa estúpida idea de mostrarme como un caballero de resplandeciente armadura, fue una completa mierda! Y antes de que me lo digas, sí, sé que dije que era un buen recuerdo para marcar el instante en que empezaba a formar parte de mi vida, pero, Cristóbal, terminó siendo un virus, ¡le implantaste un puto virus! Ella utiliza ese recuerdo para lanzarse al vacío cada que se le cruza algún cable. Si no la reparas tendrán que devolverme el dinero o darme otra máquina, una que sí funcione.

El sonido de la navaja golpeando el piso interrumpió la conversación telefónica de Luciano con la empresa de tecnología que fabricaba a las androides desde el 2099, para cubrir el déficit en la población femenina desde que empezaron a nacer menos mujeres.

—¡Luciano! Quedan diez minutos para que me veas morir y quede en tu consciencia que no hiciste nada para evitarlo.

—A la mierda, Alegría, ¡salta! Salta de una vez, te prometo que no te volveré a reparar.

Las personas que estaban al lado de Luciano lo empujaban y le reclamaban que no la dejara morir, le reprochaban por ser insensible y no valorar la vida. “¡No la deje morir, por favor, haga algo!” le gritaban.

—¡Es solo una máquina!

—¿Estás seguro de que yo soy la máquina, Luciano? ¿Estás seguro?

 

Mónica Solano

 

Imagen de S. Hermann & F. Richter

 

Sueños en luna roja

Corres sin mirar atrás en medio de la noche. Te abres camino entre la oscuridad a grandes saltos. Le gritas a la luna que te espere, que estás cerca. Son solo unos pasos para llegar a la punta del risco, quieres que se detenga mientras avanzas a toda prisa. Te tiemblan las extremidades y sientes que los jadeos no te dejan respirar. Los pulmones se te contraen y expanden con fuerza en cada inhalación, te duelen las costillas. Ya no eres tan ágil, has perdido el toque mágico de la juventud.

El viaje hasta la cima parece eterno, como si llevaras días corriendo sin descanso. Te detienes y bebes agua de un pequeño manantial que brota a un lado del camino. Respiras. El aire ya no se te pega en la garganta, has ganado unos minutos extra. Sacudes la cabeza y aceleras el paso. De repente los recuerdos te invaden, es como si tu cuerpo avanzara hacía el futuro y tus ojos se hubieran quedado en el pasado, contemplando las buenas y las malas decisiones. Las lágrimas se amontan en tus ojos, la visión se te nubla y la luna… la luna palidece.

El final del risco desaparece entre sollozos, el tiempo se detiene entre los gemidos y la tierra rasgándote la piel.

Es tarde. La luna estará completamente teñida de rojo antes de que llegues. Tendrás que verla desde la distancia. Tendrás que esperar tres años más, atrapada en esta forma, maldiciendo tu suerte, rogando a las almas puras que se apiaden de ti y te dejen deambular de nuevo por el planeta.

No quieres darte por vencida, pero la fatiga no te deja continuar.

Faltan pocos metros. Estás tan cerca. Te arrastras como las serpientes en el desierto. Un poco más. Te estiras, arañas la tierra con el último quejido. Ahí está.

Te quedas inmóvil mirando la luna. Un pequeño resplandor plateado se asoma en una de sus esquinas. Contra todo pronóstico has llegado a tiempo.

Cierras los ojos y sientes cómo el aire inunda tu vientre. El corazón se sacude con tanta fuerza que lo escuchas latir en todos los rincones de tu cuerpo cansado, moribundo.

—¡Aquí estoy! —gritas.

Te rasgas la piel del pecho con tus uñas afiladas. Dejas correr la sangre que se esparce con rapidez por los límites del risco.

La luna está en su máximo esplendor. Destella en un rojo escarlata que te reconforta.

Te pones de pie con el pecho goteando y aúllas hasta quedarte sin aliento.

La piel que te cubre se rasga y de las entrañas de tus lamentos emerge un nuevo ser.

Tu sacrificio ha dado frutos en abundancia. Valió la pena cada gota de sangre, el sudor, el cansancio.

Te dejas caer sobre el suelo. Con cada respiración la luna retoma su color plateado. Cierras los ojos y disfrutas del aroma de la hierba húmeda, de las flores en primavera, de la tierra bajo tu cuerpo inerme. El sonido de los grillos te arrulla y te dejas mecer por la calidez del viento en la cima de la montaña.

La brisa se siente como dedos reptando entre tu nuevo pelaje. Así es como te gusta que te acaricien. Te estremeces ante el toque de aquellas manos conocidas. Abres los ojos. Ahí está tu alma gemela, su rostro resplandece de alegría mientras te mira con dulzura.

La luna se ha ido. El dolor de otras vidas se ha escabullido entre los sueños. Ahora solo está ella para darte amor, acariciarte el lomo y llenarte de besos cada mañana.

Mónica Solano

 

Imagen de Rahul Yadav

 

Un poco más sobre la muerte

No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo. Michael de Montaigne

Este mes he estado en contacto estrecho con la muerte. Personas cercanas han estado enfermas, amigos han perdido a sus seres queridos, eventos atroces han ocurrido en mi país. La muerte ronda como un cáncer silencioso y yo me pregunto si es el momento de que algunas cosas abandonen esta realidad, si es verdad que estamos atravesando por una etapa de transformación y si todos estos eventos desafortunados forman parte de esa patada que necesitamos para despertar, para ver la vida con otros ojos y avanzar hacía nuevos escenarios.

El año pasado, un poco al azar, leí un libro que me provocó una meditación profunda: El libro tibetano de la vida y la muerte. Su título me atrajo. Había oído hablar del libro de los muertos, pero del libro de la vida y la muerte, jamás. Lo compré en un centro comercial y, mientras caminaba en el pasillo de la Librería Nacional, sentí como si algo me llamara. Tenía tiempo, entonces entré y pregunté por él. Era el único ejemplar que tenían, así que lo compré sin vacilar. Esa noche comencé a leerlo. El prólogo, escrito por el Dalái Lama, me cautivó aún más: “Para tener la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz tanto en nuestra mente como en nuestra manera de vivir”. Esa frase aún da vueltas en mi cabeza.

La muerte me ha llamado la atención desde siempre. Cuando era niña pasaba horas derramando lágrimas porque algún día me iba a morir. Sentía mucha curiosidad y a la vez un miedo enfermizo por lo que había más allá de la muerte. A mis diez años quería resolver el enigma para poder vivir en paz, obviamente a mis casi cuarenta no lo he resuelto. A veces hablo con mis amigos del tema, cuando sus vidas están de cabeza, y siempre les digo que la muerte no es una opción, porque por más teorías y personas que hayan tenido encuentros cercanos con el otro lado, nadie puede afirmar qué hay más allá de la vida. O al menos eso es lo que yo pienso. Para mí no hay garantía de que sea mejor o peor de lo que estamos viviendo ahora.

Según el Dalái Lama, mientras estamos vivos consideramos la muerte de dos maneras: elegimos ignorarla o hacemos frente a la perspectiva de nuestra propia muerte e intentamos, mediante una reflexión lúcida, minimizar el sufrimiento que conlleva. Ninguna de estas opciones nos permitirá triunfar sobre ella, porque nada evita que llegue ese momento; ni la transferencia de consciencia que muestran en las películas de ciencia ficción, ni la criogenia, ni la fuente de la eterna juventud. Por todo esto, considero que hacerle frente quizás nos permita verla como un proceso normal, natural y una verdad que debemos aceptar.

Los budistas ven la vida y la muerte como un todo inseparable. La muerte es el inicio de otro capítulo de la vida y un espejo en el que se refleja todo su sentido. El sufrimiento y el dolor que conlleva forman parte de un profundo proceso natural de purificación. La mayor parte de los seres humanos vivimos aterrorizados por la muerte o negándola. Hablar de ella puede considerarse hasta morboso y para algunas personas el solo hecho de mencionarla podría atraerla. Cuando mueren personas cercanas o somos testigos de accidentes o nos toca vivir cerca de enfermedades incurables nos cuesta mucho pensar que la muerte no es un hecho atroz y nefasto, incluso muy injusto.

Algunos quisiéramos vivir eternamente en este planeta y que todas las personas que son importantes para nosotros jamás envejecieran o murieran, pero comparto la idea de Sogyal Rimpoché, autor del Libro tibetano de la vida y la muerte, de que la muerte no es deprimente ni seductora; es sencillamente un hecho de nuestro ciclo vital. Forma parte de un proceso natural que muchos preferiríamos negar, pero con el que tarde o temprano tendremos que lidiar. Y si no podemos escapar de ella, ¿por qué no mejor centrar nuestros esfuerzos en lo que podemos controlar? Amar intensamente a todas las personas que hacen parte de nuestra realidad y vivir de forma tal que morir sea la cúspide de nuestra existencia.

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se agudiza cada vez más. ¡Qué amargura! ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente. Chuang Tzu

 

Mónica Solano

 

Imagen de Gerd Altmann

Querido Roberto

No sé cuándo empecé a quedarme en silencio cada vez que me dices te amo.

Sonrío y te abrazo como si fuéramos hermanos, pero de mi boca no sale nada, ni una frase, ni una palabra.

Te amo. Es posible. No lo sé. Creo que amo nuestro pasado. En nuestro presente juntos no sé qué somos, si una pareja que se enamoró demasiado joven o dos personas que perdieron el rumbo y ahora son dos desconocidos.

Sé que esta no es la forma de iniciar una carta. Lo siento, pero llevo meses, años con este sentimiento atascado en la garganta. Con la sensación de que si no te lo digo me voy a ahogar en mis propias mentiras y mi vida se desvanecerá como algunos de los recuerdos de nuestra infancia.

Intento recordar cuándo fue la última vez que te escribí una carta. Quizás fue hace poco o hace mucho, no lo sé, pero sí puedo recordar tu rostro cuando teníamos diez años y estábamos en la escuela. Te sentabas en la parte de atrás, en la última fila, en el pupitre que daba justo al lado del ventanal. Cada que me giraba para mirarte estabas ahí con los ojos clavados en el paisaje más allá de la ventana. Recuerdo que estaba obsesionaba con los pensamientos que rondaban por tu cabeza. Mis primeros relatos fueron el fruto de esa obsesión. En esa época de nuestras vidas, aunque sabías que existía, porque era tu compañera de clase, no formaba parte de tu mundo. No fue hasta la salida pedagógica en el parque del café, cuando ya teníamos quince años. Ese día me miraste por primera vez. Se me eriza la piel cuando cierro los ojos y te veo en mis recuerdos con la camisa del colegio ligeramente desabotonada y el cabello negro azulado agitándose con el viento. Desde los diez años estaba enamorada de ti, pero fue solo hasta ese momento que descubrí que mi corazón era tuyo.

Ese año nos hicimos novios y me convertí en tu chica.

Eras el niño más popular de la clase y de la escuela. Todas querían salir contigo, pero tú me escogiste a mí. De cierta forma me sentía bendecida y afortunada. Pero, bueno, era una adolescente, ¿qué más podía sentir?

El paso por la universidad no pudo separarnos. Tuvimos muchas peleas, nos distanciábamos por semanas, pero siempre volvíamos. Yo solía pensar que nuestro amor era fuerte y real y que nada podría cambiarlo.

Estaba equivocada. Muy equivocada.

Un día, a pocos meses de graduarnos de Derecho me pediste que nos casáramos. Mientras escribo esta carta, pienso en que jamás debimos estudiar lo mismo. Yo quería escribir, soñaba con ser escritora, pero tú me convenciste de estudiar Derecho porque la escritura no me serviría para tener una vida de lujos y socialmente activa. Pero yo nunca quise esa vida. Odio tener que vivir así desde hace años.

Volviendo con nuestra historia, ese día estábamos invitados a la finca de Paco y organizaste todo para pedírmelo frente a tus mejores amigos. Cuando pronunciaste las palabras yo me lancé a tus brazos y dije que sí entre lágrimas, sin saber que ese era el principio del fin de nuestro cuento de hadas.

Nos casamos un 15 de septiembre. Escogimos el mes del amor y la amistad porque estábamos convencidos de que nuestro amor sería eterno y cada aniversario celebraríamos como recién casados nuestra unión perfecta y singular.

Vernos los fines de semana y de vez en cuando dormir juntos en tu habitación era perfecto, pero vernos todos los días y compartir el mismo espacio todo el tiempo fue algo muy diferente a lo que me imaginé. Creo que había visto muchas películas románticas y tenía expectativas demasiado altas, porque la vida, nuestra vida después del matrimonio, nunca fue así.

Pasaron los años y el tiempo nos cambió. No puedes decirme que no, que aún eres el mismo chico del que me enamoré en la escuela, porque es el curso natural de las cosas. Crecemos y evolucionamos o involucionamos, sinceramente no lo sé. El punto es que cambiamos por las circunstancias, por el entorno, por ley. Y como tenía que suceder dejamos de ser las personas que éramos antes de casarnos.

Sin darnos cuenta, una brecha empezó a crecer entre nosotros. Las noches de comernos a besos disminuyeron día tras día, las conversaciones en el comedor bajo el calor de un café humeante se volvieron recuerdos lejanos. Y las discusiones, esas sí, crecieron como la maleza de nuestro jardín.

Pasábamos tanto tiempo juntos, que no tuvimos la oportunidad de extrañarnos y nos fundimos con los demás enseres de la casa y de la oficina. Los te amo y los abrazos de despedida se volvieron automáticos, como parte de un protocolo bien estudiado para mantener nuestra relación a flote.

No puedo y no quiero seguir fingiendo que todo es perfecto cuando mi corazón me grita que me estoy marchitando entre estas paredes, que la vida me toma ventaja mientras la miro pasar deprisa sentada en este escritorio.

Esta no es una carta de reconciliación por nuestra pelea de esta mañana, ni una carta de súplica para que esta relación retome el curso que tenía cuando éramos novios adolescentes. Es una carta de despedida.

¡Ya recuerdo cuándo fue la última vez que te escribí! También fue la primera y la única. Fue después de nuestro primer beso. Te escribí un poema, me besaste por segunda vez y lo dejaste olvidado en una banca del patio de la escuela. Ese día dejé de escribir y mis sueños se fusionaron con los tuyos.

No podrás cambiar mi decisión. Esta mañana, cuando saliste de casa empaqué mis cosas y ahora están en el auto. Toda mi vida contigo está en una maleta. No hay marcha atrás. Prefiero vivir con el recuerdo de lo que fuimos en algún momento de nuestras vidas a seguir pretendiendo que puedo vivir en esta rutina, que puedo vivir en la miseria que llevamos construyendo desde que nos casamos y decidimos que el título de señor y señora podría con todo.

Te quiero mantener vivo en mi memoria, como el niño de ojos azules que miraba por la ventana mientras la maestra explicaba las multiplicaciones con fracciones. Quiero rescatar a la escritora que duerme en mi interior y quiero dejar atrás el vacío con el que me despierto todas las mañanas, aunque estés a mi lado.

Te deseo una mejor vida sin mí.

Con amor, Amalia.

 

 

Mónica Solano

Imagen de Mohamed Hassan

Desde la ventana

Emilia se peina el cabello delante del espejo.

En la calle se oye un estallido y un grito ahogado que le eriza la piel. Se pone de pie y aparta con fuerza la silla del tocador. Corre hacia la ventana y asoma la cabeza para ver qué pasó.

En la esquina ve un automóvil que ha atropellado a una mujer. Su cuerpo ha quedado tendido en medio de la calle. Lleva un traje ejecutivo de color gris y unos zapatos rojos de tacón puntilla. “Yo tengo unos zapatos iguales”, piensa.

Tiene el pelo tan enmarañado que no se le puede ver el rostro. Emilia siente una punzada en el corazón y se lleva la mano al pecho. El cepillo se le cae de la mano y rueda por el suelo. Siente como si el alma le abandonara el cuerpo.

Sacude la cabeza y algunas gotas de sudor se le escurren por la sien. Se pasa las manos temblorosas por la frente. Todo comienza a dar vueltas a su alrededor. Mientras respira siente que el aire sale con fuerza, como si hubiera estado aprisionándolo en su boca todo el día. La imagen de la calle es aterradora, pero no tiene fuerzas para alejarse de la ventana. Desde el tercer piso, mira cómo las personas se abren camino con prisa, cómo tropiezan unas con otras y gritan despavoridas.

Un corrillo se forma alrededor del conductor que, sentado sobre el andén, oculta su cabeza entre las piernas. A pesar de la distancia puede ver que se le escurren las lágrimas por la cara. El hombre no hace ningún esfuerzo para contenerlas. Es comprensible, acaba de arrebatar una vida.

¿Qué se sentirá cuando se le quita la vida a otro ser humano? ¿Y qué sensación producirá ver cómo se entumece cada extremidad con el último aliento?

“Pude ser yo”, piensa Emilia mientras abre más la ventana para observar mejor. “Ese cuerpo sin vida pudo ser el mío. ¡Pobre mujer! Salió un día más a trabajar y jamás pensó que la muerte la alcanzaría en una esquina. ¿Y si soy yo? ¿Y si en el instante en el que sentí que mi alma volaba del cuerpo estuviera dejando atrás una de mis vidas? ¿Y si cada accidente que ocurre cerca de nosotros es realmente el nuestro? Siempre me he preguntado por qué todas las cosas horribles del mundo les pasan a los demás y nunca me han pasado a mí. Si esa persona que está tendida en la calle soy realmente yo, o una parte de mí: ¿no sería una oportunidad para comenzar de nuevo? El cuerpo de la mujer se ve como si estuviera dormida, tranquila, como si nada la perturbara. Sería fascinante tener esa paz”.

Emilia no puede dejar de pensar que una de sus vidas pudo quedar en el cuerpo de aquella mujer. Pero no sabe si fue la última o quizá la primera. Antes había sentido esa misma sensación de abandono y se había hecho la misma pregunta sin obtener una respuesta, pero no entendía por qué esta vez se sentía tan diferente.

“¿Qué pasará con la vida de los demás cuando no están formando parte de mi realidad? ¿Sus vidas de verdad existirán? ¿Vivirán en un mundo paralelo o solo dejarán de existir por unos instantes? Todo cobra sentido cuando forman parte mi mundo. Lo que hagan en mi ausencia lo desconozco, es como si toda su existencia fuera una ilusión”. Emilia se pasa la mano por el cabello mientras explora las posibilidades.

La madre de Emilia se acerca a la ventana para ver más de cerca lo que ha ocurrido en la calle. Un grito desgarrador se oye por toda la casa.

Sofía sale a toda prisa y, sin darse cuenta, deja la puerta abierta. Tiene puestas unas sandalias y el delantal de la cocina. Estaba cocinando una paella para Emilia, su favorita. Se abre camino entre la multitud y se pone de rodillas junto al cadáver. Recoge con sus manos el cabello de la mujer para verle el rostro. Le toma con fuerza la mano sin vida y se la lleva al pecho. Las lágrimas salen a raudales y se deslizan por sus mejillas mojándole el cuello.

–¡Mi Emilia!

 

Mónica Solano

Imagen de Polski

 

Ya es solo un recuerdo

Hacía meses que soñaba con aquel día.

Se me eriza la piel solo con imaginar cómo me saltaba el corazón dentro del pecho y cómo se me revolvía la bilis en el estómago mientras esperaba impaciente.

¡Cuánto anhelaba caminar por aquellas avenidas!

Después de deambular por parajes repletos de historias, deseaba sentarme en una silla de mimbre, junto a una mesita de metal, con uno de esos manteles de cuadros coloridos, en un callejón escondido. Solos, mi libreta de cuero y yo, dando pequeños sorbos a un chocolate caliente y con la mirada fija sin pensar en nada.

En este momento puedo sentir el humo de la bebida acariciándome el rostro y el aroma del cacao filtrándose por mi nariz.

Oigo un sonido.

 

El instante se desvaneció de mi mente cuando Víctor interrumpió mis pensamientos con el golpe de sus nudillos en la puerta de cristal. Me sacó del ensueño.

­—¿Cómo estás, amigo? ¿Qué tal las vacaciones?

—Hola, Víctor —le respondí con una sonrisa, disimulando mi mal humor—. Bien, hombre. Aunque se me hicieron cortas.

—¡Cortas! Pero si estuviste fuera de la oficina más de un mes.

—Lo sé, pero creo que me faltó tiempo para hacer más cosas.

Cuando Víctor pensaba que alguien decía algo estúpido, se encogía de hombros y arrugaba toda la cara, como si se hubiera comido algo con mal sabor. Al ver que los ojos se le perdían entre los pómulos y las cejas, supe que mi respuesta no era de su agrado. Se me quedó mirando unos instantes más con el ceño fruncido y continuó:

—Bueno, y ¿qué dijo tu noviecita después de tantos días de ausencia?

—Pues no te lo creerás. El día que me fui me dijo que si me iba no volvería a verla jamás, que ella no iba a esperarme. Y apenas llegué anoche, ahí estaba, al pie de la puerta con un letrero de bienvenida y una torta de chocolate en la mano. No te sabría decir cuánto tiempo lloró mientras me abrazaba. Después de las disculpas y las lágrimas me dijo que no nos volviéramos a separar, que entendía por qué me había ido, pero que era la última vez que le hacía algo así. Ya sabes cómo son las mujeres.

—¡Qué drama! ¿Entonces no terminaron?

—No. Ayer durmió conmigo y hoy estuvo como si nada, como si no me hubiera tirado el jarrón que me regaló la tía Elena cuando me fui a vivir solo y no me hubiera gritado que soy un perdedor, un poca cosa y su peor decisión.

Nos echamos a reír. Entre carcajada y carcajada pude ver que la reacción de Víctor era sincera. Se le notaba que le divertía mucho mi situación.

—Bueno, Luciano. Es genial que estés de vuelta. Hay mucho trabajo. Ya te echábamos de menos. Aquí te dejo los informes que debes actualizar para la junta del viernes —dijo con tono grave y los puso sobre mi escritorio.

El sonido de las carpetas al caer sobre la madera aumentó mi mal humor. Me esperaban varios días con trabajo hasta la madrugada.

—Después tenemos que armar un plan para que nos muestres las fotos de tu viaje. Podemos tomarnos unas cervecitas en tu casa. ¿Podría ser el próximo fin de semana, apenas acabemos la entrega de los informes?

—Cuenta con ello.

Víctor salió de la oficina silbando una canción de Rubén Blades y acompañaba la melodía con un leve movimiento de los hombros.

Cuando el sonido se convirtió en un susurro, me sentí aliviado. Quería estar solo. Además, me molestaba la forma en que Víctor me adjudicaba tareas. Sí, era mi jefe, pero a veces pensaba que, además de mi trabajo, me tocaba también hacerle el suyo.

Me volteé para mirar por la ventana.

Solo veía edificios y más edificios. Grandes rascacielos con ventanas que parecían espejos, que no reflejaban nada. “Esto debe sentirse cuando se mira el vacío. Una sensación desgarradora de oscuridad y desolación”, pensé, mientras intentaba mirar el último piso, que apenas lograba divisarse desde mi oficina.

Ver todos los días la misma imagen, el mismo montón de ladrillos apilados, me deprimía. Quería estar en aquella callecita de París, sin preocupaciones, escribiendo en mi libreta de apuntes algunas historias que jamás verían la luz. Me gustaba ser otra persona, no este despojo de ser humano que estaba sentado con una pila de estados financieros por revisar, prisionero entre cuatro paredes adornadas con diplomas y certificaciones, enfrente de un computador que nunca se apagaba.

Tomé la taza de café que Lucy me había entregado al llegar y le di un sorbo. Estaba frío. Tan frío como mis aspiraciones a poeta.

¿Qué habría dicho mi tía Elena si le hubiera confesado que quería ser poeta y no contador? Seguro le hubiera dado un infarto fulminante. ¡Pobre tía! Lo sé. Tuvo la ardua tarea de criarme cuando nadie más quiso hacerlo. Todo lo que había llegado a ser se lo debía a ella. No podía mancillar su legado por el deseo de ser un poeta vagabundo. Así me lo repetía cada vez que tocábamos el tema. “Los escritores son unos vagos. No tienen aspiraciones y se dedican a eso porque no quieren hacer cosas importantes. No son como nosotros, los que trabajamos con los números. ¡Eso sí que es tener una profesión!”. Y se le hinchaba el pecho como a una paloma cuando ponía el acento en la palabra “profesión”. Se sentía orgullosa de ser contadora y de haber trabajado toda su vida en el Ayuntamiento. Y yo seguí sus pasos, en agradecimiento a su dedicación a mi crianza.

Fueron años de estudios, años de trabajos mediocres hasta que logré convertirme en el mejor de la ciudad. Pero yo nunca me sentí satisfecho.

Hice muy feliz a mi tía, sí. Le encantaba alardear delante de todas sus amigas de su sobrino el contador. El hijo que nunca tuvo. Decía que yo era su vivo retrato.

En realidad, no pasó mucho tiempo hasta que empecé a crecer profesionalmente, a hacerme un nombre de peso en el gremio de contadores. Pero cuanto más escalaba más miserable me sentía.

Sentí un sabor amargo cuando me di cuenta de que llevaba años cumpliendo los sueños de mi tía. Estaba viviendo una vida que no era la mía.

¿Y mis sueños? ¿Dónde se habían quedado mis sueños?

Me quedé en silencio. Pensativo. Eso fue lo último que me pregunté mientras miraba por aquella ventana del piso diecinueve.

 

—¿Desea algo más, señor?

—No, gracias.

Respiro profundo. Mi nariz se deleita con el aroma del cacao que emana de la taza con chocolate caliente que acaba de dejar la camarera sobre la mesa. Todos los malos recuerdos se desvanecen con el dulzor de la primavera.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Engin_Akyurt

 

La vocación de Ricardo

Tictac, tictac, tictac…

Un sonido se extiende por toda la casa. Se abre paso entre las paredes, se arrastra por debajo de la puerta. Llega hasta los oídos de Lía y se acompasa con los latidos de su corazón, como si los segundos se le metieran entre las venas y marcaran el inicio de otra noche de insomnio.

Se frota los ojos con las manos y busca el interruptor a tientas. Le toma unos segundos acostumbrarse al resplandor de la bombilla. Se pasa dos dedos por la boca y aprieta el labio inferior entre los dientes. Mira de reojo el sobre que está en la mesita de noche. “¿A quién se le ocurre mandar una carta cuando se puede mandar un mail?”, piensa.

Se sacude las manos. Se rasca un poco la cabeza y finalmente se levanta. Camina en círculos y hace estaciones en la ventana, en el armario y en la puerta. Sale de la habitación hacia la cocina. Prepara un poco de té negro y regresa a la cama. Se queda unos minutos sentada en silencio. Mira la carta y repara en la caligrafía con la que está escrito su nombre. Señorita Lía Consuegra. “Debió hacer un curso de caligrafía si iba a mandar cartas” piensa mientras se calienta las manos con la taza.

Los pensamientos de Lía vienen y van. No se atreve a abrir la carta que Ricardo le dejó por la mañana. “Cinco años de noviazgo y ayer me decís que esto no sigue adelante porque te vas al seminario. Con lo mujeriego que sos, ya quisiera verte con sotana. A menos que ahora resulte que te afloró la vocación por mi culpa. ¡A la mierda!”. Lía aprieta la taza con las manos temblorosas. El té le salpica los dedos. La deja sobre la mesita y coge la carta. La arruga con fuerza y rompe parte del sobre. Se pasa la mano por la frente, suspira y la abre.

“Amor. Sé que no quieres verme y no te culpo. Si yo estuviera en tu lugar también estaría muy disgustado. Hemos vivido momentos maravillosos. Eres, sin temor a equivocarme, la mejor mujer que he conocido en mi vida”.

La carta tiembla entre las manos de Lía. “Después de todo resultó poeta este malnacido, ni sé para qué leo esta farsa”. A pesar del malhumor que tiene, Lía sigue leyendo, incapaz de detenerse. Se propone llegar hasta la última línea o la curiosidad terminará por devorarla.

“Sé que te estarás preguntando: ¿Por qué me escribe una carta y no me manda un mail? Pero tengo una buena explicación. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Esa noche que tenías puesto el vestidito azul que tanto me gusta, con el que se te ven las nalgas todas paraditas? De solo imaginarte. ¡Ay, Lía, qué ganas me dan de tenerte entre mis brazos! ¿Te acuerdas de aquel diciembre? Cuando nos hicimos novios hacía poco que había estado de cumpleaños y me regalaste un cuaderno con hojas blancas para que escribiera nuestra historia. Te quedó sonando que te dije que quería ser escritor algún día, pero cuando me viste la letra soltaste una carcajada que casi no pudiste decirme que tenía la letra más fea que habías visto, que habría sido mejor si me hubieras regalado un computador. Te puedo imaginar en este momento maldiciendo mi mala letra con esta carta en tus manos. ¡Cómo te quiero! Ayer no quería despedirme así, ni siquiera me dejaste terminar. Quizá debería haberlo hecho de otra manera, pero es que apenas te dije que me iba al seminario y que necesitaba tiempo, empezaste a gritar como una loca y a pegarme. Se me retorcieron las tripas cuando la señora Flora intervino al oírte, que hasta marica me llamaste. Cuando se puso en medio de los dos, me gritó con los ojos encendidos: “No se deje mijo. Muy bueno que se va a separar de esta loca”, pero tú sabes que te quiero. Te amo. Anoche no te pude contar mis planes. No me dejaste. Y la mejor parte era que no solo eran míos, mi amor. Eran, y son, de los dos. Espero que todavía estés leyendo, porque te iba a contar que me voy a un seminario para escritores. Mi tío Arnulfo me consiguió una beca, los estudios son en Italia y se demoran tres años. Mi vida, voy a empezar a trabajar en mi sueño, a ver si dejo de escribir como la mierda. ¿No te sientes muy feliz por mí? Por fin voy a dar un paso verdadero para hacer lo que me gusta. Te quiero proponer que nos vayamos juntos. Yo arranco primero y me instalo y después tú llegas y nos casamos allá. ¿Te imaginas? Asómate a la ventana que voy a estar esperándote hasta la madrugada del viernes, para que me digas que sí. Vive este sueño conmigo, mi amor. Te amo. Siempre tuyo. Richi”.

Lía suelta un grito que retumba por toda la casa. Se levanta de la cama abrazando la carta y dando saltos. La señora Flora sale de su dormitorio con los rulos en la cabeza y una levantadora que deja ver sus brotadas pantorrillas. Se ajusta el cinturón y mira la puerta de la habitación de Lía.

—¡Deja de gritar maldita loca! ¡Eh! ¿Cuándo me libraré de esta desquiciada? ¡Señor, dale oficio a ver si me deja de joder!

Lía abre la puerta y le responde con los brazos levantados.

—¡Tía Flora! ¡Me voy pa’ Italia! ¡Bien lejos pa’ que vos dejes de joderme la vida! ¡Te imaginas la dicha!

—¡Siempre es que hay mucho entelerido en este mundo, mija, y mucha boba con suerte! ¡Que Dios la bendiga pues y que desocupe rapidito la casa!

Lía se apresura a asomarse a la ventana y saca la cabeza. Ve sentado a Ricardo en el suelo, recostado sobre la pared, frotándose los hombros con las manos para ahuyentar el frío. Ricardo voltea la cabeza y se levanta al oír a su enamorada. Lía hace señas para que la espere y baja las escaleras deprisa.

—Cómo pude ser tan idiota, mi amor. Perdóname. Yo pensé que te ibas de cura y tenía tanta rabia contigo que, cuando llegó la carta, quería romperla y matarte con ella.

Ricardo sonríe ante las explicaciones de Lía. Se pierde en el abrir y cerrar de sus labios, en el brillo de sus ojos y en el incansable movimiento de sus manos que acompaña cada palabra. Su amada vuelve a ser suya. Es en lo único que puede pensar.

—Entonces, amor, ¿te vienes conmigo?

Lía se lanza a los brazos de Ricardo y entre besos y caricias le dice que sí. Jacinto, el mejor amigo de Ricardo, pasa por la acera de enfrente y participa de la escena. Entre risas le grita a su amigo:

—¡Llévatela para un motel!

Se escuchan las carcajadas de lado a lado. Ricardo sujeta el cuerpo de Lía contra el suyo y mira a Jacinto.

—¡Dijo que sí!

Mónica Solano

 

 

Imagen de Mikali

 

A las 6:14 PM

Sentada en los primeros escalones de acceso a su casa, Antonia se fumaba un cigarrillo. En cada bocanada de humo gotas de sangre le chorreaban de sus manos. Se miraba los dedos con detenimiento y examinaba cada una de las líneas que la sangre seca había dibujado en algunas de las coyunturas. Las ideas viajaban con rapidez en su cabeza. Faltaba poco para que llegara la policía. Sabía que no tenía una coartada. Sonreía y se daba cuenta de que, por más que tratara de sentir un ápice de arrepentimiento, nada le había producido más placer.

El sonido de las sirenas hizo que se perdiera aún más en sus pensamientos. Aunque observaba con claridad cómo corrían los hombres uniformados hasta su puerta, en un parpadeo viajó en el tiempo. Estaba de nuevo con las llaves en la mano, lista para entrar en la casa.

6:14 p.m. Antonia llegó a su casa más temprano de lo acordado. Llevaba varios días fuera de la ciudad en un viaje de negocios y había dedicado algunos minutos libres para idear un plan y sorprender a su esposo.

Aunque, a los ojos de los demás, el matrimonio de Antonia era como un cuento de fantasía, siempre había pensado que sus esfuerzos no eran suficientes para tener un matrimonio feliz y estaba convencida de que no era la mujer que se merecía su esposo. Tobías era de esas personas que provocaba tener sexo todo el tiempo. Sus pestañas largas, su cabello sedoso y su cuerpo atlético eran suficientes para sentir un cosquilleo por la piel. Era el hombre con el que toda mujer soñaba. Siempre estaba pendiente de los pormenores del hogar. Mantenía la nevera llena de comida gourmet y decoraba con mimo todos los rincones de la casa. En los cinco años que llevaban casados, Antonia creía que nada había estado fuera de lugar. Bueno, sí había algo: ella. Hacía semanas que no se tocaban. Cruzaban palabras cordiales cuando se encontraban en el pasillo. Dormían en la misma cama, pero estaban ausentes. Antonia tenía todo lo que deseaba, menos a su esposo.

Abrió la puerta de la casa, se quitó el vestido y se quedó solo con las botas negras de caña alta. Sacó una botella de vino del bolso y subió las escaleras con cuidado para no alertar a Tobías. Cerca de la habitación oyó unas voces, en realidad unos susurros. Frunció el ceño y pensó detenerse, pero decidió continuar. Cuando llegó a la puerta se le resbaló la botella de la mano al ver a su esposo. El ruido de los cristales chocando contra el piso llamó la atención de Tobías, que estaba tendido sobre la cama, vestido con un corpiño de cuero, mientras disfrutaba del placer que le producía su amante. Antonia se agarró con fuerza al marco de la puerta. Todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Las tripas se le retorcían en el vientre. Se tapó la boca con la mano para ahuyentar las náuseas. Tobías se acercó con prisa y trató de auxiliarla. Antonia ya estaba a pocos centímetros del suelo.

La espiral de emociones le nubló el juicio. Con una mano cerca del piso sintió el pico de la botella quebrada, se aferró a él con fuerza y sin pensarlo se lo enterró a su esposo en la garganta. Se cayeron al suelo entre los gritos desgarrados del amante que se levantaba de la cama para ayudar a Tobías. Con la sangre brotando en cascada por el cuello, entre unos dedos que trataban de estancarla, Tobías exhalaba su último aliento. El amante se aferraba al cadáver, horrorizado. Sus ojos enrojecidos se encontraron con los de Antonia. Se abalanzó sobre ella e intentó estrangularla. Antonia apretó el pedazo de botella en su mano y le cortó la cara. El hombre la empujó y salió dando un traspié. Antonia se levantó del suelo y lo hirió en la espalda, varias veces. El hombre logró salir de la habitación. Gritaba sin parar mientras descendía hacia la puerta de la casa. Salía en busca de ayuda y a la mitad de la cuadra se cayó y murió desangrado. Antonia bajó por la escalera, sin prisa, contando los pasos. Cogió el bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió y se sentó en el segundo escalón. Se miró las manos aún temblorosas y pensó: “¡Un hombre, Tobías! Ahora entiendo por qué nada era suficiente para ti”. Expulsó con fuerza el humo de sus pulmones y cerró los ojos. 

La mano del oficial sobre el hombro la apartó de sus pensamientos. Pronunció unas palabras que se perdieron entre el eco de los murmullos de los vecinos, entre el sonido de las sirenas y entre el pitido de sus oídos. Para Antonia ya nada tenía importancia. No podía volver en el tiempo aunque, si fuera posible, los volvería a asesinar. La sangre en sus manos le daba un nuevo sentido a su vida.

Se puso de pie con ayuda. Todavía desnuda y con las botas negras que le había regalado su esposo en su último aniversario. El oficial la cubrió con su abrigo y la escoltó hasta la patrulla. Antonia dibujó algunos círculos con los dedos en la ventana del automóvil y se despidió de su casa. Era una asesina.

Lunes 6:14 p.m. Llegó el momento de conocer el veredicto. Se oyó como un eco en la sala: “Pena de muerte”. Antonia sonrió y se contempló las manos una vez más.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Julia Bilyk

Una decisión, tres perspectivas

Lexi dibujaba círculos en el piso con su pie izquierdo. Con la cabeza agachada miraba los rieles de las vías. Se ajustó la maleta en la espalda, tomó aire y pensó en las consecuencias de su decisión. Cerró los ojos y dejó volar su imaginación mientras los trenes que pasaban a toda velocidad la despeinaban.

Se vio parada en la estación. El tren con dirección a Ámsterdam había arribado. Subió los escalones sin prisa. Miró su boleto, buscó el asiento y se acomodó junto a un chico rubio. Parecía de su misma edad. Conversaron durante el camino y Gabriel le contó que estaba estudiando ingeniería ambiental. Era alemán, pero vivía en Ámsterdam desde hacía tres años. Tuvieron una conexión inmediata. La charla animada hizo el viaje más corto. Al bajarse del tren, intercambiaron sus números de teléfono. Siguieron viéndose durante meses. Se hicieron novios y un siete de diciembre se casaron. Fue una ceremonia sencilla, con pocos invitados. Celebraron el amor en Venecia y a los nueve meses nació Dante. Lexi dejó su trabajo en la universidad y se dedicó a su labor de madre y esposa. Vivieron felices hasta que un otoño Gabriel se enfermó y murió.

Lexi abrió los ojos y sacudió la cabeza para alejar aquella imagen de una vida normal, en la que se casaba, tenía una familia y vivía como la mayoría de los mortales. Un perro la olfateó y sintió un escalofrío. Lexi se pasó las manos por los brazos y de nuevo cerró los ojos.

Otra vez estaba de pie sobre la misma plataforma. Vio su vida pasar frente a sus ojos mientras se acercaba el tren con dirección a Ámsterdam. Tomó aire y se lanzó a las vías. Escuchó como un susurro los gritos de las otras personas que estaban en la estación. Se quedó a oscuras en un instante. Estaba suspendida en la nada y solo podía imaginar cómo sería la vida después de su muerte. Un policía se acercó al cuerpo que yacía sin vida sobre las vías. Revisó sus pertenencias y encontró una billetera. “Lexi Cohen”, dijo en voz alta, y pasó la identificación a su compañero. Sacó el celular de la mochila y buscó el número de teléfono de algún familiar. Solo tenía grabados los números de tres personas. Llamaron a la primera de la lista. Una voz ronca contestó y cuando escuchó los detalles del incidente les informó que Lexi era su antigua empleada, que el día anterior había renunciado para iniciar un nuevo proyecto en otra ciudad. No se le pasó por la mente que tenía la idea de quitarse la vida. “Siempre fue muy reservada, no se relacionaba con nadie en la oficina, no tenía amigos ni familiares. Era una persona solitaria. Es una pena que nunca haya querido integrarse”, dijo el señor Duarte con la voz entrecortada. Empacaron el cuerpo en una bolsa negra y lo llevaron a la morgue. Después de la autopsia, sus restos se quedaron en una fosa común.

Con la imagen de su cuerpo refundido entre un montón de desconocidos el corazón le dio un salto y abrió los ojos. Su vida no podía terminar como si hubiera sido un fantasma. No tendría un funeral, no sería recordada, nadie lloraría su ausencia. Quitarse la vida, sin haber vivido lo suficiente, era una pésima idea. Se pasó la mano por el rostro, luego por el cabello y volvió a cerrar los ojos.

Una vez más estaba de pie en la plataforma. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba a toda velocidad. Cuando se estacionó anunciaron por los altavoces la hora de salida. Hicieron varios llamados. El tren partió y Lexi se quedó inmóvil, dejó que se fuera sin ella. Caminó hasta el paradero de taxis y se subió a uno. Le pidió que la llevara al Boulevar Saint Michel. Cuando llegó, buscó un café. Se sentó en una de las mesas libres y pidió un granizado. Sacó el celular y llamó a su antiguo jefe. Le explicó las razones por las que había renunciado y le pidió su trabajo de vuelta. El señor Duarte accedió. Lexi se acercó al estante de revistas que tenía el café, cogió un periódico y buscó un piso donde quedarse. Al día siguiente regresó a la oficina. Sus compañeros estaban felices por verla de nuevo. Hizo grandes amigos. Asistió a fiestas, viajó por el mundo. Se jubiló y una noche de invierno murió de un ataque al corazón.

Lexi abrió los ojos y no pudo contener la risa que la sacó del ensueño. Tampoco creía posible que su vida tomara ese rumbo. Movió la cabeza de un lado a otro para sacudir las ideas. Había tomado la decisión de avanzar en otra dirección, de dejar de ser un fantasma, y tenía tres perspectivas: arriesgarse con un nuevo comienzo en un lugar donde también sería una desconocida, pero en un lugar diferente, a fin de cuentas. Acabar con su vida y morir siendo alguien que no quería ser o darle una oportunidad a su antigua vida. Lo cierto es que tenía más opciones, pero solo había pensado en tres.

El reloj de la estación marcaba las 8:25 AM, faltaban cinco minutos para que arribara el tren. Lexi se encontraba ante una encrucijada. El temor que sentía por haber tomado una mala decisión la tenía paralizada, pero estaba segura de que no podía continuar estática, inerte como una sombra. Tenía que dar el salto de fe, lanzarse al vacío de la incertidumbre y luchar con todas sus fuerzas para salir a flote. La plataforma gruñó bajo sus pies y las piedras empezaron a moverse sobre los rieles. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba. Lexi sujetó la mochila con fuerza. En ella cargaba toda su vida. Podía dejar todo atrás, o regresar, sin mayores inconvenientes. No era una carga muy pesada. Miró las vías y oyó el crujir de los rieles. Estaba cerca. Cerró los ojos y se imaginó una vez más cómo sería empezar de nuevo. El tren se detuvo y se abrieron las puertas. Las personas que pasaban por su lado la empujaban. Una pareja discutía, un niño lloraba y Lexi solo permaneció inmóvil unos minutos más. Cuando escuchó por los altavoces el último llamado, abrió los ojos.

Mónica Solano

Imagen de Silvia & Frank

¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary