Los referentes en la obra de Terry Pratchett

El próximo viernes 28 de abril hará 69 años que Sir Terry Pratchett nació. Sí, no es una fecha redonda, pero como aún no he sido capaz de superar que mi autor favorito muriera en 2015, cualquier momento es bueno para hacerle un homenaje muy sentido.

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En esta entrada ya os expliqué por qué para mí fue tan importante este autor. Gracias a él descubrí que las mujeres somos algo más que damiselas y, también, me inculcó el deseo de escribir. De no ser por él, este blog no existiría ni tampoco mis muchos proyectos de escritura.

Pratchett, que se hizo una espada de acero de meteorito hecha para cuando lo nombraron sir, es uno de mis referentes. Creó el Mundodisco, un reflejo lleno de magia de nuestro mundo. Dividió sus historias en más de cuarenta libros, de los cuales, treinta y mucho pertenecen a diferentes sagas (la de la muerte, la de Rincewind, la de la Guardia…). En ellos hay brujas, una universidad de magos y un bibliotecario que además es un orangután. También hay arengas pacifistas, reivindicación obrera y lucha por la igualdad. Y, en algún que otro libro, mil elefantes.

“¿Qué referentes tuvo alguien que escribió sobre dragones y enanos de metro ochenta?”, os estaréis preguntando. Muchos, os contesto. Pratchett demostró, libro tras libro, que la cultura clásica y la literaria no le era ajena. Y eso es lo que os traigo en esta ocasión: su referentes.

Coged un tentempié o algo, que esto va para largo.

 

 El color de la magia (1983) y La luz fantástica (1986)

¿De qué van? Un misterioso hombrecillo llega a Ankh Morpok, una ciudad sucia pero muy ordenada, para conocerla. Es el primer turista del Mundodisco, y encomiendan su protección a Rincewind, un proyecto de hechicero. ¿Qué puede ir mal si un pseudomago intenta proteger a un hombre cándido e inocente de la ciudad más peligrosa del Disco?

¿A qué hace referencia? Hay quien dice que el libro, el primero de la saga de Rincewind, comenzó como una sátira de un cúmulo de elementos fantásticos y frikis. Sin embargo, hay tanto cariño en las alusiones que hace que no lo veo tan claro. De lo que no tengo duda es de las referencias a El señor de los Anillos, a Conan el Bárbaro o a Los Jinetes de Dragones de Pern. Además, como en todas sus obras, está presente la mitología. Sin ir más lejos, para crear y definir el Mundodisco se basa en un mito apócrifo hindú según el el mundo es una tortuga que nada con cuatro elefantes sobre su concha y que, a su vez, aguantan un disco.

Pero como la mitología suele quedarse corta, también recurre a los horrores de uno de los escritores con la mente más enferma (y magistral) que ha habido nunca. Me refiero a Lovecraft, por supuesto. La magia de la que se habla en los primeros libros del Mundodisco suele venir aparejada con unos entes que habitan las Dimensiones Mazmorra. Son bichos amorfos, espantosos, y primos hermanos de los seres primigenios de los Mitos de Cthulhu.

Brujerías (1988)

9788497593182¿De qué va? La paz del pequeño pueblo de Lancre se ve turbada por la muerte de su rey. Unos años más tarde, las tres brujas de la zona –Magrat Ajostiernos, Tata Ogg y Yaya Ceravieja– sienten que algo va realmente mal. El país no se siente querido. ¿Los ciudadanos? No, algo más profundo.

Es el segundo libro de la saga de las brujas, que empezó con Ritos Iguales.

¿A qué hace referencia? Leer Brujerías es leer Macbeth, de William Shakespeare, a través de la pluma de Terry Pratchett. Sin dejar de lado el humor, vemos duques asesinos, fantasmas vengativos e hijos perdidos. Sinceramente, disfruté más esta versión que la de Shakespeare. Pero esto último no creo que sorprenda a nadie que me conozca.

 Eric (1990)

9788483460085¿De qué va? Eric es un muchacho recién entrado en la adolescencia que coge un libro de demonología con la intención de invocar a un demonio que le lleve, entre otras cosas, a conocer a la mujer más hermosa que jamás haya existido. Desgraciadamente, en vez de aparecer un ser infernal súper poderoso, del pentagrama surge Rincewind. ¿Os acordáis de él? El hechicero nefasto/niñero del primer turista del Mundodisco que aparece en el primer libro.

¿A qué hace referencia? Bueno, este es fácil. En sus primeras ediciones, el libro se llamaba Fausto Eric. Con este libro, además de decidir que, si tenía un hijo, se llamaría así (Eric, y no Fausto), me entraron ganas de leerme el Fausto de Goethe.

Nos volvemos a topar, de nuevo, con la mitología de Troya y su hermosa historia de amor entre Paris y Helena de una manera un poquito más realista que la escrita por Homero.

 Imágenes en acción (1990)

images-4¿De qué va? En una playa fea y solitaria muere un hombre sin descendencia. Sin saberlo, era el último sacerdote de una orden y era el encargado de hacer un ritual que mantendría a salvo al mundo. Mientras, en Ankh-Morpork, los alquimistas descubren un papel sobre el que se pueden imprimir imágenes y darles movimiento. Cuando Víctor, estudiante de hechicería en la Universidad Invisible, descubre las películas, siente una necesidad acuciante de dedicarse a ello. ¡Con mil elefantes!

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Al cine, por supuesto. Al de Hollywood. Habla de las películas en blanco y negro, el color y lo rico que se hará el primer estudio que logre poner sonido en las cintas. Además, los personajes principales son homenajes a actores mundialmente conocidos: Víctor es una mezcla entre Rodolfo Valentino y Fred Astaire y Ginger, la chica, de Paulette Goddard y Ginger Rogers.

Aquí, además, vuelven a aparecer las Dimensiones Mazmorra, que nos recuerdan a los Mitos de Cthulhu.

 Brujas de viaje (1991)

9788497932134¿De qué va? Magrat Ajostiernos, una de las brujas que hemos visto en Brujerías, recibe una varita y el encargo de ayudar a una chica de un país lejano. El objeto mágico era de un Hada Madrina que, cuando supo que estaba a punto de parir, dejó la varita junto con una nota para Magrat en la que pide que Yaya y Tata la acompañen. Psicología inversa, le llaman.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Brujas de viaje es un libro sobre deseos, los que se necesitan y los que se piden, y también sobre los cuentos de hadas que todos hemos leído de pequeños. Vemos alusiones a Caperucita Roja, La bella durmiente, Cenicienta, El gato con botas y el cuento de la rana a la que besas y se convierte en príncipe. Ah, y a El Mago de Oz.

Además, en ese viaje pasa por zonas que nos resultarían familiares. Por ejemplo: en una de ellas, un grupo de hombres se pone a correr con toros. Y el lugar en el que vive la chica necesitada es un calco mágico de Nueva Orleans, con sus guisos, sus caimanes y sus brujas vudú.

 Dioses menores (1992)

9788497592246¿De qué va? Brutha, un chico duro de mollera pero con memoria eidética, descubre a una tortuga que habla. Esta le cuenta que es un dios, su dios, que ha tenido un pequeño problema en su última reencarnación. Om, pues así se llama esta tortuga tuerta, le pide que lo lleve ante la máxima autoridad de su iglesia porque, sin duda, debe ser su profeta.

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Este es mi libro favorito de todos los tiempos. Si no lo habéis leído ya estáis tardando. Como todo lo de Pratchett, tiene dos lecturas: la superficial, es decir, las aventuras que viven Brutha y Om, y la profunda, o cómo la estructura y los hombres de iglesia ciegan y raptan la verdadera fe.

Hay referencias a la Inquisición Española en la ciudad de Omnia, donde Brutha se encuentra con su tortuga-dios. Y a la Grecia Clásica, su religión y su filosofía en Efebia.

Es imprescindible. No puedo deciros más.

 Tiempos Interesantes (1994)

9788483460832¿De qué va? ¿Os acordáis del primer turista del Mundodisco, ese que sale en el primer libro? Quince libros después vuelve a aparecer. Ha sido encarcelado por haber escrito un libro en el que contaba sus viajes turísticos, y en su país ha habido todo un movimiento revolucionario y extremadamente educado alrededor de él. Y, ¿sabéis quién se mete en todo el fregado? Rincewind, el hechicero.

Otro de la saga de Rincewind.

¿A qué hace referencia? Tiempos interesantes empieza con una maldición oriental: ojalá vivas en tiempos interesantes. Porque, los calmados, son mucho más tranquilos para cualquiera. Vamos a ver alusiones a la cultura taoísta, a la forma de ser oriental y, sobre todo, a los guerreros de terracota. Para mí es, sin duda, el mejor libro de la saga de Rincewind.

 Mascarada (1995)

mascarada¿De qué va? Magrat, la bruja más joven de las tres, se casa con el Rey de Lancre. Yaya y Tata saben que Magrat debe dedicarse a reinar así que, para que el trío de brujas siga siéndolo, deben ir en busca de una jovencita con dotes mágicas. Pero la chica, Agnes, se ha ido a cantar ópera a la gran Ankh-Morphok.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Al fantasma de la ópera, y a Andrew Lloyd Webber. La casa de la ópera en la que trabaja Agnes está embrujada, y Tata y Yaya estarán ahí para ver cómo el libreto del fantasma de la ópera se desarrolla ante sus ojos y con su ayuda.

La verdad (2000)

MundodiscoVerdad¿De qué va? William de Worde, un chaval aristocrático al que le gusta mucho escribir, reparte algunas cartas manuscritas entre sus allegados a cambio de un puñado de monedas. Cuando Buenamontaña, un enano de la gran ciudad, inventa la imprenta, se crea el primer periódico.

Es un libro independiente, aunque vemos a personajes que conocemos de otras sagas.

¿A qué hace referencia? Bueno, aquí tenemos un montón de cosas que vale la pena reseñar. La primera, que el diario recuerda mucho a The New York Times. La segunda y, para mí, la más grande, la presencia del Sr. Alfiler y el Sr. Tulipán. Este dúo es una referencia clarísima a Vincent y Jules, es decir, a los personajes de John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. Son lo mejor de la novela junto al vampiro fotógrafo.

 Ladrón del tiempo (2001)

ladron¿De qué va? La Muerte explica a Susan, su nieta, que debe impedir que un relojero de Ankh-Morphok construya un reloj que atrapará el tiempo. Por otra parte, Lonsang, aprendiz de Lu-Tze, acaba relacionado con ese reloj.

Es un libro de la saga de la muerte.

¿A qué hace hace referencia? Bien. Esta referencia me la saco un poco de la manga, pero solo porque lo vi en un Tuit y me encantó. En este libro, igual que en su primera aparición en Dioses Menores, se ve cómo Lu-Tze lo puede todo. Como ponía el tuit, este personaje carismático e inteligente es el Deux ex Machina hecho persona.

Por otro lado, en este libro existen referencias a los cuatro jinetes del apocalipsis que, personalmente, me recuerdan muchísimo a Buenos presagios.

 Ronda de Noche (2002)

9788499089027¿De qué va? Samuel Vimes, comandante de la guardia, viaja al pasado con la ayuda de una tormenta mágica mientras persigue a Carcer, un sádico criminal. En el pasado toma el papel de John Keel, su mentor cuando era joven. El Sam viejo sigue los pasos que había visto recorrer a Keel de joven, aunque Carcer modifica ligeramente sus planes.

Es (el mejor) libro de la saga de la Guardia.

¿A qué hace referencia? Primero, la portada es una parodia de la pintura de Rembrandt y solo por ella vale la pena tener el libro en las estanterías. Pero en este libro se habla de revoluciones, de política, de proletariado, y todo ello recuerda mucho a la revolución francesa.

Como escritura, pienso que es un libro perfecto para entender cómo debe evolucionar un personaje. Y, como lectora, pienso que es un libro perfecto para disfrutarse. Debéis leerlo, sin duda.

En todos los libros hay muchas alusiones y, si las nombro todas, no acabaría nunca. Podemos decir que Pies de barro está basado en el mito judío del Golem de Praga, Carpe Jugulum vuelve del revés las reglas que rigen la tradición vampírica y Lores y Damas tiene decenas de referencias filosóficas que darían para una tesis.

Desde que empecé a escribir, lo primero que me dijeron es que ninguna historia es original y que todo está escrito. Que lo original es hacerlo con mi estilo. Pues bien. Lo que está claro es que Pratchett lleva esa máxima al infinito al imprimirle su voz, envolverlo para regalo, ponerle un lazo y servírnoslo con su prosa. Y si no me creéis, solo tenéis que leerlo. Me juego un dineral a que os sacará más de una sonrisa y, os aseguro, no iré a la ruina.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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La imagen de cabecera es la tarta de mi treinta cumpleaños.

Todas las imágenes de los libros son de la editorial DeBolsillo.

La imagen del autor es de Terry Pratchett.

¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary

La vida en tres dimensiones

Hace unas semanas la vida, los lectores, y este blog, me hicieron un regalo sorpresa: mi artículo, “Pablo Ráez. Gracias a la vida”, arrasó. Eso hizo que me planteara un par de preguntas. Y la respuesta a una de ellas es el contenido de este artículo.

Lo primero que me cuestioné fue cuál era el motivo por el que algo, un artículo, un video, una imagen, se vuelve viral. Empecé a buscar información para documentarme, pero no me encontraba a gusto manejando datos ni con el texto del artículo que me iba saliendo, y tuve la sensación de estar bloqueada en un punto muerto. Y eso me llevó a la segunda cuestión: ¿Qué ha ocurrido en mi vida para que términos como “fenómeno viral”, “bloqueo del escritor” y otros similares hayan entrado en ella? La respuesta a esta pregunta me pareció mucho más interesante que entrar en la metafísica del fenómeno viral, y es sobre lo que quiero escribir hoy.

La vida puede tener tres dimensiones

Hay personas cuya vida es plana. O momentos en la vida de las personas que son planos. La historia de cada uno no es una foto fija, sino una película donde las escenas pueden, y deben, diría yo, ir cambiando. ¿Quién no ha pasado por una época en la que el trabajo le asfixia y la rutina es un agujero negro cada vez más grande? ¿Quién no ha sentido alguna vez que la palabra “ilusión” había escapado de su diccionario privado para huir a otro universo? ¿Quién no conoce a alguna persona de la que casi todo el mundo dice, con escasa o nula compasión y demasiada ligereza, aquello de “¿Fulanito? ¡Uf! ¡Menudo plasta!”?

Tomar conciencia de eso es dar el primer paso para avanzar hacia una segunda dimensión. Porque si ya es triste tener una vida plana, más triste es estar inmerso en ella y no notarlo. El inmovilismo puede ser más agresivo que la peor de las batallas. Y habrá personas que quieran quedarse en su caparazón porque es más seguro estar dentro, a oscuras, que sacar la cabeza para enfrentarse al mundo. Respeto la libertad de elección de cada cuál, pero, en lo que a mí respecta, no me gustaría quedarme ahí.

La vida también puede ser redonda. ¡Ah, vale! La cosa cambia, me diréis. Pues sí, claro que cambia. Posiblemente para mejor. Pero no nos engañemos. Que, lo mismo que la Tierra gira una y otra vez sobre su eje, podemos estar dando vueltas en círculos y tener una falsa sensación de avance. Empezamos algún proyecto, arrancamos con algo, y cuando nos venimos a dar cuenta, estamos otra vez en el punto de partida. Algo así como dejar de fumar durante un tiempo para recaer luego una y otra vez. Y vuelta a empezar.

Un buen ejemplo para ilustrar la tercera dimensión es el famoso cubo de Rubik. Porque llegar hasta aquí es ir más allá para descubrir una especie de “comodín” de las dimensiones. Si nos paramos a pensarlo, la vida se nos ofrece en trozos, se nos presenta en pequeños cubos que nosotros podemos armar según sepamos, queramos o podamos. Y no es lo mismo hacerlo con uno u otro de los tres verbos.

Cuando nos regalan un puzzle, puede venir en la caja montado o desmontado, pero lo cierto es que, para jugar con él, partimos siempre de las piezas sueltas. A nadie le gustaría encontrarlo hecho para limitarse a contemplarlo ¿verdad? La diversión está en armarlo, en investigar, en pasar el rato tratando de reconstruirlo para lograr una imagen final que nos guste y a la que encontremos sentido. Recuerdo uno de los primeros archivos adjuntos que recibí cuando empecé a hacer mis pinitos con los ordenadores. Creo que era una presentación de power point, de esas que algunos igual miran por encima del hombro por blanditas, pero a mí me gustó. Mostraba a un padre que necesitaba terminar un documento, y para que su hijo no lo distrajera tanto cogió una foto de un anuncio que mostraba un mapamundi, lo recortó, y se lo dio al pequeño para que se entretuviera en rehacerlo. Su sorpresa fue que el niño vino a llamarlo al poco rato, y le mostró la imagen sin un solo error. El padre, sorprendido, le preguntó cómo había podido hacerlo, y el niño le respondió: “muy sencillo, papá. Le di la vuelta a los papeles, y cuando arreglé al hombre, se arregló el mundo”. El padre dio la vuelta a la hoja, que su hijo había pegado con fixo, y comprobó que, por detrás, había una foto de un hombre, que era la que su hijo había usado para hacer la reconstrucción.

Hay ocasiones en nuestra vida en las que no tenemos claro el modelo de nuestros propios rompecabezas. El resultado es que muchas veces no nos gusta lo que vemos, y perdemos más tiempo en lamentarlo que en intentar arreglarlo. O tenemos huecos que nos gustaría llenar, pero no salimos al mundo en busca de las piezas que encajarían allí. Si no nos gusta la imagen que tenemos de nuestro propio puzzle, si hay algo que distorsiona el resultado final, deberíamos ordenar las piezas con la esperanza y el convencimiento de que, si las buscamos, daremos con las herramientas necesarias para lograr al final la más bella imagen. Solo tenemos que pararnos a observar, y pensar qué sería lo que tendríamos que cambiar. Eso le da mucho más aliciente al juego. Y para eso tenemos que saber, querer y poder. Y no siempre será fácil, pero seguro que sí que será emocionante.

He hablado de las dimensiones de la vida haciendo referencia a personas y a momentos, porque no es lo mismo en cada caso. He tenido experiencias en las tres dimensiones, y la tercera es la responsable de que esté escribiendo estas palabras. Mi vida es ahora un precioso cubo, y lo es porque son mis manos las que mueven sus piezas. Y es precioso descubrir que, al moverlas, puedo construir montones de imágenes distintas. Supongo que es lo que se llama autodeterminación, y me gusta. La escritura me ha ayudado a que los engranajes sean fáciles de mover, me ha dado soltura, y me ha hecho ponerme unas gafas especiales con las que miro en mi interior, en lugar de mirar hacia fuera, y descubro cosas que estaban ahí, pero de las que no era, tal vez, demasiado consciente.

Vivamos, si podemos, en relieve, en color, en movimiento. Porque quedarnos con un mundo plano, inmóvil, y dibujado en blanco y negro, creo que sabría a poco.

En mi caso, desde luego, escribir me ha dado alas. Y volando alto, no cabe duda, se ven las cosas con mucha más perspectiva. El paisaje es más extenso. Llego más lejos. Y esta reflexión usando como ejemplo la escritura, podría generalizarse a cualquier otro aspecto de la vida. Eso depende ya de las esperanzas y expectativas de cada persona. Yo me limito a dejar caer la idea, pero el modelo a seguir es ya una decisión personal de cada uno.

¿Quién se apunta?

Adela Castañón

Imágenes: UnsplashWordPress

A JAVIER PLAZA POR SU URRACA EN LA NIEVE

De mi baúl de lecturas

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí? —me preguntaba Javier Plaza en Messenger.

—Pues, ¡claro! Estuviste muchos años en el Instituto Goya. Conservo tu imagen de adolescente entre el tumulto de aquel pasillo de la planta baja. ¿Cuánto hace de eso?

—¡Muchos años! Estuve desde 1988 hasta 1993.

—Y, por lo que veo, guardas buenos recuerdos, ¿no?

—Sí, sobre todo de mis profesores de Lengua y literatura. Allí nació mi pasión por la escritura.

—Esto sí que es un regalo para una profesora de literatura, Javier.

—Pues ahora te traigo otro. Te voy a enviar por email La urraca en la nieve, mi primera novela. Va por la cuarta edición en Ediciones Hades: noviembre de 2014, febrero de 2015, mayo de 2015 y noviembre de 2016. En marzo de 2017, ha salido una nueva en Fomento, la editorial de la Universidad de la Puebla de Zaragoza, México.

—Esta noche sin falta empiezo a leerla.

En menos de una semana me la había terminado. El resultado de esa apasionada lectura, acompañada por abundantes libros de arte sobre el Impresionismo, son las notas que os traigo.

La urraca en Fomento

La edición de Editorial Fomento

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Camille, el narrador protagonista, como esa urraca del cuadro de Monet que ilustra la portada, es un imán que nos atrapa y, a través de las historias y escenas que va contando, nos deja ver los ambientes parisinos de forma fragmentada.

La urraca, Monet

La urraca, Claude Monet

Al final, cuando hemos dado la vuelta a la última página y nos alejamos, como sucede con los cuadros impresionistas, podemos ver la totalidad y el significado general de la obra. Si hacemos una segunda lectura con más calma, desde el principio sabremos que vamos a acompañar a Camille durante una semana por el París impresionista. Y, con él, a Yves y a Víctor, sus dos amigos. En ese paseo sabremos que ha vivido allí ocho meses y que es un señorito de alta cuna, procedente del sur de Francia.

Todo esto, y mucho más, lo va contando con pinceladas sueltas, como los Impresionistas, que debían su nombre a otro cuadro de Monet: Impression, soleil levant.

Monet, Soleil levant

Impression, soleil levant, Claude Monet

Detrás de un mundo lleno de cuadros, bailarinas de cabarets y alcohol, se esconde una búsqueda incansable por la fama: “El cuerpo pasa y la gloria queda” (p. 193). Esa búsqueda nos ha provocado, a él y a nosotros, una cierta desazón y una gran nostalgia.

La mente frágil de Camille lo lleva a frecuentes ausencias. En varias ocasiones le oímos frases como esta: “Había extraviado, una vez más, el hilo de la conversación” (p. 82).

Este narrador, un poco deficiente, introduce continuos flashbacks de forma natural y salta de un tema a otro con gran agilidad. “Puse que tardó diecisiete años en regresar a París para dejar claro que allí terminó su sueño de pintor impresionista, que no regresó a París en marzo, como había prometido a sus amigos. Que allí se terminó la vida bohemia. Porque Camille es débil y la aventura termina cuando regresa a la influencia familiar”. (Conversación con Javier Plaza)

Camille no está inspirado en un personaje concreto, pero su nombre es un guiño a Camille Pisarro, a Camille Corot y a Camille, la mujer de Monet.

Cuando comencé la lectura pensé que se trataba de una biografía novelada de Camille Pisarro. Y no salí de mis dudas hasta que leí una frase de Yves ante un lienzo de Pisarro: “Este hombre es tonto perdido, mira que cambiarme esta joya por una de mis basuras” (p. 128)

Una novela de ambiente

“Trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por el París impresionista, con una trama mínima. En la novela apenas pasa nada. Las pequeñas inquietudes de Camille sirven de unión a la historia”. (Conversación con Javier Plaza)

El autor consigue reconstruir el contexto de forma verosímil gracias a las visuales descripciones y a las escenas que las llenan de vida.

De forma constante, las escenas pasan a ser cuadros y los cuadros, escenas. Se mezclan los cuadros reales, como La urraca de Monet, con los inventados. Los reales no son muchos, pero sí suficientes para crear un contexto verosímil y que el lector crea que todos lo son.

Tiegre en la jungla

¡Sorprendido!, Henri Rousseau

Como muestra, he elegido la descripción del cuadro de Henri Rousseau, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical): “Un tigre huye con gesto despavorido, casi humano, mientras en la selva ha estallado la violenta tempestad; la fuerza de los elementos, el viento y la lluvia se reflejan en cada uno de los detalles del lienzo. El cielo gris oscuro con tres ramificaciones de un rayo y líneas de lluvia que inundan toda la superficie, las hojas y arbustos curvados hacia la derecha, impulsados por el viento hacia el lado donde huye el animal, los árboles, oscuros, también se doblan en esa misma dirección, la irascible tormenta lo envuelve todo” (p. 209).

Camille pierde el hilo de la conversación porque está poco atento a lo que sucede a su alrededor. Entonces o está recordando hechos de su vida pasada o está convirtiendo las escenas presentes en posibles lienzos. Cuando Camille está pensando en el lienzo que va a pintar para una exposición no sabe si decidirse por Guibert en su tejado, por ´El combate de los hermanos Lafaille´, por el cochero que reparaba la rueda en Capucines o por la camarera del Moulin. Y el lector duda con él, porque son escenas que ya han aparecido antes en la novela.

Elementos de composición

La trama, las subtramas y la estructura novelesca

Si partimos de la concepción clásica de introducción, nudo y desenlace, nos encontramos con una trama invertida de las del tipo: desenlace, planteamiento, nudo, desenlace ampliado y cierre. Una estructura que me ha recordado a la de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

Comienza por el desenlace. Camille recibe una carta de su padre que lo reclama para que atienda unos asuntos familiares en Pau, en el sur de Francia. El planteamiento y el nudo abarcan los seis días que se pasea por París despidiéndose de sus amigos y de su familia. El desenlace ampliado ocupa el último capítulo, mientras espera el tren de Pau, en la estación de Austerlitz. En el cierre cuenta que tarda diecisiete años en volver a París y que, por lo tanto, no cumple la promesa hecha en el nudo y en el desenlace inicial.

El adelgazamiento de la trama

Parece una novela de personaje, pero en realidad, como ya he señalado, es una novela de ambiente. El protagonista, Camille, señor de Jurançon, y los personajes secundarios, Yves Grenier, Víctor Pelletier, su tío Henry y la ausente Thérèse, están al servicio de unos acontecimientos externos que hacen avanzar la narración a través del delgado hilo que los une.

Una novela con poca trama siempre es un gran reto, porque tiene que despertar el interés con las anécdotas y con la riqueza de la prosa. Y, si las historias y las escenas no están bien elegidas y dosificadas, pueden saturar al lector.

En este caso, los episodios narrativos y las descripciones sueltas sirven para profundizar en el tema. “Me esfuerzo mucho en que los personajes sean congruentes. Pero son un instrumento para mostrar diferentes aspectos del París impresionista. En realidad, trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por ese París impresionista, y por eso reduje la trama al mínimo”. (Conversación con Javier Plaza)

Las tramas secundarias

La materia narrativa se expande con abundantes subtramas que nos introducen en los entresijos de la sociedad de la época.

La expectativa amorosa de Thérèse se complica con el amor pasional por Eloise y con el romántico de Berthe: “Haciendo memoria creo que Eloise fue mi primer amor real, al menos el primero que superó la etapa platónica, a diferencia del que sentí por Berthe o el que sentía por Thérèse” (p. 351).

Otras tramas amorosas son las relaciones de Yves con Eleonore, la de Victor con Kheira, la de Clotilde y Luca. También son tramas bien tejidas las vidas de otros pintores, las de los galeristas y las de las bailarinas de El Dorado, el Folies Bergère y el Moulin Rouge.

Yvette por Toulouse Lautrec

Yvette Guilbert, cantante, por Toulouse-Lautrec

El estraperlo, los negocios sucios en las colonias, la corrupción política y la compra de votos son subtramas sólidas que nos atrapan con tanta fuerza como la principal.

Una novela difícil de encasillar en un género

La novela está ordenada en siete capítulos, uno por cada día de la semana. “Lo establecí así porque quería que durara un ciclo y escogí una semana. El orden me vino determinado por los días en los que había tren de París a Pau”. (Conversación con Javier Plaza).

En efecto, la primera estructura que se nos impone es la de un diario, muy apropiado para contar hechos cotidianos. Pero, a medida que vamos leyendo, percibimos que los capítulos tienen demasiadas páginas para estar escritos en un día. Y que los datos son excesivos y demasiado lejanos como para que el narrador los recuerde de modo tan preciso.

El diario funciona como una forma de organizar el discurso. Pero, detrás de esa apariencia, hay otras estructuras y géneros que enriquecen la obra.

En el momento en que el lector se da cuenta de que Camille está recordando, de que no está escribiendo desde París, el susodicho diario se convierte en un libro de memorias.

La urraca en la nieve es, además, un drama romántico, una novela costumbrista, una crónica periodística y una novela histórica, géneros que reclaman una amplia y profunda documentación. En una entrevista en el Diario de Córdoba, en marzo de 2015, Javier Plaza confesaba que había investigado mucho sobre el Impresionismo.

La ambientación histórica cobra vida con los personajes que cuentan sus inquietudes cotidianas. Por estas páginas se pasean pintores, políticos, escritores, artistas y fotógrafos. Y algunos como Zola, Sadi Carnot, Rubén Darío, o Pablo Sarasate, que ya eran muy famosos en su época.

Al corte de drama romántico responden las relaciones de Camille con Thérèse, marcadas por la diferente clase social de las familias. Utiliza rasgos y técnicas costumbristas para pintar el mundo rural de los Pirineos.

Para terminar

La novela se limita a contar algunos episodios de la última semana de Camille en París. Solo un ojo entrenado en el puntillismo verá las anécdotas, las digresiones, las descripciones y las escenas, aparentemente inconexas, como elementos necesarios para comprender la totalidad. Una totalidad en la que todo está unido, y progresa, por oposición.

El presente narrativo se ve asaltado por continuos flashbacks al pasado inmediato y al pasado lejano; el mundo impresionista y la bohemia contrastan con la exquisita familia de Camille; la vida urbana de París con la provinciana de los Pirineos; el amor de Eloise con el de Thérèse.  Todo se desdobla y se descompone en mil matices.El lector obtiene la versión global cuando termina la suma de todos los contrastes

La urraca en la nieve es una novela de respiración pausada, que exige una lectura lenta. Sus páginas nos invitan a disfrutar del Arte, con mayúsculas, porque en ella, como en el Arte poética de Horacio, se aúnan la pasión por la literatura y por la pintura: Como la pintura así es la poesía.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza.

Este apasionado de la literatura, que creció leyendo a los clásicos, es un devorador de novela histórica y autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

El año 2014 publicó La urraca en la nieve, su primera novela. Y creo que ya está cercana la publicación de su segunda novela, Canción de otoño.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

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Imagen principal: del Facebook de Javier Plaza

Las citas de la novela son de la tercera edición de Ediciones Hades.

Carmen Romeo Pemán

Montmartre al atarceder

Boulevard de Montmartre al atardecer, Camille Pisarro

Yo escribo, tú pirateas

Que levante la mano quien nunca haya descargado de forma ilícita un libro. ¿Nadie? ¿No? Bueno, no voy a decir que me sorprenda. Descargarse un libro de forma ilícita de un repositorio de enlaces es como ir con hambre por el campo y saber que ahí, detrás de esa colina, hay un manzano lleno de frutos. Quizá esa parcela sea de alguien, y es posible que, para que ese árbol rebose vida y comida, una señora haya estado días, meses o años regándolo, abonándolo y protegiéndolo de cabras y cabrones que querían llevárselo por delante.

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Pero, cuando estemos mirando el árbol y escogiendo la manzana más tersa y jugosa, no vamos a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás de esa fruta. Como mucho nos preguntaremos, retóricamente, si alguien va a notar que falta una. Porque solo es eso: una manzana. No es como si fuera, no sé, algo importante. Así que nos acercamos al árbol y lo cogemos. Y, cuando queremos leer algo, vamos al repositorio de libros y cogemos ese que tiene tan buena pinta. Porque, ¿quién va a saber que nos hemos descargado un libro? Además, solo es un libro. No es como si fuera, no sé, algo importante.

Hábitos de lectura

En Enero de 2017, la Federación Española de Gremio de Editores de España (FGEE) publicó el último (y un poco descorazonador, añado yo) Informe de la Lectura en España. Según este, más del 90% de la población se considera lectora porque consume periódicos, comics o webs, pero casi el 40% no ha leído un solo libro durante el último año.

 Exactamente 37,8%. Tres, casi cuatro de cada diez españoles, no tocaron un libro en doce meses. Como escritora vocacional me asusta. Pero como lectora apasionada me pone la piel de gallina. Soy consciente de que la lectura supone un esfuerzo mayor que ver una serie o jugar al Candy Crush, y ya puse en este artículo mi granito de arena para animar a leer a quienes se le encogen las tripas de solo pensarlo, así que no voy a ahondar más en este aspecto aunque me preocupe. Lo que voy a hacer es centrarme en los que leen y hablar del origen de aquello que leen.

Consumo de literatura

Hace ya algún tiempo hice una encuesta en Twitter (con un “por fi” repetido, pero es que soy muy educada y un poco pava) para saber cuál es el origen de la última lectura de mis seguidores. Al hacerla a través de un medio digital, os prometo que pensaba que la última opción, “descargado sin pagar nada”, iba a ser la más votada.

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Carla, guapa, en toda la boca

De las mil personas que respondieron a la pregunta, el 58%, es decir, 580 tuiteros, habían comprado su última lectura. Sin embargo, aunque el número de respuestas fue elevado, hay que contextualizar esta encuesta.

Debemos pensar en quién es el usuario medio de Twitter. Según este artículo de CrhistianDvE de octubre de 2016, el 60% de los usuarios son hombres y el 40%, mujeres y, del total, más del 50% tienen edades comprendidas entre los 25 y los 54 años. Además, más del 50% tienen estudios superiores.

Si analizamos cuál es el perfil medio del lector en España, vemos que lo único que no coincide con el usuario medio de Twitter es el sexo: mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.

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¿Qué conclusiones podemos extraer? Que, de las 11.520 personas que vieron este Tuit, solo votaron 1.000 (975 según el botón de estadísticas del tuit), un 8,7%. ¿Qué pasa con ese 91% restante? Además de aquellos cuyo corazón muerto no se emocionó con mis reiterados “por fi”, imagino que muchos otros no contestaron porque no recuerdan de dónde sacaron su última lectura.

Este último número sería aún peor que el que ofrece en su estudio el FGEE. Pero los vamos a dejar de lado, porque ya he dicho antes que hoy me iba a centrar en los que leéis.

¿Sabíais que, para cienes y cienes de escritores que pululamos por Internet, cada uno de vosotros, lectores, sois como un oasis en medio del desierto? Lo único que queremos es llegar a vosotros, convenceros de que sabemos escribir y que nuestras historias os emocionarán y, así, que acabéis comprando nuestro libro.

Pues bien, en mi encuesta, muchos de los lectores compran, y eso es algo que tengo que agradecer por muchos motivos que veremos más abajo. Sin embargo, hay otros que no pagan por sus lecturas. Y lo voy a analizar.

Toda descarga gratuita no es ilícita per se

Veréis que, en la encuesta, pregunto el origen del último libro leído. Al final, apunto a un “descargado sin pagar nada”. Fue gracioso que algunos sintieran la necesidad de recordarme que no toda la descarga es ilegal, cuando no pongo en ninguna parte que lo sea.

Y no lo puse porque era consciente de que se puede leer gratis y descargado de Internet sin que sea ilícito. Además de autores que ponen a la disposición del lector libros gratis en formato digital, hay otras plataformas en las que puedes descargarte capítulos o libros enteros sin pagar un euro.

Yo lo tenía en cuenta, pero sé que se suele considerar toda descarga por internet como piratería, y de ahí los números que salen. Por ejemplo, que en 2015 la piratería causó pérdidas de más de 3.000 millones de euros en España.

Una descarga ilícita no es una no-venta

Vuelvo al ejemplo del árbol. Cuando tenemos hambre, igual nos apetece un pollo con patatas fritas pero si lo que tenemos a mano es un manzano, acabaremos cenando manzanas. Con los libros gratis, igual que con las series y las películas, pasa algo similar. Si está ahí, disponible, lo cogemos y lo leemos. Que no quiere decir que si fuéramos a la librería y nos pusiéramos a elegir cogeríamos ese. Simplemente que, cuando está ahí y no cuesta nada, nuestro criterio de elección es muchísimo más laxo y tragamos con cosas que, si tuviéramos que pagar, no aceptaríamos.

Entiendo que es difícil poner una cifra si no podemos preguntarle a cada piratilla si hubiera comprado ese libro que ha descargado. Pero llama la atención una cifra tan alta, teniendo en cuenta que según lo que dice la GFEE, algo menos del 50% de la población es lector frecuente. Y, con estas cifras, podríamos pensar que antes de Internet había un montón de autores que vivían únicamente de lo que escribían, sin contar con charlas o conferencias. Y eso tampoco ha sido así. Recordemos que los royalties que cobra un escritor, habitualmente una vez al año, pueden suponer solo el 12% del pvp de un libro. Eso se traduce en unos dos euros por tomo. He tomado estas cifras de los números que nos ofrece Guillermo Schavelzon en su blog. Él nos dice:

Para ganar 43.000 euros, a 2,40 por libro, tendrá que vender 17.916 ejemplares. ¿Cuántos escritores venden 17.000 ejemplares cada año? Pocos, mucho menos de lo que el imaginario popular difunde.

Así pues, me pregunto si la erradicación de la piratería sacaría de pobres a los escritores y, sinceramente, creo que no. Eso no significa que defienda la piratería, ojo. Solo que, al eliminarla, no vamos a solucionar todo el problema de la industria.

No podemos dejar de leer

El gran mal de este mundo es la injusticia provocada por la falta de empatía y, solo si nos ponemos en la piel de los demás seremos capaces de erradicarlo. Pero no es tan fácil. Siempre he pensado que el ser humano es egoísta por naturaleza y que los libros son la mejor herramienta para empatizar con el resto de seres humanos.

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«¡Con más de mil elefantes!»

… y como se llame eso, ¡de Ardor Primario en un Continente Atormentado! ¡Romanticismo! ¡Glamour! ¡En tres emocionantes rollos! Emocionaos con la Lucha a Muerte contra Terribles Monstruos! ¡Apasionaos cuando más de Mil Elefantes…!

Por eso creo que no debemos dejar de leer. Y, si no podemos permitirnos un libro, entiendo que recurramos a otras fuentes. Estas pueden ser bibliotecas, plataformas y blogs de autor, Amazon y sus libros gratis, amigos e incluso el Kindle de otro con el libro que queráis leer. Por último, sí, podéis recurrir a un repositorio de enlaces ilícito. Pero quiero que sepáis lo que eso significa.

¿Vais a piratear? Vale, pero sed conscientes de lo que hacéis

Como os digo, yo he pirateado así que no puedo sentar cátedra diciendo lo malos que somos por hacerlo. Lo que sí quiero es que quien piratee entienda lo que supone eso para el autor.

Escribir un libro no es fácil, ni barato. Primero porque, aunque el autor no contrate ningún servicio, en el mejor de los casos está quitando tiempo de su trabajo remunerado para poder escribir la novela que disfrutaréis. En el peor, el autor, después de escribir, reescribir, corregir y volver a reescribir, contratará a correctores, diseñadores y maquetadores para tener una obra que dé gusto leer, sobre todo si autoedita.

¿Cómo se lo podéis agradecer? Primero, pagando por su libro. ¿Que lo habéis leído y, aún así, no queréis gastaros un duro en él, ni ahora ni nunca? Entonces no os merecéis haberlo disfrutado, ni ahora ni nunca. Pensad que el escritor también tiene la manía de querer comer y llevar ropa sin agujeros así que, si disfrutáis de su trabajo, deberíais pagárselo con placer.

¿Que queréis pagarles pero sois vosotros los que tenéis la manía de comer, y comprar libros y comida es incompatible? Bien. Os diría que descarguéis obras que las propias plataformas de pago os ofrecen gratis, por ejemplo.

Si, por el contrario, os morís de ganas de descargar contenido de un autor que está vivo y que pretende vivir de lo que escribe, y no encontráis sus libros en una biblioteca, buscad alguna manera de recompensar su tiempo. Por ejemplo, dejando reseñas: para los autores, especialmente los noveles, las reseñas son la mejor manera de dar a conocer sus obras. No os cuesta nada escribir algo, aunque no sea positivo, para que el autor tenga feedback y que, como mínimo, le ayude a mejorar.

Más adelante, cuando vuestra situación mejore, sería un detalle que comprarais ese libro que os habéis leído cuando no podíais pagarlo.

Nos gusta escribir pero también ganarnos el pan con nuestro trabajo

Un autor que no recibe nada por lo que publica dejará de hacerlo. Estoy segura de que, cuando descargáis un libro no pensáis en eso. Y lo sé porque he estado ahí, en la misma situación. Al darle al botoncito de «download» ni se os pasa por la cabeza que detrás del libro que te estás bajando ilícitamente de Internet está la frustración de un escritor que ve sus ventas estancadas. Que, para escribir, araña al trabajo, la familia y al ocio minutos de tiempo que nunca más va a volver.

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Yo escribiendo esta entrada

Alguna vez me han llegado a decir cosas como que los escritores solo escribimos porque queremos vender y hacernos ricos, y que sólo vemos nuestro arte como puro mercantilismo. No. No os equivoquéis. Lo que pasa es que queremos dedicarnos a escribir en vez de hacerlo con nocturnidad y alevosía, y si no rentabilizamos nuestro trabajo siempre vamos a tener que relegarlo a ese tiempo libre que nadie tiene. Menos aún en España, que ya conocemos cómo funcionan aquí las jornadas maratonianas y la nula conciliación familiar.

Mi código ético del pirateo

Siempre he creído que la cultura debe ser libre. También defiendo que los autores deben poder cobrar por un trabajo que ha desgastado su recurso más valioso: el tiempo. Menuda contradicción. ¿Cómo se come eso?

Se considera piratear todo lo que se descargue de Internet y cuyos autores o dueños de los derechos de distribución no reciben retribución por ello (y que no lo den gratis, claro). Sin embargo, no entiendo por qué, una vez que el autor ha muerto, otros cobren por su trabajo. Me parece injusto, especialmente porque el autor seguramente fue el que, en vida, cobró menos de toda la cadena de distribución de su libro en papel y en digital.

Así pues, si algún día me encuentro en una situación tan jodida que no pueda ni pagar 3€ por un libro en Amazon, aplicaré mi propio código ético del pirateo. Es el que dice que, si me descargoalgo de forma ilícita, que sea de algo cuyos derechos hayan expirado o cuyo autor está muerto.

Sí, no es perfecto. Sí, mi intención es seguir pagando por todo lo que leo pero, si no puedo y no tengo cerca una fuente gratuita de libros, sé que no voy a dejar de leer. Y sí, también tengo algunas dudas sobre cuál es el papel de los hijos que tienen los derechos de las obras de sus padres. Sin embargo, en esto último aplico aplicaré la misma filosofía que con mi hija: le voy a dar herramientas para que se busque la vida para que no tenga necesidad de vivir de mis rentas. Ni ella ni nadie. Y entiendo que todo padre debe hacer algo así por sus hijos.

Al loro, que no estamos tan mal

Si analizamos el sector del libro, vemos que nunca fue lo que era. Pocos escritores han vivido o viven de lo que han escrito, así que, o viene HBO a comprar los derechos de nuestras novelas y nos marcamos un R. R. Martin, o tendremos que trabajar de algo más y dedicar el tiempo libre a la escritura.

Pero, como diría el ex presidente del Barça, Joan Laporta, “Al loro, que no estamos tan mal”. Y me remito a mi encuesta. Más de la mitad de los que respondieron pagaron por su libro. Algunos, en papel. Otros, en digital. Es decir, aún hay mucha gente que valora el trabajo que hacen los escritores y quieren y pueden pagar por ello. Tenemos un motivo para alegrarnos, como autores, porque eso significa que aún tenemos la oportunidad de ganar dinero por nuestro tiempo invertido. Y, como lectores, porque cada vez que alguien compra a un autor lo está avalando para que siga escribiendo.

Y eso es lo que queremos. Seguir escribiendo.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Markus Spike

¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano

Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

La voz de las mujeres en la lírica tradicional

A Gloria Álvarez, Ana de Echave, Concha Gaudó, Pilar Laura Mateo e Inocencia Torres, mis amigas y compañeras de CD-ROM.

A medida que me iba acercando por el pasillo de la Escuela de Ingenieros al despacho de Ana de Echave, oía la voz de María Luisa Villarroya cantando a capela esta jarcha:

  • Moriré de amores
  • moriré
  • D’este mal moriré, madre,
  • d’este mal moriré yo.

No lo pude evitar. Llamé a la puerta de donde venía el sonido. Me abrió un joven del equipo que estaba montando nuestro CD-ROM: Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres. Al verme dijo:

–Perdona, pero es que estas canciones son muy pegadizas. Desde que hemos comenzado con este trabajo no podemos dejar de cantar.

–¡La voz de nuestras mujeres en labios de unos estudiantes de Ingenieros! ¡Esto es un milagro! –contesté.

–¡Pues no sé por qué! ¡Qué más da quién las cante! A mí me gustan mucho.

En aquel lejano 1998 pensé que nuestro CD había rescatado una parte importante de la literatura escrita por mujeres, de los momentos importantes de la historia de las mujeres y de su participación en la política. Es decir, creí que ya había cumplido un objetivo importante.

El CD-ROM lo hicimos posible un grupo de amigas profesoras que creíamos en el valor educativo de las nuevas tecnologías y que queríamos visibilizar a las mujeres, completamente veladas en los manuales escolares. Una visión de conjunto de nuestro trabajo está recogida en un folleto orientativo que publicamos en 2001, con motivo de la segunda edición. Todavía puede consultarse en la web.

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Ahora que ha caído en el olvido, me he propuesto darle una nueva oportunidad.

En un principio había pensado recuperar el proceso de creación de un material educativo e interactivo, hablar de su contenido global y del mensaje esencial. Sin olvidar a las autoras. Pero, como no puedo abarcarlo todo en un artículo, me limitaré a algunas cancioncillas de la poesía tradicional. He seleccionado unos cuantos poemillas de letras elocuentes para compensar la falta de la música y las animaciones del trabajo original.

La literatura española nació en los labios de una muchacha enamorada

  • De los sos ojos tan fuertemientre llorando,
  • tornava la cabeça y estávalos catando

¡Cuántas generaciones de lectores se han emocionado con estos versos, que marcaban el nacimiento de la literatura en España! El admirable Poema del Cid estaba ahí, imponente, en el principio de todo. Imposible parecía que algo pudiera llegar a arrebatarle esa gloria.

Y, sin embargo, la literatura española comenzaba un siglo antes y de qué distinta manera: no con el grandioso poema épico, sino con un pequeño corpus de minúsculas estrofas líricas; no con el solemne paso de las huestes del Cid, sino con la queja de una muchacha enamorada; no en Castilla, sino en tierra de moros. (Margit Frenk Alatorre, Estudios sobre lírica antigua, Castalia, 1978)

El amor en las jarchas mozárabes

Hoy, en nuestras voces y en nuestros escritos, siguen resonando los suspiros de aquellas muchachas andaluzas enamoradas de las que hablaba la profesora Frenk Alatorre.

  • ¡Oh madre, mi amigo
  • se va y no vuelve!
  • Dime qué haré, madre,
  • si mi pena no afloja.

El amor en la poesía trovadoresca

Y nos seguimos lamentando como aquellas mujeres medievales encerradas en sus castillos. El amor cortés no les permitía dirigirse a su madre o a un amigo como habían hecho las andaluzas, pero estas damas necesitaban contar sus penas a alguien que les guardara el secreto y que no las traicionara. Y ¿a quién mejor que al mar y a los elementos cósmicos?

  • Alcé los ojos,
  • miré a la mar,
  • vi a mis amores
  • a la vela andar.
  • Irme quiero, madre,
  • a la galera nueva,
  • con el marinero a ser marinera.
  • Dejadme llorar
  • orillas del mar.

El amor en el Renacimiento: rebeldía, alegría, picardía, y disimulo

Los aires renacentistas nos trajeron nuevos temas y nuevos tonos. Nos permitieron cantar la picardía, la travesura y la alegría, en un tono festivo.

  • ¡Ay que no puedo
  • deciros lo que quiero!

Hasta el siglo XVI, hubieran sido impensables estos versos:

  • Dejad que me alegre, madre,
  • antes de que me case.

La voz de estas rebeldes antepasadas ya no prometía la fidelidad al marido ni al amante.

  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los almendros
  • y los amores con ellos, Juan;
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.

O el siguiente zéjel, más propio de una tradición goliardesca que de un canto de damas, en el que la voz femenina se recrea de forma pícara en el beso prohibido del amante.

  • ¿Por qué me besó Perico
  • por qué me besó el traidor?
  • Dijo que en Francia se usaba
  • y por eso me besaba;
  • y también porque sanaba
  • con el beso su dolor.
  • ¿Por qué me besó Perico,
  • por qué me besó el traidor?

Las mujeres se divertían invirtiendo los recursos de la lírica culta. Las damas ponían en sus labios temas y situaciones que hasta entonces solo habían cantado los caballeros, pero lo hacían con nuevos recursos y agudizando el ingenio. Y así lo podemos ver en los ejemplos siguientes.

Unas veces, rechazando la cortesía.

  • No paséis, el caballero,
  • tantas veces por aquí;
  • si no, bajaré mis ojos,
  • juraré que nunca os vi.
  • No me sirváis, caballero,
  • íos con Dios,
  • que no me parió mi madre
  • para vos.

Otras veces, invitando al amante, con un descaro sin precedentes.

  • De tu cama a la mía
  • pasa un barquillo;
  • aventúrate y pasa
  • moreno mío.

Y otras, burlándose de los propios amores cortesanos. Estas burlas son frecuentes en las seguidillas con eco, como la que recojo a continuación. En esta, unas jóvenes ridiculizan los amores ardorosos de sus damas.

  • Como somos niñas,
  • somos traviesas,
  • y por eso nos guardan, ardan,
  • todas las dueñas.

Era un atrevimiento elegir amante sin permiso de los padres. Precisamente por eso, el siguiente romancillo era una verdadera provocación. Y, como los romancillos se adaptan bien a las canciones de corro, este ha sobrevivido gracias a los juegos de las niñas.

  • Madre, un caballero
  • de casa del rey,
  • siendo yo muy niña
  • pidióme la fe;
  • dísela yo, madre,
  • no lo negaré.

Con los nuevos tiempos, las mujeres aprendieron a protestar y a expresar su descontento.

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  • Dicen que me case yo;
  • no quiero marido, no.

A las que elegían amante por su cuenta, los padres las castigaban con el convento. Otras lo elegían para rebelarse contra los matrimonios que les habían concertado sus padres. Así nacieron los tópicos de la malmonjada, malmaridada y malcasada, que poblaron gran parte de los cancioneros renacentistas y que han perdurado en la tradición popular hasta nuestros días.

  • No quiero ser monja, no,
  • que niña namoradica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.

Como la rebeldía solía traer malas consecuencias, las mujeres aprendieron a ser discretas. Y fueron muy populares las albadas en las que la dama despachaba al amante de su cama, para no tener consecuencias fatales, como sucedía en el romance de Gerineldo.

  • El alba nos mira
  • y el día amanece:
  • antes que te sientan
  • levántate y vete.

Y cuando se dieron cuenta de que no bastaba la discreción, dieron paso al disimulo.

  • Caballero, andad con Dios,
  • que como vean que os miro,
  • no me sientan dar suspiro
  • que no piensen que es por vos.

Y para terminar

Esas voces de la lírica antigua lograron sobrevivir buscando nuevos cauces y contextos. Unas, aunque un poco cambiadas, las recogieron los cancioneros. Otras, las reescribieron los poetas cultos. Como hizo Góngora con abundantes cancioncillas populares en sus Letrillas. En el siglo XX, los poetas de la Generación del 27, grandes admiradores de Góngora, volvieron a inspirarse en estos poemillas anónimos.

Se trasmitieron de forma natural y espontánea en los juegos infantiles. Cuando yo era niña, solíamos comenzar las sesiones de corro con esta inversión de un piropo.

  • ¿Qué haces ahí, mozo viejo,
  • que no te casas
  • que te estas arrugando
  • como las pasas?

Las mujeres, desde el nacimiento de nuestras letras, hemos estado presentes en la literatura a través de las canciones, porque la lírica es un excelente vehículo para la expresión de sentimientos profundos.

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Por vosotros. Por nosotras.

Al empezar la aventura de Mocade, me propuse que mis artículos fueran sobre libros, escritura o literatura. Sin embargo, cuando leí un artículo publicado en Xataca hace un par de semanas, Cuando volver a casa da miedo: 38 historias de acoso nocturno contadas por sus protagonistas, y vi las reacciones en redes sociales y Menéame, me decidí a escribir sobre ello.

 El tema no me resultaba ajeno. También a mí me han perseguido por la calle, me han susurrado y gritado groserías. Y me han tocado genitales, pechos y otras partes del cuerpo sin mi consentimiento. Lo normal.

Lo peor no son los malos tragos que pasé, paso o pasaré con cada una de estas agresiones. Lo peor es que, después de escribir “sin mi consentimiento”, he escrito “lo normal”. Porque eso es lo que me parece. Normal.

Creo que esa normalidad es la que genera, en algunos, la falta de empatía que me he encontrado en algunas personas. Por eso, hoy quiero explicaros qué es lo que se siente en algunas situaciones siendo mujer y por qué actuamos como lo hacemos.

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Diez horas caminando por NYC. Podéis ver el vídeo entero aquí.

 Cuando la sociedad histérica hace mujeres histéricas

No es ningún secreto que no nos sentimos seguras. Solo hace falta observar a una mujer caminando sola por la noche: su paso rápido, la búsqueda de movimientos por el rabillo del ojo y la mano crispada cogiendo las llaves. Si aparece un hombre por la calle nos asustamos, sí. Porque vamos con miedo. Y cuando intentamos explicarlo, hay quienes nos llaman histéricas.

¡Qué adjetivo!, el de histérica. Según la RAE, histérica es quien sufre de histeria. Y, además de una enfermedad, es “un estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”. ¡Ay, amigos! ¡Ojalá, ojalá fuera una situación anómala!

 Las mujeres sabemos que debemos ir con cuidado, ya sea porque nos lo han enseñado o porque lo hemos aprendido. ¿Desde cuándo?

Desde antes de nacer

Cuando me quedé embarazada, en 2015, me daba completamente igual el sexo de nuestra criatura. Mi pareja, en cambio, quería una niña. Él se llevaba mejor con las mujeres, o eso decía, así que se autoconvenció y convenció a los demás de que sería una niña. Curiosamente, tenía razón.

Recuerdo cuando lo comenté en mi círculo de amigas y conocidas. Todas encantadas. Mis amigos y conocidos, en cambio, no tanto. “Ostras, es que con una niña se sufre más”. “Si tengo una hija, no va a salir de fiesta hasta los treinta y cinco”. “Con lo golfo que yo he sido, el día que mi pareja se quede embarazada prefiero que sea un niño”.

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Pues eso

Casi todos los hombres con los que hablaba me decían que inevitablemente sufrirían más con una niña que con un niño, que las acompañarían siempre por la noche “por si acaso” y que “todo el mundo sabe” que una niña corre más peligros que un niño solo por serlo.

Supongo que estos hombres también eran unos histéricos.

Desde pequeñas

El temor de los padres y las madres sobre la seguridad de sus hijos los acompaña siempre. Tanto a los niños como a las niñas se les enseña desde pequeños a cruzar el semáforo en verde, a no correr detrás de un balón y a no confiar en extraños. Y cuando las niñas tienen edad de salir con los amigos, también se les dice que no vuelvan a casa solas o que vigilen cómo visten.

En el colegio había que tener cuidado. Estoy hablando de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando las madres aún decidían qué se ponían sus hijos. Cuando veía sobre la cama, bien planchada y doblada, una de mis faldas, se me hacía un nudo en el estómago. Sabía que me pasaría la hora del patio intentando jugar mientras me la levantaban y me tocaban el culo.

En segundo de E.G.B, es decir, con siete u ocho años, ninguna niña quería llevar falda. Supongo que algún padre se quejó porque el profesor nos dio una charla sobre el respeto. Nos explicó que los niños y las niñas decidían sobre su cuerpo, y que eso de ir levantando faldas para ver bragas era una falta de respeto. Que no se podía consentir que los chicos acosaran a las chicas y que no tenían ningún derecho a hacerlo.

Para nosotras, aquello fue liberador. Sabíamos que podíamos jugar al fútbol, a las cuerdas o a los cromos sin miedo a que nos molestaran. Podíamos vestir como quisiéramos. O eso pensábamos.

Supongo que aquellos padres y mi profesor también eran unos histéricos.

 Desde la pre-adolescencia y adolescencia

Cuando tenía que coger el cercanías para ir a Barcelona, mi madre me miraba de arriba abajo y me preguntaba si no podía ponerme algo con menos escote. Harto difícil, porque siempre he tenido mucho pecho y cualquier camiseta lo hacía patente. Pero a ella le preocupaba que alguien pudiera decirme o hacerme algo, sobre todo porque ella sabía que en algunas zonas había hombres haciéndose pajas entre coches y que nos llamaban para que nos acercáramos.

Supongo que mi madre también era una histérica.

Cuando las curvas empiezan a intuirse bajo la ropa, y a veces antes, empiezan los gritos. Ya sabéis, cuando vas caminando por la calle y un hombre, da igual la edad, grita a una mujer lo buena que está o que le comería el coño, y no voy a buscar eufemismos para lo que nos dicen, si le diera la oportunidad.

Me gustaría que, quien no ha vivido algo así se pusiera, en nuestra piel. Imaginaos en el papel de una adolescente a la que, de repente, un viejo -cualquier persona mayor de veinte lo es- le grita una burrada por la calle. Lo primero que piensa es algo como “¿es a mí?”, así que lo mira con el ceño fruncido y busca a su alrededor para ver a quién le dicen eso. Pero el tío la mira, quizá hablando todavía, y se sorprende de que sea a ella, porque es algo que solo espera que se lo diga alguien que la conoce, y en broma, o en otro contexto más adecuado. Pero no. Se lo grita un desconocido, en medio de la calle, así que se muere de vergüenza. Ella. Que no ha hecho absolutamente nada, solo andar por la calle. Existir. Y la que tiene vergüenza es ella.

Imaginaos, además, que eso pasa de noche. sus padres, en quienes más confía, y otros adultos, llevan diciéndole que vaya con cuidado desde que era pequeña. Que hay hombres que no entienden que su cuerpo es suyo, y le pueden hacer algo. Desde tocarla hasta violarla. Y, de repente, un hombre -más grande que ella, mayor que ella, más fuerte que ella- suelta una burrada. Y no hay nadie más, así que es a ella.

Ya no es que se muera de vergüenza. Es que se muere de miedo.

¿Os lo imagináis? Pues podemos suponer que sois unos histéricos.

Desde la primera etapa adulta

Aún recuerdo aquella época. Era cuando mis padres empezaron a decirme que si creía que vivía en un hotel y que a ver si entraba más en casa. Empezó la universidad y me eché mi primer novio serio, todo casi a la vez.

También recuerdo a mis padres torciendo un poco el morro si salía con escote o minifalda. Aquellos días me recordaban con más ahínco que me acompañaran al coche o, si dormía en casa de una amiga, que nada de irse cada una por su lado.

Durante el día los viejos, y no tan viejos, seguían diciéndonos cosas, a mis amigas y a mí, pero lo malo venía por la noche. En la discoteca sabíamos que había que evitar pasar por medio de los grupos de tíos para que no nos metieran mano. A los baños, por si acaso, era mejor ir acompañadas. Y cuidado con despistarte de las amigas, porque igual te rodeaban y empezaban a magrearte.

 Supongo que todas éramos unas histéricas

 Recuerdo una noche que salí con mi novio y su grupo de amigos. Estábamos en una discoteca de moda de Barcelona, y de repente noté que alguien me estrujaba una teta. Miré, deseando que fuera alguna de mis mejores amigas, aunque me sorprendía que me saludaran así. No lo era. Había sido un completo desconocido que, después de su hazaña, me sonreía con cara de imbécil.

Le dije que de qué coño iba, y que me dejara en paz, y le pedí a mi grupo de amigos que nos moviéramos del sitio. Al cabo de un rato, volví a sentir lo mismo. El tío me había seguido por la discoteca para tocarme otra vez. Volví a movilizar a todo el mundo, pero me encontró y volvió a hacerme una pinza en el pecho porque, según él, le gustaba tanto que no podía evitar mantener sus manos alejadas de mis tetas. Fui a pedir ayuda a los seguratas, y dijeron que ellos no podían hacer nada. Así que me fui a mi casa.

 Supongo que era una histérica.

 Ahora, de adulta

Tengo treinta y cuatro años y estoy hasta los ovarios de que me griten burradas, me toquen sin mi permiso o me inviten a comer pollas desde coches que me siguen mientras camino. Y ¡ojo!, que no soy la flor más bonita del rosal, ni mucho menos. No hace falta ser guapa o estar buena para que te acosen. No lo hacen por alabar lo bello: muchos ni siquiera esperan una respuesta cuando te llaman tía buena, solo quieren ver… ¿el qué? No lo sé.

 Hace un tiempo, una compañera de trabajo tuvo una reunión con unos clientes. Era en una de esas empresas modernas cuyas reuniones se hacen en sofás, alrededor de mesas de café. Le indicaron que se sentara y, cuando lo hizo, uno de los dos hombres con los que se reunía dijo algo así como “me voy a sentar aquí -delante de ella-, porque así tengo mejores vistas”. Se refería a su pecho, por supuesto.

¿Os imagináis qué es estar trabajando y que un cliente te haga un comentario con connotaciones sexuales? Es más, ¿por qué tiene que hacerlo? Mi compañera se pasó toda la entrevista incómoda, y fue lo primero que me explicó al llegar a la oficina.

 Supongo que ella también era una histérica.

Sabemos que no todos los hombres sois así. Solo queremos que nos entendáis. Y que nos ayudéis, porque es problema de todos.

Ahora, una legión de hombres ofendidos podría acusarme de decir que todos ellos son unos machistas y acosadores. No, por supuesto que no lo creo. Pero sí hay aún muchos tíos que no son conscientes del daño que hacen cuando le gritan a una mujer, o los hay que piensan que no pasa nada si nos tocan un poco la entrepierna, o si en una reunión familiar le dicen a una sobrina que se quite la chaqueta para que se le vean mejor las tetas.

No, no es lógico que paguen justos por pecadores y que, al caminar por la calle en la que va sola una chica, os sintáis como delincuentes. Y lo entiendo. Para nosotras no es agradable pasar miedo, y para vosotros, tampoco.

No quiero que os sintáis así, pero está en vuestra mano cambiarlo. ¿Cómo?

Comprensión

Solo queremos que nos comprendáis. De pequeñas nos explican que debemos tener cuidado, y de jovencitas vemos que tenían razón cuando completos desconocidos nos “ladran”, nos siguen o nos tocan. Nos han dicho que un comentario sexual puede convertirse en un tirón para meternos en un portal, y que extrememos las precauciones. Claro que nos gustaría ir tranquilas por la calle, pero no podemos.

Además, si no hemos tomado precauciones y alguien nos ataca, la culpa es nuestra. En realidad, para algunos, lo es siempre. He llegado a leer que la “solución obvia (es) que las mujeres no vayan solas por la calle de madrugada”.

Y estoy hablando de la sociedad española, donde la criminalidad es bajísima. Tanto, que de 163 países estudiados, es el 25 más pacífico según un estudio de agosto de 2016. Si aquí no podemos salir de noche solas, aunque sea para ir a trabajar, ¿dónde podemos hacerlo?

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Tasa de homicidio intencional. Wikipedia

No queremos asustarnos de vosotros, pero es que no podemos evitarlo. Y solo queremos que lo comprendáis. Perdonadnos por huir de vosotros, que solo estáis caminando. Pero podríamos encontrarnos con otros que no seáis vosotros. ¿Y, entonces?

 Freno

De nada sirve que corran ríos de tinta electrónica por Internet si después se jalean bromas sobre violación, burundanga y demás en grupos de WhatsApp. No creo que quien llegue a este post sea capaz de aplaudir a un depredador sexual, pero es un buen ejemplo de cómo, a veces, las bromas y la cosificación de la mujer se nos van de las manos.

Como dice Palet en el artículo que os acabo de enlazar, la omisión también nos hace daño a todos. Por eso, si veis que un amiguete en la discoteca le toca el culo a una tía solo porque pasaba por ahí, pegadle bronca. Si no lo hacéis, le demostraréis que os la trae floja que le hayan metido mano a una mujer sin su consentimiento y que os parece bien que lo haga. Así, ese comportamiento se perpetúa en vuestro colega y en quien lo vea, pensando que no pasa absolutamente nada por tocar a una chica aunque ella no quiera.

Y vosotros, que tenéis oportunidad, preguntadle a ese amigo que siempre gruñe, silba o grita algo a una mujer, por qué lo hace. Y me lo venís a contar. Igual, así entiendo yo el motivo y él se da cuenta de que es denigrante para nosotras, incómodo y vergonzante.

 No somos histéricas. Tenemos motivos para preocuparnos

Espero haber sabido explicar por qué vamos con miedo y que tenemos motivos para asustarnos o preocuparnos si caminamos solas de noche.

Las mujeres nos comprendemos, pero me gustaría que también nos comprendierais vosotros, los hombres. Para nosotras, ir solas por la noche es como si siempre camináramos por el peor barrio de la ciudad, ese en el que hay yonkis y ladrones en cada portal, a las cuatro de la mañana.

Y, ojo, no evito la otra realidad, y es que a los hombres también os pueden robar o pegar si vais solos de noche. Pero son dos guerras distintas, y espero que me permitáis luchar por la mía y estar a vuestro lado cuando vosotros luchéis por la vuestra. Quiero daros mi apoyo igual que yo os pido el vuestro. Por nosotras. Por vosotros.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de cabecera de The Odessey Online

¿Loba solitaria o loba de manada?

Cuando decidí tomarme en serio la escritura, todos los temores me cayeron en avalancha. ¿Y si descubro que es una locura? ¿Y si piensan que tengo instintos asesinos porque mi personaje es un psicópata? ¿Y si no tengo talento? La lista era aún más larga y las excusas se ponían unas detrás de otras, haciendo que todos esos temores me paralizaran los dedos. Cuando publiqué mi primer texto fue como pararme desnuda sobre un escenario, frente a un montón de personas que no me conocían y esperar a que cada una emitiera un juicio sobre mí, sin la posibilidad de defenderme. Estuve varios días mordiéndome las uñas para calmar mi ansiedad. Todavía me sudan las manos cuando recuerdo lo aterrada que me sentí hasta que recibí las primeras críticas. Por suerte, fue menos catastrófico de lo que esperaba. Y pensé: “Es increíble cómo nos empeñamos en ver las cosas más nefastas de lo que son, en ver que nada es suficientemente bueno”. Ese día descubrí que mi temor más grande no era al fracaso o a no tener madera de escritora, ¡no! Era a sentirme expuesta y vulnerable. Tuve una ardua batalla con mi ego. Pero me fui despojando de todos los prejuicios y complejos, y aprendí a recibir las críticas con humildad. ¡Hasta me he vuelto adicta! Ahora me encanta que me señalen las erratas y que me hagan sugerencias. Si no, ¿de qué otra manera podría avanzar en este camino?

He tenido la oportunidad de encontrarme con varias personas con las que he compartido mi pasión por las letras. Unas han pasado de largo y otras me han dejado grandes enseñanzas. Pero solo algunas, como mis amigas mocadianas, han permanecido a mi lado para acompañarme. Me siento muy afortunada de poder contar con ellas en esta aventura, porque siempre están alertas para que no decaiga cuando las cosas no me salen como yo espero.

Otra de mis grandes pasiones es el cine. Hace poco vi Genius, la película que me inspiró este artículo. Es un bosquejo de la relación entre el novelista Thomas Wolfe y Maxwel Perkins, el editor que se hizo famoso con las publicaciones de Fitzegarld y Hemingway. Perkins y Wolfe, trabajaban en la edición de la primera novela de Wolfe y el editor le señalaba al novelista algunas líneas que se podrían mejorar o párrafos de los que debería prescindir. Y, gracias a sus acertados comentarios, Wolfe logró sacar a la luz su primera obra maestra, El ángel que nos mira, con la que se hizo muy famoso. Perkins fue un importante aliado para el novelista. Cuando terminé de ver la película, pensé que yo tenía la suerte de contar no solo con un aliado, sino con tres. Antes de publicar mis relatos, les pido a mis amigas que les echen una mirada, y ellas con mucho cariño, me señalan alguna coma mal puesta y me dan ideas para mejorarlos. Aunque no siempre coincidimos, sus críticas dotan a mis escritos de un sabor muy especial. Contribuyen a que sean algo más que ideas sueltas en una hoja. Muchos llegan a tener un gran número de versiones y, cuando leo la última, me siento muy a gusto con el resultado. Si comparo la primera con la definitiva, y dejo de lado el ego que envolvía a la primera versión, descubro que esas pinceladas eran necesarias y que mis relatos han ganado en concreción y verosimilitud.

La relación de Maxwell Perkins y Thomas Wolfe no era solo de editor y autor, también eran amigos. Y fue la amistad la que logró sacar lo mejor del escritor. En una escena de la película, Thomas defiende a capa y espada su prosa, llena de florituras y de adjetivos. Entonces Max le insiste en que ha convertido en tedioso, un capitulo que era muy atractivo, al recargarlo con descripciones y adornos literarios. Al final, Perkins le demuestra que puede conseguir que sea más fluido e impactante si elimina todo lo innecesario. En ese punto solté unas cuantas carcajadas, porque recordé todos esos momentos en los que he mirado con desdén alguna crítica de esas que, al final, terminan ganándome la batalla.

Otra de las ventajas de no lanzarse a esta aventura en solitario está relacionada con el uso mismo de la lengua. Cuando leo un libro y me encuentro con nuevas palabras, o con algunas que tenía por ahí guardadas en el subconsciente, me pregunto si el autor tendría a mano un diccionario mientras escribía.

Quiero afirmar que estoy convencida de que, en la literatura, es de suma importancia contar con un vocabulario bien nutrido. Cuantas más palabras conozcamos, más sencillo nos resultará darle una voz original a nuestras historias. Pero no debemos abusar de palabras demasiado artificiosas. Eso solo dificultaría al lector la tarea de interpretar nuestras intenciones comunicativas.

En las charlas con mis amigas, cuando comentamos los relatos, afloran palabras que para mí, y para ellas, son nuevas, porque pertenecemos a culturas diferentes. En esa comunicación enriquecemos nuestras formas de expresión y aprendemos algunos modismos que son característicos de nuestras regiones. Por ejemplo, adoro leer los relatos de Carmen Romeo porque siempre aprendo vocablos que desconocía y descubro más cosas de su cultura, que es fascinante.

La lectura nos ayuda a enriquecer el vocabulario. Y las palabras son signos dinámicos que, como la cultura, se van transformando a través del tiempo, en respuesta a las necesidades humanas. El lenguaje evoluciona con los años debido a las modas, las tendencias, la geografía o al cambio de visión del mundo y de la realidad. En muchos casos la lengua se ha llegado a deformar. Aunque los usos y las costumbres siempre estarán por encima de las reglas, porque la lengua es de todos, no debemos olvidar que, en literatura, una idea se convierte en una gran idea si cuenta con una buena estructura narrativa.

Estas reflexiones me han llevado a recordar un artículo del blog de Diana P. Morales “Por qué los escritores necesitamos pertenecer a una tribu”, donde plantea la importancia de formar parte de un grupo en el que podamos compartir nuestros escritos e intercambiar nuestros puntos de vista. Diana afirma que emprender este camino con un grupo de amigos, con pasiones afines, nos permite ganar confianza, impulsar nuestra escritura y contar con el apoyo mutuo. Para mí, esta última ganancia es lo más importante. En mi grupo, Mocade, cuando los días están un poco grises y las ideas son esquivas, resuenan las palabras de aliento, porque dejar de escribir nunca es una opción.

Existe la creencia de que los escritores somos lobos solitarios, que pasamos los días encerrados en compañía de nuestros pensamientos. Y, en parte, es verdad, porque cuando estoy dando vida a alguna de mis creaciones, no quiero que nadie pase por la puerta de mi estudio. Sin embargo, cuando la musa me abandona, porque ha cumplido con su misión, me gusta abrir la puerta para dejar entrar a la crítica. Así que si me preguntan si me inclino por ser una loba solitaria o por ser una loba de manada, les diría que estoy de acuerdo con Diana P. Morales. Me gusta pertenecer a una tribu de escritores, y, por eso, elegí ser una loba de manada, porque hace el proceso más divertido, porque es enriquecedor y porque ayuda a exorcizar los demonios del ego.

Mónica Solano

 

Imagen de Anthony

Con letra de médico

                                                                                             «La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas»                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas

A Clara Fuertes por su Agua de limón

–¡Camarero, por favor, otro vaso de agua de limón, cuando pueda!

–Querrá decir otra Fanta, ¿no? –me contestó mientras limpiaba la mesa con un paño y echaba una ojeada al libro que tenía allí, junto a mi café–. Perdone que me meta donde no me llaman, pero ha debido de confundirse con el título de ese libro.

Su repuesta me devolvió a la realidad. Acababa de leer Agua de limón, una novela de Clara Fuertes, que me había dejado un regustillo ácido y la cabeza un poco revuelta.

–Quería decir un botellín de agua del tiempo –le respondí.

Vi cómo se alejaba, pero dejé de prestarle atención porque seguía con mi pensamiento en la novela. Al cabo de un rato anoté en mi cuaderno:

“En Agua de limón, Clara, el alter ego de su autora, de adulta escribe las memorias que le contó su abuela Magui cuando ella tenía once años. Y las completa con lo que investigó por su cuenta y con lo que les oyó a su otra abuela y a su madre. Este libro, además de unas memorias, es la saga de una familia y la historia de un gran amor. Los amores de Magui y Agustín, en una Zaragoza sacudida por la Guerra Civil, nos recuerdan a los de Agustín y María en la Zaragoza de Galdós».

Las memorias de una niña

Mientras me disponía a escribir este artículo y elucubraba sobre cómo puede reconstruir sus memorias una niña pequeña, me vinieron a la mente los casos de tres de mis alumnas.  Natalia Sanmartín, una niña de la guerra, que a los setenta y siete años escribió sobre su infancia. Su hija, Consuelo Peláez, que matizaba las palabras de su madre. Y Clara Fuertes, que en una novela suya evoca unas conversaciones con su abuela a los once años.

La clave me la dio Natalia: “Dado lo pequeña que yo era cuando ocurrieron los sucesos, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo”. A lo que Consuelo apostillaba: “Los recuerdos de mi madre están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años. Y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, puso para que algunos episodios permanecieran vivos en su memoria”.

He traído a colación a Natalia y a Consuelo porque comparten vivencias y puntos de vista con Clara. En las primeras páginas de Agua de limón leemos: “Con la madurez intenté poner sobre el papel su memoria y unirla a otros retazos que había escuchado a Francis, mi otra abuela, que fue de gran longevidad. Y, con todo ello, recuerdos, preguntas, la ayuda de mi madre y una gran dosis de imaginación pude, por fin, entender sus susurradas palabras” (p. 21). Y en una entrevista decía: “Cuento las vivencias de mis abuelas maternas, a través de su memoria personal y de la memoria histórica colectiva. El pasado volvió y se hizo presente”.

Agua de limón, como las memorias de Natalia, también podríamos inscribirla en el programa de amarga memoria,  por la recuperación de la memoria histórica. Y en el de maternidades robadas, por esas mujeres solteras, tías-madres, tías-abuelas, que Unamuno inmortalizó en La tía Tula. “Tu madre nunca me llamó mamá. Para ella fui siempre Magui, como lo soy para ti y para todos tus hermanos. Un apéndice, siempre a la sombra en la vida de tu abuela Francis, alguien con quien ha tenido que compartir el amor de los suyos. No tuve el título oficial de madre, ni lo tengo ahora de abuela” (p. 270).

Desde el punto de vista de las criadas

A partir de unas conversaciones entre una abuela y su nieta, se va desentrañando una tormentosa historia, familiar y personal, desde los comienzos del siglo XX hasta la posguerra. “El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva. (p. 95). Clara Fuertes, con gran habilidad narrativa, va tejiendo un complejo tapiz en el que las historias de los personajes se mezclan con la de Sabinas de Ebro, un pueblo ficticio en la ribera baja del Ebro, Zaragoza, Aragón, España y Europa. “Sabinas era un lugar irreal, como el viento que pasa silbando entre las ramas, me evoca un desgarro silencioso, la felicidad de un instante que todavía sueña con palabras eternas… no me hagas mucho caso, cariño, son desvaríos del corazón, encendidos por la nostalgia” (p. 37). Es una búsqueda de la verdad colectiva y de la verdad personal. Y se sirve de los recursos y géneros que le permiten alcanzar su objetivo con mayor acierto.

Todo está expresado desde el punto de vista de unas mujeres que estaban condenadas a salir de los pueblos para trabajar como criadas en las casas de los ricos que vivían en las ciudades. “Madre, recomendadas por el cura del pueblo, don Emilio, tuvo que colocar a mis dos hermanas mayores en el servicio, en la capital: Zaragoza. Tuvieron mucha suerte: bonitas, trabajadoras, no tardaron en encontrar familias acomodadas que las acogieran. Fátima se convirtió en la cocinera de una familia que vivía en el paseo de la Independencia, un matrimonio sin hijos, dueños de una empresa floreciente de corsés en Zaragoza, y Francis pasó a ser la sirvienta de una familia con varios hijos” (p. 43). Y, más adelante, declara con amargura: “Madre decidió que yo debía ocupar su lugar de sirvienta en la ciudad. Su determinación me dejó sin palabras; fue tajante. No tuve argumentos para rebatir” (p. 82).

El discurso de una mujer rota

La novela está planteada como un diálogo entre Magui y Clara. Pero pronto percibimos que la presencia de la niña es una excusa para llegar a una confesión liberadora. “Solo son memorias de una anciana que ha olvidado por un momento que eres una niña” (p. 147). Magui necesita contar su verdad para poder morir en paz. “Vine solo porque necesitaba saber que lo nuestro había sido de verdad… ¡Ahora puedo partir tranquila!” (p. 295). Necesita reconstruir y dignificar su pasado, que se ha convertido en una pesadilla: “Mi familia se estaba deshaciendo como el incienso recién encendido, lentamente, dejando a su paso solo cenizas” (p. 133).

Sabe que su discurso está roto: “De nada sirve revolver el pasado… Nunca termina de irse el ayer, y la reconstrucción de los pasajes de tu vida es un reflejo imperfecto de ella, una sensación incómoda de entender lo incomprensible, sobre todo cuando la travesía ha sido al revés. ¡Pero nada! El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva (…) Un recuerdo se manifiesta de forma diferente cada vez que lo evocas. Entonces, si ya ocurrió, ¿por qué continúa poniéndolo todo patas arriba?, ¿por qué te atraviesa de arriba abajo el revoltijo de tu vida” (p. 95). Pero insiste: “Mi puzzle hacía tiempo que no encajaba, las piezas se estaban perdiendo por el camino y no conseguía reunir fuerzas para recomponerlo” (p. 139)

Toda la novela es un diálogo que brota desde las entrañas. “Comencé a escribir un diario. En él hablaba de mi infancia, de la huella fantasiosa que se forma en los primeros años de tu vida, de cómo marca el territorio en el que te ha tocado vivir, los juegos que han alimentado tus tardes; recuerdo que para padre yo era la niña de sus ojos… Escribí también sobre Sabinas, mi río y mis olvidadas amigas, ¿acaso habían existido alguna vez? Escribía porque no quería olvidar nada, porque la nada me acompañaba demasiado pegada al cuerpo y solo anhelaba ahuyentarla, vivir, sentir” (p. 145).

La confesión, como en las tragedias, solo llega al final: “Hasta este verano no creí que sería capaz de contarle a nadie mi historia como lo estoy haciendo contigo. Es mejor que escribir un diario, Clara, mucho más liberador. Sé que no entiendes ahora mismo muchas de las cosas que te cuento, pero todas ellas se quedarán grabadas en tu mente, y cuando menos te lo esperes, algún día, saldrán a la luz». (p. 223).

Con una trama trepidante

Clara Fuertes se revela como una gran prestidigitadora en el arte de la composición narrativa. Responde a los patrones de las novelas clásicas en los que un personaje testigo recupera los acontecimientos. Clara, un heterónimo de Clara autora, reconstruye los acontecimientos después de la muerte de su abuela. Recuerda las conversaciones que mantuvieron durante las siestas de un verano, en las que la abuela se esforzó en organizar los hechos de forma cronológica. Pero la escritora se encarga de introducir los puntos de giro y las tramas secundarias que atraen la atención y el interés del lector.

Desde el principio hasta el final, mantiene la intriga, que no decae en ningún momento. Y ahí radica su gran habilidad, en saber mantener atrapado al lector hasta el último párrafo.

Cuando acabamos la lectura, el ritmo vertiginoso nos ha dejado exhaustos y con la garganta seca. Es el momento de recobrar el ánimo con un vaso de agua de limón bien azucarada.

Clara Fuertes (2014): Agua de limón (Basada en una historia real), primera edición, Éride ediciones. Desde la segunda edición de 2015, está disponible solo en Amazon.

Imágenes de la autora.

Carmen Romeo Pemán

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Worldbuiling, sociedad y estereotipos: vida y literatura

Analizar la sociedad y el comportamiento de las personas que la forman es uno de mis entretenimientos favoritos. Además de intentar entender mejor al ser humano, cosa que me fascina, me sirve para mi día a día y, también, para reflejarlo en mis relatos.

Hay muchas maneras de enfrentarse a este estudio, como por ejemplo de forma individual, entendiendo al sujeto como un producto de la sociedad y de su mundo, o bien examinando un subgrupo de personas con las mismas características.

Si hacemos el análisis individuo a individuo hemos de tener en cuenta que cada uno de nosotros somos producto de nuestra experiencia personal y de los inputs que recibimos. Por un lado, nuestra forma de ser se ve influenciada de manera local por la familia y los círculos cercanos o, incluso, por el barrio en el que vivimos. No es lo mismo nacer en una barriada obrera de Madrid que en el barrio de Salamanca. Por otro lado, la cultura y la sociedad también nos influyen. Además, la televisión y el cine ha hecho que la cultura anglosajona se imponga sobre otras locales. Como ejemplo, tenemos el desplazamiento de la festividad de Todos los Santos por Halloween, celebración que nos ha llegado gracias a películas y series norteamericanas.

Si estudiamos subgrupos de personas, hacemos de la estadística una norma. Me refiero a que la estadística nos da una serie de reglas que pueden aplicarse a todo un conjunto de personas como, por ejemplo, que quienes viven en el barrio más caro de la capital tienen buenos sueldos. De ese modo, proyectamos sobre todo el colectivo criterios e incluso vivencias que suponemos que las hacen ser como son. Así, podemos creer que quienes tienen un nivel de estudios bajos suelen ser los que, también, tienen salarios inferiores. O que los escolares cuyos padres tienen estudios universitarios también los tendrán en el futuro.

Análisis de la sociedad y worldbuilding

Si queremos escribir desde una corriente literaria como el realismo mágico, thriller o romántica, solo hay que pensar en lugar y una época del mundo para ubicar tu historia.

En cambio, cuando escribimos fantasía, una vez que tenemos el tema sobre el que queremos escribir y los personajes con los que llevaremos la trama, llega el momento del worldbuilding. Este palabro anglosajón, unión entre world, mundo, y building, construcción, recoge un proyecto muy interesante: crear un mundo con una cultura, economía, religión y geografía en el que se desarrolla la historia. Es importante porque este mundo, como decíamos antes, creará la sociedad que dará forma a las maneras de pensar y actuar de los personajes. Esta configuración del mundo, sumada a los arquetipos que nos explicaba Mónica en un excelente artículo, hará creíbles las metas, las ideologías, las manías y los problemas de nuestros seres de ficción.

El mundo como inspiración para el worldbuilding

Creo que no hay ningún escritor de género fantástico que no se haya inspirado en la historia de la Tierra para crear sus relatos. Si pensamos en R. R. Martin y su conocido Juego de tronos, cuyo muro es la versión helada y gigante del Muro de Adriano, o en las culturas celtas y nórdicas en las que se basó Tolkien para hablar de los elfos o la Tierra Media.

En realidad, no hace falta irse a los libros de fantasía. Rebelión en la Granja, un libro donde los protagonistas son animales, fue la respuesta de George Orwell al comunismo. En Un mundo feliz, Aldus Huxley exageró los rasgos de la sociedad de los años 30 para crear una novela distópica que pone los pelos de punta.

El peligro de caer en el estereotipo lógico

Como decíamos, nos podemos inspirar en la Tierra para ambientar nuestras novelas. Por ejemplo, supongamos que queremos escribir sobre una sociedad cuyos sueños se han roto, y encuentran en un nuevo líder la oportunidad de recuperar las ilusiones que sus padres o abuelos tenían y cumplían. Podríamos coger el libro de historia y buscar situaciones similares, o podríamos leer un diario y analizar lo que está pasando en Estados Unidos. Personas descontentas, que creían que con Obama iba a cambiar su situación, echan la culpa de su estado al poder establecido y creen que elegir a una mandatario con un discurso rupturista con el establishment, aunque forme parte de él, mejorará las cosas.

Muchos europeos y americanos nos preguntamos cómo un hombre multimillonario, abiertamente xenófobo, racista y misógino ha llegado a la Casa Blanca. Y está claro: ha conectado con las clases medias y bajas de uno de los países más ricos del mundo. Lo fácil es pensar que sus votantes cumplen con un estereotipo: hombres blancos, de clase media-alta y con ocho apellidos americanos. Es fácil porque es lo que nos dice la lógica.

¿Qué haríamos en nuestra novela? Al gobernador machista y racista lo apoyarían todos los hombres de sus misma raza. Y el resto, se opondría. ¿Es lógico? Sí. ¿Nos equivocamos? Muchísimo.

El error viene cuando no incorporamos ningún matiz a esos datos. Si dirigimos la mirada a lo que ha pasado en Estados Unidos, nos enteramos de que más del 50% de las mujeres blancas votaron por Trump, o que el co-fundador de Latinos for Trump, Marco Guitiérrez, es latino y opina que <<los hispanos son una cultura “primitiva y subdesarrollada” y que los estadounidenses deben tener miedo a los mexicanos>>.

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La lógica llorando porque ha fallado el estereotipo

Huir del worldbuilding plano

Hay que nadar entre matices para crear una sociedad con unos personajes verosímiles y con vida. Para ello, hay que pensar en qué es lo que hace fallar al tópico.

Mi hipótesis es que el estereotipo queda invalidado por el sistema de valores de cada individuo, que determina la forma de ser y la ideología. Y que esta última puede estar enfrentada al cliché que se le presupone según sus características sociodemográficas.

Analicemos el ejemplo anterior, el de Marco Gutiérrez. Es un hombre latino, por lo tanto, no es blanco ni norteamericano de nacimiento. Es un mexicano que consiguió la nacionalidad de Estados Unidos en 2003. Desde entonces, según sus palabras, ha sido Republicano.

Por sus rasgos sociodemográficos, podríamos pensar que al último que votaría en la carrera presidencial sería a Trump. Sin embargo, hay un detalle revelador en su biografía: consiguió la nacionalidad hace poco, de adulto. ¿Qué ha podido pasar? No lo sé, así que solo queda tirar de imaginación. Podemos pensar, por ejemplo, que hasta conseguir el pasaporte norteamericano se sentía inseguro, incluso apátrida. Que cuando un papel le dijo que era estadounidense, su sentimiento de pertenencia al país le hizo relegar, e incluso denostar, su origen, y que pasó a la última posición en su escala de valores.

Al escribir, debemos pensar qué cosas son las que pueden hacer que una persona vaya contracorriente, que no actúe según se espera por su origen o situación. Cada persona es un cúmulo de eventos que lo hacen único, como a Marco Gutiérrez, y eso es lo que el escritor debe plasmar en sus novelas.

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El mundo no es plano. Hagamos que se note en nuestras novelas. Imagen de Steven Díaz (créditos al final del artículo).

El estereotipo simplifica la vida en todos los aspectos pero no es veraz

El estereotipo nos ayuda a tomar decisiones si no tenemos tiempo para conocer a la otra persona en profundidad. Es el que nos hace agarrar el bolso cuando aparece alguien con ropa desgastada y la cara medio tapada, o lo que nos indica que debemos fiarnos de esa persona aseada y pulida que no deja de sonreír y que se muestra humilde pero segura.

Como decía Mónica, el uso del estereotipo puede ser malo si nos sirve para denigrar a todo un colectivo. En el ámbito de la literatura, puede hacer que simplifiquemos hasta lo absurdo a un personaje.

Por eso, es peligroso que el estereotipo haga un uso lógico de la experiencia, ya que nos puede hacer pensar que es totalmente fiable y que no tiene ninguna brecha.

Dibujar al colectivo para hacer destacar al individuo

Sin embargo, pensar en aquello que comparte una sociedad o un grupo de personas nos sirve, en la creación de mundos, para hacer único a cada individuo que la integra. Una vez tenemos los rasgos generales de una sociedad, debemos pensar qué experiencias distancian al personaje de la norma.

Esas vivencias deben ser lógicas. Volvamos al ejemplo de Juego de Tronos. Arya Stark tiene todos los números de ser como su hermana Sansa y que solo le interesen los vestidos y los príncipes. En cambio, le interesa más lo que hacen sus hermanos: luchas para convertirse en caballeros. Arya juega con ellos y, su padre, por hacerla feliz, le pone un profesor de lucha. ¿Cumple con la norma? No. ¿Es lógico que no la cumpla? Sí.

R. R. Martin transgrede la norma común, crea experiencias únicas para Arya y construye un personaje veraz.

Hay que analizar al individuo, aunque suponga más trabajo

Como comentaba antes, los prototipos nos facilitan la vida. Conocer a alguien y poder encasillarlo nos ayuda a saber cómo tratarlo. Pero clasificar a las personas por rasgos generales, estadísticos, genera prejuicios en el día a día y empobrece nuestros textos literarios. Entonces, preguntémonos qué cosas fuera de la norma pueden hacer menos estadísticos a nuestros personajes. Tengamos paciencia para descubrir qué hace especiales a las personas que nos rodean.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Foto de Steven Díaz

¿Por qué me fascinan tanto los arquetipos?

El hombre ha despertado en un mundo que no comprende, y por eso trata de interpretarlo. Carl Gustav Jung

Desde que asistí a un taller, en el que se utilizaban los arquetipos para definir patrones de comportamiento de un grupo de consumidores, me sentí fascinada por esta idea tan atrayente. Fue así como empecé a leer más y a darme cuenta de que no solo se podían aplicar en las investigaciones de mercado, sino que también los usaban otras ciencias. Y que se habían convertido en herramientas muy importantes en la literatura y hasta en la biología.

Los arquetipos, según entiendo, son unos patrones emocionales y de conducta con los que procesamos las sensaciones, las imágenes y las percepciones como si fueran un todo. En realidad, son los constituyentes esenciales de lo que concebimos como naturaleza humana. Y lo abarcan todo, desde lo animal hasta lo espiritual.

La base teórica para la aplicación de este método es el trabajo psicoanalítico de Carl Gustav Jung, que se centra, fundamentalmente, en lo que él llama el inconsciente colectivo. Los arquetipos se pueden sintetizar y combinar entre ellos, dando lugar a una gran cantidad de modelos arquetípicos. De esta forma, el inconsciente colectivo se convierte en una fuente inagotable de arquetipos, que no solo hacen referencia a personajes, sino también a espacios, situaciones, caminos y transformaciones. Los arquetipos se suelen clasificar en eventos, como el nacimiento o la muerte; en temas, como la creación o la venganza; y en figuras, como el viejo sabio o la virgen.

Jung transportó el psicoanálisis a un plano en el que los fenómenos ancestrales, originados en nuestra cultura, dan forma a nuestra manera de ser. Creía que, para explicar el inconsciente, debía llevar su teoría a un terreno que trascendiera las funciones del cuerpo humano. Y concebía «lo inconsciente» como una composición de aspectos individuales y colectivos. Jung hacía referencia a esa parte secreta de nuestra mente que tiene un componente heredado culturalmente y que conforma nuestra manera de percibir e interpretar las experiencias que nos ocurren. 

Los arquetipos en la literatura

Cuando escribimos historias, una parte muy importante es la creación de personajes, porque sus motivaciones, sus acciones y sus reacciones llevan el peso narrativo. La literatura está llena de arquetipos, de personajes del mismo tipo básico con patrones entendibles universalmente. Por eso, si usamos un patrón del que ya se ha abusado mucho, corremos el peligro de que el lector conozca el desenlace desde el primer capítulo. No obstante, si los empleamos bien, son muy útiles porque le hablan a la conciencia humana y provocan respuestas emocionales que impulsan a seguir leyendo hasta el final.

Un personaje, un lugar o un objeto, pueden comenzar representando a un arquetipo y a lo largo de la historia cambiar a otro. Incluso pueden representar a varios al mismo tiempo. Un caso común de cambio de arquetipo es el del villano que, tras ser derrotado, pasa a ser un aliado. Y un caso habitual de varios arquetipos en el mismo personaje es el del héroe que también es un embaucador.

Según el guionista Christopher Vogler, los arquetipos no son personajes inamovibles con roles fijos, sino formas de comportamiento y conductas, que cumplen un papel en determinado momento, de acuerdo con las necesidades del relato. Los arquetipos deben tener dos funciones primordiales: la psicológica o parte de la personalidad que representan, y la dramática en la historia que queremos contar.

Si hemos decidido usar este recurso, es importante que, además de envolver a nuestros personajes con un arquetipo, les otorguemos una profundidad. Tenemos que evitar que se vuelvan evidentes y acaben siendo clichés.

Las historias arquetípicas desvelan experiencias humanas universales que se visten de una expresión única y de una cultura específica. Las historias estereotipadas carecen tanto de contenido como de forma. Se reducen a una experiencia limitada de una cultura concreta disfrazada con generalidades. Robert Mckee

Arquetipos y estereotipos

En el libro “Medios de Comunicación y Género”, la antropóloga y profesora de periodismo  Elvira Altés Rufia, afirma que todos los discursos que pretenden ser comprendidos por un amplio número de personas tienden a simplificar sus explicaciones y a proponer imágenes y metáforas asimiladas previamente por la audiencia. De ahí que el uso de los estereotipos constituya un recurso frecuente en los medios de comunicación. Pero es muy peligroso, porque estas imágenes estáticas, a partir de la generalización de un rasgo de los miembros de una comunidad, transmiten ideas consensuadas y ocultan la complejidad de las motivaciones humanas. Con esta simplificación, podemos caer en el reduccionismo y en la manipulación.

Si vestimos a los arquetipos con los elementos históricos y sociales del momento, los convertimos en elementos sancionadores, sobre todo si los hemos construido a partir de prejuicios. Así concebidos, designan las cualidades deseables y las no deseables. Es decir, señalan las cualidades que deben rechazarse en una persona que proviene de cierta zona del mundo o que forma parte de un determinado colectivo. Por ejemplo, afirmar que todas las mujeres bonitas son ignorantes es un estereotipo que solo sirve para discriminar y agredir. Y ahí entra en juego la principal característica de los arquetipos: su dualidad. Y, con las sucesivas reformulaciones de los arquetipos, que cada sociedad presenta y actualiza, se van convirtiendo en los estereotipos, con el fin de simplificarlos.

La economía mental juega un papel determinante en el uso de los estereotipos. Algunos autores consideran que estos sesgos sociales se deben al funcionamiento de los sistemas neurocognitivos dedicados a percibir y a categorizar de manera automática. En las relaciones interpersonales es común centrar la atención en los aspectos sobresalientes de la persona que tenemos enfrente. Percibimos y descartamos información, evaluamos y, finalmente, elegimos unos atributos. Cuando no disponemos de muchos datos, ahorramos tiempo calculando de modo automático los aspectos destacados de su perfil. Con toda esa información, construimos los mapas de las categorías sociales como el sexo, la edad, el origen, el estatus o la profesión, que luego contribuirán a formar nuestra identidad personal y a delimitar los grupos sociales a los que pertenecemos.

Todo lo que nos irrita de los demás, nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos. Carl Gustav Jung

Si tuviera que decantarme por alguno de los arquetipos que conozco, sin pensarlo mucho, elegiría la sombra. Es el que más me gusta porque personifica los rasgos que nos negamos o que ignoramos de nosotros mismos. Por ejemplo, si nos consideramos valientes, jamás pensaremos que también podemos ser cobardes. Y, aunque es un rasgo que tenemos, lo rechazamos porque lo consideramos inaceptable. De esta forma, vamos construyendo una “imagen especular” en la que almacenamos todas las cosas monstruosas. En un primer estadio, podemos ver esta sombra como un ser atroz que nos acecha para hacernos daño, como la bestia de un cuento de hadas. Pero, una vez que nos hemos percatado de su existencia y la aceptamos, se convierte en algo cercano a un ser humano, y hasta llega a parecerse a quienes somos en realidad.

Como decía al principio, los arquetipos me fascinan porque me ayudan a entender un poco mejor el mundo tan complejo en que nos movemos.

Mónica Solano

Imagen. Gerd Altmann

El autismo cabalga de nuevo

Queridos lectores de Mocade:

En mi deambular por Internet, donde aún me pierdo por enlaces secundarios, di con una noticia que ha inspirado mi artículo de esta semana. Me llamó la atención una palabra en el titular: “autista”. Y sobre autismo puedo hablar, porque es una parte de mi vida.

El reportaje no me parece nada extraordinario, ni en forma ni en contenido. Personalmente opino que la frase del titular ni siquiera entra en la categoría de noticiable. Pero las reflexiones que me ha inspirado la lectura de esos pocos párrafos sí que merecen que les dedique estas letras.

Pasaré de puntillas sobre el hecho de que la foto de portada más parece sacada de un carnaval veneciano que de una tradicional cabalgata de Reyes en la capital de España. Me abstendré de opinar sobre la terrorífica impresión que algunas escenas produjeron en los niños asistentes, según recoge el autor. Tampoco voy a pronunciarme sobre la iniciativa del Ayuntamiento de invitar a niños con diversidad funcional, aunque algo diré más adelante sobre esto.

¿Cuál es entonces, os preguntaréis, la idea que quiero transmitir? Os lo explicaré con un sencillo ejemplo: todos conocéis el pasatiempo de dos viñetas muy parecidas en las que hay que encontrar las cinco, siete o doce diferencias ¿verdad que sí? Pues a ver si me señaláis alguna diferencia que valga la pena entre estos dos titulares:

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo autista tendrá pesadillas”

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo tendrá pesadillas”

¿Qué os lo he puesto muy fácil? Pues sí, y no. Porque esa diferencia en una sola palabra es todo un mundo de diferencia. Tengo mis motivos para defender esta idea. ¿Es procedente emplear el adjetivo “autista” en este caso? ¿El horror es más horroroso porque lo sufra un niño con autismo? ¿Acaso es justo decir que su miedo va a ser diferente al del resto de los niños? Si a eso vamos, también podría haber dicho cualquier otra madre “Mi hijo rubio / obeso / vergonzoso / … –póngase cualquier adjetivo aquí– tendrá pesadillas”. Pero seguro que, ni lo hubieran dicho, ni, en caso de hacerlo, habría sido una frase para el titular.

Entonces, ¿por qué se emplean a veces algunas palabras fuera de contexto? ¿Qué aporta el adjetivo “autista” al contenido del artículo? La noticia comienza dando el dato de que el Ayuntamiento “se ganó a la opinión pública invitando a niños con diversidad funcional –es decir, con discapacidades físicas o mentales–”. Y lo cito textualmente porque, de entrada, me parece redundante. El lector medio comprende el término “diversidad funcional” pero el periodista cree necesario explicar que alude a discapacidades físicas o mentales. Y aún hay más. Si alguien quisiera leer entre líneas, esa frase aparentemente halagüeña puede encerrar bastante mala leche, si me permitís la expresión. ¿Quiere decirnos el autor que la alcaldesa está haciendo una manipulación electoralista al favorecer a ese colectivo de niños con la invitación? ¿Lo insinúa de modo tan solapado porque no sería políticamente correcto decirlo de otra manera?

Soy madre de un joven con autismo que ya tiene veinticinco años. Eso me ha permitido acumular una considerable experiencia sobre el tema. También tengo una hija maravillosa. Y, para los dos, deseo exactamente lo mismo, es decir, que sean felices y que vivan y disfruten por igual de la vida que les toca vivir. No quiero que mi hijo sea más que su hermana. Ni lo contrario. Pero si me dedicara a enarbolar el autismo como bandera contra la igualdad, si me callara ante artículos como el que hoy comento, estaría socavando mis propios cimientos. La verdadera inclusión no consiste en aislar un pez dentro de una burbuja para soltarlo en el mar, sino en romper la burbuja. Lo otro sería discriminación y aislamiento disfrazados de falsa integración.

Quiero terminar dejando una pregunta en el aire. ¿Por qué todavía, en pleno siglo XXI, se habla de “niños autistas”? ¿No es mucho más acertado emplear el término de “niños o personas con autismo”? Hay cosas que antes me hacían daño, y ahora, dicho con respeto y sin que me malinterpretéis, me provocan risa. Lo de “mi hijo autista” me suena parecido a “mi hijo marciano”. El autismo no hace que quien lo tenga sea una especie de extraterrestre. En palabras de Ángel Rivière, psicólogo que tanto hizo por el mundo del autismo: “ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal”.

Entonces, amigos mocadianos, os voy a pedir un favor: cuando leáis noticias de ese tipo, y redactadas de esa forma, cambiad el formato del texto. Usad el tamaño de letra más pequeño que se os ocurra para “autista”, y centrad vuestra atención en todo aquello que los niños con autismo y los que no lo tienen poseen en común. Solo así podrá entenderse que es mucho más lo que nos une a ellos, que lo que nos separa o nos pueda separar.

Adela Castañón

Imagen: PhotoPin

Nuestra vida está organizada para apropiar y acumular

El consumo desmedido de las fiestas navideñas me llevó a cuestionarme la necesidad que tenemos de acumular cosas. Caminando por los pasillos de los centros comerciales de Bogotá, repletos de personas cargadas con paquetes, me pregunté: ¿por qué en Navidad parece que todo el mundo tiene dinero de sobra? Quizá porque es una época del año adecuada para regalar y para consentirnos. Tenemos que aprovechar algunos pagos extras y no podemos pasar por alto las promociones. Y más con la tentación de las campañas de crédito para llevarnos todo lo que hemos soñado sin cuota inicial. Aunque son razones validas, no justifican el excesivo consumismo que se desata en esta temporada.

Con estas reflexiones y otras parecidas, me detuve a mirar los rostros de angustia de algunas personas en busca del regalo prometido. Todos estaban pálidos, con ojeras marcadas y con la mirada perdida en las vitrinas. Parecían atacados por una repentina ceguera parcial y por una audición selectiva, enfocadas únicamente en las palabras promoción y nuevo. Debo confesar que hasta hace unos años fui una fiel integrante de ese grupo de personas que se enloquecen en diciembre. Yo también aprovechaba la temporada para renovar el armario, aunque lo tuviera repleto de atuendos sin estrenar. Como a mis paisanos, me encantaba destacar en las reuniones familiares con los regalos más costosos y originales. Pasaba mi tarjeta de crédito sin remordimientos y al llegar a casa me preguntaba ¿para qué compré esto?

Hasta cierto punto es normal dejarnos contagiar por la demencia comercial que se esparce en Navidad. Las grandes compañías hacen unos esfuerzos increíbles para lograr que las personas reaccionemos de manera automática a todos los impulsos que nos envían, con sus innovadoras estrategias comerciales. Impulsos que actúan con tanta fuerza porque el insaciable deseo de acumular riqueza forma parte de nuestra condición social. Entonces, la pregunta más importante no es de dónde proviene el dinero que gastamos, sino qué hacemos con las cosas que compramos o que nos regalan.

Al cabo de unos días, unas ya están rotas y arrinconadas esperando ser reparadas, otras están atiborradas de polvo o, simplemente, ya caducaron. Y solo unas pocas están en ese lugar privilegiado donde el uso y el abuso las lleva al desgaste.

¿Por qué algunas cosas siguen ahí, solo ocupando espacio?

La principal razón por la que acumulamos cachivaches es que constituyen un legado sentimental. Los objetos están cargados de emociones, representan a las personas que nos los regalaron nos recuerdan el lugar y el momento en el que los adquirimos. Algunos llegan a pensar que, al deshacernos de ellos, los condenamos al olvido. Hace poco, vi en Youtube un video de una niñita a la que le regalaron un osito que, al apretarle la patita, dejaba oír la voz de su abuelo, fallecido hacía unos años. Me dejé contagiar por sus lágrimas y lloré con ella. Seguramente sería algo que esa niña atesoraría de por vida.

Tuve emociones encontradas. Aunque el regalo era especial y tenía una intención maravillosa, me resultaba un poco aterrador. Nosotros, como esa niña, tenemos muchos objetos con un significado muy profundo, pero no todo lo que acumulamos tiene esa carga emocional. Es más, tenemos algunas cosas que forman parte del “después”. Y nos resistimos a abandonarlas, porque pensamos que en algún momento podremos darles uso. Sin embargo, tenemos que ser realistas y reconocer que, para esos objetos, ese momento pocas veces llega.

Acumular, ¿es también una enfermedad?

Hay casos más complejos. Se sabe que algunas personas padecen el Síndrome de Acumulación Compulsiva o Trastorno por Acumulación. Es un desorden psiquiátrico que se caracteriza por la imposibilidad de deshacerse de las posesiones. Las personas con este trastorno atribuyen su incapacidad de desprenderse de las cosas a su utilidad, a su valor estético, a su valor sentimental o a una combinación de todos estos factores. El departamento de psiquiatría del Hospital de Bellvitge, con la colaboración del Institute of Psychiatry de Londres, publicó un estudio en la revista científica American Journal of Psychiatry en el que afirmaban que todos podemos sentir la necesidad de guardar objetos con un determinado valor sentimental, pero el problema se produce cuando esta necesidad dificulta nuestro vivir cotidiano. Uno de los criterios de diagnóstico es la angustia que provoca la idea de desprenderse de los objetos almacenados. El resultado es una acumulación desorganizada de cosas que afectan el espacio donde se vive, y que impide la permanencia en ese lugar. Se diferencia del afán por coleccionar, en que este es un proceso bien estructurado, planeado y muy selectivo. Los coleccionistas adquieren objetos de su interés y sienten apego por los mismos, pero no presentan el desorden ni la angustia o los impedimentos funcionales, como ocurre con las personas afectadas por el Trastorno de Acumulación. Aunque no hay unos criterios de diagnóstico establecidos y es un área poco conocida, el departamento de psiquiatría afirma que un 4% de la población mundial lo padece.

¿Qué nos produce acumular cosas materiales?

No quiero centrar esta reflexión en la acumulación como patología, sino en la sensación que nos produce el hecho de acumular. La devoción a los objetos nos ancla y hace más lento nuestro camino por la vida. Cuando les damos más importancia de la que tienen, se frena nuestro crecimiento como seres humanos libres. Teodoro Pérez, sociólogo y magister en desarrollo educativo y social en Colombia, afirma: “Deseamos un mundo más equitativo y con menos pobreza, pero organizamos nuestra vida para apropiar y acumular riqueza. Somos tiernos, amorosos y acogedores, pero también agresivos y violentos, entre otras contradicciones”. Siempre me ha fascinado la complejidad del ser humano y estoy de acuerdo en que estamos llenos de contradicciones. Muchos soñamos con recorrer el mundo, visitar zonas inexploradas y hasta vivir en lugares paradisíacos, pero el temor a abandonar lo que hemos conseguido durante lo que llevamos de vida nos lo impide. Pensamos que, como ya compramos una casa, tenemos un carro y algunos enseres de valor, no podemos abandonar nuestras preciadas posesiones por el simple capricho de perseguir un sueño. Salir de la zona de confort siempre será un reto que pocos se atreven a afrontar.

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Mientras seguía observando a las personas perdidas entre los paquetes, con prisa para obtener los mejores descuentos, ansiosas por adquirir más cosas y llenar a los demás con objetos, pensé que el mejor regalo que podían obsequiarme en esas fechas era tiempo de calidad. Sin embargo, no puedo negar que hay momentos en que, como a todo el mundo, me resulta irresistible seguir acaparando cosas materiales, como si fuera a vivir eternamente y algún día fuera a usarlas.

Mónica Solano

Imagen de Vigan HajdariHarry Strauss

Mi propósito de Año nuevo: que todos leáis más en 2017

Este post es para todos los que habéis encontrado un libro debajo del árbol de Navidad y habéis pensado que era lo que necesitabais para calzar la mesa del comedor. Para los que el último recuerdo que tenéis de la lectura es de hace más de quince años, cuando el profesor de turno os obligaba a leer uno de los tochos de la biblioteca a la hora del recreo cuando os portabais mal. Para los que veis un libro y pensáis que donde esté el Candy Crush que se quite todo lo demás.

Mi único y valioso propósito de Año Nuevo es conseguir que todos leáis un poco más en 2017. Y no, no vais a encontrar un recopilatorio de frases de Paulo Coelho y compañía hablando de cómo se alimenta el alma con la lectura. Para eso ya está Facebook. Yo os voy a convencer de que vuestras excusas son eso, excusas.

Este post es también para vosotros, para los que habéis obsequiado con un libro y habéis visto que el regalado pone la misma cara de incomprensión que si le hubierais pedido que arreglara una central nuclear. Por un lado, porque os daré respuesta a los pretextos típicos de por qué la gente no lee. Por otro, si queréis regalar un libro para Reyes a alguien que no suele leer, quizá os sirva alguna de mis ideas. Y, por último, siempre podéis acompañar vuestro regalo con un link a este post.

Empecemos.

A mí es que leer me aburre

 

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Seguro que a Brad le aburren muchas cosas, pero los libros no son una de ellas

Lo entiendo, colega. En serio. Si yo solo hubiera visto películas de la Guerra Civil española protagonizadas por personajes más envarados que una bandera, también diría que qué coñazo es el cine. Sin embargo, es muy difícil darle una segunda oportunidad a la lectura. Puedes ponerte una película de fondo y acabar descubriendo que te gusta, mientras que con el libro hay que concentrarse y dedicarle tiempo.

De todas formas, los libros son como las pelis. Hay de todo, y para todos los gustos. Por ejemplo, si te gusta el fútbol, puedes leer La jugada de mi vida, las memorias de Andrés Iniesta, o Creer, de Diego Simeone. Después puedes seguir por Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza, historia sobre la que Informe Robinson de Canal+ hizo un reportaje.

Si, en cambio, lo gozaste todo con el Señor de los Anillos, tienes desde Falcó de Pérez-Reverte, que siempre queda muy bien decir que lo estás leyendo, hasta El nombre del viento de Patrick Rothfuss, pasando por un montón de libros de acción y aventuras que es un género que funciona igual de bien que el de los superhéroes en el cine. A todo esto, debo decir que El nombre del Viento es un libro entretenido, pero algo sobrevalorado.

¿Te gustan los videojuegos? Pues léete El diario perdido de Barbanegra, que te sonará si has jugado a Assassin’s Creed Black Flag. Y, por los Dioses de Kobol, tienes todos los libros de Andrzej Sapkowski en los que se han basado los videjouegos de The Witcher. Las aventuras de Geralt de Rivia son imprescindibles en cualquiera de sus formatos.

 Yo no tengo tiempo para leer

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Calma, calma, que no obligo a nadie a leer… Todavía.

Ya. ¿Y quién lo tiene? No hay tiempo para leer, ni para ir al gimnasio ni para aprender inglés. Pero, al final, lo encontramos para engancharnos a la peli de sobremesa de turno, muchas de ellas alemanas, por cierto.

Cuando pensamos en leer nos viene a la mente aquella novela de seiscientas páginas que cría polvo en una esquina, pero no todas las lecturas son así. Podemos escoger libros cortos, como La balada del café triste de Carson McCullers, que te lo lees en un par de horas y te deja el cuerpo extraño, aunque algo más sabio. También tenemos obras como El juego de Ender, de Orson Scott Card, o Momo, de Michael Ende. Los dos tomos, además, pueden leerlos los adolescentes entre botellón y botellón. Éxito garantizado, creo yo.

Pero pienso que hay vida más allá de las novelas: las novelas gráficas. Sí, sabemos que están denostadas por los repipis de la literatura, esos que consideran géneros menores a todo lo que no sea realismo mágico. Sin embargo, en las novelas gráficas se conjugan dos artes que, juntas, dan calidez al alma: el dibujo y la escritura. Tenemos, por ejemplo, la única novela gráfica ganadora del Pulitzer, Maus. Es de Art Spiegelmann y va sobre el holocausto. Si no te pone la piel de gallina es porque estás muerto.

También tenéis mangas. No todos van sobre monstruos con tentáculos, algunos son tan intensos como Death Note, de Tsugumi Obha, en la que un chaval se hace justiciero cuando encuentra una libreta con la que puede matar a maleantes con solo apuntar su nombre. O Attack on Titan, de Hajime Isayama, donde unos gigantes se dedican a aterrorizar a los humanos, que lo único que pueden hacer es intentar que no se los coman. En los dos muere tanta gente que, en comparación, Juego de tronos o The Walking Dead son un juego de niños.

Meh, con lo caros que son los libros

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No nos engañemos, a veces somos pobres solo para lo que queremos

Esta afirmación me gusta mucho. Primero, porque es cierto que hay libros que cuestan una pasta. Suelen ser ediciones de tapa dura con páginas en color y un nombre conocido en la portada. Pero no es necesario gastarse un dineral ni descargar libros gratis para poder leer.

Vivimos en un momento muy, muy dulce para el lector. Tenemos bibliotecas, ebooks y librerías con un catálogo de fondo de armario barato y bueno. Además, Amazon tiene cientos de obras de autores indie a menos de un euro, y no todas son tan malas como creéis.

Por otro lado, está el valor que le queramos dar a una obra escrita. Un libro de, no sé, ocho euros, cuesta menos que un Gin-Tonic en cualquier local de Barcelona. Y yo bebo y leo rápido, pero un libro me dura mucho más que el alcohol, la borrachera y la resaca.

Soy un alma triste y ningún libro puede calentar mi frío y muerto corazón

A vosotros, a los que pensáis en leer un libro y notáis que la idea os expulsa igual que un exorcista echa al demonio del cuerpo de un poseído, no puedo deciros nada. Un libro se lee, se siente. Y, para ello, hay que tener una predisposición especial, un acuerdo tácito entre escritor y lector en el que todo desaparece y lo único real e importante es lo que hay en las páginas del libro. Si el lector no pone de su parte, difícilmente se impresionará, aunque el autor haga piruetas y consiga que una foca cante el Aleluya de Haendel.

Pero aún hay un poco de fe para vosotros. Vamos a hacer un pacto. Algo relacionado con mi propósito secreto para 2017. Si antes he dicho que solo tenía un propósito es porque un escritor miente de una forma muy creíble cuando escribe. Y, además, es un propósito que solo nosotros sabremos.

Este año seguiré escribiendo mi novela de fantasía, y acabaré la de ciencia ficción. Un tomo corto, interesante, intrépido. Cuando lo publique os pediré que lo leáis, ¿de acuerdo?

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Mi novela derretirá vuestro corazón, oh yeah.

En eso de aprender inglés e ir al gimnasio ya he tirado la toalla, así que en 2017 me toca ser realista: voy a conseguir que todos leáis un poco más, y publicar mi primer libro. ¿Me acompañáis?

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Lazie Slezak

A Natalia Sanmartín Polo, una niña de la guerra, en sus ochenta y seis años

Dentro de un mes va a ser el cumpleaños de Natalia Sanmartín Polo y me gustaría hacerle un regalo, pero lo tengo difícil. Pronto vais a descubrir por qué.

–¿Conocéis a Natalia?

Pero, ¡qué cosas digo! Si Natalia es mi amiga, y los amigos de una no tienen por qué ser famosos. ¡Bueno! Pero ella sí que lo es. Y, si no, debería serlo.

Comenzó siendo una de mis alumnas y, con el tiempo, se ha convertido en la gran maestra de mi vida. Cuando cumpla sus años, yo querré ser como ella. Aunque, pensándolo bien, no sé si podré, porque a su sabiduría solo se llega con una vida como la suya.

Conocí a Natalia en 1972, cuando se matriculó como alumna del Colegio Universitario de Teruel, y nunca olvidaré sus primeras palabras: “Soy maestra y quiero cursar una Licenciatura en Historia para poder recuperar, con rigor, las figuras de mis padres: Arturo Sanmartín y Sofía Polo, dos maestros asesinados en los comienzos de la Guerra Civil”. Hoy puedo decir que con el tesón que la caracteriza lo ha conseguido.

Cuarenta y cuatro años después, le quiero confesar que ese día yo me propuse recuperarla a ella, a aquella niña que se quedó huérfana a los cinco años, en julio de 1936, cuando mataron a sus padres por maestros y por rojos. A aquella adolescente que llevó el sambenito de ser hija de rojos, como me contaba tantas veces y como volvió a repetir en una entrevista que el diario.es publicó el día veinte de noviembre pasado. Y, siempre que la oigo decir eso, al acabar, se queda pensativa y apostilla: “Mis padres solo fueron unos grandes maestros afiliados al PSOE”.

¿Cómo ha reconstruido sus memorias de niña?

Desde nuestro primer encuentro he mantenido una relación constante con Natalia. Al principio, como alumna mía. Después, a medida que me contaba los pormenores de su vida, pasamos a la amistad, y las charlas de mi despacho se trasladaron a la mesa camilla de su casa. Y allí, a lo largo de muchas tardes, recordó conmigo los atropellos que se cometieron con sus padres y las consecuencias que aquellas atrocidades tuvieron para ella, para sus hermanos, Arturo y Adolfo, y para su tía Consuelo, que se hizo cargo de ellos.

A la hija de Natalia, Consuelo Peláez, que, durante muchos años, había oído los hechos de labios de la tía Consuelo, a quien llamaba yaya y le debía el nombre, no se le escapa el importante papel que jugó esta hermana de su abuelo. Y así lo expresa:

“Mi madre tenía en aquel verano cinco años y sus recuerdos están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años de obligado silencio y represión, y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, hermana pequeña de su padre, puso para que algunos episodios de su vida permanecieran vivos en su memoria”.

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Portada de las memorias de Natalia.

Todo aquello de lo que tanto habíamos hablado, y mucho más, lo reflejó Natalia en unas memorias que escribió a los setenta y siete años. Eran las memorias de una niña de la guerra, con un punto de vista muy entrañable. Afortunadamente, podemos leerlas completas en la red: La enseñanza, una pasión compartida, Sofía Polo y Arturo Sanmartín.

“Muy allá, en el cuarto de atrás de la memoria tengo una época y unos días muy felices. En los carnavales de 1936 yo iba toda orgullosa disfrazada de gitanilla, reproduciendo en los volantes de la falda los colores de la bandera republicana: encarnado, amarillo y morado”.

Un poco más adelante insistía: “Dado lo pequeña que era cuando ocurrieron los sucesos que cuento, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo: mi tía Consuelo, mis hermanos, Arturo y Adolfo, mi prima Pili, y Antonia”-

A mí me pasa un poco como a ella. Le he escuchado y he leído tantas veces la historia de su vida, que ya no distingo si mis citas provienen de sus escritos o de esas voces tan familiares que llevo dentro. En cualquier caso, solo pretendo dar testimonio de una vida, la de Natalia, siempre fiel a su verdad

A sus ochenta y cinco años, ha conseguido ampliar y modificar el primer relato con nuevos datos que ha ido recopilando en una tenaz tarea de investigación. Su mente de historiadora le ha ayudado a ordenar los acontecimientos y las razones que los provocaron. Y su memoria prodigiosa le permite citar de carrerilla, y sin pestañear, las fechas, los lugares, los nombres, los apellidos y los cargos de las personas que determinaron su infancia y su adolescencia. Para que os hagáis una idea, sintetizaré algunos hechos por orden cronológico.

Los días que siguieron a los asesinatos

La muerte de sus padres cogió a los tres hermanos de vacaciones en San Sebastián. Así lo contaba Natalia en una conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza:

“Precisamente, en el verano de 1936, cuando fusilaron a mis padres, sus tres niños estábamos con mi tía Consuelo en San Sebastián. Mi padre se quedó en Palencia porque presidía el tribunal de oposiciones de los Cursillos del 36. Y mi madre no se quedó para acompañar a mi padre, sino para dirigir las Colonias Pedagógicas de El Monte Viejo, de la Institución Libre de Enseñanza”..

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Arturo, Adolfo y Natalia Sanmartín, antes de la Guerra Civil

Y un poco más adelante continuaba: “El 13 de julio de 1936 salíamos de la estación del ferrocarril de Palencia en dirección a San Sebastián y ya nunca volvería a ver a mis padres. Con la rebelión de los militares mi vida cambió por completo. Julio de 1936 fue un vendaval que se llevó por delante toda nuestra vida, fue un vendaval que cambió y destrozó nuestras vidas por completo”

 

Primera salida a Francia y regreso a Calaceite

Los acontecimientos se precipitaron. Gracias a que su tía Consuelo reaccionó con rapidez, se salvaron y comenzaron un periplo que iba a durar muchos años.

“Con un pasaporte de Cruz Roja, que había gestionado tía Consuelo, pasamos a Francia. Después de hacer un viaje por el Sur de Francia, entramos otra vez a España por Port-Bou y llegamos a Calaceite (Teruel)”.

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Natalia en su casa de Calaceite, verano de 2016.

Allí, rodeados por los familiares y amigos, sus tías creían que los niños no se enteraban de la tragedia. Pero esta niña perspicaz, que ya se sabía muchas canciones que le había cantado su madre, tenía recuerdos imperecederos.

“En ese ambiente yo sentía que a nuestro alrededor hablaban de mamá y papá en voz baja, como si no quisieran que nos enterásemos. Y toda la familia empezó a venir a visitar a mis tías por algo que les había sucedido a mis padres”.

Antonia, la niñera de Calaceite, se había quedado en Palencia con sus padres y volvió al pueblo a principios de 1937. Ese reencuentro es uno de los momentos que Natalia revive con mayor emoción y siempre con las mismas palabras: “Debió traer malas noticias porque lloró mucho la primera vez que nos vio, y nos abrazó muy fuerte. A partir de la llegada de Antonia, fui dejando, poco a poco, de preguntar por mi madre”.

De Calaceite a las colonias

¡Cuántas veces hemos recorrido juntas el camino que ella siguió en 1938 en la evacuación que la llevó de Calaceite a Tortosa! En cada recodo de la carretera quedó sepultada una parte de la historia de una niña de siete años, y nacieron otros recuerdos que cada vez iban cobrando más cuerpo. En los veranos solemos frecuentar juntas esos parajes, siguiendo el camino de Miravet, y se le escapan las palabras, como si fueran las de un sonsonete que no puede evitar: “El frente seguía empujándonos, las bombas seguían cayendo a nuestro alrededor y nosotros seguíamos huyendo”.

Los recuerdos de los bombardeos, el constante miedo a ser aniquilada por las pavas de los sublevados y la llegada a las colonias catalanas son unas de las páginas más estremecedoras de sus memorias. Cuando las leáis os sorprenderéis. Están contadas sin acritud, con el punto de vista de una niña que no acababa de comprender lo que estaba viviendo.

En las colonias de Cataluña

El verano del 38, con el constante cambio de una colonia a otra, le resultó muy agitado. En la colonia de Teya, conoció a la Pasionaria: “Era alta, recia, con el pelo recogido en un moño y vestida completamente de negro. Una figura que nos impresionó mucho a los niños”. Después estuvo en La Garriga y Vilatorta. Y finalmente les esperaba el camino a la frontera: “Formábamos parte de esas largas hileras que, en pleno invierno, emprendieron el camino del exilio. Una hilera en la que íbamos mezclados con soldados derrotados y destrozados”.

En su libro sigue contando los episodios del camino con un tono ingenuo y con una gran paz, como si las palabras la fueran liberando. Pero, a pesar de que ella quiere quitar hierro, a nosotros nos sigue sobrecogiendo el gesto heroico de su tía Pilar, una de las hermanas de su padre. Cuando vio que se llevaban a los niños Sanmartín Polo, sin pensárselo dos veces, echó al camión a su hija Pili, que ya era adolescente, y le dijo: “No les quites la vista de encima y no te separes nunca de ellos, que no queremos perderlos”.

La experiencia francesa

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En Saint-Étienne, Sur de Francia. Curso 1939-1940

“Desolación, tristeza y desorden en los primeros meses en Francia”, así comienza esta parte de sus memorias. El agotamiento de la niña y la falta de referencias, lo reduce todo a unos vagos recuerdos en un tren que los llevaba hacia el Norte y a la experiencia en un campo de refugiados, cerca de París. En cambio, recrea con muchos detalles de su liberación, gracias a las listas cruzadas de la Cruz Roja. Esta primera etapa acabó con un final feliz en el Sur de Francia. Pero, cuando entraron los alemanes, volvió el conocido rostro de la guerra y regresaron a España a finales de 1941. Se acababa una pesadilla y comenzaba otra.

Vuelta a España. La represión, el miedo, el silencio y el olvido

En esta parte, ya van apareciendo detalles y reflexiones de una niña de diez años, muy madura para su edad. Con el miedo en el cuerpo y con un temperamento bondadoso, se esfuerza por encontrar su lugar sin llamar la atención. Nos impresiona cómo, después de tantas ofensas, es capaz de valorar cualquier mano tendida:

“No todo fueron rechazos, porque en el año 1942, a la vuelta de Francia, el consejo de don Pedro Arnal Cavero, amigo de mi padre, cambió el rumbo de mi vida”.

Una maestra ejemplar

Esta hija y nieta de maestros nacionales, también estudió Magisterio, y dedicó su vida a la enseñanza hasta su jubilación. Fue una maestra vocacional y cumplió exquisitamente con todos los deberes que le exigió el nuevo régimen. En el fondo, sabía que siempre iba a estar estrechamente vigilada por ser hija de quien era.

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Natalial en el salón de actos de la Facultad de Educación de Zaragoza. Mesa redonda del día 8 de marzo de 2011

Todavía conservo una libreta con las notas manuscritas de la conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza.  Y tengo subrayada esta frase: “Como os podréis imaginar, la vida y el testimonio de mis padres, además de en lo personal y emotivo, han condicionado mi vida profesional. Yo ya no podía ser otra cosa más que maestra. Y maestra nacional para mantener viva la memoria y el testimonio ideológico y pedagógico de mis padres”.

Su mejor lección: una vida de trabajo, en silencio y sin alharacas

Como os he dicho al principio, tenía difícil hablar de Natalia, porque ella misma ha contado su vida mejor de lo que pueda hacerlo yo. Y porque es imposible llegar hasta la profundidad de unos sentimientos en los que se adivinan un gran dolor, una generosidad sin límites y un tremendo afán por recordar. Su frase preferida sigue siendo: “Perdonar sí, pero olvidar, jamás”.

Yo tampoco podría olvidar si mi padre se hubiera tenido que esconder en las carboneras de la escuela y se hubiera desplomado al oír que habían engañado a mi madre y que la habían sacado de su casa para matarla en una cuneta. Es muy duro enterarte de los verdaderos acontecimientos muchos años después. Natalia, a raíz de escribir su libro, descubrió los detalles de los últimos días de sus padres. Que lo protegía doña Ubaldina, la directora de un grupo escolar, que no tenía nada que ver con su ideología. Que protegió a Arturo porque era un hombre bueno. Y que también la fusilaron a ella por eso. Que su padre se entregó cuando supo cómo habían matado a su madre, que lo pasearon como un eccehomo por las calles de la ciudad y que lo hicieron desaparecer.

Y no olvidare el mareo que sufrió Natalia el día que, en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, encontramos la noticia del fallecimiento de sus padres en La Vanguardia del 5 de marzo de 1937. Hasta entonces, las únicas noticias ciertas que tenía eran los recortes de unos periódicos, sin fecha ni nombre, que su tía le había cosido dentro del dobladillo del abrigo que llevó en las colonias y en Francia. En uno de ellos, en el artículo “El martirio de nuestros compañeros”, podemos leer: “Sanmartín befado y paseándolo arrastrado por una camioneta por las calles de Palencia. Sofía Polo, su mujer, madre de tres pequeñuelos, abandonado su cuerpo en la vía pública para pasto de los perros”. En otro se describe de forma espeluznante cómo vieron a unos perros que se comían los pechos de Sofía Polo. Nunca encontraron sus cuerpos y en los documentos oficiales consta que desaparecieron “a causa de los acontecimientos de la Guerra Civil”.

Natalia quiere hacer justicia a con la memoria de sus padres, y contar los abusos que sufrieron ellos y sus hijos, para que nunca se repitan. “El ensañamiento que siempre he percibido en la desaparición de mis padres, me ha dejado en muchas ocasiones con el corazón y con el ánimo estremecidos. Sobre todo me ha sobrecogido el odio tan tremendo que les tuvieron por ser personas libres, amantes de la justicia, de la igualdad y de la democracia”.

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Natalia en Miami Playa (Tarragona), verano de 2016.

Es muy fácil querer esta mujer coherente, íntegra y cariñosa, con deseos de justicia, pero no de venganza. A los ochenta y cinco años todavía mantiene la coquetería de la juventud, rezuma alegría y contagia las ganas de vivir.

Por eso hoy quiero hacerle este regalo y decirle: “¡Natalia, eres muy grande! Con tu ejemplo nos has hecho un poco mejores a los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de ti.

¡Felices fiestas! ¡Feliz cumpleaños!

Carmen Romeo Pemán

Fotografías. Cedidas por Natalia Sanmartín.

Natalia a sus 89 años sigue siendo la única niña de la guerra. La única que con su lucidez y serenidad nos sigue contando las aventuras de aquellos niños huérfanos que, arrancados de su familias, viajaron en trenes con destino a colonias, en realidad a campos de concentración para niños.

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Teruel, 31 de mayo de 2020. Natalia Sanmartín Polo (Madrid, 1931).

En el año 2021, confinada en su casa de Teruel por la pandemia, sigue los acontecimientos con lucidez. «Nunca pensé que viviría 90 años, y menos, que me tocaría volver a estar aislada de los míos como en la Guerra del 36. Y es que la gente no se ha enterado de que esta pandemia es una guerra sin bombas. Todo es igual. Los mismos discursos, los mismos miedos, todos en refugios. La diferencia es que no es lo mismo dormir en tu casa que en el metro de Barcelona esperando las bombas». Y continuamos hablando. «Toda mi vida he escrito un diario. Ya llevo unos días sin escribir. Es tan triste la situación que mejor no contarla».

¡Felicidades, Natalia! Espero que esta entrada vaya creciendo durante muchos años.

«Teruel, 31 de mayo de 2020. Natalia Sanmartín Polo (Madrid, 1931).

A sus 90 años, Natalia pudo contemplar la placa de una calle dedicada a su madre. Esperemos que no tarde en llegar la de su padre, dos figuras vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza. No olvidemos que Natalia lleva el mismo nombre que la hija de Bartolomé Cossío. ¡Enhorabuena, Natalia!

Escritor se escribe con E

Bloqueada. Así estaba yo cuando pensaba en que se acercaba mi día de publicar en Letras desde Mocade. Miré al techo buscando inspiración, igual que Serrat en la canción “No hago otra cosa que pensar en ti”, pero, aparte de comprobar que no necesitaba una mano de pintura, no se me ocurría nada. Cerré los ojos para convocar a las Ideas. Todo inútil. Recorté mis aspiraciones y me concentré en alumbrar alguna Frase Ingeniosa como punto de partida. Cero patatero. Hice un esfuerzo más: me conformaría con una simple Palabra. En vano. Mi mente era un lienzo más blanco que Siberia en enero. De pronto, casi con el rabillo del ojo, la vi: ¡era Ella, la E! Me llamaba dando saltitos mientras intentaba hacerse oír: “¡Eh! ¡Estoy En Este Escenario!”. Era la primera vez que veía una letra viva. Comprendí que, en la escritura, la humildad es la base. Las obras maestras pueden nacer de ideas grandiosas, frases lapidarias o palabras clave. Pero no llegarían a ver la luz sin esos pequeños céntimos casi invisibles que son las pobres e ignoradas letras. Y, como la E había sido la más Espabilada, decidí rendirle un merecido homenaje en el que reconocería su aportación al arte de Escribir. Y a eso voy.

En la literatura, como en casi todo, hay Extremos. ¡Qué duda cabe! Y Enfrentar Esos Extremos Es Entretenido.

Expectativas y Esperanzas: no es que sean en sentido estricto términos opuestos, pero vale la pena una pequeña reflexión sobre estas dos facetas. Las Expectativas me llevan al lado de la razón, a planificar, a organizar, a diseñar Estrategias para alcanzar algo. Y ese algo que está al otro lado del Espejo son mis Esperanzas, las que habitan en la otra cara oculta, la del país del corazón, de los sueños. Y, si consigo ensamblar esas dos caras para que se alternen con la misma regularidad con la que sale y se pone el sol, estaré bien Encaminada. O, al menos, eso quiero pensar.

Estancada y Elevada: pues eso. A ver a quién no le ha ocurrido lo mismo que a mí. Hoy, sin ir más lejos, me encontraba Estancada en ese pantano del bloqueo que he mencionado al principio de este divertimento. De pronto, cuando parecía que nada podía salvarme, ha llegado la musa. Y ha debido compadecerse de esta aspirante a autora, porque me ha susurrado algo al oído. A lo mejor era toda una idea que empezaba por E, y solo llegué a escuchar el principio. Creo que llegué a oír algo así como “Escucha…” pero los saltitos de la E me distrajeron, y no me enteré de lo demás.

Emprendedora y Escondida: son dos calificativos que cualquiera que escriba se puede atribuir sin miedo a equivocarse. La timidez del principiante hace que muchas personas con auténtico talento se resistan a salir del escondite, a exponerse a la crítica del público. Pero, por suerte para todos, hay muchos, ¡y ojalá sean cada día más!, que deciden emprender el camino de la visibilidad y no temen exponer sus relatos, sus artículos, e incluso sus patochadas, al análisis de los demás mortales. No quiero señalar, pero mi índice, como la cabeza de la niña de El Exorcista, se ha girado y me apunta al centro de la nariz. Vale, me he puesto como un Ejemplo Esperpéntico, pero Ejemplo al fin y al cabo.

Explorar o Estabilidad: la literatura, la novela, los relatos, el teatro, casi todo tiene sus normas establecidas. Y está bien. Es bueno contar con un andamiaje básico. Hay maestros de la literatura cuyas obras son verdaderos paradigmas y objeto de libros de texto para aprendices a escritores. Pero es aún mejor que surjan de vez en cuando verdaderos genios que no se conforman con lo establecido y se dedican al maravilloso arte de Explorar. Surge, por ejemplo, un Julio Cortázar, con esa Rayuela que habla por sí sola. Y la posibilidad de que aparezca de vez en cuando uno de esos genios aumenta cuando crece el enjambre de los principiantes, de los aspirantes, a los que se nos ocurren cosas tan absurdas como esta de rendir homenaje con un artículo a la simple y elemental letra E. Sería más solemne disertar sobre una idea grandiosa, una causa noble o un personaje excepcional. Pero en el bloqueo, como en la guerra, vale todo.

La Escritura es todo eso: Es Estancarse, Entretenerse, Embarrullarse Entre Esperanzas, Explorar, Elegir, Elucubrar, Emocionarse, Encontrar En El Espacio Ejemplos Emocionantes, Enojarse, Enaltecerse…

La Escritura, repito, es todo eso y mucho más. Es el lazo, el Eslabón, que puede unir a personas que tienen en común el amor por escribir. Y cuando el azar hace que personas así se conozcan, como es el caso de mis compañeras de Letras desde Mocade y el mío, el resultado no puede ser más Espléndido para mí: Encontrar el valor y la decisión de hacer de mi escritura una realidad. Aunque sea con un artículo humorístico, que Espero Encuentren Entretenido, sobre la letra E. Cosas como esta sencilla reflexión sin aspiraciones son las que, al final, se convierten en un ladrillo más que va asfaltando y haciendo más transitable nuestra ruta literaria.

Vaya, por tanto, mi rendido homenaje a esa letra, como muestra del respeto que merece cada una de las que forman el abecedario. Solo espero que sus compañeras no imiten el ejemplo de esta Espabilada, porque, lo confieso, mi neurona no da para más. ¡Estoy Exhausta!

Adela Castañón

Foto:Copyright : aleksan

Carta a Irene Vallejo y Lina Vila

Hoy voy a compartir con vosotros una carta que les he escrito a estas dos alumnas por su libro La leyenda de las mareas mansas, inspirada en Ceix y Alcione, una fábula de Ovidio. He sido testigo de la evolución de las autoras desde sus comienzos y, además, me siento muy orgullosa de haber sido su profesora.

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A veces los profesores pensamos que hemos dejado alguna huella importante en nuestros alumnos. Pero yo no estoy muy segura. En cambio, ellos han dejado profundas huellas en mí. Por eso puedo describir a Lina y a Irene en sus respectivas aulas del Instituto Goya de Zaragoza. Y lo mismo podría hacer con sus compañeros de clase y con los de otras promociones.

Queridas Lina e Irene:

Con Las mareas mansas me habéis emocionado, ¡y mucho! Es la primera vez que me encuentro con un libro realizado por dos de mis alumnas a cuatro manos. ¡Sí, por las dos! Irene escribe y Lina dibuja y pinta.

La primera fuiste tú, Lina

Allá por 1986. Te recuerdo en el Instituto Goya, en el aula del fondo del pasillo de arriba, a la derecha, siempre dibujando.

En tus apuntes, que no sé si los conservas, alternabas la escritura con sugerentes dibujos. Cualquier papel que cayera en tus manos acababa repleto de dibujos. Tampoco perdías oportunidad para ilustrar tus libros de texto y los de tus compañeros: una verdadera primicia del arte que hoy haces realidad en Las mareas mansas. Sé que no te consideras ilustradora, pero en el instituto ya apuntabas maneras. También recuerdo a tu profesor de Dibujo diciéndome: “Carmen, a ver si me la tratas bien, que esta chica va a ser una figura en Bellas Artes.” ¡Y no se equivocaba!

Irene, tú llegaste más tarde

Yo te conocí en 1998, en tu año de COU. Tus profesores anteriores me habían hablado mucho de ti, sobre todo los de Lenguas Clásicas. Aún puedo oír a Pilar Iranzo: “Carmen, Irene va a estudiar Clásicas. Así que colabora y no te la lleves a Hispánicas”.

Cuando llegaste a mis manos ya estabas enamorada de la cultura griega. Por eso me sorprendió tanto el día que me dijiste que tenías escrito un cuento sobre la Guerra Civil en Zaragoza. A los pocos días me trajiste el manuscrito de La fisonomía del soldado. Me quedé muda. Tu prosa, con un tono seguro y un gran pulso narrativo, era de gran madurez.

Decidiste mandarlo al Quinto Certamen de los Nuevos de Alfaguara, que se convocaba para los alumnos de bachillerato de toda España. Pero tenía que presentarlo e informarlo tu profesora de literatura. Y así lo hice. Tú lo maquillaste y yo lo mandé. ¡Qué alegría el día que me comunicaron que estabas entre los diez jóvenes ganadores! Teníamos que ir juntas a recoger el premio a Madrid. El viaje resultó inolvidable. En el tren de vuelta, se me ocurrió comentarte: “Este relato es de gran potencia narrativa. Tiene que ser el germen de una novela”. Como acostumbrabas, me miraste con los ojos muy abiertos y no me contestaste nada. En el año 2011, cuando publicaste La luz sepultada, me dijiste: “Esta novela tiene su origen en La fisonomía del soldado”. Volví a sentir una alegría inmensa. Aunque me había limitado a apoyarte en tus comienzos, yo ya me sentía parte de tu trayectoria narrativa.

Alfaguara publicó los diez relatos. Presidía el jurado José María Merino. Fanny Rubio elogió el ritmo poético de tu prosa. Tu relato no dejó a nadie indiferente.

Aquellas dos promesas del pasado sois las artistas de hoy

Vosotras, mis queridas alumnas, sois las autoras de esta doble joya que tengo en mis manos. ¡Doble joya, sí! Por el valor poético de la palabra de Irene y por las ilustraciones de Lina. Cada una de ellas es una obra de arte. Y todas merecerían estar colgadas en un lugar especial de nuestras casas.mareas-mansas-11

Hay premoniciones que, como los sueños que tejen los dioses, siempre se cumplen. Una tarde que estaba preparando las clases del día siguiente, la fábula de Ceix y Alcione, me trajo a la memoria Siete años con las aves, un libro de Ricardo Vila sobre los pájaros de El Frago. Por un momento, dejé a Ovidio y contemplé las fotos de Ricardo. El corazón me aleteó en el pecho cuando identifiqué a los martines pescadores fragolinos con los alciones clásicos. Es decir, Ovidio, en esta metamorfosis, hablaba de los mismos pájaros que habían poblado los paisajes de mi infancia.

Esa misma tarde, como siempre que leo a los autores griegos y romanos, pensé en ti, Irene. En tu facilidad para allanarnos el camino hacia la literatura antigua. Creí que serías la persona indicada para devolvernos esa hermosa historia de amor en un lenguaje moderno.

¿Cómo os habéis compenetrado tanto?

Cada vez que veo la imagen de la portada que acompaña al nuevo título, La leyenda de las mareas mansas, estoy más convencida de que esta maravilla ha sido posible gracias a que os habéis juntado dos autoras de fina sensibilidad. Entre las dos habéis sintetizado en una imagen, simple y bella, el sentido transcendente de la fábula de Ovidio en la que los dioses metamorfosearon a Ceix y Alcione en martines pescadores, o alciones, para que pudieran prolongar su amor eternamente.mareas-mansas-7

Vuestra leyenda acaba, de forma cíclica, explicando la ilustración de la portada: Estas aves de pecho cobrizo anidan siempre al borde del agua. En los siete días anteriores y los siete posteriores al solsticio de invierno incuban sus huevos. Durante esas dos semanas las olas se calman y las mareas son mansas, porque el dios del Viento serena el mar para sus nietos los alciones.

Pero, no temáis, que no he contado el meollo de la historia. Irene, solo he seguido tus estrategias narrativas. En el capítulo cuatro, en un momento en el que parece que adelantas el desenlace final, dejas hablar a un narrador amable para que nos tranquilice: Este es un cuento diferente. Lo que va a suceder es inesperado y maravilloso. Sigue adelante, abre bien los ojos, presta atención.

Mis tres lecturas

Os confieso que he hecho tres lecturas para poder valoraros a cada una por separado.

La primera. Mirando las ilustraciones y prescindiendo del texto literario. Son unas imágenes tan expresivas, con tanta fuerza narrativa, que no he necesitado ninguna explicación escrita para reconocer la fábula de Ceix y Alcione. Además, a través de ellas, te veía el alma, Lina.mareas-mansas-5

La segunda. Leyéndote a ti, Irene, sin mirar las ilustraciones de Lina. Entonces me ha parecido que nos estabas contando un cuento del folclore tradicional. No sé cómo te las arreglas, pero desde el primer momento me has hechizado. Me has aislado en la lectura y me has hecho olvidar del mundo exterior. ¡Hasta el Ovidio, en el que te has inspirado!

La tercera. A la vez que leía el texto, miraba las imágenes. Esta lectura me ha llevado a una historia nueva y diferente. He apreciado que vuestros dos lenguajes caminan en equilibrio. Ninguno se apodera del otro. Se nota que las imágenes y el texto han nacido de un trabajo conjunto y armonioso. El lector puede cruzar, sin prisa y con calma, los puentes que tendéis de un lenguaje a otro.

Y ahora, ¿cómo sintetizo ese mundo tan rico que me habéis transmitido?

Lina, no es casualidad que utilices la acuarela para un libro tan acuático. Con unos formatos muy pequeños, has conseguido despertarme unas sensaciones vibrantes. Además, has elegido los colores con muy buen tino. Los oscuros para los momentos de dolor y ausencia. Y los brillantes para los del amor y el renacer a la vida. He apreciado tu gran sutileza en el capítulo de la gran tragedia: con un fundido en negro evitas representar a la muerte.

Irene, me ha gustado cómo juntas lo popular y lo culto. Cómo rescatas la oralidad de los cuentos maravillosos y la magia del arte de contar. Me ha encantado ese narrador que nos acompaña para que no desfallezcamos. Un narrador pensado, sobre todo, para acompañar a los niños.

Queridas Irene y Lina:

Ha sido un placer recuperaros a través de esta leyenda. Y una experiencia muy gozosa haber tenido la oportunidad de presenciar cómo la literatura y el arte han hecho confluir vuestros caminos para crear una obra tan espléndida.

Carmen Romeo Pemán

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