La danza de los estorninos en el cielo de Huesca

Los estorninos dibujan un murmullo fractal en el cielo. “Danza del amor y la muerte. Cuento fantástico”, Aleph Sturning.

Los estorninos habían elegido el Parque Grande como dormidero. Con las primeras nieblas otoñales, a primera hora de la mañana, las bandadas de estorninos, que salían en buscade comida, oscurecían el cielo. La ciudad se despertaba cubierta con un manto blanco de excrementos de estos pájaros, negros y picudos, que no paraban de graznar. Un penetrante olor fétido se expandía por todos los rincones de las casas. Llegaba hasta las cocinas, se agarraba a las gargantas, entraba en los estómagos y producía náuseas y vómitos.

Durante el día invadían las cosechas de los campos. Entre los sembrados, se veían miles de puntos negros pirateando las semillas. Los que tenían el buche lleno se colgaban, como notas de solfeo, en el pentagrama de las líneas telefónicas y en los cables de la luz.

Las autoridades trataron de echarlos con grandes hogueras y mucho humo, pero fracasaron. Tampoco lo consiguieron con fuegos artificiales. Ni lo lograron los vecinos que intentaban espantarlos imitando sus graznidos. Los cazadores, con batidas a tiro limpio, provocaron una mayor algarabía de estorninos.

Entre todos consiguieron que se alejaran durante el invierno. Aunque, en realidad, eso se debía a su instinto migratorio.

Los del Ayuntamiento instalaron en la copa del pino más alto del parque un robot con apariencia humana. En 1995 sustituyeron los tradicionales espantapájaros por un estorninator que los oscenses bautizaron como Tordokoph. Es que eso de estorninos era un nombre muy reciente.

—¿Adónde vamos a parar? Mira que llamar estornino a lo que siempre hemos llamado tordo? —le comentaba una vecina a otra de ventana a ventana.

El estorninator era un artilugio del diseñador Julio Luzán, el mismo que creó las rupertas de Chicho Ibáñez Serrador para el programa “Un, dos, tres…”. Este robot de apariencia humana se movía como un hábil cazador.

—He elegido la forma de un humanoide cazando porque los pájaros tienen muy interiorizada la figura del cazador —así lo explicó Luzán a la prensa.

El Tordokoph llevaba una armadura de hierro, como los caballeros de las cruzadas. Debajo de la celada, unos altavoces con sonidos de disparos y otros con graznidos de estornino. Con esos irritantes chillidos que emiten estos pájaros cuando sienten un peligro cerca. En la cota de malla se enredaban unos cables que acababan en potentes focos, como los del teatro. De vez en cuando,emitían unas ráfagas de luz en forma de lenguas de fuego para incomodar a esta plaga de okupas.

En menos de una semana, este espantapájaros moderno, equipado con motor, escopeta y altavoces, se había convertido en una de las mayores atracciones de Huesca. Y en menos de un mes, en la entrada del parque se formaban largas colas con turistas de todo el mundo. El Tordokoph había hecho tan famosa a la capital oscense como el Ecce Homo a Borja.

Las opiniones sobre el Tordokoph estaban divididas. Los ecologistas decían que rompía las vías naturales de la migración. Los políticos discutían si la cibernética podría llegar más lejos que la cinegética. Los del Ayuntamiento creían que iba a ser un método muy eficaz porque el cerebro de las aves había evolucionado tanto que ya era casi como el de los humanos. Por eso resultaba cada vez más difícil asustarlas con los medios tradicionales. Las amas de casa llamaban a la radio local para protestar por un artilugio que provocaba estrés y agresividad a sus mascotas.

Y no todos estaban de acuerdo en que los estorninos fueran una plaga molesta. Para los científicos los “murmullos de estorninos” eran un ejemplo de “inteligencia del enjambre”, como la de los grandes cardúmenes de peces.

Para las matemáticas del caos, además de volar con perfecta coordinación, dibujaban en el cielo la figura de un estornino gigante, el autorretrato del que cada uno de ellos era un fractal.

Para los músicos y poetas, el susurro de estas nubes negras era un momento extraordinario. Mozart llegó a vivir tres años con un estornino. Cuando murió, lo enterró en el jardín y le escribió un poema: “Aquí descansa un querido y pequeño loco: mi estornino”.

Mientras tanto, el pastor del Arrabal, furioso porque se le comían el pienso de su rebaño, en pocas horas cazó más de diez mil con el método tradicional de las redes. Él, como sus antepasados, sabía que, en otoño, las densas nubes de estorninos volaban muy bajo y bailaban una danza coordinada y misteriosa. Y también sabía que esa danza era un momento muy oportuno para la caza.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Huesca. Una bandada de estorninos al amanecer.

Este año de 2018 se cumple el 25 aniversario de la llegada de los estorninos a Huesca.

Razón o emoción: no hace falta elegir

A finales de enero, Carla Campos nos convencía de que el amor no es eso que muchas veces nos venden. Hace unos días, Mónica Solano nos deleitaba con un creativo relato sobre la mecánica del amor. Y el catorce de febrero acabaremos empachados de corazones rojos que nos aguijonearán para inducirnos al consumismo comercial del día de los enamorados. Como si lo del enamoramiento y una determinada fecha del almanaque tuvieran que ser un matrimonio de conveniencia. Todo esto me lleva a pensar si es inteligente dejarse gobernar por las emociones o si, por el contrario, cometemos un error cuando lo hacemos.

La supervivencia de la especie humana, de la que vosotros y yo somos parte, se debe a un extraordinario diseño biológico condicionado por multitud de factores. Contamos con una serie de mecanismos que manejan nuestro espectro emocional y, a veces, nos hacen responder a algunos retos del mundo contemporáneo como criaturas del Paleolítico. De unos años a esta parte han surgido nuevos enfoques sobre esos temas y de ellos quiero hablaros en este artículo.

Base biológica

Las nuevas técnicas de imagen nos permiten conocer mejor el funcionamiento de nuestro cerebro. Y los científicos han intentado racionalizar desde la mente algunos de los enigmas irracionales de nuestro corazón.

La parte más primitiva de nuestro cerebro, la que regula funciones básicas, se localiza en el tallo encefálico. Y rodeando a esa región se halla el sistema límbico, que juega un importante papel en la relación entre las emociones y las respuestas cerebrales. La evolución de este sistema permitió que nuestros antepasados fueran adaptando sus acciones a los cambios sucesivos del entorno. Gracias al aprendizaje y la memoria, dos herramientas magníficas, desarrollaron capacidades como, por ejemplo, identificar peligros, sentir temor ante determinados estímulos y aprender técnicas para evitar riesgos.

Sobre esa base, hace millones de años, se fue desarrollando el neocórtex que nos diferencia del resto de las especies. Ahí radica lo que nos hace más humanos: la capacidad de tener pensamientos sobre nuestros sentimientos y de desarrollar un amplio abanico de reacciones ante cualquier estímulo emocional.

Repercusiones

Ese equipaje biológico, que en principio es algo bueno y positivo, nos puede hace caer en el error de pensar que la racionalidad prima sobre nuestros sentimientos porque somos capaces de controlar nuestras emociones. Pero no es tan sencillo: todos conocemos personas “estrella” en su trabajo a pesar de que su experiencia profesional o su capacidad intelectual no destaquen sobre los demás. Y, por otro lado, basta recordar a alguien gritando cuando pierde los estribos para echar por tierra esa premisa de que la razón siempre manda más que la emoción.  Así que, ¿qué domina entonces?: ¿La razón o el sentimiento? ¿La inteligencia o la emoción? ¿Qué factores hacen que una determinada persona evolucione hasta ser un triunfador carismático o un asesino psicópata?

Para Daniel Goleman, la respuesta está en lo que él llama “inteligencia emocional”: un conjunto de habilidades que, aunque tengan en parte un origen genético, se pueden moldear, aprender y perfeccionar a lo largo de nuestra vida. Esas habilidades personales e interpersonales nos ayudan a conocernos más y a transmitir mejor nuestras emociones, optimizando nuestras relaciones con los demás y, en consecuencia, nuestra experiencia vital.

Ampliando conceptos

La siguiente pregunta sería sobre la naturaleza de esas habilidades. Y la respuesta es bastante intuitiva: en el lote se incluyen la empatía, el entusiasmo, el autocontrol, la capacidad de motivación personal, y otras similares. Todos estos motores pondrán en marcha las emociones. Y toda emoción es un impulso que nos conduce a la acción. En latín, el prefijo e/ex señala un objetivo. Y movere significa moverse. Si pensamos por tanto en la reacción de un animal o de un bebé comprenderemos que sus emociones son un “movimiento hacia” una acción que puede ser huir, llorar, buscar a la madre, etc. Pero nuestras experiencias vitales y nuestro entorno van moldeando ese bagaje genético y lo enriquecen con una mayor variabilidad de respuestas.

Y volvemos a la importancia de la interacción del neocórtex cerebral con el sistema límbico. Sería muy complejo intentar explicar aquí la neurofisiología de esa relación, pero basta saber que todos tenemos dos mentes distintas: la que piensa y la que siente. Y cada una se rige por circuitos cerebrales diferentes pero relacionados entre sí.

El intelecto puro y duro no funcionará de modo adecuado si el sistema límbico y el neocórtex no se coordinan bien. Si lo hacen, los pensamientos condicionarán y enriquecerán las emociones, y viceversa. No obstante, en ocasiones un estímulo con una potente carga emocional puede activar sistemas neurológicos más primitivos que desencadenan una reacción de emergencia capaz de dominar a nuestra parte racional provocando comportamientos desproporcionados. Un ejemplo sería el de alguien que comete un homicidio cegado por un ataque de ira.

Existen bastantes estudios que comparan el grado de satisfacción de unos jóvenes con altas puntuaciones en un test de inteligencia con la de otros con puntuaciones dentro del promedio. Para eso se utilizan indicadores como la felicidad o el éxito profesional. Y, sorprendentemente, todos concluyen que el coeficiente intelectual no representa ni a un 20% de los factores que llevan al éxito. Y dentro del 80% restante tenemos otro tipo de factores como la suerte, la clase social y, en gran medida, la inteligencia emocional.

Si me extendiera en detalles del amplio abanico de habilidades, me daría para un libro, pero merecen que, por lo menos, nombre a algunas de ellas:

  • Autocontrol
  • Conocimiento de uno mismo
  • Empatía
  • Entusiasmo
  • Capacidad de reconocer los errores
  • Positivismo
  • Asertividad
  • Proactividad
  • Y un largo, larguísimo etc.

¿Y, entonces…?

Pues entonces me gustaría que todo lo que he expuesto os sirviera para dejar claro que podemos dominar, con mayor o menor acierto, nuestra vida emocional, lo mismo que podemos aprender química o literatura. Tengo datos de primera mano, y no soy la única. Cualquier persona que tenga un ser querido con autismo podrá dar testimonio de los resultados que se obtienen cuando los profesionales de la inteligencia emocional trabajan con niños o jóvenes con autismo. Y la aplicación de esos conceptos para conseguir una vida plena es universal, y no se limita a patologías mentales.

Todo se puede lograr si se tiene interés. A base de aprendizaje y de práctica, porque recordemos que saber no basta. Pero solo averiguaremos hasta dónde podemos llegar si lo intentamos.

Adela Castañón

 

Imágenes: Lifeder, Habilidad social

¿Es santa Águeda una santa feminista?

  • Sancta Agatha, ora pro nobis
  • Sancte Agatha et Apollonia, orate pro nobis
  • Sancte vos in mulieribus, orate pro nobis

No recuerdo desde cuándo. Yo diría que desde siempre. En la iglesia de El Frago rezábamos una novena con estas letanías a las más santas entre todas las mujeres, a nuestras abogadas: santa Águeda, el día cinco de febrero y santa Apolonia, el día nueve del mismo mes. La víspera, además de los rezos, las chicas encendíamos grandes hogueras en su honor en medio de la plaza mayor.

Este cinco de febrero, muchas mujeres acudirán a los lugares de culto y cantarán en español lo que antaño recitábamos en latín.

  • Santa Águeda, ruega por nosotros
  • Santa Águeda y santa Apolonia, rogad por nosotros
  • Vosotras, santas entre todas las mujeres, rogad por nosotros

Y yo, al compás de estos y aquellos rezos, voy a evocar una parte de esta historia. Porque santa Águeda y santa Apolonia fueron santas muy populares. Y porque las redes están viralizando la figura y los festejos de santa Águeda.

Antes de continuar, quiero deciros que si alguien me pregunta a bocajarro si santa Águeda es una santa feminista le contestaré que no. Que a Santa Águeda la han convertido en la patrona de las mujeres para salvaguardar las leyes del patriarcado. Que han hecho coincidir su fiesta con la de antiguos ritos paganos de inversión. Que interesaba cristianizar los pilares básicos de la sociedad patriarcal para fortalecerlos. Y que ella no tiene la culpa de que intenten sacar beneficios de sus virtudes y de su historia.

El nombre. Ágata, Ágeda, Águeda y Gadea

Santa Águeda, como muchas santas, fue bautizada con un nombre parlante o descriptivo. Estos nombres, igual que los apodos, sintetizan las virtudes o defectos de las personas que los llevan. Son frecuentes en la literatura tradicional y en los cuentos populares. Cuando oímos Trotaconventos, Blanca Nieves, Caperucita Roja o Barba Azul, nos hacemos una imagen muy clara del personaje. Y no es lo mismo llamarse Pipi Calzaslargas que Maléfica.

Agathe, la bondadosa o la virtuosa, era un apodo corriente para las chicas de la Grecia Clásica. Y se esperaba que estas virtudes las adornaran, como cantaba su nombre.

Santa Ágata fue muy popular en toda Europa: Agata, en latín e italiano; Agatha, en inglés y portugués; Agathe, en francés; Adega, en gallego.

En España fue tan popular que se adaptó fonéticamente y perdió el significado descriptivo. Desde fechas tempranas se convirtió en Ágeda, Águeda y Gadea.

  • En Santa Gadea de Burgos, do juran los fijosdalgo,
  • allí le toma las juras el Cid al rey castellano. (“La jura de Santa Gadea”, romance)

Alfonso VI desterró a don Rodrigo Díaz de Vivar y la santa, como se esperaba de sus virtudes, cuidó de doña Jimena y de sus hijas, que se quedaron en Cardeña.

Las vidas de santos

En la alta Edad Media se escribieron vidas de santos para que sirvieran de modelo a los cristianos. Tenían un fin pedagógico, no eran dogmas de fe y estaban escritas con el gusto literario de la época: elementos maravillosos y descripciones desgarradoras con las que era fácil despertar los sentimientos y llamar a la piedad. Se llegó a crear un patrón retórico muy elaborado.

Las biografías de las santas comparten muchos elementos y, salvo pequeños detalles, podríamos intercambiar algunas. La vida de Santa Águeda sigue uno de esos patrones y la santa comparte sufrimientos con otras mártires. La devoción a esta santa se propagó con rapidez porque se adaptaba bien a las exigencias patriarcales.

La historia de santa Águeda

Nació en Palermo y murió en Catania, Sicilia, el año 251, durante la persecución de Decio. El senador Quintiliano, atraído por la singular belleza de esta joven de familia distinguida, intentó poseerla. Pero ella, con un comportamiento virtuoso, como se esperaba de su nombre, le juró que se había comprometido con Jesucristo y lo rechazó. El senador, herido en su prepotencia masculina, ordenó que la condenaran, que le cortaran los pechos y que la arrojaran sobre unos carbones encendidos. Según la leyenda, el Etna entró en erupción el año de su tortura. Los habitantes de Catania imploraron su intercesión y la lava se detuvo en las puertas de la ciudad.

Una santa protectora

Los santos protegían a los hombres de sus temores y de las amenazas que se cernían sobre ellos. Los liberaban de las enfermedades, de las guerras y de las epidemias. Como se creía que estos males estaban provocados por la ira de los dioses, los santos eran unos intermediarios que intentaban aplacarla. Para conseguir sus favores, los hombres les hicieron estatuas, fundaron cofradías y erigieron santuarios, en los que se solicitaba su intercesión.

Junto a los rezos y ritos para conseguir la protección frente a las enfermedades también les pedían que favorecieran la fertilidad y la lactancia, porque en épocas de guerras y epidemias se llegó a temer por la desaparición de la raza humana. Estas costumbres se popularizaron en la Alta Edad Media a través de los caminos de los peregrinos.

Con la llegada del cristianismo, las antiguas divinidades paganas se consagraron a las nuevas advocaciones religiosas, sobre todo a la Virgen y a los santos. En este tránsito de lo pagano a lo cristiano, santa Águeda fue una de las santas con mayor fortuna.

Patrona de las casadas

Como muchas de sus compañeras de altar, estuvo relacionada con las enfermedades de las mujeres. Por los rasgos de su biografía se convirtió en la protectora de las casadas, de las enfermedades de los pechos, de la lactancia y de los partos difíciles. El carácter de sanadora que se le atribuyó en el País Vasco la llevó a ser la patrona de las enfermeras.

Santa Apolonia-1

Su papel era diferente al de su vecina santa Apolonia, patrona de las solteras y del dolor de muelas. Y compite con santa Bárbara en la protección contra los volcanes, los rayos y los incendios.

Abogada de la lactancia

Hasta mitad del siglo XX, las mujeres de clase alta dejaban la lactancia de sus hijos en los pechos de las nodrizas. Precisamente, para animarlas a que dieran de mamar, se crearon advocaciones de diosas y santas amamantando.

Esta costumbre venía de lejos. En Egipto la diosa Isis daba de mamar a su hijo. En las catacumbas la Virgen amamantaba al Niño. En el Renacimiento y en el Barroco abundaron las Vírgenes de la Buena Leche. La Virgen fue un modelo, pero hubo santas que también favorecieron la lactancia. Sobre todo, santa Brígida, festejada el uno de febrero, y santa Águeda, el cinco. Se eligieron fechas cercanas para reforzar el mensaje.

Origen ancestral

Esta fiesta tiene muchos elementos de origen pre cristiano. En España era frecuente mezclar los cultos celtas con los de importación romana. En la Edad Media, la Iglesia intentó suprimir las fiestas paganas. Pero, como era imposible desterrar unas costumbres muy arraigadas, las cristianizó y las llenó de un significado religioso.

En santa Águeda confluyeron tradiciones matriarcales celtas con romanas. Es decir, en sus festejos hay elementos folklóricos más antiguos que la propia santa.

Y, por si fuera poco este sincretismo de elementos arcaicos, hoy andan revueltas santa Águeda, patrona de las casadas, y santa Apolonia, de las solteras. Esto es, andan mezcladas la fiesta de inversión de las casadas con la de iniciación de las solteras.

El mundo al revés

Estas celebraciones que ponían el mundo patas arriba eran necesarias para respetar y fortalecer el orden social. Consistían en dar el poder a los subordinados un día al año, en permitirles que se desahogaran con expresiones satíricas y burlescas. Y debajo de la alegría desbordante, latía la condición tácita de que el resto del año volverían el orden y la subordinación.

En la Edad Media la Iglesia controló estas fiestas, las santificó y les adjudicó un patrón. En ese reparto, como acabamos de ver, a santa Águeda le correspondió la fiesta de las casadas. Para asegurar y reforzar el papel de superioridad de los varones, era importante que un día al año las mujeres desahogaran y anularan sus deseos de mando, de forma colectiva.

Las aguederas de Zamarramala conservan abundantes elementos paganos de la fiesta. Estas alcaldesas segovianas muy vivas en el folklore, han sido tema de obras literarias españolas.

Para terminar

Al principio santa Águeda era solo patrona de las casadas. Cuando se vaciaron los pueblos y se perdió la fiesta de santa Apolonia, patrona de las solteras, santa Águeda se quedó con todas. Y esto no fue bueno para las mujeres. Desde entonces resulta más fácil controlarnos juntas.

El día cinco de febrero se favorecen los juegos del mundo al revés. Ese día las mujeres recorremos las calles de las ciudades alardeando de una libertad colectiva. Aunque es una libertad bajo fianza. Porque, creyendo que hemos recuperado la libertad, hacemos el juego al patriarcado, que ha encontrado en este tipo de fiestas un sutil camino para su fortalecimiento.

Pero, mientras buscamos una mejor solución para agasajar a nuestra santa sin servir al androcentrismo, aprovecharemos esta grieta para gritar: ¡Viva, santa Águeda!

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. Santa Águeda, Biel (Zaragoza), siglo XVII. Es el lienzo de la derecha del altar de san Roque de la iglesia parroquial de San Martín de Biel. En la parte inferior derecha, entre la corona del martirio y los dos senos, podemos leer Sª AGEDA.

El amor no es eso: contra la literatura romántica machista

Dentro de la literatura, la novela romántica tal y como se escribe hoy se considera un subgénero, una categoría menor de libros fáciles y planos. Fast-books los llaman, como llaman fast-food al Burger King porque es comida y, a la vez, no lo es.

En realidad, da igual. No se puede considerar alta literatura a todo lo que se escribe, independientemente del género, y no me voy a meter en este tema del que ya hablé la semana pasada en Origen cuántico. Sin embargo, quiero que nos paremos a pensar en la literatura romántica que se vende porque, si bien no es un género que me entusiasme (ni siquiera me interesa especialmente), me preocupa el mensaje que transmiten los últimos best-sellers que se han publicado, especialmente a sus consumidores más jóvenes.

Hace unos años, aprovechando que la daban por televisión, vi la segunda parte de Crepúsculo. No era mi intención, pues fui engañada al cine a ver la primera dispuesta a pasar un rato ameno con una película palomitera de vampiros y hombres lobos pegándose zarpazos y mordiscos. Podéis imaginaros mi decepción cuando me encontré con una historia sobre la relación de un hombre centenario que va al instituto y se enamora de una niña tan frágil que se aferra a él como una garrapata pensando que el control es amor.

Pero una amiga me dijo que la segunda parte era tan ridícula, con la protagonista gritando en sueños como si la estuviera desgarrando un zombie por dentro, que me iba a parecer divertidísima. Me dejé convencer, sí. Recuerdo que estábamos mi pareja y yo en casa, él con la boca abierta y yo con el ceño fruncido igual que una Anastasia Steele cualquiera*. No entendía nada. No me entraba en la cabeza que una chica tan joven tuviera necesidad de un chico al que apenas conocía y que, además, había llegado a hacerle daño aunque fuera “sin querer”. No entendía, tampoco, por qué se ponía en peligro solo para sentirlo unos segundos, en una suerte de chantaje emocional hacia él. Menos aún, por qué quería morir por no tenerlo al lado. Para mí eso no era amor, era una depresión de caballo por no entender cómo funcionaban las relaciones interpersonales y me agobiaba pensar que esa niña estuviera pasándolo tan mal sin que su padre la llevara a un psiquiatra.

Y entonces, cuando lo hablé con otras personas y les expliqué que me había sentido angustiada, agobiada, viendo la película, me contestaron con una frase lapidaria: “tía, es que tú no eres nada romántica”.

Pensaba que el problema era mío. En serio. Lo tenía completamente asumido. Pensaba que yo tenía un concepto del amor extraño o que yo no había sentido amor de verdad porque, a juzgar por lo que leía o veía, el amor de verdad te anulaba hasta el suicidio si no era correspondido.

Hasta que empecé a leer sobre relaciones tóxicas.

Esto no es amor

Me di cuenta de que el agobio que sentí con Crepúsculo fue una reacción lógica al ver a una niña en una relación enfermiza, donde un individuo controla a otro que se anula en una suerte de amor mal entendido.

Y lo llamaban romanticismo.

No penséis que este “romanticismo” se ve únicamente en novelas para adolescentes, no. Esta suerte de amor romántico de personas anuladas y controladas acecha detrás de muchas portadas, esperando agazapado a que un lector despistado las levante.

Después de mi experiencia con Crepúsculo creí que nunca mas me iban a pillar con la guardia baja, pero me equivocaba. En 2017 volví a caer en la trampa.

Si cuando fui a ver Crepúsculo pensé que estaba ante una nueva Underworld, cuando leí El descubrimiento de las brujas, de Deborah Karkness, pensé que se trataba de un libro de fantasía donde las mujeres y la magia tendrían un papel central en la trama. Os podéis imaginar mi decepción al darme cuenta de que era una novela romántica donde la magia era una excusa para mostrarnos a un vampiro que hace yoga (ejem) y que se empeña en encerrar a una bruja mucho más poderosa que él porque tiene miedo de que le pase algo. Iba leyendo y solo me imaginaba a un tío muy blanco con los colmillos alargados y en cuclillas sobre un pedrusco, dándose golpes en el pecho como un gorila mientras gritaba: “soy un hombre muy macho y protejo a mi novia aunque podría matarme con solo pensarlo”.

Me preocupa que este sea el mensaje que se transmite en este tipo de literatura. Sin embargo, estoy convencida de que muchas otras novelas que no tienen tanta publicidad detrás presentan relaciones normales. Y por normal me refiero a una relación sana en la que ninguna de las partes está anulada, una relación donde hay un equilibrio de poder. Donde los individuos se quieren y se respetan como iguales, independientemente de su sexo, género o raza.

Una relación de amor normal y sana. O como debería serlo.

Empieza febrero y volveremos a ver en el cine películas cuyo mensaje es que si lo aguantas todo, palizas incluidas, tu pareja cambiará por ti.

Empieza febrero e intentarán enseñarnos que el amor es una dinámica de poder donde uno ordena y el otro obedece.

Empieza febrero, sí. Y tenemos la oportunidad de decirles a los demás que el amor no es eso que pretenden vendernos.

Por eso os propongo algo. Me gustaría que este mes recomendemos libros, películas o cómics en las que el amor no sea una relación de autoridad y abuso. Si es del género romántico mejor, porque es el que más sufre de estos roles machistas y agresivos pero, en realidad, creo que puede valer cualquier novela que pueda llegar a jóvenes. No podemos dejar que aprendan que el amor es eso que pretenden venderles.

Esto sí es amor: La visita del Selkie

Voy a empezar con una presentación. Como os he dicho antes, no soy muy de literatura romántica actual y cuando la leo, suelo llevarme unos chascos como el que he descrito arriba.

Sin embargo, no hace mucho tuve la suerte de que Libertad Delgado confiara en mí para poner en mis manos su novela. Me sorprendí siendo lectora cero de La visita del Selkie y disfruté mucho de la experiencia.

En La visita del Selkie, Berenice, una mujer que vive sola en su gran casa familiar e intenta obviar los rumores de sus vecinos sobre brujería, recibe la visita de Iszak, un joven al que conoció cuando solo era una cría y que desapareció sin dejar rastro. Casi a la vez, unos perros de aspecto imponente y ojos rojos como ascuas, seres sobrenaturales que el folklore de la zona relaciona con las malas noticias y un futuro complicado, aparecen en los alrededores de su casa y solo ella puede verlos.

La visita del Selkie es un libro que podría encajar dentro del género fantástico y del romántico. El tema básico, el de aquellos que solo se quedan en la superficie, es el amor. Amor de familia, tanto de la familia de Berenice hacia ella como el de Iszak hacia la suya. Sin embargo, hay otro tema, y quizá el que más me interesa, que es cómo la soledad puede convertirte en una persona desconfiada y huraña, y eso afecta a las relaciones más básicas entre Berenice y el resto del mundo.

Los personajes están bien construidos. Berenice es una mujer dañada en su interior y con una fuerte necesidad de amor, no necesariamente romántico, y a la vez es una persona lógica y con confianza en sus capacidades y sus rutinas. Seria, centrada. Iszak es como un niño juguetón que sabe vivir y disfrutar de la vida, e intenta contagiarle algo a la muchacha. Y Beatrix, la nueva amiga de Berenice, es una cabra loca que vive sin preocupaciones y que ha decidido disfrutar de la vida después de una horrible relación amorosa como aquellas que vemos en algunos best-sellers.

Tiene tres tramas bien perfiladas que hablan de amor, de obligaciones familiares y tradiciones y magia. Están bien construidas e hiladas y se trenzan y se desunen de manera amena gracias a una prosa bien conseguida, con un narrador al que difícilmente se lo pilla en un renuncio y con un tono perfecto para la novela.

Esta es mi primera recomendación, pero pienso hacerme eco de todas las novelas de las que queráis hablarme durante este mes. Creo que es importante que dejemos claro, tanto a editores como a editoriales, qué es amor y qué queremos consumir. Ayudadme a conseguirlo.

*Esta es la única mención que voy a hacer sobre 50 sombras de Grey porque esa cosa no es literatura y no pienso hablar más de ella.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Clem Onojeghuo en Unsplash

Nuestra imagen en las redes

Hace un par de meses leí un artículo de Cris Mandarica: Por qué no quiero ser como Ana González Duque. Es una reflexión sobre esa especie de envidia, no sé si sana o patológica, que hace que muchas personas quieran ser como otras a las que admiran. La autora derrocha sentido común e incluye una cita textual de Jaume Vicent: “Deja de intentar hacer lo que hacen ellas. No quieras copiar a nadie. Si no tienes el mismo talento, no te saldrá bien y, si lo tienes, no lo desperdicies copiando a nadie”. La idea me gustó y empecé a escribir un comentario. Pero era tan largo que al final acabé redactando este artículo. Y es que eso tan traído y llevado de la “imagen” siempre ha dado de qué hablar.

Hace pocos años, la opinión que teníamos de los demás o, incluso, la cara que decidíamos mostrar al mundo podía apoyarse en unos pocos pilares: intercambio de cartas con amigos, cotilleos con el compañero de pupitre del cole, o del compañero de trabajo y alguna que otra cosilla. Recuerdo la increíble emoción que me producía tener que esperar unos días o unas horas el revelado de un carrete de treinta y seis fotos en la tienda para saber si en alguna salíamos tan favorecidos como los actores de la cartelera de cine local.

Peeeeroooo, hoy las cosas han cambiado. Y mucho.

Han cambiado tanto que casi podemos elegir a la carta la imagen que queremos que el mundo tenga de nosotros. Como médico os diría que pensarais en los avances de la cirugía estética, pero este artículo me ha venido inspirado por mi pasión, la escritura, y no por mi profesión, así que prefiero tocar otros aspectos más generales que el simple cambio físico.

Ya no dependemos de esas fotos planas de dos dimensiones. Hoy contamos con herramientas para crear un perfil tridimensional y con múltiples facetas. De hecho, esas facetas son tantas que me limitaré a dos de ellas: cómo vendemos nuestra imagen y cómo consiguen los demás que compremos la suya.

La imagen propia

Para los valientes, están los quirófanos. Para los cobardes, la resignación o el Photoshop. Total, hay amigos virtuales a los que nunca veremos cara a cara, así que siempre está la posibilidad de hacerse miles de selfies sabiendo que, igual que cuando escribes mil artículos te saldrá uno genial, en una de las fotos aparecerá tu imagen ideal. Y ya solo nos quedará usar esa foto en nuestro perfil. Listo. Ojo, y si nuestra autoestima estuviera bajo mínimos, siempre podríamos usar un maravilloso paisaje o una frase zen escrita sobre un fondo de mariposas de colores.

Y ya con la foto fija, pasemos a la película. Si tenemos un blog, hay que currarse muy bien el apartado “Sobre mí”, o “Acerca de mí”, o como queramos llamarlo. En Google he encontrado un artículo de Javi Pastor que hablaba sobre esto y que me ha hecho sonreír porque empieza directamente con un enlace a la primera versión de su “Sobre mí”. Me ha picado la curiosidad y me ha sorprendido la gran diferencia entre las dos versiones, antigua y nueva, de ese apartado. A continuación, he pensado que soy una persona afortunada, porque cuando me embarqué con tanta alegría en nuestro proyecto de Letras desde Mocade no tenía ni pajolera idea de dónde me estaba metiendo. Menos mal que el apartado sobre nosotras lo escribió Carla, con tanto cariño como arte, y me libró así de un marrón que ni siquiera sabía que existía. Porque no es fácil escribir sobre una misma, la verdad.

Lo de tener un blog, por supuesto, no es imprescindible. Cualquiera, aunque no lo tenga, puede venderse como guste escribiendo sobre lo humano y lo divino en las redes sociales y desnudar su alma ante el mundo. Que ese desnudo sea sincero o real es otra historia. Y no es fácil descubrir a un mentiroso, salvo que nuestro vecino publique en su Facebook que canta como un ángel, y estemos hartos de oírlo desafinar en la ducha a través del tabique.

Y eso nos lleva a profundizar más en el tema: ¿qué cuento, de qué hablo?, ¿de mis gustos?, ¿de mis méritos?, ¿de mis ideas? Pueeessss… a ver, eso depende. ¿A quién quiero llegar?, ¿a muchos?, ¿conocidos?, ¿desconocidos?, ¿estoy aquí por hobby, o quiero que esto sea para mí un trabajo lucrativo? Yo, por ejemplo, iba a escribir la pregunta anterior terminando con “¿quiero que sea para mí un trabajo serio?” Y he cambiado lo de serio por lo de lucrativo porque pretendo seguir ganándome el pan como médico, pero me tomo la escritura cada vez más en serio, aunque tengo clarísimo que se trata de una afición.

Es decir que, a pesar de que mi artículo va de la imagen en plan teórico, no quiero dar la impresión de que escribo a la ligera. Mientras estoy dándole a las teclas sé que cada palabra es una pincelada que hará que quien me lea se forme de mí una imagen concreta. Y con eso me convierto en un ejemplo práctico de lo que intento transmitir aquí.

La imagen ajena

Cualquier persona que decida convertirse en personaje, más o menos público, cuando se integre en las redes sociales se encontrará con un montón de congéneres que andan en lo mismo que él, es decir, en busca de relaciones. Y esas relaciones, ya sean amorosas, laborales o de amistad, se basarán en la imagen que nos formemos de la otra persona. Fácil, diréis. Pues no. Y voy a usar como ejemplo las relaciones de pareja, aunque la idea se puede generalizar a las demás.

Hace años conocías a alguien, te enamorabas, y cuando llegabas a los dos o tres años de noviazgo y tu chico dejaba de comprarte flores, o te invitaba a ver una peli del Oeste en lugar de la de Brad Pitt, simplemente te mosqueabas con él, o le ponías morros, hasta que al final aclarabais las cosas. O, si el amor no era muy sólido, cortabas la relación y punto.

Hoy, si se presenta un problema con tu costilla, basta con sumergirte en las redes en busca de un sustituto. En el mundo virtual hay tantos príncipes y princesas azules, rosas, y de color indefinido, que estamos convencidos de que podemos dar con nuestro ideal. Y tarde o temprano esa nueva pareja también mostrará alguna grieta que hará que perdamos de nuevo la ilusión. Y vuelta a empezar. Que el amor al principio siempre es algo romántico, pero luego entra en juego la versión 2.0 y ya no es tan fácil amar también los defectos del amado. Quiero aclarar que echo mano de este ejemplo parcial y extremo para poner el dedo en la llaga. Porque, por supuesto, las redes sociales son mucho más que ese lugar virtual de encuentros sentimentales. Yo las defiendo, las uso y las disfruto. Y la prueba evidente es que estáis leyendo mi artículo.

Por otra parte, me parece un poco irónico que esas redes que, en principio, fueron una manera de acortar distancias entre seres queridos, se hayan convertido a veces en pequeños, o no tan pequeños, enfants terribles. Os pondré algunas pinceladas:

Whatsapp. ¿Por qué sentimos como un agravio personal que no nos respondan cuando vemos las dos líneas azules y sabemos que nos han leído? ¿Por qué usamos a veces nuestro estado para lastimar a alguien con indirectas o alusiones que cualquiera puede interpretar a voluntad? ¿Y qué diríais de los bloqueos y desbloqueos pasionales? Si no aplicamos un poco de sentido común a las conversaciones de Whatsapp, posiblemente nuestro mundo se asemeje al caos de una clase de párvulos con la profesora ausente. Y lo malo es cuando se trata de adultos y no de niños. Mirad si no esta parodia sobre la conversación de Whatsapp en un grupo de padres de un colegio.

Twitter. De este, ni hablo. Que es mi asignatura pendiente y el pajarito me tiene loca. Y conste que me encantaría dominarlo, porque lo de los 280 caracteres sería un extraordinario campo de entrenamiento para conseguir dominar mi tendencia a extenderme cuando escribo sobre lo que sea.

Instagram. Quien sepa sacarle partido tiene ahí una espléndida herramienta de marketing. Puede vendernos cualquier historia, y da igual que sea verdadera o falsa. Y podemos enamorarnos de alguien que se pasa la vida colgando fotos de museos y luego a lo mejor resulta que en su vida ha puesto el pie en ninguno.

Facebook. Quizá es la estrella de la película. Es algo así como la Wikipedia de lo personal. ¿Queremos saber por dónde anda nuestro ex? Pues a cotillear se ha dicho. ¿Nos vamos de viaje? Pues a colgar cuantas más fotos mejor, que la envidia ajena hace que algunos sientan que ascienden en el escalafón del valor personal. ¿Vemos una foto del novio de nuestra mejor amiga sonriendo, y sabemos que acaban de terminar? En seguida llegamos a la conclusión de que seguro que hay “otra” que le hace sonreír así después de haberle partido el corazón a nuestra compañera del alma. Porque no se nos puede ocurrir que, a lo mejor, también está tan triste que su madre le ha comprado un perro, o un mono, y por eso sonríe… ¿Verdad? Todos somos expertos en interpretar señales sin pensar que podemos equivocarnos al hacerlo.

Dejar de vivir de cara a la galería

Los avances tecnológicos han hecho que las relaciones entre las personas hayan evolucionado mucho en muy poco tiempo. Pero yo sigo defendiendo la idea de que vale la pena tener una buena imagen de nosotros mismos y de los demás. Sigue vigente eso de que “la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo”. Y una buena imagen solo se consigue si nos cuidamos para obtenerla. Ojalá tengamos todos sentido común para el manejo emocional de todas esas herramientas que hacen de la imagen propia y ajena una plastilina que cada vez podemos moldear más y mejor… o más y peor. De nosotros dependerá.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Profesoras aragonesas en un callejero paritario

En el año 1948 Agustina Rodríguez obtuvo el traslado al barrio zaragozano de Santa Isabel. Cuando llegó no tenía local para dar clases ni tampoco vivienda. Construyó, con su marido, una casa escuela y la alquiló al Ayuntamiento. Dedicaron la planta baja a vivienda y usaron la primera como aula. Agustina es un ejemplo más de los muchos maestros que dejaron lo mejor de sus vidas enseñando a los niños, aunque para ello tuvieran que realizar actos heroicos que, en principio, nada tenían que ver con su profesión.

Agustina Rodríguez, diez maestras más, dos profesoras de instituto y tres de universidad, se han ganado a pulso estar en el callejero de Zaragoza. Las dieciséis han sido unas campeonas. O mejor dicho, unas heroínas, por aquello de que en el Callejero de 1863 se honraba, con nombres y apellidos, a las primeras “Heroínas de los Sitios”: mujeres que defendieron la ciudad de los ataques de los franceses en los dos sitios que sufrió Zaragoza durante la Guerra de la Independencia.

Estas dieciséis profesoras han entrado tarde, muy tarde, más de cien años después que las heroínas. Casi todas están en los barrios rurales, donde más se reconoció la labor de alfabetización.

En 1983: Manolita Marco y Pilar Figueras, dos maestras carismáticas del barrio de Juslibol, fueron las primeras.

En 1997: Matilde Sangüesa, la maestra del Arrabal. Y dos del barrio de Santa Isabel: Agustina Rodríguez, maestra, y Pilar Lapuente, profesora universitaria.

En 1999: Águeda Centenera, maestra de Garrapinillos.

En 2006: Pilar Cuartero, maestra, y Joaquina Zamora, profesora de instituto, en el Actur. Avelina Tovar, maestra, en Santa Isabel.

En 2007: Angela López, profesora universitaria, en el distrito de su Universidad.

En 2009: María Teresa Giral, maestra de Montañana, y María Sánchez Arbós, maestra, en un camino que lleva a Juslibol. Ese mismo año se cambió el nombre de una calle del Picarral por el de Sara Maynar, profesora de instituto.

En 2010: María Pilar Almenar, María Pilar Gea, maestras, en Movera.

En 2011: María Jesús Ibáñez, profesora universitaria, en unos jardines de la zona de la Expo.

ONCE MAESTRAS

Marco Monge, Doña Manolita. (Morata de Jiloca, 1906-Zaragoza, 1994). Era la mayor de los cuatro hijos de Florencio Marco y Petra Monje. Estudió Magisterio en el Colegio de Santa Ana de Zaragoza y comenzó su carrera profesional en Caspe. Desde los veintiún años hasta casi su jubilación estuvo de maestra en Juslibol, en la escuela “Juan Enrique Iranzo”. Alfabetizó a tres generaciones, realizó una gran labor social y dejó una profunda huella entre sus alumnas y en el barrio. Tres años antes de jubilarse se trasladó al grupo escolar “Santo Domingo”, en la calle Predicadores. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una de las calles más céntricas del barrio de Juslibol, que había sido solicitada por los vecinos para conservar su memoria.

Marco Monge. Lápida. Recortada

Detalle de la tumba de doña Manolita en el cementerio de Torrero de Zaragoza

Figueras Talamas, Pilar. (Zaragoza, 1908-1997). Era la segunda de los cuatro hijos de Domingo Figueras y de Lorenza Talamas. En 1930 acabó Magisterio en Zaragoza. Ejerció en Villanueva de Gállego, Lobera de Onsella, Letux y Alagón. En 1975 se jubiló en el grupo “Juan Enrique Iranzo” de Juslibol, donde había sido maestra y directora. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una calle que había sido solicitada por los vecinos para mantener vivo su recuerdo.

Centenera Gómez, Águeda. (Alovera, Guadalajara, 1902-Zaragoza, 1992). Estudió en Zaragoza, donde vivía con sus tíos: el canónigo Rafael Centenera y su hermana Isabel. Se casó con un empleado de la Confederación Hidrográfica del Ebro. En 1999, los vecinos de Garrapinillos le concedieron una calle para recordar su dedicación a las gentes del barrio.

Rodríguez Rodríguez, Agustina. (Quintana de Sanabria, Zamora, 1915-Barcelona, 2008). Hija Francisco y Encarnación, labradores, estudió magisterio en Zamora. Comenzó haciendo una sustitución en San Román de Sanabria, pero su vida profesional estuvo ligada a Aragón. Sus destinos fueron: Espés Alto, entonces conoció a su futuro marido, Alfredo Ruiz, también maestro, Riglos, Cerveruela, Peraltilla y el barrio de Santa Isabel de Zaragoza, donde estuvo en una escuela mixta con más de sesenta y tres alumnos desde 1948 hasta su jubilación en 1980. Daba repasos y clases de adultos. También preparaba a los alumnos que querían estudiar bachillerato y realizó muchas actividades culturales. A sus ochenta años escribió en ordenador unas memorias en las que da una visión del importante papel de la mujer y de las duras condiciones de vida en el primer cuarto del siglo XX. Pasó de ser una niña que estudiaba con candil a usar tecnologías modernas. Unos días antes de su muerte  se comunicaba por e-mail con sus antiguas alumnas. En 1997 la Comisión de Cultura del barrio de Santa Isabel propuso su nombre para una calle, por su gran labor pedagógica y social.

Sangüesa Castañosa, Matilde. (Zaragoza, 1910-1996). Conocida como la maestra del Arrabal. Pasó su infancia en Jaca y estudió Magisterio en Huesca. Fundó y dirigió su propia escuela privada, “Santa Teresita”, en la plaza de san Gregorio. Según uno de sus antiguos alumnos: “La escuela particular de doña Matilde fue muy popular en el barrio y, además, contó con muchos alumnos que venían desde otras partes de la ciudad. Comenzó a dar clases en su propia casa en tiempos de la guerra. Según la edad, cobraba 3 ó 5 pesetas mensuales. Cada alumno se llevaba su silla. Daban clase con ella dos maestras, también muy populares, Presentación Lanaspa y Pilarín Tovar”. En 1997, a título póstumo y gracias a las gestiones de sus ex-alumnos, se le concedió la medalla de Santa Isabel de Portugal y se puso su nombre a una calle del barrio, justo al lado de la Estación del Norte donde había trabajado su padre como ferroviario.

Cuartero Molinero, Pilar. (Tarazona, 1906-Zaragoza, 1995). Estudió Bachillerato y Magisterio en Zaragoza. En 1929 comenzó a dar clases en su domicilio y, dada la afluencia de alumnos, abrió un colegio privado. En el curso 1932-33 fundó el Colegio Femenino de la Sagrada Familia. Ese mismo año su tío, el sacerdote Salvador Labastida Povar, fundó el Colegio Central-Masculino. El colegio de la Sagrada Familia nació como un centro de preparación para la Escuela de Comercio, Bachillerato, Magisterio y la Academia General Militar. Estuvo ubicado, sucesivamente, en la calle Cuatro de Agosto, Casa Jiménez, Independencia, Sagasta y Bruno Solano. Después tuvo otros emplazamientos y actualmente está en la orilla del Canal Imperial. Pilar Cuartero recibió la Cruz de Alfonso X el Sabio. El año 2006, el Ayuntamiento le dedicó un andador en el barrio del Actur.

Tovar y Andrade, Avelina. (Pontevedra, 1878-Huesca, 1973). Maestra, catedrática y directora de la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Miguel Sánchez de Castro, periodista, maestro y profesor de la Normal. Los dos estuvieron ligados a la Institución Libre de Enseñanza. Acabó los estudios de Magisterio en 1901, y opositó a párvulos. Hasta 1906 ejerció de maestra en Galicia. En 1909, ingresó en el cuerpo de Profesoras Numerarias de Escuelas Normales en Castellón. En 1912 obtuvo una comisión de servicios, cuando la Escuela Normal Femenina de Huesca se trasladó de edificio. En 1915 estuvo en Segovia, de 1916 a 1929 de nuevo en Huesca, de 1929 a 1936 en Zaragoza y, finalmente, otra vez en Huesca hasta 1949, cuando se jubiló como catedrática de Geografía e Historia. Además, como diplomada en sordomudos y ciegos, trabajó con el Colegio de Madrid. Por su labor y por su dedicación al magisterio aragonés fue condecorada con el Lazo de la Cruz Roja y con la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el barrio de Santa Isabel

Giral Pérez, María Teresa. (Burgasé: Huesca, 1907-Barrio de Montañana, Zaragoza, 2003). El curso 1933-1934 estuvo en Ansó (Huesca). En 1934 fue destinada a Montañana donde ejerció hasta 1968. Ese año se trasladó Colegio Público “María Díaz” donde permaneció hasta su jubilación en 1973. Se casó con Lorenzo Oro, maestro del grupo “Venta del Olivar”. Tuvieron dos hijos: Luis Antonio, destacado científico aragonés a quien el Ayuntamiento le concedió la Medalla de Oro (2007) y le dedicó una calle (2009); y Luis Lorenzo, director de colegio “Tío Jorge”. El año 2009 los vecinos del barrio de Montañana quisieron honrar su memoria con el nombre de una de sus calles.

Sánchez Arbós, María. (Huesca, 1889-Madrid, 1976). Estudió Magisterio y Filosofía y Letras. Estuvo muy ligada a la Institución Libre de Enseñanza, colaboró con Menéndez Pidal y asistió a las clases que impartía María Goyri. En 1926 tomó posesión como profesora de la Escuela Normal de Huesca, puesto que abandonó en 1928 para volver a Madrid, donde aprobó unas oposiciones a la dirección de Grupos Escolares. Al final de la guerra fue encarcelada en Ventas, cárcel que dirigía con mano de hierro Carmen Castro, que había sido su alumna en la Escuela Normal de Huesca. Allí coincidió con el fusilamiento de “las trece rosas”, un grupo de trece jóvenes, entre los 18 y 29 años, la mayoría de ellas afiliadas a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). El 5 de agosto de 1939, las jóvenes fueron fusiladas en Madrid por el régimen franquista, acusadas de adhesión a la rebelión. Hoy su nombre preside una glorieta de un parque de Zaragoza. María fue excarcelada en diciembre de 1939. Dos años después fue absuelta por un tribunal militar, pero expulsada del Magisterio, aunque fue rehabilitada en 1952. El año 2009, su nombre sustituyó al del General Varela en una calle que comienza en el camino de Juslibol.

Almenar Bases, María Pilar. (Barrio de Santa Isabel, Zaragoza, 1953). Esta hija de Alejandro y Rosario, conocidos agricultores del barrio, fue alumna de Agustina Rodríguez, que desde 1997 también tiene dedicada una calle en el barrio. Después de los primeros destinos, desde 1982 hasta su jubilación, estuvo en Movera. Veinticinco años en el grupo “Pedro Orós”, cuyo huerto lleva su nombre, y después en “El Espartidero”, donde se jubiló el año 2013. Se especializó en Preescolar y realizó abundantes trabajos de Educación Infantil con María Pilar Gea García. El año 2010, a propuesta de los vecinos, la Alcaldía de Movera solicitó al Ayuntamiento de Zaragoza que dedicara sendas calles a dos de sus maestras: a María Pilar Almenar Bases y a María Pilar Gea García.

Gea García, María Pilar. (Zaragoza, 1953). Pasó su infancia en Ariño (Teruel) donde su madre, Isabel, era maestra y su padre, Aurelio, trabajaba de carpintero en SAMCA. Ejerció en varios pueblos de Teruel y obtuvo destino definitivo en la Escuela Mixta de Ariño. Desde 1978 hasta 2011, estuvo en Movera, en la escuela “Pedro Orós” de la que su marido, José Manuel Ontoria fue director veinticinco años. Una de sus hijas, María Pilar, estuvo de maestra de Ariño, como su madre y su abuela. La otra, Ana Isabel, es veterinaria. La ilusión por la enseñanza que María Pilar recibió de su madre la llevó a una entrega completa a sus alumnos. Se especializó en Preescolar y trabajó principalmente en Primer Ciclo de Primaria. Realizó actividades conjuntas con María Pilar Almenar Bases de Educación Infantil. El año 2010 se dio su nombre a una calle del barrio de Movera.

DOS PROFESORAS DE INSTITUTO

Zamora Sarrate, Joaquina. (Zaragoza, 1898-1999). Fue profesora de dibujo en el Instituto de Enseñanza Media de Zaragoza (1930), en la Escuela Superior de San Fernando (1931), en el colegio “Jesús y María” (1934-36), en Calatayud (1938) y en Tarazona (1950). En 1960 aprobó las oposiciones a cátedras de institutos técnicos. Estudió dibujo y pintura con Enrique Gregorio Rocasolano y se especializó en paisajes, bodegones y retratos. En 1924 obtuvo una beca de pintura de la Diputación Provincial de Zaragoza para estudiar en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando en Madrid. En 1919 participó en una exposición colectiva y en 1933 realizó su primera individual. En 1943 recibió el Primer Premio del Ayuntamiento de Zaragoza en la exposición-concurso “Rincones y jardines” y en 1944 el Primer Premio de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. En 1963 fue nombrada consejera del Centro de Estudios Turiasonenses. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el Actur.

Sara Maynar

Sara Maynar, profesora del Instituto de Alcañiz

Maynar Escanilla, Sara. (Zaragoza, 1906-Burbáguena, Teruel, 1986). Fue la primera abogada de Zaragoza, una de las primeras de España y del mundo. Sara, una chica muy brillante, era la mayor de los cinco hijos de Manuel, un famoso abogado, y de Pilar. Estudió bachillerato en el Instituto Goya, se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras en Zaragoza. En 1930 comenzó a trabajar de abogada civilista en Zaragoza. Al acabar la Guerra Civil ejerció como profesora de Griego y de Lengua en los Institutos de Calatayud, Teruel y Alcañiz. Fue la primera directora del Instituto de Alcañiz y sirvió de modelo a las profesoras posteriores: después de ella hubo cuatro directoras en ese instituto. Cuando se jubiló, acabó su etapa de concejala del Ayuntamiento de Alcañiz y pasó unos años en Zaragoza. Al final de su vida vivió en Burbáguena con su hermana Raquel en el convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. El año 2009 la calle del Picarral que se llamaba Crucero de Baleares pasó a denominarse Sara Maynar.

TRES PROFESORAS DE UNIVERSIDAD

María Jesús IbáñezIbáñez Marcellán, María Jesús (Ateca, 1941-Zaragoza, 1985) Catedrática de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza. Su temprana muerte truncó una brillante carrera docente e investigadora. En 1960 estudio el bachillerato en el Colegio de Santa Ana y Filosofía y Letras en la facultad de Zaragoza. Completó su formación en varias universidades europeas. En 1984 obtuvo la cátedra de Geografía General Física de Zaragoza, donde desarrolló toda su labor docente. Sus trabajos de investigación son un referente en el campo de la Geomorfología y la época Cuaternaria. En 1991 la Asociación Española para Estudios del Cuaternario y la Asociación Española de Geomorfología crearon el premio M. ª Jesús Ibáñez para tesis doctorales sobre dichos temas. Desde el año 2011 lleva su nombre un jardín acuático entre el puente del Tercer Milenio y el Pabellón Puente.

Pilar Lapuente

Pilar Lapuente, profesora de Geológicas

Lapuente Mercadal, Pilar. (Zaragoza, 1959). Desde 1999 es Profesora Titular de Petrología y Geoquímica- Ha publicado numerosas obras y artículos científicos y tiene un reconocido prestigio nacional e internacional. Su infancia y juventud transcurrieron en el seno de una familia (“la de los esquiladores”) asentada en el entonces barrio rural de Santa Isabel. Estudió Geología en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza y se doctoró en 1991. Disfrutó de una Beca Posdoctoral en diversas universidades de Inglaterra donde tuvo la oportunidad de especializarse en el campo de la Mineralogía y Geoquímica aplicadas al estudio del Patrimonio Histórico y Arqueológico. En Junio de 1994, presentó, en la XIV Sesión Científica de la Sociedad Española de Mineralogía, el trabajo “Estudio mineralógico y textural de ladrillos de tres monumentos mudéjares de Calatayud (Zaragoza)”, financiado por la Institución Fernando El Católico de la Diputación de Zaragoza. Por este estudio, desarrollado en la Universidad de Oxford con técnicas de datación por termoluminiscencia, le fue concedido el premio “Medalla Jóvenes investigadores” de la Sociedad Española de Mineralogía, como reconocimiento y estímulo por su aportación en el campo de la Mineralogía Aplicada. La divulgación del premio por los medios de comunicación locales motivó que en 1997 la Comisión de Cultura de Santa Isabel propusiera que le fuese concedido su nombre a una calle.

López Jiménez, Ángela. (Pamplona, 1945-Zaragoza, 2007). Profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Zaragoza, socióloga y feminista, Presidenta del Consejo Económico y Social de Aragón, miembro del Comité Internacional de Expertos para asesorar al Ayuntamiento en materia de innovación urbana y desarrollo de la sociedad de la información. Era licenciada en Sociología Urbana y del Desarrollo por la Universidad Católica de Lovaina y doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó numerosas publicaciones, entre otras: Zaragoza ciudad hablada, Memoria colectiva de las mujeres y los hombres, Arte y parte: jóvenes, cultura y compromiso. Presidió el club de opinión de mujeres La Sabina, perteneció al SIEM (Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer de la Universidad de Zaragoza). Desde el año 2007 tiene dedicada una calle en el distrito de la Universidad.

Para terminar

En realidad, lo de un callejero paritario es un poco irónico. Más que una consecución es una aspiración. En la preparación de la segunda edición de La Zaragoza de las mujeres. Callejero, las autoras hemos constatado que los datos no son alentadores.

De las 3.230 calles de nuestra ciudad, 1.234 llevan nombres propios de varón y sólo 189 están dedicadas a mujeres de carne y hueso. Además, hay 40 dedicadas a santas y 142 a otro tipo de mujeres: reinas, princesas, nombres de películas, cuadros de Goya… Si este es el resultado de una ciudad que ha apostado por la presencia de las mujeres, ¿qué pasará en otras ciudades?

La presencia de estas profesoras nos suscita los nombres de otras muchas que también tuvieron, y tienen, méritos para dar nombre a una calle. Me gustaría que este artículo os sirviera de acicate. Que os animarais a buscar nombres de mujeres con méritos suficientes para denominar las calles de vuestras ciudades y que los propusierais a los ayuntamientos. La conquista de las placas de los espacios públicos es todavía una de nuestras asignaturas pendientes.

Carmen Romeo Pemán

Fuente documental. Romeo Pemán, Carmen (dir), Álvarez Roche, Gloria, Baselga Mantecón, Cristina, Gaudó Gaudó, Concha (2011): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Ayuntamiento de Zaragoza.

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Imagen principal. Agustina Rodríguez, del archivo de la familia Ruiz-Rodríguez.

Mi escaleta de escritura

Nos acercamos al final del año y a sus tradiciones. Comer turrón, por ejemplo. Pero como no me hace ilusión empezar a ganar kilos, prefiero acogerme a otra costumbre clásica y hacer balance de mis buenos propósitos y de mi escritura.

Estoy cursando el tercer año de un itinerario de novela. Y la palabra escaleta, que hace veinticuatro meses me sonaba a “escalera” escrita con una errata, ha pasado de ser desconocida a convertirse en aliada. Eso es lo bueno de los cursos de escritura. Que nos ayudan a pensar, estimulan nuestra creatividad, y nos dan ideas para muchas cosas, así que se me ha ocurrido que sería interesante aplicar eso de la escaleta a cualquier tipo de escritura, y no solo a las novelas. De modo que os contaré como intento estructurarme a la hora de escribir.

Hablemos de terminología

En mis incursiones por distintos blogs y páginas literarias he tropezado más de una vez con vocablos engañosos o, si no engañosos, que pueden llevarnos a confusión. Pero es cierto que también hay artículos geniales que aclaran muy bien el significado de dichos términos. Me refiero a palabras como objetivos, metas y hábitos. Y no añado una cuarta, sueños, porque ya entraría en camisa de once varas. Para meter los tres conceptos en el mismo saco os diría que mi meta es ser escritora, y que para llegar a esa meta necesito ir fijándome objetivos que, como en el clásico juego infantil, me lleven de oca a oca para ir acercándome a ella. Y que los dados que hacen progresar el juego son, ni más ni menos, que los hábitos. No sé cuánto hay de cierto en lo de que el hábito no hace al monje… pero si cambiamos monje por escritor la cosa cambia. Eso, explicado así, sería como la sinopsis de mi propia novela sobre la escritura. Y, para desarrollar esa explicación telegráfica, nada mejor que recordar lo que nos contaba Carla sobre sobre encender el hábito de la escritura. Para mí fue un artículo genial que sigue siendo de rabiosa actualidad. Y mientras buscaba esa entrada di con otra que escribí yo cuando nuestro blog estaba dando sus primeros pasos y que me ha puesto en la cara una sonrisita nostálgica y satisfecha al ver que sigo manteniendo los mismos principios.

Dije que no iba a hablar de sueños, pero tengo que hacer una pequeña excepción, aunque os parezca que tiene poca cabida en un artículo que pretende ser mucho más práctico que teórico. Porque desde que empecé a escribir me ronda una frase que me gusta mucho: haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad. Y como esa es la filosofía que va entre las líneas de este artículo, dejaré que esa idea tenga su pequeño momento de gloria.

Volvamos pues a lo práctico. Tengo una meta clara: escribir, ser escritora, que la escritura forme parte de mi vida cotidiana. Para eso me voy marcando objetivos concretos y específicos: publicar en Mocade dos veces al mes, sacar adelante mi curso de escritura y mi novela, apuntarme el año que viene al NaNoWriMo (¡Gracias, Carla!).

Y como lo de los objetivos a veces se me va por las ramas, mi último reto consistirá en crearme hábitos que me ayuden a cumplir los objetivos que me lleven a la meta. Me acabo de comprar un programa de Ana Bolox, El escritor organizado, que creo que me va a dar un buen empujón en esa tarea de afianzar unas rutinas que hagan que me ocurra lo que dijo Picasso: Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando. Y en eso estoy. Intentando hacerle caso a mi paisano para llevar a la práctica consejos de blogs como este de Sinjania que nos explica más y mejor esto que os he contado.

Obstáculos y apoyos

Ya tenemos claro de qué estamos hablando ¿ok? El paso siguiente es pararnos a pensar qué nos ayuda a llevar a buen puerto nuestros proyectos, y cuáles son las piedras que pueden hacernos tropezar. Empecemos por lo malo.

Ya lo dijo Carla: excusas no nos van a faltar. Que para eso los escritores somos creativos y nos inventamos las mejores. La falta de tiempo. Los niños. El trabajo. Las guardias. El cansancio. El bloqueo. Candy Crush. Juego de Tronos… ¿queréis más? Pues a ver si nos hacemos listas y empezamos a establecer prioridades. Yo, por ejemplo, decidí dejar de hacer guardias hace unos meses. Y no me ha tocado la lotería ni nada de eso, ¡ojo! Pero mi madre me dijo que iba a guardar todos los meses cincuenta o cien eurillos en una hucha para darme el dinero cuando juntara el precio de una guardia. Y así, de vez en cuando, yo podría dejar de hacer alguna. Ufff… Eso me emocionó y me dolió a partes iguales. Y me hizo pensar. Comprender que mi madre quería regalarme tiempo para estar con mis hijos y para mí me hizo darme cuenta de lo que me estaba perdiendo. Así que el mejor regalo que le he hecho en su noventa cumpleaños ha sido decir NO a las guardias. Y hoy día disfruto de un montón de tiempo que no se paga ni con una Visa Platino. Si de algo me arrepiento es de no haber tomado antes esa decisión.

Y ahora viene lo bonito. Aquí podría escribir también una lista interminable, así que me quedaré con lo mejor. O, al menos, con lo que para mí ha sido lo mejor. El trabajo en equipo. Hace un rato chateaba con mi amiga Carmen, en plena tarea de revisión y corrección de uno de sus borradores, y le decía que trabajar con ella, con Carla y con Mónica me ha proporcionado una seguridad y unas tablas que, en solitario, no habría llegado a conseguir de ninguna de las maneras. De eso también hablé a principios de este año, cuando se me ocurrió una historia que escribí en forma de Carta a los Reyes Magos. Mis amigas son el mejor apoyo externo que se pueda soñar. Y desde aquí, les doy las gracias. Pero hay otro aspecto interior que defiendo siempre porque ponerlo en práctica me ha dado y me sigue dando muchas alegrías y satisfacciones, y es tomar conciencia de que saber no es suficiente si no tenemos en cuenta otras cosas. Y lo dejo ahí.

Conclusión

Cada uno de nosotros tendrá que encontrar y diseñar su propia escaleta, que será la que le ayude a avanzar en su crecimiento como escritor. Eso es algo bastante personal, pero se me ocurre que podríamos continuar con un ejercicio de creatividad, y aplicar a la escritura esa famosa regla del periodismo de las cinco “W”.

Esas “5W” hacen referencia a What, Who, Where, When, Why y How: qué, quién, dónde, cuándo, por qué y cómo. Que cada cual piense qué quiere escribir, quién quiere ser como escritor, dónde va a poder trabajar mejor, en qué momento, por qué vale la pena hacerlo, y cómo puede organizarse para conseguirlo. Si tenemos respuesta a esas cuestiones, creo que vamos por buen camino.

Para terminar, os diría que escribáis para vosotros mismos. Es un error intentar escribir para gustar a todo el mundo, porque, aunque hagamos la mejor paella del universo, siempre habrá alguien a quien no le guste su sabor. Cuando empecé a publicar, me daba pánico pensar que podría encontrarme con comentarios ofensivos, o dolorosos, o injustificados desde mi punto de vista. Y eso hizo que algunos artículos no llegaran a ver la luz. Así que, como despedida, os dejo otra de mis frases preferidas: Tened cuidado con los miedos, porque les encanta robar sueños.

Adela Castañón

Foto: Pinterest

Saber no basta

Hace pocos días disfruté con un sabio consejo que Mónica Solano nos dejaba en este blog: cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia. Su artículo terminaba con una frase sobre la que merece la pena profundizar: “la actitud es la clave”. Y de eso quiero hablar hoy.

Información y motivación

El mundo se mueve y avanza porque somos las personas quienes nos movemos y avanzamos. O, al menos, la mayoría. Nuestra época está repleta de oportunidades. La información ha pasado de ser un privilegio a convertirse en algo al alcance de casi todos. La tecnología abre puertas que hasta hace algunos años no podíamos ni soñar que existieran. Si es cierta la frase tópica de que la información es poder, hoy el mundo estaría, o podría estar, lleno de personas poderosas. Entonces, si eso fuera así, ¿por qué la vida no se mueve a mayor velocidad? ¿Qué mantiene a tanta gente anclada a tantos inmovilismos? ¿Qué está fallando?

En mi opinión, uno de los motivos es que no basta con el saber. Sin una buena motivación, la información no sirve para nada o para casi nada. El mensaje que Mónica nos deja es abrumador dentro de su sencillez: la actitud es decisiva en el cambio personal. De nuestra actitud dependerán cosas como que nos toque triunfar, o bailar con la más fea. Y voy a contároslo con una de esas metáforas que tanto me gustan.

El cha cha cha de la vida

A pesar de que he escrito algunas veces sobre la invisibilidad de las personas, creo que todos transmitimos algo. Otra cosa es que los demás lo noten o no, pero todos interactuamos con los demás en mayor o menor grado. Cuando conocemos a alguien, tendemos a formarnos una opinión sobre él o ella. A bote pronto, o a medio o largo plazo, podemos pensar que esa persona desprende más luz que todo el sistema solar o, por el contrario, que brilla menos que una bombilla de cuarenta vatios. ¿Y a qué se debe eso? ¿Qué hace a una persona ser la estrella de la reunión, mientras que a otra la convierte en parte del mobiliario? Pues yo diría que el truco está en el baile de letras de ese cha cha cha. Me refiero con eso a tres conceptos: Conocimientos, Habilidades y Actitud. Que, por si alguien lo duda, no son en absoluto conceptos similares.

Todos conocemos a personas importantes: grandes hombres de negocios, profesores insignes, deportistas excepcionales, pero no todos pondríamos una biografía de esos personajes en nuestra mesilla de noche para estudiarla y aprender a ser como ellos. Y, sin embargo, quizá atesoramos un retrato de grupo donde sale alguien más anónimo, que ni siquiera es famoso, como si fuera una de nuestras posesiones más valiosas. ¿Por qué, repito, por qué ese desconocido del montón está por encima de los demás en nuestra escala de valores? Posiblemente por muchas razones. Dejando al margen a quienes llevamos en el corazón, casi todos hemos admirado en algún momento a una persona que en principio no reuniría los “méritos” tradicionales para ello. Os pondré un ejemplo: me encantan muchas novelas de Pérez Reverte, pero a la hora de seguir un blog de escritura, me engancho a los de Ana González Duque, o Ana Bolox, o Gabriella Campbell, que, seguro, son menos conocidas que don Arturo. Y es que, cuando se trata de aprender, me encanta y me atrapa la actitud de estas chicas a la hora de vivir la escritura como pasión compartida con gente a la que no conocen de nada, como yo misma.

No cabe duda de que los conocimientos son necesarios. Para cualquier cosa se necesita un mínimo de formación: para diseñar un cohete espacial, para saber que es mejor abrir el abdomen por la derecha en lugar de por la izquierda si vas a operar una apendicitis, para trabajar como intérprete o guía turístico… Y, por supuesto, también hace falta un mínimo de habilidad para todo: para servir una cervecita con el punto justo de espuma, para calmar el llanto de un niño, o para ganarse la vida como trapecista o, si se quiere, incluso como escritor. Todos necesitamos dominar o trabajar con más o menos profundidad nuestros conocimientos y habilidades. Pero no vale quedarnos ahí. Porque esos dos pilares son solo una foto fija que puede representar la inmovilidad. Y para que esa foto se convierta en un fotograma animado, en una película viva y dinámica, hace falta una buena actitud. Si le preguntamos a cualquiera que por qué quiere a su madre, seguro que no nos dice que porque es una experta en física cuántica (que alguna habrá con hijos, digo yo), sino por otros motivos que hacen que sea como es por la actitud que la define. No nos hace grandes nuestro conocimiento ni nuestra habilidad, sino nuestra actitud. Los demás nos valoran, en última instancia, por nuestra manera de ser. Mucho más que por lo que sabemos hacer o por nuestro currículum académico.

¿Y qué pasa cuando nos desanimamos? ¿Qué ocurre cuando abrimos un periódico, o escuchamos la radio, y solo encontramos noticias negativas? Pues pasa que nos venimos abajo. Que nos desanimamos y se nos olvida lo más bonito: ser como somos. Incorporamos a nuestro diccionario muletillas como “Uff”: “mami, juega un ratito conmigo” “uff, hija, díselo a papá, que estoy haciendo la cena”. Y llenamos nuestros días de frases y cosas de ese estilo. A veces no tenemos ni tiempo de parar, como si por detenernos un momento el mundo no fuera a seguir girando sin nosotros. Olvidamos o ignoramos que a veces hace falta parar para reparar. Hacer una pausa para tomar aliento, para preguntarnos si de verdad estamos haciendo lo que queremos hacer, o si en algún momento nos hemos despistado y hemos tomado un camino equivocado que no lleva a ninguna parte, o al menos no a lo que era nuestra meta.

Nuestra actitud, en último extremo, dependerá mucho de nuestra motivación. Y para encontrar nuestra motivación necesitamos a veces esa pausa, ese sentarnos a solas o en compañía delante de un café, y empezar a buscar por el sitio correcto. No siempre es sabio empezar persiguiendo las respuestas, porque puede ser mejor retroceder un paso y reflexionar sobre si nos hemos hecho las preguntas correctas. Si no encontramos una solución, puede que no sea porque no existe, sino porque hemos planteado mal el problema. Deberíamos mirar en nuestro interior para encontrar ese hilo que consiga hacer de nuestra actitud un ovillo maravilloso con el que tejer nuestra felicidad a pequeños pasos.

Un ejemplo final

No puedo hablar por otras personas, de modo que acabaré compartiendo mi propia experiencia acerca de mi actitud en un aspecto de mi vida como es este blog. En Letras desde Mocade he encontrado tres amigas maravillosas y un campo de entrenamiento igualmente maravilloso para algo que me hace feliz: escribir. Porque Mocade es algo más que la suma de nuestras iniciales. Es más que Mónica, Carla, Carmen y Adela. Es un equipo que tiene tres ingredientes que lo convierten, para mí, en uno de mis productos estrella:

MO-tivación

CA-riño

DE-dicación.

También esas iniciales describen a este blog y a sus autoras. Y si has leído hasta aquí y estás sonriendo, me sentiré feliz, porque te puedes incluir en esa descripción.

Adela Castañón

Internet y el movimiento pendular

A Guadalupe López Melguizo, por inspirarme este artículo

Hoy es un sábado como cualquier otro. Ni siquiera he pensado qué voy a escribir para Mocade, pero tengo tiempo hasta que me toque el turno. Abro el ordenador para ver los comentarios recientes. Hay dos personas que han dejado su opinión sobre mi último relato. Una, Carmen, mi Carmen Romeo, cariñosa como siempre, con esa fuerza que me da cada una de sus palabras. Y la otra es alguien a quien ni siquiera conozco físicamente y que me dice que le he recordado nada más y nada menos que a Truman Capote. Se me ponen los vellos de punta al leer lo que me dicen las dos. Y eso que en Marbella la temperatura es todavía perfecta, aunque estemos en septiembre. Lleno a fondo mis pulmones y suelto un híbrido entre suspiro y bufido para dar salida a la emoción. Y al empezar a contestarle a Guadalupe, me doy cuenta de que mi respuesta iba a sobrepasar, con mucho, los límites de una respuesta normal. Pienso que da para un artículo, y así se lo hago saber. Y, para no faltar a mi palabra, minimizo todo y abro una hoja en blanco.

Está claro que cambié de idea sobre el contenido de mi artículo, porque estoy escribiendo esto. Sigue siendo, y no sigue siendo, un sábado como cualquier otro. Algo ha cambiado en mi día de hoy, y tiene relación con eso de Internet y con el movimiento pendular sobre el que voy a escribir.

Cuando era niña no existían las modernas redes sociales. Mejor dicho, existían, pero eran de otra clase y no se llamaban así. Eran redes integradas por los niños de mi calle, en la casa del pueblo; por las cartas a mis amigas, cuando me fui a vivir a otra ciudad; por la Coral Universitaria, que me hizo conocer a personas por toda la geografía española cuando íbamos a dar conciertos. Esas eran las redes de entonces. Hoy, muchas de ellas están llenas de agujeros porque los pececillos que pululábamos en esas aguas nos hemos convertido en peces voladores y, en la actualidad, navegamos por espacios virtuales.

Tardé en subirme a este moderno carro de Ícaro, aunque sinceramente no sabría explicar los motivos. Tal vez una especie de pereza disfrazada de desdén por unas herramientas facilonas. ¡Cómo comparar la rapidez de una conversación de whatsapp con la redacción de una carta cuya respuesta se demoraba varios días! O, quizá, tenga un poco de miedo escénico a hacer el ridículo en medio de una generación que llega ya con el pulgar adaptado a velocidades de escritura en el móvil que mis ojos son incapaces de seguir. Pero al final acabe subiendo.

El movimiento pendular

Hasta hoy no se me había ocurrido reflexionar sobre eso. Y, al dedicarle unos minutos al comentario de una lectora de nuestro blog, he formulado una teoría personal sobre Internet y el movimiento pendular. En este momento estoy sonriendo. Es la primera vez que el título me viene a la mente del tirón, y creo que he dado en el clavo.

Los avances tecnológicos han cambiado la comunicación y las relaciones en muy poco tiempo. Y cada uno de nosotros debería plantearse en qué punto de la trayectoria del péndulo está o quiere estar. Para explicarlo, mencionaré los puntos extremos y opuestos recurriendo a unos clichés tópicos.

Un extremo: el hacker/experto

En una punta tendríamos a uno de los personajes que describe Stieg Larsson en los libros de la serie Millennium, y no me refiero a Lisbeth Salander, sino a su amigo hacker, Plague, que vive enclaustrado en su casa siendo a la vez amo y esclavo del mundo virtual por sus habilidades informáticas. Y no es que haya que ser un genio para encajar en ese perfil. Cualquiera puede empezar a husmear por Facebook, por blogs, o por Internet, y un enlace lo lleva a otro, y este a otro más interesante que a su vez abre varias puertas más. Y cuando se mira el reloj resulta que se ha pasado horas en un moderno tablero de juego de la oca, saltando de casilla en casilla, y con la meta cada vez más lejos. Todo ello con la sensación de que tenerlo todo controlado o engañándose al pensar que está haciendo autoformación gratis, on-line, y sin moverse de casa.

Sé que es un ejemplo extremo. ¿Seguro? A lo mejor a alguien ni siquiera se lo parece. Si es así, le aconsejaría con todo mi cariño que hiciera una pequeña pausa para reflexionar sobre si realmente está donde quiere estar. Porque el problema de algunas personas enganchadas a Internet no es tanto su capacidad para que esa navegación sea un trabajo fructífero, como el peligro de estar yendo de un lado a otro sin conseguir rentabilizar el tiempo, que pasa a ser entonces algo muerto y perdido.

El otro extremo: el neófito/perdido/nuevo

El otro extremo es aquel al que cada vez se aferran menos personas. Allí están los que forman parte de una especie en peligro de extinción: los que no quieren o no pueden seguir el paso de carrera olímpica que marcan los tiempos en que vivimos. Los que cierran los ojos a las maravillas y/o a los peligros de estas herramientas de reciente aparición, llámese Facebook, Twitter, o como se quiera. Cada vez, como digo, son menos. Personas que, por lo que sea, por vivir en lo más hondo de África donde ni llega la cobertura, o porque no tuvieron ni siquiera la oportunidad de aprender a leer, no han podido elegir entre tener o no tener internet. O, tal vez, algunos abuelitos a los que les viene grande, y digo “algunos” porque mi madre, a punto de cumplir 90 años, se maneja con el whatsapp y es capaz de ver fotos en su Tablet.

El punto intermedio

Quiero terminar hablando del punto medio donde creo que me encuentro hoy. Al principio, como en todo descubrimiento de algo novedoso, me dejé llevar por el subidón y me faltaban horas para visitar los miles de blogs de escritura que me llamaban con sus cantos de sirena. Y tampoco me arrepiento mucho, que es mejor eso que soñar con los caramelos del Candy Crush, por ejemplo. Lo bueno es que me di cuenta, y conseguí aprender a gestionar mi tiempo.

Hasta hoy, la mejor experiencia con Internet la tuve en Letras desde Mocade, cuando me encontré en carne y hueso con Carmen, Carla y Mónica hace algo más de un año. Nos vimos, nos tocamos, nos abrazamos, hablamos en persona, y empezamos a gestar este blog. En ese encuentro arraigó una amistad mucho más sólida que si nuestro conocimiento hubiera seguido siendo solo virtual. Y hoy he tenido una sensación parecida al leer el comentario de Guadalupe. Porque no nos conocemos en persona, pero sus palabras me han tocado la misma fibra que las de Carmen.

Por eso relacioné en este artículo a Internet con un péndulo. Porque, según se utilice, Internet puede ser una herramienta que facilite la comunicación o el aislamiento. Sigo navegando con bastante prevención por sus aguas. En algunos escritos suelo decir medio en serio medio en broma que yo, más que navegar, lo que hago es mojar los pies en la orilla y, aun así, a veces acabo atragantándome con buches de agua salada. Soy muy prudente a la hora de aceptar peticiones de amistad en Facebook, y aprovecho aquí para pedir disculpas. Pero a pesar de lo mucho que me gusta hablar y escribir, fijo mis propias normas y acepto las peticiones de quienes conozco personalmente, o las que me llegan, digámoslo así, “recomendadas”, como en el caso de Guadalupe, a la que conocí porque un amigo común me dijo que me iba a pedir amistad una chica muy maja, con la que tengo algo en común, etc. etc. Seguro que Guadalupe ahora se va a partir de la risa. Y no digamos nuestro común amigo, Hugo, autor de nuestro conocimiento virtual.

Ojalá siempre la persona esté por encima de la tecnología. Que Internet esté a nuestro servicio, y no al revés. Que tengamos el valor de cerrar la puerta a sus aspectos negativos, la determinación de aprovechar lo positivo, y la sabiduría para discernir la diferencia.

Y, como decían en los dibujitos animados de una serie de cuando yo era pequeña…

¡Eso es todo, amigos!

Adela Castañón

Imágenes: Unsplash, Giphy

¿Qué decimos cuando hablamos de la banalidad del mal?

En abril de 2015, Oskar Gröning se enfrentó a su pasado como contable de Auschwitz, el campo de concentración donde fueron asesinadas más de un millón de personas. Setenta años después del final de la guerra mundial, la justicia alemana no ha olvidado ni perdonado a los monstruos que hicieron posible aquellos crímenes. En julio de 2015, Gröning fue sentenciado a cuatro años de prisión por complicidad en el asesinato de 300.000 judíos.

Tal como él admitió, especialmente cuando se topó con los negacionistas del Holoausto nazi durante su estancia en Inglaterra, había sido testigo de todos aquellos crímenes. Sin embargo, siempre pensó que era inocente. Otras personas, al conocer su historia, podrían decir lo mismo. Al fin y al cabo, sus labores consistían en contabilizar el dinero y custodiar las pertenencias de los ajusticiados, ver cuántos prisioneros entraban en el campo y cuánto costaba mantenerlos.

Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí.

Estuvo allí. Lo vio todo. No hizo nada por impedirlo.

Los actos malvados

Cuando leí Dioses menores, uno de mis libros favoritos de Terry Pratchett, me encontré con un pasaje que me dejó pensativa. Un dios encerrado en el cuerpo de una tortuga pulula por un edificio gubernamental y religioso donde se practican torturas, como en la infame Inquisición española. Al describir las catacumbas, habla de tazas con dedicatorias al mejor padre del mundo o postales de imágenes exóticas enganchadas en las paredes:

Y todo aquello significaba esto: que no hay prácticamente ningún exceso de la mente psicopática más enloquecida que no pueda ser reproducido, sin necesidad de esforzarse demasiado, por un cabeza de familia normal y decente que va a trabajar cada día y tiene un trabajo que hacer.

Puede parecer una exageración. Lo admito. Sin embargo, lo podemos comprobar si pensamos en todas aquellas personas que, sin ningún problema psicológico, son capaces de hacer el mal porque tienen la oportunidad (como podéis ver en el célebre y triste experimento de la cárcel de Stanford). La mente humana y, en especial, el sistema de valores que tomamos como referencia para realizar nuestros actos no son fáciles de analizar.

La banalidad del mal

Tengo la sensación de que Hannah Arendt y su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal inspiraron a Pratchett cuando escribió esa cita. Esta filósofa y política alemana, de origen judío, acudió, como representante del The New Yorker, al juicio en el que se acusaba a Adolf Eichmann de genocidio contra el pueblo judío. Eichmann, igual que Gröning, nunca cogió una pistola ni accionó una cámara de gas. Él era el responsable de que los números que le imponían salieran adelante en la gestión logística de la Solución final.

Tal como recogió Arendt, Eichmann ni siquiera era un ferviente antisemita. La autora sugiere que este hombre era un trabajador alemán que acataba órdenes sin cuestionarse si eran moralmente correctas. Siguiendo esta idea, Arendt habló de la banalidad del mal para explicar cómo personas normales, sin ningún trauma ni problema psicológico, podían sumergirse en un sistema corrupto sin reflexionar sobre sus actos. Funcionarios que cumplían con su obligación, aunque esta los convirtiera en una pieza del engranaje de una compleja máquina creada para exterminar a millones de judíos, gays o gitanos.

Otros funcionarios del mal

Supongo que la Solución final es el primer ejemplo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en gobiernos que han utilizado su poder para hacer el mal. Por supuesto, no es exclusivo del nazismo. Y ni Eichmann ni Gröning fueron los únicos en caer en las garras de la banalidad del mal.

Si repasamos la historia podemos encontrar a miles de personas que, por el simple hecho de vivir en un sistema que no respetaba los derechos humanos, obedecieron órdenes a ciegas sin preguntarse por su moralidad.

Incluso ahora, algunas personas siguen sin cuestionársela. Pienso, por ejemplo, en aquellos científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan e investigaron para conseguir la primera bomba nuclear antes de que lo hiciera el gobierno nazi. Es posible que creyeran que era un buen fin detener la barbarie de Hitler y adelantarse a sus científicos. Sin embargo, ¿eran conscientes de lo que estaban creando? ¿Se preguntaron en alguna ocasión si era correcto crear un arma de destrucción masiva que mataría a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki? Robert Oppenheimer se redimió al oponerse a su uso una vez terminada la Segunda Guerra Mundial pero, ¿por qué durante la guerra sí y después no? ¿Las vidas valen menos durante la guerra? ¿O es que hay unos a los que sí se les puede matar y a otros no?

Otro de los científicos del Proyecto Manhattan, Richard Freynmann, habla en su biografía sobre el sentimiento de culpa que le asaltó cuando estalló la primera bomba. Eso me hace pensar que, hasta ese momento, no meditó en absoluto sobre lo que estaba ayudando a construir.

Podemos buscar casos recientes o, mejor aún, en nuestro país. En los años 80, durante los primeros años de Felipe González al mando del Gobierno, grupos parapoliciales practicaron el terrorismo de estado bajo las siglas del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación). Su finalidad era acabar con el terrorismo etarra y su entorno, una meta que, a priori, parecía loable. Sin embargo, sus métodos no solo eran infames sino, también, punibles. Pero ellos trabajaban dentro de un sistema que los amparaba, aunque fuera en secreto, ya que durante el juicio que encausó a sus integrantes se demostró que el GAL estaba financiado por funcionarios del Ministerio del Interior. Posiblemente, aquellas personas creyeron que estaban haciendo el bien.

Mi obsesión por las personas normales que hacen cosas malas

Gracias a la literatura he conocido muchas figuras que disfrutaban de hacer el mal por el mal.

Quizá es una visión muy inocente de la vida pero me cuesta creer que ese tipo de perfiles exista en gran cantidad. Sé que los hay, por supuesto, pero no pienso que, quien hace el mal, en cualquiera de sus formas, sea una mala persona al 100%. Tiendo a creer que el mal, sobre todo a pequeña escala, se hace porque se permite y porque el esfuerzo que requerido para evitarlo es excesivo o puede acarrear consecuencias negativas al individuo que se oponga. Como ese funcionario al que su jefe le pide que firme un documento que otorgará ventajas a un tercero, aunque no le correspondan. O cuando a una cuadrilla de una obra pública la mandan a la casa de un amiguete para arreglarle el baño. O ese momento en el que vemos a alguien cuyo perro caga en la calle y no le decimos nada cuando no recoge los excrementos.

El sistema moral que asimilamos cuando crecemos en sociedad es lo que hace que consideremos determinadas acciones o situaciones como buenas o malas. Por eso no es extraño que lo que para una mujer de Barcelona es una aberración, para otra de Zimbaue no lo sea. Y al revés. Lo que deberíamos respetar todos, vengamos de donde vengamos, es la carta de Derechos Humanos que nos dicta las premisas básicas como la libertad y la igualdad en dignidad y derechos.

Hay gente, sin embargo, que es incapaz de ver al resto de personas como sujetos a los que tener en cuenta. Algunas personas tienen un verdadero problema de psicopatía que les impide empatizar con el resto. Otras, en cambio, son esos funcionarios del mal de los que hablaba antes. Los últimos, y son los que más me duelen, tienen una escala de valores en la que los seres humanos están al final. El dinero, el poder y la ambición personal pasan por encima de los derechos de los demás.

Un solo individuo puede hacer el mal. Un solo individuo puede hacer el bien

Sí, comprender lo que hace que una persona sea malvada es uno de mis estímulos. Forma parte de una motivación mayor: la de entender qué nos hace humanos y ver de qué manera podemos cambiar el mundo como individuos, tanto en grupo como siendo solo un pequeño engranaje de un sistema mundial.

Quizá por eso escribo. Para entenderme, para entendernos, para demostrar a los demás que la vida puede ser mejor y que está en nuestras manos conseguir ese cambio. Gröning y Eichmann nunca mataron a nadie directamente pero su labor facilitó una de las mayores tragedias de la humanidad. Eran seres diminutos y, aún así, su trabajo fue capital durante el holocausto.

¿Cuál es la excusa que nos ponemos para mantenernos en la inactividad? Que por uno no pasa nada, que un voto más o un voto menos no importa, que qué más da si ese está defraudando si no es nuestra tarea denunciarlo. Y así, ante la inactividad, otros, los malos, se crecen.

No permitamos que nuestro silencio dé alas a los malvados.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de LoboStudio Hamburg en Unsplash